miércoles, 14 de julio de 2010

EL ROSTRO DEL PIRATA

           Desde poniente, el sol del trópico descargaba sus rayos como dorados sablazos, sofocando los cuerpos y minando con crueldad el ánimo de hombres y bestias; algunas gaviotas se dejaban caer en picado sobre la mar en busca de un fresco consuelo para tan flagelante ardentía, su revoleteo era por otro lado anuncio de la proximidad de tierra firme; y también los fondos coralinos, que teñían el agua de una tonalidad esmeralda, daban aviso de un propincuo fin del caribeño ponto, sobre cuyas olas no obstante, navegando a sotavento, iba deslizándose graciosamente, como si en realidad danzara sobre la líquida superficie, la fragata Santa Isabel, tendidas al viento todas sus velas. En cubierta una continua y agitada actividad testimoniaba el cercano devenir de importantes acontecimientos, la tripulación se afanaba duramente en sus diversos cometidos, espoleada por estentóreas voces que hendían el aire con órdenes, blasfemias y juramentos de la más variopinta índole, entrecruzados todos ellos en lo que venía a ser un desquiciado pandemónium; una singular inquietud parecía flotar en el ambiente, coloreando de ciertos tintes de ansiedad el semblante de aquellos hombres bizarros y curtidos, sobre cuyos torsos, desnudos en su mayoría, el sudor trazaba untuosos surcos, y de entre todos ellos parecían ser los artilleros quienes acaparaban la mayor parte de ese alocado tráfago, dejando reflejar su alteración aun mientras con mimo aplicaban los escobillones en la limpieza de las sesenta y seis carronadas de la nave, soberbias piezas de bruñido acero donde reverberaba la luz del sol.

           Es en medio de toda esa batahola marinera cuando una escotilla se abre bajo el puente y de ella asoma un rostro atezado y de rasgos severos, abrupto rostro dotado de una expresión torva que no consiguen suavizar los ojos color endrino y sí recrudecer la brutal cicatriz, producto de una antigua cuchillada, que le cruza el mentón derecho, y siguiendo a esa cara angulosa y llena de fiereza, unida a ella por un cuello poblado de venas, aparece en cubierta la figura alta y enjuta, en parte estevada por el hábito ecuestre, del inglés Jack Turn, eximio capitán de la Santa Isabel. Son muy pocos, sin embargo, los que le conocen por ese nombre, pues para todo el mundo, incluida su propia tripulación, sigue siendo el temible Seisdedos, su nombre de guerra de antaño, cuando aún era un filibustero con patente de corso inglesa y sembraba el terror por todo el Caribe al mando de su carabela. Aquel apodo por el que era conocido obedecía a una deformidad de nacimiento que hizo que su mano izquierda contase con seis apéndices en lugar de los cinco habituales.

           El inglés lleva al cinto dos grandes pistolones y el sable sujeto por un tahalí de verde damasco, va tocado con un sombrero empenachado y embutido en una casaca roja de botones dorados que le confiere un cierto aire de bogavante; en su mano deforme conduce un látigo de ebúrneo mango y correa de cuero trenzado, la fusta con que suele azotar a la tripulación cuando ésta se muestra revoltosa o indolente. Sin embargo, en esta ocasión el truculento artefacto no va a restallar, al menos de momento, sobre las espaldas desnudas de los marineros, ya que el capitán, tras acercarse a la batayola, lo deja reposar sobre el hombro derecho y toma de manos de su contramaestre un catalejo para otear el horizonte, allá donde la tierra firme aparece ya como una franja purpúrea y los azules de mar y cielo se confunden en la pupila. La sonrisa que dibujan entonces los labios del capitán no obedece empero a este panorama aterciopelado, cuya belleza le pasa desapercibida, sino al hecho de columbrar, ¡por fin!, nítidamente perfilado en la distancia, el pabellón de la calavera blanca sobre fondo negro ondeando en el palo de mesana de la Hurricane, que navega en dirección a la costa. Un vigía apostado en la gavia había poco antes divisado la presa y hecho sonar la voz de alerta. Ahora sus propios ojos confirman la esperada nueva, y mientras ofrece su triunfal sonrisa a un auditorio de invisibles espectros, se relame pensando que pronto hundirá aquel bergantín en el océano y con él a su aborrecido capitán, aquel a quien todos llaman Fantasma. Su sed de venganza se verá de ese modo saciada y él podrá poner así fin a una pesadilla que ya se prolonga dos años, dos largos años en los que no ha hecho otra cosa que destilar odio y atravesar los mares en una persecución embrutecida.

           –Ya te tengo, mal nacido –murmuró en lo que apenas era un susurro, para acto seguido, extrayendo de su garganta una potente voz de trueno con la que arengar a sus hombres: –¡Todos a sus puestos y preparados para el combate! ¡Quiero que antes de que el sol se ponga, ese cascarón y los malditos carroñeros que lo tripulan estén en el fondo del mar haciendo compañía a los peces!

           Años atrás, Seisdedos era uno de los piratas más temidos en todo el Caribe, había saqueado y hundido un sinfín de galeones españoles y su perversidad no parecía conocer límite alguno. Decía en este sentido su leyenda que cuando lograba capturar un barco enemigo, quienes de sus adversarios perecían en el choque eran en realidad los más afortunados, toda vez que el resto, aquellos infelices que sobrevivían al pugnaz encuentro, estaban ineluctablemente condenados a padecer toda su sevicia. De él se contaban auténticas atrocidades, como que se complacía manteniendo a sus prisioneros días y noches enteras suspendidos de los mástiles por los pulgares, hasta que, tras una larga agonía, morían de sed o de asfixia; o que gustaba de abrir sus entrañas a cuchilladas para luego elaborar macabras correas con las tripas, o también que asaba a fuego lento a sus víctimas y después se las comía en pantagruélicos festines de caníbal. Pese a todo, la mayor parte de estos espeluznantes registros no se correspondían con la realidad, y aunque era cierto que la misericordia no se hallaba entre sus cualidades más señeras y que rara vez aplicaba razones humanitarias al tratar con sus enemigos, también lo era que apreciaba sinceramente el valor y la audacia ajenas, en base sobre todo a su propia idiosincrasia valerosa y audaz, y que, por eso mismo, no gustaba de ensañarse con los vencidos que habían demostrado arrojo en la batalla, ni aun siquiera con los cobardes y medrosos, y a todos ellos solía aplicarles un mismo e invariable castigo: arrojarlos por la borda atados de pies y manos, al más puro estilo corsario, para que bajo la undosa superficie azul su último hálito dieran; pero sin recrearse casi nunca en crueldades gratuitas. Eso sí, tampoco hacía esfuerzo alguno para desmentir ese apócrifo mito de hombre nefario y desalmado construido en torno a su persona, no en vano servíale de gran ayuda a la hora de afrontar a sus contrincantes, quienes, sin duda influenciados por tanta fábula hiperbolizada, quedaban ante su sola presencia poco menos que paralizados, poseídos de un terror visceral que impedía dotar de la necesaria coherencia a sus órdenes y movimientos en la refriega, de tal suerte que aquel marasmo bastaba por sí solo y casi siempre para que antes de empezar la lucha ya saliesen derrotados.

