lunes, 14 de mayo de 2012

LA CARTA

           La puerta estaba abierta, de modo que me limité a entrar sin más, sin necesidad de llamar al timbre. Caras tristes, mensajes de condolencia, pésames. Eso fue lo que me encontré dentro; era además lo que esperaba, por más que, aun de antemano prevista, aquella luctuosa atmósfera se me hiciera pesada y opresiva. Nunca me gustaron los velatorios y funerales, menos aún cuando éstos obedecían a la muerte de un amigo, mi mejor amigo en este caso, tras una larga y cruel enfermedad.

           El recibidor se encontraba, por lo demás, atestado de gente. Pese a residir desde hacía años en otra ciudad, yo conocía a casi todos, familiares y amigos del difunto en su mayoría, de forma que comencé a saludar a unos y otros, adoptando el gesto adusto que se suponía apropiado a esa clase de eventos y sumándome al coro de gemebundos que, como si de estudiados salmos se tratase, repetían una y otra vez similares lamentos, que si qué excelente persona era, que si qué mala suerte la suya, que si mira que ir a morir justo en la flor de la vida, que si qué injusticia, que si no somos nadie, que si patatín y que si patatán, todo ello sazonado con fuertes apretones de manos, besos que no eran sino meros roces que procuraban ser cálidos y, si acaso, tímidas sonrisas, apenas perceptibles entre el gesto circunspecto. Alguien abrió una ventana a través de la que casi de inmediato penetró un profundo olor a mar. Mis pulmones me impelieron a dirigirme hacia ella para que dicho olor los anegase por entero. Necesitaba respirar aire puro, aire que pudiera neutralizar parte de ese más denso con que el duelo había saturado la habitación donde me encontraba. Me aflojé un poco la corbata y dejé que mis ojos se relajaran con la vista que a ellos se ofrecía a través de la ventana abierta. El mar estaba sereno y rompía en olas breves, elegantes danzarinas ensayando pasos de un estudiado ballet semejaban en su ondulado movimiento. El aire frío traía aromas ríspidos, si bien, a pesar de ello, el cielo aparecía despejado y el sol de invierno brillaba con fuerza para perfilar los contornos de las cosas, al tiempo que con sus ráfagas doradas barría el asfalto. Bajo ese sol magnífico, el mar, siempre el mar, refulgía como un espejo. La calle estaba vacía, salvo por dos perros que, muy excitados, se olfateaban el uno al otro junto a un contenedor de basura. Me hizo gracia la estampa. Ellos no sabían nada de velatorios, ni de pésames, ni eran siquiera conscientes del concepto de la muerte en sí. Se limitaban a vivir a golpes de instinto, sin preocuparse de nada que fuese más allá de la satisfacción inmediata de sus necesidades básicas. En cierto modo los envidié; libres de los demonios asociados al pensamiento abstracto, vivían y morían sin desasosiegos, remordimientos ni pesadumbres, ajenos a ese existencialismo lleno de trampas, sombras y espinas que lacera al ser humano.

           Absorto en estas divagaciones, apenas me di cuenta de la mano que asía mi brazo para arrastrarme de nuevo al interior de la sala. Era Rosa, la viuda, a quien no había visto al entrar en la casa. Tenía los ojos enrojecidos, evidencia de que había estado llorando. La miré con ternura y ella respondió a mi mirada forzando una sonrisa que no hacía sino acentuar todavía más la desolación que la embargaba; luego, sin decir palabra, nos fundimos en un afectuoso abrazo, tras el cual me invitó a pasar a otra estancia, alegando que tenía que contarme algo en privado.

           Rosa me condujo a una sala espaciosa decorada con amplias estanterías en cuyos anaqueles descansaban libros de todo tipo. Era el despacho de Miguel, el difunto, quien durante toda su vida fuera un lector empedernido.

           —Pensó en ti hasta el último momento —dijo mientras me entregaba un sobre en cuyo anverso se leía con nitidez mi nombre y apellidos.

