viernes, 16 de diciembre de 2011

MIENTRAS DUERME

           Ella duerme siempre cerca de la ventana, de manera que cuando germina el nuevo día, la temprana luz de la aurora tiende a filtrarse por la oquedad que forma su brazo curvado por encima del pecho, dando lugar a una estampa empírea, como si quien allí reposara fuese un ángel al que el sol rindiese pleitesía orlándolo con su luz. Confieso que nunca su cuerpo me resulta tan bello como en esos momentos, dibujado por el alba y enmarcado en oro. Se la ve tan liviana, tan sinuosa y volátil, que no pareciera sino que se va a evaporar de un instante a otro y desaparecer para siempre, como un silfo engullido por el propio aire que constituye su hábitat.

           ¡Desaparecer! Confieso que esa posibilidad, aunque sea de este poético modo planteada, me produce auténtico pavor. Pero lo cierto es que cuando la inquietud y la inseguridad se ponen al timón de mi alma, lo que sucede con no poca frecuencia, no puedo evitar preguntarme por cuánto tiempo más su pecho descansará junto al mío durante la noche. Quizá mañana sean otros ojos los que contemplen su cuerpo desnudo bañado por los primeros rayos del alba. Quizá sean otras las manos que rocen su piel para afinar sobre ella las cuerdas del deseo. Quizá un olfato distinto al mío sea el que se embriague con su exquisito aroma. Quizá, en fin, sea otro el lecho que acoja su desnudez hechicera.…

           Mejor no pensarlo, no vaya a ser que el pensamiento actúe de catalizador. Me pregunto de todas formas si también a ella le asaltarán similares inquietudes, si despertará cualquier mañana y, mientras me contempla atrapado en las redes del sueño, le dé por examinar con suspicacia el amanecer y preguntarse si algún día yo cubriré con otras sábanas mi piel estremecida, si su luz se apagará para mí mientras la mía es robada para iluminar otro tálamo y otro corazón. ¿Se lo habrá llegado a plantear alguna vez? Supongo que no. Ella es una bruja y las brujas viven y gozan del presente, rara vez especulan con el futuro.

           Mi niña, criatura pródiga en placeres, ser cimbreante y etéreo, sirena escurridiza que esparce sus ondulantes curvas sobre las aguas de mi deseo, ¿quién de los dos dejará antes de iluminar al otro?... Nadie puede en realidad saberlo. ¡Resulta tan precario el equilibrio sobre el alambre de la vida y, más aún, tan caprichoso el destino cuando marca el sendero que guía al amor y a los amantes!

           Mi niña, tan distante y tan próxima a un mismo tiempo. Quisiera ser también yo brujo y limitarme a saborear las mieles del presente, sin preguntas, sin miedos, sin vacilaciones; pero de momento sólo soy un aprendiz y aún no he penetrado del todo en los misterios que permiten volar a lomos de una escoba sin sentir vértigo.

           ¡Ah, pero cuánto me gusta observarla mientras duerme!

sábado, 3 de diciembre de 2011

ÚLTIMOS BESOS JUNTO AL LAGO









Azul te sentía
Azul como aquel lago frente al que mis labios
tus labios buscaron
por última vez.


Pájaros volando sobre oscuros espejismos.

Verde tu mirada
Verde como aquella hierba que de alfombra hiciera
a nuestros cuerpos abrazados.
Caricias y besos, promesas de amor.


Espejismos tras los que acechaba el voraz desierto.

Verde hierba, azul cielo,
lo único real, sospecho,
de aquella postrera cita,
cuando nos besamos junto al lago azul.


Desierto sobre el que vomitan las quimeras.

Último escenario de nuestro romance,
falsos besos, fingidas caricias,
amor espurio,
labios retorcidos en una gran mentira.


Quimeras que de cimiento sirvieron a un verano.

Fin de fiesta sin ningún artificio,
sólo el disimulo de una apariencia
incolora,
ni verde... ni tampoco azul.

Verano cuyo ardor se sofocó una tarde junto al lago.

 

martes, 8 de noviembre de 2011

ANIVERSARIO

           Sonó el despertador y, como de costumbre, Ángela hubo de realizar un esfuerzo titánico para levantarse de la cama. Tenía tanto sueño que apenas si podía entreabrir los ojos, como si un potente adhesivo los mantuviera pegados. Hacía tiempo que no dormía bien, hasta el punto de poder en cierto modo considerarse una insomne crónica: por las noches le costaba horrores conciliar el sueño y, claro, cada mañana amanecía con éste incrustado en el alma. Fue dando tumbos hasta el cuarto de baño y casi a tientas abrió el grifo de la ducha, sólo tras la cual consiguió que definitivamente se derritiera el plomo que tiraba de sus párpados hacia abajo. Era miércoles. Mitad ya de semana. No sin cierta sensación de desidia, pensó que le aguardaba la acostumbrada rutina de todos los días laborables, una nueva jornada anodina y gris donde las horas transcurrirían con pesada lentitud en el marco de un trabajo asimismo huero de alentadores matices.

           La repetida secuencia de cada mañana la alteró en esta ocasión el sonido del teléfono, cuyo cacofónico timbre vino a interrumpirla cuando se disponía a elegir la ropa que luciría esa mañana en la oficina. “Vaya, quién será tan temprano”, se preguntó sorprendida.

           Era Luis. Teniendo en cuenta que no había vuelto a tener noticias suyas desde hacía meses, no era de extrañar que una oleada de estupor bañase el rostro de Ángela tras oír su voz surgiendo del auricular. Tampoco, por otra parte, le interesaba lo más mínimo cuál pudiera ser su suerte. Bastante había ya sufrido por su causa.

           —¿Qué quieres? —le preguntó con tono desabrido
           —Hola Ángela, ¿qué tal estás?
           —Muy bien. Y con mucha prisa, por cierto.
           —¿No sabes qué día es hoy? —preguntó Luis, con un añadido de melosidad en el timbre de su voz.
           —Pues miércoles —contestó Ángela con creciente enojo—…, y, como ya te he dicho, se me hace tarde y tengo muchísima prisa. Así que si querías decirme algo, dímelo ya, que no tengo tiempo que perder.
           —Chica, no tienes por qué ponerte tan borde… Sólo llamaba para decirte que hoy es nuestro aniversario de boda.

           Durante un instante el rostro de Ángela apareció demudado por una mueca corrosiva que ingratos recuerdos provocaron al despegar de súbito dentro del aeropuerto donde permanecían confinados. Era cierto. ¡Su aniversario de boda! En los últimos meses había procurado borrar de su cerebro esa fecha del calendario, pero ahí estaba, dolorosa y nefasta como una espina clavada en la carne viva. Se preguntó por qué él le habría llamado para recordársela.

           —Tú y yo no estamos ya casados, así que no es el aniversario de nada. Y me puedo poner todo lo borde que me salga de las narices.
           —Qué lástima lo del año pasado —sonó de nuevo la voz masculina tras un breve intervalo de silencio—. Sé que la cagué, pero…
           —Pero ¿qué? Sí, la cagaste bien cagada.
           —¡Con la ilusión con la que tú habías organizado aquella fiesta! ¡Qué imbécil fui!

           Como lluvia de relámpagos, por la mente de Ángela cruzaron los episodios que justo hacía un año vinieron a concatenarse para de una forma brutal terminar marcando su existencia.

           —¿Por qué llamas para recordarme eso? Una de dos, o eres un capullo o un cabrón… Bueno, eres las dos cosas.La verdad es que sólo quería decirte que te sigo echando de menos... Si te soy sincero, no ha habido un solo día durante todo este año que llevamos separados en que no haya pensado en ti. Ángela sintió una repentina punzada en el pecho, como un resabio de lo que en su momento fuese un sentimiento profundo; pero rápidamente se repuso para que de nuevo el desprecio ocupara el lugar preponderante en lo que a las emociones respecto a su telefónico interlocutor concernía. No creía desde luego en sus palabras, falsas como los espejismos y venenosas como crótalos.


           De un salto, su cerebro se trasladó trescientos sesenta y cinco días atrás, a la mañana en que con su amiga Esther ultimaba los preparativos de la fiesta de aniversario que tenía pensado dar esa misma noche y a la que serían invitados los amigos más íntimos de la pareja. Diez años de matrimonio merecían una celebración especial. Recordó las palabras de Esther advirtiéndole, no sin cierta sorna, que aún debía dar su beneplácito el otro protagonista de tales fastos.

