sábado, 20 de noviembre de 2010

COBARDÍA PARA DECIR ADIÓS

           A Emma no dejaba de sorprenderle que su mejor amiga, su alma gemela, como a ella gustaba llamarle, fuese precisamente una alumna suya de la facultad.

           Los inicios de su labor como docente en la Escuela Superior de Gestión Comercial y Marketing se remontaban a varios años atrás, justo tras aprobar unas oposiciones a las que había dedicado una ingente cantidad de tiempo y esfuerzo, periplo opositor durante el cual estuvo no pocas veces tentada de arrojar la toalla, resignada a proseguir toda su vida laboral como interina, saltando de instituto en instituto, con cortas recaladas en alguna que otra universidad privada. Al final, empero, ese tiempo y esfuerzo obtuvieron la recompensa anhelada y pudo conseguir una plaza fija en la facultad donde desde entonces impartía su magisterio.

            Fue a los tres años de iniciada esta nueva andadura profesional cuando conoció a Sonia, quien asistía a sus clases de mañana tras haberse matriculado en primer curso de carrera. Lo cierto es que supo congeniar con ella desde un principio; la espontaneidad manifiesta de la muchacha, su talante franco y comunicativo, libre de cualquier género de convencionalismos, la perenne sonrisa que adornaba su boca, constituían en sí mismos poderosos hechizos con los que atraer afectos, y Emma fue desde luego víctima de ese fascinante sortilegio que emanaba de su joven alumna. Era ésta trece años menor que ella, pero ni tal diferencia de edad, ni la circunstancia de estar situadas cada una a diferente nivel en el estrado académico, impidieron que se compenetrasen a la perfección, como si se conocieran de toda la vida, y que este natural entendimiento mutuo fuera dando sus frutos en forma de relación cada vez más profunda, aupada ésta desde unos primeros escalones afianzados en la recíproca simpatía hasta elevados barandales cuyos soportes fueron los de un genuino cariño.

           El origen exacto de esta sólida amistad se remontaba a cierta mañana en que, tras finalizar su clase, Emma fue abordada por Sonia, quien le solicitó una audiencia personal para aclarar determinadas dudas que tenía sobre la materia que estaba impartiendo. Emma accedió gustosa a la postulación, reuniéndose ambas con tal fin al día siguiente en su despacho. Esa misma tarde, una vez dilucidadas las dudas expuestas, profesora y alumna prolongaron el encuentro merendando unos perritos calientes en una hamburguesería próxima a la facultad. Pocos días después, tras un nuevo cruce docente, concertaban una cita para comer juntas, cita que fue el preludio de otras muchas, cada vez menos espaciadas en el tiempo, y que fueron abarcando la práctica totalidad de la oferta lúdica que una gran ciudad puede llegar a ofrecer: cines, teatros, restaurantes, espectáculos, discotecas…, convertidas de este modo en asiduas compañeras de esparcimiento y diversión. Como era de esperar, dada la natural afinidad de caracteres que a ambas vinculaba, esta concomitancia externa no tardó en abrirse paso hasta alcanzar asimismo sus respectivos universos interiores, donde perfilaron igualmente una estrecha conexión que hizo de ellas cómplices y confidentes la una de la otra, verdaderas uña y carne, intimidad que a su vez las volvió aún más asiduas, hasta el punto de llegar a compartir incluso sus periodos de asueto y vacación, que aprovechaban para juntas enfrascarse en todo tipo de viajes y actividades diversas. Casi sin darse cuenta, ambas mujeres habían establecido entre ellas una franca alianza apuntalada sobre el mutuo afecto.

           Como todo aquello que implica a la materia emocional, también la amistad entre Emma y Sonia tuvo en su órbita una serie de elementos que, de un modo u otro, venían a significar perturbaciones nacidas en el seno de esa misma materia. Javier fue quizá la mayor de esas perturbaciones. Sonia coincidió con él en el curso siguiente. Venía trasladado de otra universidad y desde el comienzo de las clases se sentó a su lado en el aula; el primer día por pura casualidad, porque allí había un sitio libre y punto; los siguientes por la inercia de la costumbre, ¿para qué buscar otro emplazamiento si ese estaba bien?; finalmente, por verdadera afinidad entre ambos. Era alto y bien parecido, su mirada lánguida y distante configuraban una apariencia introvertida que compaginaba con su naturaleza tímida, pese a no constituir ésta en sí misma más que un primer muro de contención, como una defensa ante lo desconocido, ya que una vez ganaba la necesaria confianza, esa timidez se transformaba fácilmente en desenvoltura.

           Así las cosas, pocas semanas después de iniciado el curso, Sonia y Javier habían alcanzado tal grado de conjunción, que podía decirse que entre ambos se había ya instituido una leal camaradería, traducida esta en permanentes intercambios de apuntes, prestación recíproca de libros, trabajos en común, desayunos y almuerzos en la cafetería de la facultad, bromas de todo género…, en fin, cimientos de un apego que, dentro de lo que era el estricto ámbito universitario, les convirtió poco menos que en inseparables. Era evidente que habían sabido conectar a la perfección, como dos teselas de un mismo mosaico.

           Este acercamiento, ubicado en un principio dentro sobre todo de lo que era el orbe estudiantil, fue ganando paulatinamente en intensidad y bifurcándose hacia otros derroteros, de tal manera que sus encuentros allende el perímetro universitario se hicieron cada vez más repetidos, amparándose su frecuencia en todo tipo de excusas, por peregrinas que fuesen, al tiempo que las bromas entre ellos comenzaban a condimentarse con la especia de la insinuación, los roces a perder su carácter fortuito y las miradas a configurar un nimbo ciertamente hechicero. No es de extrañar, por tanto, que cierta tarde de invierno, una de esas donde la lluvia gélida y el cielo gris y pesado componen la estampa de un paisaje gótico, Sonia hiciese saber a Emma, tras sutiles circunloquios, que creía despertar en Javier un interés que iba más allá de la mera relación de compañerismo que podía darse entre dos alumnos bien avenidos, más allá incluso de la amistad, así como, también rodeada su confidencia de variopintos ambages, que ese interés era recíproco, que también ella sentía un extraño cosquilleo en la boca del estómago cuando estaba a su lado.

