lunes, 16 de enero de 2012

TE QUIERO

           Fue una noche más de sexo febril, de cuerpos entregados al delirio de la carne, de esa carne que, avivada por el fuego del deseo, se convertía en brasa incandescente. Una noche más de bocas que se buscaban, de manos inflamadas, de nudos imposibles y ensamble de caderas. Una noche más, como siempre, repetido ritual al que desde hacía semanas ella y yo nos consagrábamos casi todas las noches, sometidos a la tiranía de unos sentidos de cuyo imperio nos complacía ser abnegados vasallos. Una noche más… hasta que acaeció lo imprevisible, la discordante nota que por un momento amenazó destrozar la modulada sinfonía.


           Sucedió justo después de flotar mis labios sobre los suyos en un último y dulce beso de buenas noches, prestos ambos a entregarnos a la férula del reparador sueño nocturno. Me lo soltó de improviso, casi como quien no quiere la cosa. Te quiero, me dijo. Así de escueto y rotundo al propio tiempo. Así de perturbador. Yo me quedé helado. Habíamos dejado claro desde un principio que en nuestra relación no podían tener cabida cierto tipo de sentimientos, que lo nuestro era una comunión de apetitos delirantes que precisaban del fuego de la pasión para ser saciados, nada más, ¡y nada menos!, pero que más allá de esas ígneas fronteras todo quedaba al margen, territorio prohibido hacia el que de consuno convenimos vedar el paso. ¿A cuento de qué entonces aquella sorpresiva declaración de afecto?

           No dije nada. Nada en realidad se me ocurría que decir. Refugiado en el silencio, me limité a dar media vuelta sobre el lecho y fingir que dormía. Ella hizo lo mismo, turbada quizá por mi mutismo. Quise no pensar en ello y ponerme a dormir sin más, confiando en que el sueño despejase de inquietudes mi mente; pero lo cierto es que fui incapaz de pegar ojo durante el resto de la noche, que pasé en su mayor parte haciéndome multitud de preguntas y formulando infinidad de conjeturas, a cual más perturbadora. El sentido común me decía que mi recelo resultaba de todo punto exagerado, carente de cualquier fundamento lógico, y que estaba dando excesiva importancia a dos palabras que lo más probable era que no encerrasen nada sólido en su interior, pronunciadas a buen seguro sólo como cumplido, un espontáneo testimonio que, más que verdadero sentimiento afectivo, encerraba complicidad, y tal vez también algo de pleitesía por el fantástico polvo que acabábamos de echar, pero nada más. Sin embargo, a pesar de este racional discurso interno, el corazón se me sublevaba e impedía a mi cerebro proseguir por tales derroteros lógicos, un corazón, el mío, al que había puesto candado desde hacía mucho tiempo, más de un lustro ya, y tirado la llave lejos, hundida en las profundas simas del desencanto, de cuyas entrañas resulta muy difícil rescatar nada.

           Mi corazón no quería además ser rescatado. Estaba bien así, cerrado a cal y canto, sin interés alguno en percibir sobre sus ventrículos y aurículas el fresco rocío portador de nuevas ilusiones. ¿Para qué? ¿Para sufrir más tarde o más temprano otro chasco? No, no merecía la pena, mejor que siguiera bajo llave y evitar de ese modo padecer más adelante, otra vez, los golpes del desencanto, esos contundentes golpes que ya en su día lo dejaran destazado. Tenía miedo mi corazón, lo que le llevaba a estar de continuo alerta y saltar al menor atisbo de invasión, como así de hecho había saltado tras escuchar ese inquietante te quiero. Infinidad de amantes habían pasado por mi cama desde que decidiera cerrarme en banda a cualquier llamada que pudiera tener como heraldo al amor; amantes que me habían proporcionado ingentes dosis de placer, momentos gloriosos, indescriptibles sensaciones. La mujer que dormía ahora a mi lado era la última de tales amantes, la mejor que había tenido; con ella me sentía muy a gusto, plenamente satisfecho en todos los sentidos, no en vano me ofrecía todo cuanto yo precisaba para ser feliz: complicidad, diversión y sexo, mucho sexo. La mujer ideal para mí sin ningún género de dudas. Al menos lo había sido hasta justo esa noche, hasta ese imprevisto “te quiero” surgido de sus labios.

