jueves, 13 de diciembre de 2012

VENGANZA EQUIVOCADA

                                          

           No me anduve con ambages a la hora de soltarle la andanada:

            Tu marido se folla a mi mujer.

             Sabía que era cruel decírselo, más cruel aún hacerlo de esa manera, sin ningún tipo de preámbulo que suavizara la misiva, sin tampoco eufemismo alguno con el que de algún modo atemperar su acerbo tenor; pero es que yo quería precisamente ser cruel, necesitaba serlo, precisaba a través de la crueldad dar salida a esa hiel pútrida que estaba envenenando mi sangre, aun a sabiendas de que tal veneno pasaría de esa forma a otra víctima inocente. Nada podía apaciguar mi sufrimiento, nada desde que la traición de la mujer a la que amaba se hiciera evidente, lancinante dolor que, al tiempo que destrozaba mi existencia, exigía otra alma con la que ser compartido, otra que no podía ser sino ella, la asimismo agraviada por la afrenta.

                      Yo nunca la había visto antes en persona, mi único conocimiento de ella derivaba de las fotografías que me enseñara precisamente su marido, mi socio, mientras hablaba maravillas de ella, que si era una excelente compañera, que si una mujer dulce y cariñosa como pocas, que si una abnegada madre..., en fin, una especie de ángel ubicado en la tierra por alguna suerte de irradiación empírea. Ni que decir tiene que todos esos dones de su mujercita no le habían impedido, en sus ratos libres, tirarse a la mía, también socia del bufete; supongo que una cosa no quitaba la otra. Tengo que admitir en cualquier caso que algo de ángel sí que tenía, al menos en lo que a apariencia externa respectaba, piel clara y sin máculas aparentes, suaves ángulos conformando un rostro perfectamente ovalado, ojos azules y transparentes como la calcedonia, manos pequeñas, labios finos. Nada de eso me importaba empero a mí. Yo sólo quería venganza, aunque para ello tuviese que hacer daño a una inocente; el mismo golpe que días atrás destazara mi alma en pedazos quería devolverlo ahora sobre este otro ser frágil y quebradizo que tenía frente a mí, con saña, sin conmiseración alguna, sin que a la piedad me moviesen aquellos ojos azules que titilaban como estrellas, ni esa tez pálida desmoronándose en rictus de consternación; era el detonante de mi venganza, a través del cual sentía un enfermizo consuelo.

            Esta venganza no iba, por supuesto, dirigida contra aquella pobre muchacha, tan víctima al fin y al cabo como yo mismo, ella era tan solo el vehículo del que me estaba sirviendo para hacerla llegar a su auténtico destinatario, que no era otro sino el abyecto de su esposo, quien a partir de entonces ya nunca gozaría de la ciega devoción de ese ser angelical que tanto lo adoraba; mancillada su inocencia de paloma por el conocimiento de la infamante verdad que yo acababa de transmitirle, él perdería a sus ojos aquella aureola de hombre perfecto que tan magistralmente había sabido conformar y de la que tan ufano se sentía, ya no sería el marido amantísimo que la estrechara entre sus brazos bajo sábanas de satén, ya no el padre ideal, ya no el trabajador y honrado consorte. No, ella nunca volvería a confiar en él y, como consecuencia, él dejaría de ser quien era, atrapado en una telaraña de suspicacias y desprecios que, subsistiera o no su matrimonio, nunca podría ya eludir. Yo le conocía bien, no en vano, además de socios de bufete, habíamos sido amigos desde la universidad y, como tales, compartido todo tipo de confidencias, por lo que sabía que aquello le iría destrozando poco a poco, causando en su alma más estragos que las que en su cuerpo haría una saeta envenenada.

            Esa era mi venganza, a cuya diosa, Némesis, me había consagrado en cuerpo y alma, sin condiciones, aun teniendo para ello que ofrecerle en sacrificio a esta pobre inocente que me miraba ahora con ojos de no entender nada. Para facilitar su comprensión, le fui mostrando las fotografías que divulgaban la afrenta, demoledoras en su testimonio, irrebatibles, sin resquicio alguno para la duda en su categórico mensaje. Una tras otra, ella las contempló con ojos que de la sorpresa fueron virando hasta perderse en los suburbios de la pena, paulatinamente invadidos por una película húmeda que intensificaba aún más su natural transparencia, hasta que al fin sus manos se abrieron para dejarlas caer con indolencia, desplomadas sobre el suelo al mismo tiempo que desde las garzas pupilas, incontenibles ya de todo punto, lo hacían sus lágrimas.

            Me fui sin pronunciar una sola palabra más. Ya nada tenía en realidad que hacer allí, cumplido que había sido mi pérfido propósito. Me afligía, era cierto, el dolor de aquella mujer, si bien, ofrecerle cualquier tipo de consuelo en tales circunstancias hubiera sido todo un canto a la hipocresía por mi parte. Por lo demás, yo cohonestaba mi propia iniquidad diciéndome que en el fondo le había hecho un favor al abrir sus ojos, ya que de este modo podía ahora conocer quién era en realidad el miserable con el que cada noche compartía tálamo. Lo que a partir de ese momento hiciese o dejase de hacer ya no era cosa mía. Podía, como yo, callar, aceptar en silencio la tortura del conocimiento y ahogarse día tras día entre vómitos de vergüenza y lástima; o podía, por el contrario, mandarlo todo al carajo y comenzar una nueva vida lejos del hombre que la había traicionado. Era en todo caso asunto suyo.

            Una semana después telefoneó mi socio para con voz entrecortada comunicarnos que su esposa se había suicidado tirándose desde la azotea del piso donde vivían. Dijo no entender nada, desconocer por entero las razones que la habían llevado a cometer semejante desatino, pues si bien era cierto que en los últimos días percibió en ella una preocupante astenia, no había sido capaz de extraer de su boca la causa última de dicha lasitud; había supuesto que se trataría de un efímero bajón anímico, algo pasajero, y que en breve volvería a ser la persona alegre que fuera siempre, nunca imaginó desde luego un final tan trágico. Tras el teléfono oí cómo lloraba. Comprendí entonces lo absurda, además de atroz, que había sido mi venganza, y comprendí a la sazón que yo era en realidad quien la había matado, que fueron mis manos, expandidas en una invisible pero implacable proyección hacia la azotea, las que empujaron a aquel ángel al abismo, sin que sus alas, rotas de antemano, pudieran desplegarse en la caída. Dicen que la venganza tiene un sabor dulce; yo ignoro en base a qué leyenda se ha forjado semejante opinión, pero lo que es en mi caso sólo puedo afirmar que resultó a la postre amarga como la bilis. Blandida mi espada contra un enemigo concreto, destrozado había con la estocada a dos personas más, a esa pobre mujer y a mí mismo. 

miércoles, 28 de noviembre de 2012

EN EL EDÉN



           Despertó en un lugar paradisíaco, rodeado de mar, palmeras y cocoteros. El sol del mediodía extraía de la tierra brillantes colores, verdes vivos, azules iridiscentes, púrpuras cegadores, bronces pulidos, así como embriagadores aromas que el olfato absorbía para solaz del espíritu, todo ello dentro de una abrumadora amalgama de esplendor y hermosura. Mientras con indolencia se desperezaba sobre la red de la hamaca, sus sentidos percibieron la plácida brisa que, de la mano de un horizonte azul turquesa, acudía para rendirle pleitesía. Las olas componían un rumor sordo al estrellarse contra la orilla de la playa, rumor que casaba a la perfección con la melodía coral en que se iba traduciendo el convergente canto de diferentes aves exóticas. A su espalda, la altísima vegetación formaba una cúpula verde que apenas si dejaba filtrar la luz. Estaba en el Edén.

            Para empezar un baño. Olas que venían a ser húmedos columpios lo balancearon a través de las transparentes aguas, desde cuyos fondos coralinos, como en un profundo espejo, ascendía el reflejo del majestuoso ejercito calcáreo que custodiaba el arrecife. Algunos delfines, luego de haberse elevado hacia el cielo en saltos imposibles, hendían el agua con sus hocicos romos para zambullirse de nuevo en ella, joviales danzarines que en cada brinco componían por encima del flotante cuerpo estelas que acababan desperdigándose en forma de líquidas perlas. Entre curioso y condescendiente, él observaba sus juegos mientras de espaldas braceaba sobre la ondulante superficie. Agua y sal. Mar y paraíso. Delfines y, también, algún que otro vaporoso pez raya.

            Salió del agua escoltado por esas mismas olas que, solícitas, lo habían estado columpiando. Una vez en la orilla, se dejó caer con pereza sobre la arena blanca, presto a ser complacido por el sol, cuyas cálidas manos se aprestaron a secar su piel mediante delicadas caricias. Una tortuga gigante tuvo que desviar su parsimonioso tránsito para no chocar contra el cuerpo tendido.

            La tentadora mixtura de sol y océano no tardó en estimular su apetito, que a esas horas de la mañana solía ser asaz considerable, por lo que se dispuso a aplacarlo de inmediato, a cuyo fin hizo que le sirvieran un suculento banquete a base de langosta, bogavante y otras culinarias gollerías, que regó asimismo con uno de los excelentes caldos que atestaban sus bodegas, para terminar el festín con un plato de pitahayas frescas.

            Quizá fuera el bogavante, o tal vez las pitayas, pero el caso es que alguno de esos manjares debía contener algún poderoso afrodisíaco entre sus ingredientes, como así lo testimoniaba el sugestivo calambre que de súbito comenzó a subirle por la entrepierna, palmario aviso de una nueva necesidad a satisfacer. Así que, ni corto ni perezoso, entró en su palacio de fachadas azules y escogió a dos bellas indígenas para en sus festoneados cuerpos dar rienda suelta a la pasión que lo sofocaba.

             Luego de fornicar como un verraco, decidió tumbarse de nuevo en su hamaca preferida. Una siesta. Sí, se echaría una siesta. A fin de cuentas, tenía todo el tiempo del mundo para hacer lo que quisiera; de hecho, el concepto tiempo no existía como tal en el Edén.

