viernes, 4 de marzo de 2011

UN DÍA CUALQUIERA

           La resaca con la que amanecí fue de las que hacían época, cientos de alfileres hincados en mi cráneo que, cual legión de voraces insectos, agitaban por dentro su metálica y buida osamenta. Me llevé las manos a las sienes y apreté con fuerza, pero ni por esas conseguía que los pinchazos disminuyesen en su virulenta acometida. La noche anterior me había asaltado otro dolor también muy fuerte, aunque de muelas, y tan puñetero que no me quedó otro remedio que anestesiarlo mediante cuatro bien cargados copazos de aguardiente. Aquel póquer etílico había conseguido, en efecto, derrotar al dolor de muelas, pero al despertar me tenían preparada su factura en forma de una jaqueca mil veces más punzante. Creí que la cabeza me estallaría de un momento a otro. En consonancia con mi indómita naturaleza haragana, decidí al instante que no acudiría a la oficina, no estaba en condiciones de hacerlo, y dedicaría la mayor parte de la jornada a holgazanear de acá para allá, firme propósito con el que, todavía medio adormilado salí de la cama y, dispuesto a calmar la resaca con cuanta agua fresca hallase en la nevera, me dirigí a la cocina. Mi objetivo quedó truncado por el fuerte porrazo que me di contra mi mujer, quien en esos momentos venía andando por el pasillo, fregona en mano, en dirección contraria a la que seguían mis tambaleantes pasos. Inés siempre me dice que se siente invisible en mi presencia, aludiendo al nulo caso que, según ella, le hago, pero, qué demonios, esta vez sí que lo había sido literalmente, al menos para mis legañosos ojos. Lo cierto es que el imprevisto encontronazo conyugal terminó de despertarme, al tiempo que se intensificaba el terrible dolor de mi azotea, tanto por el golpe en sí como por el añadido sofión con que Inés vino a recriminar mi torpeza. Que si no ves por donde andas, que si parece que estás en la luna, que si eres tonto del culo, que si casi me descalabras, que si cualquier día de estos vamos a tener una desgracia gorda. Sólo le faltó arrearme con la fregona. Y eso que la culpable fue ella sin lugar a dudas, pues yo a fin de cuentas andaba todavía con la soñarrera a cuestas, eximente más que admisible, mientras que ella en cambio hacía ya bastante rato que estaba despierta, ¡y bien despierta!, con lo que ninguna excusa válida tenía para no haberme visto a tiempo de esquivar la funesta colisión. Aquel incidente reforzó en cualquier caso mi ya de por sí firme propósito de no ir a trabajar ese día, por lo que, sin más dilación, telefoneé a mi jefe para comunicárselo. Éste refunfuñó y dijo que eran ya muchas las veces que había faltado al trabajo durante el último mes, que ya estaba bien de tanto cachondeo y que como siguiera por ese camino no tendría otro remedio que tomar drásticas medidas respecto a mí. Como es de suponer, mi dolorida cabeza no estaba para ese tipo de monsergas, por lo que colgué sin más, dejándole así con el gruñido en la boca. Mi jefe, que es también mi cuñado, es un calavera disoluto que, entre otras, se folla a su secretaria, que es por otro lado la hermana pequeña de su mujer y de la mía, todo un putón verbenero de mucho cuidado. Él sabe que yo lo sé, por lo que le tengo cogido por las pelotas: la más mínima infidencia mía y en la familia estalla la tercera guerra mundial. Por eso sus amonestaciones me la traen floja.

           Como no tenía ganas de seguir aguantando los reproches de Inés, con esa voz de pito suya que parece diseñada para destrozar tímpanos, salí de casa sin desayunar. Ya tomaría algo en cualquier tasca. Mi intención era dejarme caer por el centro, así que me metí en el metro, dispuesto a salvar las seis estaciones que me separaban de mi destino. A esa hora los vagones iban todos atestados de gente, componiendo un verdadero amasijo de carnes sudorosas apretujadas unas contra otras que desprendían un nauseabundo hedor ácido. Aquel olor casi hace que me desmaye. No obstante, siempre he dicho que de toda situación penosa puede sacarse algún provecho, de modo que a trompicones y a base de codazos me hice con un hueco al lado de una rubia despampanante, a la que empecé a sobar el culo aprovechando la confusión. Ya que las circunstancias forzaban a un viaje incómodo, había que procurar suavizar al máximo las molestias, o dicho de otro modo, obtener alguna que otra delicia de tanta apretura, y con ese empeño se afanaron mis manos en palpar aquellas dos deliciosas medias lunas que tan sugerentes se ofrecían. La rubia dio un respingo al primer contacto, pero luego ajustó sus glúteos a la evolución de mis movimientos táctiles y, salvo algún que otro rezongo y un par de miradas reprobatorias que me lanzó de soslayo, ni se apartó ni dijo nada, por lo que, deduciendo que le estaba gustando el sobeo, me apliqué con mayor diligencia en su práctica. Ambos nos apeamos en la misma estación, yo con la polla más tiesa que el asta de una bandera, y tras separarnos en el andén por el empuje de la multitud, le guiñé desde la distancia un ojo en señal de complicidad, gesto al que ella respondió con una mirada donde creí percibir que se mezclaban a partes iguales el asco y la ira. Ni que decir tiene que aquella mirada me produjo bastante extrañeza, habida cuenta la maña que me había dado yo en la fricción previa, lo que, a mi entender, debería tenerla obnubilada, no enojada. Lanzó entonces la rubia un suspiro abrupto y, aprovechando que el apeadero estaba ya más despejado de gente, encaminó con decisión sus pasos hacia mi persona. Yo permanecí quieto aguardando su llegada, sonriente, ufano, confiado en que, pese a la cara de pocos amigos que aún exhibía, venía dispuesta a caer rendida entre mis rollizos brazos; pero en lugar de eso, lo que cayó fue todo su peso sobre mi pie derecho, en el que clavó con saña uno de los afilados tacones de sus zapatos, al tiempo que murmuraba entre dientes “hijo de puta pervertido”, o algo similar, que tan grande fue el dolor que de súbito me sobrevino que no pude prestar demasiada atención a sus palabras exactas. Emití un aullido y tras a duras penas reponerme del daño pude ver cómo la agresiva rubia se alejaba bombeando el culo. ¡Impúdica zorra! Hubiera debido ir tras ella para pedirle explicaciones, pero la prudencia me aconsejó que no lo hiciera, no fuese a llevarme un nuevo pisotón de propina, de modo que opté por dar media vuelta y escabullirme por otra salida diferente.

