martes, 22 de marzo de 2011

CARTA A UNA BRUJA (11)

           La otra tarde estuve paseando por el centro y, de manera distraída, mis ojos iban fijándose en la multitud de escaparates que se sucedían a lo largo de las calles y avenidas por las que transitaba. Eso me llevó a pensar en el escaparate que sobre nuestra propia estampa mostramos en ocasiones a la vista de los demás, cuya única intención es la de dar una imagen más vistosa de la que creemos poseer. ¿No te parece, mi adorada bruja, que ante nuestros ojos desfilan continuamente multitud de engañosos escaparates, falaces como el oropel, hechos de carne y hueso? Son las huestes del disimulo, presentes por doquier, integradas por seres cuyo objetivo se centra en alterar la propia identidad para ofrecer en su lugar otra distinta, otra que, pese a no ser la auténtica o tal vez por eso mismo, consideran más atractiva. Muchos son, por desgracia, quienes componen estas milicias duchas en las artes del embozo. En realidad, salvo contadas excepciones, todos en alguna que otra ocasión hemos formado parte de ellas. ¿Quién no se ha expuesto alguna que otra vez bajo el cristal de un escaparate distorsionado? Unos más que otros, sí, pero no nos engañemos, pocos son en definitiva los que pueden afirmar no haber jamás hecho uso del fraude a la hora de exteriorizar su propia imagen.

           Es habitual, por tanto, encontrar más de un yo dentro de una misma personalidad: un yo privado, que se mantiene a buen recaudo en la esfera de la intimidad, y otro u otros públicos, prestos a ser sacados a escena en determinadas circunstancias. Sin embargo, la foto interior no engaña, podemos retocarla de cara a la galería, enmascararla si se quiere con diversos subterfugios, pero nuestros ojos no podrán dejar de tenerla presente, por muy camaleónicos que pretendamos volvernos. En ese sentido, resulta obligado conjugar esa imagen interna, la real al fin y al cabo, con el paisaje externo que nos envuelve, por más que lo hallemos a menudo insatisfactorio y nos sintamos perdidos entre sus meandros y recovecos, sin consuelo alguno a nuestras cuitas. Pero si, pese a todo, entre imagen y contexto resulta una incompatibilidad tal, que su ensamblaje se haga del todo imposible, no creo que la solución esté en camuflar la primera, sino en todo caso en tratar de encontrar un nuevo paisaje externo, o cambiar si es posible aquel en el que con tanta angustia nos desenvolvemos. Qué duda cabe que tales cambios, trasladados ya sea al plano material, ya al afectivo, no resultan siempre fáciles de llevar a la práctica, puesto que su materialización requiere de un valor y perseverancia extraordinarios, siendo además que los resultados son a menudo nefastos, corriéndose el riesgo (muy grande, por cierto) de que el nuevo paisaje sea igual de desalentador o más que el precedente. Pero incluso en ese caso habrá merecido la pena el intento, ya que nada hay más penoso que quedarse de brazos cruzados sin intentar jamás nada o, peor aún, ofreciendo una imagen falsa, exhibiéndonos siempre tras el escaparate del engaño, nuestro yo privado siempre a la sombra, oculto bajo ilusorias máscaras que a la postre resultan opresivas, actitud con la que en definitiva seremos nosotros mismos los principalmente engañados.

           Mi problema, bruji, es el tedio, ya lo sabes, esa vulgaridad que tiendo a encontrar en la propia existencia cuando ésta se me antoja anodina e insulsa, una existencia en la que los días se parecen unos a otros como gotas de agua. Por eso en ocasiones me desespero y pienso que los cambios carecen de sentido, y me vuelvo pesimista, llegando a creer que, aun colocándome en otras coordenadas diferentes, no tardaré en hallarme otra vez devorado por una monotonía asfixiante, de nuevo ahíto de hastío, deambulando dentro de un contexto incoloro que se niega a ofrecerme aliciente alguno… Pese a todo, mi espíritu no deja en tales casos de sentir la necesidad de escapar, de salir corriendo para huir de esa opresión intolerable que se instala en el alma cual inquilina aviesa, la necesidad de alcanzar al fin ese oasis cuyas formas aparecen difuminadas en el horizonte, lejanas como estrellas. Y mis piernas sienten entonces el hormigueo que precede a la carrera, ansiosas de lanzarse a ella, aun sabiendo que para llegar a ese oasis será preciso avanzar antes entre las ardientes dunas del desierto y sortear miles de falaces espejismos. Es al fin y al cabo una necesidad muy humana, demasiado humana. ¿No lo crees tú así? ¿Quién no la ha tenido alguna vez? ¿La has tenido tú, brujita? Estoy seguro de que sí.