             El suave vaivén de la hamaca entre los árboles era en sí mismo un reclamo para las huestes de Morfeo, que no tardarían demasiado en presentarse para conducirlo a las fantasmagóricas regiones del universo onírico. No obstante, entretanto el traslado acontecía, quiso cavilar sobre la existencia regalada que mantenía en aquel paradisíaco vergel que gobernaba a voluntad, sobre lo que, en definitiva, venía a ser su propia vida. Y tales cavilaciones desembocaron en la misma tajante y triste conclusión de siempre: no era feliz.

           Con el peso de este pensamiento aplastando su mente, se rindió al sueño, sabedor de que poco después volvería a despertar entre cocoteros y palmeras, agasajado por las más bellas huríes y los más solícitos sirvientes, rodeado de azul y verde, dueño y señor de aquel bello y maldito Edén.
 
 
 

miércoles, 14 de noviembre de 2012

CANSADA DE SER NOCHE ESTÁ LA NOCHE


 
Cansada de ser noche está la noche,
luz jalde ansía que el rostro le ilumine,
severo el enlutado de su abrigo,
dos bengalas para esclarecerlo pide.
 
Dos bengalas con las que acunar sus miedos
la noche inerte reclama dando gritos,
¿quién atiende a tan afligida insomne?,
¿quién le acerca un hachón o un par de cirios?
 
De su umbrío quehacer la noche está asustada,
confidente de asechanzas y rumores,
sibila oscura de sórdidos secretos,
luminarias denle que la reconforten. 
 
Harta está de su traje melancólico,
bailar desnuda pretende en torno al fuego,
badilas que remuevan resplandores
e icen llamas con las que incendiar el cielo
 
Cansada de ser noche está la noche,
tiene sueño y sus brazos despereza,
dormir un poco implora en blanco lecho,
levantarse tarde y retozar traviesa.

domingo, 21 de octubre de 2012

EL PEDO


           No me agradan demasiado los compromisos de índole social, tienden de hecho a aburrirme soberanamente, sobre todo cuando conllevan una etiqueta y protocolo por encima de lo ordinario, como sucedía en este caso, invitado que había sido a la presentación en sociedad, con ocasión de su mayoría de edad, de la hija del magnate más señero de la provincia. Se trataba de uno de esos acontecimientos sociales que ya sólo festejan los miembros de la más rancia y atávica burguesía, como era el caso, y a los que suele acudir la prez de la comarca, las llamadas fuerzas vivas, cuyas huestes acostumbran sobre todo a engrosar empresarios y altos cargos y prebostes de la política local. Yo había sido invitado en mi calidad de juez decano, o al menos así ponía en la misiva que a tal fin me fuera despachada -preferí pensar que la verdadera razón no era mi fallo a favor del anfitrión en una reciente demanda que me había tocado enjuiciar-, y aunque en un principio me propuse rehusar, mi instinto gregario me llevó finalmente a aceptar la invitación, pues no tenía ningún otro plan a la vista y aborrecía quedarme solo en casa.

           La fiesta se me antojó, como por otro lado ya sospechara, asaz protocolaria y aburrida, multitud de caras sonrientes que no parecían sino máscaras de cualquier evento carnavalesco, rostros sin apenas alma y cuerpos que se movían a ritmos estudiados, nada de interés en suma. Me resultó curioso que siendo la homenajeada apenas todavía una adolescente, la mayoría de los invitados fuesen, por el contrario, personas bastantes entradas en edad; era fácil deducir que en la confección del catálogo de invitados había primado sobre todo el dictamen paterno, movido al parecer más por especulativos afanes que por generacionales afinidades. Yo me desplazaba de un grupito a otro, aunque sin detenerme demasiado en ninguno, departiendo la mayor parte del tiempo sobre temas baladíes, siempre con mi copa de whisky en una mano y la otra presta a atrapar las exquisitas gollerías que los camareros iban trasladando en sus bandejas. Beber y comer, a eso se habían reducido en última instancia mis pretensiones dentro de  aquella impresionante mansión donde me encontraba. 

           El caso fue que alguna o varias de tales viandas, por muy selectas que fuesen, debieron sentarme mal, como así testimoniaban los molestos retortijones que de pronto comencé a notar cerca del bajo vientre, cada vez más alarmantes en su temoso apretar dentro de mis cavidades intestinales, y de los que comprendí que sólo podría obtener el armisticio a cambio de una urgente evacuación gaseosa, perentoria exigencia derivada de la volátil condensación que estaba teniendo lugar en el interior de mis tripas. En suma, que sólo un contundente pedo conseguiría aliviarme.

           El problema era que en esos momentos me encontraba en medio de un nutrido corro de personas, entre las que figuraba además la propia agasajada, quien justamente andaba exponiendo sus proyectos de comenzar a estudiar Empresariales el año próximo en una prestigiosa universidad de los Estados Unidos. Obviamente, a mí los propósitos de aquella pija, empeñada además en exhibir un escote a todas luces innecesario, habida cuenta lo poco que tenía que mostrar, me importaban un bledo, sólo quería expulsar cuanto antes esos gases que me estaban reventando por dentro. Lo más sensato habría sido poner cualquier excusa con la que discretamente retirarme y acudir acto seguido al jardín, donde podría soltar el cuesco a mis anchas, amparado por el aire libre y el volumen acústico que proporcionaba la orquesta que allí fuera amenizaba el evento, lo que bastaría a buen seguro para no dejar rastros sonoros ni odoríferos, por muy bizarra que resultase mi vaporosa liberación interna. Pero no me parecía correcto interrumpir  el monólogo de la muchacha sobre esos planes de futuro suyos, ni tampoco me apetecía abrirme paso a empujones entre los diferentes racimos humanos que atestaban el salón donde me hallaba, por lo que decidí tirármelo allí mismo, confiando en que el gas escapase silencioso y discreto a través de mi esfínter, convertido a lo sumo en uno de esos pedos efervescentes que apenas producen ruido y cuyo olor no resulta en exceso desaforado. En fin, ¡que fuera lo que Dios quisiera!

           Mi organismo, muy agradecido por emanciparle de aquellas molestas atmósferas, me recompensó al instante con una plácida sensación de alivio, al tiempo que insuflaba de nuevo temperatura al sudor frío que hasta entonces bañara mi piel. Poco después, sin embargo, se hizo patente que, si bien mesurada en cuanto a su nivel sonoro, la flatulencia había resultado portadora de vaharadas realmente fétidas, impregnando el ambiente de un aroma tan nauseabundo que por momentos estaba volviendo irrespirable el aire que lo contenía. ¡Olía de hecho a coles podridas! Las napias de mis contertulios se orquestaron en una sucesión de intermitentes aspiraciones, como si a través de sus vibrisas pretendieran captar toda la esencia de aquel espantoso olor, lo cual no dejaba de resultar una incongruencia, ya que, si a la razón nos atenemos, lo que debería haber primado sería justo lo contrario, esto es, un inmediato taponamiento de los pabellones olfatorios; pero ya se sabe que el morbo en el ser humano abarca la totalidad de sus cinco sentidos, otra muestra más de lo debilitado que tiene el mal llamado común. El caso fue que todos allí comenzaron a hacer aspavientos y poner caras raras. Yo también, por supuesto; había que disimular.

           Lo más curioso era que, como si de un colectivo acto reflejo se tratase, todas las miradas quedaron posadas en la joven anfitriona, como si una extraña inercia las hiciera permanecer ancladas a aquel rostro mordido por el acné, o tal vez fuera que por el hecho de haber sido su engolada voz la responsable hasta ese preciso instante de polarizar la atención auditiva, asumiera sin solución de continuidad asimismo la olfativa. Se daba además la circunstancia de que la chica había dejado de hablar de repente, lo que posiblemente también influyera a la hora de aunar sobre sí tanto escrutinio como estaba recibiendo, miradas reprobadoras que tácitamente venían a culparle de incontinencia fecal.

           Yo entretanto procuraba mantener la compostura, erguida la espalda y muy circunspecto el rostro, como si fuese un coronel del ejército prusiano, al tiempo que mis ojos fulminaban asimismo a la moza, aliados con los otros en su implacable veredicto de culpabilidad. La pobre parecía estar a punto de desmayarse, por completo aturdida y descolocada ante esa silenciosa imputación de que estaba siendo objeto, pero curiosamente incapaz al parecer de rebatirla, constreñido el ánimo por las cadenas de un desconcierto que, al tiempo que sujetaba su lengua, convocaba al rubor para teñirle los carrillos de un rojo cada vez más intenso. La verdad era que la situación, a la par que tensa, tenía también su punto de guasa, aunque sólo fuera por la bobalicona estampa de aquel semblante arrebolado que, incapaz de seguir sosteniendo el desafío, amenazaba con descomponerse de un momento a otro. Tan cómica me parecía que, sin poder evitarlo, estallé de golpe en una estruendosa carcajada que, dado su imprevisto advenimiento, hizo que en cuestión de milésimas de segundos todas las miradas pasasen de la efeba a mí. Ni que decir tiene que aquella hilaridad repentina me delataba, viniendo a ser por sí misma una contundente prueba de cargo que demostraba que la pestilencia provenía de un culo menos delicado que el de la bisoña jovencita que hasta ese momento monopolizara las acusaciones. Precisamente esta última, a raíz de mi risotada, pareció recobrar el aplomo y, tras hinchar el pecho en una profunda exhalación, me apuntó con el dedo antes de gritar:

           ¡Ha sido él!

            Yo no paraba entretanto de reír, sin importarme ya nada de cuanto sucedía a mi alrededor, ajeno a cualquier tipo de mirada, dicho o pensamiento que pudiesen ir dirigidos a mi persona. Era una de esas risas que lo poseen a uno como si fuese una legión de demonios y a la que, por tanto, resulta del todo inútil oponer resistencia, una risa contra la que sólo cabe dejarse llevar. Y yo me dejaba llevar. Hacía mucho tiempo que no me reía de hecho con tantas ganas. Opté finalmente por abandonar el salón e ir al jardín para que me diese un poco el aire, cosa que hice sin decir palabra alguna, envuelto en esas risas imposibles de controlar. Tenía la mandíbula desencajada y mis ojos estaban cubiertos de lágrimas.

martes, 9 de octubre de 2012

MUÑECA ROTA

               A través de la ventana entreabierta se colaba el rumor del mar, lejano y conmovedor, mezclándose dentro de mis oídos con el eco reciente de las palabras de María, aún más distantes y conmovedoras.           

