jueves, 9 de diciembre de 2010

EL PROFESOR Y ELLA

Ella
           La única clase que nunca se perdía ella era la de Derecho Procesal Civil, no ya tanto porque le apasionara la materia, que no era así especialmente, sino por escuchar al profesor, cuyas palabras, al fluir de su boca, se le antojaban melodía interpretada por un virtuoso músico.

           Se colocaba siempre en la primera fila, allí donde la distancia al estrado apenas si superaba el par de metros, y desde tan ventajosa ubicación elevaba la cabeza para mirarle y escucharle arrobada, sin una táctica definida, salvo si acaso la de cruzar con voluptuosidad sus piernas, esas que asomaban bajo el tejido de minifaldas exiguas, justo cuando creía que él había posado sus ojos en ella. No quería, pese a todo, engañarse, concebir unas esperanzas de antemano condenadas a perderse en el limbo de lo quimérico, de modo que la razón, acallando con su voz estentórea la de los sentidos, no cesaba de avisarle que poco o nada era lo que podía ella significar a ojos del experimentado erudito, un bulto más entre todos los que componían el auditorio de alumnos; de hecho, su memoria no guardaba siquiera una mirada suya que, aun perdida, hubiera recalado de lleno en ella; ni una sola vez, que supiera, fue su cuerpo reclamo sensual para los ojos de él. Estaba convencida que de toparse ambos frente a frente por la calle, él pasaría de largo sin haberla siquiera reconocido. A fin de cuentas, ella no era gran cosa, estatura mediana, pelo castaño, ojos marrones…, corrientes rasgos en definitiva, nada en su anatomía que al primer vistazo pudiera de por sí enervar la sugestión masculina, menos aún tratándose de un hombre como el profesor, quien en su madurez conservaba todavía un nítido atractivo: alto, apuesto, mirada penetrante, pómulos salientes, y, sobre todo, con un timbre de voz, grave y varonil, que a ella volvía loca.

           En clase simulaba prestar atención al temario impartido, pero ni siquiera era capaz de tomar un solo apunte medianamente coherente. En realidad, su mente volaba más allá del ámbito donde su orgánica materia permanecía, ubicándoles a ambos, el profesor y ella, muy lejos de allí, desnudos, enredados sus cuerpos como dos hiedras tortuosas, las manos de él engarzadas alrededor de su cuello, desde donde lentamente se iban deslizando a lo largo del tobogán de su espalda hasta llegar a las torneados colinas que ponían fin a aquélla, manos fuertes como tenazas, manos al propio tiempo suaves como el satén, manos que subían luego de nuevo para con delicadeza rozar sus pechos y endurecer sus pezones al primer contacto, provocándole un gemido que quedaba, no obstante, ahogado cuando la lengua de él, potente y briosa, perforaba las defensas de su boca y entraba en ella cual conquistadora irreprimible. Y en el imaginativo vuelo de la mente era luego ella quien, tras abandonar su inicial papel pasivo, pasaba a la acción para responder de un modo frenético a los besos y caricias recibidos, ubicándose a su espalda tras un airoso giro y ser entonces sus propias manos las que se dedicaran a medir el cuerpo masculino, primero sumiendo los livianos dedos en la rizosa selva del vello pectoral, cuyos mechones estiraban hasta casi arrancarlos, tanteando luego el abdomen, donde esos mismos dedos se abrían al máximo y entre sí se enlazaban por el delirio que la cercanía del objeto anhelado provocaba, y por fin, tras descender algún palmo más, palpando lujuriosos el izado mástil donde la masculinidad adquiría inequívoco reflejo. Y él equilibraba tales estímulos volviéndose de nuevo para llevar su boca hasta el cuello de ella y morderlo con incoercible deseo, delicado y grácil cuello que moría anticipando el escote, carnal heraldo éste de las divinas majestades que eran los pechos, curvilíneos y mórbidos, donde la misma boca sedienta se complacía en succionar ambas cumbres violáceas que de corona allí ejercían. La espalda de ella se arqueaba entonces de puro goce, mientras él proseguía con su lengua el itinerario que marcándole iba el deseo, y le lamía el ombligo, carnoso timbre del vientre, alrededor del cual culebreaba con salacidad el apéndice turbulento, para seguir luego bajando cual explorador ávido de paisajes inverosímiles, remontando así en su chupadora tarea el venusino monte, para llegar finalmente al clítoris, dúctil y acuoso, donde sus movimientos se acentuaban de manera delirante hasta conseguir que ella, entre convulsiones, perdiera toda noción del tiempo y del espacio. Dentro de la cada vez más caldeada fantasía que el cerebro de la estudiante recreaba, proseguía su ciclo el juego amatorio, encauzándose el soberbio falo del profesor hacia la cavernosa gruta que anhelante lo aguardaba, cuyo interior, de esponjosos y húmedos pliegues forrado, franqueaba cual avezado colono, dando así inicio a la candente danza que, acelerando progresivamente sus movimientos, habría de conducir ambos cuerpos hasta las verdes frondas del éxtasis.

           De estas lúbricas ensoñaciones despertaba invariablemente cuando él daba por concluida la clase y se despedía hasta la siguiente. Entonces volvía a la realidad y se percataba de que tenía las bragas completamente empapadas por la infiltración que de su sexo, abierto y mojado al máximo, provenía, circunstancia ésta que le originaba una sensación de pudor intenso, puesto que le hacía sentirse el blanco de las miradas de toda el aula.

           Por estos imaginativos derroteros iba desarrollándose su platónica gravitación en torno al profesor, cuando cierta tarde, cansada de seguir supeditando el empuje de los sentidos a la férrea defensa de la razón y de ese modo limitando sus rijosas ansias al terreno de la fantasía, se armó de valor y decidió concertar con él una cita bajo el pretexto de despejar ciertas dudas sobre la tramitación especial de los procedimientos relativos a división de patrimonios. Era cierto, por otro lado, que esa concreta especialidad procesal se escapaba en demasía a su entendimiento, como en general se le escapaba el resto de la asignatura, habida cuenta lo raras que resultaban las veces que, evadida de su habitual trance hipnótico, atendía realmente a las explicaciones ofrecidas en la clase; pero en todo caso no radicaban desde luego en esa puntual nesciencia los verdaderos motivos de la consulta instada.

           Accediendo a la solicitud, el profesor la recibió en su despacho, una cuadriforme estancia de paredes de estuco en la que descollaban decenas de estanterías atestadas de textos legales y manuales jurídicos. Se puso para la ocasión una camiseta celeste, bastante ceñida y con escote de pico, cuyo algodón sucumbía poco antes de llegar al ombligo, permitiendo de ese modo apreciar el sensual piercing que prendía en éste; una falda corta tableada que se comprimía alrededor de su talle mediante un cinturón ancho de color rojo, algo hippie, y en los pies unas sandalias abiertas con finas tiras laterales que iban desde los dedos hasta el tobillo. Informal indumentaria que le hacía sentirse juvenil y provocativa a un mismo tiempo, miscelánea que, pensaba ella, podría significar un primer ariete con el que acometer las defensas del reflexivo caballero.

           ¿Y bien, señorita?


