lunes, 16 de agosto de 2010

CARTA A UNA BRUJA (9)

           Hoy estuve en nuestro refugio, bruji, en ese paraje agreste al que tanto nos complace ir, nuestro retiro secreto, ese que sólo nosotros dos conocemos y en el con tanta fruición nos perdemos siempre que nuestras ocupaciones lo permiten. ¡Nuestro refugio, brujita, nuestro maravilloso y extraordinario refugio! ¡El físico albacea de nuestros sueños más sublimes! ¡Cuántas ya las veces en que nos hemos evadido juntos entre sus fragosos rincones! Alta sin duda la cifra que conforma dicha cuenta, no en vano se convirtió en nuestro punto de encuentro especial desde el momento mismo en que lo descubrimos. Y desde entonces allá que nos fugamos siempre que deseamos escapar de aquello que nos agobia, de los problemas cotidianos, de esos sinsabores que se empeñan en teñir de gris lo que debería ser azul, del peso de un mundo que a veces no pareciera sino forjado en plomo.

           Allí he pasado toda la tarde, dormitando, observando, soñando. Todo es perfecto en ese lugar, casi tan perfecto como tú misma. Y es curioso, porque pese a que tu cuerpo no reposara hoy junto al mío sobre la hierba, te sentía tan presente como si de verdad estuvieras a mi lado, como si el enclave entero hubiese quedado tan empapado de tu esencia, que ésta lo inundase todo, absolutamente todo. Porque tu presencia estaba en cada árbol, en los elegantes olmos, en los fornidos robles, en los cedros robustos y orgullosos, en los infatigables pinos, en los sólidos enebros, así como en el viento, también se percibía en el viento tu presencia, en cada soplo de ese viento que erizaba mi piel a su contacto, séricas caricias que me traían a la memoria la suavidad de tus manos cuando asimismo la recorren, y en cada trozo de grama, la misma grama, verde como los versos de Lorca, que tantas veces albergara nuestros cuerpos retozones, y en cada meandro del río, y en cada esquina, y en cada arista, y en cada una de las nubes que adoptando las más caprichosas formas atravesaban el cielo azul. En todos lados estabas tú, brujita. ¿Magia? Es evidente que sí, que hay mucho de magia en esa divina omnipresencia. Pero ¿acaso no es la magia la materia prima con la que se manejan las brujas? Tú eres magia en ti misma, mágica es tu esencia y mágico el ideal en que para mí te has convertido.

           Prodigioso también se me hizo el paso del tiempo, ralentizado de tal modo que no parecía sino que fuerzas ignotas frenaban su avance para que marcara un presente eterno. Así lo percibía yo al menos. Tumbado sobre el césped y con el pensamiento siempre en pleno vuelo, notaba que discurría con plácida lentitud, como suspendido en una especie de bucle estático, quizá contagiado del parsimonioso ritmo que marcaban las aguas del río contiguo, de un fluir tan sereno que se antojaban asimismo detenidas dentro del cauce que acogía su corriente, si bien, a diferencia del tiempo, las aguas se avivaban al fin y adoptaban un ritmo que llegaba a ser frenético en los instantes previos a precipitarse en cascada, como si percibieran que la caída estaba cerca y un vértigo repentino acelerara su marcha hacia el precipicio, instadas a volar como lo hacía el pensamiento mío.

           También yo, brujita, en sintonía con el entorno, advertía en mí mismo esa doble impresión de estar detenido y volando a la vez, detenido en lo que era el espacio físico, relajado, sereno, feliz, y al propio tiempo volando con la imaginación, repasando con la ayuda de ésta los momentos vividos allí a tu lado, únicos e inolvidables, sencillos como esferas, pero intensos como el mismo fuego. Evocaba tu cabeza reposando sobre mi regazo mientras yo acariciaba tu cabello y tú me hablabas de corrido refiriéndome tus sueños y anhelos, tus fobias y dudas, tus frustraciones y esperanzas, como si yo fuese tu psicoanalista. ¿Te acuerdas? Me encanta escucharte en esas confesiones, ser el confidente de los más profundos reductos de tu intimidad. Lo sabes, ¿verdad? Yo te contemplo absorto en tales ocasiones y al final, invariablemente, una sonrisa termina por dibujarse en mis labios, una sonrisa de ternura, de complicidad, de afecto. También rememoré nuestros baños en el río, el agua fría, la destemplanza de tu cuerpo desnudo al entrar en ella, esa carne de gallina que exhibía tu piel erizada, y el modo en que luego, poco a poco, ibas entrando en calor, hasta que todo tu organismo se sindicaba de tal forma con el agua que a mis ojos te convertías en sirena, una sirena plena de belleza y sensualidad. El agua y tú, bruji, qué estampa más seductora. ¡El agua de nuestro río! Nunca he visto un agua tan transparente. Parece cristal líquido.

