sábado, 12 de febrero de 2011

LA TRISTEZA DE SU ROSTRO

           La conocía desde hacía ya muchos años, diez para ser exactos, justo desde aquella tarde en que quien por aquel entonces fuera mi mejor amigo me la presentase como su novia. Recuerdo que había quedado con él en el bar donde habitualmente jugábamos al mus. Recuerdo también que llovía mucho y llegué a la cita hecho una verdadera sopa. Pero poco más es lo que mi memoria guarda de aquel encuentro. Respecto a ella sólo decir que me produjo una primera impresión más bien desfavorable o, siendo más preciso, que no me causó impresión alguna; indiferencia sería la palabra más adecuada. No era desde luego el tipo de persona en la que uno reparase a primera vista: rasgos anodinos, parca en palabras, muy tímida, seria, alguien en definitiva que pasaba fácilmente desapercibida. Con el tiempo, a medida que fui frecuentándola más, llegué a descubrir parte de esas virtudes y encantos que componían su lado positivo, aunque, la verdad sea dicha, nunca me encandiló demasiado. No era desde luego mi tipo ideal de mujer. Terminó casándose con mi amigo al año más o menos de empezar a salir juntos.
 
           Sólo fue mi amante una única vez, y ocurrió más bien por casualidad, sin premeditación de ningún género, al menos por mi parte, imagino que tampoco por la de ella. El día anterior a que sucediera me había topado con ella en la notaría que hay próxima a la oficina donde trabajo. Yo había ido allí a llevar unos documentos contables que debía legalizar; ella porque al parecer necesitaba una copia de no sé qué Escritura. El caso era que hacía varios meses que no nos veíamos, de modo que aquella fortuita coincidencia resultó una grata sorpresa para ambos. Tiempo atrás habían sido habituales los encuentros entre nuestras respectivas parejas, solíamos quedar los cuatro, ella y su marido y mi mujer y yo, con relativa asiduidad, bien en su casa o en la nuestra, bien en cualquier otro lugar previamente concertado; pero de un tiempo a esta parte tales encuentros se habían ido haciendo cada vez menos frecuentes. Así las cosas, como ambos teníamos algo de prisa esa mañana y dado que nuestros recíprocos lugares de trabajo estaban bastante próximos el uno del otro, decidimos concertar una cita para comer juntos al día siguiente. Algo natural por otra parte entre amigos que hacía tiempo que no se veían. Y, en efecto, al día siguiente compartimos mesa y mantel en un conocido restaurante italiano de la zona.
 
           La comida resultó amena, si bien los platos se sucedieron sin que acaeciese entre nosotros nada especialmente digno de mención. Nos limitamos durante su transcurso a hacer un repaso superficial del devenir de nuestras mutuas vidas a lo largo de los últimos meses, lo típico en estos casos. Luego fuimos a tomar café a una cafetería próxima, entre cuyas paredes habría de dar inicio, ahora sí, nuestra peculiar aventura sentimental. No sé bien cómo empezó todo, sólo recuerdo que en un momento dado de la conversación ella se puso a llorar amargamente. Sorprendido, le pregunté qué le pasaba, y ella me explicó entonces que su marido la engañaba desde hacía muchísimo tiempo, que la había engañado en realidad desde casi el mismo día de su boda, y que lo había hecho no con una, sino con muchas amantes. Yo ya sabía que mi amigo era un crápula de mucho cuidado, de modo que no me causó excesivo asombro esta confesión de infidelidad que me hacía su mujer. Lo que sí me dejó, en cambio, bastante sorprendido fue que ella se hubiese derrumbado, así tan de repente, precisamente ante mí y me hubiera hecho partícipe de semejante revelación, y digo que me sorprendió porque jamás entre ella y yo hubo un vínculo lo suficientemente estrecho como para que fluyeran entre ambos las confidencias, menos aún las de ese tipo. He de presumir que no aguantaba más y se vino abajo, vencida por la necesidad de buscar consuelo y desahogo ante cualquier oído presto a escuchar sus cuitas; supongo que yo estuve ahí en el momento justo y que mi papel lo habría podido desempeñar cualquier otro que, al igual que yo, se hubiera cruzado en su camino en ese preciso instante. El caso fue que me dio pena y, movido por la conmiseración, la abracé con ternura y traté de infundirle calor y ánimos. Ella respondió con fuerza a aquel abrazo y siguió llorando sobre mi pecho. La notaba muy frágil, tremendamente frágil, lo que hizo aflorar en mí un instinto protector que rara vez se me manifestaba, al menos no con tanta pujanza. Recuerdo que en aquellos momentos odié a mi amigo. Recuerdo también que comencé a experimentar una vigorosa erección. Y en un momento dado el amistoso abrazo se había convertido en un aluvión de besos apasionados donde mi boca y la suya se buscaban frenéticamente.
 
