sábado, 30 de octubre de 2010

COMO DOS NÁUFRAGOS

           Nos abrazamos como dos náufragos extraviados en medio de un piélago infinito, con furor, con codicia, con ansia de supervivencia, también con miedo, miedo al vacío inmenso, negro, voraz, que se extendía más allá de esa piel y de esa carne a las que nos aferrábamos con exasperación. Pugnábamos por devorarnos mutuamente, tratando de satisfacer con el voluptuoso encuentro el hambre de nuestro espíritu, hambre de libertad que hacía rugir nuestras almas con borborigmos siniestros y cuya exigencia nos carcomía las entrañas como un comején ávido de devastación. Espoleados por ese apetito, las caricias se convertían en desgarros, en dentelladas los besos, en bramidos los jadeos, cada acoplamiento en una feroz embestida, sumidos ambos en un rito salvaje donde la búsqueda de placer había sido relegada a un segundo plano, postergada en su primacía por otra búsqueda, la de esa libertad que tanto anhelábamos, en un intento desesperado de manumisión, de romper las cadenas que por debajo de nuestras vísceras tiraban y tiraban con el nefario propósito de hundirnos cada vez más en esa infinita nada donde no hay luz, calor ni sueños.

           La ardentía del delirio soliviantaba los cuerpos desnudos y éstos, a su vez, de volanta servían a las almas, anhelantes la una de acoplarse con la otra del mismo modo y al propio tiempo que tenía lugar el encuentro entre los sexos, todo al ritmo de un único y alocado compás bajo el que aspirábamos en definitiva a la comunión plena, al perfecto ajuste del que naciera la energía necesaria para escapar del sombrío erial al que ambos habíamos sido desterrados y dejar de respirar su atmósfera opresiva, helada, oscura, tan pesada que parecía hecha de plomo líquido, evadirnos en suma de ese páramo cruel al que llaman soledad.

           Uñas que acuchillaban las espaldas y componían en su incisivo viaje enrojecidos surcos sobre la piel desnuda, gritos ahogados por el frenesí de la desesperación, respiraciones donde la impaciencia se nutría del aliento arrebatado, caricias delirantes, bocas besando con violencia, dientes que mordían con furia, sofocos, sudor, anhelo.... Voces todas que, deprecantes y ávidas cual hambrientas crías, gritaban para que acudiese en su amparo la esperanza, mientras la carne proseguía su impetuoso despliegue de lujuria.

           Una y otra vez se ensamblaban nuestros cuerpos en furiosas acometidas, carne dentro de la carne en pos del camino que condujese a la ambicionada liberación. Pero ésta no terminaba de llegar, ora parecía acercarse, ora se volvía a disolver en la negrura inmensa, como la luz inquieta de un faro que saltara una y otra vez sobre un mar tenebroso, como esos espejismos que aparecen y desaparecen a cada parpadeo y que finalmente, justo cuando parecen estar al alcance de la mano, se desintegran para siempre en medio del atroz desierto. Actuábamos de un modo febril. Mi sexo penetraba en el suyo con toda la profundidad que le era posible, buscando llegar a lo más hondo, como queriendo con esas arremetidas atravesar las barreras que nos mantenían presos y salir a una superficie diáfana. Y ella se entregaba del mismo modo, apretaba con fuerza sus caderas contra las mías, como si pretendiera exprimirme, y con enloquecida pasión, con una delirante fiebre que se percibía en su piel, ardiente como la lava, vivía y moría en ese encuentro, con idéntico afán liberatorio que el que a mí me movía.

           Místico encuentro en cuyas profundidades indagábamos en busca de cualquier fanal que arrojase luz sobre el tenebroso entorno que nos sofocaba, atentos a las claves que desvelaran el maldito enigma, el trabado misterio que envolvía nuestra propia existencia atormentada, convencidos de que la verdad, esa verdad, de llegar a descubrirla, nos haría libres, proporcionándonos la llave con la que poner fin a nuestro encierro, tan próximo éste en el deseo y tan lejano en cambio cuando con la realidad se confrontaba. Y gritábamos de nuevo. Gritos que, aun catapultados por los envites del placer, encerraban tras su concupiscente envoltura una petición de auxilio, el clamor de dos cautivos que ansían su rescate. Eso éramos ella y yo, dos cautivos que necesitaban ser de inmediato liberados. Y en demanda de esa liberación, seguían las uñas desgarrando la piel, frenética, enloquecidamente, sumergidos en una especie de lascivo holocausto donde las bocas indagaban como caníbales ávidos de humano alimento, mordiéndonos, abrasándonos, consumiéndonos, guerreando los sexos en pos de la simbiosis última que desencadenara ese redentor estallido de luz.

