sábado, 9 de julio de 2011

UNA ENFERMA PECULIAR

           La luz roja parpadeó un par de veces antes de quedar definitivamente encendida sobre el interfono. El luminoso mensaje iba acompañado de otro acústico, una especie de chiflido mecánico repetido a intervalos regulares. Fue este último el que hizo que Julia se sobresaltara. Estaba de guardia, pero no había habido demasiado movimiento durante toda la noche, por lo que se había quedado medio adormilada sobre el diván. Miró su reloj. En diez minutos serían las seis de la mañana. Se levantó para silenciar el aparato y comprobar de donde provenía el aviso. Habitación 445. ¡La señora Luisa, cómo no! Con desgana se dirigió hacia allí, preguntándose qué mosca le picaría a la buena mujer para llamar a esas horas.
           —¿Qué sucede Luisa?
           Luisa era una anciana ingresada días atrás por una afección que le ocasionaba intensos dolores abdominales, o al menos eso era lo que ella aducía, puesto que los médicos no habían detectado nada anómalo en ninguna de las meticulosas revisiones a que desde entonces la tenían sometida. Esta discordancia entre el resultado de los análisis y la sintomatología alegada tampoco es que sorprendiera demasiado a los galenos, quienes de sobra conocían la verdadera dolencia de su añosa paciente, que no era otra que una hipocondría compulsiva que le llevaba a barruntar las más graves enfermedades ante el más ligero de los indicios. Un estornudo se convertía de este modo en presagio de neumonía, una liviana taquicardia en pródromo de una inminente angina de pecho, en tanto que una casi imperceptible punzada interna venía de por sí a anunciar un cáncer letal. Así las cosas, la venerable anciana ya había sido ingresada con anterioridad en otras ocasiones, sin que en ninguna de ellas le hubiesen encontrado nada grave, más allá de los típicos alifafes y achaques propios de la edad. Los médicos le hubieran dado ya el alta, pero teniendo en cuenta su índole hipocondríaca y, sobre todo, que los hijos, aparte de pagar escrupulosamente la habitación que ocupaba, hacían de vez en cuando generosos donativos al hospital, no tenían inconveniente en que permaneciera ingresada durante algunos días más. A fin de cuentas, rodeada de médicos y enfermeras era donde más a gusto parecía sentirse la buena mujer, quien en cierto modo consideraba el hospital más hogar que su propia casa. Lo único malo es que a veces se ponía un tanto pesada y traía a todos de cabeza con sus quejas y requerimientos.
           —Ay, enfermera, me siento fatal...
           —Pero mujer, ¿qué le pasa?
           —Pues que creo que no paso de esta noche.
           En otras circunstancias esa frase habría conmocionado y puesto en alerta a Julia, quien como veterana enfermera conocía al dedillo todos los protocolos de actuación en casos de urgencia; pero conociendo como asimismo conocía a tan peculiar paciente, no se alteró esta vez demasiado. Además, la expresión que el rostro de aquella reflejaba, pese a sus intentos de hacerlo parecer desencajado, desmentía tan agoreras palabras.
           —A ver, Luisa, ¿por qué piensas que te mueres esta noche? —se dirigió a ella con condescendencia.
           —Porque tengo los mismos síntomas que tuvo en su día mi difunto Joseíto, que en paz descanse. Creo que de un momento a otro me va a dar un infarto como el que lo fulminó a él.
           —No exagere, Luisa, que está usted como una rosa.
           —Sí, como una rosa marchita.
           —Está bien, avisaré al doctor Matute, que está de guardia esta noche, para que eche un vistazo a ese corazón suyo.
           Mientras el doctor acudía a la llamada, Luisa explicó a Julia que el dolor le había empezado en el estómago, pero que había ido poco subiendo hasta llegar al pecho y, una vez instalado en éste, le había provocado unas taquicardias y una sensación de asfixia que por sí mismas auguraban lo peor. Julia se sonrió para sus adentros y pensó si dicho dolor habría subido en ascensor o por escalera, aunque obviamente no permitió que la broma traspasase las fronteras de su pensamiento; ni por asomo hubiese querido herir la susceptibilidad de la quejumbrosa paciente.
           —Ya verá cómo no es nada —fue lo que se limitó a decir mientras colocaba su mano derecha sobre la frente de la supuesta enferma.
           Cada vez más animada, Luisa empezó a hablar con todo lujo de detalles de sus múltiples padecimientos, como quien refiere aventuras o hazañas vividas en diferentes campos de batalla a lo largo de los años. De haber tenido más tiempo, a buen seguro que habría expuesto a la sufrida enfermera su historial clínico completo, más extenso y farragoso que la lista de los reyes godos; pero por fortuna para esta, la aparición del doctor bajo el umbral de la puerta detuvo la animada cháchara de la enferma.
           —Buenos días —saludó el recién llegado.
           El doctor Matute era un hombre joven, posiblemente con menos de cuarenta años a sus espaldas, de complexión atlética y rostro agradable, aunque con unas cejas muy pronunciadas, como de vampiro. Julia ya había coincidido con él en otras ocasiones.
           —A ver, Luisa, cuéntame qué te sucede —se dirigió el médico a la paciente—... Pero sin enrollarte, eh, que te conozco. Al grano.
           Julia no pudo evitar torcer el gesto en un visaje de enojo. Tenía un sentido de la educación arraigado en valores muy tradicionales, por lo que no terminaba de acostumbrarse a que la gente joven hablase de tú y con tanta altivez a las personas mayores, por muy médicos que fuesen. La forma que el doctor había tenido de apremiar a su paciente, pese al supuesto tono campechano con que pretendiera envolver sus palabras, le pareció de lo más desconsiderada. En realidad, le costaba entender por qué cierta gente se empeñaba en tratar a los ancianos como si de nuevo fuesen niños.
