martes, 24 de agosto de 2010

A UNOS OJOS MARRONES


Punzadores y frescos como una rosa
son los ojos audaces que me contemplan;
pestañas infinitas actúan de orla,
como un dosel curvado de brunas hebras.

Retozan remolones mientras se agitan
en la órbita nívea que los encierra.
Dos fanales que lucen echando chispas
son los ojos marrones que me embelesan.

Marrones las pupilas arrebatadas,
del color de la tierra en prístina esencia,
dos veneros copiosos, dos alfaguaras
donde beben mis sueños con vehemencia.

En sus globos radiantes como la luna
reverberan las luces de mil estrellas,
y se abren y cierran, ostras astutas,
revelando el tesoro de sus dos perlas.

Y se abren y cierran con pestañeos
cuando, desafiantes, miran de cerca,
dos fanales con chispas, coqueto gesto
que a la efusión provoca con sutileza.

Para la boca un beso me están pidiendo
esos ojos marrones que me sublevan,
y a sus labios vibrantes los míos acerco
para en un beso eterno fundirme en ella.

Si de soslayo miran, algo de burla
pareciese que brota de ambas esferas,
burla que hechiza, celada oscura
cuyo poder destaza cualquier defensa.

Dos bahías son de profundas aguas,
crisol de ensueños, luz de quimeras,
aguas tranquilas en las que atraca
el navío albo que a mí me lleva.

Prodigioso el arcano de esas retinas,
en cuya luz riela la blanca luna.
Me asomo a ellas y me hipnotizan,
cautivo quedo bajo su férula.

Fulgentes e incitantes como una joya
son las ígneas antorchas que mi alma incendian;
las miro atónito; un guiño forjan,
y en lozana sonrisa mis labios vuelan.

lunes, 16 de agosto de 2010

CARTA A UNA BRUJA (9)

           Hoy estuve en nuestro refugio, bruji, en ese paraje agreste al que tanto nos complace ir, nuestro retiro secreto, ese que sólo nosotros dos conocemos y en el con tanta fruición nos perdemos siempre que nuestras ocupaciones lo permiten. ¡Nuestro refugio, brujita, nuestro maravilloso y extraordinario refugio! ¡El físico albacea de nuestros sueños más sublimes! ¡Cuántas ya las veces en que nos hemos evadido juntos entre sus fragosos rincones! Alta sin duda la cifra que conforma dicha cuenta, no en vano se convirtió en nuestro punto de encuentro especial desde el momento mismo en que lo descubrimos. Y desde entonces allá que nos fugamos siempre que deseamos escapar de aquello que nos agobia, de los problemas cotidianos, de esos sinsabores que se empeñan en teñir de gris lo que debería ser azul, del peso de un mundo que a veces no pareciera sino forjado en plomo.

           Allí he pasado toda la tarde, dormitando, observando, soñando. Todo es perfecto en ese lugar, casi tan perfecto como tú misma. Y es curioso, porque pese a que tu cuerpo no reposara hoy junto al mío sobre la hierba, te sentía tan presente como si de verdad estuvieras a mi lado, como si el enclave entero hubiese quedado tan empapado de tu esencia, que ésta lo inundase todo, absolutamente todo. Porque tu presencia estaba en cada árbol, en los elegantes olmos, en los fornidos robles, en los cedros robustos y orgullosos, en los infatigables pinos, en los sólidos enebros, así como en el viento, también se percibía en el viento tu presencia, en cada soplo de ese viento que erizaba mi piel a su contacto, séricas caricias que me traían a la memoria la suavidad de tus manos cuando asimismo la recorren, y en cada trozo de grama, la misma grama, verde como los versos de Lorca, que tantas veces albergara nuestros cuerpos retozones, y en cada meandro del río, y en cada esquina, y en cada arista, y en cada una de las nubes que adoptando las más caprichosas formas atravesaban el cielo azul. En todos lados estabas tú, brujita. ¿Magia? Es evidente que sí, que hay mucho de magia en esa divina omnipresencia. Pero ¿acaso no es la magia la materia prima con la que se manejan las brujas? Tú eres magia en ti misma, mágica es tu esencia y mágico el ideal en que para mí te has convertido.

           Prodigioso también se me hizo el paso del tiempo, ralentizado de tal modo que no parecía sino que fuerzas ignotas frenaban su avance para que marcara un presente eterno. Así lo percibía yo al menos. Tumbado sobre el césped y con el pensamiento siempre en pleno vuelo, notaba que discurría con plácida lentitud, como suspendido en una especie de bucle estático, quizá contagiado del parsimonioso ritmo que marcaban las aguas del río contiguo, de un fluir tan sereno que se antojaban asimismo detenidas dentro del cauce que acogía su corriente, si bien, a diferencia del tiempo, las aguas se avivaban al fin y adoptaban un ritmo que llegaba a ser frenético en los instantes previos a precipitarse en cascada, como si percibieran que la caída estaba cerca y un vértigo repentino acelerara su marcha hacia el precipicio, instadas a volar como lo hacía el pensamiento mío.

