jueves, 6 de septiembre de 2012

LA FORASTERA

           Quizá fuese el de reprimida el adjetivo que mejor definiera a Remedios, o cuando menos el que de algún modo habría servido de embrión para que a partir de él fuesen con el tiempo gestándose todos los demás que marcaban su carácter: suspicaz, arisca, malhumorada, áspera, taciturna, mojigata…, todo lo cual vendría en definitiva a ser producto de esa fuerte represión a que se viera sometida desde su infancia, educada dentro de los preceptos marcados por un catecismo donde la dicotomía entre bien y mal resultaba tan estricta que todo cuanto no estaba prohibido resultaba por ende obligatorio, siempre en aras a combatir sin tregua a las huestes del pecado, acezantes por doquier, cuyo infame propósito no era otro que el de conducir a sus desprevenidas víctimas hasta la condenación eterna. En ese escrupuloso ambiente puritano fue en el que creció Remedios, sometida en todo momento a normas tan rígidas que apenas dejaban margen de maniobra para el libre albedrío, lo que, como queda expuesto, forjó en ella un carácter agrio y absolutamente intolerante respecto a todo aquello que escapase de la doctrina implantada en su cerebro.
 
           Por otro lado, como si la propia naturaleza hubiese querido remarcar aún más esta peculiar idiosincrasia de Remedios, se daba el caso de poseer ésta un aspecto físico nada agraciado, con una nariz picuda que semejaba la de un halcón, ojos pequeños y afectados de estrabismo, frente suprema y desagradables verrugas salpicando diferentes partes de su rostro, en especial una que sobresalía en la punta del aguileño naso y que le daba cierto aspecto de harpía. La verdad es que ya desde niña había sido muy fea, lo que vino a actuar para ella a modo de aislante social, arrumbada por la mayoría de sus compañeras de aula, y esa fealdad, lejos de atemperarse con el paso de los años, se había acentuado mucho más, evolucionando al mismo ritmo en que lo iba haciendo el carácter agrio encargado de marcar su personalidad, sin que en ese sentido pudiese afirmarse demasiado bien si fue primero el huevo o la gallina. A mayor abundamiento, tampoco tuvo nunca pretendiente alguno que la hubiese podido introducir, aunque sólo fuera de refilón, en esas fecundas sabanas donde germinan las mieles del amor, lo que a buen seguro habría endulzado en parte ese mal carácter suyo. Pero no, Remedios no tuvo amigos, amantes ni en definitiva nadie a través de quien expandir cualquier tipo de itinerario sentimental.
 
           Consecuencia de todo ello, recién cumplidos los cuarenta, Remedios era lo que se dice una genuina amargada, sin ilusiones ni deseos de ningún género, fruncido siempre el ceño, intemperante en el trato y vedada de su fisonomía cualquier sonrisa o gesto afectuoso. Vivía con su madre, las dos solas desde que el padre muriese a resultas de un fulminante derrame cerebral, cuatro años hacía de ello, vistiendo desde entonces de un riguroso negro, sin ningún tipo de concesión a cualquier asomo de color en su indumentaria, lo que acentuaba todavía más su aspecto de urraca. Por lo demás, su nula vida social hacía que apenas si saliese de casa, salvo para ir a la iglesia, donde pasaba las horas escuchando misa, rezando novenas o sumida en intrigantes conciliábulos con otras meapilas del pueblo, junto a las que gustaba de propagar chismes sobre la vida y honra de la mayoría de sus vecinos.
 
           Cierta mañana arribó al pueblo una mujer joven, de aspecto desenfadado, quien como único equipaje portaba sobre las espaldas una enorme mochila de cuero negro. Iba cubierta por un vestido multicolor que le llegaba sólo hasta la mitad de los muslos, vistosas gafas de sol y ornamentales ajorcas en muñecas y tobillos. Decía que quería instalarse en el pueblo y a tal fin preguntaba por un alojamiento económico donde fijar su residencia. Arrendó al fin una bonita casa a las afueras y pocas semanas después ya se había convertido en la vecina más popular de todo el municipio, acaparadora de todo tipo de comentarios, habladurías y rumores, algunos de índole laudable y otros, en cambio, de claro matiz maldiciente.
 