           Se quedó muda, presa de un marasmo tal, que el profesor se vio obligado a carraspear y, mientras con los dedos tamborileaba sobre la madera de su escritorio, repetir de nuevo el interrogante que sobre las razones de la femenil presencia en aquel despacho inquiría. Reaccionó ella ante este segundo reclamo y, haciendo un supremo esfuerzo para parecer natural y desenvuelta, procuró enfocar la conversación hacia el apócrifo señuelo que, en calidad de alumna, lanzara para conseguir aquella cita.

           Debe ser que soy un poco dura de mollera, pero por más que usted lo ha explicado repetidamente en clase, sigo teniendo muchas dudas y lagunas sobre las especialidades que definen a este procedimiento.

           No se zahiera a sí misma, señorita –la aplacó su mentor, regalándole una sonrisa ante cuya luminosidad estuvo a punto de claudicar derretida–. No es usted la única a la que asaltan tales dudas y lagunas. Convengo en que la materia es algo árida, si bien sólo hasta que se consigue captar el núcleo esencial sobre el que toda ella orbita... Pero, en fin, lo mejor será que vayamos punto por punto para intentar poner algo de luz entre tanta tiniebla.

           Sobre aquel improvisado escenario, fue ella interpretando el papel que durante la víspera había estado ensayando en casa, una martingala que, enfocada en última instancia a la conquista del humano baluarte que espoleaba su deseo, partía de esas supuestas carencias cognitivas que sobre la especialidad académica de aquél afirmaba abrigar, y, así, los interrogantes iban emergiendo de su boca ornamentados con las sonrisas, visajes y demás gestos y giros anfibológicos que escogiera como municiones para contender en los fragosos arcabucos de la seducción. Desde que concertara la entrevista, se había dedicado, por lo demás, a estudiar a fondo la “árida materia” que se suponía venía a tratar, ello con el único objeto de poder disimular así su ignorancia con mayor pericia. Sin embargo, el ardid no parecía funcionar en el sentido deseado, pues ni su papel de aplicada alumna ávida de conocimientos, ni su encarecida simpatía, parecían despertar interés alguno, más allá del meramente académico, en el maduro catedrático, quien se limitaba a aclarar las cuestiones planteadas con adustez y rigor profesional, sin ni siquiera responder a las constantes muestras afectuosas que de ella iba recibiendo con un mínimo gesto que denotara afabilidad o dulzura. La verdad era que más allá de aquella primera y única sonrisa con la que a punto estuvo de desarmarla, el semblante del profesor no había vuelto a dibujar ninguna expresión amable durante todo el transcurso de la reunión. Serio, siempre serio y, aun en todo momento educado, ceñudo y hermético en el plano personal.

           Espero haber conseguido despejar al menos parte de sus dudas –comentó una vez dada por finalizada la audiencia.

           Ella asintió con la cabeza, aderezando al propio tiempo ese gesto con una sonrisa tímida, casi de circunstancias, que servía asimismo como despedida. Y ya se levantaba de la silla, dispuesta a abandonar aquellas cuatro paredes con un acerbo sabor de boca, resignada al fracaso de esa primera tentativa de acercamiento al hombre de sus sueños, cuando justo en ese instante se sintió espoleada por una audacia que, cual repentino turbión, se precipitara de lleno sobre su voluntad, hasta el punto que, casi de manera mecánica, brotaron de su garganta las palabras que proponían al veterano dómine salir juntos a tomar un café. Él se desprendió de las gafas para observarla de arriba abajo. Era aquella una mirada donde la curiosidad y la sorpresa se mezclaban a partes casi iguales. En cualquier caso, descarada o no, esa mirada venía a suponer, a juicio de ella, el primer contacto verdadero que los ojos del hombre mantenían con su cuerpo. Seguro.

           ¿Un café dice? ¿Con usted?
           Ante la palmaria perplejidad con que fuera formulado aquel doble interrogante, notó ella que se ponía colorada, y retomando la razón el dominio que por un momento cediera al empuje del instinto, se dijo que posiblemente aquella propuesta no había sido una buena idea. ¡Dios Santo, qué vergüenza! ¿Qué opinión tendría ahora el profesor de ella, salvo que era una descarada? Pese a todo, y ya que había sido la osadía la impulsora de aquel paso, pensó que lo mejor era ya persistir en dejarse arrastrar por ésta hasta culminarlo del todo, en lo que venía a ser una clara huida hacia delante. A fin de cuentas, ¿qué podía ya perder?

           Claro, ¿por qué no? No veo nada malo en ello. ¿O sí lo hay? –añadió, dando a la pregunta un deje de picardía.
           No considero demasiado apropiado que profesores y alumnos intimen en exceso. Eso es todo.
           Vamos, profesor, ¿no me dirá que compartir un café es intimar?      

           Eso depende siempre del café –bromeó el profesor, por más que, a tenor de su tono circunspecto, no lo pareciera–. En todo caso, la cafetería de la facultad suele estar siempre demasiado concurrida y no me gustaría ser blanco de miradas indiscretas, sobre todo si éstas pertenecen a colegas. 
           ¿Sus colegas le reprobarían algo tan inocente? No lo creo.
           A tanto como reprobarme dudo que se atrevieran, pero seguro que murmurarían a espaldas mías, y, créame, no me gusta ser tema de mentideros.

           Una mirada vulpina despegó de los ojos de ella, mirada que penetró en los del profesor como centelleante destello de luz, aturdiendo su visión durante un breve pero intensísimo lapso temporal.

           Tampoco nuestro café tiene por qué ser degustado en la cafetería de la facultad. Podríamos acercarnos a Moncloa –fue la invitación que de los labios de ella brotó tras que de sus ojos lo hiciera aquella luminosa mirada–. Por allí conozco algunos sitios interesantes…. Ni tampoco tiene por qué ser un café, o sólo un café, lo que compartamos.

           Un incitante guiño de ojo sirvió de semiótico colofón a aquella sugerencia. Se sentía sorprendida de su propia audacia, ya que en general no acostumbraba a ser tan atrevida en sus flirteos. Sin embargo, ya puestos, resultaba apasionante jugárselo todo a una carta. Si él rehuía el cebo, se daría por vencida y no insistiría más; pero si, por el contrario, lo mordía, habría dado un paso definitivo hacia su final objetivo.