           Ya en la calle, mis tímpanos recibieron la brutal agresión de los martillos percutores que desde hacía varios años porfían, a base de abrir zanjas y más zanjas, por dejar bien a la vista las tripas de la ciudad. Introduje en cada oído un dedo meñique y me alejé a pasos apresurados de aquel ruido infernal. En un bar tomé café con porras, que me sentaron de fábula, y luego una copita de aguardiente con la que eliminar los últimos rastros de la resaca. Con el cuerpo ya bien templado, me fijé en un negro que, provisto de una ajada mochila de considerables dimensiones, serpenteaba entre la escasa clientela del bar proponiendo cambalache. Cuando llegó a mi altura, le hice un gesto significativo con la mano para que se alejara, pero el moreno hizo caso omiso y plantó su mochilón sobre la silla contigua a la que ocupaban mis orondas posaderas, abriéndolo acto seguido para mostrarme orgulloso el arsenal de discos y películas pirateadas que guardaba dentro. Muy fastidiado por la impertinente intromisión, le expliqué que no me interesaba su mercancía de confección casera, que se largase y me dejara digerir tranquilamente las porras que acababa de zamparme; pero el africano, que apenas si chapurreaba dos o tres palabras de español y que me temo tampoco lo entendía demasiado bien, seguía importunando, ansioso al parecer por cerrar tratos conmigo, lo que terminó de hincharme las narices, tanto que decidí darle un buen susto que le sirviera de escarmiento, de manera que, torciendo el ceño y clavando una mirada aviesa sobre sus dos níveas escleróticas, le dije que era policía y que me veía obligado a confiscarle todo el género y conducirlo a él a comisaría en calidad de detenido. El negro, que hasta entonces ya digo que no daba muestras de comprender nada, sí que en esta ocasión debió captar el significado de mi proclama, pues se quedó completamente paralizado, suspendido su semblante en una expresión despavorida. Balbuceó luego algunas palabras que no entendí demasiado bien, pero que en cualquier caso iban unidas a lastimeras reverencias, venias y gestos que deprecaban en conjunto misericordia. Esa actitud amilanada y en extremo sumisa del zagal vino a provocarme risa y pena al propio tiempo, de manera que tras soltar unas sonoras carcajadas, hice valer mi natural condescendencia y le dije que no se preocupara, que me pillaba de buenas y que por esa vez haría la vista gorda. Viendo que, pese al generoso indulto, no cesaba de temblar y fijar en mis facciones una mirada de pánico, lo invité por añadidura a un trago para ver si así recuperaba el aplomo, no fuera a ser que del susto llegase a palidecer tanto que se volviera blanco. A tenor de la evidente fruición con que se echó el aguardiente a la gola, deduje que al moreno debía gustarle bastante eso de empinar el codo. Nos tomamos juntos otros dos lingotazos más, de modo cuando me fui del bar estaba mi nuevo amigo más contento que unas pascuas, hasta el punto que me regaló un lote de pelis piratas que sin rigor alguno extrajo de su aparatosa mochila. La verdad es que a mí no me interesaban para nada, pues salvo en lo que se refiere al cine porno, que consumo casi a diario, no soy nada aficionado al séptimo arte, por lo que en una calle aledaña a la Gran Vía regalé a su vez todo el lote a un tullido que pedía limosna junto a una iglesia. Me miró con cara de no entender y yo le dije que aquellos soportes magnéticos incorporaban en realidad grabaciones de altísimo secreto obtenidas por los servicios de inteligencia de Uzbekistán y que me era obligado desprenderme de ellas porque tenía a la CIA, a la KGB y al superagente 86 pisándome los talones, pero que confiaba en que él pudiese hacerlas llegar a la policía, gestión que a buen seguro le reportaría a cambio una sabrosa recompensa con la que comprar luego en el súper de la esquina unos cuantos cartones de vino que le permitieran emborrachase a mi salud. Lejos de alterar la alelada expresión que el semblante del mendigo exhibía, mi detallada explicación la acentuó todavía más si cabe, en especial como consecuencia de la sonrisa estúpida que dibujaron sus labios, supongo que por el placer que debió provocarle escuchar salir de los míos las palabras vino y emborracharse, y así, mientras meneaba repetidamente la cabeza de arriba abajo, vino a darme las gracias con una voz gangosa que me causó tanto o más repelús que su propia estampa astrosa.