           Silvia, que así se llamaba la nueva vecina, se hizo pronto asidua de los círculos lúdicos del pueblo, constituidos en su mayor parte por los bares que salpicaban sus rúas y callejones, donde gustaba de intimar con los parroquianos que asimismo solían frecuentar aquéllos, en especial con los que conformaban el género masculino, que empezaron a orbitar alrededor de ella como abejas alborotadas en busca de miel, habida cuenta sobre todo las tentadoras formas que lucía la joven, fácilmente detectables bajo una vestimenta parca en telas y pródiga, sin embargo, en transparencias, así como, en general, por el muy buen ver de que estaba, lo que, unido a su natural simpatía, hacían de ella una criatura ciertamente irresistible.
 
           Esta particular forma de conducirse la forastera no tardó en llegar a oídos de Remedios, para quien aquellos coqueteos resultaban de todo punto inaceptables, por lo que no tardó en censurarlos públicamente, al tiempo que lanzaba a la palestra veladas conjeturas sobre la raíz última de aquella impúdica frivolidad. Centrada, pues, en esta labor corrosiva, de la que tan especialista había llegado a ser, fue Remedios poco a poco fomentando el comadreo de la maledicencia, la cual, teniendo en cuenta que a la tal Silvia no se le conocía oficio ni beneficio y, pese a ello, no escatimaba nada a la hora de gastar, comenzó a extraer aviesas conclusiones, entre ellas que recibía en su casa a hombres que pagaban por sus servicios carnales. O sea, que era una puta, o barragana, o meretriz, o coima, o como cada uno a bien tuviera en llamarla, que pocas ocupaciones hay que admitan tantos nombres definitorios como esa.
 
           Remedios se propuso entonces acabar con esa situación, decidida a que cuanto antes se expulsase del pueblo a quien tan perturbadora de sus buenas costumbres resultaba, a propósito de lo cual comandó una campaña junto a sus otras compañeras de mantilla y rosario, acudiendo todas ellas en comandita a visitar al alcalde, don Gregorio, para que éste avalara la cruzada y adoptase las medidas oportunas al respecto. Para su disgusto, sin embargo, el alcalde les informó que sus manos estaban atadas en este tipo de cuestiones, ya que las leyes patrias instituían la libertad de movimientos como derecho fundamental de todo ciudadano y, por consiguiente, en el pueblo podía vivir todo aquel que a bien lo tuviera, sin que, por otro lado, existiese ordenanza municipal alguna que prohibiese ni el modo de vestir ni las actividades a las que supuestamente se dedicaba la nueva vecina.
 
           Remedios no se amilanó y siguió porfiando en su empeño, convencida de que por mucho que las leyes humanas, en su patético afán garantista, fuesen condescendientes con el comportamiento de la intrusa, las leyes divinas, mucho más importantes, lo proscribían, y ella, en su condición de paladina a ultranza de la moral y el decoro, no iba a consentir que tales leyes se viesen vulneradas por un exceso de permisividad mal entendida.
 