           Me quedé mirando a Rosa sin comprender. Ella, por más respuesta a ese mudo interrogante, depositó un cariñoso beso en mi mejilla y me pidió que abriera el sobre, que dentro había una misiva escrita de puño y letra por Miguel que quiso que yo leyera tras su muerte.

           Debo decir que Miguel fue amigo mío desde la infancia, el mejor que haya tenido nunca, un amigo al que quería y respetaba como si de un hermano se tratase; pero que, no obstante dicha amistad, siempre estuve enamorado de Rosa, tanto cuando era su novia como cuando más adelante se convirtiera en su mujer. Amé Rosa como a nadie he amado en toda mi vida; la amé desde la adolescencia, desde que me la presentara Miguel una lejana tarde de verano, cuando apenas contábamos ambos quince primaveras; la amé, eso sí, siempre en silencio, sin jamás hacer pública manifestación de dicho amor, y la seguía amando todavía, por más que desde hacía años, desde que por motivos laborales hubiera yo de trasladarme a otra población distante, nuestro contacto se hubiese hecho mucho más esporádico. Intuyo también que, pese a toda mi discreción, Miguel lo sabía; pocas personas he conocido más perspicaces que mi difunto amigo.

           Estaba yo extrayendo del sobre la carta cuando Rosa rompió de repente a llorar. En un momento dado las lágrimas, que en vano tratara de contener desde sus adentros, formaron una transparente albufera que anegó por entero sus ojos glaucos, de los que brotaron para resbalar sobre sus mejillas a modo de rocío. La abracé con fuerza y noté el temblor de su cuerpo al abandonarse a mi abrazo. La mantuve pegada a mi cuerpo durante algunos segundos y, pese a saber que aquel temblor no lo causaba sino la desazón y la pena, no pude evitar que el ceñido contacto provocara en mi sistema nervioso un concupiscente hormigueo.

           —Discúlpame, Paco, estoy completamente destrozada y me derrumbo cada dos por tres —se justificó tras separarnos; noté que el rubor había acentuado el color de sus mejillas—. Me cuesta mucho mantener la calma.

           —No tienes por qué disculparte. Es comprensible.

           Asintió con la cabeza y, apretando los labios, dibujó una expresión resignada, de dócil sumisión a la congoja que el dolor le producía.

           —Te agradezco mucho que hayas venido desde tan lejos.

           —Era lo menos que podía hacer. Ya sabes lo mucho que quería a Miguel.

           —Sí, lo sé, y él te quería a ti del mismo modo.

           —Y también te quiero a ti —añadí sin ambages, aunque en un tono neutro que a nada comprometía—, de modo que no podía dejar de acompañarte en este momento de pesar.

           —Gracias… ¿No vas a leer la carta?

           —¿Quieres que lo haga ahora? ¿Aquí? ¿Delante de ti?

           —Él insistió en que así fuera.

           —Ah, vaya.

           Miré a Rosa con expresión azorada mientras mi pensamiento se hacía eco de difusas nostalgias que evocaban pieles y labios anónimos, pieles que acaricié siendo en realidad a ella a quien acariciaba, labios en los que deposité besos para en el fondo besarla a ella, mujeres a las que, en suma, amé sin amar, meros sucedáneos con los que de algún modo sofocar ese profundo sentimiento que por dentro me abrasaba. Amor de contrabando, amor en falso, amor que al no poder ceñir a su verdadera destinataria, se esparcía como jirones de niebla en medio de un paisaje desolado, distante a mi propio ser, a ese interior mío donde la imagen amada permanecía siempre presente, inmutable, efigie divina resplandeciendo entre el fuego que, prendido al corazón, doblegaba mi voluntad para hacerme esclavo de un afán imposible, sin esperanzas, cruel en cierto modo, como cruel viene a ser todo lo imposible, consciente de que jamás podría traicionar a mi amigo.

