miércoles, 11 de abril de 2012

SACRIFICIO

           No era una mujer religiosa. No lo era a pesar de la estricta educación católica que había recibido desde niña, tanto en el colegio de monjas donde cursara estudios primarios y secundarios como por parte de unos padres particularmente severos y rigurosos. Esa catequesis logró mantenerla dentro del redil más o menos hasta el final de su adolescencia, pero a partir de ahí ciertos desencantos fueron minando de manera progresiva su fe, hasta llegar al momento actual en que, aun sin incurrir en total apostasía, apenas si ya encontraba en la religión sustento espiritual alguno.

           Quizá por ello resultaba cuando menos curioso que, instalada en el autocar que zigzagueante la conducía a su inminente destino, no dejase Raquel de repetir en su cabeza una oración tras otra, de un modo mecánico, como si a través de la reiteración obstinada de las consabidas plegarias buscase distraer el pensamiento del terrible motivo por el que viajaba en ese autobús. Sus jaculatorias eran en ese sentido un modo de combatir el miedo que la atenazaba, de apaciguar sus dudas, una especie de mantra con el que calmar los nervios que la estaban por dentro devorando.

           El sol del mediodía caía de manera oblicua, filtrándose a través de las ventanas como hirientes floretes dorados. La carretera estaba mal pavimentada y los continuos baches provocaban zangoloteos que hacían saltar a los viajeros sobre sus asientos a modo de marionetas dislocadas. Pero Raquel apenas si se percataba de estos zarandeos. Con la mirada perdida en el horizonte, trataba de no pensar en nada, mucho menos en lo que se disponía a hacer al final de ese viaje inacabable, para lo cual, además de rezar con inusitada vehemencia, procuraba abstraerse en el paisaje que más allá de la ventanilla se sucedía kilómetro a kilómetro. Campos de labranza, yermos eriales, roquedales ocres, viñas, olivos, pastizales..., surgían y desaparecían ante sus ojos a la velocidad que el motor imprimía al vehículo en su deslizamiento sobre el asfalto. Por momentos predominaba el verde, luego lo hacía el amarillo, más tarde eran los tonos pardos los que copaban el cambiante lienzo; durante trechos el terreno se veía solitario y despoblado, para luego, de pronto, aparecer grupos de casas arracimadas sobre cualquier ladera. Así de tornadizas y caprichosas se mostraban las vistas. Raquel las contemplaba absorta. Y rezaba. Pero todo era inútil, ni las oraciones ni el paisaje podían servirle de ayuda ahora que la esperanza la había abandonado.

           Sintió arcadas. Su organismo hacía patente con ellas el estado de gravidez en que se hallaba. ¡Como si pudiera olvidarlo! Quince ya las semanas de embarazo. Su abdomen comenzaba a mostrar un cierto abultamiento, aunque todavía exiguo, fácilmente disimulable en cualquier caso. Le hubiera gustado poder confiarse a su madre, apoyar la cabeza sobre el regazo materno y llorar allí sus penas, liberar a través de las lágrimas parte del dolor que la oprimía mientras con voz dulce aquélla la arrullaba y sus suaves manos le acariciaban el rostro; pero sabía que su madre, de haber conocido su preñez, no la habría consolado ni acariciado, sino que, por el contrario, sólo un profundo desdén habría de ella obtenido, mayor aún del que ya de por sí le manifestara desde hacía años. El repudio materno hubiera sido en dicho caso total. Nunca, por lo demás, gozó su madre de una voz dulce, ni tampoco sus manos eran suaves, y aun de haberlo sido, distaban mucho de ser propensas a las caricias.