           Contemplando esas aguas pasé también un agradable rato, en especial la cascada, que sé que es tu lugar preferido de todo el refugio, detalle éste que me hacía percibir aún más cercana tu presencia. Evoqué tu mirada embebecida cuando, alzada sobre cualquier promontorio, como una esfinge esculpida en la roca, observabas los cordones de agua precipitándose por la catarata y explotando luego, con un sonido bronco, como el bufido de un toro, en un turbión de diminutas gotas que allá abajo conformaban una espesa boira. Daba gusto contemplar tu rostro embelesado. Y más gusto todavía recrear la imagen de tu cuerpo desnudo cuando te daba por colocarte bajo ese mismo salto acuoso y, desplegados los brazos en cruz e izada al cielo la mirada, las gotas te salpicaban y se clavaban sobre tu epidermis como pequeños alfileres líquidos. ¿Puede acaso concebirse un grabado más próximo a la perfección que ese?

           Antes de irme, cuando ya comenzaba a ocultarse el manto rojo del poniente, estuve unos minutos recostado sobre el tronco de nuestro árbol preferido, la milenaria encina sobre cuya corteza hemos cincelado a navaja nuestros nombres. La verdad es que impresiona la majestuosidad que exhibe, la imponente amplitud de sus ramas, recias como venablos, que se disponen en forma de círculo, un perímetro verde a través del cual tamizados quedan los rayos del sol; el espectacular diámetro de su tronco, que sólo un gigante homérico o cervantino podría si acaso abarcar con sus brazos; sus raíces portentosas, hundidas hasta lo más profundo en el corazón de la tierra. Bajo su acogedor cobijo, volví a dejarme llevar por mis pensamientos. Pensé en... ¿En qué va a ser? ¿En qué puedo pensar cuando me hallo en este lugar único concebido como un sueño sólo para nosotros? Pensé en ti, claro, en todo lo que me transmites, en esas sensaciones increíbles que, brotando de tu alma, se introducen en la mía para agitarme dentro de un torbellino de emociones. Pensé en lo afortunado que soy porque los hados te trajeron a mi vida y llenaron así la mía de luz y de color. Pensé en ti, brujita, en qué si no. Y, al ritmo de estos pensamientos, las imágenes se sucedían en mi cabeza como en un caleidoscopio de nítidos cristales: mi bruja sonriéndome con timidez; mi bruja con las mejillas arreboladas ante un requiebro que le dedico; mi bruja soltándose las cintas de sus sandalias y aflorando sus pies livianos, como de niña, para chapotear en la orilla del agua; mi bruja salpicándome traviesa; mi bruja expuesta al sol, voluptuosa, divina, sensual, reverberando destellos de luz sobre el piercing que luce en el ombligo; mi bruja con los brazos extendidos y el rostro elevado hacia las nubes; mi bruja devorándome a besos. Mi bruja. Tú.

           Tentado estuve de llamarte para que vinieras, pero no me pareció oportuno. Sé que, aunque te pille lejos en la distancia, tú no habrías dudado en coger tu escoba y plantarte a mi lado en un abrir y cerrar de ojos. A un golpe de chas, como sueles decir entre risas. ¡Menuda eres tú! Pero, ya ves, a veces hasta soy sensato y en un arranque de realismo me dije que era en exceso precipitado, máxime teniendo en cuenta lo atareada que andas últimamente. Espero que sepas perdonarme el atrevimiento de haber venido sin ti.

           De todas formas, todo hay que decirlo, el refugio resulta menos deslumbrante si tú no estás en él. Digamos que es más estándar, más próximo a lo real y, por tanto, más alejado de la esfera de los sueños. Tú le aportas ese toque sobrenatural que, entonces sí, lo vuelve único e inigualable.... Aunque, como te referí antes, tu presencia, pese a que no te encontrarás allí físicamente, lo impregnaba todo.... Pero, claro, es sabido que tu presencia siempre viaja conmigo a donde quiera que yo vaya.

            Ah, que no se me olvide decírtelo, me tomé una tortilla de papas y un jarro de gazpacho. Te lo cuento porque sé lo mucho que te gusta.

C

2 comentarios:

María (Muriel) dijo...

"mi bruja sonriéndome con timidez; mi bruja con las mejillas arreboladas ante un requiebro que le dedico; mi bruja soltándose las cintas de sus sandalias y aflorando sus pies livianos, como de niña, para chapotear en la orilla del agua; mi bruja salpicándome traviesa; mi bruja expuesta al sol, voluptuosa, divina, sensual, reverberando destellos de luz sobre el pearcing que luce en el ombligo; mi bruja con los brazos extendidos y el rostro elevado hacia las nubes; mi bruja devorándome a besos. Mi bruja. Tú."

Preciosa anáfora inmersa en prosa, Cavara...
Por cierto, ¿no te habrá quedado un trocito de tortilla de papas por ahi?? Ya me has dado hambre, voy a buscar algo por la alacena...

Cavaradossi dijo...

Gracias, María, por tu comentario y por resaltar esa parte en concreto, que para mí es especialmente significativa.
En cuanto a la tortilla de papas, pues ahora me están entrando también a mí ganas de hincarle el diente a una. Qué hambre, chiquilla, jejeje.