lunes, 2 de agosto de 2010

CARTA A UNA BRUJA (8)

           ¿Qué tal, bruji? Pensaba yo esta mañana en lo doloroso que resulta enfrentarse a un espejo cuando entendemos que éste va a devolvernos una imagen ridícula de nosotros mismos. Doloroso y frustrante, qué duda cabe. Sin embargo, si lo pensamos de manera fría, para el espejo tú eres enteramente indiferente, un bulto más que se sitúa frente al cristal que constituye su esencia, y por ello retornará a tus ojos ni más ni menos que la imagen que tú hayas reflejado en él, sin mentiras ni subterfugios. Nadie hay más equitativo e insobornable que un espejo: sonríele y te sonreirá; ríe y te ofrecerá tu propia risa a cambio; pero, ay, muéstrale tu tristeza y te enseñará una imagen aciaga de ti mismo.

           Te cuento esto, bruji, porque ayer mismo estuve hablando con un amigo que afirmaba sentirse un fracasado. Yo trataba de convencerle de que no lo era, alabando para ello sus virtudes y restando importancia a sus carencias, y fue entonces cuando me soltó eso de que cada vez que se miraba al espejo, éste le devolvía una imagen ridícula de sí mismo.

           Se lamentaba mi amigo de las numerosas equivocaciones que había cometido en las decisiones tomadas a lo largo de su vida, y lo decía con un convencimiento tan absoluto, que sus palabras me provocaron una sacudida brutal. Quise quitarle hierro al asunto alegando que todos en ocasiones nos veíamos inevitablemente abocados a tomar decisiones muy difíciles, tan difíciles que lo que en realidad sucedía era que sus consecuencias, se resolviera al final lo que se resolviese, no podían de ningún modo dejarnos incólumes, siendo ineludible sufrir determinadas secuelas, si bien, continué diciéndole, lo importante era que una vez tomadas, se hubiese optado por un camino u otro, nuestra mirada permaneciera ya siempre adelante, incrustada en el horizonte al que la determinación adoptada nos condujese, puesto que volver la vista atrás, lejos de mitigar el posible dolor, no haría más que incrementarlo, como le estaba sucediendo justamente a él, y era por tanto contraproducente. Podrán si acaso elegirse diferentes caminos en el futuro, dado que éste, aún nonato, se presentará desnudo y habrá que ir vistiéndolo mediante nuevas decisiones, algunas de nuevo muy difíciles, pero lo que no será posible es retornar al ya transitado, pues, nos guste o no, el pasado resulta algo inamovible, y siendo así, ¿para qué atormentarnos volviendo los ojos hacia él?

           Quisiera creer que lo de este buen amigo sea sólo algo circunstancial, el paso por uno de esos días (o períodos) de borrasca durante los que todo se ve negro y a nuestro alrededor cerradas todas las puertas. Para esos periodos no alcanzo más solución que una buena dosis de estoicismo que nos permita atravesarlos con decoro y sobriedad, y aguardar con entereza a que concluya su tránsito, con la esperanza puesta en que pronto sean sustituidos por otros donde lo veamos todo bastante más despejado. Por mucho empeño que pongamos y por muchas que sean las bombillas que queramos encender, la noche no dejará de ser noche hasta que despunte el alba. Y poco más, disfrutar en cada momento de las pequeñas alegrías y saber que, como dice un proverbio ruso, caer está permitido, pero levantarse resulta del todo obligatorio.

           Me pregunto, no obstante, qué extraños mecanismos especulativos pueden en un momento concreto de nuestra vida hacer que en el pensamiento se instale, como una maldita evidencia, la imagen del propio fracaso. Supongo que no debe tratarse de una idea que venga de repente, sino que, por el contrario, se irá cociendo poco a poco dentro de la cabeza, no en vano implica en cierto modo una liquidación de la autoestima, y ese tipo de liquidaciones llevan su tiempo, de forma que actuará a semejanza de un corrosivo cáncer que paulatinamente fuera devastando los baluartes donde aquélla se guarecía, hasta completar así su labor destructiva. Por otro lado, no entiendo tampoco ese pánico que algunos tienen al fracaso. ¿Por qué? El fracaso no es de por sí algo indecoroso ni una fuente de vergüenza; sí que lo es, por el contrario, el hecho de no arriesgar jamás nada por miedo precisamente a ese fracaso. Vergonzoso es no intentar nunca satisfacer nuestros más entusiastas anhelos. Ahí radica el verdadero fracaso, en esa pusilanimidad que nos agarrota, que nos mantiene presos de un marasmo que convierte nuestra vida en un devenir insulso. Nos anestesiamos para evitar el dolor, sin darnos cuenta que de ese modo también evitamos vivir.