El profesor

           Venía reparando desde hacía algunas semanas en la chica de pelo trigueño que se sentaba siempre en la primera fila. No podía negar que le llamaba poderosamente la atención, pese a que, por supuesto, se abstenía de fijar en ella miradas directas que, como tales, resultasen indiscretas, lo que no era óbice para que posara de vez en cuando los ojos con disimulo sobre su morfología. Por lo que advertía, ella era de las alumnas que con más interés seguía sus clases, siempre muy atenta a las explicaciones, sin perder al parecer detalle de cuanto él iba diciendo. Al principio la había observado de forma distante y desapegada, insensible a su propio examen, tan displicente como el científico que indaga sobre los aspectos más superficiales del conejillo de indias que sirve de base a un experimento. Sin embargo, con el paso del tiempo se había ido acentuando su interés, desplazándose éste desde un plano impersonal a otro más subjetivo, hasta el punto que comenzaba a experimentar ante aquella joven una atracción que excedía en mucho el ámbito académico. Le gustaba, sin duda. Su libido, curtida ya en mil lúbricas contiendas, proclive se antojaba a dejarse excitar por aquellas formas sinuosas. Hechizado le tenía sin duda el indolente y, al propio tiempo, provocativo cruce y descruce que de cuando en cuando le ofrecían las generosas piernas de la efeba, así como cautivado aquellos ojos vivos, profundos como abismos, ojos que clavarse en él parecían con embeleso. ¿Sería eso cierto? ¿Le lanzaba ella miradas insinuantes o no se trataba más que de imaginaciones suyas propiciadas por la fascinación que le producía la muchacha? El undoso movimiento de su cabello al girar la cabeza de lado a lado le provocaba una sensación de frescura, como si un céfiro acariciante circulara de súbito alrededor de la tarima desde donde impartía la clase. Los senos, esos dos turgentes relieves que se aventuraban tras la variedad de camisetas, suéteres o blusas encargadas de velar su jugosa materia, le tenían encandilado; anzuelos se le antojaban para sus manos, con frecuencia resguardadas en los bolsillos de la chaqueta para que sus indiscretas sacudidas nerviosas no delataran la atracción que les provocaba aquel par de seductores imanes. Desde luego, la veía bonita, la más bonita de todas sus alumnas.

           La curiosidad, pues, había traído en pos suya al deseo, y éste, tentador como la edénica sierpe, incitaba su lujuria mediante sugestivos ensueños donde aquella joven alumna se le aparecía desnuda y entregada a él por entero, siendo así que de la mano de tan incontinente deseo percibía el profesor cómo comenzaba ya a traspasar los umbrales que a la obsesión conducían. Y en ese tránsito andaba, incapaz de quitársela de la cabeza, cuando se vio sorprendido por la inesperada solicitud de audiencia que ella le hizo, alegando para ello que necesitaba aclarar ciertas dudas relacionadas con la asignatura que él impartía. Tuvo que esforzarse para disimular la turbación que tal instancia le produjo. Por supuesto, aceptó de inmediato, sin poner impedimento alguno a la entrevista pretendida. En realidad, hubiese recibido a cualquier otro alumno que con justa causa lo hubiese demandado, no en vano su responsabilidad como profesor así lo exigía. En este caso, no obstante, se daba la circunstancia que también el placer jugaba en el mismo equipo que la obligación.

           La idea de estar a solas con ella, aunque fuese dentro del angosto y nada coqueto habitáculo que circunscribían las cuatro paredes de su despacho, se convirtió durante los días previos a su específica culminación en monopolio obsesivo para la mente del profesor, elucubradora al respecto de las más sugestivas posibilidades. La víspera al día prefijado, mientras se encontraba tendido en la cama, fantaseó una vez más con ese esperado momento, imaginándosela aplicada a una sensorial danza en la que, mientras caderas y vientre se debatían en ondulantes movimientos, iba desembarazándose una por una de todas sus prendas, hasta quedar frente a él completamente desnuda, para luego, sin más abrigo ya que su propia piel, ir a sentarse sobre su regazo. La joven le mordía entonces con impudicia el lóbulo de la oreja, al tiempo que sus manos iban aflojando la corbata y le desabrochaban los botones de la camisa y el pantalón. Desatada por entero su lujuria, la izaba él con sus brazos para depositarla luego sobre la mesa del despacho, no sin antes barrer de un manotazo cuantos papeles atiborraban ésta. La mesa se convertía así en un improvisado altar erigido a las deidades del placer, tendida sobre el cual, sicalíptica y tentadora, se encontraba una singular Afrodita que con su cuerpo ardiente le invitaba a convertirse en su entregado sacerdote, y él, obediente, separaba sus piernas para adentrarse gozoso en la hendidura que entre ellas se abría, palpitante acceso de la arcana espelunca que era su sexo franco. Ella gemía, gemidos que se iban acentuando al ritmo de su propio empuje, hasta convertirse en gritos de gozo que desembocaban en un último estallido, justo cuando ambos, sacerdote y diosa, se derramaban el uno en el otro. La ilusoria escena convergía en este preciso instante con la que en el plano real también se desarrollaba, donde una profusa eyaculación ponía punto y final al masturbatorio acto con que el dómine había acompañado a su calenturienta imaginación. Un charco de semen dejaba tangible testimonio sobre las sábanas.

           A la mañana siguiente tuvo lugar la anhelada cita. Como no podía ser de otra forma, la realidad de los hechos desbarató todas estas lúbricas entelequias que los días previos modelara la imaginación del insigne catedrático, de manera que el encuentro se circunscribió desde un principio al concreto propósito que lo motivaba, esto es, arrojar luz sobre las tinieblas que en la fragosa selva del derecho procesal parecían envolver a su alumna. Se sintió, no obstante, embebecido por la sonrisa que ella le dedicó en un momento dado, por más que de inmediato descartase la posibilidad de que correspondiera a un intento de flirteo por su parte, tildándola al contrario como mero gesto de cortesía, la típica sonrisa condescendiente. Lo cierto era que por más que las fuerzas aliadas de su instinto y su deseo lo espoleasen a la aventura, las circunstancias no resultaban propicias para ésta, resultando en este sentido vano pretender burlar con falsos espejismos una evidencia que se presentaba como muro infranqueable, cual era la diferencia tremenda tanto de edad como de circunstancias que entrambos mediaba. Ante esa evidencia de nada servía engañarse. Él era demasiado mayor para ella, además de pertenecer a otro mundo muy distinto al suyo. Divorciado por dos veces, acababa de cumplir cincuenta años, en tanto que su joven pupila apenas si acarrearía en el serón la mitad de ellos; ni tampoco, por descontado, compartirían aficiones, gustos o inclinaciones de cualquier género. No, ninguna ilusión podía hacerse respecto a que entre ellos pudiera prender cualquier chispa más allá de la estricta relación profesor alumna.

           Y sin embargo, cuando ya había dado por terminadas todas sus explicaciones y el punto final era lo único que restaba para poner colofón a aquella audiencia, ella le propuso inopinadamente ir a tomar juntos un café, y más adelante, después de un sugestivo tira y afloja, que ese café, o lo que fuera, lo tomasen más allá de los muros del paraninfo. El profesor no podía creerlo. De repente, aquel encuentro parecía dar un giro de ciento ochenta grados y abría nuevos horizontes en un camino que momentos antes se le antojara por entero vedado.