           —¡Me siento tan hundida, amor mío! Percibo la tristeza como una segunda piel, una piel opaca y pesada como la de un elefante.
          
           Eso había dicho.
          
           María siempre había sido parca en palabras, por más que le gustase de ordinario ornamentarlas con un barniz poético, afín a su naturaleza romántica e idealista; pero desde que la depresión se apoderara por entero de su espíritu, dicha parquedad se había ido acentuando de un modo alarmante. Últimamente apenas si era capaz de mantener una conversación como no fuese a bese de monosílabos o frases muy cortas, pronunciadas casi siempre con displicencia, sin nada de ánimo. Esta última había sido de hecho la más prolija que de sus labios brotase en los últimos días.

           —Todo se arreglará, amor mío, ya lo verás.
          
           Yo trataba de darle ánimos y aparentar un optimismo que en realidad no sentía, consciente de que, lejos de remitir con el tiempo, su enfermedad se agravaba cada día más. ¿Hasta cuándo podría mantenerse así, sumida en ese infierno de pesadilla donde anidaban las larvas de la melancolía? Los fármacos no le hacían efecto alguno y cada vez se hallaba más abatida, consumida por esa tristeza que corroe el alma como si fuese un invisible comején, totalmente ausente, sin ganas de nada. Yo ya no sabía cómo consolarla. Todo el amor que le ofrecía, que era inmenso, no bastaba para extraerla de su perenne estado de pesadumbre.
          
           Ajena a mi intento de estimularla, María había vuelto a su silencio, absorbida de nuevo por su impenetrable y aterrador universo interno. ¿En qué piensas, María? No se trataba, empero, de una pregunta hecha en voz alta, sabedor como yo era de que su respuesta sería la misma de siempre: en nada, cariño, en nada, sino que la formulaba tan solo para mí mismo, impotente por no poder penetrar en esos misterios que ella albergaba en sus profundidades más recónditas y que la estaban conduciendo a una especie de caída libre sin inicio ni final. El olor del mar, penetrante y cálido, me llegaba de lejos y se unía a esa sensación de ausencia que traslucían los ojos marchitos de ella. ¿En qué piensas, María? La miraba con ojos ávidos, como queriendo aprehender ese ignoto caos que escapaba a todos mis afanes.
          
           —¿En qué piensas, María? —esta vez hablé en voz alta, fugadas las palabras de la cárcel erigida por mis pensamientos.
           —En nada, cariño, en nada.
          
           Me acerqué a ella y la besé en la frente. Luego en los labios, un beso suave y delicado, como esas olas de nacarada espuma que flotaban allá cerca, en aquel mar sereno y cálido que hicimos nuestro desde el día en que nos conocimos, y rompían sin apenas estruendo sobre la arena de la playa. Me gustaba beber de sus labios y embriagarme con su tibieza, templada como el sol de otoño. 

           —Te amo —le dije mientras me abrazaba con fuerza a ella— ¡Te amo tanto!
          
           A través de los intersticios de la persiana a medio echar se filtraba el sol del mediodía, dividiendo la pieza en una interminable sucesión de surcos ambarinos que descubrían una gran cantidad de polvo flotando en el vacío. Era una mañana clara y cálida, una mañana de esas donde la ciudad parece envuelta en un aura dorada,  pinceladas de oro mezcladas con el azul que le transfiere ese mar calmo hacia el que, como una mujer mimosa y solícita, tendidos tenía sus brazos. Por las calles y avenidas transitaba una multitud animada que, bien pertrechada de cubos, palas, cremas, toallas y sombrillas, encaminaba sus pasos hacia la playa. Sin embargo, ese mundo que bullía más allá de la ventana se me antojaba insípido, henchido de un colorido y una luminosidad que a mí personalmente nada me decían, pues el único color que yo ansiaba era el rosado de sus mejillas, la única luz por la que deseaba ser cegado la que desde siempre emitieran sus ojos, y el único calor que podía abrigarme el de su mirada limpia, todo lo cual, no obstante, me lo habían arrebatado los voraces monstruos afincados en su alma. Yo no quería más mundo que su mundo, ni más aire que el que desprendía su aliento, ni más mar que el que bañaban sus ojos. ¡Qué podía importarme a mí la belleza del mundo exterior si mi María estaba ausente de él!
          
           Lo único que me consolaba era saber que mi amor no caía en saco roto, que, pese a sus silencios y congojas, ella absorbía el sentimiento encerrado en mis gestos y palabras, un sentimiento que en alguna parte de su alma se trocaba en luz, difusa luz, pero lo suficiente para conformar un minúsculo rayo de esperanza al que aferrarse. Sabía que mi amor sin condiciones era en el fondo lo único que la mantenía viva, y yo se lo ofrecía a espuertas, a toneladas, aun consciente de que quizá menos de un gramo de cada tonelada calaba en ese universo oscuro que se expandía allí dentro. Mi devoción por ella era total. María era mi dueña, mi diosa, la principal razón de mi existencia; para mí no había nadie más, ella representaba la perfección hecha carne y hecha alma.

           —Te amo —volví a decirle, como queriendo que las palabras cobrasen forma y obraran el milagro de rescatar su sonrisa del lóbrego túnel que hacía meses se la tragara.
          
           No obtuve la sonrisa apetecida, pero sí al menos su mirada, posada en mí con condescendencia, con la suavidad del malvavisco, como queriendo decir qué más quisiera yo que poder hacerte feliz, como antes, retornar a aquellos días de risas compartidas, de vuelos sin alas, de saltos sobre nubes y paisajes de arco iris. Todo eso me quería decir con esa mirada que reflejo era, por otro lado, de la más dolorosa de las impotencias.

           —Te amo —dije por tercera vez, mi voz quebrada por la aflicción.
           —Y yo te amo a ti, mi poeta…, pese a estos demonios que me devoran.
           —¡Si yo pudiera exorcizar tales demonios!
           —Ni todas las legiones del Averno podrían impedir que te amara más que a nada en este mundo. Te amo, mi poeta. Te amo pese a este vacío que ahoga mi alma y oscurece mis ojos.
          
           Una espada. Una espada de fuego habría deseado poseer para decapitar a aquellos perversos leviatanes y reconducirlos al infierno sin fondo de donde jamás debieron haber salido. Sañudos e implacables, allí estaban, dentro de la mujer a la que yo amaba, devorándola, consumiéndola día a día, martirizándola, haciéndola añicos, y yo incapaz de hacer nada para contrarrestar su sevicia, impotente, frustrado, limitado mi servicio a ofrecer ese amor profundo con el que procurar mantener encendida la última bujía que destellaba en su alma.
          
           La miré con ternura. No quería que a mis ojos asomase lágrima alguna, pero apenas era capaz de contener el poderoso empuje de éstas. Allá afuera el horizonte florecía dorado y azul.
          
           Decidí ir a comprar el pan. Le pedí que me acompañara, pese a que de antemano sabía que no lo haría. Hacía semanas que no salía de casa. Afirmaba no tener fuerzas. Así que volví a besar sus labios y marché yo solo.

           —Hasta luego, amor mío.

           A la vuelta me sorprendió ver agolpado cerca del portal de casa un nutrido gentío que gesticulaba con dramática vehemencia, llevándose incluso muchos de ellos las manos a la cabeza en señal de desesperación. Hasta mí llegaban asimismo voces deslavazadas e ininteligibles, perdidas entre una bochinche de gritos que, a su vez, eran amortiguados por el aullar de las sirenas de un coche de policía allí aparcado. Apenas si podía entenderse nada. Junto al vehículo celular se hallaba estacionada también una ambulancia que fulgía con sus destellantes luces. Alarmado, apresuré primero el paso y luego empecé a correr. Un presentimiento funesto agitaba mi corazón y lo hacía latir con tal ímpetu que durante el breve lapso que duró aquella carrera no percibía yo otra cosa que el acelerado bombear dentro de mi pecho, como un tambor enorme cuyos graves registros acallasen cualquier otro rumor. Cuando llegué, observé cómo varias personas formaban un corro alrededor de algo, intentando la policía dispersarlos hacia atrás. Aún no podía yo divisar qué era aquello que despertaba tanta atención entre la agitada concurrencia, si bien, el presentimiento aciago que me envolvía se iba haciendo cada vez más pujante y oscuro.
          
           A trompicones aparté a la gente, pasando por alto las indicaciones del oficial que me gritaba no sé qué consignas. Al principio únicamente vi un bulto contorsionado sobre la acera en medio de un espeso charco rojo. Bastaron un par de segundos, no obstante, para identificarlo y comprender lo que había sucedido.

           — ¡María! —exclamé en un grito seco— ¡María, mi vida, mi niña, mi amor! —proseguí entre sollozos.
          
           Mis lastimosas muestras de dolor tuvieron como efecto inmediato que la multitud apiñada se abriese y formara una especie de pasillo por el que yo avancé hasta situarme justo delante del retorcido cuerpo de María. Me agaché entonces y la tomé entre mis brazos. Uno de los agentes de policía trató de impedírmelo, pero su compañero le atajó y con un gesto le convino a dejarme hacer. De mis ojos brotaban lágrimas parsimoniosas, pausadas, con un fluir indolente que hacía juego con la lasitud que el impacto sufrido había dejado en mi ánimo.

           —¿Por qué, María, por qué?
          
           Noté una mano posándose sobre mi hombro. Pero yo no me volví. No quería. Sólo quería estar allí, abrazado a ella, que se detuviese el tiempo y que ya nunca más nadie ni nada nos separara. Quería quedarme a su lado para siempre. Estaba hermosa. Su cuerpo roto no empecía esa hermosura que la orlaba como el aura de un hada. Miré mis manos y vi que por ellas se escurría sangre, su sangre, sangre que manchaba no sólo mi cuerpo, sino también mi alma, vacía de esperanza, sangre que laceraba, sangre que me mataba.
          