           Se diría que nada anómalo, al menos a primera vista, encerraban los lindes de esta mutua atracción, nada en cualquier caso que justificara tanto subterfugio a la hora incluso de confesarla, no en vano resultaba muy acorde con la edad y con la sangre, con esa natural tendencia que tiene ésta a hervir cuando estimulada resulta por la secreción de determinadas hormonas, de tal forma que, más que inquietud, se supondría que debía ser ilusión lo que ante todo suscitase en sus protagonistas. Y así en efecto habría sido, al menos en lo que respectaba a Sonia, de no haberse dado la circunstancia de tener ésta un novio allá en su pueblo, en Sanlúcar de Barrameda, con el que llevaba saliendo ya más de tres años. Esta ligadura emocional, que ya en su momento refiriese al propio Javier, la tenía sumida en un mar de dudas, magnetizada dentro de una especie de perspectiva en claroscuro frente a la que no acertaba a distinguir bien dónde se encontraban las sombras y dónde la luz, la clásica pugna entre deber y deseo, y pese a ser la infidelidad algo que por naturaleza aborrecía, sospechaba que sólo era cuestión de tiempo su caída en brazos de quien tanta atracción ejercía sobre ella, puesto que no se veía con fuerzas para colocar barrera alguna en caso de que él abordara sus defensas, contingencia esta que, al tiempo que la tenía completamente embebecida dentro de un ensueño cromático, la asustaba como si de un negro abismo se tratase.

           El consejo que la confidencia de su amiga halló en Emma fue el que le incitaba a confrontar los ecos de aquellas dos voces discordantes que gritaban dentro de sus entrañas, la de los sentimientos y la de la razón, la primera anhelante de aventura, la segunda abogada de la prudencia, promiscua la primera, pacata la segunda. Emma, no obstante, se posicionó al cabo para asegurar que, de ser ella la afectada, no dudaría en decantarse por las voces que emitían sus sentimientos, desatendiendo las de la razón en caso de oposición entre ambas, pues no obstante resultar más sensatas y juiciosas estas últimas, solían las primeras traer consigo presentes más placenteros; si bien, se trataba en todo caso de una decisión que, dada su delicada índole, tenía que tomar ella misma atendiendo a sus propias convicciones, así como afrontar luego con rigor las consecuencias derivadas. También le dijo, entre bromas y guiños de complicidad, que Javier le parecía un chico estupendo y que conformaban una bonita pareja.

           Como quien avanza por un camino que de pronto se bifurca en dos, obligando al viajero a decidirse por uno u otro, así sentía Sonia el rumbo de sus pasos en lo que a su relación con Javier se refería, y en la tesitura de elegir se hallaba, bien optando por continuar en la misma dirección despejada y pacífica por la que hasta entonces se moviera, bien decantándose por tomar el sugestivo desvío, aun a sabiendas que éste la adentraría en parajes mucho más fragosos, cuando el propio afectado vino a desbaratar la disyuntiva al anunciar que se veía obligado a interrumpir el curso y regresar a su ciudad de origen, pues a su madre le habían detectado un cáncer y, como hijo único que era, debía acudir a su lado para ocuparse de ella, de tal forma que, muy a su pesar, no le sería ya posible seguir asistiendo a clase, ignorando cuándo podría reanudarlas, si bien, el curso actual ya lo daba en cualquier caso por perdido.

           Así desapareció Javier, de la noche a la mañana, casi sin tiempo para despedidas. Sonia le echó mucho de menos, tanto que durante bastantes semanas anduvo cubierta por un halo lóbrego que percudía en su espíritu para, carcomiendo la ilusión, llenarla de lastimoso vacío, hasta el punto que por momentos se vio sumida en una preocupante situación de apatía y desidia. Durante aquel periodo de añoranza, Emma constituyó su principal punto de apoyo, fortaleciéndose aún más la amistad entre ambas mujeres; su sincero afecto, sus incesantes atenciones, su cariñoso aliento, supusieron para Sonia una inestimable ayuda, gracias a la cual pudo superar la crisis sin más secuela que un resabio acerbo que le quedó en el alma como lejano eco de lo que pudo haber sido y no fue.

           Truncada quedaba con la marcha de Javier una relación incipiente que quién sabe por qué derroteros habría podido culminar de haber seguido adelante; si bien, por otra parte, superadas esas primeras semanas de melancólica nostalgia, Sonia casi podía decir que se alegraba de su partida, al considerar que, lejos la tentación, al menos había evitado la caída, que hubiese sido más que segura, de manera que en cierto modo quedaban con su marcha aplacados los ardores que por dentro la abrasaban y, desde luego, sorteada la difícil decisión que, en consecuencia, tarde o temprano se habría visto obligada a tomar. Su vida continuó, por tanto, ajustada a los mismos pacíficos patrones que la gobernaran antes de conocer a Javier: sus estudios universitarios, su novio gaditano y su cada vez más entrañable amiga y maestra Emma.

           Javier no volvió a dar señales de vida hasta más de dos años después. Lo hizo en Septiembre de 1998, cuando de análoga forma intempestiva a como en su día se marchara, apareció de nuevo para matricularse en el mismo curso que dos años atrás tan bruscamente interrumpiera. Anunció que su madre había logrado recuperarse de su enfermedad y estaba ya a salvo, lo que, unido al hecho de carecer de halagüeñas perspectivas laborales en su ciudad de residencia, le había animado a reiniciar su andadura universitaria. Este inesperado retorno vino a suscitar en Sonia emociones discordantes, por un lado una efusividad contenida, propiciada por la satisfacción de tener nuevamente cerca a quien fuera antiguo compañero de fatigas, pero al propio tiempo una cierta turbación en presencia suya, un azoramiento que se traducía en pudorosa timidez, a veces casi tirante, como si tensaran su piel con una cuerda, y cuya causa había que buscar en el renacer de un fuego que quizá nunca había llegado a apagarse del todo. Resultaba además que la reaparición de Javier venía a coincidir en el tiempo con una etapa de su vida en la que su relación de pareja atravesaba una profunda crisis. Hacía ya algunos meses que su novio se había trasladado desde su Sanlúcar natal para cohabitar con ella en un pequeño apartamento próximo a la facultad, y esa convivencia, lejos de estrechar los lazos que les ligaban, había inficionado su relación con diversos virus, en especial el de la rutina, poderosa enemiga que, a falta de un verdadero amor que la mantenga a raya o cuando menos en equilibrio llevadero, suele terminar por hacer estragos en toda pareja, como de hecho sucedió en la que conformaban Sonia y su novio, que tan sólo sobre la base de una respetuosa tolerancia y condescendencia mutua se mantenía aún en pie, cimientos en exceso lábiles para que pudiera permanecer incólume durante demasiado tiempo más, de hecho bastaba un pequeño soplo para que el edificio terminara sucumbiendo, y en lugar de un soplo fue todo un huracán el que se precipitó sobre él, un huracán que respondía al nombre propio de Javier.

