viernes, 21 de septiembre de 2012

EL ADIÓS

           De forma tajante, así frenó ella los torpes alegatos con que pretendía él justificar su infidelidad descubierta. No quería saber nada más al respecto; aquella sarta de sofismas, lejos de apaciguar su encono, encendía si cabe aún más el reconcomio que por dentro la estaba devorando, de modo que sus oídos se negaban a continuar abiertos a su descarga. Se sentía decepcionada y herida en lo más profundo de su ser, como si la hubiesen golpeado el ánimo con un mazo de hierro, y en tales condiciones ningún alivio le suponía escuchar explicaciones absurdas. Lo único que quería era irse de aquella casa, escapar de su lado y, a ser posible, no pensar en él, pues no en vano sabía que el pensamiento, aliado que estaba en este caso con el deseo, jugaba en contra de su voluntad de huida.
         
            —Me voy —le dijo—, no puedo seguir contigo después de esto.
           
           Esas palabras, pronunciadas en un tono que pretendía denotar firmeza, pero que transmitían sobre todo pesar, eran en sí mismas puñales que con sevicia cuarteaban los propios nervios de quien las profería; puñales emponzoñados del veneno que, como si de un deletéreo crótalo se tratase, brotara del engaño sufrido. El engaño y sus propias palabras formaban así una misma unidad de dolor, un dolor tan intenso que apenas si podía soportarlo. Y aun así, a pesar de ese dolor, las había dicho, consciente de su imperiosa necesidad, y no ya sólo como mensajeras de la acción que se disponía a acometer, cual era la de salir de allí y alejarse cuanto le fuera posible, sino también como contrafuertes sobre los que sostener los últimos restos de orgullo, su dignidad herida, esa dignidad que dentro de sí misma sentía tambalearse ante las huestes de la decepción.
    
            —Dame otra oportunidad —instó él clavando en ella una mirada suplicante.
          
           Durante un breve intervalo ella percibió que volvía a quedar presa de aquellos ojos que desde que por primera vez se posaran en los suyos la habían mantenido cautiva, ojos penetrantes, fúlgidos, portadores de hechizo, ojos de poeta, profundos como océanos, ojos donde con infinito placer tantas veces se sumergiera mientras sentía las varoniles manos recorrer palmo a palmo su cuerpo haciéndolo estremecer. Notó entonces cómo el deseo se apoderaba de su ánimo, deseo que le impelía a conceder esa nueva oportunidad que él demandaba, ya que no en vano nadie le había hecho sentir tan feliz como él lo había hecho, ni nadie había extraído de su cuerpo dosis de placer tan altas que bajo sus efectos perdiera por entero el control de sus propios actos, sumida en un desenfreno de lujuria tal que los sentidos parecían desplegarse en estallidos de colores que los elevaban hasta hacerlos alcanzar un insospechado cenit. Pero no podía sucumbir a esa tentación. No podía darle más oportunidades, ya habían sido muchas, demasiadas. No era tanto cuestión de orgullo como de desconfianza, de un total escepticismo que le impedía seguir creyendo en él y, en consecuencia, mantener una convivencia de tal modo ensombrecida. ¿Qué tipo de vida sería la abocada a crecer en todo momento entre las brumas de la duda? Una vida sin duda amarga, y dicha amargura resultaría imposible de compensar en modo alguno, por muchos y grandes que fuesen los goces ubicados al otro extremo de la balanza. Mejor asumir el dolor de la despedida, restringido en el tiempo al fin y al cabo, que permanecer en una continua desazón, como sin duda lo estaría de seguir con él, con el hombre al que tanto había amado pero que asimismo tanto le había decepcionado. No, definitivamente no podía continuar durante más tiempo junto a la persona que la había engañado de esa forma tan cruel.

           Afianzada de este modo en la decisión tomada, logró al fin sobreponerse al encantamiento que brotaba de aquellos ojos de poeta y, sin apenas inflexiones en la voz, rechazó su demanda:
           —No, no puede ser. Ya nada sería igual.
         
           Las palabras seguían no obstante siendo portadoras de dolor, de modo que, pese a esas flemáticas trazas que el timbre verbal denotaba, resultó en cierto modo traicionada por los ojos, ojos los de ella que no eran ni tan brillantes ni tan hipnóticos y que aparecieron de pronto nublados por una fina película lacrimosa, si bien, más que la tristeza, era la decepción la que las hacía germinar.
       
           —Me duele que esto termine así, pero entiendo perfectamente tu decisión y no puedo sino respetarla… Lamento haberte engañado.
        