           Sin embargo, y para general asombro, cuando mayor era la nombradía alcanzada por Seisdedos, éste abandonó la protección de la corona británica, que hasta entonces había patentado todas sus correrías, y se alió con la española, a la que ofrendó su barco, tripulación incluida (que fue sin fórmula de juicio ahorcada en la arboladura de aquél), a cambio de dos únicas concesiones: el indulto personal para él y el mando de una fragata con la que guerrear contra los miembros de su antiguo sindicato del saqueo y la rapiña. Nadie supo jamás la causa real de esta defección, pese a que la opinión generalizada la atribuía erróneamente a la codicia que despertara en Seisdedos el dinero ofrecido por los españoles; en toco caso, su traición y el hecho de transformarse en un azote para ellos, acabaron convirtiéndolo en el ente más odiado entre corsarios, bucaneros, piratas y filibusteros de todos los mares del Sur. A él, no obstante, esta ojeriza de sus antiguos correligionarios le traía totalmente sin cuidado, lo importante era que capitaneaba una de las fragatas mejor dotadas de la flota española, treinta y tres cañones a babor y otros treinta y tres a estribor, suficientes para llevar a cabo el objetivo que en su magín se marcara, que no era otro que hacer que la Hurricane y su odiado capitán se reuniesen en lo más profundo del piélago con las huestes de Neptuno.

           De pretender indagar la verdadera génesis de tan insólita metamorfosis, hay que empezar por retroceder en el tiempo, más de dos años, y ubicarse luego en un concreto espacio, la isla Tortuga, uno de esos inexpugnables parajes que servían de refugio a la piratería tras las luengas jornadas de mar y brega que componían su ordinario devenir, templo de asueto y desenfreno, madriguera de piratas donde éstos sostenían desaforadas saturnales en las que el ron, el sexo y las apuestas revestidas de baladronadas y juramentos, alegraban la existencia de aquellos hombres duros y curtidos por el sol de mil océanos. En esa solitaria isla, como también en muchas otras de las que salpicaban el trópico, estos reyes del pillaje y sempiternos súbditos de la mar se abandonaban día y noche a la anárquica férula de sus propios instintos, a cuya soberana jurisdicción sometíanse con ardoroso deleite; allí podían beber sin recato alguno, apostar como botarates, blasfemar hasta perder la voz en sus imprecaciones, danzar hasta quedar exhaustos, aullar como lobos, reír como dementes..., y hasta fornicar con las antillanas sobre el propio suelo terroso de la taberna de turno, sin ningún pudor, en el seno de una bullaranga estrepitosa y envueltos por una atmósfera anegada de vapores de ron y vino, la más apropiada sin duda para el desenvolvimiento y solaz de aquella cáfila de rufianes.

           Por aquel tiempo era bastante usual toparse con Seisdedos y sus hombres en Isla Tortuga, participando de esas parrandas inacabables con las que los piratas se solían obsequiar en su incombustible ansia por hacer rápido despilfarro del botín ganado, sabedores de que para ello el día de mañana era algo muy incierto y que en la otra vida, de haberla, nadie podría ya redimirles de su condición de réprobos. Ese era su estilo de vida, el que Seisdedos había aceptado de buena gana y al que habría sido fiel hasta la muerte de no haber conocido, precisamente en uno de esos días de jarana, a Jazmín. Seisdedos estaba sentado a una mesa de viejo roble con dos de sus compinches, jugando naipes y bebiendo guarapo fermentado, cuando la vio por primera vez. Era una mujer joven, posiblemente de no más de veintidós primaveras, de piel mórbida y formas ondulantes, una mujer cuya belleza de adolescente florecía como los narcisos en los parterres versallescos. El fiero pirata la miró y quedó al instante hipnotizado por aquellos ojos que coruscaban como dos aljófares y que le envolvieron en su mirada azul. Nunca antes la había visto por allí, su cabello bermejo, corto como el de un hombre, y el tono albo de su piel, contrastaban con las brunas guedejas y la atezada epidermis de las féminas que por esos lares menudeaban; pero a nadie quiso preguntar por su procedencia, simplemente se levantó de su asiento y con paso vacilante se aproximó a ella, cautivo en sus ojos, fascinado ante la mirífica visión que a los suyos se ofrecía, aturdido como nunca recordaba haberlo estado, y al momento preso del embrujo que en su alma suscitó la sonrisa que los labios de la efeba, finos y rosados, le ofrecieron de improviso, una sonrisa dulce y sensual al mismo tiempo, inocente y provocativa, sutil y enigmática, la seducción hecha sonrisa, y mientras sus acolchadas piernas le iban conduciendo hacia ella, el hasta entonces terror de los mares fue consciente de que cada uno de esos pasos estaba siendo heraldo del inminente fin de sus días como lobo solitario, pues, de sobra lo sabía, ya nunca podría sustraerse al influjo de aquella hembra de rostro angelical y dientes blancos como el marfil.

           Seisdedos siempre fue, dicho sea dentro de un estricto plano emocional, un hombre ríspido y en extremo frío, alguien insensible al amor y, en general, a toda clase de sentimiento afectivo, dotado de una displicente naturaleza que de antemano le predisponía a reprimir cualquier muestra de ternura o de cariño, vocablos estos que, por otra parte, no eran a su juicio sino meros eufemismos con los que designar una encubierta y más que peligrosa debilidad. Pocas eran en verdad las personas a las que, siquiera en restringidas ocasiones, manifestó alguna clase de apego, con la excepción si acaso de su hermano menor, quien durante tres largos años compartió a su lado la aventura pirata, ocupando en su carabela el rango de primer lugarteniente, tan sólo por debajo en el organigrama jerárquico del propio Seisdedos; fue este hermano el único que logró extraer de su seca coraza alguna que otra gota de afecto, frente a él por lo menos se hacían más anómalas las ocasiones en que sacaba a relucir su en otro caso habitual rudeza, e incluso de vez en cuando se dejaba sorprender en originales plantes de amabilidad o simpatía. Sin embargo, este vínculo consanguíneo vino a romperse el día en que el menor de los Turn desapareció en Maracaibo sin dejar huella, salvo una escueta nota dirigida a su hermano y capitán donde le explicaba que se sentía hastiado de morar a su sombra y decidido a abrir por su cuenta nuevos horizontes, para terminar suplicándole que se abstuviera de acudir en su búsqueda. Nada más volvió a saberse de él, hubo quien dijo que, cansado de su existencia ambulante, intentó echar raíces tierra adentro, lo más alejado posible de todo cuanto oliese a mar; otros, en cambio, que acabó enrolándose en un barco mercante que traficaba con esclavos africanos, y hasta quien afirmaba que murió en la India consumido por el cólera. Seisdedos se negó en redondo a hablar más de aquel hermano que de forma tan intempestiva le abandonara, incluso prohibió que se mencionase su nombre en presencia suya; para él no era más que un repugnante desertor que a todos los efectos había muerto ese aciago día en Maracaibo, por lo que se propuso borrarle para siempre de su memoria, y a fe que lo consiguió, si bien no pudo evitar que como resabio de aquel desengaño le quedase una agria secuela en el carácter, volviéndose todavía mucho más desabrido y hosco de lo que de por sí era.