           En efecto, a pesar de sufrir los helados rigores del tiempo y la distancia, aquel novicio fuego que en su día comenzara a ceñir los corazones de Sonia y Javier no llegó a consumirse plenamente, permaneciendo rescoldos activos que, aun sin ellos advertirlo, lo alimentaron durante la ausencia e impidieron de este modo su extinción, siendo así que, tras la ablación del espacio físico que los mantenía separados, apenas si una ligera brisa fue suficiente para que tales rescoldos se avivaran y forjasen nuevas llamas con las que no ya sólo revivir el fuego inicial en su prístino esplendor, sino extenderlo en calor, color, amplitud e intensidad. Aquella brisa comenzaría a soplar desde el instante mismo del reencuentro, suave y delicada en un principio, como caracteriza a toda brisa, para ir poco a poco ganando en ímpetu hasta terminar convertida en tifón

           Sucedió en tal sentido que, pese a estar matriculados en diferentes cursos académicos y, por tanto, no compartir ya clases y horarios, restablecieron los restantes hábitos que dos años atrás les hicieran asiduos, de nuevo los largos paseos a la salida de la facultad, de nuevo las quedadas para ir al cine o a tomar algo, otra vez los roces furtivos, las confidencias entre susurros, las miradas cargadas de significado…. Durante los primeros días de aquel retorno Sonia había notado cierta tristeza ensombreciendo el semblante de su amigo, algo que achacó a los duros momentos que sin duda había atravesado durante la enfermedad de su madre; pero pronto eso cambió y de nuevo la alegría se convirtió en el principal reflejo que del rostro de Javier emanara. En su mutua compañía, los que pudieran ser enojosos apremios del día a día parecían transformarse de súbito en atractivos requerimientos, como si en un vertiginoso giro de ciento ochenta grados quedasen trastocadas las sombras en luces y el frío en calor, como si en definitiva una aureola mágica los circundase cuando estaban juntos. Y en esta progresión extendida, donde cada día, cada noche, cada instante, venía a significar con relación al precedente una escalada de sensaciones y un anticipo de otras nuevas y más sutiles respecto al que en el tiempo le seguía, acaeció que una tarde de finales de octubre, mientras paseaban por un parque, guiados sus pies con indolencia sobre una alfombra de serojas ocres, ese fuego latente que no dejara un momento de conducir sus pasos culminó al fin en una apoteósica ignición, justo cuando la frase que de los labios de ella había empezado a brotar quedó truncada en su avance por el intrépido beso que esos mismos labios recibieron de pronto, como el ataque repentino a un baluarte que ante el descuido de sus valedores hubiera quedado por un momento desamparado, un beso vehemente, arrollador, impulsivo, todo un asalto ante el que las defensas se rindieron al instante, sin oponer resistencia alguna, no sólo eso, sino que facilitaron además la acometida, gozando de la excitación del asaltante y haciéndola suya, con fruición, entreabriendo la boca para que la de él, la invasora, entrase y sus lenguas se enredaran en una succión delirante.

           En lo que resultaba un desenlace a todas luces previsible, la deflagración había tenido lugar, dando paso a un impetuoso carrusel de llamas ondulantes, las llamas de la pasión, que habrían de abrasar sus almas y cuerpos.

           A partir de ese momento pasaron ambos a protagonizar una historia donde, como en toda aquella que tiene al amor como principal componente de la trama, el mundo alteró su naturaleza real para frente a ellos redefinirse dentro de unas dimensiones empíreas, ciñéndoles en el seno de coordenadas quiméricas donde tiempo y espacio perdieron sus acostumbradas magnitudes y todo adquirió un asombroso tinte mágico. En ese nuevo mundo forjado al capricho de dos imaginaciones alborotadas vivieron asimismo una metamorfosis funcional, de tal modo que sus labios pasaron a tener como ocupación primordial la de besar, sus manos la de resbalar en caricias por la piel amada, susurrantes se hicieron sus voces, e instrumento de placer fue para cada uno de ellos la carne férvida del otro. Besos, caricias, mimos, palabras entrecortadas, sexo sin límite ni barreras… Estos vinieron a ser los ingredientes de la receta en cuya degustación se afanaban día a día, cada instante que pasaban juntos, en un festival extático donde los sentidos se vestían con alas para elevarlos más allá de cualquier frontera física, hasta hacerles tocar el cielo con las yemas de los dedos. Anhelantes de esos momentos sobrenaturales, procuraban reducir al mínimo aquellos otros que no pasaban juntos, durante los que la distancia se hacía ilimitada y el tiempo una eternidad, pese a que buena parte de ellos los paliaban mediante interminables llamadas telefónicas en las que sus ansias y su anhelo les llevaban a conseguir, no obstante, tocarse y acariciarse mediante la voz, que giraba entre los cables para, undosa, llegar a sus oídos liviana y dulce.

           A los ojos de Sonia, y por más que calibrase que su visión debía andar distorsionada en gran medida por las chiribitas del amor, Javier era un ciclón incontenible, una especie de arrollador torbellino que entre remolinos de vértigo envolvía tanto su cuerpo como su espíritu. A su juicio no existía apartado alguno, al menos dentro de los que entendía realmente importantes, en el que no descollara. Él era el amante fogoso que satisfacía plenamente las exigencias de su carne, la persona afable que con exquisita dulzura prodigaba sobre ella toda clase de mimos y atenciones, el romántico empedernido que a todas horas vertía en sus oídos frases cargadas de sentimiento, el detallista caballero que sin cesar la colmaba de regalos… En relación con esta última faceta, la emoción llegó a desbordar su pecho cuando él, en un arranque de tierna generosidad, le regaló el medallón de plata que con sumo celo escondía entre sus más preciadas pertenencias, al que otorgaba un valor sentimental inconmensurable, en cuanto que había pertenecido a la persona que más quería en este mundo y que estuvo a punto de perder, cual era su propia madre, de tal modo que, más que un objeto, le estaba obsequiando con una parte de sí mismo, como pudiera serlo su carne o su sangre. Sí, tal vez el amor deformaba su enfoque al cubrir la realidad con un manto vaporoso, una calígine que alteraba formas y fondos a capricho, pero no le importaba en absoluto, ella era feliz, se sentía plena de entusiasmo, henchida de vitalidad, como si flotase sobre una nube, y esa era a fin de cuentas, trastocada o no, la única realidad que en esos momentos le interesaba, aquella que le transmitían unos sentidos deliciosamente enervados.