           Dejé al indigente disfrutar de sus ensueños de beodo y me dediqué a pasear durante un buen rato. La mañana era soleada y tibia y yo me sentía radiante. Ya no quedaba ni rastro de la jaqueca con la que despertara esa mañana. Poco después vi una sala de billar y decidí entrar a echar unas carambolas. Dispuse las bolas en posición de máxima dificultad, apliqué su buena dosis de tiza sobre el taco y, convencido de rizar el rizo de la sofisticación billarística, apunté al objetivo, ansioso por ver convertido en realidad el éxito que auguraba; pero, oh fortuna funesta, el maldito palo se me escurrió entre los dedos y, en lugar de la pretendida carambola, lo que sucedió fue ni más ni menos que abrió el tapete de lado a lado, en lo que venía a ser un desgarrón de magnitudes considerables. Mi natural virtuosismo no encajaba con tamaña badomía, por lo que he de suponer que el error obedeciera bien a la mala calidad del taco, bien a insondables albures que de vez en cuando se presentan y frente a los cuales ni los más eximios jugadores, entre los que por supuesto ha de incluírseme, pueden sustraerse. El caso es que me cargué el tapete y, ante la posibilidad de que el encargado lo achacase a mi torpeza y me exigiera reparar el desagravio, opté por un discreto disimulo que me permitiese burlar la vigilancia de aquél, cuya cara de buldog no me inspiraba por cierto confianza alguna, y que no se percatara del desaguisado. Hubiese sido injusto recriminarme por algo que no dejaba de ser un lamentable accidente, pero me daba en la nariz que aquel gañán no aceptaría de buen grado mis cabales explicaciones y me trataría de malos modos, insistiendo como poco en que le pagara por los desperfectos causados o, lo que era peor, violentando mi integridad física con alguna que otra agresión furibunda, lo que, a la vista de su ruda apariencia, me provocaba cierto acojone, todo sea dicho. En cualquier caso, no pensaba quedarme allí para constatar su reacción, de modo que, aprovechando un momento en que el buldog se metió en los lavabos para, supongo, echar una meada, plantar un pino o hacerse una bartola, salí pitando del local.

           Culebreé a medio trote por varias calles hasta que, accediendo a la invitación que me hizo un tipo con gafas oscuras de cuyos labios colgaba un humeante pucho, me introduje en un recinto con trazas de ser buen refugio en el que ocultarme durante algún tiempo, por si acaso el buldog decidía buscarme por los alrededores. Ya dentro del local, bajé por unas escaleras sinuosas que me condujeron a una especie de bar cuya superficie se hallaba casi en su totalidad tomada por la penumbra. Al principio mis pupilas, todavía bajo la influencia de la luz solar, sólo acertaron a ubicar la barra, que aparecía iluminada por una tonalidad violácea, y hacia allí me aproximé para pedir un sol y sombra con el que calmar los nervios sobrevenidos tras mi reciente peripecia. Segundos después, no obstante, ya estaban hechos mis ojos a las sombras de aquella gruta y pude comprobar que aquí y allá se disponían sillones de confortable apariencia donde acomodaban sus traseros una serie de féminas de buen ver, así como algunos otros que cobijaban a parejas dándose arrebatados magreos. El sitio se me antojó tocado por cierta elegancia frívola muy de mi agrado.

           Apenas si había pedido el sol y sombra cuando una de las chicas solitarias se levantó de su asiento y, meneando sus caderas con impúdica cadencia, se acercó a mí para con voz melosa proponerme que le invitase a una copa. Sus gestos e insinuaciones me hicieron comprender que se trataba de una puta y que el lugar donde me encontraba no era sino un burdel. Me sorprendió que estuviese abierto al mediodía, dado que, por regla general, ese tipo de recintos constituyen más bien templos de la noche. E igualmente me sorprendió la sofisticada apariencia del local, nada comparable a los lupanares de carretera a los que yo suelo acudir para refrigerar mis varoniles sofocos. A pesar de lo pintarrajeada que iba, la chica era bonita y, aunque resultaba difícil calcular su edad con tanto maquillaje aparatoso, supuse que bastante joven. Tenía pómulos altos y unos labios carnosos que evidenciaban raíces sudamericanas. Colombiana, vino ella misma a confirmar mi conjetura. Y tenía también y sobre todo un culito respingón que no dejaba de reclamar a gritos ser tocado, así como un par de tetas espléndidas que asomaban a través de un escote vertiginoso, tan apetitosas que mi vista quedó casi de inmediato atrapada por su indudable magnetismo. El caso es que me entró el gusanillo de la follanza, de modo que cuando, tras acceder a pagar esa copa, ella me preguntó, guiñándome un ojo, si me apetecía, yo le pregunté a su vez que cuánto. Sonó en ese momento mi móvil, que lo llevaba guardado en uno de los bolsillos del pantalón, y dado que lo tenía dispuesto en el modo vibración, resultó que las sacudidas oscilantes del aparato, habida cuenta su proximidad precisamente con ese otro aparato que simbolizaba mi carnal deseo, vinieron a espolear éste todavía más, con lo que las ganas de follar se me hicieron incoercibles. Fue por tanto esta vibrátil agitación la que terminó de convencerme. Quien llamaba era por cierto Inés, supongo que para darme cuenta de cualquier bobada de las suyas, de manera que desconecté el teléfono sin llegar a responder y me puse a ajustar con la puta el importe de sus servicios. Apenas si regateé, pues andar escatimando euros a tan abnegadas sacerdotisas del placer se me antoja una bellaquería impropia de caballeros, por lo que convine con ella un precio razonable y nos metimos acto seguido dentro de un reservado al que se accedía por una puerta lateral del propio recinto. La pieza la ocupaban casi por entero una cama y un lavabo, y sobre la primera nos acomodamos la colombiana y yo, una vez, eso sí, despojados de todo ropaje y tras haberle pagado antes lo estipulado, para proceder al siempre gozoso juego de la coyunda. El polvo fue genial, pese a que apenas si duró dos o tres minutos, ya que aquella jodida daifa meneaba las caderas y gemía de un modo tan espectacular que todos los esfuerzos que puse en contener durante algo más de tiempo mi postrer estallido devinieron inútiles.