           Hacía dos años que Raquel abandonara el hogar familiar, movida tanto por un deseo incoercible de emancipación como por las insalvables desavenencias que desde tiempo atrás viniera manteniendo con sus progenitores, de cuya inflexible línea de pensamiento se sentía cada vez más alejada. En la sociedad cerrada donde le había tocado vivir, una sociedad ensombrecida por cicatrices y secuelas que, tras la feroz contienda que de sangre la vaciara dos décadas atrás, marcaban su devenir, aquel acto de rebeldía de una muchacha apenas salida de la adolescencia suponía todo un atentado contra las austeras tradiciones que sostenían al régimen imperante, un acto valiente sin duda, por más que reprobación y censura fuesen en su mayoría las respuestas que por parte de esa misma sociedad anestesiada obtuviera. Por lo demás, consumada su marcha, todos los intentos posteriores de acercamiento y reconciliación habían resultado estériles. No es que sus padres renegaran de ella hasta el punto de vetar su presencia, a tanto no llegaba el conflicto, pero sí que la trataban con una displicencia y acritud tales que ninguna duda dejaban respecto a su filial animadversión. Desde un principio quedó claro que sólo aceptarían el retorno de la hija pródiga si ésta admitía su error y se disculpaba ante ellos, postura de la que en estos dos años no se habían separado un ápice. Y Raquel, inamovible también en la suya, no estaba dispuesta a hacerlo, no ya por obstinado orgullo, sino tan solo porque seguía pensando de igual forma a la que motivó su partida y, por tanto, no entendía que hubiese cometido error alguno del que tuviera que arrepentirse. El secreto que escondía ahora su vientre, fertilizado sin la bendición de un matrimonio previo, hacía ya del todo imposible la vuelta a casa.

           Alejada más que nunca de sus padres y sin ninguna amiga en la que como alternativa buscar consuelo y refugio, Raquel se sentía enteramente perdida y sola, como una insignificante isla en medio de un vasto piélago. Tal vez sus presentes rezos, tan impropios en una naturaleza de ordinario agnóstica como la suya, vinieran definidos, además de por las tenazas del miedo, por esa sensación de abandono que padecía, como si buscara en lo sobrenatural, aun sin ser del todo consciente de ello, la compañía y comprensión que en el mundo real se le negaba. Lo cierto era que no tenía a nadie en quien apoyarse. A nadie. Ni siquiera lo tenía a él.... En realidad, a él menos que a ningún otro; bien claro se lo dejó cuando con rotundidad y absoluto desapego le dijo que nada quería saber del bebé que esperaba, del que ni siquiera tenía certeza alguna de ser el padre, por mucho que ella así lo afirmase, y que ni en sueños pensara que iba a dejar a su mujer por ella... Estaba sola, esa era ahora la única verdad para Raquel, sola y embarazada, sin nadie a quien poder confiar sus cuitas y de quien poder obtener aunque sólo fuesen minúsculas dosis de consuelo. Sola.... Sintió un repentino acceso de frío que, a modo de acto reflejo, la llevó a encogerse sobre sí misma y ceñirse con sus propios brazos, como si buscara de algún modo protegerse de invisibles acechanzas externas. Y de nuevo se puso a rezar. ¿Por qué seguía rezando si no tenía fe? Ni ella misma lo sabía. En realidad ni se lo preguntaba. De lo único que a ese respecto tenía consciencia era de que la mecánica repetición en su cabeza de las sagradas locuciones seguía proporcionándole ese mínimo pero indispensable relax que requería para no volverse loca.

           Un nuevo salto del autobús desencadenó en su garganta una irrefrenable náusea que a punto estuvo de hacerle vomitar.

           —¿Se encuentra usted bien, señorita? —se interesó el anciano que viajaba en el asiento contiguo al suyo.
           —Sí, gracias, no es nada; un poco revuelta la tripa, nada importante.

           Una respuesta para salir del paso, obviamente, por más que en el fondo albergase parte de verdad. La tripa la tenía desde luego revuelta, aunque la causa, lejos de ser algo baladí, fincaba en aquel feto de casi cuatro meses que se revolvía dentro de ella. Se preguntó qué pensaría el anciano de conocer esa verdad; más aún, qué pensaría si supiera lo que pretendía hacer al respecto. Se dijo que en tal caso lo más probable era que la denunciara de inmediato. Bastaba con contemplar su rostro seco para deducir que no sería persona capaz de mostrar comprensión ni mucho menos tolerancia hacia ese tipo de proceder. El anciano le recordaba de hecho a su propio padre, el mismo semblante rígido, similar mirada taladradora.

