miércoles 16 de noviembre de 2011

LORENA



Lorena es luz. También es dulzura, sensualidad, simpatía, magia, encanto... ¡Lorena es tantas cosas! Pero para mí es sobre todo luz, la luz con la que desearía fuesen mis pasos en todo momento conducidos, la luz con la que envolverme y fijar al propio tiempo mi horizonte, las coordenadas de un viaje infinito, en espiral, letárgico, como si de un principio y fin convergentes se tratase, el principio y fin de mis anhelos, el foco y a la vez refugio de todos mis sueños. Eso es ella para mí.

Sí, Lorena es luz, qué duda cabe, brisa de luz, luz glauca y transparente, luz que reflejan sus ojos hechiceros, límpidos como luna de estío, profundos como lagos del jurásico. Recónditos lagos son en efecto sus ojos, verdes aguas que te atrapan con el hipnótico reclamo que del misterio y la belleza hace invencible consorcio; aguas en las que, pese a todo, merece la pena sumergirse, su líquida profundidad constituye no en vano el acceso a un orbe de misterio, enclave de fluorescentes remolinos que te conducen a ese núcleo rutilante de donde, seductora como una ninfa, emerge su mirada verde.

Los más bellos sueños se dibujan en la mente al bucear en esos ojos de gata, tan dulces y a la vez tan perspicaces, ojos de azúcar, ojos de zahorí, ojos de luz, los ojos de Lorena. Como bellas, ¡bellas y únicas!, son también las sensaciones que al tacto genera el itinerario marcado por su piel alba, levemente rosada, piel que es asimismo luz, luz cálida y suave, terciopelo en forma de piel, piel que envuelve la más deliciosa anatomía y que en algunos puntos salpicada resulta por diminutas pecas, estrellitas retozando en un firmamento claro, piel que te invita a abrazarla y susurrar sobre sus oídos un conmovedor te quiero que preludio sea de la pasión más vehemente.

Me encanta la piel de Lorena. Me fascina recorrerla con mis manos, desde la frente a los pies, por entero, sin dejar un sólo intersticio de su adorada geografía sin explorar, como si fuesen mis dedos pinceles y toda ella un lienzo presto a ser llenado de color y formas. Y también y sobre todo de calor. Pocos placeres pueden compararse de hecho al de encender esa piel rosada y a través de ella franquear la puerta que conduce al abismo de la carne, carne que palpita y se estremece ante las caricias de unas manos, las mías, que de ese modo afinan las cuerdas que modelan el violín donde suena el deseo, para finalmente ejecutar juntos la más apasionada melodía, la de los cuerpos que se abrazan hasta conformar uno solo. No hay palabras para describir ese momento, de hecho es música, música que trasciende a lo terreno, música de dioses; nunca me he sentido más radiante que sumergido en esa música, dentro del volcán de sus entrañas, ardiendo en el fuego que bulle dentro de su vientre.

Lorena es luz, toda ella es luz, una luz que, de subrayar un preciso elemento, diría que adquiere su máximo esplendor cuando sonríe. Lorena sonríe y el cielo queda al instante iluminado. Es la suya una sonrisa peculiar, una sonrisa traviesa, sonrisa de niña mala, de esas que tienden a combinar timidez y picardía en su revoloteo, ingredientes cuyo mayor o menor despunte varía en función del hecho motivador concreto en cada caso, pero que siempre están presentes en su sonrisa. Un relámpago de bienestar acompaña a esa sonrisa suya, sonrisa que vuela, como si de repente a sus labios les hubiesen brotado alas y quisieran elevarla por encima de la gravedad. Contemplar ese vuelo de su boca, esa sonrisa de luz, constituye desde luego una experiencia gozosa.

Lorena es luz. Diría más, diría que es la luz que delimita el puerto hacia el que querría siempre dirigirme y del que jamás debí salir; a fin de cuentas, cada vez que arribé a dicho puerto encontré la piedra filosofal que buscan los alquimistas desde la noche de los tiempos, aquella que convierte el tedio en alegría, la tristeza en júbilo, el hastío en placer. Luz de Lorena. Luz de vida. Luz transmutada en calor al juntarse nuestras pieles e incrementar su temperatura hasta generar candentes llamas, violento fuego surgido de la invasión de su carne por la mía para fundirme en sus entrañas.

