lunes, 6 de septiembre de 2010

MONSTRUOS

           De pequeña había tenido un pánico atroz a la oscuridad y al elenco de monstruos que, a su juicio, poblaban ésta. Las razones de este miedo no eran demasiado claras desde un punto de vista psicológico. No obedecía desde luego a experiencias negativas que pudiera haber vivido en esa temprana niñez, ni al padecimiento de ninguna otra clase de trauma pernicioso, ni tampoco a que hubiera crecido con falta de cariño o de autoestima; todo eso era ajeno a ella, que para su bien gozó siempre de una infancia feliz, protegida por un entorno familiar que prodigaba hacia su persona todo tipo de atenciones y afectos; fue en ese sentido una niña muy querida, aunque no por ello mimada ni en exceso consentida, lo que hizo que extroversión y alegría fuesen las divisas que más descollaran en su carácter, como flameantes banderas desplegadas en un cielo diáfano, al tiempo que iba desarrollando una personalidad bastante sólida, sin apenas fisuras ni sombras, salvo en lo referente a esa fobia que le atacaba al caer la noche y meterse entre las sábanas. No, no existía una causa definida que motivara ese terror. Era algo visceral y, por tanto, ajeno a las leyes de la razón y la lógica, un terror que escapaba a toda férula y que a duras penas si lograba apaciguar la voz serena de su madre:

           —Los monstruos no existen, mi vida, ni se esconden en los armarios, ni acechan detrás de las puertas, ni vigilan a través de los cristales de las ventanas. No existen, están sólo aquí -y tocaba su cabeza orlada de dorados tirabuzones-, en tu imaginación.

           —No mamá, sí que existen. Tienen dientes afilados y ojos brillantes -insistía ella.

           —Tranquila, pequeña, mamá no permitirá que nada ni nadie te haga daño, siempre estará cerca para protegerte. Si es preciso, les arranco los dientes y les saco los ojos a esos feos monstruos.

           Ese ofrecimiento de perenne protección lograba de ordinario el objetivo de tranquilizarla, por más que la visión mental de dientes y ojos mutilados, habida cuenta lo macabro que de por sí tenía la escena, le diese cierto repelús, algo que ni siquiera el malévolo talante de los damnificados conseguía atemperar. Pero fuera de eso, se sentía reconfortada con la presencia allí de su madre, el mejor paladín con que podía contar contra los acezantes monstruos; con ella al lado, ningún engendro sería capaz de tocar una sola hebra de su cabello, eso lo tenía claro. El problema era que su madre, luego de serenarla con sus palabras, se iba a su propio dormitorio, dejándola de nuevo a solas, lo que aprovechaban las depravadas huestes de la noche para reaparecer y acosarla. Porque, eso sí, en lo que su madre se equivocaba de cabo a rabo era en lo referente a su no existencia, negación que no la convencía en absoluto, por más que proviniera de la persona a quien más quería en este mundo, no en vano la evidencia se encargaba cada noche de desmentirla, una evidencia manifestada en la maligna presencia de esos seres, que ella podía percibir, en sus respiraciones agitadas, que ella podía sentir, en los crujidos apagados de sus pisadas, que ella podía escuchar. ¡Cómo entonces podía su madre negar que existieran! Claro que existían, sólo que los muy ladinos limitaban sus apariciones a aquellos momentos en que se encontraba sola y desamparada, sabedores de que a ella, una indefensa cría, le sería imposible oponerles la menor resistencia sin la valedora figura materna al lado. Así las cosas, lo único que podía hacer en tales casos era ovillarse bajo las mantas para pasar todo lo desapercibida posible. Y así lo hacía, al tiempo que cerraba los ojos, se tapaba con ambas manos los oídos y tensaba todos los músculos de su pequeño cuerpo, a veces hasta el extremo de dejar de respirar, tal era el terror que la invadía, y sólo a medida que el sueño iba cubriéndola con su relajante envoltura dejaban las sombrías presencias de hostigarla. Curiosamente, solía luego tener plácidos sueños, sin rastro en ellos de estas espectrales criaturas, lo que su mente infantil interpretaba como una prueba más de su existencia en el plano real. Pese a todo, había ocasiones en que el miedo era tan intenso que no dejaba resquicio alguno por el que pudieran penetrar los ángeles del sueño, casos en los que su madre, aun a su pesar, permitía que mantuviese la luz encendida hasta dormirse.

           Dentro de unos parámetros cuya intensidad iba fluctuando en función de determinadas variables, estas fobias nocturnas se prolongaron durante varios años, si bien, con tendencia siempre a ir disminuyendo a medida que ella se hacía más mayor. Así, con el tiempo la noche se fue haciendo cada vez menos oscura y amenazante, menos proclive en definitiva a albergar siniestras criaturas en su seno, en un lenta evolución a lo largo de la cual fueron disipándose los terrores hasta que, casi sin darse cuenta, los monstruos desaparecieron de sus noches, quizá nunca del todo, pero sí lo suficiente para que dejasen de ser una seria perturbación.

