martes, 21 de junio de 2011

POR UN TE QUIERO TUYO












Por un te quiero tuyo robo la luna,
la estrella más fulgente robo asimismo
si a mi piel va y la enardece el placer divino
del roce de tus manos en la penumbra.


La estrella más fulgente con sus planetas
cual sideral corsario tomo y conquisto
si como recompensa gozo el abismo
que tus ojos vulpinos abierto dejan.


Asomarme a ese abismo, sentir el vértigo
de sus profundas simas en el delirio
que a la razón atrapa y es anticipo
de mi asalto a tu boca buscando un beso.


Un beso de tu boca mientras mis dedos,
trocados en pinceles, se abren camino
entre curvas y pliegues, paisaje tibio,
y por la piel ascienden hasta tus senos.


Trocados en pinceles, tu piel en lienzo,
perfilando mis dedos van tu organismo,
bajando por tu vientre, paisaje ígneo,
hasta el vergel candente, sedoso y húmedo.


Tus ojos se me clavan, niña traviesa,
y recitan los versos que yo te escribo,
en silencio declaman desde su abismo
las odas que me inspiran con su belleza.


Maravillosa criatura, alhaja mía,
mis versos no son nada frente a los guiños,
traviesos, sensuales, donosos, pícaros,
de esos ojos forjados con poesía.


Poesía es tu cuerpo, tu piel, tu esencia,
tus manos que me arrastran a un infinito
de placeres y goces que, estremecido,
disfruto a cada instante con fruición plena.


Tus labios afresados son también versos,
esponjosos reclamos del poema vivo
que es tu rostro de gata del que cautivo,
dócil y fiel vasallo, yo me confieso


Tu sonrisa es sin duda la mejor rima,
relámpago de luces con brillo empíreo,
radiante y tímida, azahar níveo
que ilumina esa boca de dulce almíbar


Por un te quiero tuyo vendo mi alma,
tuya es por un te quiero
de tus labios emergido.
También mi cuerpo te entrego,
tómalo, sin compromiso,
porque lo que más deseo
es ser tuyo en cuerpo y alma.

jueves, 9 de junio de 2011

IDA Y VUELTA

           Una bufanda deslucida por el uso embozaba su rostro, dejando apenas entrever unos ojos profundos y negros, tan negros como el mechón de cabello que le azotaba la frente. Se la quitó nada más abrir la portezuela del automóvil y, junto con el bolso, la arrojó con desgana sobre el asiento de atrás antes de ponerse al volante. Un largo resoplido, inficionado de rabia, escapó de su boca cuando aplicó la llave de contacto para encender el motor. Se sentía realmente hastiada, harta de soportar banalidades y engaños, asqueada de una vida donde los constantes sinsabores habían minado su moral hasta reducirla a una insignificante lámina sin apenas consistencia. Estaba dispuesta a romper con todo e iniciar una nueva etapa lejos de aquel entorno pueril donde desengaños y frustraciones se habían convertido para ella en el pan nuestro de cada día. No podía ni quería seguir aguantando más. Esta era la categórica conclusión a la que, tras eternas reflexiones y luego de sortear infinidad de evasivas y pretextos, había definitivamente llegado, la que en esos momentos le servía de acicate para meter primera y arrancar de golpe el vehículo, con un estrepitoso chirrido de ruedas sobre el asfalto. Quería alejarse cuanto antes de allí, deseosa de poner kilómetros de por medio con aquel vampiro que día a día absorbía su sangre y que a cambio apenas si la recompensaba con exiguas gotas de dicha. Sangre también la que cubría el cielo a esas horas en que ya las sombras iban percudiendo su piel azul, sangre que en fulgentes rayos se filtraba a través del parabrisas y que la obligaron a pestañear repetidamente. Todo tocaba a su fin, el día, su relación sentimental, una intensa etapa de su vida…

