jueves, 21 de abril de 2011

CENA FRENTE AL MAR

           La idea de ir a cenar aquella misma noche con Julia y su marido no me seducía para nada. Por un lado, me encontraba muy a gusto en casa, a solas conmigo mismo, sin otro compañía que los poemas sinfónicos de Liszt como música de fondo y los versos de Whitman como lectura. Por otro lado, detestaba al imbécil con el que se había casado, un insoportable egocéntrico que esparcía arrogancia y virotismo desde las elevadas cumbres a las que su necedad lo había encaramado; le detestaba aún más por el hecho de estar precisamente casado con Julia, teniendo en cuenta que yo fui novio suyo mucho antes de que ellos dos se conocieran. Siempre me pregunté qué pudo obnubilar a Julia, más allá si acaso del brillo del dinero, para emparejarse con semejante mentecato. Un enigma que dudo pueda alguna vez alcanzar a despejar. El caso es que finalmente, tras pensármelo mucho, decidí aceptar el ofrecimiento, no en vano llevábamos muchos años sin vernos, reducido nuestro contacto a una escasa y trivial correspondencia epistolar y a protocolarias llamadas telefónicas con motivo de nuestros respectivos cumpleaños y en Navidades, por lo que la curiosidad se impuso a mi pereza y la telefoneé para decirle que sí, que cenaría con ellos esa noche.

           El lugar convenido era un conocido restaurante ubicado en un enclave idílico, justo enfrente del mar. Una de las razones, quizá incluso la principal, que motivaron mi aquiescencia a aquella cita había sido precisamente la elección de ese establecimiento en concreto, a cuya reputada cocina se añadían unas excelentes vistas del Mediterráneo, más hechiceras si cabe a esas horas en que ya el crepúsculo había teñido de oscuro el horizonte y mar y cielo bailaban entre las sombras. Me demoré un cuarto de hora más o menos -siempre acudo con retraso a mis citas, defecto que no tengo intención alguna de corregir-, de manera que cuando llegué ya aguardaba allí la feliz pareja, dando buena cuenta de sendos martinis. Julia me causó una grata impresión. Lucía un aspecto muy juvenil, embutida dentro de una chaqueta de algodón y pantalones vaqueros. No la veía desde hacía dos lustros, pero tuve que reconocer que ni el paso de los años ni los tres partos que llevaba ya a sus espaldas parecían haber dejado secuela alguna en ella, al menos en lo que al aspecto físico concernía: delgada, redimido de arrugas el rostro, piel bronceada por el sol, labios finos bien torneados, pechos que aún ganaban el pulso a la ley de la gravedad... Idéntico aspecto al que lucía diez años atrás cuando, harta de seguir soportando mis constantes infidelidades, anunció que me dejaba; idéntico al de la última vez que la vi, cuando me dijo que se iba a casar con Javier, un arrogante ejecutivo al que curiosamente yo mismo presenté con ocasión de ciertos negocios que por aquel entonces ultimaba con su empresa. En fin, que mi ex seguía conservándose estupendamente, toda una mujer de bandera. La esplendorosa sonrisa y los dos efusivos besos con que me recibió me hicieron retroceder al pasado, proyectándose en mi cerebro, como súbitos relámpagos, algunos de los mejores momentos que viví junto a ella. El flácido apretón de manos de su marido bastó, sin embargo, para devolverme al presente.

           Nuestra mesa estaba ubicada junto a una veranda desde la que se ofrecía a los ojos un espectacular panorama nocturno. El mar estaba calmo, como sedado, sin que apenas delatase su respiración las ligeras ondulaciones de su bruñida superficie líquida; yo me sentía afín y en cierto modo cómplice de ese mar adormecido, no en vano también mi ímpetu se hallaba sofocado tras la ingesta de mi habitual ración de orfidales. La verdad es que el Mediterráneo suele ser un mar tranquilo y sosegado, a la manera de esos ingleses flemáticos que, por más contratiempos que les asalten, nunca parecen cabrearse. Es raro ver al Mediterráneo enfurecido y bravío. Quizá por ello me resulta tan hipnótico, su serenidad me turba y desconcierta, como si presintiera que tras ella se esconde un enigma terrible, un secreto con celo custodiado en lo más profundo de sus entrañas húmedas.

           No tardé en reparar en la pareja que ocupaba la mesa contigua a la nuestra. Eran ambos muy jóvenes, casi unos adolescentes. Ella llevaba una camiseta ceñida en la que se marcaban sus pezones como dos desafiantes puyas, lo que la convertía en todo un reclamo para los ojos. Lucía además un generoso escote que permitía apreciar el sugerente canal divisorio de los pechos, ni muy pequeños ni excesivamente grandes, oprimidos ambos bajo la estrecha prenda que los inmovilizaba. Desde luego, la muchacha desprendía sensualidad por todos los poros de la piel, hasta el punto de impregnar la atmósfera en derredor de una espesa legión de feromonas que en alguien como yo, tan proclive a sus sacudidas, no podían pasar desapercibidos, por muchos narcóticos que hubiese previamente tomado. Sus azules ojos, translúcidos como el alabastro, participaban asimismo del poder hipnótico que toda ella desprendía; tanto era así que resultaba difícil no mirarla.