           Durante estos dos años transcurridos desde que marchara de casa, había logrado ahorrar algo de dinero, pequeñas cantidades que conseguía sustraer a la voracidad de los consumos cotidianos. Ahora iba a gastarlo todo, hasta la última peseta, si bien, frente a la magnitud de su problema, del que no veía ninguna otra vía posible de escape, el esfuerzo económico venía a ser lo de menos. Aquella era su única salida, la única opción que se le antojaba válida para no arruinar definitivamente su vida, para subsistir dentro de una sociedad que en otro caso la miraría seguramente como a una apestada, más aún de lo que ya pudiera hacerlo, y no le dejaría entonces más alternativa que si acaso la de la prostitución u otra semejante.

           Decidirse fue quizá lo más duro. Noches y días interminables se mantuvo suspendida dentro de una atmósfera poblada de dudas y vacilaciones, una atmósfera cuyo aire viciado la mareaba y nublaba su visión hasta hacerle perder toda perspectiva. Tal vez por ello cuando tomó al fin la decisión y comprobó que adquiría ésta firmeza dentro de los engranajes de su voluntad se sintió en cierto modo liberada; no victoriosa, pues no sentía que hubiera ganado batalla alguna, más bien si acaso lo contrario, pero sí liberada, como si se hubiese quitado un enorme peso de encima. Ahora, en cambio, a bordo del bamboleante autobús que la conducía a su destino se sentía perdida y sola, más sola que nunca en su vida. Y terriblemente asustada. Era consciente de que iba a cometer un delito sancionado como tal por las leyes penales y que, de llegar a ser descubierta, podía incluso ir a la cárcel. Sin embargo, no era esa contingencia lo que más le asustaba, sino el delito que iba a cometer contra sí misma, contra sus propios principios y convicciones, y sobre todo contra aquel ser inocente que albergaba en su seno. Meditando sobre ello, las lágrimas pugnaron por brotar de sus ojos. Raquel pegó el rostro a la ventanilla todo cuanto pudo para que su compañero de asiento no viese tales lágrimas, no quería ser atravesada por una mirada inquisitiva capaz de leer en su mente el terrible pesar que le devoraba el alma. Afuera el sol estaba en su cenit y dotaba al día de una luminosidad radiante, puro contraste con las penumbras que a ella envolvían, con los jirones de niebla que sentía enroscarse a su alrededor como gélidas serpientes.

           El viaje se le hizo eterno, sin que a lo largo del recorrido dejase la fatiga de importunarla en ningún momento, y cuando finalmente, luego de más de ocho horas de marcha, desembarcó en la correspondiente dársena, la fatiga dio paso a una debilidad extrema que a punto estuvo de hacerle perder el conocimiento. Tenía las piernas insensibles, como anquilosadas, y por dentro se notaba vacía, como si solamente aire poblase su organismo. Era tal su lasitud que durante un par de minutos hubo de sentarse en uno de los bancos de la estación para evitar caer desvanecida. En todo caso, tenía tiempo de sobra. Aún quedaban de hecho un par de horas para la cita que tenía concertada. Empezó a andar sin rumbo, deambulando a través de las calles que conformaban el corazón de la gran metrópoli, calles que pisaba por primera vez en su vida y que, por tanto, eran totalmente desconocidas para ella. Al poco notó que tenía sed, de modo que entró en un bar y pidió un vaso de agua. El camarero la miró con cara hosca, a buen seguro molesto por tener que despachar una consumición que no era de pago; pero aun así le sirvió el agua. De nuevo en la calle, sintió otra vez náuseas. Eran los nervios, unos nervios que iban en aumento a medida que se acercaba la terrible hora en que Raquel debía lidiar con un destino perfilado entre borrosas e indefinibles sombras. Luego de caminar un poco más, tomó finalmente un taxi y dio al taxista la dirección que tenía anotada en su libreta. Dicha dirección, así como el teléfono a la misma asociada, se la había proporcionado su amante, quien a su vez la obtuviera de ciertos contactos que poseía en determinados ambientes donde tendía a manejarse con furtiva asiduidad. En un principio Raquel había desechado la salida que a su través se le ofrecía, pero finalmente, movida por la desesperación, había terminado por contactar con la clínica clandestina que se escondía tras el número facilitado. Fue esa llamada la que dio el pistoletazo de salida a su viaje, un viaje que en breve finalizaría, enfrentada en él a su destino.

