miércoles, 6 de octubre de 2010

REENCUENTRO

           Llueve. Llueve como no lo ha hecho en todo el año, un turbión de agua enfurecida que en su oblicuo desplome aporrea con vehemencia las cristaleras del bar. Y yo estoy aquí, sentado a una de las mesas, preguntándome si acudirás a la cita y pensando que, de hacerlo, vas a llegar empapada. La verdad es que estoy confuso. En el fondo no sé bien si quiero o no verte aparecer por aquí. Confuso y nervioso, así me siento en estos momentos de espera mientras observo el diluvio caer desde un cielo teñido de gris oscuro.

           Han pasado ya muchos años desde la última vez que nos vimos, diez para ser exactos, diez años donde cada uno hemos hecho la guerra por nuestro lado, diez años sin tener ninguna noticia tuya, diez años sin más contacto que el que envuelto en nostalgia se empeñaban en traerme los recuerdos. Diez largos años sin saber de ti, ausente de mis días, desaparecida, muda, hasta que de repente recibo ese curioso mail en el que me comunicas que estás en Madrid y me propones una cita para vernos. Me hizo gracia que empezaras tu misiva exponiendo el temor a que te hubiera podido olvidar, ¡como si de sobra no supieras tú la manifiesta imposibilidad de que dicha contingencia sucediese! Aunque, por otro lado, quizá en el fondo no lo sepas, quizá no lo hayas sabido nunca y no seas por tanto consciente de la imborrable huella que dejaste en mí. ¡Olvidarte! ¡Qué desvarío! Más verosímil resultaría que los peces comenzaran a poblar la tierra firme. Tal vez, no obstante, habría sido lo mejor, al menos me habría ahorrado los sufrimientos de la añoranza, tan profundos, tan hirientes, tan irremisibles; pero uno, por desgracia, no decide lo que recordar ni lo que, por el contrario, arrojar al abismo del olvido, y los vestigios que tus labios, tus manos, tus ojos, tu sonrisa, toda tú, dejaron sobre mi alma eran, y son, de todo punto indelebles. Imposible olvidarte.

           Te contesté que sí, ¡cómo habría podido negarme!, y aquí me tienes, aguardando tu llegada en este mismo bar que años atrás fuese tantas veces testigo de nuestros encuentros. ¿Me reconocerás? ¿Te reconoceré yo a ti? Diez años es mucho tiempo y tanto tú como yo habremos cambiado, no ostentaremos seguro la misma imagen de entonces. Yo desde luego luzco un aspecto muy diferente, ya no soy aquel estudiante que recorría altivo los pasillos de la facultad con su pelo largo desaliñado y gafas redondas a lo John Lennon. ¡Madre mía, qué pintas! Ahora llevo el pelo corto, deslucido su color negro azabache por algunas canas prematuras, y uso lentillas, entre otros muchos cambios, no sólo físicos, que ya irás apreciando. Tampoco tú, supongo, serás la misma sirena que me cautivó en su día, aunque estoy convencido de que te reconoceré nada más verte, tus ojos serán lo primero que te delate, no hay en el mundo otros ojos como los tuyos, tan azules, tan mágicos, tan hechiceros, esos hipnóticos ojos que a cada instante me atrapaban para en su interior quedar embebecido. Sí, yo sí te reconoceré. Te reconocería aun en medio de una multitud de seres uniformes.