           También yo, brujita, en sintonía con el entorno, advertía en mí mismo esa doble impresión de estar detenido y volando a la vez, detenido en lo que era el espacio físico, relajado, sereno, feliz, y al propio tiempo volando con la imaginación, repasando con la ayuda de ésta los momentos vividos allí a tu lado, únicos e inolvidables, sencillos como esferas, pero intensos como el mismo fuego. Evocaba tu cabeza reposando sobre mi regazo mientras yo acariciaba tu cabello y tú me hablabas de corrido refiriéndome tus sueños y anhelos, tus fobias y dudas, tus frustraciones y esperanzas, como si yo fuese tu psicoanalista. ¿Te acuerdas? Me encanta escucharte en esas confesiones, ser el confidente de los más profundos reductos de tu intimidad. Lo sabes, ¿verdad? Yo te contemplo absorto en tales ocasiones y al final, invariablemente, una sonrisa termina por dibujarse en mis labios, una sonrisa de ternura, de complicidad, de afecto. También rememoré nuestros baños en el río, el agua fría, la destemplanza de tu cuerpo desnudo al entrar en ella, esa carne de gallina que exhibía tu piel erizada, y el modo en que luego, poco a poco, ibas entrando en calor, hasta que todo tu organismo se sindicaba de tal forma con el agua que a mis ojos te convertías en sirena, una sirena plena de belleza y sensualidad. El agua y tú, bruji, qué estampa más seductora. ¡El agua de nuestro río! Nunca he visto un agua tan transparente. Parece cristal líquido.

           Contemplando esas aguas pasé también un agradable rato, en especial la cascada, que sé que es tu lugar preferido de todo el refugio, detalle éste que me hacía percibir aún más cercana tu presencia. Evoqué tu mirada embebecida cuando, alzada sobre cualquier promontorio, como una esfinge esculpida en la roca, observabas los cordones de agua precipitándose por la catarata y explotando luego, con un sonido bronco, como el bufido de un toro, en un turbión de diminutas gotas que allá abajo conformaban una espesa boira. Daba gusto contemplar tu rostro embelesado. Y más gusto todavía recrear la imagen de tu cuerpo desnudo cuando te daba por colocarte bajo ese mismo salto acuoso y, desplegados los brazos en cruz e izada al cielo la mirada, las gotas te salpicaban y se clavaban sobre tu epidermis como pequeños alfileres líquidos. ¿Puede acaso concebirse un grabado más próximo a la perfección que ese?

           Antes de irme, cuando ya comenzaba a ocultarse el manto rojo del poniente, estuve unos minutos recostado sobre el tronco de nuestro árbol preferido, la milenaria encina sobre cuya corteza hemos cincelado a navaja nuestros nombres. La verdad es que impresiona la majestuosidad que exhibe, la imponente amplitud de sus ramas, recias como venablos, que se disponen en forma de círculo, un perímetro verde a través del cual tamizados quedan los rayos del sol; el espectacular diámetro de su tronco, que sólo un gigante homérico o cervantino podría si acaso abarcar con sus brazos; sus raíces portentosas, hundidas hasta lo más profundo en el corazón de la tierra. Bajo su acogedor cobijo, volví a dejarme llevar por mis pensamientos. Pensé en... ¿En qué va a ser? ¿En qué puedo pensar cuando me hallo en este lugar único concebido como un sueño sólo para nosotros? Pensé en ti, claro, en todo lo que me transmites, en esas sensaciones increíbles que, brotando de tu alma, se introducen en la mía para agitarme dentro de un torbellino de emociones. Pensé en lo afortunado que soy porque los hados te trajeron a mi vida y llenaron así la mía de luz y de color. Pensé en ti, brujita, en qué si no. Y, al ritmo de estos pensamientos, las imágenes se sucedían en mi cabeza como en un caleidoscopio de nítidos cristales: mi bruja sonriéndome con timidez; mi bruja con las mejillas arreboladas ante un requiebro que le dedico; mi bruja soltándose las cintas de sus sandalias y aflorando sus pies livianos, como de niña, para chapotear en la orilla del agua; mi bruja salpicándome traviesa; mi bruja expuesta al sol, voluptuosa, divina, sensual, reverberando destellos de luz sobre el piercing que luce en el ombligo; mi bruja con los brazos extendidos y el rostro elevado hacia las nubes; mi bruja devorándome a besos. Mi bruja. Tú.

