martes, 8 de noviembre de 2011

ANIVERSARIO

           Sonó el despertador y, como de costumbre, Ángela hubo de realizar un esfuerzo titánico para levantarse de la cama. Tenía tanto sueño que apenas si podía entreabrir los ojos, como si un potente adhesivo los mantuviera pegados. Hacía tiempo que no dormía bien, hasta el punto de poder en cierto modo considerarse una insomne crónica: por las noches le costaba horrores conciliar el sueño y, claro, cada mañana amanecía con éste incrustado en el alma. Fue dando tumbos hasta el cuarto de baño y casi a tientas abrió el grifo de la ducha, sólo tras la cual consiguió que definitivamente se derritiera el plomo que tiraba de sus párpados hacia abajo. Era miércoles. Mitad ya de semana. No sin cierta sensación de desidia, pensó que le aguardaba la acostumbrada rutina de todos los días laborables, una nueva jornada anodina y gris donde las horas transcurrirían con pesada lentitud en el marco de un trabajo asimismo huero de alentadores matices.

           La repetida secuencia de cada mañana la alteró en esta ocasión el sonido del teléfono, cuyo cacofónico timbre vino a interrumpirla cuando se disponía a elegir la ropa que luciría esa mañana en la oficina. “Vaya, quién será tan temprano”, se preguntó sorprendida.

           Era Luis. Teniendo en cuenta que no había vuelto a tener noticias suyas desde hacía meses, no era de extrañar que una oleada de estupor bañase el rostro de Ángela tras oír su voz surgiendo del auricular. Tampoco, por otra parte, le interesaba lo más mínimo cuál pudiera ser su suerte. Bastante había ya sufrido por su causa.

           —¿Qué quieres? —le preguntó con tono desabrido
           —Hola Ángela, ¿qué tal estás?
           —Muy bien. Y con mucha prisa, por cierto.
           —¿No sabes qué día es hoy? —preguntó Luis, con un añadido de melosidad en el timbre de su voz.
           —Pues miércoles —contestó Ángela con creciente enojo—…, y, como ya te he dicho, se me hace tarde y tengo muchísima prisa. Así que si querías decirme algo, dímelo ya, que no tengo tiempo que perder.
           —Chica, no tienes por qué ponerte tan borde… Sólo llamaba para decirte que hoy es nuestro aniversario de boda.

           Durante un instante el rostro de Ángela apareció demudado por una mueca corrosiva que ingratos recuerdos provocaron al despegar de súbito dentro del aeropuerto donde permanecían confinados. Era cierto. ¡Su aniversario de boda! En los últimos meses había procurado borrar de su cerebro esa fecha del calendario, pero ahí estaba, dolorosa y nefasta como una espina clavada en la carne viva. Se preguntó por qué él le habría llamado para recordársela.

           —Tú y yo no estamos ya casados, así que no es el aniversario de nada. Y me puedo poner todo lo borde que me salga de las narices.
           —Qué lástima lo del año pasado —sonó de nuevo la voz masculina tras un breve intervalo de silencio—. Sé que la cagué, pero…
           —Pero ¿qué? Sí, la cagaste bien cagada.
           —¡Con la ilusión con la que tú habías organizado aquella fiesta! ¡Qué imbécil fui!

           Como lluvia de relámpagos, por la mente de Ángela cruzaron los episodios que justo hacía un año vinieron a concatenarse para de una forma brutal terminar marcando su existencia.

           —¿Por qué llamas para recordarme eso? Una de dos, o eres un capullo o un cabrón… Bueno, eres las dos cosas.La verdad es que sólo quería decirte que te sigo echando de menos... Si te soy sincero, no ha habido un solo día durante todo este año que llevamos separados en que no haya pensado en ti. Ángela sintió una repentina punzada en el pecho, como un resabio de lo que en su momento fuese un sentimiento profundo; pero rápidamente se repuso para que de nuevo el desprecio ocupara el lugar preponderante en lo que a las emociones respecto a su telefónico interlocutor concernía. No creía desde luego en sus palabras, falsas como los espejismos y venenosas como crótalos.


           De un salto, su cerebro se trasladó trescientos sesenta y cinco días atrás, a la mañana en que con su amiga Esther ultimaba los preparativos de la fiesta de aniversario que tenía pensado dar esa misma noche y a la que serían invitados los amigos más íntimos de la pareja. Diez años de matrimonio merecían una celebración especial. Recordó las palabras de Esther advirtiéndole, no sin cierta sorna, que aún debía dar su beneplácito el otro protagonista de tales fastos.