           La aurora me sorprendió en estas cavilaciones. A la tenue luz que se filtraba a través de la ventana pude contemplarla mientras dormía, deliciosa sirena atrapada en su privativo mar de los sueños. Parecía de hecho flotar, su cuerpo desnudo componía una escultura de delicadas formas ondulantes que, como un espejismo vaporoso, daba la impresión de elevarse sobre las sábanas. Resultaba una estampa fascinante, toda una provocación para los sentidos, así como una dulce caricia para el espíritu. Como hipnotizado, seguí observándola mientras con sigilo me levantaba de la cama y me disponía a vestirme. Había tomado la decisión de huir, apartarme de su lado y evitar así cualquier peligro que su presencia cercana pudiera acarrear; por más que me entristeciera la posibilidad de no volver a verla, no quería que entre nosotros se estrechasen unos vínculos que pudieran terminar conduciendo a un territorio que en sí mismo me aterraba. Comprendía que era un cobarde huyendo de ese modo, un cobarde y un mezquino; pero los miedos que me asaltaran por la noche, lejos de eclipsarse, se habían acentuado todavía más con la llegada del día, hasta el punto de no poder dominarlos. Además, nunca me habían gustado las despedidas. Prefería irme de ese modo, sin ningún adiós de por medio, por la puerta de atrás, pese a que ello supusiera engrosar mi ya abundante cosecha de remordimientos. Ella era maravillosa, tenía que admitirlo, un ser realmente exquisito y dulce, apasionada y tierna a un mismo tiempo, en cierto modo la mujer ideal; pero yo no quería implicaciones emocionales, no me sentía preparado para dar ningún paso adelante en ese sentido. El corazón se ponía a embestir sólo de pensarlo. La echaría de menos, qué duda cabe, pero no tardaría en aparecer otra que ocupase su lugar como encendida amante. Eso era lo único que yo quería. Sí, eso, lo único, una amante que satisficiera las necesidades de mi carne, nada más.

           Justo cuando acababa de vestirme despertó ella. Me miró con ojos aún velados por el sueño. Temí que inquiriese dónde iba, ya que en tal caso me habría sentido azorado y sin saber bien qué decirle, no en vano, pese a mi nada ortodoxa manera de conducirme por la vida, nunca se me había dado bien eso de mentir. Pero no, lo único que hizo fue sonreír, esa sonrisa suya que parece desprender luz en sí misma, y a continuación, con voz asimismo brumosa, repetir aquello de “te quiero”.

           De nuevo aquellas dos palabras se precipitaban sobre mí como dos afilados venablos, haciendo impacto, como la vez anterior, en el centro mismo del pecho. Día y noche quedaban de este modo conectados a través del ignoto sortilegio que tales palabras obraran. La sacudida, sin embargo, fue mayor en esta ocasión, hasta el punto que noté cómo allí dentro algo se tambaleaba, como si una especie de poderosa reacción química se hubiese iniciado y dado lugar a un fluido ácido que corroyera todo cuanto a su paso hallara, incluidos muros, bastiones y defensas. Mi universo interno parecía estar desmoronándose por completo y yo dentro de él.

           Una profunda conmoción me embargó de arriba abajo, activado por la cual me aproximé hasta ella para contemplarla de cerca, en silencio. Ella, sin inmutarse por mi descarado escrutinio, estiró los brazos para sacudir la flojera que los mantenía entumecidos. Sus ojos no terminaban de desplegarse, sometidos todavía a la férula del sueño; aun así, brillaban más que el propio día. La agarré por los hombros. Su piel estaba tibia, puro contraste con el relente que dominaba la habitación en aquella mañana de otoño. Uno de mis dedos se aproximó a sus labios y recorrió con parsimonia el perímetro que comprendían. Ella los prolongó con una sonrisa perezosa. ¡Qué bella es!, pensé mientras notaba cómo por dentro me iba desgarrando y se abrían todas las compuertas de mi pecho, a través de las que no tardó en asomar un corazón redimido.