El profesor y ella
           El Mercedes del profesor les condujo a la Castellana, concretamente a la zona de Cuzco, en uno de cuyos pubs tomaron acomodo para pedir un par de copas, whisky de malta él, rebajado con un chorrito de soda, ella un Baileys con mucho hielo. Recostados sobre los confortables sillones del local, iban sus cuerpos ganando en distensión al mismo ritmo que en vivacidad lo hacían sus lenguas, lo que condujo la plática a abandonar el encorsetado ámbito limitado por sus respectivos roles de profesor y alumna, para aventurarse hacia campos mucho más heterodoxos. Pasó así ella de expresar su admiración por los amplios conocimientos procesales de su mentor a hacer extensiva la laudatoria a su propia persona, en tanto que él, más recatado por naturaleza en lo que a despliegues efusivos se refería, sonreía sin disimular su complacencia, al tiempo que prodigaba a su interlocutora un cada vez mayor número de insinuaciones sutiles. Consumidas las dos bebidas iniciales, otras dos nuevas vinieron a ocupar rápidamente el lugar de las primeras. La ingesta de alcohol desataba aún más las lenguas de ambos, de por sí proclives esa tarde a la libre expansión. Las continuas bromas y muestras de ingenio de que hacía gala el maduro caballero eran aplaudidas por risas cada vez más desinhibidas de la joven muchacha. No había duda que profesor y alumna estaban disfrutando de su mutua compañía, descubriendo facetas el uno en el otro que hasta entonces permanecieran embozadas a sus respectivos ojos bajo el siempre tupido velo de las apariencias. Proclive de este modo el espíritu a dejarse arrastrar por la laxitud, ningún reparo tuvo ella en descargar sus ansias confesando a su acompañante lo mucho que le gustaba, confidencia que su boca dejó escapar entre risas, como algo natural que ningún misterio encerrara, por más que la revelación diese a tales risas un sutil toque nervioso que en el fondo delataba su verdadera trascendencia. Confesión por confesión, el profesor no dudó tampoco en admitir que asimismo se sentía muy atraído por ella. Minutos más tarde, ya con las terceras copas sobre la mesa, llegarían los besos, tumultuosos y apasionados como estallidos de volcanes.

           Poco después recalaba la pareja en el hogar del profesor, una amplia casa de tres alturas ubicada a las afueras de la metrópoli. La feroz ardentía que en ambos rezumaba a través de todos y cada uno de los poros de su piel no podía aguardar más tiempo para ser sofocada, de manera que apenas cerrada a sus espaldas la puerta de acceso a la vivienda, ya estaban sus cuerpos entrelazados sobre la pared del hall, debatiéndose el uno contra el otro como dos posesos; cada boca buscaba la contraria y en el encuentro se enredaban sus lenguas como dos serpientes en celo, un solo beso, eterno, violento, febril, cavernas enlazadas que componían un alambique donde los líquidos salivares eran mezclados entre remolinos de pasión. En paralelo a este beso infinito, se afanaban también sus manos en una exploración frenética, presurosas por recorrer los ocultos paraísos de la carne, empeño en el que no tardaron las de él en desabrochar el cinturón que ceñía la escueta minifalda, que se precipitó hacia el suelo formando un burujo. Liberada de este modo de su prenda inferior, estiró ella los brazos con voluptuosidad y molicie, reclamando con tal gesto ser despojada asimismo de la que recubría su tronco; él no se hizo de rogar y extrajo por arriba la celeste camiseta, que se atascó un poco a la altura de la cabeza, si bien, un enérgico movimiento de ésta de lado a lado terminó por liberarla. Despejado el camino de molestos obstáculos, las manos de él se apresuraron a deslizarse bajo la batista de las bragas, apretando y acariciando las dos esferas que componían el empinado culo, y desde allí reptaron luego sus dedos hasta alcanzar los ardientes pliegues vaginales, rebosantes ya de fluidos, cuyos labios desplegaron con cuidado para un par de ellos, los más audaces, introducirse en las profundidades cavernosas, provocando como respuesta en su destinataria un tembloroso respingo, al que siguieron entrecortados jadeos que, evacuados con el aliento, humedecieron el cuello masculino como si de tibio rocío se tratara. Recuperando entonces ella la iniciativa, se agachó y desabotonó con furia los pantalones del profesor, liberando de sus telas el fuste cuya dureza, junto a las perlas transparentes que asomaban por su hendido extremo, testimonio venían a dar de la lasciva excitación que embargaba a su maduro propietario. Los gráciles dedos se retorcieron sobre el falo, enhiesto éste, palpitante de lujuria, en tanto los labios se relamían rijosos, como saboreando de antemano el fruto apetecido, prestos a colmarse de su néctar. Sin dejar de abandonarse a las delicias de esta masturbación, aprovechaba él para evacuar de su cuerpo chaqueta, corbata y camisa, fastidiosos atavíos cuyo sofoco le resultaba a esas alturas incompatible con el proveniente de su líbido sulfurada, y justo cuando la blanca camisa volaba por los aires, un espasmo de placer hizo que de su garganta escapara un prolongado aullido: su pene acababa de ser aprisionado dentro de la boca tibia y húmeda de la muchacha, quien comenzaba a lamerlo con irrefrenable concupiscencia. Poderosas corrientes iban galvanizando al profesor mientras su miembro erecto profanaba una y otra vez la boca de su compañera, en ocasiones hasta la mismísima garganta. Sacudido por la electricidad de sus propios sentidos, a cuyo empuje apenas si su voluntad podía oponer resistencia alguna, se sentía impelido a descargar su simiente dentro de aquel salivoso cubil; no obstante, en un sumo esfuerzo de continencia, compelió a su carcelera a una liberación que previniese la eyaculación precipitada, y ya emancipado de la boca insaciable, levantó a la joven para con un rápido giro volverla de cara a la pared. De pie y con las manos apoyadas contra el muro, ella arqueó la espalda y separó sus piernas, haciendo que el culo sobresaliese lo más posible y quedase enteramente a merced del amante, quien en esos mismos momentos terminaba de quitarle la ropa interior. El recio miembro viril se aproximó entonces a la rosada embocadura y penetró en ella con facilidad, hasta el fondo, no en vano los chorreantes jugos femeninos habían lubricado plenamente las vaginales paredes. Ella emitió un tenue chillido. A veces sosegado y calmo, otras presuroso y salvaje, iba variando el profesor el ritmo de sus acometidas, entrando y saliendo de la humedecida cueva sin más gobierno que el que sobre su voluntad ejercía la lascivia desatada, al tiempo que una de sus manos se desplazaba en movimientos circulares alrededor de la doble luna que componía el pecho de ella, friccionando los pezones endurecidos, en tanto la otra masajeaba el clítoris con pericia. Ella notaba el movimiento del pene en su interior como el de una alocada serpiente que no cesase de reptar; gritaba de placer, entregada a los escalofríos y espasmos que recorrían su cuerpo de arriba abajo. Tuvo dos orgasmos casi consecutivos, el último de ellos coincidente con el momento preciso en que él se derramaba en su interior tras un ronco bramido. Se volvió entonces con una sonrisa de satisfacción y le besó en los labios, para acto seguido agacharse y cerrar de nuevo la boca alrededor de su pene, que empezaba a perder su dureza, a fin de succionar las gotas de semen que aún rezumaban en la punta. Había concluido el primer asalto.

          Alimentado el fuego de la pasión, decidieron colmar también el que en sus tripas tenía cobijo, que no por más prosaico merecía menos miramientos, de manera que el anfitrión se dispuso a preparar algo de cena, para lo cual envolvió su desnudez únicamente con un mandil y un gorro de cocinero, indumentaria que levantó sonoras carcajadas en su acompañante.