           Con este profundo convencimiento y armada de renovados bríos, fue a hablar con el párroco del pueblo, don Cristóbal, a quien instó para que intercediese ante las autoridades competentes a fin de que buscasen una solución al problema, solución que, según ella, sólo podía pasar por el destierro de la tal Silvia, y si para ello había que cambiar las ordenanzas, pues que se cambiasen a la de ya. Don Cristóbal alegó que la mediación que se le pedía escapaba a sus funciones como sacerdote, centrada en la salvación de las almas, no en cuestiones cuya incumbencia más propias eran del César que de Dios, dado sobre todo los tiempos que corrían, donde todo lo relacionado con la Iglesia y la labor de sus representantes era mirado con lupa, por lo que cualquier injerencia en el ámbito político, como podía serlo ésta, corría el riesgo de ser duramente reprobada. No obstante, como viera que Remedios achicaba sus bizcos ojos y fruncía el ceño en señal de desencanto, y no queriendo contrariar en exceso a tan conspicua feligresa, añadió que en sus próximas homilías soltaría encendidas soflamas contra el vicio y la degeneración de quienes de la coyunda hacían oneroso comercio, así como que impondría rigurosas penitencias a quienes en confesión le revelasen haber tenido tales tratos con la nueva. Aquello era más que nada, pero ni mucho menos colmaba las expectativas de Remedios, a quien aquel parlamento con el cura dejó bastante frustrada.
 
           Don Cristóbal cumplió su palabra y arremetió con dureza desde el púlpito contra el concubinato y su latente clientela, augurando las peores calamidades terrenas y ultraterrenas para quienes en tan espurio negocio participasen, negocio que purulentos volvía tanto los cuerpos como las almas. Escaso fue, sin embargo, el efecto que tales sermones tuvieron, al menos sobre aquellos a quienes en la práctica iban dirigidos, puesto que, por un lado, la supuesta pecadora no iba nunca a misa ni al parecer le intimidaban lo más mínimo los anatemas eclesiásticos, de los que no dudaba en mofarse en público siempre que tenía ocasión, en tanto que a sus teóricos clientes daba la impresión asimismo de entrarles todo aquello por un oído y salirles por otro, a tenor del nulo caso que parecían hacer a las advertencias de condenación que lanzadas eran por el impetuoso sacerdote.
 
           Sin otro reproche, pues, que el proveniente de estas voces despepitadas, continuó la moza desplegando libremente su vida de alterne y jarana, cada vez más henchida de sí misma, tentadora y sugerente como la serpiente del Edén, importándole en todo caso un rábano lo que sus detractores pudiesen opinar de ella, ande yo caliente y ríase la gente parecía en ese sentido ser su principal máxima de conducta, de todo lo cual devino como consecuencia un incremento notorio de su fama y reputación, buena o mala esta última según los diferentes matices del prisma bajo el que cada uno quisiera interpretarla.
 
           Quien, sin embargo, seguía negándose a aceptar como válido ese status quo era Remedios, consternada y rabiosa ante la nula recompensa que sus gestiones habían tenido. Azuzada además por el reconcomio que la actitud provocativa de su rival le introducía en la sangre, decidió no quedarse cruzada de brazos y, ya que al parecer no podía por lo legal echarla del pueblo, hacerle la vida tan imposible que fuese ella misma quien terminara largándose por el mismo camino por el que en su momento había arribado. Se puso con tal propósito a escribir y difundir nuevos libelos y catilinarias contra la promiscua vecina, a reclamar de sus más afines un vacío absoluto hacia ella, e incluso a retribuir a algunos chavales para que emborronaran las paredes de su vivienda con pintadas difamatorias o arrojasen huevos y cacas de gato sobre su puerta.
 