           Y sin embargo ahora, con más de una treintena de años a sus espaldas, cual tormentas olvidadas que retomasen un antiguo emplazamiento para descargar toda su furia devastadora, los miedos de la infancia reaparecían, volvían las vigilias nocturnas, ofreciéndole de nuevo la oscuridad su rostro más ceñudo, caverna de demonios impíos que acechaban tras la puerta, más nefarios que nunca. Otra vez la noche tornaba a ser enemiga, un paisaje poblado de trampas su dormitorio, y la cama, pese a su física holgura, una celda angosta entre cuyas sábanas encogía su cuerpo, en posición fetal acurrucada, tensa, componiendo el sudor, frío como el hielo, regueros sobre su espalda.

           Lo peor de todo era que ya no podía contar con su madre para que la consolara y protegiese. Las cosas habían cambiado, su madre estaba lejos y, además, ahora ella era quien, por el contrario, debía ejercer el papel de madre respecto a sus dos mellizas, que dormían en la habitación de al lado, muy pequeñas aún, seguramente con sus particulares miedos, miedos en todo caso naturales, propios de niños, asustadizos por naturaleza, aunque afortunadamente no tan exacerbados como los padecidos por ella a esa misma edad. Sí, ahora era ella la madre, una madre, sin embargo, amilanada, una madre que en su marasmo ninguna protección podría ofrecer a sus hijas en caso de precisarla para paliar sus propias fobias, una madre incapaz de luchar contra ningún enemigo maléfico.

           La noche viene poblada de pesadillas y ella, sin consuelo, sin nadie a quien acudir para aplacar su terror, se halla en el centro de todas ellas, incapaz de conciliar el sueño, sabedora de que el monstruo acecha y en cualquier momento entrará en el dormitorio para atormentarla. Se siente más vulnerable que nunca. Tiene la boca seca y escalofríos de espanto arremolinan su piel. Apura entonces el vaso de agua que descansa sobre la mesita de noche. Eso refresca su garganta, pero no ataja el miedo, cada vez más punzante en su acometida, cada vez más cruel.

           Un golpe en la ventana, un bramido inquietante. Los oídos son como radares, atentos a cualquier sonido, a cualquier rumor, a cualquier paso que pueda preceder a la pérfida presencia. Pero no, no debe alarmarse, en esta ocasión era sólo el viento, el viento que aullaba y golpeaba; pero el viento no le hará daño.

           De repente un nuevo sobresalto, una luz esta vez, un destello poderoso que abre en dos la noche, como la estocada de un alfanje rasgando satén. El corazón se le dispara, cobran sus latidos un ritmo que, de no sosegarse, amenaza con reventarlo en un fulminante infarto. Por suerte, la angustia apenas dura unos segundos, justo los que transcurren hasta caer en la cuenta de que tampoco ahora se trata del temido adversario, sino de algo mucho más natural, un relámpago, un vigoroso chorro de luz que seccionó el cielo durante un fugaz instante, pero que ya pasó. Otra falsa alarma. Habrá seguramente más relámpagos a lo largo de la noche, surcarán el cielo como refulgentes jinetes, pero en sus grupas no viajará ningún monstruo, sólo luz y calor.

           Luz y calor es precisamente lo que ella más necesita, luz que clarifique las corrosivas sombras por donde deambula casi a ciegas, calor que entibiezca su alma; pero de ambas cosas carece, desde hace tiempo vive inmersa en la oscuridad y siente sobre todo frío, mucho frío, un frío que nace y se desarrolla por dentro y al que, por tanto, ninguna manta ni edredón puede combatir.

           La noche y el frío, un combinación letal frente a la que ninguna resistencia puede oponer, salvo encogerse bajo las sábanas y esperar. ¿A qué? ¿Esperar a qué? Si acaso a que el terror se materialice al fin en el demonio que lo engendra y la devore. Sólo de pensarlo un escalofrío atraviesa su espina dorsal como una daga. Sabe que debería enfrentarse a él, que si quiere superar sus miedos debe empezar por afrontarlos, pero no puede, le faltan fuerzas y le falta también coraje, tales miedos la tienen del todo bloqueada, por lo que se encoge todavía más y espera, sólo eso, espera, sumida en una actitud pasiva que no solucionará el problema, bien lo sabe ella, que lo incrementará más bien, pero que por el momento es la única capaz de adoptar. Quizá debiera ahora pensar en otra cosa, en algo divertido que alejase su mente de los tremedales del pánico, pero ni siquiera eso puede hacer, su cerebro se muestra reacio a acatar las órdenes que en tal sentido pudiera emitir su voluntad; el monstruo monopoliza su pensamiento, sólo puede pensar en él, en ese monstruo que la tortura, que la mina, que la desgasta.