           Estás para hacerte una foto y distribuirla luego por toda la facultad.


           La disparatada idea hizo que también la risa brotase espontánea de la garganta de él.

           Mira por donde, quizá fuese un buen medio para que mi reputación ganase algunos enteros.      
            Claro, sobre todo entre las féminas.
            Seguro. Me convertiría ante sus ojos en todo un sex symbol.
           Sí, el sex symbol del mandil… Anda, bobo, ve a preparar esa cena, que tengo hambre. 

            De acuerdo, pero te confieso que no tengo mucho apaño en casa, ya que generalmente ceno fuera…. Mmmmm –el profesor frunció el ceño e hizo gesto de ponerse a pensar– Ya está –exclamó tras un par de segundos, haciendo chasquear los dedos–, te prepararé unos deliciosos spaghetti al ajillo. Te aseguro que me salen de miedo. Ya verás como te chupas los dedos.
           Quizá prefiera chupar otra cosa –replicó ella con picardía.
          

           Él aplaudió el provocativo retruécano mediante una nueva risotada y marchó después a la cocina.
          

           Ponte cómoda y sírvete una copa mientras cocino la pasta. Ahí en el mueble bar tienes bebidas.

           Sin cubrir con nada su desnudez, y mientras su anfitrión se debatía entre los fogones, permaneció ella en el salón principal de la vivienda. Tras echar un ligero vistazo, se dijo que estaba decorado con gusto, una mezcla de estilos, algunos clásicos, otros más modernos, que en conjunto armonizaban elegancia y comodidad en una simbiosis compacta. Le llamaron especialmente la atención las ventanas, dotadas de unos pesados parteluces, a través de los cuales se filtraba una luz tenue, luz de luna, que fucilaba con un tinte espectral. La chimenea, hecha de mármol veteado, albergaba un fuego tenue, cuyas lenguas formaban al brincar extraños arabescos. Permaneció un buen rato a su calor, embebecida frente al retozar de las llamas, dejando que su imaginación volase sobre la grupa del fuego hacia ignotos territorios plagados de misterio y aventura. Tales ensoñaciones fueron interrumpidas por la llegada de su anfitrión, quien tras aplicar la badila para remover la lumbre e intensificar su ígneo poder flamígero, se volvió hacia ella para engarzar su cuerpo en un voluptuoso abrazo y propinarle un liviano mordisco sobre los pezones, que se vigorizaron al instante.

           Vaya, parece que mi guapo cocinero tiene hambre, aunque no precisamente de spaghetti. Quizá sea que no le salieron tan deliciosos como él aseguraba.
           Digamos mejor que lo que se ofrece ahora a su vista le resulta mucho más apetecible.
           

           Sin mediar más palabra, cubrió el profesor la boca de su invitada con un beso húmedo y prolongado, al ritmo del cual la fue arrastrando hacia el suelo, hasta quedar ambos tendidos con molicie sobre la espesa alfombra que copaba buena parte del pavimento. Mientras lo acariciaba, el profesor iba deleitándose en la contemplación del cuerpo desnudo de su amante, que se le antojaba una excelencia de fisuras y pliegues, todo un jardín de las delicias. Con los dedos corazón e índice de su mano derecha circunvaló el escualo que llevaba ella tatuado en la parte posterior del hombro, pese a que sus preferencias estéticas se inclinaban más bien hacia el que lucía en los bajos de su espalda, una miscelánea de runas orientales entretejidas en forma de “V” cuyo vértice, cual celoso guardián de un fastuoso tesoro, se correspondía con el inicio del raíl que dividía ambos glúteos. Esos mismos dedos, retozones e inquietos, se complacían poco después en hurgar alrededor del sensual ombligo, jugando con el piercing que engalanaba éste, desde donde descendieron para acariciar el pubis, que ella lucía enteramente rasurado, lo que permitía apreciar en todo su esplendor la tentadora vulva, con sus rosados labios menores plegándose sobre la vertical hendidura que encerraba el paraíso de los gozos. Los pezones, aureolados por una corona de tonalidad cárdena, como sendos pétalos de trinitaria, sobresalían erectos al ser estimulados por la experta lengua masculina, dos puntas de lanza desafiantes, dos polos eléctricos prestos a recibir continuas descargas de placer, un placer que invadía todo el sistema nervioso de la joven estudiante, testimoniado en los gemidos que brotaban de sus labios entreabiertos al sentir aquella lengua glotona afanarse en sus pechos y aquellos dedos, largos y osados, palpando el interior de sus muslos, táctil reclamo que ella atendía instintivamente separando sus piernas algunos centímetros, los justos para que alcanzaran la encrucijada donde la carne se abría para permitir el acceso a las oscuras profundidades intestinas. Tras cumplir los dedos con su cometido, fueron reemplazados por la boca, presta a enaltecer mediante ligeros mordiscos y vehementes lametones el santuario vaginal que a ella se ofrecía, por cuya puerta expedita introdujo su punta el salivoso apéndice para, resbalando entre sinuosidades impregnadas de jugos, moverse de lado a lado, hacia adentro y hacia fuera, en movimientos circulares…, hasta arrastrar a su sacerdotisa en un remolino de éxtasis incontenible. En medio del delirio, urgida por las voces del deseo, levantó ella las rodillas hasta que éstas vinieron a rozar casi su barbilla, tácita convocatoria para que la grieta abierta en la intersección de sus muslos fuese enfoscada por la carne enhiesta del amante. Él aceptó el envite e hizo deslizar su falo entre las carnosas paredes vaginales, penetración que obtuvo como respuesta un grito agudo que atravesó la garganta de ella cual relámpago sonoro. Para sofocar sus fragores, taponó el profesor la boca de su alumna con la suya, enzarzándose ambas lenguas en una frenética pugna donde no había vencedores ni vencidos. Alcanzaron de este modo el clímax al unísono, como dos relojes sincronizados, y sus respectivos cuerpos se convulsionaron en repetidos espasmos.

           Los spaghetti estaban ya casi fríos cuando, allí mismo, sobre esa misma alfombra donde acababan de hacer el amor, dieron cuenta de ellos. Era ése, en cualquier caso, un detalle que apenas si merecía un solo comentario, tras haber transitado por las viñas del placer para saciar con sus frutos otro tipo de apetito.

           Tras la frugal ingesta, se dirigieron al dormitorio principal, donde entre sábanas de seda volvieron a sumergirse en las procelosas aguas del sexo. Ella estaba más que sorprendida por la inaudita virilidad que evidenciaba su amante, teniendo en cuenta que, lejos de ser un adolescente, se movía ya en los confines de la cincuentena; y en análoga concomitancia, le asombraba también su cuerpo, toda vez que había esperado toparse con un organismo invadido por carnes flojas y estriadas, acorde con la avanzada edad, y en cambio a sus ojos se ofrecía un torso musculoso, colmado de un vello ya cano, sí, pero nada flácido, con abdominales todavía marcadas y, en general, carnes prietas. No pudo evitar preguntarle, con morbosa curiosidad, si tomaba algún tipo de anabolizante o de productos estimulantes para la líbido, tan en boga últimamente. Esta pregunta se la hizo al propio tiempo que masajeaba su falo, de nuevo duro como una roca, aunque sedoso al tacto, por el que los delicados dedos subían y bajaban a ritmo suave.