           Como no podía ser de otro modo, Sonia dio por terminada su anterior relación sentimental para entregarse en pleno a la que ahora colmaba por entero su existencia. Javier y ella pasaban juntos prácticamente las veinticuatro horas del día, haciendo de su romance el epicentro alrededor del cual basculaban todos los demás engranajes motrices de sus vidas. Dentro de este rumbo común emprendido, hicieron planes para irse a vivir juntos, si bien tal posibilidad la iban siempre relegando para un indefinido momento ulterior, y ello pese a ser conscientes que compartir apartamento les supondría además como valor añadido un significativo ahorro en lo económico; ambos lo deseaban, o así lo decían al menos, pero no terminaban de llevar a la práctica dicho deseo, alegando como pretexto que no convenía precipitar las cosas y sí, en cambio, esperar un poco más, mantener todavía durante algún tiempo un cierto grado de independencia que no hiciera opresiva su relación, temerosos quizá también de los peligros que acarrea la convivencia, como en sus propias carnes la misma Sonia había tenido ocasión de experimentar durante su malograda relación anterior. Transcurrieron así un invierno y una primavera cargados de hechizo, sucediéndose los meses en el calendario con la rapidez del rayo y la intensidad del fuego, como si en vez de meses fueran en realidad días y los días a horas quedasen reducidos, plena evidencia de la paradoja del tiempo, que aun siendo en sí mismo algo objetivo, su paso se percibe siempre de manera enteramente subjetiva, muy lento para aquéllos que sufren e intolerablemente veloz para los que, como ellos, saboreaban a cada instante el preciado néctar de la felicidad, hasta que cierta tarde de finales de abril, justo cuando de nuevo hacían planes de inmediata vida en común, Javier le comunicó que debía ausentarse durante algunos días para ir a su ciudad natal a solucionar ciertos asuntos familiares, farragosos papeleos que no podía seguir demorando por más tiempo, pero que regresaría el fin de semana, a lo más tardar el domingo, y que entonces ultimarían todos los detalles relativos a esa futura convivencia.

           Sonia era feliz. Sentía la felicidad navegar por sus venas, desparramarse sobre todos sus órganos, rebosar como un fluido a través de los poros de su piel. Durante aquellos días en que Javier estuvo ausente, habló a menudo con Emma, cuya amistad seguía tan sólida como siempre, y le hizo participe de esta felicidad plena que la embargaba, explicándole cómo su nuevo chico le había devuelto el entusiasmo y las ganas de vivir. Emma la escuchaba complacida, con condescendencia, dibujada en sus labios una sonrisa de connivencia, alegre por la alegría que del rostro de la amiga escapaba y que no había más que mirar a sus ojos, brillantes como dos luminares, para que se contagiase de inmediato.

           Sucedió sin embargo que transcurrido el fin de semana convenido Javier no regresó como había anticipado que haría. El domingo expiró en la medianoche y engendró un lunes en el que tampoco habría de dar señales de vida. La preocupación empezó a enseñorearse de Sonia. Sabía que él no era en general una persona negligente, sino más bien todo lo contrario, circunstancia esta que hacía aún más insólita la situación, y no ya tanto debido al retraso en sí, que podría obedecer a multitud de factores, como por la falta absoluta de noticias que lo envolvía, por el hecho de que ni siquiera hubiese telefoneado para anunciar que demoraba su vuelta. Esta carencia de noticias la llenaba de impotencia y frustración, teniéndola desquiciada, sin saber bien qué hacer, casi todo el día pegada al teléfono, alrededor del cual se movía a menudo en círculos, como una leona enjaulada que buscara una salida imposible. Lamentaba no haber sido lo suficientemente perspicaz como para prever una contingencia de este tipo, previsión que a buen seguro la habría llevado a apuntar el número de teléfono y las señas de la madre de Javier, con lo que hubiera podido fácilmente localizarle, pero lo cierto es que en ningún momento pasó por su cabeza que pudiera suceder algo así, de modo que ni se planteó dicho apunte, y ahora, sin posibilidad de tomar la iniciativa, no podía hacer otra cosa salvo esperar. Pero por encima incluso de esa falta de previsión, lamentaba no haber sabido ser en su momento más persuasiva a la hora de socavar el rechazo de su novio hacia la posesión de un teléfono móvil. Varias fueron las conversaciones que al respecto mantuvieron, rayanas algunas incluso en la discusión, pero todas infructuosas. Ella había tratado en tales ocasiones de convencerle sobre las evidentes bondades del móvil, tanto en lo referente a las útiles ventajas que ofrecía como a lo cómodo que en sí mismo resultaba, pero a sus razonamientos replicaba siempre él arguyendo que no se trataba más que de un invento sibarita cuyo único mérito era el de haber creado una necesidad donde antes no la había y, sobre esa premisa, se negaba con tozudez a adquirir uno, ni siquiera aunque se lo regalasen, toda vez que, según decía, no iba con él eso de engrosar las huestes de un rebaño del que, lamentablemente, iban uno tras otro formando todos parte. “Seré el último de Filipinas”, solía decir para rematar con socarronería su oposición. ¡Cabezota! Esa rebeldía mal enfocada era la causa de que ahora no pudiese comunicar con él, y aun no siendo cuestión de lamentarse por lo que ya no tenía remedio, Sonia no podía evitar que en los angustiosos momentos que estaba viviendo un coraje incontenible la asaltase al rememorar aquella controversia.

           Los días siguieron pasando sin que ni se produjera el anhelado regreso de Javier ni éste ofreciese, vía telefónica o telegráfica, aviso explicativo de su demora. Era como si se lo hubiese tragado la tierra. Sonia comenzó a asustarse de veras, pues no acertaba a encontrar justificación alguna que motivara tan anómalo silencio. Para aplacar sus miedos buscó refugio en su gran amiga, en Emma, quien trató de tranquilizarla sosteniendo que Javier no tardaría en aparecer y que, seguro, ofrecería entonces una explicación razonable sobre su comportamiento.