           Ninguno de los dos cometimos la torpeza de intentar dar verbal enunciado a aquel súbito despertar de los sentidos. Seguimos besándonos como si fuésemos amantes de toda la vida y poco después, en lo que venía a ser un acuerdo tácito, nos dirigimos a un hotel cercano. Me sorprendió verla desnuda. Lo cierto era que nunca hasta esa tarde la había mirado con ojos libidinosos, pero en cambio, mientras la contemplaba en aquella habitación, desnuda frente a mí, me fijé que tenía un culo bonito, una cintura vaporosa y unas tetas pequeñas pero hermosas también, con los pezones firmes y desafiantes apuntando hacia el horizonte. Ella temblaba como un flan. Más tarde habría de confesarme que era la primera vez que engañaba sexualmente a su marido y que eso la hacía sentirse muy nerviosa y cohibida. Yo la abracé con ternura, besé su frente, sus párpados entrecerrados, su nariz, sus mejillas, su cuello, para luego tomarla entre mis brazos y depositarla suavemente sobre el lecho, entre cuyas sábanas dimos rienda suelta a nuestra pasión desatada. Ella tuvo un orgasmo rápido que exteriorizó con convulsiones espasmódicas y un grito ahogado. Sus ojos desprendían fuego. Yo me corrí poco después. Más tarde, satisfechos tras este ascenso al edén de los goces, nos dimos un delicioso baño de agua y espuma; dentro de la bañera chapoteamos como dos niños traviesos y, entre risas y caricias, nos enjabonamos y lavamos el uno al otro. Mientras abrazaba por detrás su cuerpo mojado, susurré sobre su oído lo bella que me parecía. Ella me respondió que no mintiese. Yo volví hacia el mío su rostro y la sonreí con dulzura. Ella me besó. Su boca húmeda sabía deliciosa y los calambres del deseo volvieron a provocarme una erección.
 
           Hicimos el amor de nuevo, aunque en este segundo acto ya no fue tan intensa la fogosidad desprendida, no percibí de hecho llamaradas surgiendo de los ojos de mi amante mientras la penetraba, más bien noté en ellos tristeza, una tristeza que en cierto modo venía a denotar ausencia, como si ya sólo permaneciese allí su cuerpo, ese que yo poseía a través de las acometidas de la carne, mas no su mente ni sus emociones. Esta impresión me hizo sentir incómodo y, concluida la nueva contienda amatoria, quise preguntarle al respecto, pero no me atreví. De todas formas, no me pareció que esa tristeza suya respondiera a un repentino sentimiento de culpabilidad derivado del hecho de estar engañando a su marido; no, no daba la impresión de ir por ahí los tiros; parecía obedecer por el contrario a otras causas más profundas, quizá a la decepción, al desencanto que invariablemente sufre quien busca ansiosamente algo que no termina de encontrar, en su caso deduzco que afecto, gotas de cariño que, provenientes de otro ser humano, introdujeran armonía dentro de su pecho, un cariño que se le negaba y que, más allá de la pasión que juntos desplegamos sobre el lecho de aquel cuarto de hotel, no debía de hallar tampoco en mí.
 
           Poco después, ya agotados del juego del amor, nos despedimos y cada uno marchó para su casa. De nuevo percibí en esa despedida un profundo halo de tristeza envolviendo su rostro, análogo al que ya había advertido durante esa segunda vez en que nuestros cuerpos se acoplaran en los afanes amatorios. Supongo que en realidad no le había abandonado desde entonces, si bien, parecía aún más acentuado, como una segunda piel sobrepuesta a su epidermis. Toda ella, su mirada, la expresión de sus ojos, el tono de su voz al hablar, venía a ser heraldo de una profunda insatisfacción. En cualquier caso, nada dijo al respecto, ni yo tampoco dije nada. Nos separamos sin más, sin concertar una nueva cita, como si nada especial hubiese sucedido entre nosotros, como si las horas transcurridas desde que terminó la comida en el restaurante no hubiesen existido en realidad, el simbólico grabado de una mera entelequia, y nos despidiéramos como lo que hasta entonces habíamos sido: tan sólo dos amigos que se veían de vez en cuando.
 