           Ante la pregunta sobre el posible consumo de artículos vivificantes, él esbozó una sonrisa enigmática, pero se abstuvo de satisfacer su curiosidad, limitándose a izarla por el culo con un movimiento enérgico y compelerla a que se sentase sobre su erecta verga. Las manos de ella asieron entonces el pene y enfocaron su punta hacia la enrojecida y palpitante vulva que lo aguardaba, y tras ajustarlo en la entrada, fue bajando poco a poco hasta hundirse por completo en él, dejando escapar al hacerlo un grito gutural, para luego, una vez convenientemente acoplada, comenzar a mover sus caderas en círculos lascivos, rotaciones que de vez en cuando interrumpía al objeto de alzar las nalgas sobre el carnoso y resbaladizo mástil que la penetraba, dejando asomar en estas subidas la base del glande, y acto seguido, antes de que su presa pudiese escapar por entero, dejarlas caer otra vez para empalarse nuevamente. Prolongaron durante algunos minutos este juego de contorneos, subidas y bajadas; luego él la abrazó y obligó a que girara, de manera que quedase debajo suyo. Ella gozaba al verse aplastada bajo el musculoso cuerpo, enredándose con él hasta formar un ovillo de piernas, brazos y sexos, dos cuerpos imbricados que componían uno solo, de manera que ambas pelvis se unían y desunían en un baile cuya cadencia variaba paulatinamente de ritmo, unas veces lenta, otras desenfrenada, melodía de formas que hallaba sonoro aditamento en el festival de gemidos cuyo volumen no dejaba de subir. Los ojos de la muchacha aparecían empañados por la lujuria, nunca antes había alcanzado cotas tan elevadas de placer carnal, y en sus entrañas el deseo se fraguaba en una sucesión de oleadas apremiantes e irresistibles, todo un tsunami de sensaciones, tan poderosas que su corazón se disparaba en un frenético ciclo de sístoles y diástoles. En medio de este huracán de gritos ahogados, sofocos y palpitaciones, pudo percibir cómo el temblor de sus caderas y piernas iba ganando en intensidad, signo inequívoco de que se aproximaba un nuevo momento álgido, aquel en el que se produciría la apoteósica erupción de los jugos que en su interior pugnaban por estallar, un estallido que ella se esforzaba todavía en contener, para lo que arañaba con violencia la espalda de quien con sus embestidas estaba a punto de provocarlo, hasta que las fibras nerviosas, desbordadas por tantas y tan continuas sacudidas mayestáticas, sucumbieron al fin a esa irreprimible estampida de los sentidos que se ha dado en llamar orgasmo, furiosa explosión que de energía descontrolada colma el aparato genital para desde allí proyectarse, cual relámpago vertiginoso, en todas direcciones, hasta cubrir el último milímetro del cuerpo sometido. Justo también en ese instante, como relojes sincronizados, él se derramaba por entero en la profundidad de su vientre, emitiendo al hacerlo un alarido animal que se propagó por todo el dormitorio.

           Tras la sensorial deflagración, permanecieron ensamblados durante algunos minutos, exhaustos, sudorosos, contemplándose el uno al otro con miradas de agradecimiento y ternura. Luego él se incorporó de la cama y extrajo de la cómoda un pequeño envoltorio, parte de cuyo contenido mezcló con tabaco y enrolló con papel de fumar.

           Esto es lo más estimulante que tomo –comentó con una sonrisa, al tiempo que encendía el porro que acababa de liarse, respondiendo así a la pregunta que ella le hiciera en los prolegómenos de su último polvo.

           Aquel hombre se estaba revelando toda una caja de sorpresas, a cual más fascinante. No podía ella creer que la persona seria y morigerada que impartía clases en la universidad, modelo de formalidad y corrección, siempre impoluto tras su traje y corbata oscuras, fuese la misma con la que acababa de follar tres veces prácticamente seguidas de forma salvaje, la misma que fumaba hachís con delectación y pasaba ahora el porro a sus labios tras depositar sobre ellos un tierno beso, la misma que aplaudía como de buen gusto los tatuajes y piercings que ornamentaban su cuerpo. La verdad era que, pese a lo mucho que había fantaseado con él, nunca se le pasó realmente por la imaginación que su idolatrado profesor pudiera tener una mentalidad tan abierta y libre de prejuicios. Aquella noche estaba siendo memorable, y ya no sólo por el componente sexual que la presidía, sino también por todo aquel carrusel de descubrimientos que se iban sucediendo.

           Es asombroso, los jóvenes creéis que habéis inventado el mundo –retomó de nuevo él la palabra–, pero éste no hace otra cosa que girar y girar hasta volver siempre sobre sí mismo en un continuo eterno retorno. Lo único que nos distingue a los de mi generación de los de la tuya es en todo caso que somos si acaso más discretos, fruto imagino que de la mayor experiencia, pero en el fondo tenemos idénticos vicios y similares tentaciones, no en vano estamos hechos de la misma carne y por nuestras venas corre la misma sangre, una sangre que también hierve y entra en ebullición ante determinados estímulos…. A fin de cuentas, el instinto obedece a esos dos componentes básicos: carne y sangre. No hay edad que valga.

           Hablaba con la mirada puesta en el techo, como si lo hiciera para sí mismo. El cabello enmarañado y la luminosidad de sus ojos, fruto sin duda esto último de la ingestión de hachís, le conferían una expresión alucinada. Calló luego y el silencio se apoderó del dormitorio, tan sólo interrumpido por la cadencia rítmica que producían ambas respiraciones. Pasados unos segundos, ella se alzó sobre el colchón y dio una última calada al porro, que inhaló profundamente, antes de apagar el pucho sobre el cenicero que había en la cómoda. Desde arriba miró a su amante, que reposaba con las manos detrás de la nuca, los ojos aún en el techo, y tuvo la impresión de estar viéndolo como a través de una calima. Lo miraba con renacida lujuria. Pensó que su organismo estaría aún recuperándose de la última batalla amatoria, buscando amortizar con el reposo parte de las energías sacrificadas; pero no quiso darle tregua y, agachándose sobre él, comenzó a besar su miembro flácido.