           Sigue lloviendo a mares. El pasado me reclama como un juez severo y mis ojos se vuelven hacia dentro para hurgar entre los agrietados recuerdos que conservo en la memoria, allí donde mi cerebro ejerce de vehículo con el que trasladarme hasta aquellos días en que el destino ubicó el venturoso cruce de caminos donde por primera vez confluyeron nuestros pasos. Eran tiempos revueltos en el ámbito universitario, jornadas de plena efervescencia en las que el pulso entre estudiantes y autoridades estaba alcanzando su punto más álgido. No recuerdo ya qué revindicábamos concretamente, pero sí que no había día en que nuestras demandas no se tradujeran en bulliciosas algaradas y fogosos enfrentamientos con la policía. Lucha, persecuciones, sentadas, manifestaciones, huidas, pancartas, risas…, recuerdos de días felices y extraños, como perlas negras halladas en una playa de guijarros. Tú y yo chocando en plena carrera y cayendo ambos al suelo. La policía cerca, pisándonos los talones. Me disculpo por mi torpeza y te ofrezco mi mano para levantarte. Tú la coges, con la otra te refriegas la frente dolorida por el topetazo, pero aun así me sonríes y no sueltas mi mano. Te levantas y fijas en los míos esos ojos tuyos a cuyo magnetismo ningún mortal puede ser capaz de oponer resistencia. Hipnotizado, me evado por un momento de la batahola de gritos, palos y lamentos que impera alrededor y permanezco clavado en esos ojos. Es tu propia voz la que finalmente me sustrae del trance, lo hace para apremiarme a salir pitando de allí si queremos evitar ser zamarreados y detenidos por ese enemigo que viste de uniforme. Corremos sin soltarnos de la mano y nos refugiamos en el primer bar que encontramos abierto. ¿Te acuerdas? Recuperado el aliento tras la carrera, nos miramos y comenzamos a reír como dos locos, la típica risa nerviosa y floja que en ocasiones sobreviene a una fuerte descarga de adrenalina. Tras las risas me presento. Te presentas también tú. Estás de paso, estudiando el último año de carrera, concluido el cual regresarás a tu cuidad para trabajar en la empresa que dirige tu padre. Pasamos el resto de la tarde juntos, vagamos por el centro hasta recalar en este mismo bar donde ahora aguardo tu llegada; pedimos cerveza, una ronda tras otra, y mientras bebemos nos enfrascamos en una conversación en la que los temas comienzan a desfilar como en un pase de modelos, algunos profundos, otros más livianos, según entre trago y trago va disponiendo nuestro volátil ánimo: hablamos de los estudios, de cine, de literatura, de juegos de ordenador, de las fiestas de facultad, de la lucha de clases, de la vida. En un momento dado bromeo contigo y, aludiendo a tu condición de futura empresaria, te tildo de reaccionaria. Tú me sacas la lengua y me llamas bobo. Nos reímos. Estamos distendidos, muy a gusto juntos, se nota que hay química, que hay magia entre nosotros. Tu mirada se hace cada vez más cálida, llena de promesas insinuadas. Hacemos también recuento de nuestras respectivas vidas y hablamos de nuestros planes de futuro, los míos son más difusos que los tuyos, mis padres no tienen ninguna empresa que administrar, de modo que me tocará buscar empleo y agarrarme a lo que vaya saliendo; da igual, lo que tenga que venir, vendrá. Acabamos bastante ebrios.

           Quedamos al día siguiente, y al otro, y al otro. Sin apenas solución de continuidad, pasamos de ser dos desconocidos a inseparables camaradas y, finalmente, apasionados amantes. Así nos gustaba precisamente llamarnos: amantes. Lo convencional no iba con nosotros, huíamos de sus hábitos y terminología como de la peste, ni yo era tu chico ni tú mi chica, decadente se nos antojaba ese léxico estúpido, y lo de mi novio o mi novia venía a ser ya el colmo de la estulticia, risa y grima nos provocaba al propio tiempo. No, nosotros no éramos nada de eso, éramos sencillamente amigos y amantes, lo primero nos vinculaba con lazos de complicidad y camaradería, lo segundo hacía que nuestra sangre bullese con el fuego de la pasión al contacto de la piel candente del otro y que oleadas de placer hicieran de nuestra carne malecón cada vez que mi cuerpo se ensamblaba al tuyo.

           El curso acabó finalmente, pero al cierre de las aulas sobrevino un verano que nunca podré olvidar, ese maravilloso verano que tú y yo vivimos juntos. Las primeras semanas las pasamos en la ciudad, conviviendo en tu apartamento, cuyo alquiler tenías aún pagado hasta final de julio. ¡Cómo nos gustaba salir a pasear al atardecer y vagar con molicie entre las calles desiertas! Las turbias calimas estivales teñían la atmósfera con trazas de espejismo y nosotros, como dos duendes esquivos, nos movíamos felices por ese yermo ardoroso en que las altas temperaturas transforman al paisaje urbano. En agosto fuimos a la playa. Días luminosos y noches mágicas. Azul y verde. Agua y arena. Cierro los ojos y puedo verte ahora con los brazos extendidos hacia el cielo, como extasiada, bajo el talud donde una catarata se desploma y forma al estrellarse contra el suelo, con un estruendo ronco, una gaseosa bruma; allí estás tú, salpicando el agua sobre tu piel, una náyade dorada bajo una lluvia de perlas. Y te veo asimismo, nos veo mejor dicho, de noche, recorriendo aquellas extensas avenidas bordeadas de frondosos castaños, o el dédalo de callejuelas pobladas de tenderetes y casetas, o simplemente la playa, su orilla húmeda, flanqueados nuestros pasos por ese mar negro cuyas olas besaban al morir nuestros pies desnudos mientras una brisa suave nos erizaba la piel. ¡Hasta las camisetas que solías ponerte las recuerdo! Recuerdo sus vivos colores, su erótica parvedad que dejaba al descubierto un vientre moreno que insinuaba los goces más excelsos. ¡Qué sexy estabas! Y puedo verte, por supuesto, desnuda, entregada a mí en el desenfreno de una pasión arrebatada, sin límite, vigilias eternas de sábanas empapadas en sudor. Y luego, sofocada la ardentía de la carne, sigo viéndote, veo tus ojos, ¡tus ojos!, mirándome con ternura desde el hueco de la almohada.