           En estas y otras maquinaciones andaba Remedios, cuando una tarde, ya casi a la hora del crepúsculo, llegó a su casa un hombre alto, de unos cuarenta años, bien parecido y ataviado con un elegante terno de color azul, quien se presentó como proveedor de perfumes y cosméticos. Remedios, de ordinario hostil a esa clase de visitas comerciales, advirtió al forastero que se ahorrase toda su facundia de charlatán, ya que no necesitaba nada de cuanto pudiera vender ni estaba dispuesta a perder su valioso tiempo escuchándole, de modo que se fuera y dejara de importunarla. Estaba de hecho a punto de cerrarle la puerta en las narices con cajas destempladas, cuando los labios de él volaron en una sonrisa rutilante que pareció obrar alguna clase de sortilegio sobre la arisca mujer, toda vez que, lejos de obedecer a ese prístino impulso de cerrar la puerta, la franqueó todavía más, al tiempo que notaba un súbito flaquear de piernas y una inopinada sensación de complicidad hacia aquel extraño. A esa sonrisa siguió una voz cadenciosa que aseguraba tener para ella, más allá de los productos que componían el catálogo de ventas, una información que a buen seguro le resultaría de sumo interés. Todavía buscó Remedios esquivar la varonil presencia insistiendo en que ella era una mujer honesta y que, como tal, no usaba perfumes ni ningún tipo de extraños potingues para rostro o cuerpo, incompatibles además con el riguroso luto que aún guardaba por la muerte de su padre; pero lo hizo ya con voz apagada, sin convicción alguna, ansiosa en el fondo de que el intruso siguiese porfiando en su acometida, a efectos de lo cual no tardó un segundo en añadir que, pese a todo, estaría encantada de escuchar esa información que decía poseer. El desconocido, sin dejar de exhibir su cautivadora sonrisa, reveló entonces que de modo casual había llegado a oídos suyos noticia de las desavenencias que mantenía con Silvia, con la que también él tenía asuntos pendientes desde hacía tiempo, y que podía ayudarla en su enfrentamiento con ella. Esta revelación dejó completamente anonadada a Remedios, cuyos ojos y boca se abrieron como si la persona que tuviera en frente fuese en realidad un fantasma venido del más allá, y así, embobada y quieta, se mantuvo durante algunos segundos, hasta que reaccionó haciendo pasar a su misterioso visitante al interior de la vivienda para allí dentro conducirle hasta el salón. Aquella era la primera vez desde que muriera su padre que un hombre, que no fuese el cura, ponía los pies en su casa.
 
           La curiosidad y el interés se sobrepusieron finalmente al pasmo en Remedios, quien una vez instalada con su invitado junto a la mesa camilla que presidía la pieza, apremió a éste para que con pelos y señales le explicase de qué conocía a aquella furcia que se paseaba medio desnuda por el pueblo y, sobre todo, cómo podía ayudarla en la campaña que desde hacía tiempo sostenía para desterrarla del mismo. El hombre del terno azul le aseguró que aclararía esas y cuantas otras dudas tuviera al respecto, pero que le gustaría poder antes mostrarle su catálogo de esencias. Remedios frunció el ceño, recelosa de que todo aquel presunto conocimiento que su interlocutor decía poseer no fuese en el fondo sino un mero ardid de marchante con el que ganarse su confianza para encasquetarle luego cualquier mejunje de los que debía portar en su maletín, por lo que insistió en que ella no usaba tales productos y que, por tanto, no pensaba comprar nada. De nuevo entonces la sonrisa hechicera y la voz eufónica que, ondulando en el viento como una mariposa, venía a decir que tan solo pretendía que oliese algunos perfumes, poquitos, algo que le llevaría apenas unos minutos y de lo que, le aseguró, no se iba a arrepentir.
 
           Difícil determinar hasta qué punto la voluntad de Remedios se veía alterada por esa mixtura de sonrisa y voz que de forma tan hechicera parecía envolverla, pero lo cierto fue que, sin oponer más resistencia, consintió en la olfativa proposición que se le hacía, y sucedió que a medida que absorbía las diferentes fragancias que el marchante destapaba bajo su aguileña y verrugosa nariz, más turbada se iba sintiendo, como si una espiral de exquisitas sensaciones, jamás antes experimentadas, ciñese sus sentidos para elevarlos a un universo ignoto y delicioso, muy por encima de aquella realidad insulsa, a ras de suelo, donde hasta entonces estuvieran retenidos. Nunca Remedios habría podido imaginar la existencia de aromas tan maravillosos. Oler aquello equivalía a flotar, el espacio y el tiempo alterados para componer una nueva dimensión donde no parecía existir la fuerza de la gravedad, percibiéndose el propio cuerpo ligero como una pluma.
 