           —…Porque todavía no te ha confirmado si vendrá, ¿verdad monina?
           —¡Pero cómo no va a venir!... Es posible que llegue un poco tarde, pero claro que vendrá. Ya sabes que estos días anda muy liado con su trabajo.
           —Sí, claro —asintió con un deje de ironía Esther en aquella ocasión—. Ya me sé yo de sus líos.
           —Anda, no seas tan mal pensada… Vale, que él es un poco dejado para estas cosas, pero estoy segura de que esta fiesta le hace tanta ilusión como a mí. ¡Es nuestro décimo aniversario!
           —Pues sí, lo es, y yo sigo preguntándome cómo has podido aguantar diez años al lado de un crápula como Luis.
           —Que no es tan malo, mujer. Además, le quiero mucho.
           —Y de eso se aprovecha precisamente él.
           —Para ti es que todos los hombres son malos… Por eso no estás con nadie.
           —Y no sabes cuánto me alegro de ello: mejor sola que mal acompañada.. ¿Por qué no le llamas a ver qué te dice?
            Y Ángela lo llamó, topándose al otro lado de la línea con una voz que no tardó en dejar patente su fastidio:
           —Mira que estás pesadita con la dichosa fiesta. Me pasaré por casa lo antes que pueda, pero no te prometo nada.
            —No hace falta que te pongas tan antipático, chico. Pensé que esto te hacía ilusión.
           —Y claro que me hace, Ángela, pero es que llevas toda la semana dándome la vara con el mismo tema.
           —Bueno, yo sólo quería saber a qué hora te presentarás. No me gustaría que llegasen todos los invitados antes que el anfitrión.
           —Acabo de decirte que llegaré lo antes posible, cuando termine de hacer todo lo que tengo que hacer. No me atosigues más…. Te recuerdo que ya te hablé de lo ocupado que andaría estos días, pero tú te empeñaste pese a todo en dar esta fiesta, así que no me vengas ahora con imperativos. Llegaré cuando pueda. Además, sigo pensando que un aniversario es algo íntimo que sólo incumbe a los dos interesados, esto es, a ti y a mí. No entiendo qué pintan todos los demás en esta historia. Lo suyo hubiera sido que esta noche nos encontrásemos tú y yo a solas, como Dios manda, y hecho la fiesta por nuestra cuenta. Ya me entiendes… Pero en fin… Oye, cielo, que te tengo que dejar, que me están esperando para una reunión importante.

           Y Luis colgó, sin permitir opción alguna de réplica a su interlocutora, que se quedó con la palabra en la boca.

           —¿Y bien? —la voz de Esther sonó con bastante retintín.
           —¿Y bien? —la imitó Ángela en un tono burlón que escondía pese a todo una buena dosis de amargura— Pues eso, que vendrá cuando pueda.

           Pero Luis no se presentó. Llegaron los invitados y todos juntos festejaron un aniversario de boda en el que, paradójicamente, faltó uno de los dos consortes, a quien fue además imposible localizar, toda vez que durante toda la noche mantuvo el móvil desconectado. Ángela le disculpó cuanto pudo, llegando incluso a mentir sobre un imprevisto de última hora que le había surgido y al cual no había sido capaz de sustraerse. Disimuló de este modo la frustración y la rabia que sentía, en un intento por no amargar la fiesta a sus amigos, quienes a fin de cuenta ninguna culpa tenían y habían sido por ella invitados; pero cuando estos finalmente se retiraron, no pudo seguir conteniendo su reconcomio y rompió a llorar. Sólo quedaba allí Esther para consolarla.

           —Nada de lágrimas, ese cabrón de tu marido no las merece… Venga, anímate, que vamos a salir tú y yo ahora a tomar algo por ahí.
           —Déjalo Esther, no tengo ganas de nada. Me meteré en la cama y punto.
           —Ni lo sueñes. No te voy a dejar sola en estos momentos. Lo dicho, nos vamos de juerga, que la noche es todavía joven, joven como nosotras.
           —Pero si sólo tengo ganas de morirme. Además, ¿dónde vamos a ir a estas horas, si son ya más de las dos de la madrugada?
           —¿Y qué? Ahora es cuando empieza el verdadero ambiente. Nos metemos en un after de ésos y nos emborrachamos como dos locas.

           Casi arrastras, Esther la sacó de casa. Luego de deambular un rato por las calles del centro, confortadas por el aire fresco que presidía la noche, entraron en el primer garito que encontraron abierto. Era un local grande cuyo interior lucía una curiosa decoración con motivos marineros, incluido un inmenso timón de madera que ocupaba una de las paredes. Pese a su amplitud, a esas horas se hallaba poco concurrido, algunos grupos dispersos aquí y allá que debatían entre risas y dos o tres parejas que daban rienda suelta a sus fogosos instintos sobre sillones de felpa. La atmósfera era cálida y sonaba una música tranquila, poco estridente, lo que permitía hablar sin elevar demasiado el tono de voz.

           Esther pidió un gin tonic. A Ángela no le apetecía beber nada, pero pidió una cerveza para acompañar a su amiga. Se disponía precisamente a dar el primer trago de su consumición cuando el mundo se detuvo en seco para ella. Al principio miraba sin comprender, incapaz su intelecto de asimilar y aceptar la información que tan ferozmente le era suministrada. Los ojos se le abrieron tanto que daba la impresión de que presionaban desde dentro para, transmutados en proyectiles, proyectarse más allá de sus órbitas. Luego comenzó de nuevo el mundo a moverse, aunque en lo que a ella respectaba sólo para aplastarla con todo el peso de una realidad devastadora. Allí estaba Luis, acomodado sobre un diván junto a una morena de generoso escote sobre cuyo culo frotaba una de sus manos mientras con la boca la devoraba en un beso de vértigo. El vaso que sostenía Ángela se precipitó desde su temblorosa mano para hacerse añicos contra el suelo. Fue entonces cuando todos los ojos se volvieron hacia ella, incluidos los del adúltero, cuyo rostro livideció por la sorpresa.

           A partir de ese momento todo resultó ya muy confuso y los recuerdos de Ángela se pierden entre una espesa bruma de la que, más que imágenes, sobresalen insultos, gritos e imprecaciones. Lo cierto fue que al día siguiente Luis se marchó de casa y que un mes más tarde firmaban ambos la demanda de divorcio de mutuo acuerdo. Desde entonces ninguna noticia…, ninguna hasta justo ahora en que de improviso él la telefoneaba para recordarle el aniversario de algo que precisamente un año atrás había muerto.


           —¿Sigues ahí, Ángela? —la voz de Luis al otro lado de la línea la trajo de vuelta al presente.
           —Sí, aquí sigo.
           —Ya sé que te hice mucho daño, pero… Bueno, quiero decir que ya ha pasado un año entero y que el tiempo suele curar algunas heridas…. No sé, ¿habría alguna posibilidad de vernos?

           Un silencio embarazoso siguió a esta declaración de intenciones, apenas unos segundos durante los que el dolor viajó a lomos de una invisible saeta para de parte a parte atravesar el pecho de Ángela.

           —Mi herida sigue muy abierta, por lo que me temo que no sería buena idea que nos viésemos. No por ahora.
           —Entiendo… En fin, tenía que intentarlo. Como dije, te echo de menos, Ángela.

           Un nuevo silencio, acerbo y punzante como el anterior.

           —Yo a ti en cambio no, Luis.

           Y con un enérgico impulso colgó Ángela el teléfono, para acto seguido romper desconsoladamente a llorar.

lunes, 3 de octubre de 2011

EL ACCIDENTE

           No había una razón concreta que explicase por qué Jorge, desde hacía más de un mes, acudía todas las mañanas, sin excepción alguna, a aquella distante playa, sobre cuya arena, cálida y húmeda, se afanaba en interminables paseos que carecían de un principio y un fin determinados. A él mismo se le escapaban los argumentos, la justificación que de algún modo revistiese de lógica tan extraña rutina, más allá de la proveniente de ese recóndito universo que son las sensaciones, las únicas al fin y al cabo capaces de dar respuesta a todas las incógnitas habidas y por haber en el alma humana, sensaciones que en el caso de Jorge se traducían en alivio y relajación, en esa especie de balsámico consuelo que percibía durante aquel caminar pausado en paralelo a la costa, única forma que hallaba para, al menos en parte, calmar su profunda aflicción y de algún modo acallar las querellantes voces de su conciencia atormentada.

           Aun con algún que otro matiz específico, el recorrido venía a ser siempre el mismo, como idéntico era asimismo el escenario y, por ignotos caprichos del destino, invariables también los rostros que encontraba cada día en su regular trayecto. Allí estaba siempre la niña con coletas que, cerca de la orilla, se enfrascaba con sus cubos y herramientas de plástico en construir un castillo de arena que, de modo ineluctable, terminaba siendo destrozado por una ola sediciosa justo cuando él pasaba por allí. Se cruzaba igualmente con la pareja de jóvenes que sobre las aguas jugaban a pasarse el uno al otro una pelota hinchable de color morado, y con el anciano cuyos ojos acuosos hundidos en el fondo de sus cuencas miraban con fijeza al horizonte, y con el pescador que repasaba las jarcias de su pequeño barco antes de lanzarse a la faena. Allí estaban todos cada mañana, como personajes fijos de una pintura al óleo, una pintura en cuyo fondo destacaba el mar, inmutable asimismo, calmo y sosegado, azul como las lágrimas de los ángeles, y al pie la arena blanca, suave como el terciopelo, que hollaban sus pies cansados.