           Alcanzamos el orgasmo al unísono, cuerpos elevados entre convulsiones y espasmos más allá del material soporte que los sostenía, dos flores eclosionando en medio de un pedregal inhóspito, color surgiendo del calor, rojo y azul, fuego y cielo, apoteosis de la sangre que tuvo su sonoro contrapunto en el aullido final que anunciaba la derrota de la oscuridad frente a las flamígeras huestes de la luz. A la sacudida de los cuerpos en la plenitud del goce siguió luego la placidez del silencio, la calma que sucede al fragor de la batalla, la paz, la embriagadora y deliciosa paz, una paz que por momentos parecía inundarlo todo en derredor, elevadas las almas por encima de cualquier sensación de resentimiento, opresión o clausura, abrazados en una unión extática al socaire de la cual se sentían a salvo de la suciedad del mundo, aislados de las ofuscaciones cotidianas, de la acomodaticia rutina, del peso de una existencia que nunca había dejado de asfixiarlos. Y la paz traía de la mano a la luz, una luz rutilante, pero no cegadora, suave como la seda, limpia como las cristalinas aguas de un venero, una luz que acariciaba sus almas al tiempo que demolía los oscuros barrotes de la celda donde estaban confinadas.

           Ah, pero qué fugaz resultó a la postre ese fulgor, poco más que un guiño, una mera ilusión delicuescente; victoria sólo momentánea, efímera, irreal, una trampa de la carne que no consiguió retener al espíritu más que durante breves instantes. A vertiginoso ritmo, apenas un abrir y cerrar de ojos, la luz se desplazó primero del prístino blanco a un ocre deslucido, desde donde siguió avanzando a lo largo del espectro hacia tonos cada vez más mates, más pesados, más brunos, y así hasta apagarse por completo, hasta terminar de nuevo devorada por la oscuridad más absoluta, que volvió otra vez a coparlo todo y que de su mano trajo de vuelta al vacío, la nada, el infinito oscuro, las cadenas, el odio hacia todo y hacia todos. Sin casi habernos dado cuenta del tránsito, volvíamos a estar a la deriva en medio de una inmensidad estéril. ¡Náufragos de nuevo!

           Desabrazados los amantes, de espaldas sobre el tálamo quedaron tendidos dos cadáveres silenciosos, dos ilusos que por un momento creyeron haber escapado de la oscuridad pero que en realidad nunca habían dejado de estar engullidos dentro de sus crueles fauces. Pero ¿y esa luz? ¿Qué fue entonces esa luz? ¿No fue, como había supuesto, la que anunciaba nuestra definitiva liberación?... No, nada de eso; tan sólo una mera entelequia. Quizá a lo sumo el fugaz reflejo de la esperanza, mas una esperanza lejana, muy lejana, esperanza cuya claridad asomó por un momento a través de un agujero abierto en la celda, como cuando se extrae el corcho que ciega una botella, pero que no tardó sin embargo en ser de nuevo taponado. Nuestra aventura concluía así en el fracaso. No había pasado de ser en el fondo más que el dubitativo intento de dos prisioneros desesperados, dos rehenes que apenas comenzada su fuga se detuvieran en seco y, arrepentidos de su audacia, retrocediesen otra vez al punto de partida, a su oscura mazmorra, aterrorizados tras comprender que de su prisión no había escapatoria posible.

