sábado, 2 de abril de 2011

FUGA Y RETORNO BAJO UN CREPÚSCULO GRIS

           La tarde expiraba en un marco de nubes rojas que, iluminadas por el sol poniente, hería las retinas con penetrantes aguijonazos. Pronto las sombras engullirían los últimos restos de luz y la ciudad comenzaría a latir con un pulso distinto, más bullicioso y festivo, acorde con esos duendes traviesos que se materializan en el aire al oscurecerse el mundo; pero en ese preciso momento, punto de inflexión que precede al relevo del día por la noche, todo parecía transcurrir a cámara lenta, como si el tiempo se hubiera detenido en un equilibrio calmoso.

           Esta era al menos la percepción que había tenido el hombre del traje oscuro al asomarse por la ventana. El aire olía a humedad. Había estado lloviendo casi toda la tarde, pero ahora apenas si caían algunas gotas rezagadas, muy pocas ya, que provocaban un tenue tic tac al chocar contra los cristales de la oficina. Había sido para él un día raro, uno de esos días que dejan un resabio lánguido en el ánimo, como niebla adosada, espesa niebla cargada de melancolía. Un día, por lo demás, como tantos otros. Las luces comenzaban a florecer. Enfrente, como gigantescos parches, descollaba sin embargo una fila de rectangulares edificios, oscuros y tristes, grises moles que no parecían absorber luz alguna, clónicos espectros sin alma, mates, taciturnos, opresivos. Metáfora de hormigón que, pensó con irónica amargura, definía hasta cierto punto su propia vida: triste y mate, opaca y plana.

           Estos pensamientos servían de filtro para la melancolía y, en efecto, mientras continuaba absorto en la contemplación del panorama que más allá del cristal se ofrecía a sus ojos, un chorro de melancolía traspasó la piel del hombre del traje oscuro hasta anegarle el alma. Pero apenas un segundo después de recibir la pugnaz arremetida, una sensación de diferente índole vino a sobreponerse a la primera, como una fuerte descarga eléctrica, una punzada interna más bien, como si algo por dentro, algo intangible, esa misma alma tal vez que acababa de ser empapada de melancolía, se rebelara con un gruñido sordo y, apretando con fuerza los puños, golpeara las paredes de esas oscuras cavernas internas donde deploraba estar constreñida, pugnando por escapar de ellas, por traspasar la envoltura física de carne, hueso y vísceras que la enjaulaba y volar a otro lugar, salir fuera, escapar de la ciudad y perderse en algún lugar lejano, cerca del mar a ser posible, las rocas de algún abrupto acantilado vendrían a ser para tal fin un escenario propicio, tumbarse sobre ellas y respirar, sólo eso, respirar larga y profundamente, escuchar el sibilante sonido del viento filtrarse entre las rocas y deleitarse luego con la contemplación de las aguas, allá abajo tan enrabietadas y espumosas, formando olas que se elevaban varios metros, como despóticos jayanes, para acto seguido, presas de una furia desmedida, lanzarse una y otra vez, sañudas y contumaces, con un estruendo sordo de bramido animal, contra el malecón que sufría impasible su ira, rompiéndose sobre la piedra en mil líquidos pedazos, pero más allá, en cambio, como insólito contraste, perderse esas mismas aguas en el horizonte azul con la dócil placidez de entregadas amantes, en perfecta ósmosis confundidas con el propio cielo.

           El hombre del traje oscuro podía notar cómo los sentidos se le agudizaban al compás de esta sacudida interna, hasta el punto que podía ver, oler, oír y casi hasta palpar la belleza del paisaje que conformado había sido en su imaginación narcotizada. Por un momento tuvo la tentación de extender los brazos y dejarse caer por la ventana, sentir la ingravidez voluptuosa del vacío y mimetizarse con esa fastuosa estética que sus sentidos captaban. Atravesaría el aire salobre como un proyectil vivo, notando en su caída el progresivo ensanchamiento de los márgenes del paraíso, su paraíso, hasta alcanzar la traslúcida superficie donde se disolvería para transformarse en uno más de sus efervescentes guerreros líquidos. La mar lo llamaba.

