jueves, 24 de junio de 2010

TUS LÁGRIMAS


Por tu mejilla acompañan
al pesar que las genera
unas suntuosas perlas
que de tus pupilas manan

¡Quién empaparse pudiera
del jugo de tales lágrimas!
Dicha para este poeta
fuera poder enjugarlas.

Mis labios serían pañuelos,
absorbentes cual esponjas
Hidrófilos de veneno

sanarían tu congoja
Si la vida pierdo en ello,
créeme, poco me importa.

domingo, 6 de junio de 2010

ENCUENTROS Y DESENCUENTROS

           Había sido una niña tímida y sin amigos, afectada de una naturaleza introvertida que, más que venir escrita en su mapa genético, obedecía al hecho de haber sido forzada a vivir una infancia y puericia casi por entero al socaire de cuatro paredes, ya fuese las que definían la morada familiar, ya las que albergaban la escuela del pueblo, desplazándose de las unas a las otras bajo el sometimiento a unas reglas estrictas que proscribían todo contacto o actividad que implicase cualquier clase de riesgo, aun los derivados de los más inocentes juegos, sometida a la estrecha vigilancia de unos padres sobreprotectores que, tras haber perdido a la hija mayor tras un fatídico accidente que la hizo caer desde lo alto de un campanario mientras jugaba a balancearse de la cuerda que hacía tañer la campana mayor, no dudaban en tratar a la pequeña como si fuera una frágil y vulnerable muñeca que hubiese que preservar incólume, aunque fuese a costa de mantenerla encerrada dentro de una urna impenetrable. Este exceso de protección hizo que creciera en soledad, sin apenas contacto con otros niños de su tiempo, disponiendo tan sólo de su propia imaginación como única compañera de juegos, limitada a un universo constreñido precisamente por esos límites estrictos en que se desenvolvía su existencia, más allá de los cuales sólo había niebla y vacío.

             Otro accidente, en esta ocasión de tráfico, vino a poner trágico punto final a la vida de sus padres, lo que trajo como consecuencia una demoledora apertura de este universo hasta entonces tan cerrado para ella. Tenía entonces dieciséis años y, más allá de lo aprendido en los libros de texto de la escuela y de la adulterada maestranza obtenida de sus progenitores, lo desconocía todo del mundo. Sola y perdida, no tuvo más remedio que cambiar de residencia y trasladarse a una ciudad muy alejada de su pueblo, donde vivía el único familiar que de momento podía hacerse cargo de ella: una hermana de su padre, soltera y sin hijos, que no dudó en acogerla en su casa. Esta tía suya, no obstante, tenía una forma de pensar muy diferente a la de sus padres y no estaba, como lo habían estado aquéllos, atenazada por ningún tipo de miedo visceral, sino que, por el contrario, poseía una mente abierta que desde un primer momento la impulsó a animar a su sobrina para que saliera de casa y se relacionase con otras personas. La huérfana, sin embargo, nada habituada a cambios tan radicales, no conseguía adaptarse a esta insólita, para ella, permisividad de hábitos, por lo que rehusaba salir o, si lo hacía, volvía rápido a su nueva casa, fuera de la cual se sentía del todo extraviada.