           —Te amo, mi vida. Te amaré siempre. Te amaré aunque tú me hayas matado
                      
                                          

viernes, 21 de septiembre de 2012

EL ADIÓS

           De forma tajante, así frenó ella los torpes alegatos con que pretendía él justificar su infidelidad descubierta. No quería saber nada más al respecto; aquella sarta de sofismas, lejos de apaciguar su encono, encendía si cabe aún más el reconcomio que por dentro la estaba devorando, de modo que sus oídos se negaban a continuar abiertos a su descarga. Se sentía decepcionada y herida en lo más profundo de su ser, como si la hubiesen golpeado el ánimo con un mazo de hierro, y en tales condiciones ningún alivio le suponía escuchar explicaciones absurdas. Lo único que quería era irse de aquella casa, escapar de su lado y, a ser posible, no pensar en él, pues no en vano sabía que el pensamiento, aliado que estaba en este caso con el deseo, jugaba en contra de su voluntad de huida.
         
            —Me voy —le dijo—, no puedo seguir contigo después de esto.
           
           Esas palabras, pronunciadas en un tono que pretendía denotar firmeza, pero que transmitían sobre todo pesar, eran en sí mismas puñales que con sevicia cuarteaban los propios nervios de quien las profería; puñales emponzoñados del veneno que, como si de un deletéreo crótalo se tratase, brotara del engaño sufrido. El engaño y sus propias palabras formaban así una misma unidad de dolor, un dolor tan intenso que apenas si podía soportarlo. Y aun así, a pesar de ese dolor, las había dicho, consciente de su imperiosa necesidad, y no ya sólo como mensajeras de la acción que se disponía a acometer, cual era la de salir de allí y alejarse cuanto le fuera posible, sino también como contrafuertes sobre los que sostener los últimos restos de orgullo, su dignidad herida, esa dignidad que dentro de sí misma sentía tambalearse ante las huestes de la decepción.
    
            —Dame otra oportunidad —instó él clavando en ella una mirada suplicante.
          
           Durante un breve intervalo ella percibió que volvía a quedar presa de aquellos ojos que desde que por primera vez se posaran en los suyos la habían mantenido cautiva, ojos penetrantes, fúlgidos, portadores de hechizo, ojos de poeta, profundos como océanos, ojos donde con infinito placer tantas veces se sumergiera mientras sentía las varoniles manos recorrer palmo a palmo su cuerpo haciéndolo estremecer. Notó entonces cómo el deseo se apoderaba de su ánimo, deseo que le impelía a conceder esa nueva oportunidad que él demandaba, ya que no en vano nadie le había hecho sentir tan feliz como él lo había hecho, ni nadie había extraído de su cuerpo dosis de placer tan altas que bajo sus efectos perdiera por entero el control de sus propios actos, sumida en un desenfreno de lujuria tal que los sentidos parecían desplegarse en estallidos de colores que los elevaban hasta hacerlos alcanzar un insospechado cenit. Pero no podía sucumbir a esa tentación. No podía darle más oportunidades, ya habían sido muchas, demasiadas. No era tanto cuestión de orgullo como de desconfianza, de un total escepticismo que le impedía seguir creyendo en él y, en consecuencia, mantener una convivencia de tal modo ensombrecida. ¿Qué tipo de vida sería la abocada a crecer en todo momento entre las brumas de la duda? Una vida sin duda amarga, y dicha amargura resultaría imposible de compensar en modo alguno, por muchos y grandes que fuesen los goces ubicados al otro extremo de la balanza. Mejor asumir el dolor de la despedida, restringido en el tiempo al fin y al cabo, que permanecer en una continua desazón, como sin duda lo estaría de seguir con él, con el hombre al que tanto había amado pero que asimismo tanto le había decepcionado. No, definitivamente no podía continuar durante más tiempo junto a la persona que la había engañado de esa forma tan cruel.

           Afianzada de este modo en la decisión tomada, logró al fin sobreponerse al encantamiento que brotaba de aquellos ojos de poeta y, sin apenas inflexiones en la voz, rechazó su demanda:
           —No, no puede ser. Ya nada sería igual.
         
           Las palabras seguían no obstante siendo portadoras de dolor, de modo que, pese a esas flemáticas trazas que el timbre verbal denotaba, resultó en cierto modo traicionada por los ojos, ojos los de ella que no eran ni tan brillantes ni tan hipnóticos y que aparecieron de pronto nublados por una fina película lacrimosa, si bien, más que la tristeza, era la decepción la que las hacía germinar.
       
           —Me duele que esto termine así, pero entiendo perfectamente tu decisión y no puedo sino respetarla… Lamento haberte engañado.
        
           Pero ella sabía que no lo lamentaba realmente, que en el fondo era esa su naturaleza: romántica, sí; apasionada, por supuesto; pero al propio tiempo la de un depredador insaciable, sin que contra dicha condición le fuese posible, aunque en un momento dado pudiera pretenderlo, ir en contra. Él era así, no había que darle más vueltas. Lo más curioso era que ella lo había sabido desde siempre, por más que se hubiese negado a sí misma la evidencia, tal vez esto último porque gran parte de su encanto, de su incontenible magnetismo, de su exultante hechizo, residía precisamente en esa idiosincrasia peculiar suya, en esa naturaleza de pirata que tan irresistible lo hacía cara a los demás. Sí, ella lo había sabido siempre, pero aun así quiso tirar hacia delante, disfrutar de cada momento a su lado, convencida de que tales momentos serían memorables, como así de hecho lo fueron, y no preocuparse de nada más, conformarse con esos desenfrenados turbiones que con asidua tradición hacía precipitar sobre ella para anegarla de placer y dicha. Había sido en ese sentido su sombra, ligada a él por las cadenas del amor y del deseo, embozada tras una máscara con la que voluntariamente no ver la realidad, porque no quería verla, protegida bajo una sólida armadura frente a sus engaños y mentiras.
        
           Ahora, sin embargo, constatada la realidad por la fuerza de unos hechos que de cuajo obliteraban cualquier margen para la duda, devenía imposible seguir manteniendo idéntico autoengaño. Le había pillado in fraganti y eso lo cambiaba todo, inútil recurrir a pueriles entelequias con las que proseguir el soborno a la verdad. ¿Para qué? ¿Tan solo por continuar disfrutando de esas puntuales ascensiones al paraíso que él le procuraba? Eso equivaldría a arrancarse los ojos por no sentir el asco de contemplar la impureza vigente allá fuera y limitarse únicamente a percibir un universo interno creado a voluntad. ¿Quería de verdad eso? ¿Quería ser una ciega de por vida? No, no lo quería. De no haberle sorprendido, quizá hubiese podido seguir para siempre en ese estado de simulada ignorancia, asumir aquello de ojos que no ven, corazón que no siente, y seguir disfrutando de los aspectos positivos de su relación sentimental. Se habría quedado con él años enteros, posiblemente toda la vida, flotando a su lado, en su mar, en el mar de los poetas… Pero así no, así era imposible, más aún teniendo en cuenta que el engaño lo había perpetrado con su mejor amiga.
         
            Él la miraba azorado. Se sentía triste, si bien, tampoco era la suya una tristeza de esas que aplastan el alma hasta socavarla más allá de las raíces donde crece la melancolía. Era, por el contrario, una tristeza de superficie, una tristeza a ras de piel por así decirlo, incluso tocada de cierto componente egoísta, o de anticipada nostalgia si se quiere, la tristeza de quien ya echa de menos algo que justo acaba de perder, pero que lo echa de menos no porque fuese una parte imprescindible de sí mismo, como el corazón o la sangre que lo alimenta, sino porque se había acostumbrado a tenerlo, la pérdida en suma de lo que se consideraba una apreciada pertenencia. Más allá de esa congoja, le hacía también sentir mal la posibilidad de que ella pudiera odiarlo.
          
           —No te odio —dijo ella como si leyera sus pensamientos—. Me has regalado momentos exquisitos, momentos colmados de ilusión y sueños, y aunque el sueño se haya roto, mientras lo viví fue lo más maravilloso que nunca me sucediera... He sido la mujer más feliz del mundo a tu lado… y tú has sido el artífice de esa felicidad.
           —Podríamos seguir siendo felices.
           —No, no podríamos, no ahora que…
          
           No pudo seguir. La voz se le quebró y las palabras quedaron obturadas dentro de su garganta, como si un tapón impidiese su salida. Notó que sobre los ojos se espesaba la película lacrimosa poco antes conformada y tuvo que hacer un gran esfuerzo para conseguir que dichas lágrimas retrocedieran antes de ser definitivamente vertidas. No quería que él la viera llorar.
          
           Aun así, quiso él consolarla, pero ella se apartó y rechazó su abrazo.
           —No, dejémoslo así.
          
           Cogió su bolso y se marchó sin decir ninguna palabra más, sin reproches, sin malos gestos, como quien emerge de un sueño y se apresta a afrontar la realidad que impera tras sus volátiles márgenes, un sueño que había sido bello, pero que con el despertar carecía ya de toda razón de ser. Fuera el día agonizaba en un crepúsculo sangriento; apenas corría el aire y, salvo el monótono canto de las cigarras, no se escuchaban sonidos. Ella comenzó a caminar, erguida la cabeza y fija la vista en el horizonte. El sol, ese sol cuyos últimos rayos resplandecían sobre el verde de los trigos, parecía vestirla de melancolía. Sobre su espalda notaba la mirada de él como un adiós mudo y etéreo, al tiempo que notaba asimismo cómo su corazón se iba transformando en una umbría propicia para que germinase la pena. Se preguntó de dónde extraería las fuerzas necesarias para poder vivir sin él.

jueves, 6 de septiembre de 2012

LA FORASTERA

           Quizá fuese el de reprimida el adjetivo que mejor definiera a Remedios, o cuando menos el que de algún modo habría servido de embrión para que a partir de él fuesen con el tiempo gestándose todos los demás que marcaban su carácter: suspicaz, arisca, malhumorada, áspera, taciturna, mojigata…, todo lo cual vendría en definitiva a ser producto de esa fuerte represión a que se viera sometida desde su infancia, educada dentro de los preceptos marcados por un catecismo donde la dicotomía entre bien y mal resultaba tan estricta que todo cuanto no estaba prohibido resultaba por ende obligatorio, siempre en aras a combatir sin tregua a las huestes del pecado, acezantes por doquier, cuyo infame propósito no era otro que el de conducir a sus desprevenidas víctimas hasta la condenación eterna. En ese escrupuloso ambiente puritano fue en el que creció Remedios, sometida en todo momento a normas tan rígidas que apenas dejaban margen de maniobra para el libre albedrío, lo que, como queda expuesto, forjó en ella un carácter agrio y absolutamente intolerante respecto a todo aquello que escapase de la doctrina implantada en su cerebro.
 