           En cuanto a sus tratos con el sexo opuesto, éstos se habían limitado, hasta aquel glorioso día en que conoció a Jazmín, a circunstanciales aproximaciones a prostitutas u otras mujeres de muslo fácil, amores de paso que, una vez remunerados, a nada más obligaban, pues nacían y morían libres de cualquier tipo de compromiso o atadura ética, tan sólo en definitiva furtivos encuentros con los que burlar a los demonios de la soledad y apaciguar la picazón que en las carnes de los de su oficio provocaban esos dilatados períodos de obligada continencia oceánica. Prefería además que sus ocasionales compañeras de lecho poseyesen un físico anodino y, por así decirlo, mediocre, o al menos que no fuesen de una belleza arrebatadora, inclinación ésta que obedecía no a una peripatética atrofia de sus apetencias carnales o a irregulares trastornos de anafrodisia, sino más bien a sopesadas razones de prudencia, ya que sentía una desconfianza sistemática hacia las hembras demasiado atractivas, de las que acostumbraba a huir como si de crótalos se tratara, fiel a la vieja advertencia de que las palabras de una doncella hermosa pueden, al tiempo que acarician el oído, embaucar el entendimiento.

           No obstante, esa mujer en concreto, la más bella que jamás viese y de la que no llegó a conocer siquiera su verdadero nombre (ella se limitó a rogarle que la llamase Jazmín, por asegurar ser ésta su flor predilecta), consiguió desbastar su hierática naturaleza y avivó en él el fuego de una pasión incombustible, un fuego que desde el primer beso que sus labios intercambiaron supo que ya nunca habría de apagarse. Este férvido sentimiento produjo en el organismo del bucanero perturbaciones químicas de lo más alienantes, a veces su espíritu se sentía sosegado y sereno como un mar en calma, libre de toda inquietud, engullido por la felicidad sin restricciones que la presencia a su lado de Jazmín le concedía, lejos quedaban entonces las ansiedades propias de su situación de proscrito, en precario equilibrio sobre el buido borde de una doble condición de depredador insaciable y posible presa de quienes a su cabeza precio habían puesto, lejos también su temperamento atrabiliario y huraño, sustituido por la dócil bisoñez de una renacida y nunca antes gozada primera juventud, lejos su habitual impaciencia, su perenne desazón, sus recelos hacia todo aquello que le rodeaba; pero otras veces le sobrevenía una angustia que deparaba en su pecho una opresión brutal, como si cien alfanas salvajes se hubiesen puesto repentinamente a galopar dentro de él, enloquecidas, piafando nerviosas sobre sus órganos internos hasta hacerle perder la respiración, machucándole el alma con sus acerados cascos, y entonces se sentía sobrecogido y pusilánime, como el corito infante que, trémulo, emite su primer vagido, asolado el ánimo por una debilidad extrema; constituían estos últimos los momentos en que su cerebro era atacado por la idea de que esa dicha que estaba gozando había ya nacido con el indeleble estigma de la transitoriedad, de lo imposible, de lo efímero e imperdurable, condenada a perecer bajo el peso de sus propias circunstancias de hombre nómada y sin futuro previsible, hombre en suma horro de raíces donde fincar estabilidad alguna.

           Deslizándose entre estos dos ciclos contradictorios, aunque con general prevalencia del primero sobre el segundo, su romance en Isla Tortuga se prolongó durante siete semanas, siete semanas durante las que Seisdedos dejó de emborracharse con guarapo y ron para hacerlo de la ambrosía que su inmarcesible flor destilaba; siete semanas durante las que dejó de ahogarse con el aire tórrido de la isla para insuflar sus pulmones del tibio aroma que ella desprendía, vaharadas de estimulantes fragancias difícilmente reproducibles con la mera ayuda de palabras, envolventes y cálidas, eso sí, como el regazo de una madre, dulces y exquisitas como la propia miel; siete semanas, en suma, durante las que abandonó los juegos de azar para dedicarse en exclusiva al voluptuoso juego de una pasión encarnizada. Sus hombres, hartos de la, para ellos, ilógica prolongación de su estancia en la isla, ansiosos por volver a entrar cuanto antes en acción y, sobre todo, preocupados por los extraños cambios que día a día iban observando en su jefe, le conminaban una y otra vez a echarse a la mar, aduciendo que allí perdían el tiempo sin hacer nada de provecho, que sus músculos se estaban entumeciendo por la inactividad mientras otros corsarios estarían a buen seguro cobrando unos botines que por derecho propio les debería haber correspondido a ellos; pero él les daba largas, se hacía el remolón y aplazaba invariablemente la partida, a veces sirviéndose de pueriles excusas que a nadie convencían, otras, las más, sin dar explicación alguna a su empecinamiento, salvo la dictatorial de «aquí mando yo y se hace lo que yo digo». Lo cierto era que Seisdedos no podía asumir la idea de abandonar aquel edén, tenía el oscuro presentimiento de que si se iba ahora, no encontraría a Jazmín a su regreso, y por esa razón quería seguir el mayor tiempo posible junto a ella, disfrutar al máximo de aquel empíreo sueño antes de verse forzado a despertar, y también quería saber todo lo concerniente a ella, todo, hasta el último detalle de su vida, si bien en ese concreto punto nunca fueron sus deseos enteramente satisfechos, ya que Jazmín, pese a tan porfiada insistencia por su parte, se mostró siempre esquiva a la hora de desvelar pormenores referidos a su propia biografía.

           Pero, dime, ¿quién eres en realidad? ¿Cuál es tu verdadero nombre?
           Ya te he dicho que me llames Jazmín, ¿acaso no te basta?
           – ¿Y de dónde vienes?
           –¡Qué importa de dónde vengo! Lo que importa es dónde estoy ahora, en este preciso instante, y estoy aquí, contigo.
           Sí, sí, sí –convenía él, sin poder reprimir un cierto enojo–, pero yo quiero saber.
           Saber suele a menudo empeorar las cosas –replicaba ella, dibujando sus labios una sensual sonrisa con la que siempre lograba desarmarle–. ¿No lo crees tú así?- Es posible que sea como dices; pero yo no puedo evitarlo, necesito saberlo todo de ti.- Confundes necesidad con mera curiosidad, como todos los hombres, pero lo cierto es que ya sabes de mí todo cuanto debes saber, lo más importante.... Anda, vive el momento, disfrútalo, y no te atormentes con cosas que a fin y al cabo no merecen la pena.