           En un momento dado, difícil de ubicar en todo caso dentro de unas precisas coordenadas temporales, pues la alteración sensorial en que a esas alturas se hallaba sometida Remedios era ya absoluta, percibió ésta cómo las manos del desconocido se posaban sobre su cuerpo y comenzaban a acariciarlo, primero de forma suave, apenas ligeros roces de los dedos sobre rostro y cuello, y luego, poco a poco, a medida que esos mismos dedos se aventuraban sobre zonas más furtivas, allá donde la piel oculta quedaba bajo el bruno atuendo, con cada vez mayor voluptuosidad. Ella, lejos de rechazar tales caricias, las aceptaba complacida, asumiéndolas como un lógico e inexcusable corolario, la obligada continuación al fascinante estímulo a que fuera sometida su capacidad olfativa, como si también la piel debiera por fuerza participar de esa misma experiencia gozosa, a través en este caso del sentido del tacto, avivado al máximo por esas manos que, más que acariciar, parecían traspasarla hasta llegar a la raíz última de sus filamentos nerviosos. Aquel carrusel de sensaciones escapaba a todo componente lógico, ajeno a una realidad que Remedios siempre entendiera como inalterable, impropio en todo caso de la acepción que para su cerrada mentalidad pudieran tener las palabras lógica y realidad; pero delicioso al fin y al cabo, portador de un placer que hasta entonces le había sido vedado.
 
           Sin dar ninguna tregua, el intruso proseguía el táctil escrutinio, cada vez con mayor audacia, pulsando la esponjosidad de unos pechos jamás antes excitados de ese modo, exiguos pechos sobre los que se afianzaron las recias manos para con los pulgares iniciar sobre los pezones un sutil ludimiento que casi al instante los endureció como rocas. Remedios se sentía morir de gusto. Más aún cuando esos mismos dedos, cambiando de destino, reptaron por encima de sus muslos para acceder a las recónditas umbrías entre ellos ocultas, inédito territorio que a resultas de la incursión quedó de repente transformado en manglar, humedecido por una glutinosa cascada de jugos. Nadie le había tocado nunca en esos sitios ni de ese modo. El placer la inundó. Para nada se acordaba ya de Silvia, sólo tenía cuerpo y mente para sus propias sensaciones, esas que estaba experimentando por primera vez en su vida.
 
           Un nuevo salto espacio temporal del que apenas si tuvo consciencia física y se halló de pronto en el dormitorio, tumbada junto al extraño sobre su propia cama, la misma que cada noche acogía su enjuto cuerpo y servía de vehículo locomotor hacia los misteriosos enclaves donde impera el sueño, ahora orientada hacia una actividad distinta, mucho más mundana, mucho más tangible y placentera, una tarea de la que tan virgen era como su habitual inquilina. Con ojos dilatados por el asombro y una hasta entonces desconocida concupiscencia, observó Remedios cómo su acompañante se iba desprendiendo de toda la ropa hasta quedar enteramente desnudo ante ella. Era la primera vez que contemplaba un falo erecto. Le pareció enorme, desmesurado, una inmensa pitón nervuda y tensa cuya roja cabeza parecía sonreír, desafiante y orgullosa, en testimonio de su mayestática estampa; pero lejos de sentir pánico ante esa imponente presencia, lo que experimentó Remedios fue un ramalazo de lujuria apoderándose de ella hasta dominar todas las células de su organismo, unidas ahora bajo un afán común, cual era gozar de aquel instrumento que amenazaba devorarla por dentro.
 