           A veces pienso que aquel suceso no vino a ser en el fondo para ella más que una venganza, perpetrada sin alevosía ni premeditación, pero venganza al fin y al cabo, aunque no en el sentido de desagravio contra su marido infiel, sino más bien dirigida contra ese destino atroz que le había gravado con una existencia plana y huera de verdaderos alicientes. Fue un modo de súbita rebelión, de decir aquí estoy yo y me enfrento a vosotros, infaustos hados, para que sepáis que no siempre voy a agachar la cerviz y obedecer ciegamente vuestros tediosos designios. Luego se dio cuenta del acerbo sabor que tenía esa venganza, con la que ningún daño, ni siquiera burla, había causado a su invisible enemigo, quien a buen seguro iba a seguir ofreciéndole cada día y cada noche el mismo plato insípido que le brindara desde hacía años, y esa certidumbre fue la que posiblemente untó su alma con la hiel de la tristeza.
 
           Para mí no significó tampoco gran cosa en lo que a despliegue emocional se refiere. Tan sólo la amé, si es que de amor puede hablarse, durante esas concretas horas que vivimos juntos en el hotel; luego, pasados tales momentos de efervescencia, aquel presunto amor, a semejanza de las pantallas de humo que se forman tras un breve incendio, terminó desvaneciéndose por entero. Y a fe que me duele no haberla en verdad amado, porque ella, ahora lo sé con bastante certeza, buscaba precisamente eso: amor, un amor que yo no supe darle.
 
           Después de aquello volvimos a vernos algunas veces más, si bien, casi siempre encuentros casuales favorecidos por la proximidad de nuestros respectivos centros de trabajo, nunca de hecho concertamos ninguna nueva cita, ni tampoco volvimos en estos esporádicos encuentros a ser inflamados por las llamas del deseo. Fuimos, por así decirlo, amantes de una única ocasión. Es más, entre nosotros se arbitró un tácito pacto de silencio que nos compelía a omitir en nuestras conversaciones cualquier mención sobre lo sucedido aquella tarde, por más que como una presencia invisible tal realidad pretérita nos envolviera en su alargada sombra y sus distantes ecos no dejaran de retumbar en nuestros oídos.
 
           De todas formas, hace ya mucho tiempo que no he vuelto a verla. Su marido, el que fuera gran amigo mío, también hace mucho tiempo que no me habla, aunque sí que habla, y mal por cierto, de mí a mis espaldas, de lo que he tenido noticia por terceros de plena confianza. No creo, sin embargo, que esa maledicencia suya hacia mi persona tenga que ver con lo acaecido entre su esposa y yo; de hecho, apostaría a que no sabe nada al respecto. Actualmente es consejero delegado de una importante compañía relacionada con la conferencia episcopal, pero al parecer, por lo que tengo entendido, su promiscuidad no ha disminuido un ápice; a fin de cuentas, quien es serpiente no deja nunca de serlo y, por mucho que pueda mudar de piel, jamás cambiará de naturaleza.
 
           Últimamente me sorprendo a menudo pensando en ella, aunque en tales ocasiones la imagen que suele aletear dentro de mi cerebro es la que la representa tocada en su rostro por esa expresión triste que tanta conmoción me causara en su momento, tristeza que a buen seguro continuará aún percudiendo los rincones de su alma como el moho en una bodega vieja, testimonio palmario de una vida vacía y plana, una vida en la que sólo mentiras y subterfugios sirven y servirán de paliativo con los que ir someramente restañando una herida de difícil curación.

2 comentarios:

María (Muriel) dijo...

Cuando el frío de la insatisfacción hiela el alma, cuán agradecido es que te abriguen con otra piel, aunque sea un ratito.
¡¡muy lindo!!!

Cavaradossi dijo...

Es cierto, María. Incluso los sucedáneos sirven en tales casos. Gracias por tu comentario