           En cualquier caso, el mete saca me sentó de miedo y salí de aquel agradable lugar con los ánimos muy renovados. Y con bastante hambre, pues el reloj estaba próximo a dar las tres y en mi estómago ya no quedaba ni rastro de las porras ingeridas como desayuno. Valga decir al respecto que yo soy un comilón empedernido, como así evidencia con notoria claridad mi distinguida anatomía de hipopótamo. Así que, sin más preámbulos, me introduje en un bar donde servían comidas caseras y me agencié un buen plato de fabes con chorizo, al que siguió como segundo un suculento par de huevos fritos, todo ello regado con vino tinto de la casa. Café, cigarrillo y copita de coñac pusieron sobremesa a tan generosa comida, y justo cuando empezaba notar los efectos del clásico sopor que se apodera de uno tras la pitanza, me acometieron unas incontenibles ganas de soltarme un pedo. Miré en derredor con disimulo y comprobé que la mesa más próxima a la mía por el lado derecho la ocupaba una pareja joven que, si se atendía a los arrumacos con los que no dejaban de agasajarse entre bocado y bocado, debía andar en plena fase de amartelamiento, en tanto que justo a mi siniestra comía un solitario señor de avanzada edad ataviado con traje y corbata oscuros. Supongo que lo correcto hubiera sido ir al lavabo para allí aliviar con discreción la inoportuna necesidad que me asaltaba, pero lo cierto era que me sentía muy pesado y flojo, como no podía ser menos en plena fase de digestión, y no tenía en consecuencia la menor gana de levantarme de la silla; dudo mucho por otro lado que me hubiese dado tiempo de llegar al reservado, pues el pedo se impacientaba por salir y golpeaba con obstinada insistencia la puerta del angosto orificio que lo taponaba, incapaz éste de seguir reteniendo su fuga mucho más. En esta disyuntiva lo único que podía hacer era aplicarme todo cuanto me fuera posible en la tarea de controlar el esfínter, a fin de que la ventosidad prorrumpiera sin demasiado estruendo. Sonó un poquito, aunque no demasiado, una especie de silbido cuya atiplada cadencia se fue difuminando hasta terminar convertida en poco más que un siseo de serpiente, algo que en todo caso habría podido mal que bien disimular mediante algún oportuno gesto que responsabilizara del ruidillo a un imprevisto arrastre de la silla donde me hallaba sentado. Sin embargo, el peaje sensorial que se cobró el dichoso pedo fue, más que auditivo, de carácter olfatorio, toda vez que, aunque no tonante, sí que salió portando un profuso armamento químico, semejante al que suelen contener aquellos de los que acostumbro a servirme cuando quiero que Inés me deje solo, auténticas armas letales que con sumo sigilo invaden las glándulas pituitarias de la desprevenida víctima hasta por entero impregnarlas con su deletérea fetidez, y en ese sentido mi reciente cuesco resultaba a todas luces imposible de disimular. Los jóvenes de mi derecha, nada más detectar el hedor, comenzaron a hacer gesticulaciones con las manos y a fruncir repetidamente la nariz, como queriendo con tales visajes contener la invasión tóxica que se les venía encima. Segundos después, conscientes ya de la imposibilidad de su propósito, intercambiaron entre ellos algunas frases que, si bien no escuché, supongo debían guardar relación con la conmoción sufrida, mientras de soslayo me miraban con cara de asco. Por su parte, el viejo, menos comedido que mis otras dos víctimas, empezó a hacer aspavientos con la cara y, dirigiéndose a mí, me espetó unas cuantas palabras gruesas, entre otras que era un guarro sin educación ni compostura alguna. Le respondí diciendo que me dejara en paz, que no estaba yo para escuchar sermones de esa jaez, pero como el muy cansino insistía en sus reproches y en sus lecciones de urbanidad, terminé amenazándole con tirarme otro pedo de todavía mayor enjundia si no se callaba. La amenaza surtió efecto, pues el viejo, luego de menear la cabeza de un lado a otro en un gesto despectivo, no volvió a decir ya esta boca es mía.