           Destrozado ante esta certeza, rompí a llorar. Primero en silencio, tenues lágrimas que resbalaban por las mejillas con la quietud de un plácido reguero; luego el llanto se fue haciendo cada vez más tumultuoso y desgarrado, como esas aguas que se aproximan a la cascada donde con estrépito han de desbordarse, y así mis ojos se convirtieron también en cascada y mis lágrimas en aguas quebradas, irreprimibles, vehementes, frenéticas, heraldos de una pena inconsolable.

           En un momento dado, confundido entre los clamores que componía mi llanto, creí escuchar otro rumor, emitido en una frecuencia mucho más tenue y apagada que la que conformaban estos amargos lamentos míos, una especie de silbido intermitente que, aun vaporoso y amortiguado, se colaba dentro de mis tímpanos como una culebra zigzagueante. Volví entonces el rostro hacia mi compañera, única fuente de la que podía provenir aquel sonido, y escruté sus facciones, apenas visibles en la penumbra de la pieza. Pude pese a todo contemplar un semblante opaco, huero de vida, un rostro de cuyos ojos, abiertos e inexpresivos, brotaban asimismo lágrimas, lágrimas oscuras, lágrimas sin alma, lágrimas muertas aun antes de nacer de aquellas dos cavidades vacías. Sí, ella también lloraba. Como yo. Dos seres éramos sobrecogidos por el dolor y abatidos por la desesperanza.

           Secos nuestros ojos, las lágrimas dejaron de brotar de ellos y otra vez más el silencio ocupó el trono del que por breve tiempo fuera relegado, un silencio pesado y opresivo, nada que ver con aquel otro que portador fuera de armonía y paz; este era un silencio angustioso, propio del desolado paisaje que se cernía en torno nuestro, tan extenso como yermo, como si todo signo de vida hubiese sido barrido por un huracán de magnitud cósmica que, luego de su exterminador paso, sólo ofreciera hojas muertas volando en remolino a los albures de un viento henchido de miasmas.

           Y en medio de esta nada infinita y baldía, perdidos tanto en el espacio como en el tiempo, sin ningún rumbo determinado que seguir, continuábamos nosotros, los dos náufragos de siempre, dos náufragos que acababan de perder su por el momento última tabla de salvación.

miércoles, 6 de octubre de 2010

REENCUENTRO

           Llueve. Llueve como no lo ha hecho en todo el año, un turbión de agua enfurecida que en su oblicuo desplome aporrea con vehemencia las cristaleras del bar. Y yo estoy aquí, sentado a una de las mesas, preguntándome si acudirás a la cita y pensando que, de hacerlo, vas a llegar empapada. La verdad es que estoy confuso. En el fondo no sé bien si quiero o no verte aparecer por aquí. Confuso y nervioso, así me siento en estos momentos de espera mientras observo el diluvio caer desde un cielo teñido de gris oscuro.

           Han pasado ya muchos años desde la última vez que nos vimos, diez para ser exactos, diez años donde cada uno hemos hecho la guerra por nuestro lado, diez años sin tener ninguna noticia tuya, diez años sin más contacto que el que envuelto en nostalgia se empeñaban en traerme los recuerdos. Diez largos años sin saber de ti, ausente de mis días, desaparecida, muda, hasta que de repente recibo ese curioso mail en el que me comunicas que estás en Madrid y me propones una cita para vernos. Me hizo gracia que empezaras tu misiva exponiendo el temor a que te hubiera podido olvidar, ¡como si de sobra no supieras tú la manifiesta imposibilidad de que dicha contingencia sucediese! Aunque, por otro lado, quizá en el fondo no lo sepas, quizá no lo hayas sabido nunca y no seas por tanto consciente de la imborrable huella que dejaste en mí. ¡Olvidarte! ¡Qué desvarío! Más verosímil resultaría que los peces comenzaran a poblar la tierra firme. Tal vez, no obstante, habría sido lo mejor, al menos me habría ahorrado los sufrimientos de la añoranza, tan profundos, tan hirientes, tan irremisibles; pero uno, por desgracia, no decide lo que recordar ni lo que, por el contrario, arrojar al abismo del olvido, y los vestigios que tus labios, tus manos, tus ojos, tu sonrisa, toda tú, dejaron sobre mi alma eran, y son, de todo punto indelebles. Imposible olvidarte.

