viernes, 16 de diciembre de 2011

MIENTRAS DUERME

           Ella duerme siempre cerca de la ventana, de manera que cuando germina el nuevo día, la temprana luz de la aurora tiende a filtrarse por la oquedad que forma su brazo curvado por encima del pecho, dando lugar a una estampa empírea, como si quien allí reposara fuese un ángel al que el sol rindiese pleitesía orlándolo con su luz. Confieso que nunca su cuerpo me resulta tan bello como en esos momentos, dibujado por el alba y enmarcado en oro. Se la ve tan liviana, tan sinuosa y volátil, que no pareciera sino que se va a evaporar de un instante a otro y desaparecer para siempre, como un silfo engullido por el propio aire que constituye su hábitat.

           ¡Desaparecer! Confieso que esa posibilidad, aunque sea de este poético modo planteada, me produce auténtico pavor. Pero lo cierto es que cuando la inquietud y la inseguridad se ponen al timón de mi alma, lo que sucede con no poca frecuencia, no puedo evitar preguntarme por cuánto tiempo más su pecho descansará junto al mío durante la noche. Quizá mañana sean otros ojos los que contemplen su cuerpo desnudo bañado por los primeros rayos del alba. Quizá sean otras las manos que rocen su piel para afinar sobre ella las cuerdas del deseo. Quizá un olfato distinto al mío sea el que se embriague con su exquisito aroma. Quizá, en fin, sea otro el lecho que acoja su desnudez hechicera.…

           Mejor no pensarlo, no vaya a ser que el pensamiento actúe de catalizador. Me pregunto de todas formas si también a ella le asaltarán similares inquietudes, si despertará cualquier mañana y, mientras me contempla atrapado en las redes del sueño, le dé por examinar con suspicacia el amanecer y preguntarse si algún día yo cubriré con otras sábanas mi piel estremecida, si su luz se apagará para mí mientras la mía es robada para iluminar otro tálamo y otro corazón. ¿Se lo habrá llegado a plantear alguna vez? Supongo que no. Ella es una bruja y las brujas viven y gozan del presente, rara vez especulan con el futuro.

           Mi niña, criatura pródiga en placeres, ser cimbreante y etéreo, sirena escurridiza que esparce sus ondulantes curvas sobre las aguas de mi deseo, ¿quién de los dos dejará antes de iluminar al otro?... Nadie puede en realidad saberlo. ¡Resulta tan precario el equilibrio sobre el alambre de la vida y, más aún, tan caprichoso el destino cuando marca el sendero que guía al amor y a los amantes!

           Mi niña, tan distante y tan próxima a un mismo tiempo. Quisiera ser también yo brujo y limitarme a saborear las mieles del presente, sin preguntas, sin miedos, sin vacilaciones; pero de momento sólo soy un aprendiz y aún no he penetrado del todo en los misterios que permiten volar a lomos de una escoba sin sentir vértigo.

           ¡Ah, pero cuánto me gusta observarla mientras duerme!

sábado, 3 de diciembre de 2011

ÚLTIMOS BESOS JUNTO AL LAGO









Azul te sentía
Azul como aquel lago frente al que mis labios
tus labios buscaron
por última vez.


Pájaros volando sobre oscuros espejismos.

Verde tu mirada
Verde como aquella hierba que de alfombra hiciera
a nuestros cuerpos abrazados.
Caricias y besos, promesas de amor.


Espejismos tras los que acechaba el voraz desierto.

Verde hierba, azul cielo,
lo único real, sospecho,
de aquella postrera cita,
cuando nos besamos junto al lago azul.


Desierto sobre el que vomitan las quimeras.

Último escenario de nuestro romance,
falsos besos, fingidas caricias,
amor espurio,
labios retorcidos en una gran mentira.


Quimeras que de cimiento sirvieron a un verano.

Fin de fiesta sin ningún artificio,
sólo el disimulo de una apariencia
incolora,
ni verde... ni tampoco azul.

Verano cuyo ardor se sofocó una tarde junto al lago.