           El profesor suspiró. Pronto notó cómo su pene dormido vibraba ante aquellos besos y suaves lametones, presto a recibir otro turbión de sangre que lo hiciera de nuevo despertar para atender a los edictos del sexo. Entrecerró los ojos y colocó sobre la castaña melena ambas manos, presionando con ellas la cabeza para indicar que deseaba que su boca engullera el falo. Ella no opuso resistencia; guiada por el empuje de sus manos, empezó a subir y bajar la testa ingiriendo su presa en cada acometida, notando cómo dentro de su boca despertaba ésta de su momentáneo sopor para volver a endurecerse. Chupaba con veneración, como una sacerdotisa que rindiera pleitesía a su deidad mediante sacras genuflexiones; tan profundos resultaban a veces los descensos de su cabeza, que su nariz chocaba contra los testículos, donde permanecía algunos segundos, aspirando su acerbo aroma, llena su boca de él, saboreando la polla entera, cuyo grueso extremo se le pegaba a las paredes de la garganta, para volver luego a dejarla emerger entre espasmos de asfixia. Aparcando luego la felación por un momento, se dedicó a morder con delicadeza el largo tallo, primero en la base, donde al propio tiempo aprovechaba para lamerle con voluptuosidad los huevos, repartiendo después los mordiscos por todo el conducto vigoroso, y finalmente en la bellota roja que lo culminaba, volviendo luego desde allí a recorrerlo todo con la lengua, de arriba abajo, de abajo arriba, a veces con movimientos circulares sobre el glande, otras succionando como una bomba hidráulica. El profesor se dejaba hacer, cerrados los ojos hacia un paraíso interno donde quería permanecer para siempre, la boca entreabierta, resquicio por el que no cesaban de escapar tenues suspiros, y todo su sistema nervioso a punto de estallar de puro placer, estallido que se produjo al cabo mediante una nueva eyaculación apoteósica, descarga salvaje que regó la boca de su sacerdotisa con el glutinoso líquido de la vida.

           Aquello era un desenfreno de lujuria. La casa del profesor se había convertido en improvisado escenario donde una tras otra iban sucediéndose representaciones de un renovado kamasutra. Todo tipo de posturas y todo género de experimentaciones fueron llevados a escena durante esa larga noche de sexo sin límite. En uno de esos lances amatorios cubrió ella su cuerpo de nata para que él lo lamiese hasta dejarlo limpio; otra vez, en cambio, fue él quien se untó la punta del pene con miel y se lo dio a probar a ella, quien lo relamió con suprema delectación; a veces él se recreaba azotando los redondos glúteos de su compañera hasta arrancarle aullidos donde dolor y placer componían una danza lúbrica; otras veces la penetraba por el ano, práctica que ella jamás antes hiciera y que abrió sus sentidos a un nuevo universo de goces ignotos; en otra ocasión ató sus manos a la cabecera de la cama y cubrió sus ojos con el cinturón de un albornoz para, privándole de tacto y visión, incrementar sus sensaciones mientras le chupaba el clítoris y se hundía luego de nuevo en el interior de su abierta anatomía. Como no podía ser de otro modo, todos y cada uno de estos juegos tenían siempre como desenlace la fulgurante estampida multicolor en la que ambos, a veces simultáneamente, otras de manera sucesiva, tocaban con sus dedos el cielo a través de un nuevo orgasmo.

           Tras varias horas de protagonizar una sexualidad exenta de tabúes y prejuicios, cayeron finalmente exhaustos, derrengados tras haber llevado a cabo las más ardorosas batallas carnales que sus encendidas imaginaciones pudieran concebir. Durante largo rato permanecieron abrazados y medio adormecidos, ufanos de haber alcanzado juntos tan reavivantes clímax, de haber viajado hasta el Nirvana y gozado en él de sus afrodisíacos manjares hasta quedar enteramente ahítos. Finalmente, un dulce sueño los venció a ambos.

           Fue él quien a la mañana siguiente despertó primero, poco después que los rosados dedos del alba descorrieran la cortina escarchada con que la noche oculta al día. Miró su reloj para comprobar, no sin cierta sensación de destemplanza, que ni siquiera habían sido cuatro las horas que estuvo en brazos de Morfeo. Con cuidado de no despertar a su circunstancial amante, destapó las sábanas para poder contemplar al detalle el cuerpo desnudo de ésta. Una sonrisa iluminó sus labios, y se dijo que había merecido la pena robarle tiempo al sueño con tal de gozar de tan deliciosa anatomía. Con ese pensamiento en mientes, se puso a trazar con sus dedos círculos alrededor de los cárdenos pezones, que se endurecieron casi al instante, para luego, muy despacio, ir llenando toda su geografía de dulces besos, comenzando precisamente por esos mismos pezones que acababa de delinear, desde cuyas cimas fue descendiendo hasta concluir en el rasurado sexo, cuyo aroma le resultó embriagador, néctar para su boca anhelante, que se entreabrió para saborearlo con la lengua, húmeda y elástica, que desde ese mismo momento se afanó, cual furtiva áspid, en zigzaguear a través del clítoris. Ella despertó estimulada por aquella lamida. Las cenizas del sueño sofocado conferían a sus facciones un aire perezoso. De sus labios escapó un susurro tenue, como el ronroneo de un pequeño felino, y se dijo que era imposible amanecer de un modo más placentero. El profesor continuó trabajando a lo largo y ancho de todo el consulado genital, sin que su lengua ávida dejara un solo resquicio por explorar y lamer, hasta que incapaz de seguir conteniendo sus ansias, optó porque el falo reemplazara en su tarea a aquélla, introduciéndolo por la hendidura completamente empapada de jugos.

           Tras este despertar henchido de sexo, él anunció que tenía que irse, ya que su primera clase estaba señalada para las diez en punto, si bien, ella podía quedarse en su casa todo el tiempo que quisiera. Se duchó en apenas cinco minutos y regresó a la habitación para vestirse. Mientras se ajustaba la corbata, su joven amante le pidió que se quedase con ella.

           ¿Estás loca? ¡Jamás he faltado a una sola clase! –objetó el con displicencia.

           Ella arrugó el entrecejo y, simulando compunción, plegó los labios para forjar con ellos toda una sucesión de lánguidos pucheros. Tan cómica resultaba su estampa en tales visajes de niña chica, que el profesor no pudo reprimir una sonora carcajada.

           Mira que eres boba.
           Hazlo por mí, anda –insistió ella, componiendo con su voz idéntico tono mimoso al de sus gestos–. Me apetece estar un ratito más contigo. No hace falta que hagamos de nuevo el amor. Lo único que quiero es sentir el calor de tu cuerpo pegado al mío.

           El se acercó a la cama y, poseído por una súbita ternura, depositó un dulce beso sobre sus labios.

           ¿No ves, pequeña, que no puede ser? Se me ocurre una idea: tú me esperas aquí, toda mi casa queda a tu entera disposición, puedes escuchar música, ver la tele, leer, curiosear por ahí…, lo que más te apetezca en cada momento, y luego, a mi regreso, vamos juntos a comer a un restaurante estupendo que conozco.
           La idea me atrae… Pero justo en este momento lo que más me apetece es precisamente continuar gozando de tu compañía.


           El profesor la miró fijamente. El relieve de sus formas femeninas se perfilaba en las sábanas que cubrían su desnudez, como un mapa recorrido por sugerentes anfractuosidades. En aquellos momentos se le antojó una nereida surgida del profundo mar de sus deseos más íntimos, el ser más hermoso que la génesis creadora de cualquier demiurgo hubiera llegado a componer. Dudó durante un par de segundos, hipnotizado por esa imagen mitológica, pero no obstante terminó de nuevo por rehusar:
           Lo siento, no puedo. Sería sentar un precedente negativo. Te repito que jamás he dejado de dar una clase.
           Siempre hay una primera vez para todo –rearguyó ella–. Tampoco yo me había acostado nunca antes con un profesor.