           Y así una, otra y otra vez se iba repitiendo la misma escena, a las anhelantes preguntas de él seguían, de modo invariable, idénticas reticencias y similares argumentos por parte de ella, en un desigual pulso donde el subrepticio celo de la joven terminaba siempre por imponerse, para desaliento y disgusto del sufrido pirata.

           Finalmente, Seisdedos no tuvo otro remedio que ceder a los obstinados apremios de sus hombres, cuyo descontento amenazaba con desembocar en motín de un momento a otro, y se hizo de nuevo a la mar en busca de fortuna, si bien, antes de dejar la isla hizo a su amada la promesa de que pronto regresaría cargado del oro necesario para iniciar juntos una nueva andadura libre de privaciones e infortunios, sin que entonces nada ni nadie pudiera ya separarlos. Se despidieron sobre la misma arena de la playa, fundidos en un candente abrazo que hubiesen deseado fuera eterno, ajenos a todo cuanto en ese instante les rodeaba, al griterío de la tripulación que, jubilosa de retornar a sus errantes derroteros, se ocupaba entretanto del alistamiento de los botes, al atiplado canto de las gaviotas sobre sus cabezas, a los bufidos de la ventisca azotando inmisericorde sus rostros, al empuje de las olas que en la orilla sucumbían furiosas a sus pies, a todo salvo al lacerante dolor de aquel adiós obligado... Ni un solo día de los más de dos años transcurridos desde entonces pudo Seisdedos dejar de maldecirse por su insensata actitud al haber consentido que ella quedase en tierra aquella infausta mañana, abandonada a su suerte en esa maldita isla poblada de carroñeros de la peor jaez; la conciencia le iba a quedar para siempre marcada por los afilados cantos de un remordimiento atroz, y ya nunca, por muy dilatada que pudiera llegar a ser su existencia, podría perdonarse el error cometido al no haberla embarcado consigo, desatendiendo así, con una incuria rayana en la demencia, aquel terrible mensaje que en forma de presagio llevaba incrustado en el alma.

           Sí, porque cuando, tras una singladura de varios meses, Seisdedos retornó a Isla Tortuga llevando a bordo de su nave el fruto de seis galeones españoles hundidos, su idolatrada ninfa ya no estaba allí para recibirlo. Entonces todo el peso del mundo se le vino encima, el regocijo que sintiera tras divisar por fin la escarpada costa se transformó al instante en un abatimiento pesado como el plomo y amargo como la hiel, y poco después ese mismo abatimiento en atropellada locura y luctuosa impotencia. El dolor padecido cuando perdió a su hermano no fue más que una molesta escocedura comparado con el que sintió al no encontrarla a ella. La buscó con la diligencia de un insecto y la desesperación de un condenado, sin que quedase en toda la isla intersticio, por muy recóndito que fuera, donde no alcanzase el frenesí de su búsqueda, rincón que sus pies no hollaran, puerta que no golpeasen sus manos ni dirección hacia la que no se abrieran sus ojos..., en un descomunal quehacer que a la postre no obtuvo retribución alguna. Preguntó por ella a todo el mundo, ofreció recompensas, imploró y deprecó por cualquier información que le pusiera sobre la pista de su paradero, mas sólo pudo cosechar ambiguas conjeturas, suposiciones vagas cuyo apoyo no era otro que el de rumores carentes de cualquier fundamento sólido, nadie parecía saber a ciencia cierta dónde estaba Jazmín ni qué podía haberle sucedido, como si en realidad la tierra se la hubiese tragado.

           No obstante, de entre todos esos imprecisos rumores había uno que gozaba de mayor crédito entre la parroquia isleña y que poco a poco fue imponiéndose sobre las demás habladurías, y este rumor apuntaba a que fue Fantasma, bucanero de reciente cuño, quien había secuestrado a la muchacha y, una vez ahíto sexualmente de ella, la había degollado y arrojado al mar su exangüe cadáver para que fuese pasto de los tiburones. Esta presunción se sustentaba en el hecho de que, previamente a que se evaporase Jazmín de la isla, había atracado en esta la Hurricane, siendo poco después algunos de sus tripulantes sorprendidos en sospechosos conciliábulos con aquélla, y que cuando, días más tarde, levó de nuevo anclas la nave, de la bella joven ya no quedaba ni el menor rastro.

           Mas ¿quién era realidad ese hombre al que todos parecían distinguir como autor de semejante crimen? No resultaba fácil, desde luego, responder a esta pregunta, habida cuenta que su verdadera identidad estaba tan bañada en el enigma como la propia desaparición de Jazmín, ya que nadie, excepto los miembros de su propia tripulación, podía vanagloriarse de haber conseguido contemplar siquiera una vez la cara del eximio capitán de la Hurricane, y aquéllos nunca, ni aun en los momentos en que más desatadas pudieran estar sus lenguas por los envites del alcohol, habían llegado a revelar detalle alguno que pudiera identificar a su jefe, selladas que estaban sus bocas por un juramento inviolable. No se centraba el misterio, pese a todo, en que el ínclito Fantasma esquivase de continuo su presencia al resto de la humanidad, que no siempre lo hacía, sino en que llevaba perennemente ocultos su cabeza y su rostro bajo una máscara de cordobán que sólo dejaba entrever los ojos de un azul índigo, unos labios poco carnosos y los oscuros orificios de su nariz. Precisamente era este secretismo que imperaba alrededor de su figura el que había dado pie al escatológico sobrenombre por el que era conocido. Llevaba poco tiempo ejerciendo la piratería, mas lo bastante para haberse ya granjeado fama de ser uno de los más sanguinarios de cuantos deambulaban por aquellos mares; sobre su persona habían empezado pronto a tejerse rocambolescas historias, como la de que siendo todavía niño, un tío suyo, pirata como ahora lo era él, le había arrancado a tiras la piel del rostro en castigo a una torpeza pueril que cometiera, quedándole de tan brutal infamia dos espantosas secuelas, una física, en forma de faz horriblemente desfigurada y repulsiva a la vista de cualquiera, razón ésta por la que había decidido llevarla siempre cubierta a cal y canto, y otra mental, que no era sino el odio que desde entonces envenenaba su sangre y que sólo podía ser aplacado mediante el sádico aliciente que en el sufrimiento ajeno encontraba. Pese a todo, su apariencia corporal, dejando aparte el clandestino rostro, no hacía excesiva alianza con esa obscura reputación de hombre cruel y despiadado de que gozaba, pues era más bien de pequeña estatura y escasa corpulencia, y sus manos eran finas y delicadas, unas manos que costaba mucho imaginar pertenecieran a un ser tan sanguinario. Al igual que Seisdedos, también él estaba amparado por la corona británica, si bien, casi nunca se relacionaba con otros corsarios y apenas si se dejaba ver en las bulliciosas parrandas donde los de su clase derrochaban el producto de sus correrías; Fantasma era en ese sentido un auténtico misántropo, un empedernido amante de la soledad y el retraimiento, hasta el punto de que cuando tocaban tierra para dar reposo a su agitada vida de bergantes, él solía permanecer huacho en su buque, embozado tras aquella infranqueable carátula de cordobán que tantas especulaciones generaba, ajeno a la turbamulta y al desenfreno de sus hombres, alimentando todavía más con aquel alejamiento atípico la oscura leyenda que había comenzado a forjarse en torno suyo.

