domingo, 21 de octubre de 2012

EL PEDO


           No me agradan demasiado los compromisos de índole social, tienden de hecho a aburrirme soberanamente, sobre todo cuando conllevan una etiqueta y protocolo por encima de lo ordinario, como sucedía en este caso, invitado que había sido a la presentación en sociedad, con ocasión de su mayoría de edad, de la hija del magnate más señero de la provincia. Se trataba de uno de esos acontecimientos sociales que ya sólo festejan los miembros de la más rancia y atávica burguesía, como era el caso, y a los que suele acudir la prez de la comarca, las llamadas fuerzas vivas, cuyas huestes acostumbran sobre todo a engrosar empresarios y altos cargos y prebostes de la política local. Yo había sido invitado en mi calidad de juez decano, o al menos así ponía en la misiva que a tal fin me fuera despachada -preferí pensar que la verdadera razón no era mi fallo a favor del anfitrión en una reciente demanda que me había tocado enjuiciar-, y aunque en un principio me propuse rehusar, mi instinto gregario me llevó finalmente a aceptar la invitación, pues no tenía ningún otro plan a la vista y aborrecía quedarme solo en casa.

           La fiesta se me antojó, como por otro lado ya sospechara, asaz protocolaria y aburrida, multitud de caras sonrientes que no parecían sino máscaras de cualquier evento carnavalesco, rostros sin apenas alma y cuerpos que se movían a ritmos estudiados, nada de interés en suma. Me resultó curioso que siendo la homenajeada apenas todavía una adolescente, la mayoría de los invitados fuesen, por el contrario, personas bastantes entradas en edad; era fácil deducir que en la confección del catálogo de invitados había primado sobre todo el dictamen paterno, movido al parecer más por especulativos afanes que por generacionales afinidades. Yo me desplazaba de un grupito a otro, aunque sin detenerme demasiado en ninguno, departiendo la mayor parte del tiempo sobre temas baladíes, siempre con mi copa de whisky en una mano y la otra presta a atrapar las exquisitas gollerías que los camareros iban trasladando en sus bandejas. Beber y comer, a eso se habían reducido en última instancia mis pretensiones dentro de  aquella impresionante mansión donde me encontraba. 

           El caso fue que alguna o varias de tales viandas, por muy selectas que fuesen, debieron sentarme mal, como así testimoniaban los molestos retortijones que de pronto comencé a notar cerca del bajo vientre, cada vez más alarmantes en su temoso apretar dentro de mis cavidades intestinales, y de los que comprendí que sólo podría obtener el armisticio a cambio de una urgente evacuación gaseosa, perentoria exigencia derivada de la volátil condensación que estaba teniendo lugar en el interior de mis tripas. En suma, que sólo un contundente pedo conseguiría aliviarme.

           El problema era que en esos momentos me encontraba en medio de un nutrido corro de personas, entre las que figuraba además la propia agasajada, quien justamente andaba exponiendo sus proyectos de comenzar a estudiar Empresariales el año próximo en una prestigiosa universidad de los Estados Unidos. Obviamente, a mí los propósitos de aquella pija, empeñada además en exhibir un escote a todas luces innecesario, habida cuenta lo poco que tenía que mostrar, me importaban un bledo, sólo quería expulsar cuanto antes esos gases que me estaban reventando por dentro. Lo más sensato habría sido poner cualquier excusa con la que discretamente retirarme y acudir acto seguido al jardín, donde podría soltar el cuesco a mis anchas, amparado por el aire libre y el volumen acústico que proporcionaba la orquesta que allí fuera amenizaba el evento, lo que bastaría a buen seguro para no dejar rastros sonoros ni odoríferos, por muy bizarra que resultase mi vaporosa liberación interna. Pero no me parecía correcto interrumpir  el monólogo de la muchacha sobre esos planes de futuro suyos, ni tampoco me apetecía abrirme paso a empujones entre los diferentes racimos humanos que atestaban el salón donde me hallaba, por lo que decidí tirármelo allí mismo, confiando en que el gas escapase silencioso y discreto a través de mi esfínter, convertido a lo sumo en uno de esos pedos efervescentes que apenas producen ruido y cuyo olor no resulta en exceso desaforado. En fin, ¡que fuera lo que Dios quisiera!

           Mi organismo, muy agradecido por emanciparle de aquellas molestas atmósferas, me recompensó al instante con una plácida sensación de alivio, al tiempo que insuflaba de nuevo temperatura al sudor frío que hasta entonces bañara mi piel. Poco después, sin embargo, se hizo patente que, si bien mesurada en cuanto a su nivel sonoro, la flatulencia había resultado portadora de vaharadas realmente fétidas, impregnando el ambiente de un aroma tan nauseabundo que por momentos estaba volviendo irrespirable el aire que lo contenía. ¡Olía de hecho a coles podridas! Las napias de mis contertulios se orquestaron en una sucesión de intermitentes aspiraciones, como si a través de sus vibrisas pretendieran captar toda la esencia de aquel espantoso olor, lo cual no dejaba de resultar una incongruencia, ya que, si a la razón nos atenemos, lo que debería haber primado sería justo lo contrario, esto es, un inmediato taponamiento de los pabellones olfatorios; pero ya se sabe que el morbo en el ser humano abarca la totalidad de sus cinco sentidos, otra muestra más de lo debilitado que tiene el mal llamado común. El caso fue que todos allí comenzaron a hacer aspavientos y poner caras raras. Yo también, por supuesto; había que disimular.