           Aquella original refutación de sus argumentos provocó nuevas risas en el profesor, quien movió varias veces la cabeza de lado a lado, como intuyendo lo inútil de cualquier disputa, antes de terminar rendido ante la hechicera tozudez de su acompañante.

           Eres un caso –dijo, mientras volvía a desnudarse para meterse otra vez en la cama–. Un verdadero caso.

           Por primera vez en su larga carrera como docente iba el profesor a faltar a una clase. Tenía cosas más importantes que hacer.

6 comentarios:

Artemis dijo...

Nunca me ha sucedido eso, a pesar de que sí he sentido una fascinación por algunos de los profesores con los que me he ido topando a lo largo de mi etapa estudiantil. Hasta que no cumplí los 21 , ya en la universidad, no tuve un profesor al que consideré atractivo; pero por mi mente no pasó ni un ápice de fantasía más allá de la admiración física, quizá porque siempre he considerado este tipo de líos algo bastante inalcanzable y que sólo acarrearía sufrimiento en caso de no ser correspondida o toparme con alguna dificultad externa.
Por otra parte, conozco algun caso (y creo que tú también) de una relación profe-alumna que ha llegado a consumarse y permanecer a lo largo de los años.
Siempre me ha despertado una cierta curiosidad este tipo de relaciones, pues, en actitud freudiana, me pregunto qué habrá más allá de lo consciente en esas personas que suelen enamorarse de sus profesores para sentir esa irresistible atraccion que, quizá, en caso de que el objeto de su deseo no fuera profesor sino albañil o farmacéutico, no sucedería.
Un cordial saludo :)

Cavaradossi dijo...

Interesante la reflexión que haces, Artemís. No sé qué decirte. Quizá esa atracción tenga algo que ver con la llamada "erótica del poder", esa especie de hechizo que brota de las personas que de algún modo destacan o, aun sin destacar, ejercen sobre nosotros algún tipo de influencia. Difícilmente sentiremos ese tipo de influencia proveniente de un albañil o de un fontanero, por citar los ejemplos que pusiste, pero desde luego sí que puede en un momento dado derivar de un profesor o profesora, no en vano sus designios pueden tener de algún modo influencia en nuestro futuro. Un caso análogo podría ser el de la atracción que se percibe en ocasiones por los empleados o empleadas hacia sus jefes, en especial cuando estos son brillantes o destacan de algún modo más allá de su cargo. No sé, ya te digo que son especulaciones que hago a raíz de tu reflexión.
Por cierto, yo sí que sufrí en mi época de adolescente una fortísima atracción por una profesora de mi instituto, y sí que fantaseé con ella en todos los sentidos, si bien no tuve nunca oportunidad (ni agallas) de atravesar los límites de la fantasía.
Y sí, conozco algún que otro caso de relación profesor-alumna.
Cordiales saludos también para ti.

María (Muriel) dijo...

Caray, ¡¡¡vaya cuentecito para leerlo de buena mañana!!

Es curioso. Siempre me he preguntado qué tienen los profesores (y profesoras, aunque como indica la gramática, con "profesores" es suficiente para referirse a ambos géneros, no vayamos a empezar con la cag... de "miembros y miembras")... eh... bueno, sigo... Siempre me he preguntado qué tienen los profesores para despertar tanta fascinación y fantasía sobre el alumnado, habida cuenta de que ellos (salvo excepciones), suelen levantar la debida barrera emocional que les protege de acosos, separando sabiamente la vida personal de la profesional. No he llegado tampoco a aplastantes conclusiones, ya que mi propia experiencia tampoco es material de donde tirar: El único profesor varón que he tenido en mi época púber era, aunque treintañero, bastante antipático, nunca sonreía, y me puso fácil no pirrarme por sus huesos. Pero sí me fijé en varios factores que ayudaron a crearme mi opinión al respecto:
-La edad. Cuando una chica (pongo el ejemplo femenino por empatía) se mueve los fines de semana entre chicos de su edad, que no piensan más que en dvertirse, puede encontrar atractiva la madurez, no solamente a nivel físico, sino a nivel mental, de alguien que toma la vida aparentemente de un modo más sereno. Generalmente, entre los 15 y 30, los chicos aún están algo locos, no tienen criterios establecidos, y son pocos aquellos con los que se puede hablar de lo divino y de lo humano sin más placer que el de compartir diálogo.
-La contemplación continuada. Un profesor está siendo observado fijamente durante horas. Una persona se acaba fijando hasta en lo que no se fija cuando se trata de cualquier otro: Las posturas, los gestos, el timbre de voz, la manera de expresarse. Tal es la observación, que en ocasiones se le lee el pensamiento, se llega uno hasta adelantar mentalmente a sus palabras, se adivina y estudia la anatomía bajo la ropa, se estudian sus formas y pliegues, y se termina fantaseando sobre cómo sería el observado fuera del recinto escolar. Se le ubica en otros escenarios donde pierde la autoridad y la cualidad de "superior", se le convierte en "persona" en la imaginación, y, ya se sabe, la imaginación es ilimitada...

Cavaradossi dijo...

Ufff, María, menudo estudio el que haces sobre la atracción que suscitan a veces los profesores para los alumnos. Supongo que habrá de todo un poco y que en cada caso las distintas variables tendrán una mayor o menor pujanza.

yolanda dijo...

Al empezar a leer mi mente revivío un episodio vivido en mi época universitaría,la verdad no fuí yo quién seducia al profe .
Quién en ese entonces era guapo y altisimo jejeje ,con unos ojazos verdes y voz grave muy grave siempre me sentaba en primera fila ,no sé en realidad por qué lo hacía (quizás una mania ) y él al explicar la clase acercaba su mano a mi mesa y cogía mis bolis casi siempre dos veces .
En un ocasión me invitó a la cafetería de la facultad estuvimos todo el tiempo que nos daban de descanso,me dijo entonces que si no me he dado cuenta de que yo le gustaba y mucho, ah también me dijo que no sabía que por que razón le atraía de aquella manera si no era un bellezón :-) :-) no hice mas que agradecer y confirmarle que estaba casada.
Desde entonces hablabamos mucho mas,no importaba el tema que fuera había complicidad y nos sentiamos a gusto de yo cambíe por supuesto mi manera de mirarlo ,nunca tuvimos oportunidad de quedar en otro sitio que no fuera la "UNI" .Recuerdo con claridad aunque de esto ya ha pasado un tiempo ,que en una de sus clases fuimos al laboratorio y terminó su clase y nos quedamos sólos .........hubierón besos intensos,apasionados ,toqueteos mutuos cada uno buscaba con ansía el punto neuralgíco del otro.momento que interrumpio el conserje que tenía que cerrar el aula .jjjjjjj no terminó bien . pasaban a recogerme no podía quedarme .
Así qué tan solo con la descripción que haces sobre la alunma ya es una casualidad .
Me ha gustado muchisimo .

Cavaradossi dijo...

Wow, Yolanda, celebro que mi relato te haya traído tan gratos recuerdos. Lástima de ese conserje inoportuno que os interrumpió en el mejor momento :-)