           Fue éste un periodo muy difícil para ella, semanas enteras durante las cuales anduvo desconcertada y ausente, perdida en medio de una vorágine donde nada parecía tener sentido. El mundo exterior se le antojaba algo esquivo, oscuro y hostil, y no entendía ese empeño por abocarla dentro de su remolino que mostraba su locuaz pariente. A ésta, por su parte, lo que le maravillaba era la candidez e inexperiencia de su sobrina, así como su retraimiento a ultranza, y temerosa de que pudiera llegar a caer en manos de depredadores que hicieran marchitar su adolescencia antes de haber podido siquiera empezar a florecer, ardía en deseos de reconducirla por derroteros más francos en los que pudiera desenvolverse con cierta soltura, si bien, consciente de que si la presionaba en exceso podía llegar a ahogarla y conseguir el efecto contrario al deseado, esto es, que se encerrara cada vez más en sí misma, decidió no insistir demasiado y dejar que la metamorfosis de crisálida a mariposa se fuese operando poco a poco. Cambió, pues, de táctica y, armándose de paciencia, se tomó su tiempo para con delicadeza ir abriendo sus ojos, sin excesivas prisas, enseñándole a ver la vida de un modo diferente y a superar parte de esos miedos heredados; la aficionó a la lectura y al cine, esperanzada en que el papel y la pantalla estimulasen sus patrones sensitivos e incitaran así su curiosidad por conocer cosas nuevas, la apuntó a cursos y actividades donde poder ampliar su inexistente círculo social, organizó reuniones y eventos donde ella pudiera ir venciendo su timidez y relacionarse con otra gente de su edad... Todos estos esfuerzos, pese a no llegar a ser del todo baldíos, no consiguieron sin embargo que ella llegase a ser la mariposa que su tía pretendía, demasiado arraigada la introversión en su alma como para expulsarla a base de tardíos escobazos; pero sí que lograron que diera algunos pasos fuera de la burbuja donde hasta entonces había estado encerrada. Algunos de tales pasos se toparon con el rechazo ajeno, gentes que la veían como un bicho raro y, sin disimular su desprecio, se alejaban de ella o respondían a su pueril inocencia con risas y burlas; estos pasos tuvieron un efecto rebote que derivó en retrocesos hacia sí misma. Pero también hubo pasos hacia adelante, uno de los cuales la condujo precisamente a él.

           Él era dos años mayor y, aunque también de temperamento tímido, su apocamiento no rayaba en lo patológico como sí lo hacía el de ella. En cualquier caso, este componente común de sus respectivas personalidades sirvió en un principio de nexo para que ambos llegasen a congeniar. Y a fe que lo hicieron. Él fue en realidad su primer amigo, el primero con quien se aventuró a salir a solas, cortos paseos que fueron con el paso de los días ganando en espacio y tiempo; el primero, aparte de su tía, con quien consintió ir al cine; el primero al que se atrevió a hacer confidencias; el primero en hacer partícipe de sus propias fobias y filias; el primero al que confió la llave de la alacena donde se alimentaban sus aprensiones y sus sueños. También fue quien algunos meses después habría de darle su primer beso en los labios, como fue el primero ante el que, después de haberlo hecho con su alma, desnudó su cuerpo, y el primero ante quien se abrió a los placeres de la carne.
 
           Así fue cómo la chispa del amor prendió por primera vez en sus vidas, generando un fuego sobre el que ya no dudaron en precipitarse para, plenos de delicia, arder envueltos en su manto de llamas. En realidad, el amor entre ellos había surgido bastante antes de esta ardentía, casi al primer contacto, por más que no hubiesen sabido al principio reconocerlo, cegados por su timidez y mutuos recelos, lo que hizo que la ignición precisase de algún tiempo añadido.
 
           No fue, sin embargo, un amor fácil de sostener. Aparte del temperamento retraído de ambos, jugaba en contra también la distancia, ya que él acababa de iniciar ese año sus estudios universitarios y se había matriculado en la facultad de Empresariales, ubicada en otra provincia bastante alejada, lo que limitaba mucho sus encuentros; y sobre todo los miedos de ella, nunca del todo superados, productos de esa misantropía que marcara su infancia y primera adolescencia, que a menudo la hacían hundirse en los tremedales de la duda, donde se ahogaba y dejaba arrastrar por el desánimo. Estos miedos y dudas tomaban en ocasiones el cariz de verdaderas rabietas que la llevaban a actuar de un modo impulsivo y alejarse de él, incluso a tratarlo con malos modos y decirle que no quería volver a verlo nunca más, que se marchara de su vida y la dejase en paz, volviendo entonces a encerrarse dentro de su carapacho protector, del que de nuevo, sin embargo, salía tomada de la mano de él. Porque él se mostraba comprensivo en estos lances, sin hacerle reproches ni tomar demasiado en cuenta sus berrinches, sabedor de que éstos no eran sino tóxicos residuos de una inestabilidad emocional latente, por lo que se limitaba a esperar con paciencia a que pasaran y que de nuevo la ilusión volviese a ocupar en el corazón de ella el hueco invadido por el pánico. Esta condescendencia hacía que tales crisis terminasen con reencuentros en los que el amor quedaba si cabe más fortalecido, incapaces la distancia, los miedos ni ningún otro demonio perturbador de frenar su incontenible avance.
 