           Pero ella sabía que no lo lamentaba realmente, que en el fondo era esa su naturaleza: romántica, sí; apasionada, por supuesto; pero al propio tiempo la de un depredador insaciable, sin que contra dicha condición le fuese posible, aunque en un momento dado pudiera pretenderlo, ir en contra. Él era así, no había que darle más vueltas. Lo más curioso era que ella lo había sabido desde siempre, por más que se hubiese negado a sí misma la evidencia, tal vez esto último porque gran parte de su encanto, de su incontenible magnetismo, de su exultante hechizo, residía precisamente en esa idiosincrasia peculiar suya, en esa naturaleza de pirata que tan irresistible lo hacía cara a los demás. Sí, ella lo había sabido siempre, pero aun así quiso tirar hacia delante, disfrutar de cada momento a su lado, convencida de que tales momentos serían memorables, como así de hecho lo fueron, y no preocuparse de nada más, conformarse con esos desenfrenados turbiones que con asidua tradición hacía precipitar sobre ella para anegarla de placer y dicha. Había sido en ese sentido su sombra, ligada a él por las cadenas del amor y del deseo, embozada tras una máscara con la que voluntariamente no ver la realidad, porque no quería verla, protegida bajo una sólida armadura frente a sus engaños y mentiras.
        
           Ahora, sin embargo, constatada la realidad por la fuerza de unos hechos que de cuajo obliteraban cualquier margen para la duda, devenía imposible seguir manteniendo idéntico autoengaño. Le había pillado in fraganti y eso lo cambiaba todo, inútil recurrir a pueriles entelequias con las que proseguir el soborno a la verdad. ¿Para qué? ¿Tan solo por continuar disfrutando de esas puntuales ascensiones al paraíso que él le procuraba? Eso equivaldría a arrancarse los ojos por no sentir el asco de contemplar la impureza vigente allá fuera y limitarse únicamente a percibir un universo interno creado a voluntad. ¿Quería de verdad eso? ¿Quería ser una ciega de por vida? No, no lo quería. De no haberle sorprendido, quizá hubiese podido seguir para siempre en ese estado de simulada ignorancia, asumir aquello de ojos que no ven, corazón que no siente, y seguir disfrutando de los aspectos positivos de su relación sentimental. Se habría quedado con él años enteros, posiblemente toda la vida, flotando a su lado, en su mar, en el mar de los poetas… Pero así no, así era imposible, más aún teniendo en cuenta que el engaño lo había perpetrado con su mejor amiga.
         
            Él la miraba azorado. Se sentía triste, si bien, tampoco era la suya una tristeza de esas que aplastan el alma hasta socavarla más allá de las raíces donde crece la melancolía. Era, por el contrario, una tristeza de superficie, una tristeza a ras de piel por así decirlo, incluso tocada de cierto componente egoísta, o de anticipada nostalgia si se quiere, la tristeza de quien ya echa de menos algo que justo acaba de perder, pero que lo echa de menos no porque fuese una parte imprescindible de sí mismo, como el corazón o la sangre que lo alimenta, sino porque se había acostumbrado a tenerlo, la pérdida en suma de lo que se consideraba una apreciada pertenencia. Más allá de esa congoja, le hacía también sentir mal la posibilidad de que ella pudiera odiarlo.
          
           —No te odio —dijo ella como si leyera sus pensamientos—. Me has regalado momentos exquisitos, momentos colmados de ilusión y sueños, y aunque el sueño se haya roto, mientras lo viví fue lo más maravilloso que nunca me sucediera... He sido la mujer más feliz del mundo a tu lado… y tú has sido el artífice de esa felicidad.
           —Podríamos seguir siendo felices.
           —No, no podríamos, no ahora que…
          
           No pudo seguir. La voz se le quebró y las palabras quedaron obturadas dentro de su garganta, como si un tapón impidiese su salida. Notó que sobre los ojos se espesaba la película lacrimosa poco antes conformada y tuvo que hacer un gran esfuerzo para conseguir que dichas lágrimas retrocedieran antes de ser definitivamente vertidas. No quería que él la viera llorar.
          
           Aun así, quiso él consolarla, pero ella se apartó y rechazó su abrazo.
           —No, dejémoslo así.
          
           Cogió su bolso y se marchó sin decir ninguna palabra más, sin reproches, sin malos gestos, como quien emerge de un sueño y se apresta a afrontar la realidad que impera tras sus volátiles márgenes, un sueño que había sido bello, pero que con el despertar carecía ya de toda razón de ser. Fuera el día agonizaba en un crepúsculo sangriento; apenas corría el aire y, salvo el monótono canto de las cigarras, no se escuchaban sonidos. Ella comenzó a caminar, erguida la cabeza y fija la vista en el horizonte. El sol, ese sol cuyos últimos rayos resplandecían sobre el verde de los trigos, parecía vestirla de melancolía. Sobre su espalda notaba la mirada de él como un adiós mudo y etéreo, al tiempo que notaba asimismo cómo su corazón se iba transformando en una umbría propicia para que germinase la pena. Se preguntó de dónde extraería las fuerzas necesarias para poder vivir sin él.