           Los ojos del desconocido se habían incendiado y daban la impresión de querer escupir fuego. Sin pronunciar palabra alguna, separó con sus manos los muslos de Remedios y le bajó las bragas hasta las rodillas, para acto seguido encaminar el enorme falo hacia la hendidura que dividía en dos el frondoso valle que a aquellos coronaba. La penetró de golpe y hasta el fondo. Remedios emitió un aullido. Sintió que la partían en dos y le despedazaban las entrañas, si bien, casi al instante esa sensación de abrasador desgarro fue sustituida por un placer inmenso que la invadió por entero. Empezó a gemir de puro goce. Aquello era el paraíso, pero no el bucólico que como recompensa última a una vida de privaciones figuraba en los catecismos que desde pequeñita inculcaran en su cerebro, sino el verdadero, el edén de los sentidos, el nirvana donde cuerpo y espíritu se asociaban en una simbiosis generadora de continuos estallidos eléctricos, sincrónicos estos con cada una de las sacudidas del mástil que en su interior no dejaba de moverse y entraba y salía de ella para reventarla de placer. Con los ojos cerrados, Remedios se dejaba conducir a ese nuevo paraíso, asomada la razón a un abismo de luces donde el vértigo se vestía de lujuria y cubría la carne con sus lúbricos madrases, la mente en blanco, trastornada por entero, todo el poder de su voluntad transmitido a unos sentidos que se habían hecho con el cetro del poder y lo ostentaban ufanos.
 
           En un instante dado, los brazos de él, poderosos como columnas, voltearon a Remedios para colocarla de rodillas sobre el lecho. Ella no oponía resistencia alguna, su única pretensión en esos momentos era la de gozar, libre de todo pensamiento, de toda atadura, ajena a todo lo que no fuese seguir muriendo de placer. Pese a todo, le sorprendió comprobar que el enorme falo, en lugar de buscar de nuevo la hendedura que su lubricada vagina ofrecía, enfocase esta vez hacia esa otra mucho más estrecha dispuesta apenas un par de centímetros por encima de aquélla, sobre cuyo rosado acceso comenzó a presionar con fuerza hasta perforarlo. Al principio dolió un poco, pero rápidamente noto que aquello también le gustaba, más incluso, multiplicadas las sensaciones por algún tipo de catalizador que irrigaba su sistema nervioso de deliciosas sacudidas, verdaderos calambres de éxtasis.
 
           Hasta que de repente, como si hubieran apretado un interruptor que transmutase sus sensoriales percepciones, notó que el placer se diluía para convertirse otra vez en dolor, aunque en esta ocasión de una índole muy distinta, un dolor mucho más profundo y brutal, tan espantoso que hizo que de su garganta brotara un desgarrado grito, el aullido de un animal lacerado. Sintió que le desgarraban las entrañas, como si se las trepanasen con una taladradora provista de una broca con afiladas cuchillas a los lados. A duras penas consiguió volver la cabeza hacia su torturador para suplicarle que parase, que detuviera aquel suplicio al que de súbito parecía haber decidido someterla y que le resultaba imposible seguir soportando por más tiempo.
 
           Fue justo en ese momento, al girarse, cuando se percató de la extraordinaria metamorfosis que se había operado en el rostro de su amante, tan asombrosa que Remedios pensó que no podía ser cierta, la razón se negaba de hecho a aceptarla como real, sin que para la misma pudiera concebir otra explicación que no fuese la que al alucinante ámbito de las pesadillas tenía por fundamento. El inmenso dolor que por dentro la abrasaba se oponía, sin embargo, a dicha hipótesis, no en vano aquel dolor era real, ¡vaya si lo era!, no el fruto de ningún desvarío onírico. Pero entonces, ¿quién o qué era aquel ser que tenía a sus espaldas? Su morfología continuaba aparentemente siendo la misma, pero los rasgos de su cara habían cambiado, al menos en lo concerniente a los ojos, que al fin y al cabo configuran en gran medida la expresión de aquélla, unos ojos cuyas pupilas aparecían ahora dilatadas y brillantes como antorchas, como si de dos encendidos soles se tratase, y ya no sólo por la fúlgida luz que emitían, sino también por el color, que se había tornado de un jalde intenso, los ojos de una alimaña. Aquellos ojos daban realmente miedo, un miedo que, mezclándose con el fortísimo dolor que seguía sintiendo, se filtró por el sistema nervioso de Remedios para sacudirla de arriba abajo.
 