           Menos mal que, por fortuna, como bien sabes, el desaliento raramente cuaja dentro de mi espíritu, de forma que con rapidez recobro el optimismo y me decido a disfrutar al máximo de todo aquello que con buen cariz se presenta ante mis ojos anhelantes y esperanzados, convencido de que la esencia de la felicidad no es otra que apurar al máximo el cáliz de los buenos momentos y obviar en lo posible el de los malos. Suena pueril, lo sé, pero es precisamente en lo más sencillo donde se encuentran las claves de los grandes misterios, no en absurdas complejidades que pueden llegar incluso a desquiciarnos.

           Te propongo, no obstante, que retomemos juntos esa sensación opresiva a que antes me refería y salgamos corriendo, que partamos en busca de nuestro particular El Dorado, de un nuevo mundo en el que, libres de cualquier atadura, podamos tú y yo buscarnos el uno al otro y, quizá, quién sabe, terminar de encontrarnos. ¿Te parece? ¡Correr, bruji, correr! No tengas miedo. Siempre que se haga hacia adelante y por el camino correcto, correr no entraña peligro alguno, máxime si lo haces a mi lado, pues bien sabes que me hallaré en todo momento presto a socorrerte ante el más mínimo percance. No, el peligro no está en correr, sino si acaso en hacerlo por una senda o dirección equivocada, en cuyo caso la carrera se tornaría absurda y sin sentido, y terminaríamos extraviándonos y yendo a parar a cualquier páramo sin retorno. Pero esta carrera, bruji, la nuestra, marcharía sin duda bien encaminada, con un objetivo claro que se iría perfilando a medida que nos desnudásemos de prejuicios y, mientras corremos, atrás fuésemos dejando frustraciones y desengaños: nuestro propio paraíso, aquel en el que poder reencontrarnos y disfrutar plenamente de cada momento, eternamente, sin nada ni nadie que nos perturbe.

           ¿Qué me dices, brujilla? Espero tu respuesta

           Hasta entonces, un beso tibio sobre esos labios, forjados precisamente para eso, para ser besados por los míos.


C

6 comentarios:

CAROL LEDOUX dijo...

Yo creo que el hastío y la rutina son tan necesarios como los momentos de felicidad, ya que sin los primeros, no nos sentiríamos vivos con los segundos, no crees? Si todo fuera diversión y goce al final ni lo valoraríamos. El ser humano necesita ambas cosas para ser feliz y sobre todo, no darle mucha trascendencia a nada, ni siquiera al aburrimiento. Al fin y al cabo, la rutina es una vieja amiga que de vez en cuando te da un sabroso caramelo, como si te dijera "te lo has ganado por soportarme" :-)

Besiiiiis.

Cavaradossi dijo...

Bueno, visto así... Esperemos en todo caso que en ese pulso los momentos felices ganen por goleada a los de aburrimiento, de tal forma que sean muchos los caramelos con los que nos obsequie la vieja amiga rutina.

Pero sí, admito que tienes toda la razón en tu apreciación: en el fondo si valoramos más la felicidad es precisamente por su contraste con la tristeza, del mismo modo que el calor se aprecia más cuando se tuvo antes frío.

Un beso, Carol, y gracias por tu comentario.

María (Muriel) dijo...

Suerte tienes de que tu bruja esté en tan buena forma, que si tengo que salir yo a la carrera contigo, lo llevas claro... ¡¡jajaja!!!

Es verdad lo de los escaparates, aunque hay a quienes nos lo han dado ya de fábrica con el cristal roto... Para mí sería demasiado pesado instalar un cristal nuevo, de modo que, quien pase por mi lado y no le guste... que se vaya a contemplar otro escaparate, oye...

La rutina... la no rutina... el hastío, el no hastío... Parece que es un tema que te obsesiona un poquito, ¿no?.
Mira cualquier imagen del universo... ¿no hay más cantidad de vacío que de materia?
Pues eso... no somos sino universos pequeñitos...
(perdona que no me ponga tan profunda como tú, es que no sé)

PD: Se te echa de menos por otros lares...

Cavaradossi dijo...

Más que obsesionarme, diría yo que es un tema sobre el que me gusta reflexionar.
Y hablando de reflexión, me ha encantado la metáfora sobre los universos

Bruja Piruja dijo...

Querido Cavaradossi, cuando hay tanta necesidad de salir corriendo como la que aquí describes, nunca hay camino, ni ruta, ni senda equivocados. Lo equivocado sería quedarse quieto y no moverse...

Por cierto, me encantan los besos que le das a tu brujita. Otro par de ellos para ti.

Cavaradossi dijo...

Yo también lo pienso asi. En estos casos no hay peor decisión, a mi juicio, que la inacción.

Besos