           Seisdedos no creía, sin embargo, en las leyendas, al menos no en ese tipo de leyendas, las cuales, lejos de provocarle cualquier género de temor, espoleaban casi siempre su hilaridad, pues sabía, por así estar experimentándolo en carne propia, hasta qué absurdos extremos podían llegar las exageraciones de los hombres cuando les daba por hablar de aquello que no conocían, la garrulería ociosa germinaba en facundia y ésta, ya se sabía, forjadora era de las más incongruentes badomías; por eso hacía siempre oídos sordos a las barbaridades que se pudieran contar de otros piratas, el capitán de la Hurricane incluido, de quien, por otro lado, opinaba que más tenía de fantoche que de fantasma, con esa especie de pasamontañas estólido que cubría su rostro y que a él, desde luego, nada impresionaba. No obstante, después de haber buscado a Jazmín por todas partes, de sufrir interminables noches de insomnio durante las que no hacía otra cosa que llamarla a gritos con el pensamiento y de haberse deshecho en invocaciones y jeremiadas, acabó por aceptar que, en efecto, era Fantasma quien se la había arrebatado; necesitaba creer en algo, en algo real, fuera lo que fuese, para no sucumbir al salvaje acoso de un abatimiento que arrastraba su cuerpo hacia el ficticio palenque de la desidia y su mente engullía en los peligrosos tremedales de la locura, algo real sobre lo que arrojar el pesado fardo de su frustración, a lo que poder combatir y terminar al cabo venciendo, y ese Fantasma era, paradójicamente, algo real. Así, una vez persuadido de que el enigmático filibustero sometió a su amada a las vejaciones más abyectas y que después la asesinó sin conmiseración alguna, la astenia se le mudó en fortaleza y la locura en odio, un odio cuya tormentosa quemazón abrasó la sangre de Seisdedos y le hizo jurarse a sí mismo no descansar hasta tomar cumplido desquite en aquella vil alimaña que viniera a amputar la primera y única florescencia de un sentimiento decoroso en su vida. Con esa exclusiva meta copando por entero su voluntad, ningún dolor sufrió al traicionar a sus propios hombres, a quienes en cierto modo, por haberle en su momento denodadamente incitado a abandonar la isla, culpaba de su desgracia, ni dudó a la hora de dejar su lucrativo oficio de corsario y buscar la égida de la corona española, a cuyo servicio y mientras surcaba los mares en busca del bajel de su encono, puso fuera de combate a más de una veintena de barcos piratas. Poco le importaba que todos ellos hubiesen sido antiguos camaradas suyos, con los que había compartido penas y alegrías, dolor y risas, miserias y opulencia, ya que la palabra amistad no existía para este nuevo Seisdedos, nunca de hecho había existido, salvo la en su momento dirigida hacia su evaporado hermano, pero menos todavía ahora, ahora que en su corazón ya sólo tenía cabida el odio.

           Fijos los ojos en los cañones que por las portañolas asomaban sus sulfurosas fauces, veía Fantasma cómo la Santa Isabel, inclemente y tenaz como el hacha del verdugo, se aproximaba cortando el mar a su paso. La sombría máscara imposibilitaba advertir la preocupación que en esos momentos transmitía su semblante, conscientes de que las veintidós carronadas de su nao poca defensa eran frente al mucho mejor equipamiento de la fragata. Se maldijo por no haber tenido la suficiente pericia para haber de nuevo burlado a su perseverante hostigador, más aún por haberlo en su día convertido en enconado enemigo por un episodio tan fútil, algo tan bizantino como fuera atender la llamada de una pasajera lujuria; hubiese debido obrar con más prudencia cuando emprendió aquel insensato acoplamiento en Isla Tortuga, haber tenido en cuenta lo desequilibrados que acostumbran a ser los hombres cuando alguien hiere sus fibras pasionales, pero lo cierto es que ni en la peor de sus conjeturas previó tan desaforada reacción por parte del duro filibustero a quien creía conocer tan bien, ¡cómo imaginar que alguien tan rocoso en apariencia iba en realidad ser tan vulnerable en los reveses del amor! Se equivocó en sus cálculos, desde luego. Quizá debió haberle enfrentado en su momento, desprenderse ante él de su perenne disfraz y, cara a cara, explicarle cuanto había sucedido y por qué, mostrarle su arrepentimiento, pedirle perdón por el daño que le hubiera ocasionado y, si se avenía a ello, zanjar para siempre el tema; era posible que de haberse sincerado de ese modo nunca hubiera suscitado tamaña furia en su ahora implacable perseguidor, o a lo mejor sí y a estas alturas ya no lo estaría contando, ¡cualquiera podía saberlo!, pero en todo caso hubiesen sido sus carnes las únicas sacrificadas, no también las de sus hombres, libres de culpa en aquel enredo y que ahora sufrían asimismo la cólera del burlado ex pirata. Pero ya no había tiempo para lamentaciones, su única posibilidad en esos momentos era alcanzar cuanto antes la ensenada, donde gozaría de una ubicación algo más favorable para sostener el feroz combate que sin remedio se avecinaba.

            Al hilo de estas cavilaciones, una bala de cañón silbó desde la Santa Isabel y fue a hundirse a escasos metros de donde maniobraba el bergantín. El enmascarado corsario midió con la vista la distancia entre ambas naves y comprendió que no le sería posible demorar el belicoso choque hasta, como fuera su inicial propósito, ganar la protección de la rada. Mandó entonces a sus hombres tomar posiciones para el combate. La cubierta de la Hurricane estaba atestada de barriles de pólvora subidos desde la santabárbara, y junto a las carronadas había hileras de balas de cañón dispuestas en forma de pirámide, suficiente arsenal para, por el momento, ir sofocando los impetuosos bríos de su oponente y demostrarle que la Hurricane no era una desvalida goleta con la que poder recrearse de forma impune jugando al pim pam pum. Había llegado la hora de que también ellos enseñaran los dientes, y con tal fin dio orden de descargar un salva en respuesta a la disparada previamente desde la fragata; una dosis de su propia medicina podría servir para bajar los humos a aquel arrogante mercenario y hasta quizá amedrentarle un poco.