           Fue entonces, luego de esta catarsis, cuando emití un suspiro pronunciado y rompí el silencio para dejar que de mi garganta brotara aquello que ya no podía, ni quería, por más tiempo contener: ”yo también te quiero”.

           Era así, en efecto. Me daba cuenta que, por encima de mis miedos y aprensiones, la quería. La quería más que a nada, más de lo que hasta entonces había creído llegar a querer, más incluso que a mí mismo. Y, en colación con este sentimiento, me daba cuenta también que sólo deseaba estar con ella y envolverme con su piel, que nada importaba más allá de su sonrisa, de su nariz pecosa, de su aroma de canela, de su presencia a mi lado. Y entonces la besé, la besé con una vehemencia inusitada, y con aquel beso profundo y húmedo se fue llenando mi boca de escurridizos peces de colores.

lunes, 2 de enero de 2012

DESDE LA ATALAYA DEL RECUERDO

           Incapaz de conciliar el sueño, salió al jardín y se sirvió una copa de vino. Sobre un cielo estrellado y negro destacaba la luna en su fase llena, cuyo reflejo argénteo se hundía en un mar asimismo negro y profundo. El silencio era absoluto. Nada, si siquiera el viento, osaba violarlo, tan encastillado estaba sobre el trono de la noche. A lo lejos destacaba la torre del faro, alta y majestuosa, pintada con franjas rojas y blancas.


           El insomne aproximó a sus labios la copa para apurar de un solo trago su contenido, que pasó por su garganta con la misma velocidad con que las escenas de un pasado remoto lo empezaban a hacer por su mente. La noche invitaba a la nostalgia y él, extraviado en su propio laberinto de recuerdos, se dejó atrapar por ella. En auxilio de la memoria se sirvió de un viejo álbum de fotos que fue a desenterrar del arcón donde desde hacía lustros yacía. Con él bajo el brazo regresó al jardín, a la noche, al vaso de vino, ahora vacío sobre la mesa. La propia luna le hizo de foco para ayudarle a ver las fotografías.

           De las páginas del álbum fueron surgiendo rostros, lugares y escenas que, como repentinos fogonazos, iluminaban su mente y le transportaban hacia los pretéritos momentos donde cada instantánea tenía su génesis. Tras pasar una de las hojas, llamó poderosamente su atención la mujer que apareció recostada sobre la arena en una playa solitaria. Delgada, esbelta y con un pecho firme y desafiante, sonreía a la cámara de manera sugestiva y hasta cierto punto procaz. Estaba completamente desnuda. No fue dicha desnudez, sin embargo, la que atrapó su atención de ese modo, ni obedecía tampoco su asombro a una mala pasada de la memoria que le impidiera reconocer a aquella espléndida joven de pícara mirada; sabía de sobra quién era. Su interés obedecía más bien al hecho de que apenas si ya recordase que en su momento hubiera sido así, tan lozana, tan esplendorosa, tal salvaje, tan bella. ¡Habían pasado ya tantos años! Recordaba perfectamente el momento en que tomó aquella fotografía, no en vano fue la única vez que acudieron juntos a una playa nudista; pero había olvidado esa exuberancia de diosa que ella lucía entonces. En otra foto de esa misma página aparecía él, también desnudo, cabello largo, piel morena, nervudo, arrogante, apuesto. Un súbito ataque de nostalgia humedeció sus ojos. Aquel mar. Aquellas aguas. Un mar distinto al de ahora, pero siempre el mar, húmedo núcleo sobre el que había girado su vida desde que tuviera uso de razón. ¡Aquel mar! ¡Aquellas aguas! Ambos desnudos, ambos insultantemente jóvenes, ambos liberados de cualesquiera cadenas que no fuesen las propias del deseo. Sin apenas esfuerzo, su mente podía reproducir los momentos en que juntos se zambullían en el transparente cristal para alejarse nadando mar adentro, tan lejos que la costa llegaba a perderse casi de vista, hasta que todo el universo quedaba reducido a ellos dos y un inmenso azul rodeando sus flotantes cuerpos, y cómo después regresaban para secarse al sol, directamente tumbados sobre la arena, sin toalla, dos salvajes rebosantes de energía, de belleza, de esplendor.