           Todavía, empero, no lo había visto todo. Medio hipnotizada por aquellas torvas pupilas amarillas a cuya férula se sentía incapaz de sustraerse, el corazón no tardó en darle un nuevo vuelco cuando su poseedor, tras abrir la boca para proyectar sobre ella una malévola sonrisa, dejó al descubierto una dentadura negra cuyas piezas aparecían todas ellas afiladas como si fuesen cuchillos. Remedios sintió que el terror cobraba forma para, denso y glutinoso como el alquitrán, obturarle venas y arterias e impedir que la sangre circulase a su través, un terror frente al que opuso un estridente chillido que consumió las pocas fuerzas que le restaban, notando a continuación cómo se mareaba y el cuerpo le desfallecía. No llegó, sin embargo, a perder el conocimiento, como si de algún modo la propia malignidad irradiada por aquel ser siniestro secuestrase su mente para mantenerla dentro del plano de la consciencia e impedir que a su rescate acudiesen las falanges del deliquio; el mareo se tradujo así tan solo en una sensación de intenso vértigo que acentuaba aún más la apariencia irreal que envolvía cada escena. No podía dar crédito a lo que estaba viendo: ojos amarillos, dientes que parecían hechos de punzante obsidiana…, perversos rasgos que de ningún modo eran propios de un ser humano; decididamente, tales hechuras tenían que pertenecer a algún diablo u otra criatura de semejante naturaleza maligna.
 
           Para mayor sorpresa, el grotesco ser, sin dejar en ningún momento de sujetarla por la cintura, comenzó entonces a hablarle de Silvia, de la que le hizo saber que se trataba de una bruja, su bruja favorita, cuya alma y cuyo cuerpo eran patrimonios suyos desde hacía tiempo, dando con tales preseas satisfacción a la hipostática naturaleza que a él lo definía como ente, el alma para solaz de su diabólica esencia, el cuerpo para esparcimiento de su humana lujuria, posesiones a cambio de las cuales proveía a la moza de los recursos materiales necesarios para llevar una vida acomodada. Esta sorprendente revelación del transmutado fue seguida de un aviso mediante el que dejaba patente que no iba a tolerar que ninguna meapilas amargada como Remedios siguiese molestando a su protegida, amenazándola con en tal caso regresar para literalmente devorarle el corazón y, ya muerta, transportar consigo su alma hasta el Averno. Dicho esto, la liberó de su abrazo y extrajo el formidable falo de su culo.
 
           Aliviada por esta manumisión, Remedios dejo caer con lasitud su cuerpo sobre el lecho. Se encontraba, no obstante, en estado de shock, completamente perturbada, negándose aún a creer que el sujeto que estaba allí en su casa y que acababa de desvirgarla tanto por delante como por detrás era ni más ni menos que el príncipe de las tinieblas, el enemigo declarado de su Señor, aquel a quien desde niña asociara con la más abominable encarnación del Mal. Poco importaba que ahora, recobrada de nuevo su apariencia humana, volviese a mostrar esa imagen de atractivo vendedor con que horas antes, tras llamar a su puerta, la embelesara; de sobra había ya revelado su real naturaleza.
 