           Un nuevo ruido alerta a los radares, que de inmediato entran en pleno funcionamiento. Es una puerta. Sí, se trata sin duda del chirrido de una puerta al abrirse. Contiene por un momento la respiración y aguza todavía más el oído. ¿Será...? Oh, sí, claro que sí, es él, el monstruo que está entrando por la puerta principal de la vivienda. ¿Seguro? Tiene que tranquilizarse, tal vez no sea más que su imaginación jugándole de nuevo una mala pasada. Sí, debe tranquilizarse, respirar acompasadamente y no dejar que el pánico la invada, si es que no quiere que los nervios le estallen como si fuesen las ajadas cuerdas de un violín desafinado. Así lo hace. Cuenta hasta cinco y de nuevo, algo más sosegada, presta atención. Ya no parece oírse nada.... Aunque... sí, un momento, unos pasos, ¡se oyen unos pasos que avanzan a lo largo del pasillo que conduce al dormitorio! El sonido es inconfundible. ¡Tiene que ser él, el monstruo que se acerca! El terror la ensarta y hace que se le erice el pelo alrededor de la nuca. Quiere gritar, pero el sonido queda congelado dentro de su garganta; mejor así, se dice, no quisiera despertar a las mellizas, que a buen seguro duermen apaciblemente en sus respectivas camas, ajenas a su pesadilla. Tal vez, no obstante, debiera precisamente despertarlas y, junto a ellas, salir corriendo y huir de allí; pero por un lado duda que las piernas puedan siquiera sostenerla y, por otro, teme que sus hijas la tomen por loca. Además, ¿a dónde irían? No hay escondite posible: allá donde fuesen, el monstruo habría de hallarlas. Es por ello por lo que, tal y como solía hacer de niña ante semejante coyuntura, se limita a achicarse aún más bajo el edredón y aguardar en posición fetal la temida llegada, confiando en que con un poco de suerte pase de largo y no la haga daño.

           Sigue oyendo los pasos, cada vez más próximos y perturbadores, y a cada paso se va escurriendo más y más entre las sábanas, hasta llegar a introducirse enteramente bajo ellas, cabeza incluida. La cama es de grandes dimensiones, pero su eficacia como refugio, en caso de ser embestida por el monstruo, es nula. Ella lo sabe. Lo de esconderse es meramente instintivo. Lo que en realidad le gustaría en ese momento es desvanecerse en el aire y convertirse en un ente etéreo, un hada estaría bien, o un simple espíritu, qué más da, cualquier cosa con tal de evaporarse y desaparecer.

           Es ese utópico anhelo de invisibilidad el que acapara su mente cuando de golpe se abre la puerta del dormitorio. Un grito ahogado, imperceptible más allá de las sábanas que la cubren, brota de entre sus labios resecos. Si tuviera un espejo a mano, vería que su piel se ha vuelto lívida, como un cadáver o una fantasmagórica figura de cera, pero no dispone de espejos y tiene además cerrados los ojos. No quiere en realidad mirar. Tampoco quiere pensar en nada, tener la mente en blanco sería lo ideal en esos momentos, evadir cualquier pensamiento para que con su fuga pudiese quedar asimismo diseccionado el terror que la invade. "Los monstruos no existen, los monstruos no existen", repite para sus adentros la habitual frase de su madre, recordando al propio tiempo el amparo de su voz cálida. Pero la realidad desmiente a esa voz. "Esta vez no, mamá, esta vez no es mi imaginación, el monstruo está aquí, justo ahí delante".

           Y justo en ese instante, como irrefutable prueba de tan terrible certeza, descorre el monstruo las ropas de cama y la destapa de un modo violento. Ella trata de hacerse la dormida, confiando en que así el intruso la deje en paz; pero tirita de miedo y eso la delata. El monstruo la observa, primero de lejos, luego aproximando hacia ella su repelente cabeza. Ella no puede soportarlo y, pese a que quiere seguir con los ojos cerrados, los abre y vuelve hacia él una mirada estremecida. El monstruo la mira a su vez y sonríe; sí, sonríe de manera perversa, mostrando sus afilados colmillos al hacerlo, y la mira con ojos extraviados, brillantes en la oscuridad, al tiempo que se agacha para acercarse un poco más. Una mano se posa sobre el hombro desnudo de ella, una mano fría, áspera, rugosa, una mano que la petrifica todavía más, el tacto de un reptil, y junto a ese tacto, aún más repelente, converge su olor, un hedor fétido que la ahoga hasta provocarle náuseas: el reptil apesta a sudor y de su boca escapa un aliento ácido, el típico hálito de borracho.

           Ella reza. Reza para que esta vez el monstruo no vuelva a pegarla y para que sus hijas, las hijas de ambos, del monstruo y ella, no se levanten y contemplen la escena.

3 comentarios:

María (Muriel) dijo...

Todos los terrores nocturnos de la infancia desaparecen cuando uno descubre que en la vida real, hay monstruos peores...

Cavaradossi dijo...

Es cierto que los hay. Las verdaderas pesadillas son las que acechan en el día a día.
Pasé un tiempo en un juzgado de violencia de género y fui testigo de verdaderos dramas en este tema.

María (Muriel) dijo...

La lástima es que solamente trascienda la violencia famliar cuando es de género. Pero esa es otra historia...