           La distancia, sin embargo, era todavía muy grande y las plomizas balas se sumergían sin remedio en el océano, levantando amplias columnas de salmuera a escasos metros de su blanco, pero sin llegar nunca a alcanzarlo. Se inició así un fuego cruzado que, pese a su esterilidad práctica primera, pronto dejaría de ser improductivo, pues la batería de la Santa Isabel, mucho más potente, iba ajustando su precisión a medida que se acercaba al objetivo, hasta que con una certera descarga logró por fin abrir brecha en uno de los costados de la Hurricane. La andanada sacudió la nave, que tembló desde la quilla hasta el castillo de popa, elevándose un olor a azufre que se expandió por la circundante atmósfera, al tiempo que toda la embarcación quedaba cubierta por una espesa cortina gris. El humo tardó en disiparse, pero cuando lo hizo, Fantasma pudo observar, lleno de terror, cómo en tierra firme toda una tropa de soldados, bien pertrechada con mosquetes y cañones, aguardaba también su turno para vomitar sobre ellos su onerosa artillería. Estaban acorralados, justo en medio de dos frentes en relación con los que resultaba imposible decir cuál era el más temible, a sus espaldas la Santa Isabel, con sesenta y seis buenos argumentos para hacer temblar al más intrépido de los mortales, y frente a ellos la infantería española presta a darles una fogosa bienvenida; la ensenada se había convertido, sin lugar a dudas, en una trampa letal.

           Fue entonces cuando, apoyado en el palo de mesana, perdida la vista en un horizonte tan azul como sus ojos, decidió Fantasma jugarse el todo por el todo en una apuesta temeraria; la idea del abordaje se vislumbró en su magín como la única esperanza, aun remota, de salir airosos de aquel atolladero, por lo que, sin pensarlo dos veces, ordenó virar la nave y poner proa hacia la Santa Isabel, aprovechando que ésta se había puesto al pairo a una distancia de un tiro de cañón y que, por lo tanto, su reacción ante aquel inesperado viraje de su antagonista habría de resultar cuando menos complicada, de modo que cabía la contingencia de que se viera sorprendida previamente a fructificar sus maniobras para mantener una ventajosa separación entre ambos buques. Se trataba de una misión suicida, lo más probable era que pereciesen antes de poder llegar a la altura de su enemigo, pero debían al menos intentarlo; perdido todo de antemano, resultaba casi baladí preocuparse por anticipar algunos minutos la hora de la muerte; quizá hubiese otras alternativas menos traumáticas, mas ya no se podía malgastar el tiempo en su búsqueda, cada segundo de demora jugaba a favor del adversario, cuyos cañones no cesaban de escupir una y otra vez sus mortíferos torrentes de fuego, sembrando la cubierta del bergantín de un espeluznante amasijo de carne, sangre y aparejos destazados.

           –¡Voto a tal! –gritó en medio del estropicio que asolaba su barco– ¿Vamos a consentir que esos perros nos destrocen antes de haber tenido la oportunidad de asaltar su nave y cobrarnos con su vida el precio de la nuestra? Por mi parte me resisto a sucumbir sin haber hecho antes que sus carnes prueben el filo de mi estoque. ¡Echadle agallas, hermanos! ¡Que vean de lo que son capaces unos hombres con verdaderos arrestos! De nosotros depende que este día lo cuenten como el de una sonada victoria o que lo maldigan como el más nefasto de sus asquerosas vidas –y el propio capitán pirata, mientras el eco de su soflama aún vibraba en el aire, aplicó el botafuego encendido a uno de los cañones de estribor, cuyo vigoroso rugido se dejó oír al instante– ¿Qué me decís?

           Estimulados por la vehemente arenga, los supervivientes de la Hurricane ensamblaron sus voces en un unísono y apasionado aullido, dispuestos a seguir a su capitán allá donde éste los guiase, hasta las mismas fauces de la muerte si fuera necesario. Ya no había miedo en sus ojos, sólo odio y ansiedad por medirse cuanto antes con su destino; la sangre de sus compañeros caídos sobre cubierta, lejos de arredrarles, servía para encender la suya propia e incrementar aún más su furia. Todos, sin excepción alguna, se juramentaron para apoderarse de aquella fragata y pasar a punta de sable a su altiva tripulación o, en el peor de los casos, morir en el empeño con la dignidad y el orgullo intactos, y con ese exclusivo propósito en mientes no tuvieron reparos en emplear cualquier cosa que pudiera servir a sus fines, incluidos los propios cadáveres de sus camaradas, con los que formaron un empalletado para protegerse en la reyerta.

           A medida que el mar se achicaba entre las dos embarcaciones, se iban magnificando los daños generados en éstas por las embestidas de sus respectivas baterías; los cañones no parecía dispuestos a interrumpir en ningún caso sus atronadoras salvas, vomitando sin cesar el devastador fuego, de la muerte heraldo, que los alimentaba, y por cada artillero extinto surgía al instante, cual endiablada palingenesia, otro presto para reemplazar al occiso y hacer que no enmudeciera aquel ensordecedor concierto. El mundo entero parecía agitarse ante tanta sacudida, como si en ese preciso momento y lugar comenzaran a datarse los primeros albores del Apocalipsis. Una bala arrancó un mástil de la Santa Isabel, haciéndolo volar en una copiosa lluvia de inflamadas astillas. Una posterior detonación hizo que se tambalearan los flancos de la Hurricane, en cuyo bauprés los foques incendiados semejaban triángulos de fuego. Las llamas trepaban siniestras hacia el cielo para lamer las nubes con sus ígneas lenguas, despidiendo vivos resplandores y elevando en varios grados la ya de por sí sofocante temperatura, tanto que hasta el mismísimo Lucifer la habría, quién sabe, encontrado insoportable, de hecho el propio mar parecía bullir dentro de una enorme caldera.

           Cuando la distancia entre ambos barcos se hizo tan exigua que desde los respectivos puentes podían ya distinguirse las facciones de sus tripulantes, la nao pirata se desmarcó en un brusco y arriesgado giro para arrimarse por barlovento. El sorprendido Seisdedos no pudo sino admirar la audacia ilimitada de su oponente, y sin tiempo para una contramaniobra, observó entre furioso y atarantado cómo el bauprés del bergantín se hundía entre las jarcias de su fragata. Por su parte, enardecido ante aquel logro que colmaba sus más entusiastas expectativas, Fantasma dio desde el combés la orden de arriar velas y lanzar los garfios de abordaje.

           De la Hurricane apenas si quedaban con vida una quincena de hombres, ninguno de los cuales vaciló a la hora de seguir a su capitán en aquel asalto imposible, abandonando el bajel al que llamaban su hogar para con una intrepidez sólo propia de los desesperados lanzarse a la profanación del santuario enemigo. Allí se batieron como auténticos jabatos, blandiendo con inusitado coraje machetes, picas, segures y sables, en un cruento cuerpo a cuerpo que saturó de muerte el maderamen de la Santa Isabel.