           No había timbre en la puerta. Vacilante, golpeó la madera con los nudillos y aguardó. Segundos después, en vista de que nadie acudía a la llamada, repitió la operación, esta vez con mayor ímpetu. Al poco escuchó pasos aproximándose. Una mujer gruesa, de rostro ceñudo y envuelta en una especie de kimono, apareció tras el dintel luego de abrir la puerta.

           —¿Qué quería? —le interrogó en un tono que a Raquel se le antojó de lo más desabrido y distante.
           —Soy Raquel Luján... Te... tengo una cita —respondió con voz trémula.

           Fue conducida a través de una larga crujía que desembocaba en lo que venía a ser una espaciosa sala de estar, cuya amplitud, no obstante, apenas si lograba nivelar la negligencia que delataba su parco mobiliario y lo deslucido de sus paredes de estuco, que desprendían un penetrante olor a humedad y presentaban desconchones a lo largo de todo su contorno. Sombría y deprimente, así fue como Raquel calificó en su fuero interno aquella estancia donde su adusta cicerone le pidió que esperase a la llegada del doctor.

           Casi media hora fue el tiempo que, sola y con los nervios cada vez más a flor de piel, hubo de aguardar Raquel en la ajada pieza. Se sentía como un reo a la espera de juicio, asustada, presa de continuos temblores que se traducían en frío y ganas de echar a correr, un reo temeroso de la severidad de una vindicta pública que, implacable, caería sobre sus hombros con el peso de mil planetas. Hizo finalmente acto de presencia un hombre de unos cincuenta años, de pelo cano y pronunciadas ojeras, quien como toda presentación dijo ser el doctor Pérez Cuévano. Raquel se preguntó si realmente sería doctor y si de verdad los mencionados se corresponderían con sus auténticos apellidos. Dudaba tanto de lo uno como de lo otro, no en vano en aquella sala flotaba una atmósfera enrarecida que parecía revestirlo todo de podredumbre y falsedad.

           —Pareces muy joven. Supongo que serás mayor de edad, ¿no? —inquirió el doctor con cierto recelo.
           —Lo soy —confirmó ella con toda la entereza que pudo hallar dentro de sí misma. En refrendo de tal aserción le enseñó su cédula identificativa.
           —¿Trajiste el dinero convenido? —volvió a preguntar el hombre de pelo blanco mientras, antes de devolvérselo a su interlocutora, echaba un ligero vistazo al documento que ésta le mostrara.

           Pese a estar de antemano mentalizada de que ningún género de cariño o solidaridad iba a recibir en aquel antro ilícito, no pudo impedir Raquel que un escalofrío le atravesara la espina dorsal ante tan manifiesta muestra de desapego. No esperaba apoyo moral, tampoco comprensión, menos aún afecto; pero tanta frialdad le aterrorizó. Se sintió de hecho más asustada que nunca. Iba a sacrificar al ser que llevaba dentro de sus entrañas y lo único que parecía interesar al encargado de oficiar tamaño sacrificio era la remuneración que debería cobrar a cambio. Le pareció brutal. Notó que se asfixiaba, que el aire, espeso y sucio, quedaba obstruido dentro de su garganta, lo que le obligó a aspirar con fuerza un par de veces. Tuvo asimismo que hacer un esfuerzo para impedir que las lágrimas brotasen de sus ojos zarcos.

           —Sí, aquí está todo —afirmó sobreponiéndose, con un arranque de dignidad que ni siquiera ella supo de donde extrajo, y entregó al oficiante el sobre que contenía el pago por la inmolación.

           La llevaron a una pieza pequeña en cuyo centro, adosada a la pared del fondo, había una cama individual, similar a las que emplean los ginecólogos, dotada en su parte inferior de un soporte sobre el que poder colocar las piernas. Junto a la cama una cómoda de madera oscura y, algo más alejado, un armario metálico de color gris. En eso constituía todo el mobiliario. Las paredes de la habitación eran blancas y estaban menos estropeadas que las de la sala donde estuvo antes, posiblemente enlucidas por un jalbegue reciente. La mujer que la recibiera a la entrada, que dijo ser enfermera, le pidió que se acomodara sobre el lecho, asegurándole que el doctor vendría en seguida; luego se marchó, dejándola otra vez sola. Tumbada en aquel catre, Raquel sintió que se le reproducía la sensación de ahogo. La angustia y la desesperación se aferraban a sus tripas como pugnaces alicates. Era insoportable. Intentó reprimir de nuevo las lágrimas, pero esta vez no fue capaz de contenerlas y emergieron éstas de sus ojos en un llanto amargo. Llorando la encontró precisamente el supuesto doctor cuando poco después aparecía embutido en una bata blanca, con la mujer del kimono pegada a su espalda.

