jueves, 22 de septiembre de 2011

Y TRISTEZA

Voces empolvadas que nada tienen que decir,
promesas que mueren al alba luego de noches embaidoras,
traslúcidos ojos infectados de oscuridad,
mentiras que florecen en sábanas blancas,
plumas desvalidas, hueras de cualquier inspiración,
paredes desnudas,
almas abatidas,
buzones vacíos, ambiciones rotas,
paraísos devastados por implacables huracanes,
desolación,
cristales que devuelven apócrifos reflejos,
humo que se desvanece entre sueños prohibidos,
sombras en la noche,
frío,
mucho frío,
y tristeza.

jueves, 8 de septiembre de 2011

RECUERDOS DE UN VERANO

           Se decía que aquel verano iban por fin a arreglar el asfalto de la carretera, deformado que estaba por todo género de baches y grietas. El ayuntamiento así lo tenía al menos previsto en la correspondiente partida presupuestaria, aprobada al amparo de una subvención que meses antes les había sido concedida por Fomento. Sin embargo, el recibo de esta última se demoró a la postre, lo que obligó a su vez a postergar las obras, ya que sin aquélla no había forma material de ajustar el presupuesto local. A nosotros, la verdad sea dicha, aquel asunto ni nos iba ni nos venía, monopolizada que estaba la totalidad de nuestro pensamiento por la idea de divertirnos al máximo, luego de haber concluido un nuevo año escolar. Éramos unos adolescentes y, como tales, lo que queríamos era comernos la vida a bocados, sin más responsabilidades ni compromisos que los que marcaban nuestras hormonas alborotadas. Nos encantaba juntarnos toda la pandilla y salir a herborizar por los campos, atiborrarnos de almendras o de moras, bañarnos en el río, hacer largas rutas en bicicleta…, y sobre todo acudir a las fiestas de los diferentes pueblos de la comarca, que una tras otra iban sucediéndose a lo largo de todo el verano, para participar en las yincanas, las merendolas, los correcalles y demás actividades lúdicas propias de tales eventos. En fin, lo propio de unos muchachos cuya adolescencia empezaba a alborear.

           Javi era el mayor de la pandilla. Ya había cumplido dieciséis años y era grande y fuerte como un roble. Los demás no le llegábamos la mayoría a la altura de la barbilla, lo cual, no obstante, era lógico, teniendo en cuenta que los había incluso que, como yo mismo, aún no habíamos en realidad abandonado la puericia. Yo de hecho era uno de los más pequeños, con tan solo trece primaveras a mis espaldas y un físico, para qué negarlo, más bien enteco. Lo cierto era que la mayor edad y corpulencia física de Javier lo dotaba de una especial aureola que hacía que todos los demás aceptáramos de un modo tácito su condición de líder, por más que entre nosotros no existiese en realidad ningún tipo de jerarquía. El suyo era por así decirlo un liderazgo natural que, de idéntica forma franca, los demás asumíamos, pero sin compromisos ni obligaciones de ningún género, más allá de los derivados de la amistad que a todos nos ligaba. Él era además muy noblote y de natural bondadoso, de modo que aquella primacía de que gozaba no le ensoberbecía para nada, sino que, por el contrario, siempre se mostraba cercano y cordial con todo el mundo. Venía a ser en ese sentido una especie de hermano mayor al que admirábamos y por el que nos gustaba dejarnos guiar.

           Aunque predominaba el género masculino entre nuestras filas, también había varias chicas integrándolas, algunas de manera permanente y otras cuya presencia en la cuadrilla tenía un carácter más circunstancial. Los coqueteos entre unos y otros eran usuales, no en vano los embates de la química ya hacía tiempo que comenzaran a bombardearnos, a algunos más que a otros, por supuesto, si bien no habían aún aquéllos hecho aflorar de su crisálida a los gusanillos del amor, de manera que en el fondo todos éramos más bien camaradas, sin que las diferencias de sexo tuvieran demasiada importancia... Ese verano, sin embargo, habría un importante punto de inflexión en lo concerniente a ese tema, siendo, cómo no, Javi el encargado de atravesarlo en primer lugar.

