martes, 9 de octubre de 2012

MUÑECA ROTA

               A través de la ventana entreabierta se colaba el rumor del mar, lejano y conmovedor, mezclándose dentro de mis oídos con el eco reciente de las palabras de María, aún más distantes y conmovedoras.           

           —¡Me siento tan hundida, amor mío! Percibo la tristeza como una segunda piel, una piel opaca y pesada como la de un elefante.
          
           Eso había dicho.
          
           María siempre había sido parca en palabras, por más que le gustase de ordinario ornamentarlas con un barniz poético, afín a su naturaleza romántica e idealista; pero desde que la depresión se apoderara por entero de su espíritu, dicha parquedad se había ido acentuando de un modo alarmante. Últimamente apenas si era capaz de mantener una conversación como no fuese a bese de monosílabos o frases muy cortas, pronunciadas casi siempre con displicencia, sin nada de ánimo. Esta última había sido de hecho la más prolija que de sus labios brotase en los últimos días.

           —Todo se arreglará, amor mío, ya lo verás.
          
           Yo trataba de darle ánimos y aparentar un optimismo que en realidad no sentía, consciente de que, lejos de remitir con el tiempo, su enfermedad se agravaba cada día más. ¿Hasta cuándo podría mantenerse así, sumida en ese infierno de pesadilla donde anidaban las larvas de la melancolía? Los fármacos no le hacían efecto alguno y cada vez se hallaba más abatida, consumida por esa tristeza que corroe el alma como si fuese un invisible comején, totalmente ausente, sin ganas de nada. Yo ya no sabía cómo consolarla. Todo el amor que le ofrecía, que era inmenso, no bastaba para extraerla de su perenne estado de pesadumbre.
          
           Ajena a mi intento de estimularla, María había vuelto a su silencio, absorbida de nuevo por su impenetrable y aterrador universo interno. ¿En qué piensas, María? No se trataba, empero, de una pregunta hecha en voz alta, sabedor como yo era de que su respuesta sería la misma de siempre: en nada, cariño, en nada, sino que la formulaba tan solo para mí mismo, impotente por no poder penetrar en esos misterios que ella albergaba en sus profundidades más recónditas y que la estaban conduciendo a una especie de caída libre sin inicio ni final. El olor del mar, penetrante y cálido, me llegaba de lejos y se unía a esa sensación de ausencia que traslucían los ojos marchitos de ella. ¿En qué piensas, María? La miraba con ojos ávidos, como queriendo aprehender ese ignoto caos que escapaba a todos mis afanes.
          
           —¿En qué piensas, María? —esta vez hablé en voz alta, fugadas las palabras de la cárcel erigida por mis pensamientos.
           —En nada, cariño, en nada.
          
           Me acerqué a ella y la besé en la frente. Luego en los labios, un beso suave y delicado, como esas olas de nacarada espuma que flotaban allá cerca, en aquel mar sereno y cálido que hicimos nuestro desde el día en que nos conocimos, y rompían sin apenas estruendo sobre la arena de la playa. Me gustaba beber de sus labios y embriagarme con su tibieza, templada como el sol de otoño. 

           —Te amo —le dije mientras me abrazaba con fuerza a ella— ¡Te amo tanto!
          
           A través de los intersticios de la persiana a medio echar se filtraba el sol del mediodía, dividiendo la pieza en una interminable sucesión de surcos ambarinos que descubrían una gran cantidad de polvo flotando en el vacío. Era una mañana clara y cálida, una mañana de esas donde la ciudad parece envuelta en un aura dorada,  pinceladas de oro mezcladas con el azul que le transfiere ese mar calmo hacia el que, como una mujer mimosa y solícita, tendidos tenía sus brazos. Por las calles y avenidas transitaba una multitud animada que, bien pertrechada de cubos, palas, cremas, toallas y sombrillas, encaminaba sus pasos hacia la playa. Sin embargo, ese mundo que bullía más allá de la ventana se me antojaba insípido, henchido de un colorido y una luminosidad que a mí personalmente nada me decían, pues el único color que yo ansiaba era el rosado de sus mejillas, la única luz por la que deseaba ser cegado la que desde siempre emitieran sus ojos, y el único calor que podía abrigarme el de su mirada limpia, todo lo cual, no obstante, me lo habían arrebatado los voraces monstruos afincados en su alma. Yo no quería más mundo que su mundo, ni más aire que el que desprendía su aliento, ni más mar que el que bañaban sus ojos. ¡Qué podía importarme a mí la belleza del mundo exterior si mi María estaba ausente de él!
          