           Se apartó de la ventana con ansiedad, respirando afanosamente, sin apenas poder dar crédito a la locura que a punto había estado de cometer. ¡Cómo pudo su razón extraviarse hasta ese extremo! Extrajo de su bolsillo un pañuelo y se limpió el sudor que salpicaba su frente. Disipado el espejismo, poco a poco fue recuperando la lucidez y adquiriendo de nuevo consciencia de la realidad que lo envolvía. Retornó entonces a su escritorio con ánimo de concluir el memorándum en cuya elaboración llevaba ya varios días enfrascado. Tras la última palabra escrita pestañeaba el cursor del ordenador con una antipática cadencia uniforme. Sintió de pronto una enorme desgana, como si todo su cuerpo fuese de piedra y le costara infinito esfuerzo cualquier movimiento, hasta el más sencillo. A ese estado de laxitud coadyuvaba asimismo la insoportable frialdad que percibía en cuanto lo rodeaba dentro de aquel deprimente despacho. La pantalla del ordenador era un hierático cristal cuya transparencia de plasma nada en el fondo reflejaba. Los libros y documentos contables confinaban bajo la negra cubierta su desabrida alma de datos y números. Los archivadores proclamaban en silencio su metódico e insípido orden. Los armarios se antojaban montaraces vigías, erguidos con una displicencia acorde a su piel de metal. Insertada en la pared, una caja fuerte velaba celosa la numérica combinación que permitía el acceso a sus entrañas. Todo estaba minuciosamente ordenado y operativamente dispuesto para su específico fin, pero al propio tiempo todo, absolutamente todo, ofrecía un conjunto gris, mortecino, exangüe, un retrato apagado de naturalezas muertas, de espectros anclados en un espacio atemporal, sin ningún luminoso vestigio que de algún modo hiciera refulgir, aunque sólo fuese mediante una chispa diminuta, tan sombría estampa. Ni siquiera él mismo, el hombre del traje oscuro, percibía en su interior chispa vital alguna. Era como si el desaliento y la apatía hubiesen convertido toda su sustancia en una especie de paisaje calcinado, huero de vida, un objeto inerte, otro miembro más de aquel conjunto de exánime materia, un ser por cuyo interior corría ceniza en lugar de sangre, tan inanimado al fin como el abrigo o el paraguas que del perchero colgaban. Su traje oscuro se le figuraba en ese sentido la mortaja de un cadáver.

           Y lo curioso era que tan sólo minutos antes se había sentido más vivo que nunca, intensamente vivo, por más que para ello hubiese tenido que escapar de la prisión que conformaba su carne y volar lejos, muy lejos de allí. Ahora, en cambio, frente a la frialdad de aquel ordenador parpadeante se sentía yermo. Cerró los ojos y con las yemas de los dedos fue recorriendo su rostro, dibujándolo, buscando el calor de la sangre que, pese a todo, debía estar navegando allá dentro, por debajo la piel. No lo halló.

           Tras emitir un prolongado suspiro de resignación, el hombre del traje oscuro acarició el teclado y comenzó a escribir. La valoración de los recursos empleados en la reducción de costes debería atenerse a criterios de… Fuera volvía a llover. Se oía perfectamente el amartillar de las gotas sobre la ventana, con disciplina, como en un desfile, la misma disciplina, indolente y metódica, con que sus dedos sacudían las teclas del ordenador. La noche entretanto proseguía su implacable descenso sobre la ciudad, la cual oponía a la oscura invasión un batiburrillo de luces que reverberaban sobre el bruñido foco del asfalto. No había estrellas en el cielo. Árboles negros evacuaban chorros de agua sobre los desprevenidos caminantes que pasaban bajo sus frondas. El punto de inflexión había pasado. Un día más fenecía para con molicie renacer acto seguido sobre su mórbido lecho de invariables rutinas.



1 comentario:

María (Muriel) dijo...

Leyendo éste relato no he podido evitar pensar en tí: Cuántas veces no te habrás visto escapando de tí mismo de esa manera, hasta casi no ser dueño de tus actos, dejándote llevar por la llamada de una libertad peligrosa, tentadora como cantos de sirena. ¿Seguro que es rutina y no estrés? O ambas cosas juntas...
Yo vivo en una paz inusitada para lo que ha sido mi vida, no quizá deseada paz, pero no agobiante, ni aburrida. ¿rutinaria? Puede, pero no me oprime ni me pide que rompa mi propio molde. Aun así, siempre digo que de vez en cuando habría que imponerse cometer una locura, para evitar ésto.Si Dios hubiera querido que no cometiéramos locuras, no las habría inventado. Por eso dije que he pensado en tí, porque somos casos diferentes... ¡o no tanto!
Me ha gustado mucho, Cavara. Con éste me voy a dormir por hoy.