           Aceleró a fondo cuando entró en la autopista. La velocidad parecía templar su ánimo, doblegado tanto por la ira como por la tristeza, dos emociones que se superponían la una encima de la otra en calidad de enconados adversarios, pero sin dejar de mantener cada una de ellas su exclusiva parcela de poder. La enfurecía pensar en él y constatar su descomunal egoísmo, su insensato comportamiento infantil, su manera de ser veleidosa y frívola. La entristecía, empero, dejar atrás tantas cosas a su lado compartidas, dejarlo sobre todo a él, al hombre al que tanto había amado y que, por más que quisiera engañarse, continuaba amando. Pero no, no podía permitir que los sentimientos continuaran imponiéndose a la razón. Había tomado una decisión y tenía que ser firme para mantenerla con todas sus consecuencias, decisión que exigía establecer una frontera infranqueable entre presente y pasado. Pisó con más fuerza el acelerador. Era absurdo seguir dando vueltas de tuerca a una situación que se había vuelto insostenible, llevar una vida loca al lado de un irresponsable que se sentía el centro del mundo, una persona inmadura y voluble, antojadiza, sin ningún sentido del compromiso, un ególatra infantil para el que todo el universo giraba en su torno, sin que nada importase más que su propia satisfacción personal. ¿Bastaba el amor para compensar tanto despropósito? ¡Desde luego que no! Huir de allí era lo mejor que podía hacer, huir y buscar nuevos aires en otro lado, más frescos, más puros. Tenía que pasar página y olvidarle, relegar definitivamente al pasado la etapa vivida junto a él, una etapa donde las frustraciones habían terminado por imponerse a los gozos y alegrías. Sería difícil, muy duro, pero con voluntad y perseverancia podría sin duda conseguirlo.

           Sonó el móvil. Lo sacó de su chaqueta sin dejar de conducir. Era él. Con renovada cólera, arrojó el terminal sobre el asiento de al lado. No quería contestar. No iba a contestar. Consumado maestro en las artes de la seducción, no podía darle la oportunidad de que con sus palabras melosas la convenciera para que regresase a su lado. Tenía en ese sentido que evitar todo contacto oral con él, so pena de quedar enredada de nuevo en sus poderosas redes. El móvil seguía sonando, insistente, y su repetido timbre se incrustaba en su oído para lacerarle los tímpanos.

           Dejó de sonar el teléfono y casi en paralelo sobrevino la caída de la noche. Silencio y oscuridad la envolvieron y se sintió de algún modo protegida por ambos. La noche era como un refugio, un aislante hermético que la confinaba entre sus negros brazos para sustraerla del campo de batalla, de la cruenta lucha que bajo la luz del día tenía lugar. Se sentía a gusto conduciendo en la oscuridad, dejando que fuesen otros ojos, los faros del vehículo, los que rasgaran el horizonte para traer a los suyos imágenes oscilantes que por un momento resplandecían como estrellas de un firmamento remoto. Sólo el pensamiento, autónomo y contumaz, seguía perturbándola, abordando su mente con una acometida de recuerdos donde las escenas se sucedían unas a otras como las rotatorias figuras de un tiovivo, algunas de las cuales, pese a su proximidad en el tiempo, ya traían consigo el barniz de la nostalgia. Tenía que mantenerse alerta para no caer en esa trampa, artera y maliciosa como ninguna, una trampa junto a la que descollaba la figura de él como una especie de cíclope presto a encerrarla de nuevo en su guarida. ¡Él! ¿Tanto poder tenía? ¿Tanta era su influencia sobre ella? ¿Era posible que ya sintiese nostalgia de sus caricias, de sus besos, del siseo de su voz flotando en sus oídos? Recordó las palabras de su madre reprobando la dependencia emocional que, a su juicio, mantenía respecto a él; ríspidas palabras que, como un martillo pilón, comenzaron de pronto a golpear una y otra vez dentro de su cerebro. ¿Tendría razón su madre? ¿Estaría tan enganchada como ella sostenía? ¡No! Le demostraría su error, le demostraría que ella no era el satélite de nadie, que podía perfectamente vivir sin él, disfrutar sin él, razonar sin él. Siempre se había considerado una mujer independiente, una persona capaz de valerse por sí misma, libre de sumisiones y acatamientos, y no estaba dispuesta a permitir que nada, ni siquiera el poder de las emociones, le impidiera seguir siéndolo.