           Mientras se dirigía al dormitorio, se preguntó qué edad tendrían cuando se hicieron aquellas fotos. No acertó a definirlo a ciencia cierta, si bien daba igual, eran jóvenes como la aurora, eso era lo único indiscutible. Qué dispar en cualquier caso se le antojaba el joven atlético de la fotografía con el hombre cansado que, ya dentro de sus aposentos y sirviéndose de la luz de luna filtrada a través del ajimez, se observaba en una cornucopia de dorado marco. Qué distinta la lozanía de aquella piel bruñida por el sol con su actual rostro arrugado y cetrino. Qué metamorfosis la sufrida por su salvaje y larga cabellera hasta quedar convertida en los blancos hilachos que cubrían ahora su cráneo. Qué poco que ver la viveza de aquellos ojos que en cada mirada desprendían fuego con la de estos otros, vacíos y apagados, que reflejaba el espejo. Qué diferente su vientre, antaño duro y recio, hoy flácido y seboso. Pero por encima de todo, qué antagonismo entre el indómito espíritu de entonces y la lasitud actual de su ánimo, devastado que parecía haber sido por un temporal demoledor.

           Se apartó del espejo con una sensación de náusea y se asomó a la cama. Ella dormía con placidez. Obviamente, también el tiempo había hecho estragos en su cuerpo, muy alejado del de aquella sirena cuya desnudez retadora inmortalizara la cámara. Esbozó un visaje de contrariedad. Los otrora espléndidos senos habían dejado hace años de ser firmes y se mostraban ahora blandos y caídos, del mismo modo que sus angulosas formas, que parecían repujadas con cincel, se habían ido macerando con el paso de los años hasta configurar perímetros más bien flácidos y deprimidos. También su cabello, como el de él, se había vuelto albo y lacio.

           Hacia la piel de la durmiente acercó sus manos el insomne, apenas un roce para no despertarla, lo suficiente en todo caso para constatar que ya no era la suya aquella piel suave que al tacto semejara terciopelo. Estrías y pliegues habían transfigurado en anfractuosa geografía lo que muchos años antes fuera un valle terso y homogéneo.

           Encaramado sobre la atalaya del recuerdo, reflexionó sobre el tiempo y su relatividad. Dolía saber que todas las cosas acaban marchitándose, que nada es imperecedero, menos aún la juventud, sometida a un desgaste que termina haciendo de ella pura rocalla, rehén de un tiempo que le niega cualquier posibilidad de rescate. "Juventud, divino tesoro,/ ¡ya te vas para no volver!/ cuando quiero llorar, no lloro.../ y a veces lloro sin querer". Los versos de Darío resonaron en su cabeza como un eco taciturno venido de lejos, de muy lejos, de las fronteras últimas del universo. No, ya nada volvería a ser como antes, ni ella ni él retornarían a aquel esplendor inmortalizado en las fotografías del viejo álbum... Cansado, salió de nuevo del dormitorio para buscar una pastilla de las que habitualmente tomaba para dormir.

           Con la pastilla en una mano y un vaso de agua en la otra regresó poco después a la alcoba. Miró de nuevo a la mujer dormida, pero en esta ocasión ningún rictus extraño se descolgó de su rostro; todo lo contrario, una sonrisa de satisfacción vino a iluminarlo. Por segunda vez se posaron sus manos sobre la piel femenina, en esta ocasión para recorrerla con una breve y suave caricia mientras sentenciaba que el poder de desgaste del tiempo era, pese a todo, limitado, que afortunadamente existían cosas que se escapaban a su férula, como la ternura, como la amistad, como el amor. El tiempo no había de hecho podido con el amor que sentía por ella, tan intenso como cuando años atrás brotara dentro de su pecho con la fuerza de mil tsunamis.

           Ingirió la pastilla y se metió en el tálamo, acurrucándose junto al cuerpo envejecido que tanto adoraba. Y esa noche consiguió dormir de un tirón, feliz tras constatar que el amor había vencido al tiempo.