           Todo comenzó en una de esas fiestas a las que solíamos acudir, las patronales en este caso de un pueblo cercano, distante unos seis o siete kilómetros del nuestro. Allí Javi reparó en Anabel, una muchacha que contaba un par de años menos que él y que lucía una larga cabellera cobriza y verdes ojos de gata. Puestos a ser precisos, hay que decir que la conocía desde mucho antes; todos en realidad la conocíamos, a fin de cuentas los nuestros eran pueblos muy próximos cuyos habitantes mantenían entre sí un contacto frecuente. Pero ese verano Anabel estaba cambiada, tanto que en cierto modo era como si fuese otra persona, una Anabel distinta a la chiquilla traviesa y churretosa con la que jugáramos en pasadas ocasiones. Supongo que más allá de los cambios físicos, existían otros más sutiles que tenían también de alguna forma reflejo material en su novedosa apariencia, si bien, he de confesar que en lo que yo más me percaté fue en que le habían crecido las tetas y ensanchado las caderas, y que estaba realmente buena… El caso es que Anabel y Javi se miraron, se saludaron y no se separaron ya en toda la tarde. Subieron juntos a los coches de choque, compartieron risas y algodón de azúcar, bailes y miradas, confidencias y guiños de complicidad, y cuando, ya entrada la noche, tocó despedirse, lo hicieron mediante un beso en el que no fue la mejilla lo que buscaron sus labios, sino los propios labios encendidos del otro.

           A partir de aquella tarde, Javi y Anabel se hicieron inseparables. Pese a ser de otro pueblo, Javi la incorporó a nuestra pandilla, por lo que la pelirroja pasó desde entonces a compartir nuestros juegos y salidas como una más, si bien, la verdad sea dicha, ellos dos tendían a aislarse del resto y crear una especie de burbuja invisible en la que no había cabida para ningún otro. Estaban con nosotros pero al propio tiempo no lo estaban, como si fuese otra la dimensión en que se movían, absorbidos por su propio universo de sonrisas, mimos y arrumacos, desde cuyo núcleo incorpóreo no perdían tampoco oportunidad de alejarse para también en el plano tangible hallar un espacio propio donde cobijar su estrenado deseo de intimidad. Se habían enamorado, eso era evidente, uno de esos amores tan típicos de la adolescencia para los que el verano acostumbra a ser estación propicia. Los demás los observábamos con una mezcla de curiosidad y risa, divertidos en cierto modo con lo novedoso de aquella íntima cercanía, y no dejábamos de hacer bromas y chirigotas a costa de su proceder acaramelado. Ignorantes de los dulces arcanos del amor, todo aquello se ofrecía a nuestros ojos con un tinte cómico que ciertamente tenía su gracia. Aunque, por otro lado, aquel romance nos suscitaba asimismo interés y cierta afinidad morbosa, conscientes de que estábamos asistiendo a la puesta en escena de una obra donde tarde o temprano todos habríamos de ser protagonistas. Digamos que de algún modo hacíamos también nuestra esa primera experiencia en las alborotadas regiones de Cupido.

           Los veíamos pasear cogidos de la mano, acariciarse mutuamente el cabello o los brazos, besarse con dulzura, ir en definitiva descubriendo mediante sutiles gestos y muestras de cariño las mieles del amor correspondido. A mí me sorprendía en especial cómo se miraban, sobre todo cómo Javier se quedaba absorto ante el influjo que sobre los suyos parecían ejercer los ojos de ella, como si una poderosa hipnosis lo mantuviera atrapado en aquel océano verde, extáticamente sumergido en sus cristalinas profundidades. Tengo que admitir que los ojos de Anabel eran realmente bellos y que de sus pupilas emanaba un brillo que ciertamente seducía, como si en verdad portaran un poderoso campo magnético capaz de prender las miradas que caían en su ámbito de influencia; incluso yo, que no era más que un mocoso, notaba cómo al mirar aquellos ojos quedaba en cierto modo preso de su encanto y, nervioso y ruborizado, tenía que hacer un esfuerzo para escapar al hechizo.