           Transcurrieron así tres años durante los cuales se amaron, discutieron, padecieron transitorias separaciones, gozaron de fogosos reencuentros, se hicieron promesas, forjaron sueños, desecharon el pasado, vivieron el presente y concibieron un esperanzador futuro juntos. La solidez del vínculo que los ligaba se fue haciendo cada vez mayor, instituida no sólo sobre su condición de pareja, sino en el hecho de ser cada uno para el otro el mejor amigo, el confidente ideal, lo que, liberándola de cualquier posible fisura, dotaba de plenitud a su mutua confianza.
 
           Hartos de vivir en ciudades separadas, decidieron que ella se mudase a la ciudad donde él estudiaba, prestos ambos a afrontar el reto de la convivencia. Se trataba de un nuevo paso adelante en su relación, un paso que, al sortear el obstáculo de la distancia, iba a permitir que pudieran al fin estar juntos la mayor parte del tiempo.
 
           Al principio todo fue, en efecto, favorable, una plácida navegación en la que el rumbo venía marcado por céfiros y coordenadas propicias; con la ilusión por bandera y un frenético entusiasmo al timón, su brújula no podía sino marcar un promisorio norte donde todo era armonía y buena ventura, regocijo y dicha. Su relación de pareja vivió así sus momentos más álgidos, más idílicos si cabe que los hasta entonces disfrutados, ya que disponían de prácticamente todo su tiempo para gozar el uno del otro... Sin embargo, al contrario de lo que habían augurado, la convivencia no sólo habría de mostrarles esta cara amable, sino que pasados los primeros meses de arrobamiento empezó asimismo a evidenciar su faceta más perniciosa, esa que suele aliarse con la rutina para, cual voraz comején, roer ilusiones y sueños. Como suele suceder en estos casos, la comunicación fue lo primero que comenzó a deteriorarse entre ambos, siendo así que sus charlas, en un principio joviales e interminables, se fueron haciendo cada vez más cortas y aburridas, limitadas a menudo a prosaicos formulismos sin apenas sustancia. Ella notaba que él la hacía cada vez menos caso y que cada día compartían menos momentos verdaderamente íntimos, incluso se sentía a veces un estorbo, sobre todo cuando él desdeñaba su compañía para enfrascarse en sus manuales académicos. Él se justificaba diciendo que le era obligado centrarse en los estudios, ya que era el último año de carrera y tenía que sacarlo adelante para tratar de obtener luego un buen empleo. Ella, por su parte, no había querido reiniciar los suyos y se dedicaba a buscar sin éxito trabajo. No tenían por el momento problemas económicos, pues los padres de él le transferían mensualmente una cantidad con la que atender el arrendamiento de la vivienda y los gastos de manutención, en tanto que ella, una vez alcanzada la mayoría de edad, tenía plena disposición sobre la herencia de sus padres, que sin suponer un montante excesivo, sí que permitía ir tirando sin mayores contratiempos. El afán por encontrar trabajo no iba en ese sentido encaminado a combatir dificultades financieras, sino más bien a llenar ese vacío que cada vez la asfixiaba más; sin apenas nada que hacer en casa, sin unos objetivos claros en los que aplicarse, sin amigos a los que recurrir, se sentía cada vez más sola y frustrada, como si no fuese más que un mero anexo de él, de él, que tenía sus estudios, de él, que tenía unas metas definidas, de él, que tenía un futuro prometedor en ciernes. Esta crisis existencial venía además agravada por la creencia de que él ya no la amaba tanto como al principio, lo que, habida cuenta la gran inseguridad en sí misma que de siempre adoleciera, implicaba un desasosiego y una desazón tan brutales que el reconcomio derivado terminaba traduciéndose en irreprimibles arranques de ira, arrebatos en los que a grandes voces y sin reparar en insultos venía a recriminarle esta, a su juicio, desdeñosa actitud hacia ella, llegando incluso en ocasiones, totalmente fuera de sí, a arrojarle platos y vasos que terminaban hechos añicos sobre el pavimento. Luego, una vez pasados estos torbellinos de furia, se daba cuenta de lo bochornoso de su comportamiento, siendo entonces que la invadían agudos accesos de tristeza y melancolía, cada vez más fuertes.
 