           Resulta también curioso que algunos de quienes, como mi amigo, se tildan a sí mismos de fracasados busquen al propio tiempo justificar sus adversidades achacándolas a la mala suerte. No niego que en determinados casos así sea, pues qué duda cabe que cuando Fortuna decide hacer girar su rueda tiende a ser caprichosa, a veces incluso cruel, jugando con nuestros destinos como un titiritero pudiera hacerlo con sus marionetas. Los griegos sabían mucho de eso. Te recomiendo, bruji, que leas a Sófocles para ilustrarte de cómo los albures pueden llegar a moldear nuestras frágiles vidas. Sin embargo, me temo que la mayoría de las veces culpabilizar al azar no sea sino un sofisma con el que pretender disculpar errores propios.

           Por lo que a mí respecta, aun lejos de menospreciar esa posible influencia que en ocasiones puedan tener los hados sobre el destino de cada uno, creo que es a nosotros mismos a quienes en general incumbe escribir nuestra propia historia. Eso no significa, sin embargo, que seamos los únicos personajes que la pueblan, de tal manera que decisiones ajenas pueden conducir nuestros pasos tanto o más que las propias, por más que la historia sea la nuestra. De un modo u otro, con mayor o menor intensidad, nuestra vida está interconectada con todas las demás vidas, y todas y cada una de ellas pueden dejar en un momento dado un rastro, más o menos grande, de influencia en la nuestra. Lo interesante es procurar que nuestra huella, la marcada por nuestros propios pies, sea la más profunda de todas, que no pasemos de puntillas por el escenario donde se desarrolla nuestra propia existencia, cual pasivo auditorio de un mundo que gira ante nuestros ojos, sino que terciemos activamente en su propio movimiento. En definitiva, no basta con existir. ¡Hay que vivir! Esa es la meta. Vivir. Y para vivir es necesario tanto establecer hábitos como, al propio tiempo, ampliar horizontes, tantear a la búsqueda de cosas nuevas que puedan satisfacernos, ensayar continuamente, por más que los ensayos puedan a veces desembocar en errores, en caídas de las que deriven luego dolorosas fracturas emocionales. Pero la vida está precisamente llena de caídas y, créeme, casi siempre es posible levantarse. ¡Vivir! Vivir, por lo tanto, aun cometiendo errores, pues al fin y al cabo éstos conforman los capítulos de nuestra vida tanto como puedan hacerlo los aciertos, de tal suerte que tampoco hay que lamentarse en exceso por su comisión. Sólo lo justo. No olvidemos que los errores acostumbran a ser mucho mejores maestros que los aciertos. Además, las lamentaciones suelen servir de poco, a lo sumo como desahogo, gritos con los que momentáneamente expulsar los demonios empecinados en poseernos, pero poco más, un mero alivio circunstancial. En todo caso, cuidado con convertir ese lamento, ese grito, en un perenne llanto que paralice nuestro fluir por este río al que hemos dado en llamar vida. Eso sí que sería un craso error. Yo prefiero ser de aquellos que luchan por construir algo nuevo, por hacer cosas, no limitarme al papel de mero espectador contemplativo, y ello pese a ser consciente de que cualquier propósito, incluso los más loables, puede no llegar a materializarse jamás. No sé, quizá ese sea el secreto para poder mirarnos al espejo sin miedo a que éste nos devuelva una imagen malcarada.

           Oye, me pregunto por qué coño te estoy contando ahora todo esto. La verdad es que nunca hasta hoy te había escrito una carta tan llena de pensamientos pseudo filosóficos. Menudo tostonazo, pensarás, y con toda la razón del mundo. Anda, perdóname, por fa…


C

2 comentarios:

María (Muriel) dijo...

¡jajaja!!! seguro que la brujita te perdonará, porque de tostón, nada...

Oye, te equivocas, los espejos son entes con muy mala leche, que lo sepas; te devuelven la imagen invertida, y uno va por el mundo pensando que es del revés.

Bueno... no hay fracaso absoluto, del mismo modo que no hay dicha absoluta... supongo.

Cavaradossi dijo...

Sí, tienes razón, María, no existe nada que sea absoluto, y eso sí que es absolutamente cierto. :-)