miércoles, 13 de junio de 2012

LA ISLA


           Abandonar la isla se había convertido en mi mayor obsesión, pero resultaba una tarea imposible a todas luces, ya fuese por mar, ya por aire. El aeropuerto había dejado de estar operativo, convertido en un páramo cubierto de polvo y ceniza que el viento sacudía en forma de remolinos, y los aviones, descabalados todos ellos, yacían en los hangares como gigantescos fósiles de metal, sin vida, cubiertos sus esqueletos exánimes por esa misma capa de escoria que envolvía toda la isla. Los puertos también habían quedado arrasados, destrozadas las dársenas y hundidos la mayoría de los barcos en el fondo de un océano cuyas aguas se habían vuelto negras, hueras de vida, aguas que en el horizonte se unían a un cielo gris oscuro sobre el que ya ni siquiera se oía el chillar de las gaviotas. Todo era desolación, la luz natural apenas si podía traspasar la densa barrera cenicienta que, en suspensión, flotaba a lo largo y ancho de todo la isla,   confinándola a modo de prisión. El sol estaba oculto más allá de ese muro opaco y el viento no dejaba de soplar en todas las direcciones, con tanta fuerza que doblaba las palmeras y arrastraba la arena de la playa, hincándose ésta sobre los rostros como si fuesen proyectiles. Difícil tarea la de anclarse al suelo con semejantes vendavales. Yo avanzaba como si, en lugar de la tierra firme, pisase el aire, alzado en vilo por la fuerza de ese viento hostil que todo lo removía, con los faldones del abrigo izándose como si fuesen las velas de un buque fantasma. Avanzar, eso era lo único que hacía a lo largo de todo el día, moverme de un lado para otro medio a ciegas, moverme sin otro afán que el de no enloquecer dentro de esa ineludible cárcel en la que estaba atrapado. Pero ¿avanzar hacia donde? No había lugar donde ir, todo estaba devastado y yermo. Ni tampoco existía nadie a quien poder recurrir, los pocos supervivientes se arrastraban como yo, espectros silenciosos moviéndose sin rumbo, perdidos, sin reconocerse los unos a los otros, verdaderos zombies que se desplazaban sin objetivo ni esperanza.

           Desde que sucediera el cataclismo, el tiempo daba la impresión de haber quedado detenido, no existía ya el día ni la noche, las diferencias entre unas horas y otras apenas se basaban en matices insignificantes, a veces ni eso; todo parecía reducirse a una única imagen grotesca que se repetía de Norte a Sur y de Este a Oeste, un lienzo pintado de gris, de ese gris ríspido y cruel que desde el cielo contaminado proyectaban la ceniza y el polvo. Ese opresivo lienzo parecía tener vida propia y, a modo de sanguijuela, se introducía por debajo de la piel para succionar la sangre, infectarla y conducirse a través de arterias y venas hasta la superficie del cerebro, atravesarla y con el taciturno gris que portaba obliterar todos sus registros, en especial la memoria, que con laxo abandono se diluía en los vapores del olvido, como si de repente una profunda amnesia impidiera recordar cualquier apunte previo a la devastación. Devastación, esa era la palabra; devastación de cuerpos, mentes y almas. Yo ya ni siquiera recordaba cómo había empezado todo. Más aún, ni siquiera sabía quién era yo. Todo era caos dentro de mi cabeza, caos y oscuridad, una absoluta y desoladora tiniebla que sólo en contadas ocasiones era iluminada por efímeros destellos, fugaces parpadeos que acaecían en algún lugar del córtex cerebral, como estrellas de un firmamento remoto, para casi al instante difuminarse de nuevo en el negro abismo de la nesciencia. Una gran explosión, una luz cegadora, pérdida total de la consciencia y... se acabó, luego nada, el vacío, la niebla, la ceniza.

           En silencio, ya dejándome llevar por el empuje del viento, ya lidiando contra él, me internaba al azar por las calles desiertas, esas mismas calles que otrora debieron componer bulliciosos barrios y ciudades saturadas. Ahora no eran más que espacios vacíos sobre los que se esparcían ruinas de hormigón, una vasta extensión de formas retorcidas, destazados gigantes grises aplastados por un cielo todavía más gris, toneladas de escombros sangrantes, sangre gris sobre la que repicaba el sonido de mis zapatos, grises asimismo, cubiertos de ceniza, tan grises como mi camisa y el abrigo que me envolvían, tan grises como mis pasos, tan grises como, en suma, mi propia vida, si es que a este continuo deambular en solitario, sin rumbo ni ilusión de ninguna clase, podía llamársele vida.