           Componían en realidad una pareja disímil, tanto en el ámbito externo como en el que atañía a sus respectivos caracteres. Físicamente hablando, Javier estaba hecho, como dije, una verdadera roca; alto y musculoso, su constitución era la de un corpulento atleta. Anabel, por el contrario, era menuda y fina, de formas tenues y delicadas que le hacían parecer engañosamente frágil. La piel morena de él contrastaba asimismo con la mucho más alba y poblada de pecas que lucía la chica, como contrastaban igualmente los ojos marrones y más bien mates de Javier con los de ella, cuyo color, aun asentado en el verde, venía a ser cambiante en función de cómo en ellos incidiera la luz, moviéndose en un espectro cromático que podía incluso llegar al celeste. Pero más allá de estos manifiestos antagonismos, la verdadera disparidad entre ambos fincaba en su diferente manera de ser: uno, Javier, extrovertido y locuaz, muy directo en casi todo cuanto decía o hacía, de una sencillez que rayaba a menudo en la ingenuidad, aunque intrépido en lo que podía calificarse como obstinada búsqueda de acontecimientos estimulantes que saciaran su sed de aventuras; la otra, Anabel, bastante tímida e introvertida, tocada por una personalidad mucho más compleja y sutil, insinuante más que directa en sus formas, huidiza en ocasiones, orlada por una especie de halo místico que la confería cierto aire volátil, a semejanza de un ser etéreo, un hada quizá, o mejor aún una bruja, una fascinante bruja hechicera.

           Una mañana Javi llegó montando una vespino que le había dejado su tío, que era mecánico y trabajaba en un taller de la zona. Era una moto de pequeña cilindrada, de esas que no precisan licencia para su manejo. Javier no había conducido nunca una moto, su único vehículo había sido hasta entonces, al igual que el nuestro, la bicicleta; pero no le costó excesivo aprendizaje hacerse con el dominio de la pequeña máquina. Su idea era impresionar a Anabel presentándose ante ella a lomos de la vespino, y con tal propósito en mientes había suplicado de forma encarecida a su tío para que se la prestase, prometiéndole que sería prudente y se la devolvería en perfecto estado. Cansado éste de la porfía del pertinaz sobrino, terminó por acceder, no sin antes advertirle que si encontraba a la vuelta el más mínimo arañazo en la moto, iba a saber lo que valía un peine. Luego de esta admonición, le enseñó las nociones básicas de pilotaje, tras las cuales Javier salió del taller a toda velocidad, temeroso de que todavía el tío se arrepintiera de la condescendencia mostrada. Se sentía radiante, como un niño con zapatos nuevos que suele decirse, y no pensaba sino en acoplar a Anabel en la parte trasera de su montura y cabalgar con ella por todas las carreteras de la comarca. Recuerdo que cuando vio la expresión de asombro que irradiaban nuestras caras, en especial la que iluminó el rostro de Anabel, en la suya se dibujó una sonrisa que por sí sola venía a ser reflejo de la felicidad más absoluta; no me cabe ninguna duda de que en aquel momento debió sentirse la persona más afortunada del planeta.

           Lo cierto es que desde ese día fueron cada vez menos las jornadas que los dos enamorados compartieron con el resto del grupo. Javi convenció a su pariente para que le dispensara el usufructo de la vespino durante lo que quedaba de verano, prometiendo a cambio ir a echarle una mano al taller dos tardes por semana, además de sufragar, por descontado, los gastos de consumo y mantenimiento de la moto, así como limpiarla a diario para que reluciese como una patena. El rugido lejano del motor solía así anunciar de antemano a nuestro robusto camarada, quien comparecía con una sonrisa traviesa, nos saludaba uno a uno, recogía a su chica, la montaba a lomos de su flamante caballo de metal y salían ambos escapados de allí. También quedaban a menudo por su cuenta, sin contar con nosotros, de modo que podíamos pasar días enteros sin verlos.