           Vinieron así tiempos difíciles, tiempos de grandes broncas y grandes silencios, de sombras cada vez más pronunciadas. Ella terminó por encerrarse en sí misma, incluso más de lo que lo había estado en su infancia, en todo caso un encierro más amargo, propiciado por la desgana más absoluta, por una abulia que se le pegaba al alma como si de un molusco adhiriéndose a una roca se tratara. Él notaba que la perdía e intentó recuperarla, dedicándole más tiempo, intentado que de nuevo todo volviese a ser como antes, pero terminó por darse cuenta que el problema no era externo, sino que algo dentro de ella se había averiado y necesitaba una urgente reparación que sólo podía llevar a cabo un experto en la materia.
 
           Pero sólo cuando el vacío interior se le hizo tan profundo que ideas disparatadas vinieron a instalarse en su cabeza y temió que pudiera llegar a atentar contra su propia vida, accedió ella a buscar ayuda médica. El diagnóstico reveló lo que de por sí era ya obvio, que padecía una profunda depresión, agravada aún más por la demora en comenzar a tratarla, y que escapar de sus crueles fauces iba a ser cuestión de mucho tiempo y un gran esfuerzo; el efecto de los fármacos prescritos por el psiquiatra sólo empezaría a notarse a largo plazo, siendo que hasta entonces no tendría otra que resignarse a una penosa travesía a través de ese desierto en que la enfermedad había transformado su vida. Prosiguió de este modo sumida en una apatía que la llevaba a estar la mayor parte del tiempo tumbada en la cama y cubierta de arriba abajo por mantas, sin cuidarse apenas, sin ganas de hacer nada, sin ganas casi de vivir. Sólo la nostalgia y la esperanza impidieron de hecho que pusiera drástico fin a su existencia, la nostalgia de los bellos momentos vividos junto a él, la esperanza de una recuperación futura que le permitiera volver a vivirlos; nostalgia y esperanza que, sin embargo, no le impidieron comprender que en el momento presente lo que estaba era amargándole la vida, certeza que, unida a esa sospecha de que el amor de él había disminuido, hizo que finalmente decidiera dejarle, romper su relación y marchar de nuevo a casa de su tía, a cuyos cuidados se amparó en busca de la salud perdida. Habían convivido durante todo un año, del cual la mitad había sido de felicidad y la otra mitad de padecimiento.
 
           Tras la separación, él intentó rehacer su vida. Conoció otras mujeres con las que mantuvo algún que otro romance, pero ninguno logró fructificar más allá de unos meses, pequeños escarceos amorosos que, sin sólidos pedestales sobre los que ganar equilibrio, de nuevo le reconducían a la soledad, cada vez más cruda y acerba. En su corazón, copado todavía por ella, no había sitio para ninguna otra, y su mente no dejaba de acosarlo con los recuerdos. ¡La echaba tanto de menos!