           Abandoné la ciudad y enfilé por una carretera que conducía hasta el mar. Entre la niebla turbia flotaban gotas ácidas que se hincaban en la piel como alfileres. Ignoro la razón por la que de forma invariable terminaba siempre por tomar dicho camino; era algo instintivo, ajeno a mi voluntad, como si mis piernas fuesen orientadas por un extraño magnetismo que de algún modo articulase sus movimientos. El caso era que allí estaba yo otra vez, deslizándome a lo largo de aquella arteria cuarteada, henchida de grietas y hendiduras, algunas tan profundas que parecían abismos, asfalto calcinado por el que debieron rugir antaño fieros motores, pero que ahora se mostraba tan desértico y vacío como todo lo demás. Ningún vehículo circulaba ya por la isla, la explosión los había debido inutilizar a todos, aparte de que tampoco las carreteras, ni esa ni ninguna otra, estaban en condiciones para un tránsito de tal género. Por lo que a mí concernía, ni siquiera recordaba cómo se manejaba un volante. La amnesia era total. No recordaba nada de cómo había sido mi vida antes de la explosión, nada en absoluto. ¿Realmente había tenido una vida antes? Tampoco los demás supervivientes parecían recordar nada, como así se deducía de sus caras inexpresivas, de la rigidez de sus facciones, de sus miradas vacuas, de la falta de color de su rostro. Nadie, por lo demás, hablaba. ¿De qué se iba a hablar si nadie sabía nada? Sólo se oía el constante soplar del viento en forma de largos y tristes gemidos, como aullidos de lobo, y los rugidos del enfurecido mar negro. Los seres humanos ya no éramos sino espectros que caminaban y caminaban por puro automatismo, sin rumbo.   

            Justo al doblar una curva encontré a una mujer y dos niñas agachadas frente a lo que parecía ser una pequeña cruz de madera. Me llamó la atención el hecho de que, en medio de la niebla que lo percudía todo, irradiase alrededor de ellas una especie de luz coruscante, como un aura que las envolviera e hiciese resplandecer. Se trataba de un fenómeno ciertamente anómalo. Sus caras me resultaban familiares, pero por más que me esforzase en recordar, no lograba identificarlas, los pensamientos se esfumaban apenas materializados y los recuerdos volaban con ellos. Me acerqué para observarlas más de cerca. Sí, yo conocía esos rostros, aunque no sabía de qué. Me hubiese gustado hablarles, indagar por medio de la palabra acerca de su identidad, pero no quería asustarlas ni perturbar con mi presencia aquello que estuvieran haciendo, fuese lo que fuese. De todas formas, aunque lo hubiese intentado, seguramente no habría podido hacerlo, ya que mi capacidad de comunicación había quedado asimismo mermada a raíz de la explosión y el subsiguiente cataclismo. Tampoco, por lo demás, daban ellas muestra alguna de reconocerme a mí; de hecho, ni siquiera parecían haberse percatado de mi aparición. Sus rostros se mostraban ausentes, como en otro mundo, y reflejaban una profunda tristeza; incluso creí discernir el empuje de unas lágrimas que pugnaban por brotar de los ojos de la mujer, ojos vidriosos en cualquier caso, apenados, sin chispa. Comprobé también cómo entre las tres disponían un circular ramo de flores en torno a la cruz de madera. Ese gesto me llamó la atención, por lo que, venciendo mi recato, me aproximé un par de pasos más. Aun de manera borrosa, pude percibir que en el centro de la cruz, donde formaban intersección las dos traviesas, había algo escrito, si bien, pese a la luz que envolvía la estampa, yo era incapaz de leer lo que allí ponía. Un nombre y unas fechas, eso era lo único que acertaba a columbrar, pero tan borrosos a mi vista que no podía distinguir las grafías. Un nombre. Unas fechas. Una cruz. Flores. ¿Qué significaba todo aquello? ¿Por qué precisamente en ese lugar, en esa curva de aquella carretera erosionada? Además, ¿por qué me resultaban tan familiares los rostros de aquellas tres mujeres, en principio unas desconocidas? Y, lo más extraño de todo, ¿por qué sentía en mi pecho un incontenible brote de afecto hacia ellas? Durante un brevísimo lapso de tiempo la mujer levantó su mirada y se encontró con la mía. Noté cómo mi espina dorsal era recorrida de arriba abajo por un fuerte estremecimiento. Sin embargo, ella ni siquiera me miró, como si yo fuese transparente o, más aún, como si no existiera. En sus ojos, ahora sí que lo pude constatar a ciencia cierta, había lágrimas, muchas lágrimas.