           De mi ensimismamiento me sacó Julia al preguntarme por mi mujer. Le expliqué que, como de costumbre, estaba pasando el verano fuera del país, participando en unas excavaciones en no sé qué ciudad asiática de nombre impronunciable, de modo que, bromeé, me encontraba solo y desamparado en aquella urbe poblada de turistas. Julia se rió y, dándome una palmada en el muslo, bromeó a su vez sobre el peligro que suponía dejar solo durante tanto tiempo a alguien como yo. Su marido, ansioso de arrebatarnos el protagonismo de la conversación, señaló que, por lo que había podido observar, más que turistas, era una cáfila de astrosos inmigrantes la que colonizaba la ciudad, añadiendo que no entendía cómo podíamos consentir lo que, se mirase por donde se mirase, constituía una invasión en toda regla. Sus palabras venían a confirmar mis sospechas de que no había cambiado un ápice y seguía siendo el mismo reaccionario xenófobo que tan aborrecible se me hiciera desde el momento mismo en que lo conocí, un verdadero imbécil de tomo y lomo. No pudiendo soportar tanta sandez, mi mente se escapaba para acompañar a mis ojos en una disimulada visita a las insinuantes formas de la chica de al lado, quien en esos momentos extendía con dirección al mar una melancólica mirada azul a través de las cristaleras. La voz de Julia volvió a traerme de vuelta, acompañada en esta ocasión de una cálida sonrisa. No acerté a discernir qué me había dicho, pero le sonreí igualmente, al tiempo que me fijaba en el festoneado dibujo de sus labios, percatándome de lo mucho que me gustaría volver a besarlos. Levanté mi copa y propuse un brindis por los viejos tiempos. Mientras el oporto anegaba mi garganta, miré otra vez de reojo a la joven de la mesa adyacente, que había abandonado su absorta contemplación del mar para atender a los requerimientos de su acompañante. Un displicente movimiento de cabeza desplazó de lado a lado su larga cabellera bruna. Aquel gesto, aun dentro de su inocente sencillez, me pareció todo un despliegue de erotismo. Observé también sus manos, que jugaban nerviosas con los cubiertos. No parecían manos demasiado diestras, quizá incluso fueran torpes a la hora de acariciar. Daba igual, su belleza y sensualidad naturales suplirían a buen seguro esa supuesta falta de pericia táctil.

           El marido de Julia no paraba de hablar y su cháchara se me hacía cada vez más insoportable. Su encendida defensa del despido libre resultaba de lo más tediosa y vomitiva. De no haber sido por la presencia de Julia, así como por la enigmática chica de la otra mesa, a esas alturas ya me habría arrepentido de no haber declinado la invitación. Así las cosas, mi única defensa contra el incesante martilleo de aquel charlatán cansino era desconectar y dejar que mis pensamientos vagasen a su libre albedrío. Siempre he sido un experto en el arte de mantener un diálogo mientras tengo la mente puesta en otro sitio, posiblemente una de mis mayores habilidades, de modo que aquel desdoblamiento no me resultaba demasiado arduo. Para ello, miraba de soslayo al mar y me complacía en trasladarme mentalmente hasta la playa, imaginando que bajo la placidez de la noche daba un largo paseo por la orilla, tal y como de hecho solía hacer a menudo. Recordé a la sazón las palabras de Chesterton cuando afirmaba que la realidad es siempre más extraordinaria que la imaginación, habida cuenta que esta última es patrimonio del hombre, en tanto que la primera lo es de Dios, cuya clarividencia es infinitamente mayor que la humana. En todo caso, yo era ateo, por lo que esa tesis no me comprendía, aparte de que mi imaginación, de tanto entrenarla, se había vuelto por completo omnipotente. Seguí, por tanto, dando rienda suelta a mis pensamientos, que en su peregrinar fueron trasladándome de un lugar a otro, aunque sin demorarse demasiado en cada parada. Me detuve, por supuesto, en Julia y en nuestro antiguo amor frustrado, preguntándome qué habría sido de nosotros de haber seguido juntos. En un momento dado me puse a reflexionar también sobre Dante y su Divina Comedia, no sé muy bien por qué, supongo que porque me habría gustado mandar de una patada al Infierno a aquel payaso que tenía enfrente y que hablaba y hablaba sin cesar. Ni que decir tiene que hubo asimismo una parada en mi mente para la joven de la mesa contigua, a la que no conocía, pero con la que no me hubiera importado compartir lecho en esa apacible noche. El novio tenía, por cierto, cara de lelo.