            Tuvo razón Emma en la primera de sus hipótesis, toda vez que Javier telefoneó al domingo siguiente, justo una semana después de la fecha de retorno en principio fijada, para comunicar su inminente regreso, anunciando que estaba en la estación de tren y que viajaba en el que partía en apenas quince minutos, con lo que en poco más de tres horas estaría ya de vuelta. Pero el otro pronóstico de Emma, el relativo a la explicación razonable que Javier habría de dar, no resultó en cambio tan certero, no al menos en la amplitud que esperaba Sonia, quien tan sólo advirtió en el pliego de descargo que por aquél le fuera ofrecido un batiburrillo inconexo de peregrinas excusas. Primeramente, amparado en las prisas propiciadas por la inmediata salida del tren, se dispensó de ofrecer aclaración alguna por teléfono, demorando las justificaciones oportunas para exponerlas con más calma cuando ya estuvieran juntos, momento que una vez llegado, luego de los abrazos, besos y demás muestras cariñosas de rigor que mutuamente se prodigaron, tampoco arrojó demasiada luz sobre las precedentes sombras, pues no en vano tales justificaciones resultaron, a juicio de Sonia, de lo más pueriles e inconsistentes, que si tuvo que componer un sinfín de trámites administrativos relacionados con una herencia de su padre, que si no paró de visitar despachos de abogados, notarías, oficinas registrales y demás templetes del culto burocrático, que si hubo de firmar escrituras, apoderamientos y protocolos de toda índole, que si aquellos papeleos se le hicieron interminables, que si tal y que si cual. Sonia asentía, pero continuaba sin entender por qué, pese a todo, no la había llamado para avisar de que tales gestiones demorarían su retorno. Javier se limitaba entonces a encogerse de hombros y disculparse diciendo que estuvo tan ocupado y sometido a un estrés tan terrible que ni cayó en la cuenta, que lo sentía muchísimo y que, por favor, perdonase su descuido. Sonia arrugaba la nariz, recelosa, resistiéndose a admitir como válida una eximente que su intelecto tachaba de inverosímil e inaceptable, algo que en buena parte escapaba a la lógica de la razón, si bien, ese mismo intelecto era incapaz, sin embargo, de resistir a su vez las acometidas de su propio corazón enamorado, de manera que, pese a todo, concluyó por rechazar tales recelos como si de ilusorios fantasmas se tratase, prevaleciendo a la postre sobre ellos la desbordante alegría que con su retorno le había devuelto la persona amada, a la que no sólo perdonaba por tanto, sino que agradecía que con su sola presencia la hiciera de nuevo sentirse dichosa, plenamente feliz, como así testimoniaba la pletórica sonrisa que volvía a ocupar su rostro de oreja a oreja.

           Sin embargo, a partir de aquel domingo las cosas ya no volvieron a ser como antes. El arrebatado romance que hasta entonces mantuvieran fue poco a poco languideciendo, no tanto en su plástica externa, que mantuvo el original diseño a base de, en apariencia, equivalentes besos, caricias similares o semejantes noches de sudor y lava, como más bien en su aspecto intrínseco, que denotaba unos besos menos entusiastas, caricias más convencionales, sexo menos eléctrico. Algo pasaba. Javier estaba cambiado, más apático, menos cariñoso, más frío y distante, y no se trataba de algo puntual, sino de una metamorfosis que parecía avanzar día a día y que se evidenciaba tanto en carácter como en gestos. Seguía respondiendo a los estímulos con que Sonia lo espoleaba, pero ya no lo hacía con el mismo entusiasmo febril de antes, sino más bien con desgana, casi por compromiso. Incluso la pasión en la cama parecía decrecer a alarmante ritmo, hasta el punto que Sonia comenzó a sospechar que fingía en buena medida, o al menos que la actividad sexual común ya no le resultaba tan satisfactoria como al principio. Trataba no obstante ella de alejar de su mente estas dudas, tildándolas de paranoias suyas, pero la realidad se le echaba encima y multitud de gestos y detalles dibujaban un panorama que, día tras día, venía a confirmar que Javier ya no era la misma persona romántica y apasionada de la que en su momento se enamoró.

           En este enrarecido estado de cosas llegaron los exámenes de fin de curso, a cuyo término sobrevino una segunda gran espantada de Javier, en esta ocasión sin ningún tipo de preaviso. El origen de este nuevo episodio tuvo lugar cierta mañana en que, contrariamente a como convinieran la noche previa, él no se presentó en casa de Sonia, sin que tampoco telefoneara para dar cuenta de que no lo haría. Aquel plantón se le antojó a ésta una muestra más del anómalo comportamiento que su novio exhibiera desde bastantes semanas atrás, del mismo modo que anómala le había parecido su renuencia a quedarse a pasar con ella la noche anterior alegando que le dolía la cabeza y que prefería dormir solo en su buhardilla. Ella había insistido a base de carantoñas y reclamos de variopinta índole, pero no logró persuadirle, tan sólo obtener de él la promesa de que por la mañana temprano, a eso de las nueve, iría a buscarla para desayunar juntos en su apartamento. Evidentemente, tal promesa había resultado incumplida. Disgustada por este nuevo percance, decidió acercarse ella a casa de Javier, donde esperaba sorprenderlo dormido o remoloneando aún entre las sábanas y de ahí sacarlo con un merecido sofión. Sin embargo, no pudo pasar más allá de la puerta, habida cuenta que del otro lado nadie acudió a abrirle ni respondió a sus llamadas. Aquel inopinado contratiempo tiñó de extrañeza el semblante de Sonia, que no acertaba en principio a entrever los motivos que lo explicaran, si bien, no sospechando nada que de lo ordinario pudiera salirse, su desconcierto no iba por el momento acompañado de inquietud. Lo más probable, pensó, era que su ausencia obedeciese a algún asunto concerniente a la facultad, quizá una notificación de última hora para que acudiese a alguna de las revisiones de exámenes que tenía solicitadas. Sí, eso debía ser, y como él últimamente parecía estar siempre en la luna, ni siquiera se había acordado de prevenirla. Concibió en colación con esa hipótesis la idea de acercarse también ella al campus para ver si lo encontraba por allí, pero la desechó finalmente, optando por regresar a casa, enojada ante lo que entendía era una desconsideración en toda regla, a la espera de unas noticias que, sin embargo, no se produjeron. Javier no apareció en todo el día. Tampoco telefoneó ni descolgó el teléfono en las numerosas ocasiones que ella lo llamó a su domicilio. Poco a poco el enfado fue reemplazado en el ánimo de Sonia por la alarma, sentimiento que la llevó a pasar una interminable noche en vela, abrumada por la agitación y el desasosiego, y al día siguiente, con el insomnio reflejado en unas nítidas ojeras, lo primero que hizo fue acudir de nuevo al apartamento de Javier, sin que tampoco en esta ocasión lo encontrara allí.