           No variaban tampoco sus obsesivos pensamientos; el incesante caminar conseguía en parte narcotizarlos, pero aun así continuaban siendo punzantes y dolorosos, extremadamente dolorosos. Por mucho que quisiera, le era imposible dejar de pensar una y otra vez en lo mismo, como si su cerebro estuviese atrapado dentro de una angustiosa espiral infinita, dejar de pensar, en suma, en el fatal accidente de tráfico que había sufrido, aquel en que el vehículo que conducía chocara de forma brutal contra otro que circulaba de frente suyo. El instante concreto en que tuvo lugar la colisión no deja de reproducirse dentro de su cabeza, como un fogonazo feroz que, inagotable, restallara de forma continua para con su lacerante destello herirle las sienes y desde allí extenderse a todas y cada uno de las células de su cuerpo. Era del todo incapaz de extraer de su cerebro esas imágenes, grabadas que allí quedaron a fuego.

           Como tampoco podía dejar de pensar en la muchacha que conducía el otro coche, quien resultó muerta en el acto. Esa muerte conformaba sin lugar a dudas la principal fuente de su dolor, de la que manaban las aguas que nutrían los espantosos remordimientos que no le dejaban vivir. Era horrible pensar que por su culpa había sido sesgada de cuajo una vida humana, una vida además tan joven, en la que apenas habrían florecido veinticinco o, a lo sumo, treinta primaveras. El sonido de las olas al sucumbir contra la orilla y besar sus pies reducía su angustia, pero ni mucho menos la eliminaba, no en vano esa angustia formaba ya parte integrante de su sangre, en su escarlata solución flotaba y por ella discurría hasta llegar a los pulmones, anegándolos de su viscosa esencia para impedirle respirar con normalidad, y también al corazón, cuyos latidos quedaban ralentizados por la infinita pena de que era portadora.

           No conocía a la chica, nunca antes la había visto, pero bastaron los dos escasos segundos que contempló su rostro al otro lado del parabrisas, esos dos segundos previos al cruel impacto, para que, como si de una instantánea fotográfica se tratase, quedara para siempre estampado en el álbum que contenía las imágenes más trascendentes de su vida. Ahora veía ese rostro en todas partes. Lo veía superpuesto sobre la niña del malogrado castillo de arena; lo veía sobre la faz ajada del anciano contemplativo; lo veía en el pescador afanoso; lo veía en cada una de las personas con las que iba cruzándose en su paseo a lo largo de la playa. Y lo veía también en la mar, columpiado por las olas que festoneaban el agua, y en el cielo, a cuyo azul daba el toque verde de sus ojos y revestía con el perfil ovalado que modelaba sus finos rasgos. Ese rostro femenino lo ocupaba todo, se había convertido en el centro del Universo y sobre él convergía, mágicamente adaptado a su delicada estructura, el circundante entorno.

           El paisaje era así en cierto modo ella, y ella, transmutada de esta forma en paisaje, constituía por tanto el paliativo que sedaba sus congojas. Paradójicamente, la inmolada víctima, a través de ese asombroso panteísmo en que venía a desplegarse, era en última instancia la encargada de atenuar la picazón de sus remordimientos, por más que estos siguiesen allí, incrustados en lo más hondo de su espíritu, recordándole a cada instante las premisas de lo que había sido una imperdonable negligencia. ¡Si hubiese estado más descansado! ¡Si no hubiese cogido el coche en una noche tan lluviosa como aquella! ¡Si hubiese conducido más despacio! ¡Si...! Condicionales que suponían cada uno de ellos un dardo cuya punta venenosa se hincaba con sevicia en su desolada conciencia.

           Sin embargo, aparte de ese reconcomio, otro sentimiento despuntaba dentro de su pecho, un sentimiento de distinta índole, pero tan poderoso como el otro, más aún si cabe. Pero ¿cómo? Ni él mismo acertaba a definirlo, pero permanecía ahí, gritando desde dentro para ser oído, golpeando con fuerza sobre las paredes de la placenta donde estaba siendo gestado. La fecundación había tenido lugar a partir de ese mismo rostro que en el instante previo al accidente le fuera revelado, un rostro cuyos rasgos representaban a su juicio la suma perfección, la belleza hecha carne, una belleza que para él quedó condensada en los increíbles ojos verdes que tras el cristal del automóvil se desplegaron para refulgir como esmeraldas durante aquellos dos fatídicos segundos, luego de los cuales su brillo quedaría ya apagado para siempre. Dos segundos. Dos segundos bastaron para fertilizar esa nueva emoción que, semanas después, habría de bullir con fuerza dentro de sus venas y agitar hasta la última fibra de su sistema nervioso. Hijo de este singular arrobamiento, el recién nacido, aun no bautizado todavía, no era otro que el mismísimo amor.

           ¿Podía no obstante ser posible? ¿Podía en verdad amar a alguien a quien no llegó nunca a conocer, a alguien con quien su único contacto, fugaz y demoledor, había desembocado en el más dramático de los desenlaces? Estaba loco sin duda. El accidente se había cobrado la vida de ella y condonado la suya, sí, pero lejos de dejarle tan ileso como creyera, había de alguna forma dañado su cerebro; sólo así podía explicarse un brote de amor tan aberrante. Ahora bien, ¿qué importaba que fuese una locura? Él la amaba. Alterada o no por la demencia, esa era la realidad. ¿O acaso pretendía engañarse a sí mismo con inútiles sofismas? No. La amaba. ¡No podía negarlo! Lo jodido era que ese amor, complaciente en su natural esencia, contenía al propio tiempo la fuente de su desdicha, cual era amar a una persona que no podría jamás corresponderle, a una persona a la que jamás volvería de hecho a ver, a una persona, en suma, a la que su propia negligencia había inmolado. ¿Podía existir tragedia mayor que la suya? ¡Ella estaba muerta, muerta por culpa suya, de su irremisible imprudencia!

           Con la regularidad de un reloj, prosiguió el verano su incesante marcha a través del calendario. Jorge no faltaba ni un solo día a su cita con el mar, a su cita con ella. Cada jornada era un calco de la anterior y un anticipo exacto de la siguiente, sin que ningún acontecimiento inesperado alterase esta asentada rutina, salvo si acaso que cada día notaba cómo su amor se hacía más y más intenso.

           Una mañana, sin embargo, durante el transcurso de su paseo, justo cuando acababa de dejar a sus espaldas a los jóvenes que jugaban con la pelota hinchable, Jorge percibió de repente un picor extraño recorriendo sus piernas, como si desde los tobillos ascendiese por ellas toda una legión de hormigas soliviantadas, seguido a los pocos segundos de un frío intenso, glacial, que le hizo estremecerse de arriba abajo. Se detuvo sobrecogido y comenzó a especular sobre qué anomalía podía estar sucediéndole. No tuvo tiempo, sin embargo, para demasiadas conjeturas, pues rápidamente notó que se mareaba y que apenas podía mantener el equilibrio. A modo de girándula enloquecida, la cabeza comenzó a darle vueltas y más vueltas, como si estuviera en una frenética montaña rusa que la hiciera rotar a velocidad vertiginosa, si bien, para ser precisos, no era aquélla la que en realidad giraba, sino el paisaje externo, que parecía de súbito haberse animado y se movía en círculos concéntricos alrededor de su persona, círculos que a medida que se iban estrechando se desvanecían ante sus ojos, como si el panorama que contenían formase parte de un cuadro que de repente se destiñera. Aquello era totalmente surrealista, formas que se evaporaban en la nada, engullidas por una especie de vacío oscuro e infinito, un cósmico agujero negro que todo lo iba tragando, y a él con todo, pues como no podía ser de otro modo, en este torbellino de inverosímiles revoluciones Jorge terminó por desfallecer y perdió el conocimiento.

           Cuando despertó todo había cambiado. Ya no estaba en la playa, sino en medio de un paraje completamente ignoto, un lugar indefinido donde no existía estela alguna que de orientación pudiera servirle, toda vez que una espesa niebla lo cubría todo, impidiendo apreciar las formas circundantes, si es que las había. No tenía ni idea de donde se hallaba, si bien, pese a lo misterioso del lugar, se sentía muy sereno y relajado, como si el peso de su cuerpo hubiera desaparecido y se desplazara ingrávido sobre una acogedora superficie volátil. De hecho, el suelo no parecía ser sólido, sino un lecho vaporoso donde más que sostenerse, se flotara. La única referencia era una luz difusa que titilaba en la lejanía, más allá de la capa de niebla. Hacia ella se encaminó, consciente de que no tenía otro sitio donde ir.