           Te contesté que sí, ¡cómo habría podido negarme!, y aquí me tienes, aguardando tu llegada en este mismo bar que años atrás fuese tantas veces testigo de nuestros encuentros. ¿Me reconocerás? ¿Te reconoceré yo a ti? Diez años es mucho tiempo y tanto tú como yo habremos cambiado, no ostentaremos seguro la misma imagen de entonces. Yo desde luego luzco un aspecto muy diferente, ya no soy aquel estudiante que recorría altivo los pasillos de la facultad con su pelo largo desaliñado y gafas redondas a lo John Lennon. ¡Madre mía, qué pintas! Ahora llevo el pelo corto, deslucido su color negro azabache por algunas canas prematuras, y uso lentillas, entre otros muchos cambios, no sólo físicos, que ya irás apreciando. Tampoco tú, supongo, serás la misma sirena que me cautivó en su día, aunque estoy convencido de que te reconoceré nada más verte, tus ojos serán lo primero que te delate, no hay en el mundo otros ojos como los tuyos, tan azules, tan mágicos, tan hechiceros, esos hipnóticos ojos que a cada instante me atrapaban para en su interior quedar embebecido. Sí, yo sí te reconoceré. Te reconocería aun en medio de una multitud de seres uniformes.

           Sigue lloviendo a mares. El pasado me reclama como un juez severo y mis ojos se vuelven hacia dentro para hurgar entre los agrietados recuerdos que conservo en la memoria, allí donde mi cerebro ejerce de vehículo con el que trasladarme hasta aquellos días en que el destino ubicó el venturoso cruce de caminos donde por primera vez confluyeron nuestros pasos. Eran tiempos revueltos en el ámbito universitario, jornadas de plena efervescencia en las que el pulso entre estudiantes y autoridades estaba alcanzando su punto más álgido. No recuerdo ya qué revindicábamos concretamente, pero sí que no había día en que nuestras demandas no se tradujeran en bulliciosas algaradas y fogosos enfrentamientos con la policía. Lucha, persecuciones, sentadas, manifestaciones, huidas, pancartas, risas…, recuerdos de días felices y extraños, como perlas negras halladas en una playa de guijarros. Tú y yo chocando en plena carrera y cayendo ambos al suelo. La policía cerca, pisándonos los talones. Me disculpo por mi torpeza y te ofrezco mi mano para levantarte. Tú la coges, con la otra te refriegas la frente dolorida por el topetazo, pero aun así me sonríes y no sueltas mi mano. Te levantas y fijas en los míos esos ojos tuyos a cuyo magnetismo ningún mortal puede ser capaz de oponer resistencia. Hipnotizado, me evado por un momento de la batahola de gritos, palos y lamentos que impera alrededor y permanezco clavado en esos ojos. Es tu propia voz la que finalmente me sustrae del trance, lo hace para apremiarme a salir pitando de allí si queremos evitar ser zamarreados y detenidos por ese enemigo que viste de uniforme. Corremos sin soltarnos de la mano y nos refugiamos en el primer bar que encontramos abierto. ¿Te acuerdas? Recuperado el aliento tras la carrera, nos miramos y comenzamos a reír como dos locos, la típica risa nerviosa y floja que en ocasiones sobreviene a una fuerte descarga de adrenalina. Tras las risas me presento. Te presentas también tú. Estás de paso, estudiando el último año de carrera, concluido el cual regresarás a tu cuidad para trabajar en la empresa que dirige tu padre. Pasamos el resto de la tarde juntos, vagamos por el centro hasta recalar en este mismo bar donde ahora aguardo tu llegada; pedimos cerveza, una ronda tras otra, y mientras bebemos nos enfrascamos en una conversación en la que los temas comienzan a desfilar como en un pase de modelos, algunos profundos, otros más livianos, según entre trago y trago va disponiendo nuestro volátil ánimo: hablamos de los estudios, de cine, de literatura, de juegos de ordenador, de las fiestas de facultad, de la lucha de clases, de la vida. En un momento dado bromeo contigo y, aludiendo a tu condición de futura empresaria, te tildo de reaccionaria. Tú me sacas la lengua y me llamas bobo. Nos reímos. Estamos distendidos, muy a gusto juntos, se nota que hay química, que hay magia entre nosotros. Tu mirada se hace cada vez más cálida, llena de promesas insinuadas. Hacemos también recuento de nuestras respectivas vidas y hablamos de nuestros planes de futuro, los míos son más difusos que los tuyos, mis padres no tienen ninguna empresa que administrar, de modo que me tocará buscar empleo y agarrarme a lo que vaya saliendo; da igual, lo que tenga que venir, vendrá. Acabamos bastante ebrios.