           Por otro lado, como si la propia naturaleza hubiese querido remarcar aún más esta peculiar idiosincrasia de Remedios, se daba el caso de poseer ésta un aspecto físico nada agraciado, con una nariz picuda que semejaba la de un halcón, ojos pequeños y afectados de estrabismo, frente suprema y desagradables verrugas salpicando diferentes partes de su rostro, en especial una que sobresalía en la punta del aguileño naso y que le daba cierto aspecto de harpía. La verdad es que ya desde niña había sido muy fea, lo que vino a actuar para ella a modo de aislante social, arrumbada por la mayoría de sus compañeras de aula, y esa fealdad, lejos de atemperarse con el paso de los años, se había acentuado mucho más, evolucionando al mismo ritmo en que lo iba haciendo el carácter agrio encargado de marcar su personalidad, sin que en ese sentido pudiese afirmarse demasiado bien si fue primero el huevo o la gallina. A mayor abundamiento, tampoco tuvo nunca pretendiente alguno que la hubiese podido introducir, aunque sólo fuera de refilón, en esas fecundas sabanas donde germinan las mieles del amor, lo que a buen seguro habría endulzado en parte ese mal carácter suyo. Pero no, Remedios no tuvo amigos, amantes ni en definitiva nadie a través de quien expandir cualquier tipo de itinerario sentimental.
 
           Consecuencia de todo ello, recién cumplidos los cuarenta, Remedios era lo que se dice una genuina amargada, sin ilusiones ni deseos de ningún género, fruncido siempre el ceño, intemperante en el trato y vedada de su fisonomía cualquier sonrisa o gesto afectuoso. Vivía con su madre, las dos solas desde que el padre muriese a resultas de un fulminante derrame cerebral, cuatro años hacía de ello, vistiendo desde entonces de un riguroso negro, sin ningún tipo de concesión a cualquier asomo de color en su indumentaria, lo que acentuaba todavía más su aspecto de urraca. Por lo demás, su nula vida social hacía que apenas si saliese de casa, salvo para ir a la iglesia, donde pasaba las horas escuchando misa, rezando novenas o sumida en intrigantes conciliábulos con otras meapilas del pueblo, junto a las que gustaba de propagar chismes sobre la vida y honra de la mayoría de sus vecinos.
 
           Cierta mañana arribó al pueblo una mujer joven, de aspecto desenfadado, quien como único equipaje portaba sobre las espaldas una enorme mochila de cuero negro. Iba cubierta por un vestido multicolor que le llegaba sólo hasta la mitad de los muslos, vistosas gafas de sol y ornamentales ajorcas en muñecas y tobillos. Decía que quería instalarse en el pueblo y a tal fin preguntaba por un alojamiento económico donde fijar su residencia. Arrendó al fin una bonita casa a las afueras y pocas semanas después ya se había convertido en la vecina más popular de todo el municipio, acaparadora de todo tipo de comentarios, habladurías y rumores, algunos de índole laudable y otros, en cambio, de claro matiz maldiciente.
 
           Silvia, que así se llamaba la nueva vecina, se hizo pronto asidua de los círculos lúdicos del pueblo, constituidos en su mayor parte por los bares que salpicaban sus rúas y callejones, donde gustaba de intimar con los parroquianos que asimismo solían frecuentar aquéllos, en especial con los que conformaban el género masculino, que empezaron a orbitar alrededor de ella como abejas alborotadas en busca de miel, habida cuenta sobre todo las tentadoras formas que lucía la joven, fácilmente detectables bajo una vestimenta parca en telas y pródiga, sin embargo, en transparencias, así como, en general, por el muy buen ver de que estaba, lo que, unido a su natural simpatía, hacían de ella una criatura ciertamente irresistible.
 
           Esta particular forma de conducirse la forastera no tardó en llegar a oídos de Remedios, para quien aquellos coqueteos resultaban de todo punto inaceptables, por lo que no tardó en censurarlos públicamente, al tiempo que lanzaba a la palestra veladas conjeturas sobre la raíz última de aquella impúdica frivolidad. Centrada, pues, en esta labor corrosiva, de la que tan especialista había llegado a ser, fue Remedios poco a poco fomentando el comadreo de la maledicencia, la cual, teniendo en cuenta que a la tal Silvia no se le conocía oficio ni beneficio y, pese a ello, no escatimaba nada a la hora de gastar, comenzó a extraer aviesas conclusiones, entre ellas que recibía en su casa a hombres que pagaban por sus servicios carnales. O sea, que era una puta, o barragana, o meretriz, o coima, o como cada uno a bien tuviera en llamarla, que pocas ocupaciones hay que admitan tantos nombres definitorios como esa.
 
           Remedios se propuso entonces acabar con esa situación, decidida a que cuanto antes se expulsase del pueblo a quien tan perturbadora de sus buenas costumbres resultaba, a propósito de lo cual comandó una campaña junto a sus otras compañeras de mantilla y rosario, acudiendo todas ellas en comandita a visitar al alcalde, don Gregorio, para que éste avalara la cruzada y adoptase las medidas oportunas al respecto. Para su disgusto, sin embargo, el alcalde les informó que sus manos estaban atadas en este tipo de cuestiones, ya que las leyes patrias instituían la libertad de movimientos como derecho fundamental de todo ciudadano y, por consiguiente, en el pueblo podía vivir todo aquel que a bien lo tuviera, sin que, por otro lado, existiese ordenanza municipal alguna que prohibiese ni el modo de vestir ni las actividades a las que supuestamente se dedicaba la nueva vecina.
 
           Remedios no se amilanó y siguió porfiando en su empeño, convencida de que por mucho que las leyes humanas, en su patético afán garantista, fuesen condescendientes con el comportamiento de la intrusa, las leyes divinas, mucho más importantes, lo proscribían, y ella, en su condición de paladina a ultranza de la moral y el decoro, no iba a consentir que tales leyes se viesen vulneradas por un exceso de permisividad mal entendida.
 
           Con este profundo convencimiento y armada de renovados bríos, fue a hablar con el párroco del pueblo, don Cristóbal, a quien instó para que intercediese ante las autoridades competentes a fin de que buscasen una solución al problema, solución que, según ella, sólo podía pasar por el destierro de la tal Silvia, y si para ello había que cambiar las ordenanzas, pues que se cambiasen a la de ya. Don Cristóbal alegó que la mediación que se le pedía escapaba a sus funciones como sacerdote, centrada en la salvación de las almas, no en cuestiones cuya incumbencia más propias eran del César que de Dios, dado sobre todo los tiempos que corrían, donde todo lo relacionado con la Iglesia y la labor de sus representantes era mirado con lupa, por lo que cualquier injerencia en el ámbito político, como podía serlo ésta, corría el riesgo de ser duramente reprobada. No obstante, como viera que Remedios achicaba sus bizcos ojos y fruncía el ceño en señal de desencanto, y no queriendo contrariar en exceso a tan conspicua feligresa, añadió que en sus próximas homilías soltaría encendidas soflamas contra el vicio y la degeneración de quienes de la coyunda hacían oneroso comercio, así como que impondría rigurosas penitencias a quienes en confesión le revelasen haber tenido tales tratos con la nueva. Aquello era más que nada, pero ni mucho menos colmaba las expectativas de Remedios, a quien aquel parlamento con el cura dejó bastante frustrada.
 
           Don Cristóbal cumplió su palabra y arremetió con dureza desde el púlpito contra el concubinato y su latente clientela, augurando las peores calamidades terrenas y ultraterrenas para quienes en tan espurio negocio participasen, negocio que purulentos volvía tanto los cuerpos como las almas. Escaso fue, sin embargo, el efecto que tales sermones tuvieron, al menos sobre aquellos a quienes en la práctica iban dirigidos, puesto que, por un lado, la supuesta pecadora no iba nunca a misa ni al parecer le intimidaban lo más mínimo los anatemas eclesiásticos, de los que no dudaba en mofarse en público siempre que tenía ocasión, en tanto que a sus teóricos clientes daba la impresión asimismo de entrarles todo aquello por un oído y salirles por otro, a tenor del nulo caso que parecían hacer a las advertencias de condenación que lanzadas eran por el impetuoso sacerdote.
 
           Sin otro reproche, pues, que el proveniente de estas voces despepitadas, continuó la moza desplegando libremente su vida de alterne y jarana, cada vez más henchida de sí misma, tentadora y sugerente como la serpiente del Edén, importándole en todo caso un rábano lo que sus detractores pudiesen opinar de ella, ande yo caliente y ríase la gente parecía en ese sentido ser su principal máxima de conducta, de todo lo cual devino como consecuencia un incremento notorio de su fama y reputación, buena o mala esta última según los diferentes matices del prisma bajo el que cada uno quisiera interpretarla.
 
           Quien, sin embargo, seguía negándose a aceptar como válido ese status quo era Remedios, consternada y rabiosa ante la nula recompensa que sus gestiones habían tenido. Azuzada además por el reconcomio que la actitud provocativa de su rival le introducía en la sangre, decidió no quedarse cruzada de brazos y, ya que al parecer no podía por lo legal echarla del pueblo, hacerle la vida tan imposible que fuese ella misma quien terminara largándose por el mismo camino por el que en su momento había arribado. Se puso con tal propósito a escribir y difundir nuevos libelos y catilinarias contra la promiscua vecina, a reclamar de sus más afines un vacío absoluto hacia ella, e incluso a retribuir a algunos chavales para que emborronaran las paredes de su vivienda con pintadas difamatorias o arrojasen huevos y cacas de gato sobre su puerta.
 