           Tentado estuve de llamarte para que vinieras, pero no me pareció oportuno. Sé que, aunque te pille lejos en la distancia, tú no habrías dudado en coger tu escoba y plantarte a mi lado en un abrir y cerrar de ojos. A un golpe de chas, como sueles decir entre risas. ¡Menuda eres tú! Pero, ya ves, a veces hasta soy sensato y en un arranque de realismo me dije que era en exceso precipitado, máxime teniendo en cuenta lo atareada que andas últimamente. Espero que sepas perdonarme el atrevimiento de haber venido sin ti.

           De todas formas, todo hay que decirlo, el refugio resulta menos deslumbrante si tú no estás en él. Digamos que es más estándar, más próximo a lo real y, por tanto, más alejado de la esfera de los sueños. Tú le aportas ese toque sobrenatural que, entonces sí, lo vuelve único e inigualable.... Aunque, como te referí antes, tu presencia, pese a que no te encontrarás allí físicamente, lo impregnaba todo.... Pero, claro, es sabido que tu presencia siempre viaja conmigo a donde quiera que yo vaya.

            Ah, que no se me olvide decírtelo, me tomé una tortilla de papas y un jarro de gazpacho. Te lo cuento porque sé lo mucho que te gusta.

C

lunes, 2 de agosto de 2010

CARTA A UNA BRUJA (8)

           ¿Qué tal, bruji? Pensaba yo esta mañana en lo doloroso que resulta enfrentarse a un espejo cuando entendemos que éste va a devolvernos una imagen ridícula de nosotros mismos. Doloroso y frustrante, qué duda cabe. Sin embargo, si lo pensamos de manera fría, para el espejo tú eres enteramente indiferente, un bulto más que se sitúa frente al cristal que constituye su esencia, y por ello retornará a tus ojos ni más ni menos que la imagen que tú hayas reflejado en él, sin mentiras ni subterfugios. Nadie hay más equitativo e insobornable que un espejo: sonríele y te sonreirá; ríe y te ofrecerá tu propia risa a cambio; pero, ay, muéstrale tu tristeza y te enseñará una imagen aciaga de ti mismo.

           Te cuento esto, bruji, porque ayer mismo estuve hablando con un amigo que afirmaba sentirse un fracasado. Yo trataba de convencerle de que no lo era, alabando para ello sus virtudes y restando importancia a sus carencias, y fue entonces cuando me soltó eso de que cada vez que se miraba al espejo, éste le devolvía una imagen ridícula de sí mismo.

           Se lamentaba mi amigo de las numerosas equivocaciones que había cometido en las decisiones tomadas a lo largo de su vida, y lo decía con un convencimiento tan absoluto, que sus palabras me provocaron una sacudida brutal. Quise quitarle hierro al asunto alegando que todos en ocasiones nos veíamos inevitablemente abocados a tomar decisiones muy difíciles, tan difíciles que lo que en realidad sucedía era que sus consecuencias, se resolviera al final lo que se resolviese, no podían de ningún modo dejarnos incólumes, siendo ineludible sufrir determinadas secuelas, si bien, continué diciéndole, lo importante era que una vez tomadas, se hubiese optado por un camino u otro, nuestra mirada permaneciera ya siempre adelante, incrustada en el horizonte al que la determinación adoptada nos condujese, puesto que volver la vista atrás, lejos de mitigar el posible dolor, no haría más que incrementarlo, como le estaba sucediendo justamente a él, y era por tanto contraproducente. Podrán si acaso elegirse diferentes caminos en el futuro, dado que éste, aún nonato, se presentará desnudo y habrá que ir vistiéndolo mediante nuevas decisiones, algunas de nuevo muy difíciles, pero lo que no será posible es retornar al ya transitado, pues, nos guste o no, el pasado resulta algo inamovible, y siendo así, ¿para qué atormentarnos volviendo los ojos hacia él?

           Quisiera creer que lo de este buen amigo sea sólo algo circunstancial, el paso por uno de esos días (o períodos) de borrasca durante los que todo se ve negro y a nuestro alrededor cerradas todas las puertas. Para esos periodos no alcanzo más solución que una buena dosis de estoicismo que nos permita atravesarlos con decoro y sobriedad, y aguardar con entereza a que concluya su tránsito, con la esperanza puesta en que pronto sean sustituidos por otros donde lo veamos todo bastante más despejado. Por mucho empeño que pongamos y por muchas que sean las bombillas que queramos encender, la noche no dejará de ser noche hasta que despunte el alba. Y poco más, disfrutar en cada momento de las pequeñas alegrías y saber que, como dice un proverbio ruso, caer está permitido, pero levantarse resulta del todo obligatorio.