           Conforme se acercaba, la luz se iba ensanchando y ganando en intensidad. También en magnetismo, como atestiguaba el hecho de que Jorge sintiese un deseo cada vez mayor de alcanzarla, un deseo que se convirtió en verdadero anhelo cuando la luz empezó a reflejar el rostro de la mujer que desde hacía semanas ocupara la mayor parte de sus pensamientos, el rostro de la mujer que amaba. Ese rostro animó sus piernas, haciendo que el fluir de sus pasos se transformase en enardecida carrera. Jorge corrió como nunca antes había corrido, ansioso de llegar lo más rápido posible a la luz, si bien, dada la sutil contextura de aquella superficie gaseosa, la sensación, más que de correr, era de volar. ¡Jorge volaba! Aquello era realmente increíble, tan increíble que no admitía otra explicación que no fuese la de un sueño. Sí, tenía que estar forzosamente soñando, no podía ser de otro modo, pero aún así era maravilloso, nunca se había sentido tan bien como en esos momentos en que, etéreo como las propias nubes, planeaba hacia aquella luz donde lo aguardaba la mujer de sus sueños. Poco importaba si estaba o no durmiendo; en esos momentos aquella luz era la única realidad que a sus sentidos se ofrecía, lo único que verdaderamente merecía la pena.

           Al día siguiente se celebró un sepelio en el cementerio de la ciudad. Enterraban a un pobre muchacho que había estado varias semanas en coma luego de sufrir un terrible accidente de tráfico. Perdida toda esperanza, sus familiares habían finalmente accedido a la desconexión de los tubos que durante dicho lapso lo mantuvieron con vida de una manera artificial. Alargar la agonía por más tiempo habría sido tan cruel como inútil. Al propio tiempo que sobre el ataúd, ya introducido en su morada arcillosa, iban cayendo las paladas de tierra, caían asimismo las lágrimas que sin cesar derramaban padres, hermanos y demás familiares del joven difunto; lágrimas cargadas de infinito dolor, de desgarrada pena. Todo eran sollozos y lamentos, voces rotas que clamaban en porqués cuyas respuestas nunca les serían ofrecidas.... Aunque alejada algunos metros, una joven con muletas asistía también al funeral, una joven por cuyas mejillas resbalaban asimismo lágrimas ácidas. No conocía al joven muerto. En realidad, sus miradas se habían cruzado tan solo durante un brevísimo par de segundos, los que mediaron antes de la frontal colisión que tuvo lugar entre sus respectivos automóviles. Ella se recupera aún de sus heridas. Del occiso poco sabe, tan solo que luego del accidente quedó largo tiempo en coma y que la víspera había al fin fallecido. Sabe también que se llamaba Jorge.

jueves, 22 de septiembre de 2011

Y TRISTEZA

Voces empolvadas que nada tienen que decir,
promesas que mueren al alba luego de noches embaidoras,
traslúcidos ojos infectados de oscuridad,
mentiras que florecen en sábanas blancas,
plumas desvalidas, hueras de cualquier inspiración,
paredes desnudas,
almas abatidas,
buzones vacíos, ambiciones rotas,
paraísos devastados por implacables huracanes,
desolación,
cristales que devuelven apócrifos reflejos,
humo que se desvanece entre sueños prohibidos,
sombras en la noche,
frío,
mucho frío,
y tristeza.

jueves, 8 de septiembre de 2011

RECUERDOS DE UN VERANO

           Se decía que aquel verano iban por fin a arreglar el asfalto de la carretera, deformado que estaba por todo género de baches y grietas. El ayuntamiento así lo tenía al menos previsto en la correspondiente partida presupuestaria, aprobada al amparo de una subvención que meses antes les había sido concedida por Fomento. Sin embargo, el recibo de esta última se demoró a la postre, lo que obligó a su vez a postergar las obras, ya que sin aquélla no había forma material de ajustar el presupuesto local. A nosotros, la verdad sea dicha, aquel asunto ni nos iba ni nos venía, monopolizada que estaba la totalidad de nuestro pensamiento por la idea de divertirnos al máximo, luego de haber concluido un nuevo año escolar. Éramos unos adolescentes y, como tales, lo que queríamos era comernos la vida a bocados, sin más responsabilidades ni compromisos que los que marcaban nuestras hormonas alborotadas. Nos encantaba juntarnos toda la pandilla y salir a herborizar por los campos, atiborrarnos de almendras o de moras, bañarnos en el río, hacer largas rutas en bicicleta…, y sobre todo acudir a las fiestas de los diferentes pueblos de la comarca, que una tras otra iban sucediéndose a lo largo de todo el verano, para participar en las yincanas, las merendolas, los correcalles y demás actividades lúdicas propias de tales eventos. En fin, lo propio de unos muchachos cuya adolescencia empezaba a alborear.

           Javi era el mayor de la pandilla. Ya había cumplido dieciséis años y era grande y fuerte como un roble. Los demás no le llegábamos la mayoría a la altura de la barbilla, lo cual, no obstante, era lógico, teniendo en cuenta que los había incluso que, como yo mismo, aún no habíamos en realidad abandonado la puericia. Yo de hecho era uno de los más pequeños, con tan solo trece primaveras a mis espaldas y un físico, para qué negarlo, más bien enteco. Lo cierto era que la mayor edad y corpulencia física de Javier lo dotaba de una especial aureola que hacía que todos los demás aceptáramos de un modo tácito su condición de líder, por más que entre nosotros no existiese en realidad ningún tipo de jerarquía. El suyo era por así decirlo un liderazgo natural que, de idéntica forma franca, los demás asumíamos, pero sin compromisos ni obligaciones de ningún género, más allá de los derivados de la amistad que a todos nos ligaba. Él era además muy noblote y de natural bondadoso, de modo que aquella primacía de que gozaba no le ensoberbecía para nada, sino que, por el contrario, siempre se mostraba cercano y cordial con todo el mundo. Venía a ser en ese sentido una especie de hermano mayor al que admirábamos y por el que nos gustaba dejarnos guiar.

           Aunque predominaba el género masculino entre nuestras filas, también había varias chicas integrándolas, algunas de manera permanente y otras cuya presencia en la cuadrilla tenía un carácter más circunstancial. Los coqueteos entre unos y otros eran usuales, no en vano los embates de la química ya hacía tiempo que comenzaran a bombardearnos, a algunos más que a otros, por supuesto, si bien no habían aún aquéllos hecho aflorar de su crisálida a los gusanillos del amor, de manera que en el fondo todos éramos más bien camaradas, sin que las diferencias de sexo tuvieran demasiada importancia... Ese verano, sin embargo, habría un importante punto de inflexión en lo concerniente a ese tema, siendo, cómo no, Javi el encargado de atravesarlo en primer lugar.

           Todo comenzó en una de esas fiestas a las que solíamos acudir, las patronales en este caso de un pueblo cercano, distante unos seis o siete kilómetros del nuestro. Allí Javi reparó en Anabel, una muchacha que contaba un par de años menos que él y que lucía una larga cabellera cobriza y verdes ojos de gata. Puestos a ser precisos, hay que decir que la conocía desde mucho antes; todos en realidad la conocíamos, a fin de cuentas los nuestros eran pueblos muy próximos cuyos habitantes mantenían entre sí un contacto frecuente. Pero ese verano Anabel estaba cambiada, tanto que en cierto modo era como si fuese otra persona, una Anabel distinta a la chiquilla traviesa y churretosa con la que jugáramos en pasadas ocasiones. Supongo que más allá de los cambios físicos, existían otros más sutiles que tenían también de alguna forma reflejo material en su novedosa apariencia, si bien, he de confesar que en lo que yo más me percaté fue en que le habían crecido las tetas y ensanchado las caderas, y que estaba realmente buena… El caso es que Anabel y Javi se miraron, se saludaron y no se separaron ya en toda la tarde. Subieron juntos a los coches de choque, compartieron risas y algodón de azúcar, bailes y miradas, confidencias y guiños de complicidad, y cuando, ya entrada la noche, tocó despedirse, lo hicieron mediante un beso en el que no fue la mejilla lo que buscaron sus labios, sino los propios labios encendidos del otro.

           A partir de aquella tarde, Javi y Anabel se hicieron inseparables. Pese a ser de otro pueblo, Javi la incorporó a nuestra pandilla, por lo que la pelirroja pasó desde entonces a compartir nuestros juegos y salidas como una más, si bien, la verdad sea dicha, ellos dos tendían a aislarse del resto y crear una especie de burbuja invisible en la que no había cabida para ningún otro. Estaban con nosotros pero al propio tiempo no lo estaban, como si fuese otra la dimensión en que se movían, absorbidos por su propio universo de sonrisas, mimos y arrumacos, desde cuyo núcleo incorpóreo no perdían tampoco oportunidad de alejarse para también en el plano tangible hallar un espacio propio donde cobijar su estrenado deseo de intimidad. Se habían enamorado, eso era evidente, uno de esos amores tan típicos de la adolescencia para los que el verano acostumbra a ser estación propicia. Los demás los observábamos con una mezcla de curiosidad y risa, divertidos en cierto modo con lo novedoso de aquella íntima cercanía, y no dejábamos de hacer bromas y chirigotas a costa de su proceder acaramelado. Ignorantes de los dulces arcanos del amor, todo aquello se ofrecía a nuestros ojos con un tinte cómico que ciertamente tenía su gracia. Aunque, por otro lado, aquel romance nos suscitaba asimismo interés y cierta afinidad morbosa, conscientes de que estábamos asistiendo a la puesta en escena de una obra donde tarde o temprano todos habríamos de ser protagonistas. Digamos que de algún modo hacíamos también nuestra esa primera experiencia en las alborotadas regiones de Cupido.