           Quedamos al día siguiente, y al otro, y al otro. Sin apenas solución de continuidad, pasamos de ser dos desconocidos a inseparables camaradas y, finalmente, apasionados amantes. Así nos gustaba precisamente llamarnos: amantes. Lo convencional no iba con nosotros, huíamos de sus hábitos y terminología como de la peste, ni yo era tu chico ni tú mi chica, decadente se nos antojaba ese léxico estúpido, y lo de mi novio o mi novia venía a ser ya el colmo de la estulticia, risa y grima nos provocaba al propio tiempo. No, nosotros no éramos nada de eso, éramos sencillamente amigos y amantes, lo primero nos vinculaba con lazos de complicidad y camaradería, lo segundo hacía que nuestra sangre bullese con el fuego de la pasión al contacto de la piel candente del otro y que oleadas de placer hicieran de nuestra carne malecón cada vez que mi cuerpo se ensamblaba al tuyo.

           El curso acabó finalmente, pero al cierre de las aulas sobrevino un verano que nunca podré olvidar, ese maravilloso verano que tú y yo vivimos juntos. Las primeras semanas las pasamos en la ciudad, conviviendo en tu apartamento, cuyo alquiler tenías aún pagado hasta final de julio. ¡Cómo nos gustaba salir a pasear al atardecer y vagar con molicie entre las calles desiertas! Las turbias calimas estivales teñían la atmósfera con trazas de espejismo y nosotros, como dos duendes esquivos, nos movíamos felices por ese yermo ardoroso en que las altas temperaturas transforman al paisaje urbano. En agosto fuimos a la playa. Días luminosos y noches mágicas. Azul y verde. Agua y arena. Cierro los ojos y puedo verte ahora con los brazos extendidos hacia el cielo, como extasiada, bajo el talud donde una catarata se desploma y forma al estrellarse contra el suelo, con un estruendo ronco, una gaseosa bruma; allí estás tú, salpicando el agua sobre tu piel, una náyade dorada bajo una lluvia de perlas. Y te veo asimismo, nos veo mejor dicho, de noche, recorriendo aquellas extensas avenidas bordeadas de frondosos castaños, o el dédalo de callejuelas pobladas de tenderetes y casetas, o simplemente la playa, su orilla húmeda, flanqueados nuestros pasos por ese mar negro cuyas olas besaban al morir nuestros pies desnudos mientras una brisa suave nos erizaba la piel. ¡Hasta las camisetas que solías ponerte las recuerdo! Recuerdo sus vivos colores, su erótica parvedad que dejaba al descubierto un vientre moreno que insinuaba los goces más excelsos. ¡Qué sexy estabas! Y puedo verte, por supuesto, desnuda, entregada a mí en el desenfreno de una pasión arrebatada, sin límite, vigilias eternas de sábanas empapadas en sudor. Y luego, sofocada la ardentía de la carne, sigo viéndote, veo tus ojos, ¡tus ojos!, mirándome con ternura desde el hueco de la almohada.