           Ella, por su parte, tras una ardua lucha contra su enfermedad, fue poco a poco recobrando el ánimo perdido y, con éste, el control sobre sí misma y las ganas de vivir; de nuevo se abrieron en su interior las flores propias de la juventud, esas que ansían ser polinizadas por vehementes emociones y cuyo aroma se propaga, incontenible, en la búsqueda de éstas, como un ejército indómito, emociones entre las que en su caso vino pronto a despuntar la que al amor tenía por abanderado, quien fijó allí de nuevo su estandarte, un amor que en realidad nunca había dejado de estar presente dentro de su pecho, un amor que tan sólo había permanecido aletargado mientras la depresión lo llenaba todo, pero que desaparecida ésta, volvía a reaparecer más esplendoroso que nunca, el amor que seguía sintiendo por él. Su presencia a su lado era lo único que le faltaba para una redención plena, la guinda que haría de su vida el pastel más delicioso que imaginar pudiera. El crisol que guarda el elixir de la felicidad no tiene una ubicación fija, sino que cada cual ha de buscarlo en coordenadas privativas a su peculiar substancia, y ella había comprendido que las que disponían el emplazamiento del suyo apuntaban claramente hacia el corazón de él; tal era así, que si quería ser feliz debía reconquistar dicho corazón para que de nuevo volviese a palpitar al compás del suyo. Con esta idea en mente, aparcando dudas y resquemores y espoleada por el empuje del amor, llamó otra vez a su puerta, le habló sin reservas, le pidió perdón por haberle dejado y, contrita, suplicó ser de nuevo merecedora de su afecto, confesándole lo mucho que ella aún le amaba y la necesidad incontenible que de su amor tenía.

           La ilusión no tardó, sin embargo, en destazársele en mil pedazos. Nunca, ni en la más pesimista de sus expectativas, hubiera supuesto que su oferta de reconciliación chocaría contra un muro de rechazo tan sólido como el que encontró. Con sequedad y sin ningún tipo de miramientos, él le dijo que ya no la amaba, que lo sentía mucho, pero que no existía ninguna posibilidad de volver a estar juntos.

           Ella se sintió desolada, ríos de lágrimas inundaron su almohada en los días que siguieron a este brutal adiós. No comprendía que el hombre de su vida, aquel al que había entregado su corazón y su alma, no sintiese ya nada por ella, que la despreciara de ese modo tan cruel. Se sintió más sola y fracasada que nunca.
 
           Lo que no sabía, no podía saberlo, era que aquel rechazo de que había sido objeto no obedecía en el fondo sino a un orgullo mal canalizado. Porque él también la amaba, seguía amándola con la misma intensidad de antes, pero ese orgullo, ¡infame orgullo!, reclamando un absurdo desagravio, le había impelido a desdeñarla una vez la tuvo de nuevo, entregada y claudicante, a su presencia. Se trataba en realidad del mismo orgullo que a ella, aun con su enfermedad a cuestas, la llevó en su momento a dejarlo a él. ¡Ah, el orgullo, cuántos pasos llega a extraviar con su contumacia! Pero no, ella no lo sabía y sintió que ya no podía seguir viviendo si la persona a la que más amaba en el mundo la despreciaba. El mundo se convirtió para ella en un escenario dantesco, poblado de monstruos y diabólicas acechanzas; los días eran infernales e interminables se le hacían las noches. De nuevo las ideas suicidas acudieron a su mente. La falta de coraje hizo que no cristalizaran, pero en su interior se consolidó un veneno que, si no a la persona, fue al mismo amor al que fue matando. Sin esperanzas, sin ilusiones hacia las que canalizar sus bríos, el amor fue, en efecto, languideciendo y en su lugar comenzó a cobrar forma el que por antonomasia tiende a ser su adversario más enconado, el odio, un odio que primero dirigió contra él y más tarde contra todo el mundo, como si entre ella y el resto de la humanidad se hubiese declarado una cruenta guerra.
 
           De haber abrigado ella un carácter más enérgico, es probable que el rencor se hubiese solidificado de tal modo en su interior que a la postre la hubiera convertido en una mujer amargada para los restos, incapaz ya de sustraerse a su perniciosa férula, pero no era así, ella tenía una personalidad en extremo quebradiza, caracterizada sobre todo por el apocamiento y la volatilidad, elementos que, aun siendo tan negativos para tantas cosas, en este caso concreto dieron lugar a que el odio no llegara tampoco a encastillarse dentro del feudo de sus emociones, sino que con el tiempo, bastante tiempo en este caso, viniera también a morir, de forma análoga a como había muerto antes el propio amor. Ambos, pues, amor y odio, terminaron enterrados juntos en el cementerio de las emociones extintas.