           Los veíamos pasear cogidos de la mano, acariciarse mutuamente el cabello o los brazos, besarse con dulzura, ir en definitiva descubriendo mediante sutiles gestos y muestras de cariño las mieles del amor correspondido. A mí me sorprendía en especial cómo se miraban, sobre todo cómo Javier se quedaba absorto ante el influjo que sobre los suyos parecían ejercer los ojos de ella, como si una poderosa hipnosis lo mantuviera atrapado en aquel océano verde, extáticamente sumergido en sus cristalinas profundidades. Tengo que admitir que los ojos de Anabel eran realmente bellos y que de sus pupilas emanaba un brillo que ciertamente seducía, como si en verdad portaran un poderoso campo magnético capaz de prender las miradas que caían en su ámbito de influencia; incluso yo, que no era más que un mocoso, notaba cómo al mirar aquellos ojos quedaba en cierto modo preso de su encanto y, nervioso y ruborizado, tenía que hacer un esfuerzo para escapar al hechizo.

           Componían en realidad una pareja disímil, tanto en el ámbito externo como en el que atañía a sus respectivos caracteres. Físicamente hablando, Javier estaba hecho, como dije, una verdadera roca; alto y musculoso, su constitución era la de un corpulento atleta. Anabel, por el contrario, era menuda y fina, de formas tenues y delicadas que le hacían parecer engañosamente frágil. La piel morena de él contrastaba asimismo con la mucho más alba y poblada de pecas que lucía la chica, como contrastaban igualmente los ojos marrones y más bien mates de Javier con los de ella, cuyo color, aun asentado en el verde, venía a ser cambiante en función de cómo en ellos incidiera la luz, moviéndose en un espectro cromático que podía incluso llegar al celeste. Pero más allá de estos manifiestos antagonismos, la verdadera disparidad entre ambos fincaba en su diferente manera de ser: uno, Javier, extrovertido y locuaz, muy directo en casi todo cuanto decía o hacía, de una sencillez que rayaba a menudo en la ingenuidad, aunque intrépido en lo que podía calificarse como obstinada búsqueda de acontecimientos estimulantes que saciaran su sed de aventuras; la otra, Anabel, bastante tímida e introvertida, tocada por una personalidad mucho más compleja y sutil, insinuante más que directa en sus formas, huidiza en ocasiones, orlada por una especie de halo místico que la confería cierto aire volátil, a semejanza de un ser etéreo, un hada quizá, o mejor aún una bruja, una fascinante bruja hechicera.

           Una mañana Javi llegó montando una vespino que le había dejado su tío, que era mecánico y trabajaba en un taller de la zona. Era una moto de pequeña cilindrada, de esas que no precisan licencia para su manejo. Javier no había conducido nunca una moto, su único vehículo había sido hasta entonces, al igual que el nuestro, la bicicleta; pero no le costó excesivo aprendizaje hacerse con el dominio de la pequeña máquina. Su idea era impresionar a Anabel presentándose ante ella a lomos de la vespino, y con tal propósito en mientes había suplicado de forma encarecida a su tío para que se la prestase, prometiéndole que sería prudente y se la devolvería en perfecto estado. Cansado éste de la porfía del pertinaz sobrino, terminó por acceder, no sin antes advertirle que si encontraba a la vuelta el más mínimo arañazo en la moto, iba a saber lo que valía un peine. Luego de esta admonición, le enseñó las nociones básicas de pilotaje, tras las cuales Javier salió del taller a toda velocidad, temeroso de que todavía el tío se arrepintiera de la condescendencia mostrada. Se sentía radiante, como un niño con zapatos nuevos que suele decirse, y no pensaba sino en acoplar a Anabel en la parte trasera de su montura y cabalgar con ella por todas las carreteras de la comarca. Recuerdo que cuando vio la expresión de asombro que irradiaban nuestras caras, en especial la que iluminó el rostro de Anabel, en la suya se dibujó una sonrisa que por sí sola venía a ser reflejo de la felicidad más absoluta; no me cabe ninguna duda de que en aquel momento debió sentirse la persona más afortunada del planeta.

           Lo cierto es que desde ese día fueron cada vez menos las jornadas que los dos enamorados compartieron con el resto del grupo. Javi convenció a su pariente para que le dispensara el usufructo de la vespino durante lo que quedaba de verano, prometiendo a cambio ir a echarle una mano al taller dos tardes por semana, además de sufragar, por descontado, los gastos de consumo y mantenimiento de la moto, así como limpiarla a diario para que reluciese como una patena. El rugido lejano del motor solía así anunciar de antemano a nuestro robusto camarada, quien comparecía con una sonrisa traviesa, nos saludaba uno a uno, recogía a su chica, la montaba a lomos de su flamante caballo de metal y salían ambos escapados de allí. También quedaban a menudo por su cuenta, sin contar con nosotros, de modo que podíamos pasar días enteros sin verlos.

           El verano proseguía entretanto su habitual devenir, perezoso y tibio, lumínico, poblada su atmósfera de hervores y quimeras, de sueños y fragancias; mañanas soleadas que invitaban al esparcimiento; tardes lánguidas que dejaban las calles vacías, como sumidas en una calma narcótica; crepúsculos anaranjados en los que el sol, fatigado tras tantas horas de vigilia sobre su atalaya, se sumergía en el río para refrigerar su ardentía y permitir que la luna le relevase en su labor de centinela; noches estrelladas que hacían aflorar excelsos ideales e incombustibles pasiones; lúgubres penumbras que terminaban cediendo ante el empuje de lenguas de escarcha entre cuyas humedades se filtraba la aurora.

           Fue ya casi a finales de agosto cuando tuvo lugar la gran debacle, el traumático colofón de un periodo que hasta entonces se mostrara tan pródigo en bondades y placenteras sensaciones. Ninguno de nosotros, ni siquiera en nuestras más horrendas pesadillas, habríamos sido capaces de prever algo así. Fue como si de repente las apacibles aguas de un lago se hubiesen abierto para componer un vórtice asesino que a las incautas víctimas que se bañaban en ellas arrastrase hasta el más aterrador de los abismos. Javi fue la principal víctima de ese lago traidor; la negrura de la muerte el abismo al que sus aguas lo condujeron. La tarde estaba plomiza y preñada de nubes, preludio de tormenta; no parecía sino que el propio cielo se estuviese cubriendo la cara para no ser testigo de la tragedia que el arbitrario destino había dispuesto que sucediera ese día. Tras la pertinente evaluación de los hechos, los agentes de policía infirieron en su atestado que Javier debió haber perdido el control de la moto en un bache, uno de esos profundos baches que saturaban la carretera y que la falta de liquidez municipal impidiera corregir, como estaba previsto, meses antes; había salido luego despedido por los aires, como un pelele, hasta acabar estrellado y hecho añicos contra el asfalto. Por su parte, el médico forense dictaminó que, a pesar de las múltiples fracturas y traumatismos que presentaba el cadáver, la muerte debió sobrevenirle casi al instante, sin dolor, ya que el brutal impacto le había abierto el cráneo y destrozado por completo el cerebro; en el mismo informe adujo que la corpulencia del muchacho era la que había salvado la vida a Anabel, toda vez que su enorme corpachón vino a hacer de parapeto entre ella y la dureza del pavimento, lo que, amortiguando el golpe, consiguió mitigar el rigor de sus lesiones, que quedaron reducidas a una fractura de cúbito, varias costillas rotas y diversos hematomas. No obstante, más allá de lo expuesto en el dictamen médico, yo siempre he pensado que fue el corazón de mi amigo el que en realidad salvó la vida de Anabel, ese enorme corazón enamorado que de algún modo propulsó al resto de su cuerpo para que en un último escorzo imposible se interpusiera entre el asfalto y la chica a la que amaba.

           Han pasado ya muchos años desde aquel macabro accidente, pero continúa costándome horrores asumirlo, sellado que quedó para siempre en mi cerebro. Hoy la carretera está ya perfectamente asfaltada, no hay baches ni grietas agujereando su piel de alquitrán. Me pregunto qué habría sucedido de haberse contado a tiempo con la necesaria solvencia presupuestaria, antes en todo caso de que Javier hubiera galopado sobre su defectuoso firme. Es posible que él estuviera entonces aún vivo. O quizá no, quién sabe, a fin de cuentas el destino siempre encuentra albures dispuestos a cumplir sus empeños. En todo caso, es curioso, pero cada vez que paso por el punto exacto donde tuvo lugar la tragedia, noto una especie de presencia cálida y reconfortante a mi lado, quiero creer que es el espíritu de mi amigo, el espíritu de una persona noble que, pese a su corta existencia, fue pródiga en virtudes, un verdadero ejemplo para quienes tuvimos la inmensa fortuna de conocerlo y tratarlo.