           El verano proseguía entretanto su habitual devenir, perezoso y tibio, lumínico, poblada su atmósfera de hervores y quimeras, de sueños y fragancias; mañanas soleadas que invitaban al esparcimiento; tardes lánguidas que dejaban las calles vacías, como sumidas en una calma narcótica; crepúsculos anaranjados en los que el sol, fatigado tras tantas horas de vigilia sobre su atalaya, se sumergía en el río para refrigerar su ardentía y permitir que la luna le relevase en su labor de centinela; noches estrelladas que hacían aflorar excelsos ideales e incombustibles pasiones; lúgubres penumbras que terminaban cediendo ante el empuje de lenguas de escarcha entre cuyas humedades se filtraba la aurora.

           Fue ya casi a finales de agosto cuando tuvo lugar la gran debacle, el traumático colofón de un periodo que hasta entonces se mostrara tan pródigo en bondades y placenteras sensaciones. Ninguno de nosotros, ni siquiera en nuestras más horrendas pesadillas, habríamos sido capaces de prever algo así. Fue como si de repente las apacibles aguas de un lago se hubiesen abierto para componer un vórtice asesino que a las incautas víctimas que se bañaban en ellas arrastrase hasta el más aterrador de los abismos. Javi fue la principal víctima de ese lago traidor; la negrura de la muerte el abismo al que sus aguas lo condujeron. La tarde estaba plomiza y preñada de nubes, preludio de tormenta; no parecía sino que el propio cielo se estuviese cubriendo la cara para no ser testigo de la tragedia que el arbitrario destino había dispuesto que sucediera ese día. Tras la pertinente evaluación de los hechos, los agentes de policía infirieron en su atestado que Javier debió haber perdido el control de la moto en un bache, uno de esos profundos baches que saturaban la carretera y que la falta de liquidez municipal impidiera corregir, como estaba previsto, meses antes; había salido luego despedido por los aires, como un pelele, hasta acabar estrellado y hecho añicos contra el asfalto. Por su parte, el médico forense dictaminó que, a pesar de las múltiples fracturas y traumatismos que presentaba el cadáver, la muerte debió sobrevenirle casi al instante, sin dolor, ya que el brutal impacto le había abierto el cráneo y destrozado por completo el cerebro; en el mismo informe adujo que la corpulencia del muchacho era la que había salvado la vida a Anabel, toda vez que su enorme corpachón vino a hacer de parapeto entre ella y la dureza del pavimento, lo que, amortiguando el golpe, consiguió mitigar el rigor de sus lesiones, que quedaron reducidas a una fractura de cúbito, varias costillas rotas y diversos hematomas. No obstante, más allá de lo expuesto en el dictamen médico, yo siempre he pensado que fue el corazón de mi amigo el que en realidad salvó la vida de Anabel, ese enorme corazón enamorado que de algún modo propulsó al resto de su cuerpo para que en un último escorzo imposible se interpusiera entre el asfalto y la chica a la que amaba.

           Han pasado ya muchos años desde aquel macabro accidente, pero continúa costándome horrores asumirlo, sellado que quedó para siempre en mi cerebro. Hoy la carretera está ya perfectamente asfaltada, no hay baches ni grietas agujereando su piel de alquitrán. Me pregunto qué habría sucedido de haberse contado a tiempo con la necesaria solvencia presupuestaria, antes en todo caso de que Javier hubiera galopado sobre su defectuoso firme. Es posible que él estuviera entonces aún vivo. O quizá no, quién sabe, a fin de cuentas el destino siempre encuentra albures dispuestos a cumplir sus empeños. En todo caso, es curioso, pero cada vez que paso por el punto exacto donde tuvo lugar la tragedia, noto una especie de presencia cálida y reconfortante a mi lado, quiero creer que es el espíritu de mi amigo, el espíritu de una persona noble que, pese a su corta existencia, fue pródiga en virtudes, un verdadero ejemplo para quienes tuvimos la inmensa fortuna de conocerlo y tratarlo.

           Han pasado, ya digo, muchos años, pero el recuerdo de aquel verano y su sangriento desenlace me sigue perturbando como la sombra de una alimaña.