           Luisa volvió a explicar lo del dolor en el pecho, las taquicardias y la asfixia. El doctor la escuchaba con aparente atención, si bien determinados gestos de su rostro indicaban que restaba importancia, por no decir credibilidad, a todos esos síntomas. Tras examinar lengua y garganta de la interna, auscultar su pecho y tomarle el pulso y la temperatura, decidió que nada grave le sucedía. No obstante, un elemental sentido de la prudencia le llevó a complementar su examen prescribiéndole otros análisis más precisos, concretamente un electrocardiograma y una radiografía de la región torácica.
           Una vez firmado el oportuno volante, Julia condujo en silla de ruedas a la enferma hasta el laboratorio donde debían hacerle las pruebas prescritas. Pese a las tempranas horas que todavía eran, ya se notaba cierto movimiento en las crujías y corredores del hospital, provocado sobre todo por internos y familiares que, madrugadores o insomnes, salían a estirar las piernas por los pasillos. Luisa saludó a un viejo conocido con el que se topó de camino al laboratorio. Explicó a Julia que era un antiguo socio de su difunto esposo al que conocía desde hacía muchos años.
           —¡Ay, este Jacinto! —exclamó con un extraño deje de nostalgia luego de ofrecer dicha información, al tiempo que una sonrisa asimismo misteriosa, traída por los recuerdos desde fronteras que se perdían posiblemente muy atrás en el tiempo, quedaba dibujada en sus labios marchitos. Julia iba a preguntarle precisamente por esa sonrisa, si bien, justo en esos momentos llegaban a la sala de rayos, lo que le hizo olvidarse del tema.
           El enfermero encargado de hacer los electros era asimismo joven, más aún que el doctor Matute, aunque también más enjuto y, en general, menos agraciado en el plano físico. Compartía cometido con otros dos colegas, por más que a esas horas se hallase él solo en el laboratorio. Julia le saludó con un guiño de ojos.
           —Hola Javier. Aquí te traigo a Luisa, para que le hagas unas pruebas que acaba de mandarle el doctor Matute —dijo mientras le entregaba el volante.
           El aludido hizo acostarse a la enferma sobre una camilla y le pidió que se desabrochara el camisón.
           —¿Debo quitarme el sostén? —preguntó Luisa con cierto rubor.
           —No, no es necesario. Vale así.
           No le pasó desapercibido a Julia el diferente modo de proceder que en función de la edad y apariencia externa de cada paciente adoptaba el enfermero, quien a las más jóvenes y guapas sí que les hacía quitarse el sujetador y quedar desnudas de cintura para arriba ante idéntico tipo de pruebas. Clavó en él una mirada vulpina mientras con indignación pensaba en lo caraduras que eran algunos de sus compañeros.
           Una vez completado el cuadro ordenado por el doctor, condujo Julia a la enferma hasta la consulta de aquél, donde habían quedado citadas al efecto. De camino volvieron a toparse con el viejo conocido de Luisa, aunque en esta ocasión sólo de lejos, por lo que no intercambiaron saludo alguno, si bien, la enigmática sonrisa volvió a florecer en la boca de la anciana, una sonrisa en la que había un deje de coquetería apenas simulado. No dudó esta vez la enfermera en sondear a su acompañante:
           —Me he fijado que sonríe usted de forma muy especial cada vez que ve a ese señor amigo suyo.
           —¡Ay, querida, si usted supiera!
           —Vaya, ¿y qué se supone que debería saber?
           La sonrisa de Luisa se agrandó hasta convertirse en una risa nerviosa que hubo de contener tapándose la boca con una mano. Con la otra hizo gestos a la enfermera para que bajase la cabeza a su altura, susurrándole luego algo al oído. No obstante, pese a los esfuerzos de su longeva confidente, Julia apenas si fue capaz de captar un bisbiseo ininteligible.
           —Pero ¿qué dice, Luisa? No la entiendo nada. ¿Que ese hombre esconde qué cosa?
           El interrogante de Julia pareció turbar a Luisa, cuya rugosa faz adquirió un cierto matiz escarlata. Chistó a la enfermera para que moderase el tono de su voz:
           —No hable tan alto, que nos pueden oír.
           —Pero ¿quién nos va a oír mujer? A estas horas la mitad del hospital está durmiendo y la otra mitad es sorda —bromeó Julia.
           Alentada por la enfermera, Luisa se animó a hablar, si bien lo hizo susurrando, como si contase un secreto de enorme calado:
           —Ahí donde le ve, tan poquita cosa, el Jacinto tiene un... un...
           —¿Un qué, Luisa? ¡Que me tiene usted en ascuas!
           —Pues un eso, qué va a ser, mujer... ¡Un aparato enorme!
           En esta ocasión fue Julia que se puso colorada.
           —¿Un aparato? ¿Se refiere usted a...?
           —Siiiii —concedió Luisa como si hubiese leído el pensamiento de su interlocutora— a eso, a eso.
           Julia la miró con renovado asombro. Su conocimiento de Luisa no iba mucho más allá del terreno puramente facultativo, siendo escasas las veces en que había tenido ocasión de mantener con ella algún que otro diálogo más o menos prolongado. Pese a tan exiguo trato, había llegado a la conclusión de que la mente de la anciana estaba casi en su totalidad copada por sus imaginarias dolencias, sin que aparentemente ninguna otra cosa captase demasiado su interés. La repentina confidencia que acababa de hacerle parecía no obstante echar por tierra esta deducción. Al menos parecían interesarle también determinados aparatos, y no precisamente los relacionados con el instrumental clínico. Mientras hacía un rápido reajuste de sus convicciones, una sonrisa de complicidad cruzó el anguloso rostro de la enfermera.