           —¿Te encuentras bien?

           Raquel asintió con la cabeza. Un lastimero hipo escapó de su garganta.

           —Aún estás a tiempo de dar marcha atrás —le hizo saber el galeno—. Esto es muy serio y tienes que estar enteramente convencida de lo que haces... Quizá fuera mejor que te lo pensases y volvieras, si acaso, otro día... Ni que decir tiene que en tal caso te reintegraríamos todo tu dinero.

           Pese a la austeridad de tales palabras, la suave inflexión con que el doctor las revistió hizo que a oídos de Raquel sonaran cordiales, casi afectuosas. Por primera vez lo veía de hecho como a un ser humano y no como a un autómata insensible. Cosa distinta era su contenido, cargado que venía de saetas prestas a aguijonear su ya de por sí maltrecha conciencia. ¿Convencida? ¿Enteramente convencida? Desde luego que no lo estaba. ¡Cómo iba a estarlo! ¿Acaso podía alguien en su situación poseer convencimiento de ninguna clase? Aun así dijo que sí, que lo estaba, que sus lágrimas eran tan solo producto de los nervios que la agarrotaban y que quería hacerlo ya, cuanto antes. Sabía que si se iba ahora, ya no volvería. Pero era necesario hacerlo, continuar adelante con la decisión tomada; no tenía otra salida. Se secó las lágrimas con un pañuelo y esbozó una sonrisa cuya composición le costó un esfuerzo horrible.

           —Muy bien. Lo haremos entonces ahora —concedió el facultativo.

           Raquel fue exhortada a desnudarse de cintura para abajo y elevar sus piernas sobre los estribos adosados a la cama. Con voz trémula preguntó si le pondrían anestesia. El médico negó, aduciendo que la aplicación de la anestesia, aunque fuese epidural, suponía un incremento de los costes y, sobre todo, un mayor riesgo en la intervención, sin que, dadas las circunstancias, fuese factible ni lo uno ni lo otro. A lo sumo podía suministrarle una cápsula de benzodiazepina que le sirviese como relajante y calmara su ansiedad. Raquel rechazó el ofrecimiento y apremió al cirujano para que procediese; quería terminar cuanto antes con aquel mal sueño, por más que en su fuero interno intuyese que la verdadera pesadilla no estaba sino empezando, y quería hacerlo con la mente despierta, no narcotizada mediante químicos auxilios. La enfermera intentó, pese a todo, tranquilizarla, para lo que esbozó una amigable sonrisa y, apretando cariñosamente su mano, le dijo que el dolor no sería tampoco excesivo.

           Instantes después el doctor puso en funcionamiento un extraño aparato que emitió un ruido estridente, como el de una aspiradora.

           —Bueno, Raquel, allá vamos. Respira fuerte y procura relajarte. Cuanto menos tensa estés, menos te dolerá —dijo, al tiempo que orientaba el ruidoso artefacto hacia la entrepierna de su paciente.

           Muy al contrario de lo que asegurara la robusta enfermera, Raquel sí que notó un agudo dolor, tanto más intenso cuanto mayor era la profundidad que el inclemente artilugio iba alcanzando en su constante hurgar dentro de sus entrañas. Era como si le arrancasen las tripas a tirones. No obstante, por encima de ese dolor físico, percibía Raquel otro todavía mayor, un dolor de índole distinta, aunque mucho más lacerante, un dolor hondo y acerbo que no se localizaba en parte concreta alguna, pero que sin embargo lo abarcaba todo, desde las raíces de su cabello hasta las uñas de sus pies, un dolor cuyo epicentro radicaba en su propia alma atormentada y que se nutría sobre todo de vergüenza y culpa. Tan fuerte era este dolor del alma, que el otro, el puramente físico, quedaba en comparación reducido a un baladí cosquilleo.