6 comentarios:

El Hada de los Cuentos dijo...

De este relato me ha sorprendido algo que es completamente cierto ¿cómo es posible que aquello que odiamos en alguien sea precisamente lo que nos atrae? La protagonista se siente atraída por la faceta de pirata de aventuras amorosas que tiene su pareja, y es eso, precisamente lo que lleva a la ruptura. En cambio ella estaba dispuesta a seguir con él imaginando sus encuentros con otras mujeres hasta que una vez, uno de ellos se hace tangible, real...¡Es curioso, Mario, qué complicados somos! ¿O solo somos así las mujeres? ¡Ah, cuánto daría por entrar y conocer los recovecos del alma masculina!

Un abrazo y feliz fin de semana

Cavaradossi dijo...

¿El alma masculina? Quizá en el fondo no sea tan diferente a la femenina como algunos suponen, o si lo es, sospecho que hay mucho de artificio en esa diferencia, demasiados prejuicios y convencionalismos que se terminan por aceptar como señas de identidad, pero que en su mayor parte resultan espurios. No, no creo que seamos tan diferentes, no más allá de la diferencias que pueda haber entre los mismos hombres entre sí o las mismas mujeres entre sí.
Así, igual que la protagonista de mi relato se sentía atraída por ese lado más canalla de su amado y no pudo, sin embargo, soportar su constancia en el plano real, también habrá hombres que sientan similares inclinaciones, se encelen ante similares temores y se vengan definitivamente abajo ante similares certezas. Quizá, eso sí, nosotros camuflemos más estas actitudes, no en vano desde siempre se nos ha educado en los valores de una "masculinidad" excesivamente empapada de un mal entendido orgullo.
Un placer encontrarte por este mar, Hadita. Que pases también tú un estupendo fin de semana.
Besos

El Hada de los Cuentos dijo...

Quizá tengas razón, quizá no seamos tan diferentes en nuestra forma de sentir,pero si lo somos en nuestra manera de expresar y actuar.Quizá todo sea producto de la cultura y educación que hemos mamado desde antes de tener uso de razón. Es una cuestión que me vengo planteando desde hace muchos años.
Soy docente, por mis manos han pasado cientos y cientos de niños,la educación que se les da en las escuelas no es en absoluto sexista, doy fe de ello, y sin embargo, ellos mismos, de forma natural y espontánea hacen esa separación entre unos y otros. En sus juegos, en sus preferencias, sus inclinaciones, sus maneras de actuar...De forma totalmente libre los niños se van con los niños y las niñas con las niñas. Y cuanto mayores van siendo más se marca esa diferencia, llegando a actitudes en los chicos tan machistas, que si se produjeran en un adulto lo calificaríamos de depravado. A mí no me cabe otra explicación que es lo que ven en la sociedad, o perciben de manera inconsciente en el mundo que les rodea.Estamos en el siglo XXI, pero en esto, como en otras muchas cosas, aún nos queda un largo camino por recorrer.Empezando por nosotros mismos.

Un beso muy grande

María (Muriel) dijo...

La dependencia emocional y hormonal hace que, en ocasiones, perdonemos aquello que sabemos que antemano que va a ocurrir. Hasta que ocurre, y nos damos cuenta de que no podemos perdonarlo. La culpa, entonces, es de ambos. De uno por pecar, y del otro por cegarse.

Besooooos

Cavaradossi dijo...

Gracias, Hada y María, por vuestros comentarios.
En todo caso, el hecho de que hombres y mujeres no seamos en algunos aspectos tan diferentes como pudiéramos pensar, no implica que en otros sí lo seamos, que claro que lo somos. Si lo somos en lo fisiológico, es normal que esa divergencia dé lugar a otras en los demás planos. Aunque, obviamente, esas diferencias no pueden en ningún caso justificar comportamientos de intolerancia como los que refieres y que habría que erradicar de una vez por todas, pese a que es difícil, justo por ese componente mimético del que hablas: los niños lo imitan todo y, claro, lo malo suele tener fácil aprendizaje.

Sobre lo que tú comentas, Muriel, de la dependencia hormonal y emocional, estoy enteramente de acuerdo. De hecho, publicaré pronto otro relato donde toco ese tema muchísimo más en profundidad, hasta llevarlo a extremos patológicos (pero que igualmente se dan, por desgracia, en la vida real).
Un besazo para las dos

María (Muriel) dijo...

Ya estás tardando, jeje
un abrazoooooooo