           En un gesto que tenía más de mecánico exorcismo que de verdadera liturgia de fe, la zaherida hembra se persignó repetidamente, luego de lo cual tuvo aun fuerzas para preguntar a su verdugo por qué le había mentido cuando afirmó tenerle ojeriza a quien ahora revelaba ser su protegida. Este soltó entonces una risa estentórea, tras la que negó haber hecho en ningún momento semejante proclama, siendo que por el contrario sólo había dejado caer que andaba en tratos con ella, como así era, evidentemente, y que en todo caso nunca se debía hacer caso de lo que pudiera decir o insinuar el Diablo, mentiroso y enredante por antonomasia, para terminar estallando en una nueva risa gutural que hizo que hasta la última de las células de Remedios temblase de puro pánico.
 
           Se fue luego el diablo por donde había venido, no sin antes subrayar de nuevo la exigencia de que a su bruja se la dejase en paz, bajo apercibimiento de severos castigos en caso contrario. Muda de terror, Remedios se abstuvo de ofrecer réplica alguna, limitándose a observar en silencio cómo aquél se alejaba; tan sólo advirtió que no proyectaba sombra alguna, ni sobre el suelo ni sobre las paredes, detalle del que hasta entonces no se había percatado, si bien, a esas alturas poco era ya el desconcierto que podía causarle dicha nueva anomalía. Remedios nunca más volvió a meterse con Silvia; las pocas veces que se topaba con ella en el pueblo, salía disparada en dirección contraria, presa de un pavor insuperable… No dejó además de padecer desde entonces horribles pesadillas, de las que despertaba en mitad de la noche anegada en sudor, un sudor viscoso y frío, aunque…, curiosamente, también erizada de deseo.

5 comentarios:

El Hada de los Cuentos dijo...

¡Asombroso!Casi me quedo sin aliento. Tu relato de esta vez me ha hecho retroceder a mi infancia. La educación que "padecí" en un colegio de monjas cuando tenía solo 8 o 9 años era como describes los años de juventud de la protagonista. La religión lo alcanzaba todo con sus garras. Una forma de ver la vida llena de intransigencias, de estrechez...todo era pecado, todos éramos miserables pecadores que arderíamos en el infierno, la tentación estaba en todas partes...Bueno ¡ni te cuento! Ya lo describes tú mejor que yo. Afortunadamente todo ha dado ya un giro, y ahora es posible vivir sin remordimientos, y disfrutar de la vida y sus sensaciones con libertad y plenitud. A Remedios no le vino mal la experiencia...hacerse vieja y morir sin haber experimentado las mieles del deseo carnal...¡Eso si que es un pecado! jajajaja
Bueno, te dejo, que no llego al trabajo...Una vez más me encantó leerte

Un abrazo enorme

Cavaradossi dijo...

Hola Hadita
Pues vaya reminiscencias que te trajo mi relato, jeje. Menos mal que los tiempos ya han cambiado, ¿verdad? Afortunadamente, ahora existe mucha más permisividad y las Remedios del mundo se van convirtiendo en una especie en extinción. Ni tampoco hacen ya falta demonios vestidos de azul para poner las cosas en orden.
Como suelo decir, ¡los sentidos al poder! Jajajaja
Un abrazo, Hadita. Como siempre, un placer contar con tu presencia por estas aguas


María (Muriel) dijo...

La de "Remedios" que quedan aún repartidas por el mundo, ¡jaja!!... sobre todo rural. No venían mal aquí, en mi pueblo, media docenita de Silvias con guardián en la mochila, jejeje...

CAROL LEDOUX dijo...

Pobre Remedios, toda la vida amargada y pendiente de la vida de los demás, sin vivir ella misma.Buen personaje y un relato muy completo. Ya sabes que no soy muy buena crítica literaria pero me ha gustado mucho. Un besito.

Cavaradossi dijo...

Pues nada, María, habrá que hablar con don Diablo para ver cómo arreglar tanto desaguisado en el mundo rural, jajaja.

Me alegro que también a ti te gustase, Carol. La crítica literaria es lo menos importante, lo que realmente tiene valor es conseguir que lo que uno escribe guste a quien lo lee.

Un fuerte abrazo a las dos.