           —…Porque todavía no te ha confirmado si vendrá, ¿verdad monina?
           —¡Pero cómo no va a venir!... Es posible que llegue un poco tarde, pero claro que vendrá. Ya sabes que estos días anda muy liado con su trabajo.
           —Sí, claro —asintió con un deje de ironía Esther en aquella ocasión—. Ya me sé yo de sus líos.
           —Anda, no seas tan mal pensada… Vale, que él es un poco dejado para estas cosas, pero estoy segura de que esta fiesta le hace tanta ilusión como a mí. ¡Es nuestro décimo aniversario!
           —Pues sí, lo es, y yo sigo preguntándome cómo has podido aguantar diez años al lado de un crápula como Luis.
           —Que no es tan malo, mujer. Además, le quiero mucho.
           —Y de eso se aprovecha precisamente él.
           —Para ti es que todos los hombres son malos… Por eso no estás con nadie.
           —Y no sabes cuánto me alegro de ello: mejor sola que mal acompañada.. ¿Por qué no le llamas a ver qué te dice?
            Y Ángela lo llamó, topándose al otro lado de la línea con una voz que no tardó en dejar patente su fastidio:
           —Mira que estás pesadita con la dichosa fiesta. Me pasaré por casa lo antes que pueda, pero no te prometo nada.
            —No hace falta que te pongas tan antipático, chico. Pensé que esto te hacía ilusión.
           —Y claro que me hace, Ángela, pero es que llevas toda la semana dándome la vara con el mismo tema.
           —Bueno, yo sólo quería saber a qué hora te presentarás. No me gustaría que llegasen todos los invitados antes que el anfitrión.
           —Acabo de decirte que llegaré lo antes posible, cuando termine de hacer todo lo que tengo que hacer. No me atosigues más…. Te recuerdo que ya te hablé de lo ocupado que andaría estos días, pero tú te empeñaste pese a todo en dar esta fiesta, así que no me vengas ahora con imperativos. Llegaré cuando pueda. Además, sigo pensando que un aniversario es algo íntimo que sólo incumbe a los dos interesados, esto es, a ti y a mí. No entiendo qué pintan todos los demás en esta historia. Lo suyo hubiera sido que esta noche nos encontrásemos tú y yo a solas, como Dios manda, y hecho la fiesta por nuestra cuenta. Ya me entiendes… Pero en fin… Oye, cielo, que te tengo que dejar, que me están esperando para una reunión importante.

           Y Luis colgó, sin permitir opción alguna de réplica a su interlocutora, que se quedó con la palabra en la boca.

           —¿Y bien? —la voz de Esther sonó con bastante retintín.
           —¿Y bien? —la imitó Ángela en un tono burlón que escondía pese a todo una buena dosis de amargura— Pues eso, que vendrá cuando pueda.

           Pero Luis no se presentó. Llegaron los invitados y todos juntos festejaron un aniversario de boda en el que, paradójicamente, faltó uno de los dos consortes, a quien fue además imposible localizar, toda vez que durante toda la noche mantuvo el móvil desconectado. Ángela le disculpó cuanto pudo, llegando incluso a mentir sobre un imprevisto de última hora que le había surgido y al cual no había sido capaz de sustraerse. Disimuló de este modo la frustración y la rabia que sentía, en un intento por no amargar la fiesta a sus amigos, quienes a fin de cuenta ninguna culpa tenían y habían sido por ella invitados; pero cuando estos finalmente se retiraron, no pudo seguir conteniendo su reconcomio y rompió a llorar. Sólo quedaba allí Esther para consolarla.

           —Nada de lágrimas, ese cabrón de tu marido no las merece… Venga, anímate, que vamos a salir tú y yo ahora a tomar algo por ahí.
           —Déjalo Esther, no tengo ganas de nada. Me meteré en la cama y punto.
           —Ni lo sueñes. No te voy a dejar sola en estos momentos. Lo dicho, nos vamos de juerga, que la noche es todavía joven, joven como nosotras.
           —Pero si sólo tengo ganas de morirme. Además, ¿dónde vamos a ir a estas horas, si son ya más de las dos de la madrugada?
           —¿Y qué? Ahora es cuando empieza el verdadero ambiente. Nos metemos en un after de ésos y nos emborrachamos como dos locas.

           Casi arrastras, Esther la sacó de casa. Luego de deambular un rato por las calles del centro, confortadas por el aire fresco que presidía la noche, entraron en el primer garito que encontraron abierto. Era un local grande cuyo interior lucía una curiosa decoración con motivos marineros, incluido un inmenso timón de madera que ocupaba una de las paredes. Pese a su amplitud, a esas horas se hallaba poco concurrido, algunos grupos dispersos aquí y allá que debatían entre risas y dos o tres parejas que daban rienda suelta a sus fogosos instintos sobre sillones de felpa. La atmósfera era cálida y sonaba una música tranquila, poco estridente, lo que permitía hablar sin elevar demasiado el tono de voz.