           —Vaya, vaya. Si tan segura está de eso, es que son entonces ustedes algo más que simples conocidos, ¿eh, pillina?
           —Qué va, no se confunda. ¡Ay, por Dios, qué cosas tiene usted, Julia! —y Luisa no pudo evitar un nuevo ataque de risa, señal evidente de que aquel asunto la refocilaba sobremanera— Lo sé por mi difunto, por mi Joseíto. Ya le he dicho que eran socios.
           —Sí, eso me dijo.
           —Pues bien, mi marido me contó que antes de conocerme a mí y formalizar nuestra relación, solían los dos irse de vez en cuando de putas.
           Un barniz de picardía hizo brillar la mirada de Luisa mientras dejaba caer este comentario. Julia, por el contrario, no pudo evitar ruborizarse.
           —No se ponga colorada, mujer. En aquellos tiempos era algo muy normal... Bueno, supongo que ahora también lo es. Pero lo que quiero decir es que entonces no estaba mal visto. Los hombres solteros, y también muchos casados, se iban de putas y nadie se escandalizaba por ello. Estaba más que asumido.
           —Entiendo —concedió Julia, pese a no terminar en realidad de verlo claro. Se preguntó si la indulgencia de aquellos tiempos a los que hacía referencia la abuela venía a ser reflejo de una sociedad más abierta y tolerante o, por el contrario, más hipócrita que la actual. Ambas posturas presentaban a su juicio argumentos válidos para poder ser defendidas.
            —Pues eso —continuó explicando la anciana—, que mi José decía que con el Jacinto ninguna quería acostarse, porque les hacía daño.
            —¿Cómo que les hacía daño? ¿Quiere decir que las pegaba?
            Un asomo de sorpresa irradió de los seniles ojos.
           —Pero ¿qué dice pegarlas? Veo que no se entera usted de nada, querida. ¡Les hacía daño de lo grande que la tenía!
           —Qué barbaridad —exclamó la enfermera tras comprender al fin por donde iban los tiros. Una sonrisa maliciosa despuntó en sus labios.
           —Imagínese: ¡le llamaban Platero!
           Luisa volvió a ser invadida por risitas entrecortadas que apenas podía contener, como si fuese una adolescente en plena fase de descubrimientos pícaros.
           —¿Platero? ¿y por qué ese apodo?
           —Pues ¿por qué iba a ser? ¡Por el poema de Juan Ramón Jiménez!
           Julia negó con la cabeza mientras sus labios componían un visaje de claro desconcierto.
           —No entiendo.
           —Claro, mujer, piense: ¿quién era Platero? ¿Un rucio, no?... Pues ya ve, se decía que lo que al Jacinto le colgaba entre las piernas era más propio de un rucio que de una persona.
           La enfermera abrió la boca en señal de estupor.
           —¡Qué barbaridad! —volvió a repetir, incapaz de hallar en su vocabulario otra expresión con la que ponderar la munificencia de tamaño atributo. No pudo sustraerse al impulso de volver la cabeza para observar de nuevo a su poseedor, quien descansaba ahora sobre un banco al otro extremo del pasillo. Le pareció increíble que un ser de apariencia tan enteca, de apenas metro y medio de estatura, pudiera albergar bajo sus pantalones un secreto tan descomunal como el que refería su confidente.
           —No lo mire, que se puede dar cuenta de que hablamos de él —la reprendió Julia.
           —Sí, claro —obedeció la enfermera, pensando que si el viejo tenía la vista y el oído tan desarrollados como lo otro, las vería y oiría seguro, pese a la considerable distancia que les separaba.
           Mientras las dos mujeres proseguían su marcha hasta el despacho del doctor, Luisa fue refiriendo algunas de las hazañas amorosas del tal Platero, las cuales despertaron en Julia tanto la admiración como el rubor y la risa.
           Riéndose entraron de hecho las dos mujeres en el despacho del doctor Matute, a quien no dejó de sorprender dicha cómplice hilaridad.
           —Así me gusta, ver a mis pacientes de buen humor —apuntó el médico—, esa es la mejor señal de que se encuentran bien.
           —Aquí están los resultados de las pruebas que mandó —dijo Julia mientras entregaba al terapeuta la bolsa que los contenía.
           —Casi que ni me hace falta verlos para saber que ya estás mucho mejor, ¿eh, Luisa?... Ese semblante risueño dice más que cualquier prueba... Ya me podíais decir, por cierto, a qué obedecen esas risas; quizá así también yo podría acompañaros.
           —Cosas de mujeres, doctor —atajó Luisa la curiosidad del galeno, y acto seguido, como si se hubiesen puesto tácitamente de acuerdo, ambas estallaron al unísono en una nueva carcajada.
           Sorprendido por el súbito despliegue de júbilo, el médico las observó con inquisitiva curiosidad. Sin embargo, ante el mutismo de ellas, optó por una prudente retirada.
           —De acuerdo, de acuerdo. Me mantendré al margen... Ya me hago cargo que en las cosas de mujeres los hombres no debemos entrometernos —y se puso a examinar las placas que acababa de entregarle la enfermera—. Todo está correcto —añadió después de un exhaustivo análisis—. No tienes nada malo por lo que debas preocuparte, Luisa.
           —Supongo que habrá sido una falsa alarma —razonó la aludida, en quien los ojos brillaban como dos relámpagos— Tal vez unos simples gases.
           —Tal vez —convino el facultativo tras un ligero carraspeo.
           Julia condujo a Luisa de regreso a su habitación. Antes de despedirse ésta le narró algunas otras historias, en especial divertidas anécdotas de juventud que hicieron las delicias de la enfermera, quien prometió que de ahí en adelante acudiría con frecuencia a visitarla, estuviese o no de guardia, no en vano resultaba una verdadera gozada escuchar los relatos de la venerable anciana, por más que quizá fuesen tan imaginarios como sus males.