           Sin embargo, todo ese ardimiento y esa bravura no constituían suficiente acervo para ganar aquella lid, su desproporción en número con el rival, uno por cada seis, convertía la probabilidad de victoria en una descabellada utopía, y como suele casi siempre suceder con las utopías, también ésta devino irrealizable, de tal suerte que, a pesar de los copiosos estragos que ocasionaron en las filas contrarias, aquellos valerosos gladiadores fueron uno tras otro, inexorable sino el suyo, cayendo abatidos. El último de ellos que quedó en pie sobre cubierta fue precisamente su inescrutable líder, quien pese a la masacre de los suyos, pese a haber recibido una herida en el antebrazo izquierdo y pese a flaquearle ya hasta el aliento, no parecía dispuesto a capitular y, a fuerza de enloquecido tesón, continuaba abriéndose paso entre las huestes rivales como si de un nuevo Aquiles penetrando las líneas troyanas se tratase, brincando sobre rumas de muertos y cuerpos mutilados, desatando el peso de su furia mediante golpes y desgarradores bramidos, y sobre todo haciendo valer en la lucha una notable destreza en el manejo de la espada, por cuyo filo iba chorreando untosa la sangre de quienes osaban hacerle frente; pero solo, herido y rodeado de adversarios, esa resistencia se hacía tan heroica como inútil, siendo su definitivo desplome una mera cuestión de tiempo, la fe en sus propias posibilidades ya de hecho le había abandonado y a punto estaban de hacerlo también las fuerzas, si insistía en guerrear era únicamente por el reconcomio que en sus venas provocaba sentirse responsable del completo exterminio de sus hombres, y también porque era consciente que de una forma o de otra estaba ya condenado a engrosar el número de bajas de aquella brutal contienda, así que mejor hacerlo con honor, cayendo en plena brega y despachando consigo al otro mundo el mayor número posible de enemigos.

           Y muchas fueron, en efecto, las vidas que segó en tan desigual batalla, hasta que fue contenido por dos hombres que, echándosele encima por detrás, dieron con sus huesos en el suelo. Todavía pudo revolverse y matar a uno de ellos, pero el otro, que sostenía en sus manos un puñal de matarife, le asestó con la empuñadura un fuerte golpe en la cabeza, derribándolo definitivamente y haciendo que por unos segundos perdiera el conocimiento. El agresor dio media vuelta al cuerpo caído con la intención de hundir el cuchillo en su pecho y terminar de una vez por todas con aquella especie de diablo encapuchado que parecía surgido de una delirante pesadilla, pero cuando ya su brazo iniciaba el fatídico movimiento descendente, fue atajado por el lapidario fragor de un disparo; la penetrante punzada detuvo en seco al marino, cuyos miembros quedaron rígidos y su cara ensombrecida por una mueca de pavor, para al instante, escapada su vida por el agujero que en el centro de la espalda le había sido abierto, desplomarse sobre quien en principio estaba destinado a ser su víctima.

           Cuando, todavía aturdido, Fantasma abrió los ojos, pudo ver el aquilino rostro del capitán Jack Turn observándole a pocos metros, llevaba en su mano diestra el mosquetón con que acababa de asesinar a su propio soldado, humeando todavía por la reciente detonación, y en sus pupilas brillaba un resplandor siniestro que le envolvía la mirada bajo un halo torvo y malévolo, una mirada como nunca antes recordaba haber visto en ningún ser humano.

           Tras el disparo, la barahúnda previa fue sustituida por un angustioso silencio, sólo se oía el crepitar de las llamas y las apagadas quejas de aquellos que aún se debatían entre agónicos estertores, y también la respiración acezante de quienes habían tenido la fortuna de seguir incólumes en medio de aquel averno; los ojos de estos últimos no podían apartarse ahora de la figura alta y morena que vestía casaca roja con botones dorados, contemplándola con claros gestos de estupefacción en sus rostros, expectantes y confusos por el inicuo acto perpetrado por su propio capitán y del que habían sido testigos directos, pero sin que nadie se atreviera a romper el mutismo de sus bocas en demanda del oportuno descargo, amilanados todos por el temor de excitar aún más la cólera del inglés. No obstante, el propio Seisdedos se encargó de clarificar ante aquel desconcertado auditorio su a priori insólita actitud, señalando con el índice a su tendido contrincante y expresando a voz en grito que ésa era su presa y que sólo a él le correspondía cobrarla.

           ... y no dudaré en matar al que trate de impedírmelo... Levántate –añadió dirigiéndose al exhausto enmascarado– tú y yo vamos a cruzar ahora nuestros sables, solos los dos, de hombre a hombre, sin que nadie más ose intervenir en esta pelea, a la que únicamente pondrá término la muerte de uno de nosotros a manos del otro.

           Fantasma notó un agudo escalofrío recorriendo su espina dorsal, era consciente de que había por fin sonado la hora del enfrentamiento decisivo contra aquel hombre que llevaba dos largos años persiguiéndolo, y aunque desde el primer instante supo que tarde o temprano terminarían por encontrarse, en más de una ocasión se había sorprendido rezando para que tal encuentro no acaeciera o, al menos, pudiera postergarse el mayor tiempo posible. Sin embargo, el reloj de los acontecimientos no había atendido sus súplicas y sí, por el contrario, seguido su curso sin detenerse, conduciéndole de modo inexorable hasta su infausto destino, a cuyas puertas se encontraba en esos precisos momentos, ignorante de lo que al otro lado le aguardaba, pero sabedor de que ya no había posibilidad alguna de marcha atrás, el temido instante había llegado y ahora uno de los dos tenía que morir.

           ¿Por qué, señor, le da la oportunidad de defenderse, cuando podría liquidarle ahora mismo sin exponer su vida corriendo un riesgo innecesario? –se decidió todavía a preguntar el segundo de a bordo en la fragata, extrañado del generoso comportamiento de su superior.
           ¡Calla, mentecato! ¿Acaso crees que no soy capaz de vencerle en buna lid? Si hay algo peor que la muerte, eso es la cobardía, y cobardía sería no medir ahora mi espada con la de este bastardo. ¡Sólo Dios sabe cuánto he ansiado que llegara este momento!