           Tras concluir la intervención, el medico le aconsejó que reposara en la cama durante al menos media hora; luego podría marcharse. Raquel sudaba copiosamente. La enfermera aproximó a sus labios un vaso de agua. Mientras el líquido elemento humedecía sus labios secos, le asaltó el deseo de darse un baño con el que irrigar asimismo el resto de su cuerpo. Se notaba ciertamente muy sucia. Podría pedirle a la enfermera que le dejase usar el baño o la ducha, lo que quiera que hubiese en aquel encubierto nosocomio. No lo hizo, sin embargo; no lo hizo porque, por un lado, sentía aversión ante la posibilidad de lavarse en el mismo lugar donde acababa de ser sacrificado el ser que llevaba en sus entrañas y, con él, una parte de sí misma, y por otro porque era consciente de que la horrura que ahora la percudía precisaba de algo más que una mera ducha para desaparecer.

           A pesar de la prescripción facultativa, apenas habían pasado quince minutos cuando Raquel decidió que quería irse. El aire que llegaba a sus pulmones se le antojaba espeso y dulzón, como si fuera etileno, y al respirarlo sentía que se asfixiaba. No podía más, tenía que salir de allí, de modo que se incorporó de la cama y anunció a la enfermera su propósito. Esta trató en un principio de disuadirla, si bien, ante la obstinación que mostraba la joven convaleciente, no insistió tampoco demasiado, limitando su oposición a un encogimiento de hombros con el que venía a decir que no era asunto suyo.

           De esta forma, mareada y medio tambaleándose, Raquel se encontró de nuevo en la calle, presta a encarar un destino cuyo horizonte inmediato aparecía ante sus ojos bruno e impreciso. En el reloj adosado a la fachada de una farmacia vio que eran las nueve menos cuarto. La tarde moría y el crepúsculo empezaba ya a hacer desaparecer los colores de las cosas. De manera análoga, en el espectro interno de la joven también desaparecían los colores, sustituidos por un monocromo gris oscuro. Se sentía desolada, devastada por el sufrimiento, consciente de que jamás volvería a ser la misma. Aquel dolor era el espejo que reflejaba su sensación de culpa, un dolor que quizá el tiempo lograra amortiguar, pero que, aun atenuado, posiblemente no la abandonaría ya nunca, incrustado para siempre dentro de su pecho. Quiso gritar. Gritar hasta que el último eco de sus gritos se perdiera en el silencio de la noche incipiente, pero no tenía fuerzas ni para un ligero susurro del que escapase al menos un átomo de ese agudo dolor que le asaeteaba el alma. Dio entonces la vuelta a sus ojos para mirarse por dentro y se vio a sí misma como a un nuevo Prometeo, encadenada de por vida a la roca de sus propios remordimientos, destinada como aquél a morir día a día sin la menor esperanza de redención o de cambio.

           Esa misma noche tomó el autobús de vuelta a casa. Aun consciente de que en su estado resultaba desaconsejable un viaje de tantas horas, lo cierto era que no tenía más remedio que emprenderlo, ya que no podía permitirse derrochar el poco dinero que le quedaba hospedándose en pensión u hostal alguno. Procuró dormir en el coche, pero no pudo conciliar el sueño ni siquiera un solo minuto, y no ya por la incomodidad del asiento, sino por ese ríspido dolor que le carcomía el alma e impedía a los heraldos de Morfeo acudir en su rescate. Al contrario que a la ida, no descubrió esta vez paisajes con los que distraer su pensamiento, la oscuridad los velaba, una oscuridad inducida no sólo por el manto negro con que la noche cubría las formas, sino sobre todo por el túnel en que ella misma se sentía atrapada, un túnel lóbrego que no parecía tener término, infinito corredor que giraba sobre sí mismo para componer una eterna espiral sin luces ni salida. Tampoco halló a lo largo de todo el trayecto nuevas oraciones a las que, aun sin religiosa fe, aferrarse para consolar su pena. No encontró nada en definitiva que de alivio sirviera a su ingente aflicción. Era el suyo un viaje de retorno incrustado dentro de un viaje sin retorno, un moverse dentro de la nada, en el más angustioso de los vacíos, un vacío en el que, ahora sí, se sentía enteramente sola. En calidad de bálsamo sólo contaba en el fondo con sus propias lágrimas, lágrimas que en ásperos sollozos volvieron a derramar sus ojos para, convertidas en puro ácido, trazar penetrantes surcos sobre sus mejillas aún de niña.