           Han pasado, ya digo, muchos años, pero el recuerdo de aquel verano y su sangriento desenlace me sigue perturbando como la sombra de una alimaña.

jueves, 4 de agosto de 2011

QUIERO

Quiero de nuevo observar la sonrisa que tus ojos,
cuando pícaros se estiran bajo el dosel de los párpados,
en un instante fugaz dibujan alborozados.
Quiero con su luz colmar ese tapiz que la noche,
discreta y engalanada, a bien nos tiene brindar
como gozoso escenario.
Quiero de placer temblar.
Con embeleso mirarlos.
Y de su luz extraer
la mecha que prenda el fuego, hipnóticamente mágico,
que a ti y a mi nos envuelva con su flamígero manto.

Quiero de nuevo gozar del elixir de tu boca
cuando mis labios la besen con indómito arrebato,
y las horas estancar en ese momento exacto.
Quiero morir y vivir en el tiempo detenido,
que se icen mis sentidos al mayestático altar
a esa boca consagrado.
Quiero en ella bucear.
Recorrerme sus meandros.
Con mi lengua humedecer
todo intersticio que encuentre a su sinuoso paso
por ese grato cubil que guardan tus dientes albos.

Quiero otra vez disfrutar de tu mirada huidiza,
mirada de niña tímida que cual si fuera un relámpago
arrebola tus mejillas cuando te cubro de halagos.
Quiero de nuevo notar las donosas evasivas
con las que pliegas tus formas al sentirte desnudar
por el afán de mis manos.
Quiero hacer de ti un volcán
de magma y lava colmado.
Quiero verte enrojecer
con el pudor de una ninfa a quien su ardoroso amado
la piel tiñe de escarlata con la ignición de su abrazo.

Quiero mojarme otra vez con la humedad de tu cuerpo,
albufera de fluidos que manan desde ese caño
donde se agitan humores por la pasión excitados.
Quiero de nuevo tensar las cuerdas de tu deseo,
afinarlas con lujuria para luego ejecutar
compases encadenados.
Quiero tus pechos tocar.
Morderlos, acariciarlos.
Y llenarte de placer
hasta que el sentido pierdas en un frenesí alocado,
delirante carrusel de amor, pasión y pecado.

Quiero ser una vez más ese ávido vampiro
que tus arterias profana en incruento holocausto
para libar la ambrosía que de droga sirve al ánimo.
Quiero de nuevo clavar en tu cuello mis colmillos,
embriagarme de ti, mi sed inmensa aplacar
hasta sentirme saciado.
Quiero tu sangre chupar.
Bañarme en su rojo ácido.
De tu esencia de mujer
quiero calmar mi apetito, ¡y quiero calmarlo raudo!,
como una esponja absorber tus deliciosos extractos.

Quiero otra vez penetrar en tu vientre apetecido,
fundir con mi cuerpo el tuyo en inquebrantable lazo,
moverme dentro de ti y gozar y ser gozado.
Quiero tu sexo llenar con mi sexo endurecido,
conducirte hasta el Olimpo que hace del placer carnal
principio, fin y pináculo.
Quiero en tu seno estallar.
Sacudirme en mil espasmos.
Y mi simiente verter,
mientras siento la presión de tus muslos apretados,
en la explosión colorida de un inigualable orgasmo.

Los ojos quiero cerrar para pedir a los dioses
que eliminen la distancia que separa nuestros hados
y aparecer junto a ti en meteórico tránsito.
Me importa un bledo implorar, deprecar incluso a voces,
con tal de que mis clamores puedan al fin alcanzar
el objetivo anhelado.
Quiero en el viento viajar.
Recostarme en tu regazo.
Porque por volverte a ver
de impaciencia me consumo y los días son muy largos
si tú no estás junto a mí, si tú no estás a mi lado.

martes, 19 de julio de 2011

PENSÉ EN TÍ

           Pensaba hoy en ti y fue que el recuerdo se volvió denso y húmedo, al modo de esas nubes que vanguardia son de la tormenta, nubes en este caso saturadas de palabras que, convertidas en lluvia, desde el pensamiento fluyeron al papel para anegarlo con su líquida substancia.

           Pensé, es cierto, en ti y al evocarte no pude sino admitir que a tu lado pasé momentos exquisitos, únicos, bellos momentos que engrosaron el acervo de mis vivencias más gratas, momentos que fueron el reflejo de sublimes sueños, quizá imposibles, como casi todos los sueños, pero que durante su idílica forja convergieron con una realidad que, seducida ante el embrujo que desprendían, no dudó en acogerlos en su seno.

           Pensé en ti y hube de aceptar que pocas como tú han sabido descender bajo mi piel hasta conseguir llegar a recónditas simas, justo hasta ese profundo mar de coral donde se afincan las raíces de donde brotan las emociones más excelsas. Tú supiste estimular los filamentos que crecen de esas raíces, activar nervios que permanecían adormecidos como exánimes sargazos bamboleantes entre las aguas; los vigorizaste y a través de ellos descubriste en mi interior misterios que no pensé pudieran ya por nadie volver a ser desentrañados.

           Contigo fui feliz. Por momentos, claro, a sorbos, único modo en que la felicidad permite ser deglutida; pero fui feliz.

           Qué duda cabe que tu hechizo fue poderoso, lo suficientemente poderoso como para alterar la realidad y con la materia de que se nutre el deseo modelar fascinantes espejismos. Bellos espejismos, oasis en medio del desierto, remansos de vida; pero quiméricos al fin y al cabo, manantiales de la utopía, materia evanescente que como tal termina disipándose en esa misma realidad que durante un fugaz instante sucumbió al embrujo.

           Pensé en ti y recreé de nuevo en mi mente la idílica estampa de tales espejismos, por más que, al ser consciente de su naturaleza ficticia, ya no provocaran en mí el mismo efecto de antaño. Puedo reconstruirte en mi interior como quien encaja las piezas de un rompecabezas, pero ya nada me dice el conjunto, ya no distingo en él a ese ser divino que en su momento me obnubiló y al que quise con locura desatada, ya no veo brillo en su imagen cincelada, aparece por el contrario deslucida y mustia, como el vestigio de un pasado irrecuperable. Todo pasa al fin y al cabo. Todo pasa y todo muere, como pasan y mueren las estaciones a lo largo del año, como pasa el viento que arreció durante la tempestad, como pasa el peregrino tras su agitado periplo, dejando sobre el camino las huellas de su tránsito.

           Pensé en ti y con tristeza comprobé que ya sólo permaneces en mi mente como una reminiscencia difusa, como uno más entre la enmarañada mixtura de recuerdos que se solapan y lidian los unos con los otros por permanecer en la fragosa selva de la memoria. Te evoco y ya no se aceleran los latidos de mi corazón, ya no acude la melancolía a dibujar por tu ausencia desolados óleos en mi alma; tu recuerdo dejó de ser beligerante para convertirse en un mero pasaje histórico, naturaleza muerta, un plantío de flores marchitas ocupando lo que otrora fuese parterre exuberante.

           Continúo siendo el guardián enmascarado de un universo repleto de sueños, un universo del que en su momento te entregué la llave para compartir contigo todos y cada uno de sus fúlgidos rincones. Entraste en ese universo y grabaste cada estrella con tu imagen, imprimiendo en ellas tu estampa a modo de tatuaje. Ahora, en cambio, ese firmamento luce sin ti. Dejaste que la llave se extraviara y con ella perdiste el acceso a mi mundo mágico. Ya no estás en él, ya no eres la dueña de mis sueños, se empañó la impronta que tatuaste en ellos.

           Entre rumores incomprensibles y silencios absorbentes, te vas sumergiendo en la triste negrura del olvido, metáfora en cierto modo de la propia muerte, en cuanto que supone un definitivo fin. Y así, poco a poco, tu imagen se pierde entre las nieblas que la separación y la distancia conforman, mientras yo continúo mi viaje, perdido entre una multitud extraña entre la que no me reconozco, enfilando otras sendas, otros horizontes, otros paisajes en los que ya no estás tú. Otro es ahora mi rumbo. Otra la luz que guía mis pasos. La tuya se apagó, sofocada va quedando por este olvido que mastico día a día; acerbo sabor el suyo, apenas sazonado por la nostalgia.

           Pensé en ti y recordé los versos de Neruda. También yo te quise. También tú me quisiste. También yo te tuve entre mis brazos y te besé infinidad de veces bajo un cielo infinito. Y también mi voz buscó el viento para acariciar tu oído, como asimismo mi corazón y mi mirada te buscaron…. Pero, como en el poema, aquello pasó y tampoco nosotros somos ya los mismos. Me pregunto en todo caso si tan corto es en verdad el amor y tan largo y doloroso puede llegar a ser el olvido.