           Y allí estaba yo ahora, frente a mi dueña, frente a la mujer que durante más de tres décadas había monopolizado todo mi acervo emocional, contemplando sus ojos vidriosos mientras en mi mano sostenía las últimas palabras que ese mismo amigo, ahora muerto, me dedicara. Allí estaba yo, confundido e inquieto, y allí estaba ella, doliente, abatida tras haber perdido al hombre al que tanto había amado, un hombre que, por desgracia, no fui yo. Sí, allí estábamos ambos, mirándonos en silencio mientras de lejos nos llegaba el apagado rumor de los asistentes al velatorio, lejanos murmullos que liberaban cuitas y lamentos.

           Desdoblé el folio que sacara del sobre y ante mis ojos surgió la impecable caligrafía de Miguel, esa letra suya de pendolista, cursiva, bella, precisa, que hacía de cada grafía una pequeña obra de arte. Aquellos trazos refinados, casi góticos, denotaban cómo hasta el último momento, aun consumido por la enfermedad, Miguel había seguido siendo un perfeccionista. Comencé a leer:

           “Mi estimado Paco, en breve estaré ocupando ya mi lugar en el Hades, cuestión de días, quizá tan solo de horas, quién sabe. Me jode palmarla, pero, ya ves, con esa cabrona que viste de negro no hay posibilidad de negociación alguna… En fin, dejémonos de ambages, no vaya a ser que todavía la Parca me sorprenda antes de decirte lo que te tengo que decir. Tú has sido siempre mi mejor amigo, el amigo ideal, el amigo que cualquiera habría deseado tener, fiel, comprensivo, atento, prudente… ¡Qué voy a decir sino que he tenido la inmensa suerte de gozar en vida del mejor de los amigos posible!… Y si he gozado del mejor de los amigos, también he gozado, créeme, de la mejor de las esposas. Rosa y tú sois las dos personas que más he querido y quiero en este mundo, los dos baluartes en los que siempre me apoyé. He sido en ese sentido un hombre afortunado… Pues bien, mi queridísimo Paco, quiero que sepas que Rosa, mi Rosa, mi dulce Rosa, te ama desde hace mucho tiempo. ¿Cuánto? No podría decírtelo a ciencia cierta, pero sí te digo que amar es el verbo. Ya me hago cargo de lo confuso que te habrá dejado esta revelación, sospecho incluso que se te habrá puesto cara de pasmo; lástima que no pueda verte, jeje. Pero es verdad, Rosa te ama; lo sé. No es que ella me lo haya confesado, ni mucho menos, pero sí que yo he podido percibirlo; ya sabes que siempre tuve un sexto sentido especial para este tipo de cosas. En realidad nos ha amado a los dos, a ti y a mí; mi suerte es que yo la conocí antes y que su amor por mí y su sentido de la fidelidad la mantuvieron siempre a mi lado… Pero, ya ves, ahora yo marcho al mundo de los muertos y a ella la dejo sola y desvalida en medio de esta selva espesa y acezante que es el de los vivos. Me consta que tú también te has sentido desde siempre atraído por ella, aunque ignoro hasta qué punto, ya que en el libro de tus emociones no he podido penetrar con la misma precisión que lo hice en el de Rosa, cuestión a fin de cuentas de proximidad, supongo. Pero el caso es ese, que yo me voy y ella queda sola, y que te ama, eso es seguro. Cuando leas esta carta yo ya habré muerto y ella estará junto a ti, posiblemente apenada y llorosa. Mírala, Paco, mira sus ojos y decide; no hace falta que te diga más… Tu amigo, Miguel

           Doblé la carta cuidadosamente y me dispuse a introducirla otra vez en el sobre. Mi corazón se había puesto a latir de forma salvaje, sacudido contra la pared torácica de manera análoga a como un huracán haría estrellar frente a una escollera las olas de un mar furioso. Casi que podían oírse los latidos desde fuera. Sin embargo, yo no deseaba que se notase tamaña conmoción interna, por lo que procuré serenarme para asir de nuevo el timón de mis agitadas emociones, a efectos de lo cual no dije de momento nada. Tampoco, pese a las últimas frases escritas por mi amigo, me atrevía a mirar a Rosa, por más que intuyera que ella lo estaba haciendo expectante, de modo que giré hacia abajo los ojos y fui a centrarlos en el movimiento de mis manos, que seguían manipulando la carta, demorándose en volver a introducirla dentro del sobre. De fondo seguía colándose el apagado runrún que las voces de los en la habitación contigua congregados generaba, como una letanía de hermético mensaje. Yo me sentía más perturbado y confuso que nunca. ¿Sería verdad que Rosa me amaba o no era sino una mentira de Miguel para que yo me ocupara de ella a su muerte? No, Miguel nunca diría algo semejante si no lo creyera a pies juntillas. Pero ¿y si su intuición se equivocaba esta vez?... No sabía qué pensar.