           Lo único que me consolaba era saber que mi amor no caía en saco roto, que, pese a sus silencios y congojas, ella absorbía el sentimiento encerrado en mis gestos y palabras, un sentimiento que en alguna parte de su alma se trocaba en luz, difusa luz, pero lo suficiente para conformar un minúsculo rayo de esperanza al que aferrarse. Sabía que mi amor sin condiciones era en el fondo lo único que la mantenía viva, y yo se lo ofrecía a espuertas, a toneladas, aun consciente de que quizá menos de un gramo de cada tonelada calaba en ese universo oscuro que se expandía allí dentro. Mi devoción por ella era total. María era mi dueña, mi diosa, la principal razón de mi existencia; para mí no había nadie más, ella representaba la perfección hecha carne y hecha alma.

           —Te amo —volví a decirle, como queriendo que las palabras cobrasen forma y obraran el milagro de rescatar su sonrisa del lóbrego túnel que hacía meses se la tragara.
          
           No obtuve la sonrisa apetecida, pero sí al menos su mirada, posada en mí con condescendencia, con la suavidad del malvavisco, como queriendo decir qué más quisiera yo que poder hacerte feliz, como antes, retornar a aquellos días de risas compartidas, de vuelos sin alas, de saltos sobre nubes y paisajes de arco iris. Todo eso me quería decir con esa mirada que reflejo era, por otro lado, de la más dolorosa de las impotencias.

           —Te amo —dije por tercera vez, mi voz quebrada por la aflicción.
           —Y yo te amo a ti, mi poeta…, pese a estos demonios que me devoran.
           —¡Si yo pudiera exorcizar tales demonios!
           —Ni todas las legiones del Averno podrían impedir que te amara más que a nada en este mundo. Te amo, mi poeta. Te amo pese a este vacío que ahoga mi alma y oscurece mis ojos.
          
           Una espada. Una espada de fuego habría deseado poseer para decapitar a aquellos perversos leviatanes y reconducirlos al infierno sin fondo de donde jamás debieron haber salido. Sañudos e implacables, allí estaban, dentro de la mujer a la que yo amaba, devorándola, consumiéndola día a día, martirizándola, haciéndola añicos, y yo incapaz de hacer nada para contrarrestar su sevicia, impotente, frustrado, limitado mi servicio a ofrecer ese amor profundo con el que procurar mantener encendida la última bujía que destellaba en su alma.
          
           La miré con ternura. No quería que a mis ojos asomase lágrima alguna, pero apenas era capaz de contener el poderoso empuje de éstas. Allá afuera el horizonte florecía dorado y azul.
          
           Decidí ir a comprar el pan. Le pedí que me acompañara, pese a que de antemano sabía que no lo haría. Hacía semanas que no salía de casa. Afirmaba no tener fuerzas. Así que volví a besar sus labios y marché yo solo.

           —Hasta luego, amor mío.

           A la vuelta me sorprendió ver agolpado cerca del portal de casa un nutrido gentío que gesticulaba con dramática vehemencia, llevándose incluso muchos de ellos las manos a la cabeza en señal de desesperación. Hasta mí llegaban asimismo voces deslavazadas e ininteligibles, perdidas entre una bochinche de gritos que, a su vez, eran amortiguados por el aullar de las sirenas de un coche de policía allí aparcado. Apenas si podía entenderse nada. Junto al vehículo celular se hallaba estacionada también una ambulancia que fulgía con sus destellantes luces. Alarmado, apresuré primero el paso y luego empecé a correr. Un presentimiento funesto agitaba mi corazón y lo hacía latir con tal ímpetu que durante el breve lapso que duró aquella carrera no percibía yo otra cosa que el acelerado bombear dentro de mi pecho, como un tambor enorme cuyos graves registros acallasen cualquier otro rumor. Cuando llegué, observé cómo varias personas formaban un corro alrededor de algo, intentando la policía dispersarlos hacia atrás. Aún no podía yo divisar qué era aquello que despertaba tanta atención entre la agitada concurrencia, si bien, el presentimiento aciago que me envolvía se iba haciendo cada vez más pujante y oscuro.
          
           A trompicones aparté a la gente, pasando por alto las indicaciones del oficial que me gritaba no sé qué consignas. Al principio únicamente vi un bulto contorsionado sobre la acera en medio de un espeso charco rojo. Bastaron un par de segundos, no obstante, para identificarlo y comprender lo que había sucedido.

           — ¡María! —exclamé en un grito seco— ¡María, mi vida, mi niña, mi amor! —proseguí entre sollozos.
          
           Mis lastimosas muestras de dolor tuvieron como efecto inmediato que la multitud apiñada se abriese y formara una especie de pasillo por el que yo avancé hasta situarme justo delante del retorcido cuerpo de María. Me agaché entonces y la tomé entre mis brazos. Uno de los agentes de policía trató de impedírmelo, pero su compañero le atajó y con un gesto le convino a dejarme hacer. De mis ojos brotaban lágrimas parsimoniosas, pausadas, con un fluir indolente que hacía juego con la lasitud que el impacto sufrido había dejado en mi ánimo.