           En estas y otras maquinaciones andaba Remedios, cuando una tarde, ya casi a la hora del crepúsculo, llegó a su casa un hombre alto, de unos cuarenta años, bien parecido y ataviado con un elegante terno de color azul, quien se presentó como proveedor de perfumes y cosméticos. Remedios, de ordinario hostil a esa clase de visitas comerciales, advirtió al forastero que se ahorrase toda su facundia de charlatán, ya que no necesitaba nada de cuanto pudiera vender ni estaba dispuesta a perder su valioso tiempo escuchándole, de modo que se fuera y dejara de importunarla. Estaba de hecho a punto de cerrarle la puerta en las narices con cajas destempladas, cuando los labios de él volaron en una sonrisa rutilante que pareció obrar alguna clase de sortilegio sobre la arisca mujer, toda vez que, lejos de obedecer a ese prístino impulso de cerrar la puerta, la franqueó todavía más, al tiempo que notaba un súbito flaquear de piernas y una inopinada sensación de complicidad hacia aquel extraño. A esa sonrisa siguió una voz cadenciosa que aseguraba tener para ella, más allá de los productos que componían el catálogo de ventas, una información que a buen seguro le resultaría de sumo interés. Todavía buscó Remedios esquivar la varonil presencia insistiendo en que ella era una mujer honesta y que, como tal, no usaba perfumes ni ningún tipo de extraños potingues para rostro o cuerpo, incompatibles además con el riguroso luto que aún guardaba por la muerte de su padre; pero lo hizo ya con voz apagada, sin convicción alguna, ansiosa en el fondo de que el intruso siguiese porfiando en su acometida, a efectos de lo cual no tardó un segundo en añadir que, pese a todo, estaría encantada de escuchar esa información que decía poseer. El desconocido, sin dejar de exhibir su cautivadora sonrisa, reveló entonces que de modo casual había llegado a oídos suyos noticia de las desavenencias que mantenía con Silvia, con la que también él tenía asuntos pendientes desde hacía tiempo, y que podía ayudarla en su enfrentamiento con ella. Esta revelación dejó completamente anonadada a Remedios, cuyos ojos y boca se abrieron como si la persona que tuviera en frente fuese en realidad un fantasma venido del más allá, y así, embobada y quieta, se mantuvo durante algunos segundos, hasta que reaccionó haciendo pasar a su misterioso visitante al interior de la vivienda para allí dentro conducirle hasta el salón. Aquella era la primera vez desde que muriera su padre que un hombre, que no fuese el cura, ponía los pies en su casa.
 
           La curiosidad y el interés se sobrepusieron finalmente al pasmo en Remedios, quien una vez instalada con su invitado junto a la mesa camilla que presidía la pieza, apremió a éste para que con pelos y señales le explicase de qué conocía a aquella furcia que se paseaba medio desnuda por el pueblo y, sobre todo, cómo podía ayudarla en la campaña que desde hacía tiempo sostenía para desterrarla del mismo. El hombre del terno azul le aseguró que aclararía esas y cuantas otras dudas tuviera al respecto, pero que le gustaría poder antes mostrarle su catálogo de esencias. Remedios frunció el ceño, recelosa de que todo aquel presunto conocimiento que su interlocutor decía poseer no fuese en el fondo sino un mero ardid de marchante con el que ganarse su confianza para encasquetarle luego cualquier mejunje de los que debía portar en su maletín, por lo que insistió en que ella no usaba tales productos y que, por tanto, no pensaba comprar nada. De nuevo entonces la sonrisa hechicera y la voz eufónica que, ondulando en el viento como una mariposa, venía a decir que tan solo pretendía que oliese algunos perfumes, poquitos, algo que le llevaría apenas unos minutos y de lo que, le aseguró, no se iba a arrepentir.
 
           Difícil determinar hasta qué punto la voluntad de Remedios se veía alterada por esa mixtura de sonrisa y voz que de forma tan hechicera parecía envolverla, pero lo cierto fue que, sin oponer más resistencia, consintió en la olfativa proposición que se le hacía, y sucedió que a medida que absorbía las diferentes fragancias que el marchante destapaba bajo su aguileña y verrugosa nariz, más turbada se iba sintiendo, como si una espiral de exquisitas sensaciones, jamás antes experimentadas, ciñese sus sentidos para elevarlos a un universo ignoto y delicioso, muy por encima de aquella realidad insulsa, a ras de suelo, donde hasta entonces estuvieran retenidos. Nunca Remedios habría podido imaginar la existencia de aromas tan maravillosos. Oler aquello equivalía a flotar, el espacio y el tiempo alterados para componer una nueva dimensión donde no parecía existir la fuerza de la gravedad, percibiéndose el propio cuerpo ligero como una pluma.
 
           En un momento dado, difícil de ubicar en todo caso dentro de unas precisas coordenadas temporales, pues la alteración sensorial en que a esas alturas se hallaba sometida Remedios era ya absoluta, percibió ésta cómo las manos del desconocido se posaban sobre su cuerpo y comenzaban a acariciarlo, primero de forma suave, apenas ligeros roces de los dedos sobre rostro y cuello, y luego, poco a poco, a medida que esos mismos dedos se aventuraban sobre zonas más furtivas, allá donde la piel oculta quedaba bajo el bruno atuendo, con cada vez mayor voluptuosidad. Ella, lejos de rechazar tales caricias, las aceptaba complacida, asumiéndolas como un lógico e inexcusable corolario, la obligada continuación al fascinante estímulo a que fuera sometida su capacidad olfativa, como si también la piel debiera por fuerza participar de esa misma experiencia gozosa, a través en este caso del sentido del tacto, avivado al máximo por esas manos que, más que acariciar, parecían traspasarla hasta llegar a la raíz última de sus filamentos nerviosos. Aquel carrusel de sensaciones escapaba a todo componente lógico, ajeno a una realidad que Remedios siempre entendiera como inalterable, impropio en todo caso de la acepción que para su cerrada mentalidad pudieran tener las palabras lógica y realidad; pero delicioso al fin y al cabo, portador de un placer que hasta entonces le había sido vedado.
 
           Sin dar ninguna tregua, el intruso proseguía el táctil escrutinio, cada vez con mayor audacia, pulsando la esponjosidad de unos pechos jamás antes excitados de ese modo, exiguos pechos sobre los que se afianzaron las recias manos para con los pulgares iniciar sobre los pezones un sutil ludimiento que casi al instante los endureció como rocas. Remedios se sentía morir de gusto. Más aún cuando esos mismos dedos, cambiando de destino, reptaron por encima de sus muslos para acceder a las recónditas umbrías entre ellos ocultas, inédito territorio que a resultas de la incursión quedó de repente transformado en manglar, humedecido por una glutinosa cascada de jugos. Nadie le había tocado nunca en esos sitios ni de ese modo. El placer la inundó. Para nada se acordaba ya de Silvia, sólo tenía cuerpo y mente para sus propias sensaciones, esas que estaba experimentando por primera vez en su vida.
 
           Un nuevo salto espacio temporal del que apenas si tuvo consciencia física y se halló de pronto en el dormitorio, tumbada junto al extraño sobre su propia cama, la misma que cada noche acogía su enjuto cuerpo y servía de vehículo locomotor hacia los misteriosos enclaves donde impera el sueño, ahora orientada hacia una actividad distinta, mucho más mundana, mucho más tangible y placentera, una tarea de la que tan virgen era como su habitual inquilina. Con ojos dilatados por el asombro y una hasta entonces desconocida concupiscencia, observó Remedios cómo su acompañante se iba desprendiendo de toda la ropa hasta quedar enteramente desnudo ante ella. Era la primera vez que contemplaba un falo erecto. Le pareció enorme, desmesurado, una inmensa pitón nervuda y tensa cuya roja cabeza parecía sonreír, desafiante y orgullosa, en testimonio de su mayestática estampa; pero lejos de sentir pánico ante esa imponente presencia, lo que experimentó Remedios fue un ramalazo de lujuria apoderándose de ella hasta dominar todas las células de su organismo, unidas ahora bajo un afán común, cual era gozar de aquel instrumento que amenazaba devorarla por dentro.
 
           Los ojos del desconocido se habían incendiado y daban la impresión de querer escupir fuego. Sin pronunciar palabra alguna, separó con sus manos los muslos de Remedios y le bajó las bragas hasta las rodillas, para acto seguido encaminar el enorme falo hacia la hendidura que dividía en dos el frondoso valle que a aquellos coronaba. La penetró de golpe y hasta el fondo. Remedios emitió un aullido. Sintió que la partían en dos y le despedazaban las entrañas, si bien, casi al instante esa sensación de abrasador desgarro fue sustituida por un placer inmenso que la invadió por entero. Empezó a gemir de puro goce. Aquello era el paraíso, pero no el bucólico que como recompensa última a una vida de privaciones figuraba en los catecismos que desde pequeñita inculcaran en su cerebro, sino el verdadero, el edén de los sentidos, el nirvana donde cuerpo y espíritu se asociaban en una simbiosis generadora de continuos estallidos eléctricos, sincrónicos estos con cada una de las sacudidas del mástil que en su interior no dejaba de moverse y entraba y salía de ella para reventarla de placer. Con los ojos cerrados, Remedios se dejaba conducir a ese nuevo paraíso, asomada la razón a un abismo de luces donde el vértigo se vestía de lujuria y cubría la carne con sus lúbricos madrases, la mente en blanco, trastornada por entero, todo el poder de su voluntad transmitido a unos sentidos que se habían hecho con el cetro del poder y lo ostentaban ufanos.
 
           En un instante dado, los brazos de él, poderosos como columnas, voltearon a Remedios para colocarla de rodillas sobre el lecho. Ella no oponía resistencia alguna, su única pretensión en esos momentos era la de gozar, libre de todo pensamiento, de toda atadura, ajena a todo lo que no fuese seguir muriendo de placer. Pese a todo, le sorprendió comprobar que el enorme falo, en lugar de buscar de nuevo la hendedura que su lubricada vagina ofrecía, enfocase esta vez hacia esa otra mucho más estrecha dispuesta apenas un par de centímetros por encima de aquélla, sobre cuyo rosado acceso comenzó a presionar con fuerza hasta perforarlo. Al principio dolió un poco, pero rápidamente noto que aquello también le gustaba, más incluso, multiplicadas las sensaciones por algún tipo de catalizador que irrigaba su sistema nervioso de deliciosas sacudidas, verdaderos calambres de éxtasis.
 