           —¿Qué te dice? —inquirió ella ante mi pertinaz silencio.

           —Nada —respondí mientras elevaba al fin mi mirada para encontrarla con la suya—… Bueno, que me apreciaba mucho y que siempre fui su mejor amigo, ya sabes…

           No me atrevía a revelarle el contenido exacto de la carta, demasiado excitado mi ánimo y demasiado pudor el que de golpe se había apoderado de mí tras aquella inesperada confidencia de ultratumba. Por un lado, me sentía exultante al pensar que la mujer a la que siempre había amado era posible que también sintiera lo mismo por mí. Pero por otro lado me asaltaba un miedo terrible, un miedo visceral que no acertaba a precisar, pero que me paralizaba y sumía en un marasmo que rayaba la idiotez. Tan ridículo me sentía que decidí excusarme con Rosa y pedir su venia para salir un rato a pasear, alegando que me sentía muy sofocado. Ella pareció alarmarse y se ofreció a prepararme no sé qué infusión y si acaso darme una pastilla de impronunciable nombre; yo rehusé ambas cosas y me apresuré a tranquilizarla, asegurándole que no era nada, tan solo una ligera fatiga producto de la conjunción de tantas emociones, apenas un acaloramiento que se mitigaría a buen seguro con el aire de la calle. Rosa se ofreció entonces a acompañarme, pero le hice ver que no era apropiado, que debía atender a los otros asistentes que asimismo habían acudido a su casa.

           —Tranquila, será sólo una hora o un poco más. Luego regresaré y ya hablamos con calma.

           —Como quieras.

           Fuera atardecía y el viento frío hacía presagiar lo que a buen seguro iba a ser una noche helada, si bien, yo estaba tan acalorado que no me causó ningún trastorno ese ambiente gélido; todo lo contrario, me sentó como una caricia. Luego de recorrer unas cuantas calles, entré en un bar y pedí un whisky doble. El aroma del mar se colaba por los intersticios de la puerta mal encajada.

           —Hace frío, ¿eh? —me interpeló el camarero mientras servía la consumición.

           Sin responder nada, saqué la carta que tenía en el bolsillo y volví a leerla con sumo detenimiento. La leí varias veces, muy despacio, buscando en la escritura luces escondidas, secretas interpretaciones que trascender pudieran más allá de la propia literalidad de las palabras, indagando en cada frase, en cada pausa, en cada punto, como quien busca descifrar el mapa de un fabuloso tesoro. “Rosa te ama; lo sé”. Esa contundencia que desprendía la aseveración de mi difunto amigo me hacía estremecer, de súbito atacado por un escalofrío que me llevaba a encogerme como un parajillo aterido. ¿Tan seguro estaba en verdad de ese amor? ¿Cómo entonces yo nunca me apercibí de ello? Necesitaba calmar los nervios y el whisky me ayudaba en esa tarea, de modo que apuré mi vaso de un par de tragos y pedí otro. El camarero volvió a decirme que vaya frío que hacía.

           —Sí, amigo, un frío de tres pares de huevos —le respondí con cierta hosquedad, dándole a entender que no tenía ganas de plática.