5 comentarios:

Viernes dijo...

Me encanta Luisa!! (y Jacinto... je, je, jeeeee.... )

Cavaradossi dijo...

Mucho Jacinto, ¿eh? Jajajaja

Viernes dijo...

Me encantaría conocerlo, sí!!! todo un personaje.... ;)

María (Muriel) dijo...

Curioso es, y no sé por qué razón, pensamos que los ancianos no han vivido, o no han sabido sacarle jugo a la vida, o no han jugado, ni disfrutado placeres que nosotros estamos (el que pueda) disfrutando en la actualidad. Pareciera que no han tenido más que obligaciones. No hay más que rememorar a las cupletistas y tonadilleras de años 20, 30, 40... que pondrían colorado a más de un chaval hoy en día. A mi me ha gustado siempre escuchar a los abuelos, son toda una enciclopedia, de la que se puede sacar mucho. Y a ciertas edades, siendo conscientes de ello,en ocasiones se encuentran que no tienen a quien transmitir su sabiduría. A mi me han contado habladurías y batallitas del pueblo y de mi barrio en Madrid, de allende la guerra, de verdadero escándalo.
Me ha encantado, es tierno, me ha hecho reír y, si me apuras y disculpas la licencia, ¡¡podrías haberle sacado hasta una moraleja!!

Cavaradossi dijo...

Pues me quedo precisamente con la moraleja que encierra tu comentario, María, que como siempre me resulta de lo más enriquecedor. Y decirte que comparto contigo ese gusto por escuchar las historias de los abuelos.
Un placer tu presencia en este mar de los sueños :-)