           Me pregunto, no obstante, qué extraños mecanismos especulativos pueden en un momento concreto de nuestra vida hacer que en el pensamiento se instale, como una maldita evidencia, la imagen del propio fracaso. Supongo que no debe tratarse de una idea que venga de repente, sino que, por el contrario, se irá cociendo poco a poco dentro de la cabeza, no en vano implica en cierto modo una liquidación de la autoestima, y ese tipo de liquidaciones llevan su tiempo, de forma que actuará a semejanza de un corrosivo cáncer que paulatinamente fuera devastando los baluartes donde aquélla se guarecía, hasta completar así su labor destructiva. Por otro lado, no entiendo tampoco ese pánico que algunos tienen al fracaso. ¿Por qué? El fracaso no es de por sí algo indecoroso ni una fuente de vergüenza; sí que lo es, por el contrario, el hecho de no arriesgar jamás nada por miedo precisamente a ese fracaso. Vergonzoso es no intentar nunca satisfacer nuestros más entusiastas anhelos. Ahí radica el verdadero fracaso, en esa pusilanimidad que nos agarrota, que nos mantiene presos de un marasmo que convierte nuestra vida en un devenir insulso. Nos anestesiamos para evitar el dolor, sin darnos cuenta que de ese modo también evitamos vivir.

           Resulta también curioso que algunos de quienes, como mi amigo, se tildan a sí mismos de fracasados busquen al propio tiempo justificar sus adversidades achacándolas a la mala suerte. No niego que en determinados casos así sea, pues qué duda cabe que cuando Fortuna decide hacer girar su rueda tiende a ser caprichosa, a veces incluso cruel, jugando con nuestros destinos como un titiritero pudiera hacerlo con sus marionetas. Los griegos sabían mucho de eso. Te recomiendo, bruji, que leas a Sófocles para ilustrarte de cómo los albures pueden llegar a moldear nuestras frágiles vidas. Sin embargo, me temo que la mayoría de las veces culpabilizar al azar no sea sino un sofisma con el que pretender disculpar errores propios.

           Por lo que a mí respecta, aun lejos de menospreciar esa posible influencia que en ocasiones puedan tener los hados sobre el destino de cada uno, creo que es a nosotros mismos a quienes en general incumbe escribir nuestra propia historia. Eso no significa, sin embargo, que seamos los únicos personajes que la pueblan, de tal manera que decisiones ajenas pueden conducir nuestros pasos tanto o más que las propias, por más que la historia sea la nuestra. De un modo u otro, con mayor o menor intensidad, nuestra vida está interconectada con todas las demás vidas, y todas y cada una de ellas pueden dejar en un momento dado un rastro, más o menos grande, de influencia en la nuestra. Lo interesante es procurar que nuestra huella, la marcada por nuestros propios pies, sea la más profunda de todas, que no pasemos de puntillas por el escenario donde se desarrolla nuestra propia existencia, cual pasivo auditorio de un mundo que gira ante nuestros ojos, sino que terciemos activamente en su propio movimiento. En definitiva, no basta con existir. ¡Hay que vivir! Esa es la meta. Vivir. Y para vivir es necesario tanto establecer hábitos como, al propio tiempo, ampliar horizontes, tantear a la búsqueda de cosas nuevas que puedan satisfacernos, ensayar continuamente, por más que los ensayos puedan a veces desembocar en errores, en caídas de las que deriven luego dolorosas fracturas emocionales. Pero la vida está precisamente llena de caídas y, créeme, casi siempre es posible levantarse. ¡Vivir! Vivir, por lo tanto, aun cometiendo errores, pues al fin y al cabo éstos conforman los capítulos de nuestra vida tanto como puedan hacerlo los aciertos, de tal suerte que tampoco hay que lamentarse en exceso por su comisión. Sólo lo justo. No olvidemos que los errores acostumbran a ser mucho mejores maestros que los aciertos. Además, las lamentaciones suelen servir de poco, a lo sumo como desahogo, gritos con los que momentáneamente expulsar los demonios empecinados en poseernos, pero poco más, un mero alivio circunstancial. En todo caso, cuidado con convertir ese lamento, ese grito, en un perenne llanto que paralice nuestro fluir por este río al que hemos dado en llamar vida. Eso sí que sería un craso error. Yo prefiero ser de aquellos que luchan por construir algo nuevo, por hacer cosas, no limitarme al papel de mero espectador contemplativo, y ello pese a ser consciente de que cualquier propósito, incluso los más loables, puede no llegar a materializarse jamás. No sé, quizá ese sea el secreto para poder mirarnos al espejo sin miedo a que éste nos devuelva una imagen malcarada.

           Oye, me pregunto por qué coño te estoy contando ahora todo esto. La verdad es que nunca hasta hoy te había escrito una carta tan llena de pensamientos pseudo filosóficos. Menudo tostonazo, pensarás, y con toda la razón del mundo. Anda, perdóname, por fa…


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