           Porque pensé en ti y reconozco que me dolió constatar cómo el holograma que reproducía tu imagen me era ya tan opaco.

           Porque pensé en ti y me llené de amargura al notar que mi piel calcinada ya no añoraba los besos de tus labios ni las caricias de tus manos, esos besos y caricias que en su momento constituyeron mi máximo anhelo.

           Porque pensé en ti y me di cuenta que de ti sólo quedaba en mi alma el abismo de un sueño roto.

           Aunque, pese a todo, no puedo negar que contigo fui feliz.

sábado, 9 de julio de 2011

UNA ENFERMA PECULIAR

           La luz roja parpadeó un par de veces antes de quedar definitivamente encendida sobre el interfono. El luminoso mensaje iba acompañado de otro acústico, una especie de chiflido mecánico repetido a intervalos regulares. Fue este último el que hizo que Julia se sobresaltara. Estaba de guardia, pero no había habido demasiado movimiento durante toda la noche, por lo que se había quedado medio adormilada sobre el diván. Miró su reloj. En diez minutos serían las seis de la mañana. Se levantó para silenciar el aparato y comprobar de donde provenía el aviso. Habitación 445. ¡La señora Luisa, cómo no! Con desgana se dirigió hacia allí, preguntándose qué mosca le picaría a la buena mujer para llamar a esas horas.
           —¿Qué sucede Luisa?
           Luisa era una anciana ingresada días atrás por una afección que le ocasionaba intensos dolores abdominales, o al menos eso era lo que ella aducía, puesto que los médicos no habían detectado nada anómalo en ninguna de las meticulosas revisiones a que desde entonces la tenían sometida. Esta discordancia entre el resultado de los análisis y la sintomatología alegada tampoco es que sorprendiera demasiado a los galenos, quienes de sobra conocían la verdadera dolencia de su añosa paciente, que no era otra que una hipocondría compulsiva que le llevaba a barruntar las más graves enfermedades ante el más ligero de los indicios. Un estornudo se convertía de este modo en presagio de neumonía, una liviana taquicardia en pródromo de una inminente angina de pecho, en tanto que una casi imperceptible punzada interna venía de por sí a anunciar un cáncer letal. Así las cosas, la venerable anciana ya había sido ingresada con anterioridad en otras ocasiones, sin que en ninguna de ellas le hubiesen encontrado nada grave, más allá de los típicos alifafes y achaques propios de la edad. Los médicos le hubieran dado ya el alta, pero teniendo en cuenta su índole hipocondríaca y, sobre todo, que los hijos, aparte de pagar escrupulosamente la habitación que ocupaba, hacían de vez en cuando generosos donativos al hospital, no tenían inconveniente en que permaneciera ingresada durante algunos días más. A fin de cuentas, rodeada de médicos y enfermeras era donde más a gusto parecía sentirse la buena mujer, quien en cierto modo consideraba el hospital más hogar que su propia casa. Lo único malo es que a veces se ponía un tanto pesada y traía a todos de cabeza con sus quejas y requerimientos.
           —Ay, enfermera, me siento fatal...
           —Pero mujer, ¿qué le pasa?
           —Pues que creo que no paso de esta noche.
           En otras circunstancias esa frase habría conmocionado y puesto en alerta a Julia, quien como veterana enfermera conocía al dedillo todos los protocolos de actuación en casos de urgencia; pero conociendo como asimismo conocía a tan peculiar paciente, no se alteró esta vez demasiado. Además, la expresión que el rostro de aquella reflejaba, pese a sus intentos de hacerlo parecer desencajado, desmentía tan agoreras palabras.
           —A ver, Luisa, ¿por qué piensas que te mueres esta noche? —se dirigió a ella con condescendencia.
           —Porque tengo los mismos síntomas que tuvo en su día mi difunto Joseíto, que en paz descanse. Creo que de un momento a otro me va a dar un infarto como el que lo fulminó a él.
           —No exagere, Luisa, que está usted como una rosa.
           —Sí, como una rosa marchita.
           —Está bien, avisaré al doctor Matute, que está de guardia esta noche, para que eche un vistazo a ese corazón suyo.
           Mientras el doctor acudía a la llamada, Luisa explicó a Julia que el dolor le había empezado en el estómago, pero que había ido poco subiendo hasta llegar al pecho y, una vez instalado en éste, le había provocado unas taquicardias y una sensación de asfixia que por sí mismas auguraban lo peor. Julia se sonrió para sus adentros y pensó si dicho dolor habría subido en ascensor o por escalera, aunque obviamente no permitió que la broma traspasase las fronteras de su pensamiento; ni por asomo hubiese querido herir la susceptibilidad de la quejumbrosa paciente.
           —Ya verá cómo no es nada —fue lo que se limitó a decir mientras colocaba su mano derecha sobre la frente de la supuesta enferma.
           Cada vez más animada, Luisa empezó a hablar con todo lujo de detalles de sus múltiples padecimientos, como quien refiere aventuras o hazañas vividas en diferentes campos de batalla a lo largo de los años. De haber tenido más tiempo, a buen seguro que habría expuesto a la sufrida enfermera su historial clínico completo, más extenso y farragoso que la lista de los reyes godos; pero por fortuna para esta, la aparición del doctor bajo el umbral de la puerta detuvo la animada cháchara de la enferma.
           —Buenos días —saludó el recién llegado.
           El doctor Matute era un hombre joven, posiblemente con menos de cuarenta años a sus espaldas, de complexión atlética y rostro agradable, aunque con unas cejas muy pronunciadas, como de vampiro. Julia ya había coincidido con él en otras ocasiones.
           —A ver, Luisa, cuéntame qué te sucede —se dirigió el médico a la paciente—... Pero sin enrollarte, eh, que te conozco. Al grano.
           Julia no pudo evitar torcer el gesto en un visaje de enojo. Tenía un sentido de la educación arraigado en valores muy tradicionales, por lo que no terminaba de acostumbrarse a que la gente joven hablase de tú y con tanta altivez a las personas mayores, por muy médicos que fuesen. La forma que el doctor había tenido de apremiar a su paciente, pese al supuesto tono campechano con que pretendiera envolver sus palabras, le pareció de lo más desconsiderada. En realidad, le costaba entender por qué cierta gente se empeñaba en tratar a los ancianos como si de nuevo fuesen niños.
           Luisa volvió a explicar lo del dolor en el pecho, las taquicardias y la asfixia. El doctor la escuchaba con aparente atención, si bien determinados gestos de su rostro indicaban que restaba importancia, por no decir credibilidad, a todos esos síntomas. Tras examinar lengua y garganta de la interna, auscultar su pecho y tomarle el pulso y la temperatura, decidió que nada grave le sucedía. No obstante, un elemental sentido de la prudencia le llevó a complementar su examen prescribiéndole otros análisis más precisos, concretamente un electrocardiograma y una radiografía de la región torácica.
           Una vez firmado el oportuno volante, Julia condujo en silla de ruedas a la enferma hasta el laboratorio donde debían hacerle las pruebas prescritas. Pese a las tempranas horas que todavía eran, ya se notaba cierto movimiento en las crujías y corredores del hospital, provocado sobre todo por internos y familiares que, madrugadores o insomnes, salían a estirar las piernas por los pasillos. Luisa saludó a un viejo conocido con el que se topó de camino al laboratorio. Explicó a Julia que era un antiguo socio de su difunto esposo al que conocía desde hacía muchos años.
           —¡Ay, este Jacinto! —exclamó con un extraño deje de nostalgia luego de ofrecer dicha información, al tiempo que una sonrisa asimismo misteriosa, traída por los recuerdos desde fronteras que se perdían posiblemente muy atrás en el tiempo, quedaba dibujada en sus labios marchitos. Julia iba a preguntarle precisamente por esa sonrisa, si bien, justo en esos momentos llegaban a la sala de rayos, lo que le hizo olvidarse del tema.
           El enfermero encargado de hacer los electros era asimismo joven, más aún que el doctor Matute, aunque también más enjuto y, en general, menos agraciado en el plano físico. Compartía cometido con otros dos colegas, por más que a esas horas se hallase él solo en el laboratorio. Julia le saludó con un guiño de ojos.
           —Hola Javier. Aquí te traigo a Luisa, para que le hagas unas pruebas que acaba de mandarle el doctor Matute —dijo mientras le entregaba el volante.
           El aludido hizo acostarse a la enferma sobre una camilla y le pidió que se desabrochara el camisón.
           —¿Debo quitarme el sostén? —preguntó Luisa con cierto rubor.
           —No, no es necesario. Vale así.
