lunes, 2 de enero de 2012

DESDE LA ATALAYA DEL RECUERDO

           Incapaz de conciliar el sueño, salió al jardín y se sirvió una copa de vino. Sobre un cielo estrellado y negro destacaba la luna en su fase llena, cuyo reflejo argénteo se hundía en un mar asimismo negro y profundo. El silencio era absoluto. Nada, si siquiera el viento, osaba violarlo, tan encastillado estaba sobre el trono de la noche. A lo lejos destacaba la torre del faro, alta y majestuosa, pintada con franjas rojas y blancas.


           El insomne aproximó a sus labios la copa para apurar de un solo trago su contenido, que pasó por su garganta con la misma velocidad con que las escenas de un pasado remoto lo empezaban a hacer por su mente. La noche invitaba a la nostalgia y él, extraviado en su propio laberinto de recuerdos, se dejó atrapar por ella. En auxilio de la memoria se sirvió de un viejo álbum de fotos que fue a desenterrar del arcón donde desde hacía lustros yacía. Con él bajo el brazo regresó al jardín, a la noche, al vaso de vino, ahora vacío sobre la mesa. La propia luna le hizo de foco para ayudarle a ver las fotografías.

           De las páginas del álbum fueron surgiendo rostros, lugares y escenas que, como repentinos fogonazos, iluminaban su mente y le transportaban hacia los pretéritos momentos donde cada instantánea tenía su génesis. Tras pasar una de las hojas, llamó poderosamente su atención la mujer que apareció recostada sobre la arena en una playa solitaria. Delgada, esbelta y con un pecho firme y desafiante, sonreía a la cámara de manera sugestiva y hasta cierto punto procaz. Estaba completamente desnuda. No fue dicha desnudez, sin embargo, la que atrapó su atención de ese modo, ni obedecía tampoco su asombro a una mala pasada de la memoria que le impidiera reconocer a aquella espléndida joven de pícara mirada; sabía de sobra quién era. Su interés obedecía más bien al hecho de que apenas si ya recordase que en su momento hubiera sido así, tan lozana, tan esplendorosa, tal salvaje, tan bella. ¡Habían pasado ya tantos años! Recordaba perfectamente el momento en que tomó aquella fotografía, no en vano fue la única vez que acudieron juntos a una playa nudista; pero había olvidado esa exuberancia de diosa que ella lucía entonces. En otra foto de esa misma página aparecía él, también desnudo, cabello largo, piel morena, nervudo, arrogante, apuesto. Un súbito ataque de nostalgia humedeció sus ojos. Aquel mar. Aquellas aguas. Un mar distinto al de ahora, pero siempre el mar, húmedo núcleo sobre el que había girado su vida desde que tuviera uso de razón. ¡Aquel mar! ¡Aquellas aguas! Ambos desnudos, ambos insultantemente jóvenes, ambos liberados de cualesquiera cadenas que no fuesen las propias del deseo. Sin apenas esfuerzo, su mente podía reproducir los momentos en que juntos se zambullían en el transparente cristal para alejarse nadando mar adentro, tan lejos que la costa llegaba a perderse casi de vista, hasta que todo el universo quedaba reducido a ellos dos y un inmenso azul rodeando sus flotantes cuerpos, y cómo después regresaban para secarse al sol, directamente tumbados sobre la arena, sin toalla, dos salvajes rebosantes de energía, de belleza, de esplendor.

           Mientras se dirigía al dormitorio, se preguntó qué edad tendrían cuando se hicieron aquellas fotos. No acertó a definirlo a ciencia cierta, si bien daba igual, eran jóvenes como la aurora, eso era lo único indiscutible. Qué dispar en cualquier caso se le antojaba el joven atlético de la fotografía con el hombre cansado que, ya dentro de sus aposentos y sirviéndose de la luz de luna filtrada a través del ajimez, se observaba en una cornucopia de dorado marco. Qué distinta la lozanía de aquella piel bruñida por el sol con su actual rostro arrugado y cetrino. Qué metamorfosis la sufrida por su salvaje y larga cabellera hasta quedar convertida en los blancos hilachos que cubrían ahora su cráneo. Qué poco que ver la viveza de aquellos ojos que en cada mirada desprendían fuego con la de estos otros, vacíos y apagados, que reflejaba el espejo. Qué diferente su vientre, antaño duro y recio, hoy flácido y seboso. Pero por encima de todo, qué antagonismo entre el indómito espíritu de entonces y la lasitud actual de su ánimo, devastado que parecía haber sido por un temporal demoledor.