           Me alejé por la carretera en dirección al mar. Las ráfagas de viento, secas y heladas, arrastraban densos remolinos de polvo. Yo quería abandonar la maldita isla, escapar de aquel gris opresivo que se introducía en la sangre y lo infectaba todo; pero sabía que era imposible.


                            

10 comentarios:

El Hada de los Cuentos dijo...

Cuando he leido esta historia no sabía muy bien qué comentario dejarte, esa es la verdad. Me has tenido alerta hasta el final. Ha sido diferente a los que nos tienes acostumbrados. Siempre he leido sobre temas sacados de la vida misma,tan reales como ésta, en cambio el tema de hoy ha sido diferente Pero me ha gustado, me ha gustado mucho. Como siempre tan bien expresado, tan bien hecha la evolución del relato, y una vez más ha sido un placer leerte.
Cambiando de tema...siempre me quedo con ganas de preguntarte algo...Dominas el relato, también la poesía...¿ y el teatro? ¿Has escrito alguna obra? A mí me gusta mucho y he escrito alguna obrita para público infantil. Solo lo pregunto por curiosidad, solo eso.
Un abrazo muy fuerte, Mario

Cavaradossi dijo...

Hola Hadita. Empezando por el final, te cuento que nunca he escrito teatro. Me gustaría hacerlo y es posible que en algún momento me anime, pero de momento nunca lo he hecho... Es un género que me da mucho respeto y, sinceramente, ignoro si estaría a la altura.
Respecto a este último relato que he publicado, convengo contigo en que se aleja algo de mis temas habituales, si acaso tendría cierta concomitancia con el que titulé "el accidente". En este caso, el protagonista ha muerto y no lo sabe, ese ambiente opresivo y gris que le rodea no es sino el mundo de ultratumba por el que deambula su espíritu, el cataclismo que recuerda no es sino el propio momento de su muerte en aquella curva donde le lloran su mujer y sus hijas, a las que sólo puede recordar fugazmente, sin que ellas puedan verlo a él. Una historia un tanto escatológica, lo admito, jeje.
Un abrazo, Hada, y, como siempre, un placer leer tus comentarios.

CAROL LEDOUX dijo...

Holaaaaaaa

Me ha gustado mucho este relato, es muy peliculero jeje. y con tu comentario anterior sí que me ha recordado un poco a la serie "Perdidos".

Deberías escribir más relatos así!!

(no es una imposición, eh?) :)

Besiiiis.

Cavaradossi dijo...

Hola Carol!!! Un gustazo verte por aquí. Me alegra que este relato haya sido tan de tu interés. Procuraré escribir más de ese estilo.
Un besazo para ti

Sol dijo...

Hola amigo!!! me ha encantado el relato...
Qué fluidez la tuya... es impresionante cómo las palabras te buscan, porque te buscan... tú nada más las escoges y haces magia con ellas...

Un abrazo enorme.

Cavaradossi dijo...

Qué bonito tu comentario, Sol. Muchísimas gracias.
No sé quién busca a quién, si las palabras al autor o éste a las palabras, pero sí que te puedo decir que me encanta jugar con ellas, moldearlas, hacerlas saltar y bailar, vestirlas y desvestirlas, acariciarlas, volar con ellas y sobre ellas.
Un placer para mí contar con tu presencia en este mar de los sueños.
Besos

María (Muriel) dijo...

No sé si felicitarte o mandarte a paseo ¡¡jajaja!!!. Mira que en este océano he podido experimentar emociones de todo tipo, pero ninguno de tus relatos o poemas había desptertado en mi auténtica CLAUSTROFOBIA. Por un momento, me he sentido ahí atrapada, en esa celda en forma de isla, impotente para escapar, incapaz de huir. Consigues, sin duda, que el lector se involucre en la narración hasta sentir lo mismo que los personajes que presentas. Maravilloso trabajo, Cav.

Cavaradossi dijo...

Justo esa era la sensación que quería transmitir, amiga Muriel, la de claustrofobia, dando así mi particular visión del mundo de los espíritus (si es que existe tal, que lo dudo), un mundo gris, oscuro y cerrado ajeno por completo a las leyes físicas.
Gracias de nuevo por compartir tus impresiones. Un besazo

Anónimo dijo...

Muy peculiar tu relato, pero me ha gustado, felicidades una vez mas. Saludos

" Anónima"

Cavaradossi dijo...

Celebro que te gustara, "Anonima", y convengo contigo en que, en efecto, es un relato "peculiar" :-)