           Salí del restaurante y anduve deambulando un rato por la zona, moviéndome sobre todo por instinto, es decir, siguiendo la dirección por la que me guiaban los culos y tetas de aquellas transeúntes que, cruzándose en mi camino, merecedoras eran de un detenido escrutinio por mi parte. Esta ocupación me mantuvo entretenido un par de horas, hasta que, cansado de tanto vagar, decidí que llegado era el momento de volver a echar un trago al gaznate. La verdad es que tenía todavía un agridulce sabor de boca por el episodio del restaurante, resabio que, bien lo sabía yo, sólo conseguiría definitivamente atemperar mediante la ingesta de al menos un par de pelotazos. Así que, sin más preámbulos, me introduje en el primer bareto que encontré por el camino, que resultó ser un local pequeño y bastante cutre cuya deslucida barra atendía un tipo que, en consonancia con el mal pelaje del recinto, exhibía una delgadez extrema y un macilento semblante. Mi parco nivel de exigencia en lo que a estética y pulcritud de bares, tabernas y tascas en general se refiere hizo que no me importase demasiado el penoso aspecto de ésta en concreto, ni mucho menos la cadavérica fisonomía de su dueño, ya que soy de la opinión que lo que realmente importa en este tipo de establecimientos es el contenido de las botellas que pueblan sus repisas y no el ornamento externo ni la mejor o peor presencia de quienes las atienden, de modo que me acodé sin remilgo alguno sobre la barra, que en esos momentos ocupaban otros dos parroquianos más, y pedí un cubata de ron con coca-cola que saboreé con verdadera fruición. Luego pedí un segundo y, como no hay dos sin tres, un tercero. Tanteé entonces mi billetera y pude comprobar que ésta andaba más vacía que el estómago de Gandhi, sin la liquidez necesaria en cualquier caso para abonar las tres consumiciones pedidas. A la sazón quiero dejar patente mi indignada repulsa por el hecho de que algo tan indispensable como el alcohol, producto que mantiene vivas nuestras más sagradas tradiciones, no sólo no sea considerado de primera necesidad, como sin duda debiera serlo, sino que haya llegado a alcanzar en los últimos tiempos una cotización tan elevada. ¡Qué asco! En fin, dejémoslo. El caso era que o buscaba un eficaz remedio que me evitase pasar por caja, o tendría que vérmelas con el gaznápiro de la barra, al que no le haría ninguna gracia mi insolvencia y me armaría a buen seguro un follón de cuidado. Planeé escabullirme al descuido en la primera ocasión propicia que al efecto se me presentara, pero pronto me di cuenta que la empresa no sería fácil, por un lado porque el churretoso camarero parecía andar en todo momento ojo avizor, sin perder detalle de cuanto pasaba al lado opuesto de la barra que atendía, y por otro porque mi incipiente estado de embriaguez no era desde luego el más idóneo para una evasión precipitada, máxime si ésta exigía a la postre echar a correr, tarea para la que, a mayor abundamiento, mis elefanciacas extremidades inferiores tampoco resultaban las más apropiadas. Así las cosas, estaba claro que si el escuálido tipejo me sorprendía mientras yo tomaba las de Villadiego, no iba a tardar demasiado en darme alcance, y tampoco era cuestión de enfrascarme con él en una pelea en plena calle, por más que sus trazas no fueran en ese aspecto demasiado atemorizantes. Por fortuna, el alcohol acostumbra a aguzar el ingenio, sobre todo cuando con la necesidad hace alianza, y en mi caso la inspiración llegó en alas de una mosca que acababa de posarse junto a mi vaso, insecto cuya repulsiva naturaleza me hizo discurrir una idea que puse en práctica sin la mayor dilación. Con agilidad felina y sin que nadie me viese, atrapé la mosca con una mano y la introduje, ya muerta, dentro del vaso que contenía mi tercer lingotazo, del que ya había apurado más de la mitad de su estimulante miscelánea, para acto seguido, con el cuerpo inerte del insecto flotando sobre el líquido elemento, comenzar a hacer aspavientos con los brazos mientras profería despepitadas voces quejándome de la presencia de aquel repelente bicho en mi bebida, de que aquello era lo más asqueroso que me había sucedido nunca, de que me daban ganas de vomitar, de que no me extrañaría haber incubado cualquier enfermedad tras la ingesta de ese brebaje intoxicado por tan repugnante inquilino y de que eso no era sino una consecuencia más de la absoluta falta de higiene que mostraba aquel bar de mala muerte y de la intolerable desidia de su encargado. Al reclamo de mis clamores, este último se acercó frotándose las manos en su lardoso mandil, y al ver la mosca en el interior del vaso casi se le salen los ojos de las cuencas, presa tanto del asombro como del horror. Entre balbuceos vino a decir que no entendía cómo podía haber sucedido semejante catástrofe, que era inaudito, que en su casa nunca pasaban esas cosas y que lo lamentaba muchísimo, que en todo caso aquello debía ser seguro culpa de la embotelladora. Hice entonces varias fotos con el móvil y lo amenacé con denunciarle a Consumo, a Sanidad y a quien hiciera falta, al tiempo que de nuevo hacía hincapié en lo sucio y descuidado en general que estaba aquel local, cuyo cierre iba a proponer de inmediato, algo que no dudaba conseguir dados mis numerosos e importantes contactos en el sector. Esto último lo dije en un tono tan convincente que las facciones del atribulado barman adquirieron de súbito una lividez espectral, hueras de todo rastro de sangre, reflejado en ellas un espanto tal que no parecía sino la antesala de la misma muerte. Casi con lágrimas en los ojos, me pidió perdón y me rogó que no lo hiciera, que aquello había sido un desagradable accidente y que de aquí en adelante pondría todo el esmero posible en que no volviera a suceder nada parecido. Continuó profiriendo una larga retahíla de deprecaciones y expresiones de arrepentimiento, entre las que sólo faltó ponerse de rodillas, hasta que finalmente sobrevino el desenlace que yo había pretendido al idear toda esa martingala, cual fue su ofrenda de un nuevo cubata, que me sirvió con manos temblorosas, y la proclamación de que, por supuesto, todas las consumiciones ingeridas corrían, a modo de resarcimiento por las molestias causadas, de cuenta de la casa. Hice un mohín de fastidio y luego de emitir un largo suspiro, dije que vale, que por esa vez lo dejaba correr, más que nada porque me daba pena y no quería tampoco arruinarle el negocio, pero que tuviese más cuidado en lo sucesivo. Así que apuré el cuarto pelotazo y salí de aquella cantina más contento que unas pascuas, y nunca mejor dicho.