           No le pasó desapercibido a Julia el diferente modo de proceder que en función de la edad y apariencia externa de cada paciente adoptaba el enfermero, quien a las más jóvenes y guapas sí que les hacía quitarse el sujetador y quedar desnudas de cintura para arriba ante idéntico tipo de pruebas. Clavó en él una mirada vulpina mientras con indignación pensaba en lo caraduras que eran algunos de sus compañeros.
           Una vez completado el cuadro ordenado por el doctor, condujo Julia a la enferma hasta la consulta de aquél, donde habían quedado citadas al efecto. De camino volvieron a toparse con el viejo conocido de Luisa, aunque en esta ocasión sólo de lejos, por lo que no intercambiaron saludo alguno, si bien, la enigmática sonrisa volvió a florecer en la boca de la anciana, una sonrisa en la que había un deje de coquetería apenas simulado. No dudó esta vez la enfermera en sondear a su acompañante:
           —Me he fijado que sonríe usted de forma muy especial cada vez que ve a ese señor amigo suyo.
           —¡Ay, querida, si usted supiera!
           —Vaya, ¿y qué se supone que debería saber?
           La sonrisa de Luisa se agrandó hasta convertirse en una risa nerviosa que hubo de contener tapándose la boca con una mano. Con la otra hizo gestos a la enfermera para que bajase la cabeza a su altura, susurrándole luego algo al oído. No obstante, pese a los esfuerzos de su longeva confidente, Julia apenas si fue capaz de captar un bisbiseo ininteligible.
           —Pero ¿qué dice, Luisa? No la entiendo nada. ¿Que ese hombre esconde qué cosa?
           El interrogante de Julia pareció turbar a Luisa, cuya rugosa faz adquirió un cierto matiz escarlata. Chistó a la enfermera para que moderase el tono de su voz:
           —No hable tan alto, que nos pueden oír.
           —Pero ¿quién nos va a oír mujer? A estas horas la mitad del hospital está durmiendo y la otra mitad es sorda —bromeó Julia.
           Alentada por la enfermera, Luisa se animó a hablar, si bien lo hizo susurrando, como si contase un secreto de enorme calado:
           —Ahí donde le ve, tan poquita cosa, el Jacinto tiene un... un...
           —¿Un qué, Luisa? ¡Que me tiene usted en ascuas!
           —Pues un eso, qué va a ser, mujer... ¡Un aparato enorme!
           En esta ocasión fue Julia que se puso colorada.
           —¿Un aparato? ¿Se refiere usted a...?
           —Siiiii —concedió Luisa como si hubiese leído el pensamiento de su interlocutora— a eso, a eso.
           Julia la miró con renovado asombro. Su conocimiento de Luisa no iba mucho más allá del terreno puramente facultativo, siendo escasas las veces en que había tenido ocasión de mantener con ella algún que otro diálogo más o menos prolongado. Pese a tan exiguo trato, había llegado a la conclusión de que la mente de la anciana estaba casi en su totalidad copada por sus imaginarias dolencias, sin que aparentemente ninguna otra cosa captase demasiado su interés. La repentina confidencia que acababa de hacerle parecía no obstante echar por tierra esta deducción. Al menos parecían interesarle también determinados aparatos, y no precisamente los relacionados con el instrumental clínico. Mientras hacía un rápido reajuste de sus convicciones, una sonrisa de complicidad cruzó el anguloso rostro de la enfermera.
           —Vaya, vaya. Si tan segura está de eso, es que son entonces ustedes algo más que simples conocidos, ¿eh, pillina?
           —Qué va, no se confunda. ¡Ay, por Dios, qué cosas tiene usted, Julia! —y Luisa no pudo evitar un nuevo ataque de risa, señal evidente de que aquel asunto la refocilaba sobremanera— Lo sé por mi difunto, por mi Joseíto. Ya le he dicho que eran socios.
           —Sí, eso me dijo.
           —Pues bien, mi marido me contó que antes de conocerme a mí y formalizar nuestra relación, solían los dos irse de vez en cuando de putas.
           Un barniz de picardía hizo brillar la mirada de Luisa mientras dejaba caer este comentario. Julia, por el contrario, no pudo evitar ruborizarse.
           —No se ponga colorada, mujer. En aquellos tiempos era algo muy normal... Bueno, supongo que ahora también lo es. Pero lo que quiero decir es que entonces no estaba mal visto. Los hombres solteros, y también muchos casados, se iban de putas y nadie se escandalizaba por ello. Estaba más que asumido.
           —Entiendo —concedió Julia, pese a no terminar en realidad de verlo claro. Se preguntó si la indulgencia de aquellos tiempos a los que hacía referencia la abuela venía a ser reflejo de una sociedad más abierta y tolerante o, por el contrario, más hipócrita que la actual. Ambas posturas presentaban a su juicio argumentos válidos para poder ser defendidas.
            —Pues eso —continuó explicando la anciana—, que mi José decía que con el Jacinto ninguna quería acostarse, porque les hacía daño.
            —¿Cómo que les hacía daño? ¿Quiere decir que las pegaba?
            Un asomo de sorpresa irradió de los seniles ojos.
           —Pero ¿qué dice pegarlas? Veo que no se entera usted de nada, querida. ¡Les hacía daño de lo grande que la tenía!
           —Qué barbaridad —exclamó la enfermera tras comprender al fin por donde iban los tiros. Una sonrisa maliciosa despuntó en sus labios.
           —Imagínese: ¡le llamaban Platero!
           Luisa volvió a ser invadida por risitas entrecortadas que apenas podía contener, como si fuese una adolescente en plena fase de descubrimientos pícaros.
           —¿Platero? ¿y por qué ese apodo?
           —Pues ¿por qué iba a ser? ¡Por el poema de Juan Ramón Jiménez!
           Julia negó con la cabeza mientras sus labios componían un visaje de claro desconcierto.
           —No entiendo.
           —Claro, mujer, piense: ¿quién era Platero? ¿Un rucio, no?... Pues ya ve, se decía que lo que al Jacinto le colgaba entre las piernas era más propio de un rucio que de una persona.
           La enfermera abrió la boca en señal de estupor.
           —¡Qué barbaridad! —volvió a repetir, incapaz de hallar en su vocabulario otra expresión con la que ponderar la munificencia de tamaño atributo. No pudo sustraerse al impulso de volver la cabeza para observar de nuevo a su poseedor, quien descansaba ahora sobre un banco al otro extremo del pasillo. Le pareció increíble que un ser de apariencia tan enteca, de apenas metro y medio de estatura, pudiera albergar bajo sus pantalones un secreto tan descomunal como el que refería su confidente.
           —No lo mire, que se puede dar cuenta de que hablamos de él —la reprendió Julia.
           —Sí, claro —obedeció la enfermera, pensando que si el viejo tenía la vista y el oído tan desarrollados como lo otro, las vería y oiría seguro, pese a la considerable distancia que les separaba.
           Mientras las dos mujeres proseguían su marcha hasta el despacho del doctor, Luisa fue refiriendo algunas de las hazañas amorosas del tal Platero, las cuales despertaron en Julia tanto la admiración como el rubor y la risa.
           Riéndose entraron de hecho las dos mujeres en el despacho del doctor Matute, a quien no dejó de sorprender dicha cómplice hilaridad.
           —Así me gusta, ver a mis pacientes de buen humor —apuntó el médico—, esa es la mejor señal de que se encuentran bien.
           —Aquí están los resultados de las pruebas que mandó —dijo Julia mientras entregaba al terapeuta la bolsa que los contenía.
           —Casi que ni me hace falta verlos para saber que ya estás mucho mejor, ¿eh, Luisa?... Ese semblante risueño dice más que cualquier prueba... Ya me podíais decir, por cierto, a qué obedecen esas risas; quizá así también yo podría acompañaros.
           —Cosas de mujeres, doctor —atajó Luisa la curiosidad del galeno, y acto seguido, como si se hubiesen puesto tácitamente de acuerdo, ambas estallaron al unísono en una nueva carcajada.
           Sorprendido por el súbito despliegue de júbilo, el médico las observó con inquisitiva curiosidad. Sin embargo, ante el mutismo de ellas, optó por una prudente retirada.
           —De acuerdo, de acuerdo. Me mantendré al margen... Ya me hago cargo que en las cosas de mujeres los hombres no debemos entrometernos —y se puso a examinar las placas que acababa de entregarle la enfermera—. Todo está correcto —añadió después de un exhaustivo análisis—. No tienes nada malo por lo que debas preocuparte, Luisa.
           —Supongo que habrá sido una falsa alarma —razonó la aludida, en quien los ojos brillaban como dos relámpagos— Tal vez unos simples gases.
           —Tal vez —convino el facultativo tras un ligero carraspeo.
           Julia condujo a Luisa de regreso a su habitación. Antes de despedirse ésta le narró algunas otras historias, en especial divertidas anécdotas de juventud que hicieron las delicias de la enfermera, quien prometió que de ahí en adelante acudiría con frecuencia a visitarla, estuviese o no de guardia, no en vano resultaba una verdadera gozada escuchar los relatos de la venerable anciana, por más que quizá fuesen tan imaginarios como sus males.