           Hasta que de repente, como si hubieran apretado un interruptor que transmutase sus sensoriales percepciones, notó que el placer se diluía para convertirse otra vez en dolor, aunque en esta ocasión de una índole muy distinta, un dolor mucho más profundo y brutal, tan espantoso que hizo que de su garganta brotara un desgarrado grito, el aullido de un animal lacerado. Sintió que le desgarraban las entrañas, como si se las trepanasen con una taladradora provista de una broca con afiladas cuchillas a los lados. A duras penas consiguió volver la cabeza hacia su torturador para suplicarle que parase, que detuviera aquel suplicio al que de súbito parecía haber decidido someterla y que le resultaba imposible seguir soportando por más tiempo.
 
           Fue justo en ese momento, al girarse, cuando se percató de la extraordinaria metamorfosis que se había operado en el rostro de su amante, tan asombrosa que Remedios pensó que no podía ser cierta, la razón se negaba de hecho a aceptarla como real, sin que para la misma pudiera concebir otra explicación que no fuese la que al alucinante ámbito de las pesadillas tenía por fundamento. El inmenso dolor que por dentro la abrasaba se oponía, sin embargo, a dicha hipótesis, no en vano aquel dolor era real, ¡vaya si lo era!, no el fruto de ningún desvarío onírico. Pero entonces, ¿quién o qué era aquel ser que tenía a sus espaldas? Su morfología continuaba aparentemente siendo la misma, pero los rasgos de su cara habían cambiado, al menos en lo concerniente a los ojos, que al fin y al cabo configuran en gran medida la expresión de aquélla, unos ojos cuyas pupilas aparecían ahora dilatadas y brillantes como antorchas, como si de dos encendidos soles se tratase, y ya no sólo por la fúlgida luz que emitían, sino también por el color, que se había tornado de un jalde intenso, los ojos de una alimaña. Aquellos ojos daban realmente miedo, un miedo que, mezclándose con el fortísimo dolor que seguía sintiendo, se filtró por el sistema nervioso de Remedios para sacudirla de arriba abajo.
 
           Todavía, empero, no lo había visto todo. Medio hipnotizada por aquellas torvas pupilas amarillas a cuya férula se sentía incapaz de sustraerse, el corazón no tardó en darle un nuevo vuelco cuando su poseedor, tras abrir la boca para proyectar sobre ella una malévola sonrisa, dejó al descubierto una dentadura negra cuyas piezas aparecían todas ellas afiladas como si fuesen cuchillos. Remedios sintió que el terror cobraba forma para, denso y glutinoso como el alquitrán, obturarle venas y arterias e impedir que la sangre circulase a su través, un terror frente al que opuso un estridente chillido que consumió las pocas fuerzas que le restaban, notando a continuación cómo se mareaba y el cuerpo le desfallecía. No llegó, sin embargo, a perder el conocimiento, como si de algún modo la propia malignidad irradiada por aquel ser siniestro secuestrase su mente para mantenerla dentro del plano de la consciencia e impedir que a su rescate acudiesen las falanges del deliquio; el mareo se tradujo así tan solo en una sensación de intenso vértigo que acentuaba aún más la apariencia irreal que envolvía cada escena. No podía dar crédito a lo que estaba viendo: ojos amarillos, dientes que parecían hechos de punzante obsidiana…, perversos rasgos que de ningún modo eran propios de un ser humano; decididamente, tales hechuras tenían que pertenecer a algún diablo u otra criatura de semejante naturaleza maligna.
 
           Para mayor sorpresa, el grotesco ser, sin dejar en ningún momento de sujetarla por la cintura, comenzó entonces a hablarle de Silvia, de la que le hizo saber que se trataba de una bruja, su bruja favorita, cuya alma y cuyo cuerpo eran patrimonios suyos desde hacía tiempo, dando con tales preseas satisfacción a la hipostática naturaleza que a él lo definía como ente, el alma para solaz de su diabólica esencia, el cuerpo para esparcimiento de su humana lujuria, posesiones a cambio de las cuales proveía a la moza de los recursos materiales necesarios para llevar una vida acomodada. Esta sorprendente revelación del transmutado fue seguida de un aviso mediante el que dejaba patente que no iba a tolerar que ninguna meapilas amargada como Remedios siguiese molestando a su protegida, amenazándola con en tal caso regresar para literalmente devorarle el corazón y, ya muerta, transportar consigo su alma hasta el Averno. Dicho esto, la liberó de su abrazo y extrajo el formidable falo de su culo.
 
           Aliviada por esta manumisión, Remedios dejo caer con lasitud su cuerpo sobre el lecho. Se encontraba, no obstante, en estado de shock, completamente perturbada, negándose aún a creer que el sujeto que estaba allí en su casa y que acababa de desvirgarla tanto por delante como por detrás era ni más ni menos que el príncipe de las tinieblas, el enemigo declarado de su Señor, aquel a quien desde niña asociara con la más abominable encarnación del Mal. Poco importaba que ahora, recobrada de nuevo su apariencia humana, volviese a mostrar esa imagen de atractivo vendedor con que horas antes, tras llamar a su puerta, la embelesara; de sobra había ya revelado su real naturaleza.
 
           En un gesto que tenía más de mecánico exorcismo que de verdadera liturgia de fe, la zaherida hembra se persignó repetidamente, luego de lo cual tuvo aun fuerzas para preguntar a su verdugo por qué le había mentido cuando afirmó tenerle ojeriza a quien ahora revelaba ser su protegida. Este soltó entonces una risa estentórea, tras la que negó haber hecho en ningún momento semejante proclama, siendo que por el contrario sólo había dejado caer que andaba en tratos con ella, como así era, evidentemente, y que en todo caso nunca se debía hacer caso de lo que pudiera decir o insinuar el Diablo, mentiroso y enredante por antonomasia, para terminar estallando en una nueva risa gutural que hizo que hasta la última de las células de Remedios temblase de puro pánico.
 
           Se fue luego el diablo por donde había venido, no sin antes subrayar de nuevo la exigencia de que a su bruja se la dejase en paz, bajo apercibimiento de severos castigos en caso contrario. Muda de terror, Remedios se abstuvo de ofrecer réplica alguna, limitándose a observar en silencio cómo aquél se alejaba; tan sólo advirtió que no proyectaba sombra alguna, ni sobre el suelo ni sobre las paredes, detalle del que hasta entonces no se había percatado, si bien, a esas alturas poco era ya el desconcierto que podía causarle dicha nueva anomalía. Remedios nunca más volvió a meterse con Silvia; las pocas veces que se topaba con ella en el pueblo, salía disparada en dirección contraria, presa de un pavor insuperable… No dejó además de padecer desde entonces horribles pesadillas, de las que despertaba en mitad de la noche anegada en sudor, un sudor viscoso y frío, aunque…, curiosamente, también erizada de deseo.

domingo, 12 de agosto de 2012

LUNA


Luna, luna, que descubres ante mí tu cara oculta.
Luna cómplice de mis ancestrales miedos.
Luna, luna, que me viste huir entre penumbras,
púlsame el corazón mientras duermo.

Luna, luna, tan traviesa y tan velada.
Sutil luna que se cuela entre los sueños.
Expande, oh luna, hacia mí tu escarcha
y tócame, sí, tócame mientras duermo.

Luna curiosa, luna vigía, luna de guiños de plata.
Espejo albo que reflejaste de mis venas el deseo.
Luna, luna, que de lobo supiste revestir mi alma,
acércate y bésame mientras duermo

Luna, oh luna, encubridora de gozos.
Pícara dama del amor eterno,
acerca, luna, hacia mí tu rostro
y bésame, sí, bésame... mientras yo duermo

domingo, 22 de julio de 2012

DOS METROS CUADRADOS

           Laura encontró en el ordenador el vehículo a través del cual dar rienda suelta a buena parte de sus fantasías, algo así como el puente que la conectaba con un universo donde de algún modo poder hallar algo de sentido a su solitaria vida. Poco importaba a ese respecto que dicho universo no convergiera dentro de unas coordenadas tangibles y se extendiera, por el contrario, más allá de las fronteras que albergaban la clásica realidad espacio temporal. A fin de cuentas, las sensaciones que experimentaba en su seno eran reales, tan vívidas para ella como pudieran haberlo sido las caricias de unas delicadas manos o el beso de unos labios palpitantes, y dado lo parco que de ordinario se mostrase el mundo exterior a la hora de ofrecerle tales caricias y besos, había decidido encerrarse en este otro universo donde, aunque fuera mediante sucedáneos, hallaba parte de aquello que vedado le fuera en el llamado mundo real. El ordenador y la virtualidad que contenían sus entrañas de silicio se convirtieron así para Laura en su único refugio, un refugio donde se sentía más a gusto que en cualquier otra parte; se convirtieron, por así decirlo, en su verdadera vida. Apenas si ya recordaba los motivos que la habían llevado a buscar ese cibernético amparo, continuos rechazos, desengaños lacerantes, amores frustrados..., tantas y tantas cosas, tanta y tanta soledad. El mundo había sido hostil con Laura, y Laura había finalmente decidido dar la espalda a ese mundo hostil para instalarse en otro muy diferente, en un mundo virtual donde podía transitar a golpes de click.

           El carácter ficticio de ese universo no parecía preocupar a Laura. En realidad, ni siquiera se percataba de ello, como tampoco se daba cuenta de que cada vez que era absorbida por aquellas cibernéticas quimeras, su aislamiento crecía en proporción. De esta guisa se fue agrandando más y más la distancia entre sí misma y el mundo exterior, entre lo virtual y lo real, hasta quedar convertido el puente que ambos espacios unía en una línea minúscula, una línea meramente imaginaria.