           Poco después, sin embargo, los caprichos de Fortuna harían que me viese envuelto en un lance que vino a agriar buena parte de esa alegría que llevaba encima. Resulta que iba yo caminando tranquilamente, absorto en mis propios pensamientos, acariciada mi piel por la ligera brisa que, a esas horas de la tarde, ya próximo el crepúsculo, se había levantado, cuando divisé a un par de chiquillos que a corta distancia me señalaban descaradamente con el dedo y, sin recato alguno, proferían sonoras carcajadas. No había que ser ningún lince para adivinar que estaban mofándose de mi augusta persona, lo que se hizo aún más paladino cuando, horros de cualquier género de compostura, pasaron a sazonar sus risotadas con expresiones burlescas referidas a mi apariencia física, que si vaya un gordo, que si menudo elefante está hecho y otras insolencias de similar calibre, sin al parecer importarles un bledo que mis oídos captasen tamañas impertinencias. Muy molesto, me acerqué a los dos lenguaraces, que no tendrían más de nueve o diez años, y les reproché su pésima educación, afeándoles esa descarada befa que hacían de un adulto. En vista de que la cara de ambos arrapiezos, lejos de vergüenza alguna, seguía reflejando descaro y guasa, intensifiqué el rapapolvo y les dije que sus padres, si tenían algo de decencia, deberían darles de latigazos hasta arrancar a tiras la piel de sus simiescas carnes, y añadí que si no fuera por la sobreprotección que esta sociedad decadente otorga a los mocosos como ellos, yo mismo les arrearía allí un buen sopapo que les sirviera de lección. Fue decir eso y salir del portal contiguo una especie de basilisco con un pañuelo anudado a la cabeza que empezó a gritar que quién era yo para sermonear así a sus hijos y amenazar con agredirles, que a ver si iba a ser ella la que me diera a mí ese sopapo. Seboso, agregó como colofón a su desplante. Tras depositar en la arpía una mirada de absoluto deprecio, la conminé a que se callase y, señalando a sus dos supuestos vástagos, le dije que esos niños lo que necesitaban era tener más educación y mejores modales, pero que dado el ejemplo que su propia madre les daba, no creía posible paliar tales carencias. Ella se soliviantó todavía más y me llamó sinvergüenza y culo gordo. Espoleado por sus insultos y también, por qué no decirlo, por el pedete que llevaba encima, contraataqué redarguyendo que ella sí que tenía un culo gordo. Gordo y espantoso, fueron los dos concretos epítetos que apliqué a su trasero, ambos desde luego certeramente ajustados a la realidad que exhibía la desembocadura de su espalda: un culo y unas caderas tan espectaculares que los dos insolentes muchachuelos se refugiaron a su socaire y desaparecieron por completo de mi vista. Fuera de sí, la señorona me espetó que yo era un grosero y que encima me olía el aliento a alcohol, al tiempo que, arrugando el morro despectivamente y moviendo a la altura de éste la mano de arriba abajo como si fuese un paipai, componía un visaje de asco. Sin inmutarme lo más mínimo, repuse que mejor que me oliese a alcohol que no a ajo como a ella. La bruja se irritó entonces todavía más y vino a decirme que si su marido, que en paz descansara, estuviese allí presente, me daría de lo lindo, a lo que yo repliqué que no me extrañaba que su marido se hubiera muerto, puesto que sin duda alguna era preferible reposar definitivamente en la huesa que compartir cada noche tálamo junto a semejante adefesio. Grosero, repitió ella. Esperpento, le solté yo. Y así proseguimos insultándonos mutuamente a base de diatribas e increpaciones de toda índole. A cierta distancia, atraídos sin duda por el enaltecido tono de voz de mi émula, se iba formando entretanto un nutrido coro de curiosos, todos ellos muy atentos, espectadores que en silencio asistían a la función que durante algunos minutos les mantendría entretenidos y de los opresivos brazos del hastío sustraería momentáneamente sus anodinas existencias. En un momento dado, no obstante, observé que del círculo de curiosos surgía una persona que, decidida, avanzó en dirección a donde los litigantes nos encontrábamos. Pero si yo conozco a este hombre, proclamó el espontáneo. En ese instante reconocí al señor de