No sé por qué me alejé de esa luz que tanto brillo y calor me proporcionaba. Lo pienso y no acierto a hallar una racional explicación que lo justifique. Mas ¿puede acaso lo racional explicar aquello cuyo fundamento se halla integrado en el feudo de las emociones? Confieso que la he amado y la he odiado con toda mi alma, que he contado los días, las horas, los minutos previos a cada encuentro, así como que también ha habido veces en que la he querido ausente de mi vida, lo más lejos posible de mí, por más que no pasara demasiado tiempo hasta que otra vez me sintiese morir por el deseo de tenerla entre mis brazos. Eso es un hecho incuestionable. Como lo es también que me apetece más tenerla conmigo que apartada de mí, que prefiero una caricia de sus manos a un reproche de sus labios, perderme en sus ojos fijos antes que extraviarme en la soledad del orgullo, ahogarme en un beso de su boca antes que asfixiarme en el vacío de su ausencia.

Mi imaginación sigue llevándome en volandas a ese pasado que, aun por breves intervalos, viví junto a ella, exquisitos momentos que me sirven como refugio en mis crisis de melancolía, y así, revivo con delectación sus besos, sus caricias, su olor a azahar, su sabor salado, nuestros instantes de ternura, de placer, de infinita dicha; momentos de sonrisas compartidas, de pieles erizadas, de carne convertida en pura brasa, de total entrega, de completo abandono. ¡Añoro tanto volver a sentirla mía, exclusivamente mía! ¡Sentir su piel caliente apretada contra mi piel, la tersura de sus senos al ser acariciados por mis manos, la humedad de su sexo al recorrerlo con mi lengua! Quisiera sentir de nuevo ese aliento suyo cubriendo mi rostro, y recrearme en su risa de niña ingenua, y oírla suspirar y gemir entre palpitaciones y temblores de placer. Quisiera, en fin, tenerla a mi lado y regalarle otra vez mis caricias, mis palabras, mis besos, para al hacerlo alimentarme de su esencia como un vampiro lo hace de la sangre tibia. Uno no logra alcanzar demasiadas certezas a lo largo de su vida, pero si una de ellas tengo clara es que durante los contados momentos que pasé al lado de Lorena me sentí el hombre más feliz y más poderoso del mundo.

Soy consciente de que quizá a veces no tuve con ella toda la paciencia necesaria, que no siempre supe comprender como debía el complejo universo conformado por sus miedos, por sus incertidumbres, por sus dudas y recelos, y que me costaba asimilar ese deseo suyo de armonía y paz que por momentos se superponía al mío, más primitivo, de lava y fuego; pero sé que ella conoce mis defectos y los acepta tal cuales son, que conoce de mi soberbia, de mi impaciencia, de esa imperiosa necesidad de vida que a menudo se hace tan buida que me hiere el alma con su oxidado filo. Sí, ella lo sabe. Ella lo sabe todo. A fin de cuentas, Lorena es una bruja.... Era mi bruja.

10 comentarios:

Viernes dijo...

Precioso relato. Como todos los que firmas.
Dan ganas de llamarse Lorena :)

Cavaradossi dijo...

Me alegra que te gustase, Viernes. Por cierto, también dan ganas de llamarse Viernes, sobre todo los lunes. :-)

El Hada de los Cuentos dijo...

Muy bonita esta entrada, está llena d encanto. Un abrazo

Cavaradossi dijo...

Gracias Hada. Me alegra que te haya gustado

Anónimo dijo...

Me encantaria ser esa Lorena y que me quisiese así un hombre como tu, tan guapo,romantico y con tanto talento. Un relato delicioso, como todos los tuyos, como tu mismo. Un beso :)

Cavaradossi dijo...

Gracias Anónimo (quien quiera que seas) por tus palabras. ¡Me vas a ruborizar! Otro beso para ti

María (Muriel) dijo...

Cuántas historias se quedan así, sin finiquitar, como terminadas a medias, y a veces, por mucho que recordamos, no hallamos una causa que nos ayude a entender por qué.

Preciosa oda a la gratitud del amor compartido, gratitud que, curiosamente, se nombra poco en la literatura.
¡¡te felicito!!

Cavaradossi dijo...

Muchas gracias, María. Me alegra que te gustara

CAROL LEDOUX dijo...

http://www.youtube.com/watch?v=pX74U0XaMjY&feature=related


:)

Cavaradossi dijo...

Jajaja. Una canción muy apropiada, Carol. La verdad es que no la había escuchado antes.
un besazo