           Al cabo de varios días de repetirse esta historia de visitas, esperas, silencios y ansiedades, Sonia terminó por convencerse de que Javier había abandonado la que hasta entonces fuera su residencia habitual, así como que al propio tiempo la había también abandonado a ella. Siguió no obstante esperando una llamada explicativa, aferrada a la esperanza de alguna razón ignota que al final lo aclarase todo y echara por tierra, en consecuencia, ese terrible segundo silogismo. Pero tal llamada no se producía, y la espera iba acompañada de zozobra, de angustiosos ataques, de dudas, de desconfianza, de preocupaciones y congojas. Momentos también hubo en que llegó a preguntarse, terriblemente asustada, si no le habría sucedido algo malo, incluso barajó la posibilidad de que hubiese sido asesinado y su cuerpo hecho desaparecer. Era un disparate, sí, pero no hallando en la lógica razones válidas que justificasen tan repentina ausencia, echaba mano de las más extravagantes conjeturas para buscarlas. Sin embargo, todas estas suposiciones vinieron al traste cuando, tras indagar a través de la guía telefónica, logró ponerse en contacto con el dueño del apartamento que su novio tenía alquilado y éste le dijo que Javier resolvió el contrato de arrendamiento días atrás y había dejado el piso. Ya no había dudas, todo estaba claro como el agua, por más que Sonia fuese aún incapaz de asumirlo, incapaz de creer que Javier la hubiese abandonado de ese modo tan drástico, sin un motivo aparente, sin explicación alguna, sin siquiera una mera palabra de despedida. Sintió que el dolor la desgarraba por dentro, un dolor demoníaco que a duras penas lograba exorcizar mediante los ríos de lágrimas que no cesaban de precipitarse desde los dos veneros en que se habían convertido sus ojos.

           Fueron pasando los días, las semanas de un verano que para Sonia se convirtió en el más amargo de su vida, y el tiempo, lejos de obrar con su paso el eficaz remedio que habitúa, iba haciendo la herida cada vez más profunda, como un comején insaciable que hurgara y ahondase con sevicia en las entrañas de su víctima para devorarlo todo, haciendo que ésta percibiese el vacío cada vez con mayor pujanza, ese vacío que con su súbita partida dejara Javier en su pecho. La ausencia dolía, en el aire flotaban los ecos de su voz y el aroma de su piel, cada recuerdo era una punzada, cada sueño una pesadilla, cada suspiro un quebranto.

           Emma no encontraba el modo de consolarla. Pasaba todo el tiempo que le era posible a su lado, confortándola, mimándola, colmándola de toda clase de atenciones, sin escatimar abrazos ni besos a la hora de enjugar con ellos las lágrimas rebeldes de su amiga, a quien reiteraba una y otra vez que no merecía la pena sufrir de ese modo por alguien que había demostrado ser todo un cretino y un miserable. A menudo la arrastraba consigo a lugares de esparcimiento y diversión que sirvieran para alejar de su mente, aunque sólo fuese durante unas horas, los pensamientos negativos. Pero Sonia no hallaba consuelo alguno, ni en las palabras, ni en los abrazos, ni en las salidas lúdicas, en nada, porque nada conseguía que reprimiese la pena y el dolor causados por esos malditos demonios que se le habían instalado en el alma. Y Emma se desesperaba de impotencia, y a menudo también de rabia, porque le encorajinaba la actitud pasiva que mostraba Sonia, quien no parecía sino que se complaciese en su aflicción y no quisiera ponerle remedio, como si ya nada importante hubiese en su vida. Ese dejarse ir, ese abandonarse al sufrimiento, esa languidez extrema, esa astenia de su amiga, llenaban de reconcomio y frustración a Emma, que no podía soportar que una persona dotada de tan excelsas cualidades y virtudes se viniera de ese modo abajo ante el revés causado por otra que, en su opinión, no le llegaba ni a la altura del tobillo. El colmo de su irritación tuvo lugar cuando Sonia, con un tono de voz mustio acorde con el abatimiento que la embargaba, vino a decirle que no se consideraba digna de conservar en su poder el medallón de plata que Javier le regalara y que había pertenecido a su madre, que le gustaría devolvérselo, habida cuenta la gran relevancia y significado que para él tenía, y que, dado que ya no estaban juntos, consideraba absurdo seguir siendo ella su poseedora. De buena gana Emma la hubiese abofeteado en aquellos momentos, simplemente por boba, para espabilarla, para que abriese los ojos y de una puñetera vez los volviera hacia sí misma, para insuflarle ese amor propio que tan preciso le era recuperar cuanto antes. Pero en lugar de dicha bofetada, volvió sin embargo a estrecharla con fuerza entre sus brazos y mezclar con las suyas sus propias lágrimas.

           De este modo la desdicha se convirtió en un parásito acomodado en el interior de Sonia, aferrado a sus vísceras, alimentándose de su ánimo del mismo modo que una voraz sanguijuela lo haría de su sangre. Tan infeliz llegó a sentirse, que buscaba en el recuerdo cualquier cosa que la redimiese de su actual existencia, plana y gris, pero éste, lejos de devolverle algo de bienestar, le acarreaba todavía más amargura, la crueldad del presente era más enérgica que el posible lenitivo que reportase la evocación de momentos pretéritos más felices, de tal modo que sólo encontraba retales deslavazados, inconexos, trozos de vida que no encajaban entre sí y que en ningún modo podían compensar su dolor por la ausencia del hombre al que amaba. Los días y las noches se sucedían al mismo ritmo que ella se apagaba, sin encontrar alivio alguno, como una luz de gas.