avanzada edad con el que horas antes coincidiera en el restaurante donde ambos habíamos comido, aquel al que tanto pareció molestar la aromatizada ventosidad que mi organismo se vio apremiado entonces a expeler. Era evidente que desde aquello me había cogido ojeriza, puesto que sin saber nada de la historia y, lo que era más importante, sin que nada le fuese a él en ella, se alió de inmediato con mi rival, asegurando con firmeza que yo era un guarro de tomo y lomo y un maleducado, tras lo cual, como si fuese un redivivo Homero, se puso a narrar en público lo sucedido en el restaurante, magnificándolo todavía más a base de falaces exageraciones. Yo le hice ver que nadie le había dado vela en ese entierro y le aconsejé que se fuese al asilo a comer sopitas y buen vino. Él amenazó entonces con arrearme con el bastón que portaba, lo que me llevó a retroceder prudentemente un par de pasos, no fuera a ser que aquel cerril vejestorio cumpliese su amenaza y menoscabara con su báculo mi integridad física. El caso fue que la entrada del viejo en el conflicto animó a otros transeúntes, que se aproximaron también y, fieles a esa cobarde idiosincrasia que suele caracterizar a la especie humana cuando se blinda dentro de la manada, tomaron partido por el bando que abrigaba mayor número de efectivos, sin importarles un bledo de qué lado estuviera la razón, que lo estaba del mío, por supuesto, de manera que de repente me encontré lidiando yo solito contra toda una cáfila de energúmenos. Conjurados todos contra mí, aquello se convirtió de pronto en una especie de torre de Babel donde voces y gestos se mezclaban en una abigarrada cacofonía ininteligible, lo que me llevó finalmente, dada mi evidente desventaja numérica y ante la manifiesta imposibilidad de hacer valer mi superioridad moral y dialéctica, a tomar la decisión de largarme de allí. Ni que decir tiene que no hay que buscar cobardía en esta actitud, sino tan sólo la sensatez de quien comprende que no merece la pena perder el tiempo en litigios con toda una pléyade de palurdos. Así que, sin más, di media vuelta a mi oronda figura y me alejé del lugar con elegancia y aplomo, dejando allí plantados a la arpía del pañuelo en la cabeza, a sus dos endemoniados hijos, al viejo gruñón de la vara y al resto de mis escandalosos adversarios. ¡Ahí se jodiesen todos ellos!

           Anduve otro rato caminando, más que nada para ver si me despejaba un poco y se me pasaba el cabreo con que este último episodio envenenara mi sangre. Sin embargo, ya la noche se me echaba encima y, como no tenía ganas de continuar vagando sin rumbo, no fueran además mis pasos a conducirme a algún arrabal poco recomendable, decidí que llegada era la hora de volver a casa. Como es de suponer, seguía bastante achispado, no en vano el efecto de tantos lingotazos no se pasa por una pueril discusión, lo que me hizo sopesar el riesgo de subirme al metro, en especial la posibilidad de que en mis condiciones fuera a dar un inoportuno traspiés que me llevase a caer de bruces sobre la vía. Esa nefasta contingencia, unida a lo poco apetecible que me resultaba volver a soportar los codazos y hedores habituales del suburbano, así como el enojoso recuerdo de aquella puta rubia que por la mañana hincó su tacón sobre mi pie, me hicieron a la sazón decidirme por tomar un taxi. Al fin y al cabo con lo que había ahorrado en el bar de la mosca, podía permitirme algún caprichillo extra.

           Mis orondas posaderas se acomodaron finalmente en el interior de un vehículo cuyo chofer lucía unas gruesas gafas de culo de botella, lo que me hizo recelar sobre si sus facultades visuales serían las más aptas para la conducción. Esa supuesta falta de vista parecía compensarla en todo caso con un exceso de lengua, como así evidenciaban sus continuos intentos de trabar conversación conmigo. Yo, sin embargo, no tenía gana alguna de cháchara, entre otras cosas porque, dado mi estado de embriaguez, apenas si podía articular las palabras, por lo que sin más ambages le insté a que se callara y estuviese a lo suyo, que era conducir. Noté que hacía un mohín de fastidio con la cara, pero lo cierto es que a partir de ese momento dejó de importunarme con su insulsa plática de taxista.