           —¿Por qué, María, por qué?
          
           Noté una mano posándose sobre mi hombro. Pero yo no me volví. No quería. Sólo quería estar allí, abrazado a ella, que se detuviese el tiempo y que ya nunca más nadie ni nada nos separara. Quería quedarme a su lado para siempre. Estaba hermosa. Su cuerpo roto no empecía esa hermosura que la orlaba como el aura de un hada. Miré mis manos y vi que por ellas se escurría sangre, su sangre, sangre que manchaba no sólo mi cuerpo, sino también mi alma, vacía de esperanza, sangre que laceraba, sangre que me mataba.
          
           —Te amo, mi vida. Te amaré siempre. Te amaré aunque tú me hayas matado
                      
                                          

7 comentarios:

El Hada de los Cuentos dijo...

¡Qué experiencia más dramática!No se qué puede pasar por la cabeza de una persona para querer hacer eso. Hay enfermedades del cuerpo que matan, pero también las hay del alma que pueden hacer lo mismo.El tremendo impacto que sufre el protagonista al descubrir lo que había pasado , me ha traido a la memoria algo parecido que presencié. Fue un accidente. A mi vecina del piso de arriba se la tragó un camión en un segundo.Pocos minutos después, su marido pasó por allí y se acercó a ver el tumulto sin saber lo que pasaba. Al ver el coche...¡Te puedes imaginar la escena! No hay palabras suficientes que puedan describir lo que pasó aquel hombre! YO LO VI TODO. Iba solo dos o tree coches delante de ella.¡De pura casualidad no me tocó a mi!

¡Vivamos la vida al minuto, es lo único que tenemos!

Un abrazo muy grande

CAROL LEDOUX dijo...

Qué profundo y qué triste, pero también qué bonito. Me ha gustado mucho este pequeño relato, como siempre.

Aunque noto que últimamente subes muchos relatos tristes al blog, espero que no tenga nada que ver con el estado de ánimo, eh? Me gustaría ver post más alegres pronto.

Un besito muy grande desde las bretañas :)

Cavaradossi dijo...

Sí, una historia triste, es cierto, como lo son todas aquellas donde la enfermedad, en este caso del alma, doblega la voluntad y lleva a su víctima hasta los páramos de la muerte.

En todo caso, Carol, no te preocupes, que nada tiene que ver este u otros relatos con mi estado de ánimo. Además, lo escribí hace ya casi un año, sólo que es ahora cuando me he decidido a publicarlo. Venga, el próximo que escriba procuraré que sea más alegre, que también los tengo :-)

Por otro lado, Hada, como bien apuntas, este tipo de desenlaces dramáticos, bien sea por suicidio como en mi relato, bien por accidente como en este otro caso que expones, han de ser por fuerza terribles para quienes les toca el lacerante papel de espectadores impotentes de tan brutal ocaso de su ser amado.

Por eso aplaudo con todas mis fuerzas esa propuesta que haces de vivir la vida y saborearla momento a momento. Esa es también mi filosofía.

Un beso enorme para las dos

Anónimo dijo...

Esto si que fue muy triste u_U
Siento un nudo en mi garganta y ganas de llorar aishh
Pobre María y pobre muchacho, cuánto amor le brindó pero al final no fue suficiente aww que pena!
Gracias por compartir esta historia tan llena de dolor y de amor.

Saludos Cavaradossi!!... Buen Día!!

Atte: YeS

Cavaradossi dijo...

Gracias a ti, Yes, por haberla leído y compartido tus sensaciones tras dicha lectura

Un beso para ti

heridasdelalma dijo...

Esta gran coincidencia de lo q escribes y lo q vivo con mi pareja en ese estado...hasta el momento de comprar el pan hasta ahi es mi vida misma...cuesta creer la impotencia que puedes sentir viendo como a quien amas se consume a sus 36 anios hasta vivo cerca del mar solo cambia que somos dos mujeres...llore y llore tanto leyendote y leyendome llore desde el alma.

Cavaradossi dijo...

Hola "heridasdelalma". Lo primero de todo darte la bienvenida a este especio y agradecerte tu comentario, que tiene un valor añadido por lo que comentas de que estás viviendo una experiencia similar a la que yo narré en este pequeño relato.
Desde aquí sólo puedo mandarte mucho ánimo y desear de todo corazón que esa persona a la que amas y que ves cómo día a día va siendo consumida por sus particulares demonios, consiga al fin reponerse y vencerlos, resurgir de sus cenizas y volver a sonreír junto a ti. Ojalá así sea. Te lo deseo de todo corazón.
Un fortísimo abrazo