           ¿Por qué ha de ser siempre la felicidad tan efímera? ¡Cuesta tanto renunciar a sus exquisiteces luego que se han saboreado! Aunque imagino que en esa fugacidad reside precisamente gran parte de su embrujo, sin la cual menguados se verían sus efectos, habida cuenta que todo cuanto se prolonga demasiado en el tiempo tiende a convertirse en insulso, en monótono, en aburrido. Sin embargo, ¡qué no habría yo dado porque ese verano hubiese sido eterno!... Pero no, pasó, como pasa todo, que ya lo dijo al fin y al cabo el poeta, como pasa en definitiva la vida, sin que apenas nos demos cuenta de su paso. Pasó, sí, y con él finalizaron los fascinantes momentos de gloria vividos a tu lado. Tu destino estaba lejos de mí, en otra ciudad distinta, marcado por un rumbo ajeno al mío, y hacia él marchaste decidida, sin vacilación de ningún género, sabedora de que la mirada ha de estar siempre fija en el horizonte y que lo que atrás queda patrimonio pasa a ser del pasado, de un pasado que, como tal, queda relegado únicamente al museo de los recuerdos, un pasado muerto en suma. Como muerto quedaba yo con tu marcha. Pero, eso sí, no te lo dije, y tampoco sé si tú lo notaste. Ahora que lo pienso, posiblemente no. Convenimos en que nada de escenas ñoñas, nada de lamentaciones ni despedidas lacrimosas. Lo nuestro había sido un encuentro único, un efervescente cruce de coordenadas que los albures del destino habían tenido a bien concertar, pero a partir de ahí nuestros caminos divergían y era necesario que cada uno siguiese el suyo propio, sin interferencias ni lamentos. Dejarse llevar por los sentimientos estaba bien, sus séricas atenciones permitían gozar y disfrutar de momentos memorables, pero era un error someterse a su férula hasta el punto de hacer de ellos nuestros tiranos. No, nosotros éramos libres, no soportábamos las cadenas, ni siquiera las adosadas a los sentimientos, por muy dulces que éstas fueran, y teníamos además planes importantes que no admitían ningún tipo de ataduras ni limitaciones. ¿Amor? ¿Quién dijo amor? El amor era una patología propia de burgueses caducos, dolencia contra la que nosotros estábamos afortunadamente vacunados. Habíamos sido amantes; amigos y amantes. Eso era todo. Adiós… Adiós.

           Así sucedió, de ese modo tan flemático nos despedimos, casi como quienes dan por concluida con un apretón de manos una reunión de negocios, pero bajo esa fachada de aparente displicencia lo cierto es que tu marcha me dejó, ya digo, desolado, perdido en un yermo de sombras anónimas que venían a ser otros tantos interrogantes, enloquecido por un océano de dudas en el que mi espíritu era zarandeado tanto por las olas del amor como por las del resentimiento más amargo, mientras sobre las paredes del tiempo iban los días alargándose como siniestros espectros que se nutrían de los recuerdos y huellas que dejaste en mí.

           La desazón por tu ausencia no fue cosa de un día, ni de una semana, ni de un mes, de hecho no me ha abandonado desde que partiste, sólo que con el tiempo aprendí a vivir con su carga instalada en mi pecho y mitigar así sus efectos corrosivos. Lo que sí cambió, sin embargo, de un modo lento y progresivo, fue mi propia percepción de ti. Tu imagen no ha dejado nunca de ocupar una parte importante de mis pensamientos, grabada que quedó para siempre en mi memoria, pero curiosamente, a medida que pasaban los días, fuiste en ella efectuando un gradual viraje que te trasladó desde el plano real a ese otro donde moran las utopías más recónditas, allá donde la fantasía impera y hace de la ilusión el material con que concebir entelequias; te convertiste así en una especie de mito, una quimera que trascendía a toda frontera espacio-temporal para, fuera de ellas, alcanzar dimensiones de leyenda, la simbolización de la mujer ideal, la mujer de mis sueños imposibles.

           Y, sin embargo, diez años después de tu marcha me sorprendes con un inesperado correo en el que sugieres la posibilidad de volver a vernos, retornando de ese modo al hemisferio real del que en su momento te sustraje. Te contesto que sí, mas… ¿lo deseo en realidad?, ¿quiero de verdad que cruces la puerta de este concurrido café y te acerques a mí? Miro a un lado y veo el pasado, miro a otro y veo el futuro, y el presente es como estar flotando entre agua y aceite. Pero pese a mis dudas y temores, la única certeza incuestionable es que sí, que quiero volver a verte, que me consume el deseo de tu presencia inmediata, que quiero recuperar el tiempo perdido, que por encima de todas las cosas quiero de nuevo amarte.