           Lo más curioso era que, como si de un colectivo acto reflejo se tratase, todas las miradas quedaron posadas en la joven anfitriona, como si una extraña inercia las hiciera permanecer ancladas a aquel rostro mordido por el acné, o tal vez fuera que por el hecho de haber sido su engolada voz la responsable hasta ese preciso instante de polarizar la atención auditiva, asumiera sin solución de continuidad asimismo la olfativa. Se daba además la circunstancia de que la chica había dejado de hablar de repente, lo que posiblemente también influyera a la hora de aunar sobre sí tanto escrutinio como estaba recibiendo, miradas reprobadoras que tácitamente venían a culparle de incontinencia fecal.

           Yo entretanto procuraba mantener la compostura, erguida la espalda y muy circunspecto el rostro, como si fuese un coronel del ejército prusiano, al tiempo que mis ojos fulminaban asimismo a la moza, aliados con los otros en su implacable veredicto de culpabilidad. La pobre parecía estar a punto de desmayarse, por completo aturdida y descolocada ante esa silenciosa imputación de que estaba siendo objeto, pero curiosamente incapaz al parecer de rebatirla, constreñido el ánimo por las cadenas de un desconcierto que, al tiempo que sujetaba su lengua, convocaba al rubor para teñirle los carrillos de un rojo cada vez más intenso. La verdad era que la situación, a la par que tensa, tenía también su punto de guasa, aunque sólo fuera por la bobalicona estampa de aquel semblante arrebolado que, incapaz de seguir sosteniendo el desafío, amenazaba con descomponerse de un momento a otro. Tan cómica me parecía que, sin poder evitarlo, estallé de golpe en una estruendosa carcajada que, dado su imprevisto advenimiento, hizo que en cuestión de milésimas de segundos todas las miradas pasasen de la efeba a mí. Ni que decir tiene que aquella hilaridad repentina me delataba, viniendo a ser por sí misma una contundente prueba de cargo que demostraba que la pestilencia provenía de un culo menos delicado que el de la bisoña jovencita que hasta ese momento monopolizara las acusaciones. Precisamente esta última, a raíz de mi risotada, pareció recobrar el aplomo y, tras hinchar el pecho en una profunda exhalación, me apuntó con el dedo antes de gritar:

           ¡Ha sido él!

            Yo no paraba entretanto de reír, sin importarme ya nada de cuanto sucedía a mi alrededor, ajeno a cualquier tipo de mirada, dicho o pensamiento que pudiesen ir dirigidos a mi persona. Era una de esas risas que lo poseen a uno como si fuese una legión de demonios y a la que, por tanto, resulta del todo inútil oponer resistencia, una risa contra la que sólo cabe dejarse llevar. Y yo me dejaba llevar. Hacía mucho tiempo que no me reía de hecho con tantas ganas. Opté finalmente por abandonar el salón e ir al jardín para que me diese un poco el aire, cosa que hice sin decir palabra alguna, envuelto en esas risas imposibles de controlar. Tenía la mandíbula desencajada y mis ojos estaban cubiertos de lágrimas.

8 comentarios:

Carmen Cita dijo...

Jejeje estos textos suelen dejar tanto buen rollismo como alivio las flatulencias. Muy bien Loren ;)

Cavaradossi dijo...

Hola Carmen. Qué bueno verte por aquí.

Me alegra que te gustase el relato y te hiciera sonreir :-)

El Hada de los Cuentos dijo...

Bueno,bueno...es un relato con un tema poco común, aunque...¡quién no ha sentido una inoportuna flatulencia alguna vez! jajajaja. De todas maneras el protagonista podía haberse retirado a los servicios, que es donde se hacen esas cosas...aunque pensándolo bien ¡no les estuvo mal empleado a toda esa tropa! ¿no te parece? jajajaja
Me siento extraña escribiendo sobre estas cosas, siguen siendo un poco tabú, pero es una necesidad fisiológica como otra cualquiera. JAJAJAJA

Bueno, la semana ha empezado con una sonrisa, esperemos que siga así hasta el final

Un abrazo

Cavaradossi dijo...

En efecto, Hadita, son a fin de cuentas cosas del día a día, y ya que resulta imposible sustraerse a ellas, no pasa tampoco nada por hablar con naturalidad de las mismas.

Encantado de haberte despertado esa sonrisa con la que empezar la semana

Un fortísimo abrazo

María (Muriel) dijo...

¡¡jajaja!! Asi que ¿sufriendo "ataques aéreos" en mitad de los actos sociales?? ¡¡Qué sabio es el cuerpo!!
¡¡jajaaaaa!! A la chavalita más le valiera haberse metido a perroflauta, al menos si alguna vez le pasara entre amigos de su edad, se habría divertido.
¡¡Me he reído y falta me hacia hoy, gracias, Cav!!

Cavaradossi dijo...

Me alegra haberte hecho reír, María, más aún si dices que hoy lo necesitabas.

Un beso muy fuerte para ti

Anónimo dijo...

n////n Pobre chica, mira que acusarla de algo que no ha hecho ella uy! y que sinvergüenza el protagonista, creía que se iba a salir con la suya o.O hhehe se delató solito :P
Me gustó mucho este relato, la forma en que narras es tan vívida, que hasta yo arrugué la nariz >.<' hahaha ok, nop! pero si me hizo reír mucho de la situación que se vivió en tan elegante evento xD
Gracias por compartir este escrito, muy gracioso yeiii

Saludos Cavaradossi!!

Atte: YeS

Cavaradossi dijo...

Vaya, Yes, esto sí que es un halago: las palabras llegando a ser tan incisivas que estimulan incluso los sentidos (en este caso el olfato) a través de su mensaje. Jajaja.
Un placer tenerte por aquí, Yes. Muchísimas gracias por tu comentario