           Tuvieron que pasar varios meses más de esta guisa hasta que por parte de Sonia se produjera una reacción. Para entonces la depresión la tenía prácticamente todo el día postrada, bien en el lecho, bien en cualquier sillón de su casa, sin fuerzas para nada que no fuese lamentarse y sollozar. Un día se miró en el espejo y éste le devolvió la imagen de un ser ojeroso, demacrado, con la piel mortecina y sin brillo alguno en los ojos; aquella imagen le asustó, no se reconocía a sí misma en ella, era un rostro extraño el que allí se dibujaba, pálido, sin apenas vida, el rostro de una enferma. Esa visión fue el estímulo que necesitaba para rebelarse contra la fatalidad. Tan grande fue la conmoción que le produjo, que ese mismo día se hizo la promesa de salir de aquel pozo donde se hundía sin remedio, consciente de que se estaba de algún modo suicidando. No podía continuar escondiéndose, viviendo y muriendo a base de recuerdos que caían sobre su alma como hojas secas, por lo que, extrayendo de los últimos reductos de su voluntad el ánimo preciso, puso todo su brío en localizar a Javier, buscarle para, una vez frente a él, cara a cara, exigirle la explicación que merecía y, en atención a lo que de ésta resultase, decirle todo cuanto pensaba, sin rodeos, sin callarse nada, para a través de las palabras expulsar de su cuerpo todos aquellos demonios que la poseían. Esta búsqueda no debía entrañarle en principio excesiva dificultad, puesto que, escarmentada por lo sucedido la vez anterior y previendo que pudiera repetirse un episodio parecido, tuvo el buen criterio de pedirle el teléfono de su madre. Así que a la mañana siguiente, tras reafirmar su decisión durante una noche de insomnio, llamó al número que como perteneciente a aquélla tenía anotado. La sorpresa sobrevino cuando del otro lado le llegó una voz rauca que aseguraba no conocer a ningún Javier. Insistió ella recalcando nombre y apellidos, para de nuevo escuchar la desagradable voz que, ya con palmaria aspereza, persistía en su desconocimiento. Las manos le temblaban cuando colgó el teléfono; en su cara, el asombro dibujó trazos oblicuos que, a modo de cuerdas de titiritero, parecían tenerla suspendida de la nada. Una nueva mentira. Un nuevo golpe. Pese a todo, no se dio por vencida y, dejando en cada paso la huella de una férrea determinación, siguió buscando el modo de localizarle, lo que al fin consiguió gracias a la ayuda que de nuevo le brindara Emma, quien valiéndose de su posición como docente se puso a indagar en los archivos de la Escuela, descubriendo en ellos las señas que Javier facilitase el primer año de su matriculación, que se correspondían con una dirección en su ciudad de origen. Conocido de este modo el domicilio, no fue ya difícil, a través de las correspondientes guías, conseguir asimismo el número de teléfono a aquél asociado. Curiosamente, se trataba del mismo número que ella tenía apuntado en su agenda, con la salvedad del tercer dígito, que era un 3 en lugar del 6 que él le facilitara. Sonia pensó con amargura que muy posiblemente se tratara de una argucia suya para, en caso de haber sido descubierto el engaño mientras aún seguían juntos, salir del paso con el pretexto de que fue ella quien se equivocó al escribir el número. Ahora se daba cuenta de lo mentiroso que era Javier. Pero ¿por qué?, se preguntaba todavía. ¿Por qué tanto engaño y tanta falsedad?

           Llena de desencanto, marcó uno tras otro los nueve dígitos correctos. Uno, dos, tres avisos sonaron antes de que una voz femenina se dejara oír del otro lado de la línea, una voz que, esta vez sí, respuesta afirmativa vino a dar a su demanda. De hecho, la voz dijo pertenecer a la madre de aquel por quien se preguntaba. Sonia siempre fue una persona comunicativa y abierta, dotada de una naturaleza extrovertida en la que como cualidad más señera despuntaba la sinceridad, y en esta ocasión, al advertir que la persona con la que hablaba, aun sorprendida de recibir la llamada de una desconocida que afirmaba haber sido la novia de su hijo, se mostraba receptiva y afable, le contó todo lo concerniente a su relación con Javier, desde el principio hasta el abrupto final, sin omitir apenas nada, con absoluta franqueza, incluido el apuro que le causaba poseer todavía la reliquia que con tanta galanura él le ofreciera en su día, ese medallón que había pertenecido precisamente a ella, a su madre, a la mujer que tenía justo en ese instante al teléfono, y a la que por tal motivo querría cuanto antes devolvérselo.

           La madre, conmovida ante aquella historia de embustes y dobleces interpretada por su hijo, respondió con idéntica sinceridad. Por lo visto, los viajes de Javier, en especial aquel que a la postre se alargara mucho más de lo previsto, no obedecían a las razones de antemano aducidas por su protagonista, siendo falsa la existencia de cuestiones administrativas que reclamasen su presencia, como falsos eran aquellos apremios de abogados, notarios o registradores de que hablaba, como asimismo falsas las supuestas complicaciones sobrevenidas, todo falso de cabo a rabo, meras excusas y martingalas con las que ocultar la verdadera razón que motivaba su ausencia, que no era otra que la de estar con su verdadera novia, una vecina de la comarca que respondía al nombre de Belén.