           La desconexión hacía que el parloteo de Javier me llegase como un eco lejano, a ráfagas cuyo volumen divergía en proporción inversa a mi espiritual alejamiento. Yo respondía de un modo mecánico, haciendo uso de mi maestría para hilvanar frases cortas de manera automática a partir de las voces inconexas que iban captando mis tímpanos. A lo lejos, el rumor de las olas, aunque distante, sonaba sin embargo con más ímpetu que tales voces dentro de mi cerebro.

           Pese a todo, el esfuerzo por mantener el diálogo al mismo tiempo que daba rienda suelta a la imaginación estaba empezando a producirme dolor de cabeza, por lo que agradecí el respiro que me concedió mi impertinente contertulio cuando anunció que debía ir al lavabo. Al parecer tenía problemas de próstata. No pude evitar una sonrisa maliciosa cuando Julia me lo comentó. Aproveché en todo caso para hablar más íntimamente con ella. Me dijo que le iba todo muy bien, aunque detecté en sus manos un movimiento nervioso que parecía desmentir tal afirmación; yo al menos no la creí. Cuando me preguntó que qué tal me iba a mí, sólo pude contestarle que seguía como siempre, admirando la belleza del Mediterráneo, la prosa de Sábato, las óperas de Puccini y, por supuesto, la dulzura de sus ojos. Ella se ruborizó durante un segundo y me dijo que lo que seguía era siendo un zalamero embaucador y, por supuesto, un sinvergüenza redomado. Yo le dije que ya no, que mis bríos estaban desde hacía tiempo mucho más apaciguados, pese a que la próstata todavía no me daba la guerra que al bobo de su marido. Todavía reíamos a mandíbula batiente cuando regresó éste del servicio. Pasando por alto nuestras risas, se puso rápidamente a departir sobre no sé qué maricones que, según él, habían invadido la televisión en los últimos meses. A semejante dislate yo respondí con otra carcajada, más estruendosa aún que las anteriores, lo que debió terminar de mosquearlo, pues a partir de ese momento dejó prácticamente de hablar y su expresión adoptó un matiz agrio y severo. Lejos de llamarme a la prudencia, la irritación de Javier excitaba todavía más mi hilaridad, por lo que no tuve más que remedio que apartar la cara y ponerme con descaro a mirar por el ventanal. Curiosamente, la chica de la mesa contigua hacía en ese instante justo lo mismo.

           El mar estaba plácido, como si se sintiera en paz con el mundo o, más bien, indiferente a sus vicisitudes y polémicas. Las olas se deslizaban sobre su superficie como en un ballet, desprendiendo sus crestas reflejos argénteos, destellos que venían a ser guiños de luna, hasta que sin apenas un quejido morían de manera apacible sobre la orilla, como ancianos en sus lechos. Yo también me sentía plácido, en paz conmigo mismo, indiferente a mi entorno..., en especial ahora que el petimetre de Javier comía en silencio. No estaría mal, pese a todo, que de vez en cuando tanto el mar como yo nos volviésemos más bravíos y arrolladores. Como antaño. Como en los buenos tiempos. Así reflexionaba mientras proseguía mi cena y con algo de vértigo me perdía en el escote de Julia. ¿O era en el de la joven de la otra mesa?

6 comentarios:

kore dijo...

Quien sabe...quizás la joven de la mesa contigua y de ojos de alabastro
estaba dejando volar su imaginación para fundirse con las cálidas aguas de ese mar en calma
en compañía del chico de la mesa de al lado...jijiji...
Precioso relato...como siempre...muacksssss

Cavaradossi dijo...

Pues sí, quizá fue así, quién sabe qué extrañas corrientes magnéticas pueden crear entre sí las imaginaciones cuando se solapan y acoplan.
Gracias por tu comentario, Kore. Un besazo

María (Muriel) dijo...

Y dale con las "doñas perfectas"... a ver si algún dia te inspiras con mujeres reales, Cavara, ¡jajaja!!

Pues... sí, aunque puedas creer que el relato no da que pensar, a mi me ha hecho pensar. Ese tipo de encuentros es bastante peligroso, nunca se sabe cómo pueden terminar. Hay que hablar con mucho tacto, y ser un poco cínico y nada sincero. Es lo mejor.
Por cierto, creo que tengo uno pendiente dentro de poco, al que no sé si acudir...

Cavaradossi dijo...

Acude, María, acude. Siempre es mejor arrepentirse en su caso por haber hecho algo que por no haberse atrevido a hacerlo.
Y no te creas que son tan perfectas mis heroínas. Lo que pasa es que las miras con buenos ojos. jajajaja.

Bruja Piruja dijo...

Qué tiene el mar que atrapa e hipnotiza?? Preciosa descripción haces de él, me ha encantado, Cavaradossi.

Cavaradossi dijo...

El magnetismo del mar resulta irresistible, al menos para los que, como yo, sucumbimos una y otra vez a su hechizo. El mar tiene magia, te atrapa y ya no te suelta jamás.
Celebro que te gustase el relato, Bruja.
Un besazo