           Nadie osó rebatir con nuevas objeciones la manifiesta determinación del furibundo capitán, el turno de las palabras había finalizado y ya las armas dejaban oír de nuevo su voz, voz metálica en este caso, generada por el cacofónico entrechoque de las dos afiladas hojas. Ambos contendientes sostuvieron una denodada lucha donde la fuerza y el empuje de Seisdedos eran compensadas por una mayor maestría en el manejo del acero por parte de su rival, manteniéndose de este modo un tenaz empate que costaba concebir por cual de los dos lados habría finalmente de quebrarse. De hecho, fue necesario a la postre que interviniera el azar para deshacer el equilibrio y decidir el resultado final de aquella interminable disputa, y esa intervención se tradujo en el tropiezo del inglés con uno de los cadáveres esparcidos por cubierta, inoportuno obstáculo que le hizo tambalearse durante un escaso par de segundos, los suficientes empero para ceder una ventaja que a esas alturas de la lid se antojaba ya decisiva, habida cuenta que durante ese fatídico lapso el corazón le quedó desnudo a tiro de sable de su adversario...; pero, incomprensiblemente, éste vaciló en el último momento y esa duda permitió al otro reponerse y atravesar de parte a parte al enmascarado pirata.

           Seisdedos había ganado, frente a sus ojos expiraba el hombre que un lejano día le arrebatara todas sus esperanzas de ser feliz y al que había jurado matar en lícito desagravio, una vida a cambio de otra vida, la deuda saldada; pero pese a ello, experimentaba un regusto acre que le impedía saborear el triunfo como sería menester, en realidad estaba aturdido, desconcertado por el desenlace anómalo que había tenido la pelea, lo que empañaba su gozo ante la victoria, sin poder dejar de preguntarse, mientras contemplaba a su odiado enemigo abrazado al trinquete, por cuya madera se escurrían sus manos dejando un rastro sanguinolento, el por qué de esa su última vacilación, consciente de que bien pudo haber sido él el vencido y su cuerpo, privado de vida, el que ahora se desplomara, como estaba haciéndolo el del corsario, sobre el suelo teñido de sangre de la Santa Isabel.

           Pero ésa y otras muchas eran preguntas que ya jamás se evadirían de las tinieblas donde impera el arcano, selladas para siempre sus respuestas al altivo capitán de la cicatriz en el mentón; como personales alhajas, su víctima se las llevaba consigo a la tumba, dejándole a él perdido entre los baldíos médanos de la incertidumbre. Su único consuelo en ese sentido era que muy pronto iba a conocer el verdadero rostro del pirata, desvelando así uno de los secretos mejor guardados en aquellos tórridos confines. Con esa intención, se agachó resuelto a desenmascarar el cadáver que a sus pies yacía, sin saber que al hacerlo iba a recibir en su alma la más dolorosa puñalada que hubiera podido imaginar.

           En un principio sólo acertó a emitir un grito ahogado, tibio, sofocado en su laringe por las poderosas tenazas del espanto, un grito más fruto de la hesitación que del dolor o la angustia, pues su cerebro se mostraba reacio a componer un acomodo inmediato a la realidad de aquella espeluznante imagen que sus ojos le ofrecían, quedando por ello perplejo y paralizado, atónito, embebecido ante la inconcebible sorpresa, incapaz de comprender cómo tras aquella horrenda máscara de cordobán había podido surgir, como por arte de encantamiento, la faz mórbida y seráfica de su amada Jazmín. Luego, cuando terminó de despejarse esa boira espesa que le nublaba el entendimiento y emergió, clara y diáfana, la aterradora realidad que encubría, un segundo grito, el desgarrado alarido de una bestia moribunda, escapó de la garganta de Seisdedos, al cielo extendidas sus manos, al cielo vuelta su mirada, al cielo su vehemente clamor en busca tal vez de alguna respuesta, o tal vez de amparo, o de ambas cosas quizás, o quizá tan sólo implorando el perdón divino, para finalmente caer derrengado sobre el exánime cuerpo de la bella, aferrado a las bermejas hebras que coronaban su testa, precipitándose en el abismo de sus ojos, privados ahora de visión pero tan azules como cuando ante los suyos chispeaban llenos de vida, besando con insania los rosados labios, por cuyas comisuras aún corría, glutinoso y burlón, un reguero de sangre. ¡Cómo iba a sospechar que era ella el detestado Fantasma! ¡Cómo presumir que se vio impelida a enclaustrar su exquisito rostro para granjearse una reputación y un respeto que en aquel mundo misógino nunca habría conquistado de haberse sabido que era una mujer! ¡Cómo siquiera barruntar que cuando la encontró en Isla Tortuga, sola y encantadora como una nereida perdida, ella tan sólo disfrutaba de un pequeño período de descanso, habiendo ordenado a sus hombres que la recogiesen al cabo de cierto tiempo convenido! ¡Cómo suponer que él sólo fue un capricho destinado a apaciguar sus ardores femeninos, al igual que muchos otros que pasaron por su clandestina existencia, pero que sus verdaderos sentimientos quedaron siempre muy alejados de los sobresaltos del amor! ¡Y cómo imaginar, por último, que en el corazón de la indómita hembra iba a permanecer, pese a todo, un residuo de amor latente, sin que ni siquiera ella misma lo sospechara, para despuntar justo en el momento en que la vida de él quedaba en sus manos! El infeliz Jack Turn no podía saber nada de eso, ni probablemente llegaría jamás a saberlo, su mente había quedado inservible para cualquier tipo de reflexión coherente, la risa seca y estentórea en que desembocaron sus últimos sollozos testimoniaba que había franqueado ya el umbral de la razón y accedía de plano a los yermos territorios de la locura.

           En paralelo a las luces del inglés, morían también las del sol, poco a poco ocultándose bajo un firmamento en el que pronto se encenderían miríadas de luminares. Y entretanto la Hurricane, con su cosecha de humanos despojos a bordo, lenta, muy lentamente, se iba a pique.

4 comentarios:

María (Muriel) dijo...

¡¡qué novela de aventura más encogidita y bonita, Cavara!!! me ha encantado!!!
Uyssss... qué absurda e inservible es la venganza, ¿verdad?
Habría estado bien que, como Calicó y Bonny, hubieran terminado viviendo juntos sus correrías.
Curiosamente, Mary Read fue una pirata famosa, que estuvo haciéndose pasar por hombre hasta ser descubierta.
¡¡me gustó!!!

Cavaradossi dijo...

Gracias María. Pues encantado de que te haya gustado tanto, jeje. Este relato lo escribí hace muchísimos años y no he vuelto a tocar el género de aventuras. Quizá me dé ahora por retomarlo :-)

Bruja Piruja dijo...

Jajaja, lo sabía, sabía que era ella. Me ha gustado, Cavara. Al comienzo de tu redacción has apuntado la partida de un hermano, de forma que pudiera pensar el lector que Fantasma, era el hermano que partió, debido entre otras cosas a que no hay otro protagonista cercano que pudiera meterse en el papel del pirata enemigo. Pero, era demasiado obvio que pudiera ser así, y tú no construyes finales obvios, por lo menos en lo que te he leído hasta ahora. Por lo tanto no cabía otra posibilidad nada más que fuera ella... Jajaja, sí, me ha gustado. Un beso

Cavaradossi dijo...

Me alegro que te gustase, Bruja.
Otro beso para ti