           Sonia no terminaba de dar crédito a lo que oía. Aquella conversación telefónica le estaba desvelando la doble vida que de un tiempo a esta parte había llevado Javier, sin que ella, implicada directamente en el juego, se hubiese percatado de nada. Al parecer, el hombre al que había amado, al que todavía a su pesar amaba, la estuvo engañando durante prácticamente todo el tiempo que duró su relación sentimental. De las palabras de la madre fue obteniendo Sonia la información precisa para atar gran parte de los cabos. Supo así que la razón que propiciara el regreso de Javier diez meses atrás no fue básicamente la de proseguir sus interrumpidos estudios universitarios, sino la de alejarse de Belén, con la que había roto un noviazgo que iniciara precisamente durante aquel periodo anterior en que hubo de atender a su madre enferma. Trató, pues, de olvidarla poniendo kilómetros de por medio, o cuando menos de buscar en la distancia refugio a sus congojas, y en esa huida se topó con Sonia, su antigua compañera de clase y entrañable amiga, cuya compañía vino a servirle de bálsamo con el que apaciguar su desazón. Junto a ella volvió a sonreír, se sintió de nuevo animado, renacido en su espíritu el optimismo perdido. Pero a pesar de esta confianza y camaradería, jamás le habló de su relación truncada con Belén, cuestión sobre la que habría de guardar siempre una reserva absoluta, propiciada probablemente por el hecho de amarla todavía y concebir aún la esperanza de una reconciliación, esperanza que no fue óbice, sin embargo, para que pese a todo terminara liándose con Sonia, tal vez inducido, más que por un verdadero sentimiento, por ese afán de olvidar a la otra. No obstante, dicho olvido nunca terminó de producirse; es más, por las revelaciones que estaba obteniendo de su madre, Sonia supo que Javier no renunció en ningún momento a la comunicación con su ex novia, a la que siguió escribiendo y telefoneando a menudo, todo en secreto, por supuesto, al menos en lo que respectaba a Sonia, quien ahora veía en esa correspondencia a escondidas la razón principal de que él siempre pusiera pegas cuando trataban el tema de irse a vivir juntos: estaba claro que quería mantener a toda costa su parcela de intimidad incólume, para de ese modo proseguir el contacto con Belén sin correr el riesgo de ser en algún momento descubierto o importunado. Los sentimientos de Javier compusieron así una especie de péndulo cuya masa oscilante iba desplazándose de una a otra de las dos mujeres que lo polarizaban, Sonia y Belén, Belén y Sonia. Pero el tiempo terminaría al fin por decantar la oscilación del lado de Belén, a cuya búsqueda no dudó en acudir una vez constatada la posibilidad de un arreglo real entre ellos. No fueron, por consiguiente, cuestiones burocráticas las que determinaron aquel viaje de Javier a su ciudad, sino el deseo de reiniciar un romance que en su momento creyera frustrado para siempre; marchó por tanto con el ánimo puesto en reconquistar un corazón para cuyos latidos quería de nuevo ser él la principal espoleta, reconquista que cuajó a la postre, logrando su propósito de formar por segunda vez pareja con Belén. Rendida y asegurada la plaza, retornó el conquistador a la capital para terminar el curso académico, del que apenas restaban unos meses y al que por lo tanto merecía la pena dedicar un último esfuerzo, si bien, no se atrevió, o no quiso, revelar a Sonia ni sus planes de futuro ni nada de cuanto en las semanas previas realmente le aconteciera, limitándose ante ella a suscribir una mentira con la que seguir sosteniendo una relación que en su fuero interno sabía que ya no era sino una farsa. Ahora entendía Sonia por qué cada vez lo notaba más distante, cada vez más retraído, cada vez más seco: él estaba a su lado sólo en cuerpo, pero su espíritu se movía lejos de ella. Y en ese doble cauce prosiguió Javier desenvolviéndose, aun con desgana e impericia, hasta que, acabado el curso, hizo equipaje y retornó a su ciudad, al lado de Belén, dando definitivo carpetazo a su aventura con Sonia, a la que ni siquiera se dignó en conceder la más mínima explicación, ni una sola palabra de despedida, evidenciando de este modo que hasta para decir adiós era cobarde.

           Una vez más hizo la madre hincapié en lo mucho que lamentaba tener que ser ella la transmisora de tan amargas noticias, añadiendo que no entendía cómo su unigénito, al que por otro lado adoraba, había sido capaz de jugar de una manera tan cruel y abyecta con los sentimientos de otro ser humano, y pese a no pretender disculpar en modo alguno su indigno comportamiento, deprecaba el perdón de Sonia, aduciendo que en el fondo Javier era un buen muchacho, sólo que las circunstancias en esta ocasión le habían podido y no tuvo la determinación ni el coraje precisos para afrontarlas con la honestidad requerida. No estaba, por supuesto, excusando su conducta, vergonzosa e injustificable a todas luces, sino que se limitaba a señalar la única razón que a su juicio podía explicarla. Por lo demás, aconsejaba a Sonia pasar página y olvidarse definitivamente de él, puesto que, por lo que había podido advertir durante estas últimas semanas, Javier tenía muy claro que amaba a Belén y no parecía dispuesto a volver a perderla; de hecho, se pasaba todo el día con ella, sin dejarla ni a sol ni a sombra. Por último, le dijo que no se preocupara por el medallón, pues nada le agradaría más que Sonia siguiera conservándolo en su poder, aunque sólo fuera como resarcimiento a lo mucho que su hijo le había hecho sufrir, a ese enorme daño que le había causado.

           Con aquella conversación telefónica terminó también un importante ciclo en la vida de Sonia, el punto y final de un encuentro, de un bello sueño que se transformó en pesadilla, de un caudaloso río cuyas aguas, nutridas de miríficas sensaciones, vinieron a desembocar en un umbrío delta de dolor; el final en definitiva de una etapa que había sido opima en emociones de toda índole. Una historia acabada, aunque huera en este caso de ese feliz colofón que por lo visto tan sólo está reservado a los cuentos de hadas y princesas. Se imponía ahora exiliarla cuanto antes de su mente, enterrarla en los abismos del olvido para así poder ella emerger de esos otros donde la depresión la tenía sumergida, tarea en la que, pese a ser consciente de su dificultad, Sonia hizo propósito de no escatimar ningún esfuerzo, y si ese olvido devenía imposible por el exceso de sentimiento supurado, que al menos llegara el día en que la evocación ya no le causase padecimiento alguno, salvo a lo sumo un etéreo hilo de melancolía. Con esa aspiración en mientes, reprimió como primer paso el deseo de contactar de nuevo con Javier, quien de este modo se convertía a todos los efectos en pasado, un tránsito fenecido que, dado que a ningún puerto válido había arribado, ninguna vista atrás merecía. Nunca más de hecho volvió a tener noticia alguna de él, desaparecido así para siempre de su existencia.

           Con la ayuda de su alma gemela, Emma, cuya generosidad y entrega resultaron ser el mejor de los antidepresivos, y del tiempo, que es sin duda el cauterizador de heridas más eficaz que existe, Sonia fue poco a poco recobrando el ánimo y recuperándose de aquella traumática experiencia, y si bien la cicatriz que le quedó como secuela la tendría siempre palpable por debajo de la piel, consiguió su propósito de convertir aquella historia en el vago recuerdo de algo lejano, un eco aislado, una sombra. Luego vendrían otros hombres, nuevas alegrías, nuevas penas, más risas y más lágrimas…, otras historias en suma, porque a fin de cuentas la vida sigue siempre su curso sin detenerse.

2 comentarios:

María (Muriel) dijo...

Qué sería de nuestras vidas sin los amigos, ¿verdad, Cavara?
Que descanses, buenas noches...

Cavaradossi dijo...

Pues sí, los amigos son una parte fundamental de nuestras vidas.