           ¿Por qué ha de ser siempre la felicidad tan efímera? ¡Cuesta tanto renunciar a sus exquisiteces luego que se han saboreado! Aunque imagino que en esa fugacidad reside precisamente gran parte de su embrujo, sin la cual menguados se verían sus efectos, habida cuenta que todo cuanto se prolonga demasiado en el tiempo tiende a convertirse en insulso, en monótono, en aburrido. Sin embargo, ¡qué no habría yo dado porque ese verano hubiese sido eterno!... Pero no, pasó, como pasa todo, que ya lo dijo al fin y al cabo el poeta, como pasa en definitiva la vida, sin que apenas nos demos cuenta de su paso. Pasó, sí, y con él finalizaron los fascinantes momentos de gloria vividos a tu lado. Tu destino estaba lejos de mí, en otra ciudad distinta, marcado por un rumbo ajeno al mío, y hacia él marchaste decidida, sin vacilación de ningún género, sabedora de que la mirada ha de estar siempre fija en el horizonte y que lo que atrás queda patrimonio pasa a ser del pasado, de un pasado que, como tal, queda relegado únicamente al museo de los recuerdos, un pasado muerto en suma. Como muerto quedaba yo con tu marcha. Pero, eso sí, no te lo dije, y tampoco sé si tú lo notaste. Ahora que lo pienso, posiblemente no. Convenimos en que nada de escenas ñoñas, nada de lamentaciones ni despedidas lacrimosas. Lo nuestro había sido un encuentro único, un efervescente cruce de coordenadas que los albures del destino habían tenido a bien concertar, pero a partir de ahí nuestros caminos divergían y era necesario que cada uno siguiese el suyo propio, sin interferencias ni lamentos. Dejarse llevar por los sentimientos estaba bien, sus séricas atenciones permitían gozar y disfrutar de momentos memorables, pero era un error someterse a su férula hasta el punto de hacer de ellos nuestros tiranos. No, nosotros éramos libres, no soportábamos las cadenas, ni siquiera las adosadas a los sentimientos, por muy dulces que éstas fueran, y teníamos además planes importantes que no admitían ningún tipo de ataduras ni limitaciones. ¿Amor? ¿Quién dijo amor? El amor era una patología propia de burgueses caducos, dolencia contra la que nosotros estábamos afortunadamente vacunados. Habíamos sido amantes; amigos y amantes. Eso era todo. Adiós… Adiós.

           Así sucedió, de ese modo tan flemático nos despedimos, casi como quienes dan por concluida con un apretón de manos una reunión de negocios, pero bajo esa fachada de aparente displicencia lo cierto es que tu marcha me dejó, ya digo, desolado, perdido en un yermo de sombras anónimas que venían a ser otros tantos interrogantes, enloquecido por un océano de dudas en el que mi espíritu era zarandeado tanto por las olas del amor como por las del resentimiento más amargo, mientras sobre las paredes del tiempo iban los días alargándose como siniestros espectros que se nutrían de los recuerdos y huellas que dejaste en mí.

           La desazón por tu ausencia no fue cosa de un día, ni de una semana, ni de un mes, de hecho no me ha abandonado desde que partiste, sólo que con el tiempo aprendí a vivir con su carga instalada en mi pecho y mitigar así sus efectos corrosivos. Lo que sí cambió, sin embargo, de un modo lento y progresivo, fue mi propia percepción de ti. Tu imagen no ha dejado nunca de ocupar una parte importante de mis pensamientos, grabada que quedó para siempre en mi memoria, pero curiosamente, a medida que pasaban los días, fuiste en ella efectuando un gradual viraje que te trasladó desde el plano real a ese otro donde moran las utopías más recónditas, allá donde la fantasía impera y hace de la ilusión el material con que concebir entelequias; te convertiste así en una especie de mito, una quimera que trascendía a toda frontera espacio-temporal para, fuera de ellas, alcanzar dimensiones de leyenda, la simbolización de la mujer ideal, la mujer de mis sueños imposibles.

           Y, sin embargo, diez años después de tu marcha me sorprendes con un inesperado correo en el que sugieres la posibilidad de volver a vernos, retornando de ese modo al hemisferio real del que en su momento te sustraje. Te contesto que sí, mas… ¿lo deseo en realidad?, ¿quiero de verdad que cruces la puerta de este concurrido café y te acerques a mí? Miro a un lado y veo el pasado, miro a otro y veo el futuro, y el presente es como estar flotando entre agua y aceite. Pero pese a mis dudas y temores, la única certeza incuestionable es que sí, que quiero volver a verte, que me consume el deseo de tu presencia inmediata, que quiero recuperar el tiempo perdido, que por encima de todas las cosas quiero de nuevo amarte.

2 comentarios:

María (Muriel) dijo...

Qué bonito, Cavara. Cuántas cosas se dejan sin terminar, ¿verdad?

Cavaradossi dijo...

Así es, María. Por eso resulta tan grato cuando la vida te da una segunda oportunidad :-)