           A punto ya de llegar a casa observé cómo un individuo iba trotando en chándal a través del parque que lindaba con la carretera por donde transitábamos en esos momentos. Venía en dirección perpendicular y, a tenor de los aparatosos cascos que cubrían sus orejas y de cómo llevaba la vista fija en un horizonte impreciso, deduje que no debía ir muy atento, lo que me hizo especular sobre el riesgo que corría de ser atropellado si le daba por cruzar la calle, como así parecía ser su intención. Siempre he blasonado de tener dotes para la adivinación o la nigromancia, y en esta concreta ocasión vinieron a evidenciarse de manera trágica, toda vez que segundos después de concebir mi barrunto, el distraído muchacho del chándal cruzaba en efecto a la carrera la calle y, ¡zas!, su deportiva marcha era bruscamente interrumpida por el coche que circulaba justo delante de nosotros, que por más que frenó no pudo evitar el atropello. Para no empotrarnos contra él, mi chofer también se vio obligado a efectuar un brusco frenazo, tanto que a punto estuve yo, que no llevaba puesto el cinturón de seguridad, de salir despedido hacia el asiento delantero, percance del que me libró mi peso, tan formidable que resulta difícil de mover hasta para la propia inercia. El caso es que logramos esquivar el accidente, dejando constancia el taxista, pese a las muchas dioptrías de sus ojos, de los excelentes reflejos que poseía. Pasado el susto, me fijé en la víctima del atropello, que se encontraba retorcida sobre el asfalto, despatarrada y en medio de varios charcos de sangre que se iban formando a partir de los regueros que manaban desde diferentes puntos de su anatomía; una de las deportivas aparecía desprendida de sus pies y el chándal lo tenía roto por varios sitios; supuse que también el cuerpo debía de tenerlo roto por varios sitios. El conductor del vehículo causante del desaguisado salió de éste echándose las manos a la cabeza y gritando qué desgracia, qué desgracia, lamento que poco después transformaba en otro menos gimiente y más autodisculpatorio: se me echó encima, se me echó encima, que asimismo vino a repetir unas pocas de veces, como si fuese un loro al que su amo hubiera enseñado un par de frases hechas. Rápidamente se formó un corro de curiosos alrededor del accidentado, palmaria muestra del morbo que caracteriza a la especie humana, tan propensa a hacer de la tragedia ajena uno de sus espectáculos favoritos. Rompetechos también detuvo el taxi junto a la acera, al tiempo que me indicaba que debíamos bajar para tratar de ayudar al herido. Yo le dije que no tenía inconveniente, pero que poco era lo que podíamos hacer ya por ese pobre hombre, quien habida cuenta su exánime apariencia era más que probable que anduviese ya en prédicas con San Pedro, observación tras la que le advertí sobre la elevada probabilidad de que la policía nos retuviese varias horas con declaraciones y demás parafernalia burocrática, molestias que desde luego evitaríamos si nos largábamos de allí antes de que llegaran. Mi velada sugerencia hizo que sus ojos de ratón se dilatasen tras los gruesos cristales que los escudaban, gesto de estupor que acrecentó todavía más su ya considerable fealdad, viniendo luego con sus palabras a reprender mi supuesta displicencia y a decirme no sé qué bobadas acerca del deber cívico y demás pamplinas. Armándome de paciencia, le hice entonces ver que allí había ya testigos de sobra del accidente, lo que convertía nuestra presencia y ulterior testimonio en algo innecesario y hasta cierto punto superfluo, pero que si, pese a todo, quería pasar en comisaría buena parte de la noche y dejar entre tanto el taxi aparcado y sin procurarle rendimiento alguno, pues que adelante, que a mí me daba lo mismo. Ante mi irrefutable argumentación, el cívico Rompetechos carraspeó un par de veces y, sin decir esta boca es mía, puso de nuevo en marcha su vehículo, dejando atrás a la víctima, al acongojado conductor y al corrillo de curiosos. Justo a tiempo, porque ya se oía a lo lejos el aullar de las sirenas policiales.

           Pude finalmente llegar a mi casa sin sufrir ya más percances. No serían siquiera las diez, pero Inés ya estaba acostada, fiel a la costumbre que sigue desde hace poco más de un año por la influencia de una amiga suya medio loca que le persuadió de las supuestas bondades que tienen los hábitos estilados, en cuanto a horarios, más allá de los Pirineos, lo que ha hecho que desde entonces, adoptando a rajatabla las recomendaciones de dicha chiflada, mi mujer coma a las doce del mediodía, cene a las cinco de la tarde y se vaya a la cama poco después de las nueve. El principal inconveniente de esta absurda rutina suya es que, como no podía ser de otro modo, también la lleva a levantarse tempranísimo, de manera que desde primera hora de la mañana está haciendo ruido por todas las habitaciones. En fin, que cuando arribé a casa ya andaba en sueños Inés, quien me había dejado una nota sobre el microondas en la que me informaba que dentro había un táper con algo de comida que podía calentar para la cena. No me gustaron las pintas que tenían esas supuestas viandas, una especie de amasijo verde revuelto con huevos, de modo que vacié el contenido del envase en la basura y bajé a comerme un par de hamburguesas en el Burguer King de la esquina de mi calle. A la vuelta, con la panza bien repleta de deliciosa comida basura, me metí sin más en el sobre. Inés dormía a pierna suelta. Por un momento sopesé la idea de despertarla para echar un polvo, habida cuenta el mucho tiempo que hace que no follo con mi mujer, pero estaba demasiado cansado para enfrascarme en tareas amatorias, así que preferí desfogar mis necesidades fisiológicas haciéndome una buena paja, que es algo que fatiga menos. El chorretón glutinoso que al correrme cayó sobre mi bajo vientre lo limpié con un kleenex que deposité a continuación sobre la mesita de noche, justo al lado de una horrible figurita de cerámica comprada en un bazar de esos de todo a cien. Ya se encargaría al día siguiente Inés de tirarlo a la basura. Luego solté un par de pedos y me dispuse a dormir plácidamente. No me dolían las muelas ni la cabeza. Mañana sería otro día.