           Esther pidió un gin tonic. A Ángela no le apetecía beber nada, pero pidió una cerveza para acompañar a su amiga. Se disponía precisamente a dar el primer trago de su consumición cuando el mundo se detuvo en seco para ella. Al principio miraba sin comprender, incapaz su intelecto de asimilar y aceptar la información que tan ferozmente le era suministrada. Los ojos se le abrieron tanto que daba la impresión de que presionaban desde dentro para, transmutados en proyectiles, proyectarse más allá de sus órbitas. Luego comenzó de nuevo el mundo a moverse, aunque en lo que a ella respectaba sólo para aplastarla con todo el peso de una realidad devastadora. Allí estaba Luis, acomodado sobre un diván junto a una morena de generoso escote sobre cuyo culo frotaba una de sus manos mientras con la boca la devoraba en un beso de vértigo. El vaso que sostenía Ángela se precipitó desde su temblorosa mano para hacerse añicos contra el suelo. Fue entonces cuando todos los ojos se volvieron hacia ella, incluidos los del adúltero, cuyo rostro livideció por la sorpresa.

           A partir de ese momento todo resultó ya muy confuso y los recuerdos de Ángela se pierden entre una espesa bruma de la que, más que imágenes, sobresalen insultos, gritos e imprecaciones. Lo cierto fue que al día siguiente Luis se marchó de casa y que un mes más tarde firmaban ambos la demanda de divorcio de mutuo acuerdo. Desde entonces ninguna noticia…, ninguna hasta justo ahora en que de improviso él la telefoneaba para recordarle el aniversario de algo que precisamente un año atrás había muerto.


           —¿Sigues ahí, Ángela? —la voz de Luis al otro lado de la línea la trajo de vuelta al presente.
           —Sí, aquí sigo.
           —Ya sé que te hice mucho daño, pero… Bueno, quiero decir que ya ha pasado un año entero y que el tiempo suele curar algunas heridas…. No sé, ¿habría alguna posibilidad de vernos?

           Un silencio embarazoso siguió a esta declaración de intenciones, apenas unos segundos durante los que el dolor viajó a lomos de una invisible saeta para de parte a parte atravesar el pecho de Ángela.

           —Mi herida sigue muy abierta, por lo que me temo que no sería buena idea que nos viésemos. No por ahora.
           —Entiendo… En fin, tenía que intentarlo. Como dije, te echo de menos, Ángela.

           Un nuevo silencio, acerbo y punzante como el anterior.

           —Yo a ti en cambio no, Luis.

           Y con un enérgico impulso colgó Ángela el teléfono, para acto seguido romper desconsoladamente a llorar.

4 comentarios:

María (Muriel) dijo...

Qué reacios somos a veces a conceder el perdón, solamente por dar por ganadas guerras de orgullo y dignidad de cara al enemigo que en el fondo amamos, donde la victoria se obtendría precisamente con una rendición al sentimiento. Es el corazón, al final, quien pierde.
Buenas noches, Cavara, me espera un entretenido rato de lectura antes de ir a dormir.

Cavaradossi dijo...

Interesante comentario el tuyo, María, un comentario que, lejos de apuntar hacia la culpabilidad del infiel, que acostumbra a ser lo primero que viene a la mayoría en mente, se centra en el perdón como medio de superación de este tipo de cuestiones. Pero sí, el orgullo es en tales casos un enemigo difícil de domeñar.
Un beso

CAROL LEDOUX dijo...

Más que orgullo, yo creo que a veces en simple dolor el que se siente, el saber que tras descubrir algo que en tu interior sientes como una traición, ya no puedes volver a estar como antes, como si no hubiera pasado nada. Perdonar en asuntos de amor no es nada fácil, y a veces uno prefiere arrastrar fantasmas antes de volver a pasar por lo mismo, por sentir esa flecha de dolor como fuego que se te clava en el corazón.

A veces uno no tiene la culpa de caer en tentaciones y otras veces uno no tiene la culpa de sentir que no puede perdonar.

Un beso.

Cavaradossi dijo...

Hola Carol. Un gustazo volver a leerte por aquí.
Respecto a tu comentario, entiendo que los sentimientos son algo tan subjetivo que cada uno los ha de vivir a su manera, de tal modo que habrá quien ante una misma situación pueda perdonar y habrá quien, por el contrario, no pueda hacerlo.
Un besazo