           “…yo me voy y ella queda sola, y que te ama, eso es seguro”. Esa frase repiqueteaba dentro de mi cabeza como una campana, un son incesante que me agitaba por dentro mediante eléctricas sacudidas. En realidad, toda aquella carta constituía en el fondo un legado a través del que mi amigo me traspasaba lo que más había querido en vida, su propia esposa. Pero ¿de verdad me amaba Rosa? Quería creer que sí, sabedor de que de esa contingencia dependía gran parte de mi felicidad futura, y con esa necesidad de creer rehusaba cualquier otra explicación que viniera a sustituir la que en la carta se me brindaba. De hecho, si era en verdad amor lo que Rosa sentía por mí, cualquier otra cuestión pasaba a un segundo plano, vacía de trascendencia.

           Tras el tercer pelotazo, decidí que era ya hora de regresar, no era cuestión tampoco de agarrar una cogorza y presentarme ante Rosa ebrio. Pese a no ser siquiera las siete, la noche ya tomaba claramente la ciudad, una noche de color violeta, sin apenas luna. Miré al mar, mi mar, tan bello, tan azul, casi negro ya a esas horas. Soplaba viento de poniente y sus efluvios traían un aroma acre, como a derrota. Quizás llueva, pensé. Sí, quizás lloviese ese típico sirimiri de los meses de invierno que baja en diagonal y se clava sobre la piel como alfileres helados. Me embocé el cuello de la gabardina y continué andando, absorto en mis meditaciones, sin prisas. Tomé un autobús y tras los cristales contemplé de nuevo la ciudad, sus castaños medio secos, sus calles empinadas, sus viviendas de fachadas ennegrecidas, y el mar al fondo, y Rosa, siempre Rosa, presente en todo aquello, mi amada Rosa. “Rosa te ama; lo sé” .


8 comentarios:

El Hada de los Cuentos dijo...

Querido Mario, el amor es un sentimiento tan fuerte que todo lo arrasa. Cuesta creer que dos personas se amen sin que se note.Cuesta creer que la fidelidad al amigo pueda con el torbellino del instinto amoroso ¿Dónde está el secreto? No lo conozco. De todas maneras siempre he pensado que la amistad es un sentimiento más noble que el amor, siempre y cuando sea una auténtica amistad, porque para ser amigos de verdad también es necesario algo de "química".
Tu historia ha sido, una vez más, fabulosa. He disfrutado mucho con su lectura.
Un beso muy grande

CAROL LEDOUX dijo...

To be continued...??

:)

Besis!!

Cavaradossi dijo...

Mi querida Hada, lo cierto es que todo vínculo que a las emociones tiene por sustento tiende a ser recio por naturaleza, y la amistad y el amor son en ese sentido el máximo prototipo de dicha clase de vínculos, mucho más ligadas ambas de lo que pudiera parecer, pues no en vano se complementan hasta el punto de que es difícil concebir una amistad sin amor o un amor sin amistad.
Por lo demás, no creo que la nobleza resida en el sentimiento en sí, sino en quien lo profesa.
Muchas gracias por tus palabras, amiga mía. Me algra que disfrutaras con mi relato.
Te mando un beso muy fuerte

Cavaradossi dijo...

Hola Carol. Un placer verte por este mar de los sueños.
¿Que si continuará? Jajajaja. Bueno, es una historia abierta, así que cada cual puede ponerle el final que más acorde entienda con su manera de entender la vida y los sentimientos.
Besos

María (Muriel) dijo...

A veces, la nobleza, la ética o el deber puede hacer que perdamos grandes oportunidades de amar, y tengamos que conformarnos con un afecto más o menos cultivado y con mermados derechos. Triste, pero cierto.
El relato bien merece una segunda parte.

Muy lindo, Cavara, me ha llegado dentro.

Cavaradossi dijo...

Es cierto, María, a veces hay fuerzas que tiran en dirección opuesta al lado de que lo hacen los sentimientos. Es así.
Me alegro que te haya gustado.
Un besazo

Anónimo dijo...

Después de leer esto y otros de tus textos; a mí sólo se me ocurre una segunda parte posible: "Rosa te ama, yo también lo sé". No podría ser de otra manera para alguien con la sensibilidad que te adorna.

Cavaradossi dijo...

Gracias "anónimo" por haber sabido de mis textos colegir esa sensibilidad.