6 comentarios:

María (Muriel) dijo...

Qué duro, Cavara. Y qué manera sublime de penetrar en el alma de aquella chiquilla; te felicito de nuevo. Ésto debería leerlo mucha gente. No soy madre, pero me cuesta entender cómo se puede dar un paso así, sin pensar en la gran cantidad de familias que pueden hacer felices a esos hijos del infortunio. Aquí nos deshacemos de ellos, y mientras tanto se traen de China.
En fin...

Cavaradossi dijo...

Gracias por tu felicitación, María. De todas formas, tampoco escribí este texto a modo de alegato contra el aborto, ni mucho menos, entre otras cosas porque se trata de un tema muy delicado donde tanto la postura a favor como la contraria disponen de sólidos argumentos para la pugna, sino que tan solo quería intentar ponerme bajo la piel de una muchacha que hubiese decidido llevarlo a cabo en una época tan intolerante al respecto como la España de postguerra, así como (intentando emular al genio de Dostoievsky) buscar ahondar en la fuerza de esos remordimientos que con tanta saña deben atacar en este tipo de casos.

María (Muriel) dijo...

No me pareció un alegato. Pero sí invita a la reflexión. Por supuesto, el aborto no es una decisión en absoluto fácil, y hay ocasiones en que no hay más remedio que tomarla, cono todo el dolor que conlleva. Yo misma renuncié a la maternidad, y probablemente, si no hubiera puesto medios, habría tenido que hacerlo, puesto que mi vida peligraba, a parte de que el pequeño habría heredado una enfermedad genética que le habría marcado. Pero sí creo que en algunas ocasiones se podría evitar, y sin embargo se toma como un anticonceptivo más, sin pensar que, esperando a término, y no habiendo circunstancias que impiden poder afrontarlo, se puede dar un hijo a alguien que lo desea, y que lo criaría y cuidaría como suyo.
Desde luego, un tema delicado. Lo que más me ha gustado ha sido la gran psicología femenina que posees y desbordas, y tu gran empatía hacia la condición femenina. No todos son capaces. Te admiro por ello.

El Hada de los Cuentos dijo...

¡Caramba Mario!(creo que es así como te llamas) casi se me pasa esta magistral entrada, no la he visto hasta hoy.
El tema del aborto es muy, muy complicado. Personalmente creo que no lo haría, pero hay que verse en la situación, y tanto si se está a favor como si se está en contra, SIEMPRE TIENE QUE SER MUY DIFÍCIL HACERLO. El hecho de que todo el relato ocurriera en plena dictadura, y en un momento en que la religión católica y su estrechez e intransigencia lo impregnaba todo, hace que la situación se recrudezca. ¿ Qué más quieres que te diga? Me he quedado con un escalofrío en el cuerpo y has conseguido lo que pretendías: que, como lectora, me pusiera en la piel de esa pobre niña. Coincido con María, tu otra seguidora, en que eres un maestro en adentrarte en todos los recobecos que encierra el alma femenina. Pocos escritores saben ahondar tanto y hacerlo con tanta precisión. Da gusto leerte.Imagino que debes ser excepcional, pues no es fácil encontrar en el género masculino alguien que comprenda y valore los sentimientos y pensamientos de una mujer, ni siquiera aquellos que se creen muy "progres".
¡¡¡MIL VECES ENHORABUENA!!! Desde mi corazón de mujer

Un abrazo

Cavaradossi dijo...

Pues mil veces gracias, Hada, desde mi corazón de hombre. Comentarios como los tuyos animan desde luego a seguir escribiendo y profundizando en esa cueva llena de tesoros que es el alma femenina.
Un fortísimo abrazo para ti

María (Muriel) dijo...

Preciosa la transformación de tu océano, Cavara. Te felicito.