           Un par de metros cuadrados. Eso era todo el espacio que Laura necesitaba. Dos metros cuadrados capaces de dar cabida a su mesa, a su silla, a su ordenador y a su frágil cuerpo. Dos metros cuadrados. Nada más. Dos metros cuadrados que acogiesen sus dudas y vacilaciones, sus fantasías y terrores, sus fobias y su soledad. Sólo eso: dos metros cuadrados para sobre ellos erigir un orbe espurio. 

           Fue hallada muerta una mañana de verano. La cabeza descansaba sobre la mesa, apenas rozando el teclado del ordenador, en tanto que las manos colgaban inertes a ambos lados del asiento. La pantalla aparecía oscura, si bien, justo en la parte inferior parpadeaba una luz que venía a desvelar que allá dentro los circuitos seguían operativos, a tan solo un golpe de click. No se halló ninguna nota de despedida. Sólo un montón de pastillas desparramadas por el suelo.


miércoles, 13 de junio de 2012

LA ISLA


           Abandonar la isla se había convertido en mi mayor obsesión, pero resultaba una tarea imposible a todas luces, ya fuese por mar, ya por aire. El aeropuerto había dejado de estar operativo, convertido en un páramo cubierto de polvo y ceniza que el viento sacudía en forma de remolinos, y los aviones, descabalados todos ellos, yacían en los hangares como gigantescos fósiles de metal, sin vida, cubiertos sus esqueletos exánimes por esa misma capa de escoria que envolvía toda la isla. Los puertos también habían quedado arrasados, destrozadas las dársenas y hundidos la mayoría de los barcos en el fondo de un océano cuyas aguas se habían vuelto negras, hueras de vida, aguas que en el horizonte se unían a un cielo gris oscuro sobre el que ya ni siquiera se oía el chillar de las gaviotas. Todo era desolación, la luz natural apenas si podía traspasar la densa barrera cenicienta que, en suspensión, flotaba a lo largo y ancho de todo la isla,   confinándola a modo de prisión. El sol estaba oculto más allá de ese muro opaco y el viento no dejaba de soplar en todas las direcciones, con tanta fuerza que doblaba las palmeras y arrastraba la arena de la playa, hincándose ésta sobre los rostros como si fuesen proyectiles. Difícil tarea la de anclarse al suelo con semejantes vendavales. Yo avanzaba como si, en lugar de la tierra firme, pisase el aire, alzado en vilo por la fuerza de ese viento hostil que todo lo removía, con los faldones del abrigo izándose como si fuesen las velas de un buque fantasma. Avanzar, eso era lo único que hacía a lo largo de todo el día, moverme de un lado para otro medio a ciegas, moverme sin otro afán que el de no enloquecer dentro de esa ineludible cárcel en la que estaba atrapado. Pero ¿avanzar hacia donde? No había lugar donde ir, todo estaba devastado y yermo. Ni tampoco existía nadie a quien poder recurrir, los pocos supervivientes se arrastraban como yo, espectros silenciosos moviéndose sin rumbo, perdidos, sin reconocerse los unos a los otros, verdaderos zombies que se desplazaban sin objetivo ni esperanza.

           Desde que sucediera el cataclismo, el tiempo daba la impresión de haber quedado detenido, no existía ya el día ni la noche, las diferencias entre unas horas y otras apenas se basaban en matices insignificantes, a veces ni eso; todo parecía reducirse a una única imagen grotesca que se repetía de Norte a Sur y de Este a Oeste, un lienzo pintado de gris, de ese gris ríspido y cruel que desde el cielo contaminado proyectaban la ceniza y el polvo. Ese opresivo lienzo parecía tener vida propia y, a modo de sanguijuela, se introducía por debajo de la piel para succionar la sangre, infectarla y conducirse a través de arterias y venas hasta la superficie del cerebro, atravesarla y con el taciturno gris que portaba obliterar todos sus registros, en especial la memoria, que con laxo abandono se diluía en los vapores del olvido, como si de repente una profunda amnesia impidiera recordar cualquier apunte previo a la devastación. Devastación, esa era la palabra; devastación de cuerpos, mentes y almas. Yo ya ni siquiera recordaba cómo había empezado todo. Más aún, ni siquiera sabía quién era yo. Todo era caos dentro de mi cabeza, caos y oscuridad, una absoluta y desoladora tiniebla que sólo en contadas ocasiones era iluminada por efímeros destellos, fugaces parpadeos que acaecían en algún lugar del córtex cerebral, como estrellas de un firmamento remoto, para casi al instante difuminarse de nuevo en el negro abismo de la nesciencia. Una gran explosión, una luz cegadora, pérdida total de la consciencia y... se acabó, luego nada, el vacío, la niebla, la ceniza.

           En silencio, ya dejándome llevar por el empuje del viento, ya lidiando contra él, me internaba al azar por las calles desiertas, esas mismas calles que otrora debieron componer bulliciosos barrios y ciudades saturadas. Ahora no eran más que espacios vacíos sobre los que se esparcían ruinas de hormigón, una vasta extensión de formas retorcidas, destazados gigantes grises aplastados por un cielo todavía más gris, toneladas de escombros sangrantes, sangre gris sobre la que repicaba el sonido de mis zapatos, grises asimismo, cubiertos de ceniza, tan grises como mi camisa y el abrigo que me envolvían, tan grises como mis pasos, tan grises como, en suma, mi propia vida, si es que a este continuo deambular en solitario, sin rumbo ni ilusión de ninguna clase, podía llamársele vida.

           Abandoné la ciudad y enfilé por una carretera que conducía hasta el mar. Entre la niebla turbia flotaban gotas ácidas que se hincaban en la piel como alfileres. Ignoro la razón por la que de forma invariable terminaba siempre por tomar dicho camino; era algo instintivo, ajeno a mi voluntad, como si mis piernas fuesen orientadas por un extraño magnetismo que de algún modo articulase sus movimientos. El caso era que allí estaba yo otra vez, deslizándome a lo largo de aquella arteria cuarteada, henchida de grietas y hendiduras, algunas tan profundas que parecían abismos, asfalto calcinado por el que debieron rugir antaño fieros motores, pero que ahora se mostraba tan desértico y vacío como todo lo demás. Ningún vehículo circulaba ya por la isla, la explosión los había debido inutilizar a todos, aparte de que tampoco las carreteras, ni esa ni ninguna otra, estaban en condiciones para un tránsito de tal género. Por lo que a mí concernía, ni siquiera recordaba cómo se manejaba un volante. La amnesia era total. No recordaba nada de cómo había sido mi vida antes de la explosión, nada en absoluto. ¿Realmente había tenido una vida antes? Tampoco los demás supervivientes parecían recordar nada, como así se deducía de sus caras inexpresivas, de la rigidez de sus facciones, de sus miradas vacuas, de la falta de color de su rostro. Nadie, por lo demás, hablaba. ¿De qué se iba a hablar si nadie sabía nada? Sólo se oía el constante soplar del viento en forma de largos y tristes gemidos, como aullidos de lobo, y los rugidos del enfurecido mar negro. Los seres humanos ya no éramos sino espectros que caminaban y caminaban por puro automatismo, sin rumbo.   

            Justo al doblar una curva encontré a una mujer y dos niñas agachadas frente a lo que parecía ser una pequeña cruz de madera. Me llamó la atención el hecho de que, en medio de la niebla que lo percudía todo, irradiase alrededor de ellas una especie de luz coruscante, como un aura que las envolviera e hiciese resplandecer. Se trataba de un fenómeno ciertamente anómalo. Sus caras me resultaban familiares, pero por más que me esforzase en recordar, no lograba identificarlas, los pensamientos se esfumaban apenas materializados y los recuerdos volaban con ellos. Me acerqué para observarlas más de cerca. Sí, yo conocía esos rostros, aunque no sabía de qué. Me hubiese gustado hablarles, indagar por medio de la palabra acerca de su identidad, pero no quería asustarlas ni perturbar con mi presencia aquello que estuvieran haciendo, fuese lo que fuese. De todas formas, aunque lo hubiese intentado, seguramente no habría podido hacerlo, ya que mi capacidad de comunicación había quedado asimismo mermada a raíz de la explosión y el subsiguiente cataclismo. Tampoco, por lo demás, daban ellas muestra alguna de reconocerme a mí; de hecho, ni siquiera parecían haberse percatado de mi aparición. Sus rostros se mostraban ausentes, como en otro mundo, y reflejaban una profunda tristeza; incluso creí discernir el empuje de unas lágrimas que pugnaban por brotar de los ojos de la mujer, ojos vidriosos en cualquier caso, apenados, sin chispa. Comprobé también cómo entre las tres disponían un circular ramo de flores en torno a la cruz de madera. Ese gesto me llamó la atención, por lo que, venciendo mi recato, me aproximé un par de pasos más. Aun de manera borrosa, pude percibir que en el centro de la cruz, donde formaban intersección las dos traviesas, había algo escrito, si bien, pese a la luz que envolvía la estampa, yo era incapaz de leer lo que allí ponía. Un nombre y unas fechas, eso era lo único que acertaba a columbrar, pero tan borrosos a mi vista que no podía distinguir las grafías. Un nombre. Unas fechas. Una cruz. Flores. ¿Qué significaba todo aquello? ¿Por qué precisamente en ese lugar, en esa curva de aquella carretera erosionada? Además, ¿por qué me resultaban tan familiares los rostros de aquellas tres mujeres, en principio unas desconocidas? Y, lo más extraño de todo, ¿por qué sentía en mi pecho un incontenible brote de afecto hacia ellas? Durante un brevísimo lapso de tiempo la mujer levantó su mirada y se encontró con la mía. Noté cómo mi espina dorsal era recorrida de arriba abajo por un fuerte estremecimiento. Sin embargo, ella ni siquiera me miró, como si yo fuese transparente o, más aún, como si no existiera. En sus ojos, ahora sí que lo pude constatar a ciencia cierta, había lágrimas, muchas lágrimas.

           Me alejé por la carretera en dirección al mar. Las ráfagas de viento, secas y heladas, arrastraban densos remolinos de polvo. Yo quería abandonar la maldita isla, escapar de aquel gris opresivo que se introducía en la sangre y lo infectaba todo; pero sabía que era imposible.