           La carretera culebreaba entre un paisaje agreste al que las tinieblas conferían una apariencia espectral; árboles y arbustos componían un negro conglomerado de formas que se extendía a uno y otro lado cual milicia de impasibles centinelas. El tránsito era escaso, apenas si de vez en cuando surgía en dirección contraria algún camión cuyas luces la deslumbraban durante breve lapso para desaparecer luego engullido por la bruma; el resto del tiempo, silencio y sombras. Empezó a sentirse sola, perdida en un laberinto tenebroso que parecía girar sobre sí mismo como una espiral de dimensiones infinitas. La seguridad que la envolviera al inicio de su marcha empezaba a difuminarse, a agazaparse tras las cortinas, cada vez más espesas, que conformaban la duda y la vacilación, del mismo modo que luego del crepúsculo la luz del día lo había hecho tras las de la noche. Curiosamente, ese mismo velo nocturno que poco antes la hiciera sentir reconfortada, ahora lo percibía opresivo, como una tupida prenda que comprimiera su pecho impidiéndole la respiración. Se vio de hecho impelida a estacionar el coche en el arcén, pues notaba que en verdad se estaba asfixiando y que la visión se le iba, como si sufriera un repentino ataque de vértigo, lo que acarreaba el peligro añadido de sufrir un accidente. Una vez detenida, abrió la ventanilla para que entrase aire del exterior y combatir mediante su hálito fresco el terrible sofoco que la ahogaba. Tuvo que exhalar varias veces para conseguirlo. Poco a poco fue relajándose y recobrando el control de su propio cuerpo. Abrió entonces el espejo y se observó a través de él. Tenía los ojos húmedos, impregnados de una película lacrimosa que empañaba sus retinas. Su rostro se le antojó una máscara patética. ¿A quién pretendía engañar?

           Nunca antes en su vida se había sentido tan frágil y vulnerable como en esos momentos. Percibía un inmenso vacío dentro de su vientre, como si a cucharadas alguien le hubiese estado sorbiendo las entrañas. Y tuvo miedo, un miedo que se tradujo en repentinos escalofríos que erizaron su piel y la llevaron a abrazarse a sí misma, de súbito aterida. Era el miedo a perder aquello que, aunque hubiese sido a cuenta gotas, le había provocado verdaderos momentos de dicha. Era en definitiva el atávico miedo a la soledad.

           Salió del coche y respiró profundamente. Como un verdugo invisible, el viento azotó su rostro. Se sentía terriblemente sola y desvalida, necesitada de unos brazos en los que cobijarse que no fuesen los suyos propios. Pero ¿qué otros brazos podían confortarla? Elevó los ojos al cielo, que a esas horas semejaba una gigantesca lámina de obsidiana, buscando una respuesta que de antemano conocía. ¿Quién sino él podía abrazarla y transformar de repente todo su frío en oleadas de calor? ¿Qué brazos sino los suyos podían aplacar su angustia? ¿Quién sino él podía hacerla feliz? Sin poder reprimir por más tiempo sus emociones, rompió en un desconsolado llanto, mientras allá arriba, espectadora de excepción, la luna seccionaba la obsidiana con su sonrisa blanca.

           Cogió el móvil y con manos temblorosas fue marcando uno a uno los nueve dígitos de su número. Segundos después le llegaba del otro lado, alborotada e inquieta, la conocida voz varonil, penetrante como una daga, profunda como la misma noche, una voz que a borbotones comenzó a esparcirse en multitud de interrogantes henchidos de preocupación e impaciencia, que dónde se había metido, que por qué no contestaba a sus llamadas, que qué pasaba. Ella procuró tranquilizarlo y le dijo que no se preocupara, que estaba bien. Él rió entonces y el silencio de la noche fue inundado por esa risa franca y espontánea, risa de niño, risa que se filtró por el auricular y anegó los oídos de ella.

           Colgó. Las lágrimas no le permitían hablar, si bien no brotaban en esta ocasión del venero que alimenta a la tristeza, sino que eran, por el contrario, lágrimas de felicidad. Comprendió que sólo de sus labios, de su mirada pícara, de su risa impetuosa y traviesa, de sus besos y caricias arrebatadas podía obtener la energía necesaria para seguir viviendo. Comprendió asimismo que todo su precedente miedo no había obedecido a otra cosa sino a la posibilidad de perderlo para siempre. Y comprendió finalmente que en la batalla entre razón y sentimientos, por mucho que la primera se empecinara en ofrecer resistencia, eran estos últimos los destinados a alzarse casi siempre con la victoria.

           Con todas estas certezas subió de nuevo al coche, arrancó y buscó con ansia el primer cambio de sentido. Con un poco de suerte en poco más de una hora volvería a estar a su lado, cobijada entre sus brazos.