           Se apartó del espejo con una sensación de náusea y se asomó a la cama. Ella dormía con placidez. Obviamente, también el tiempo había hecho estragos en su cuerpo, muy alejado del de aquella sirena cuya desnudez retadora inmortalizara la cámara. Esbozó un visaje de contrariedad. Los otrora espléndidos senos habían dejado hace años de ser firmes y se mostraban ahora blandos y caídos, del mismo modo que sus angulosas formas, que parecían repujadas con cincel, se habían ido macerando con el paso de los años hasta configurar perímetros más bien flácidos y deprimidos. También su cabello, como el de él, se había vuelto albo y lacio.

           Hacia la piel de la durmiente acercó sus manos el insomne, apenas un roce para no despertarla, lo suficiente en todo caso para constatar que ya no era la suya aquella piel suave que al tacto semejara terciopelo. Estrías y pliegues habían transfigurado en anfractuosa geografía lo que muchos años antes fuera un valle terso y homogéneo.

           Encaramado sobre la atalaya del recuerdo, reflexionó sobre el tiempo y su relatividad. Dolía saber que todas las cosas acaban marchitándose, que nada es imperecedero, menos aún la juventud, sometida a un desgaste que termina haciendo de ella pura rocalla, rehén de un tiempo que le niega cualquier posibilidad de rescate. "Juventud, divino tesoro,/ ¡ya te vas para no volver!/ cuando quiero llorar, no lloro.../ y a veces lloro sin querer". Los versos de Darío resonaron en su cabeza como un eco taciturno venido de lejos, de muy lejos, de las fronteras últimas del universo. No, ya nada volvería a ser como antes, ni ella ni él retornarían a aquel esplendor inmortalizado en las fotografías del viejo álbum... Cansado, salió de nuevo del dormitorio para buscar una pastilla de las que habitualmente tomaba para dormir.

           Con la pastilla en una mano y un vaso de agua en la otra regresó poco después a la alcoba. Miró de nuevo a la mujer dormida, pero en esta ocasión ningún rictus extraño se descolgó de su rostro; todo lo contrario, una sonrisa de satisfacción vino a iluminarlo. Por segunda vez se posaron sus manos sobre la piel femenina, en esta ocasión para recorrerla con una breve y suave caricia mientras sentenciaba que el poder de desgaste del tiempo era, pese a todo, limitado, que afortunadamente existían cosas que se escapaban a su férula, como la ternura, como la amistad, como el amor. El tiempo no había de hecho podido con el amor que sentía por ella, tan intenso como cuando años atrás brotara dentro de su pecho con la fuerza de mil tsunamis.

           Ingirió la pastilla y se metió en el tálamo, acurrucándose junto al cuerpo envejecido que tanto adoraba. Y esa noche consiguió dormir de un tirón, feliz tras constatar que el amor había vencido al tiempo.

10 comentarios:

El Hada de los Cuentos dijo...

¡Fantástico! Me ha gustado mucho el relato, sobre todo el final tam esperanzador. Hay cosas que el tiempo destruye, pero otras las mejora. Un abrazo

CAROL LEDOUX dijo...

Me gustan las historias así, son muy bonitas, como este relato.

Besos.

Cavaradossi dijo...

Gracias Hada y Carol. Me alegra que os gustase. Y sí, el tiempo no tiene por qué destruirlo todo. Afortunadamente.

Un abrazo para vosotras

Viernes dijo...

Has empezado el año con un magnífico relato: reflexivo, sencillo y conmovedor.

Aunque pueda sonarte a más de lo mismo, me gusta.

Cavaradossi dijo...

Pues me encanta que te guste, Viernes. Eres un solete. Esperemos que el año sea también para nosotros mas-nifico. Un beso

Anónimo dijo...

Estoy con Hada, el relato es maravilloso pero sobre todo esperanzador.
Un abrazo.

Cavaradossi dijo...

Gracias Anónimo, quien quiera que seas. Otro abrazo para ti

María (Muriel) dijo...

Qué lindo, Cavara. Cómo vamos perdiendo esplendor y ganando dignidad. Por su puerta pasaremos, y si no... ¿cómo era?

Cavaradossi dijo...

Es cierto, María. Me vienen a la cabeza los versos de William Wordsworth:

Aunque mis ojos ya no puedan ver ese puro destello,
que en mi juventud me deslumbraba;
aunque ya nada pueda devolver
la hora del esplendor en la hierba
de la gloria en las flores,
no hay que afligirse,
porque la belleza siempre subsiste en el recuerdo.

María (Muriel) dijo...

muy lindo Cavara... y muy cierto...


Voy a leer algo tuyo antes de dormir...