           Se sucedieron otros amantes en su vida, cada uno de los cuales fue dejando en ella una particular huella, algunos liviana, meros vestigios sin apenas trascendencia, otros algo más profunda, pero sin que ninguno de ellos consiguiera encender de nuevo en su espíritu la llama del verdadero amor, ninguno hasta que, varios años después, el albur situó en su camino a alguien que, tras perforar los muros que el desengaño había erigido en torno a su pecho, supo tocarle el corazón. No lo amó tanto como había amado al otro, el primer amor suele cobrarse un peaje que viene luego a templar la magnitud de los sucesivos, pero sí lo suficiente como para que otra vez, agitada por sensaciones que creía olvidadas para siempre, la sangre bullese con renovado ímpetu dentro de sus venas. Era un hombre algunos años mayor que ella, muy guapo, un hombre afable y educado que la colmó de atenciones y mimos hasta vencer sus defensas y conquistar su afecto.
 
           Curiosamente, el hecho de volver a amar y sentirse de nuevo amada trajo consigo una derivación en principio chocante, cual fue la de acrecentar la frecuencia de los pensamientos dirigidos a su antiguo amor; se sorprendía a menudo pensando en él, no por supuesto con la febril obsesión de una enamorada, que ya no lo estaba, ni siquiera a efectos comparativos entre el antes y el ahora, sino con el mero ánimo de saber cómo estaría, cómo le iría en la vida, hacia dónde le habrían encaminado sus pasos. Más que curiosidad, era una especie de nostalgia bañada en somnolienta melancolía, como si al sentirse de nuevo emocionalmente satisfecha se hubiese serenado su espíritu y apaciguado el reconcomio que hasta entonces le provocara pensar en él, sustituido ahora, a través de la lejanía del recuerdo, por un templado cariño que la llevaba a desear que la vida le hubiese sonreído y fuera feliz.
 
           Cierto día se aventuró a llamarle, deseosa de volver a oír su voz, de conversar con él y poder, ya emancipados de cualquier reproche del pasado, contarse el uno al otro sus respectivas singladuras. Concertaron una cita. Los días previos ella se sintió muy excitada, por un lado ansiosa de que llegara el momento de estar otra vez junto a él, ver de nuevo su rostro, ese rostro que tanto había adorado, de tocar otra vez su piel, esa piel que sus dedos habían recorrido con veneración; pero por otro lado se notaba también muy nerviosa ante la inminencia del reencuentro. En el fondo tenía miedo de que con el contacto físico pudieran resucitar aquellos profundos sentimientos que en su momento albergara hacia él y que tanto daño terminaron causándole; por nada del mundo quería ver peligrar su actual equilibrio emocional. Vencieron a la postre sus deseos a sus miedos y se arriesgó a acudir a la cita. Necesitaba además confirmar que ya no lo amaba, que de aquella intensa relación pasada sólo permanecían vivos en su interior los recuerdos. Cuando al fin lo vio y se abrazó a él, notó una dulce felicidad envolviéndola con ese abrazo; se sintió muy cómoda en su presencia, pasó a su lado una tarde memorable, una tarde tras la que, no obstante, se convenció a sí misma de que, en efecto, no lo amaba; eso lo tuvo claro.

           También él precisaba verificar cuáles eran sus actuales sentimientos al respecto, pero a diferencia de ella, nada más verla supo que seguía amándola. En realidad, la había amado siempre y no había pasado un solo día en que no se arrepintiera de haberla rechazado como lo hizo. Fueron muchas las veces en que estuvo tentado de llamarla y deprecar su perdón, pero se sentía tan culpable y era tanta la vergüenza que su injustificable conducta le producía, que acababa siempre postergando esa intención, así un día y otro, mortificado por los remordimientos, sin encontrar nunca el coraje que le condujera hasta su puerta. A medida que pasaba el tiempo se sintió cada vez menos legitimado para dar ese paso, hasta que terminó por desistir, convencido de haberla perdido para siempre y resignado, por tanto, a hacer su vida sin ella. Ese mismo avance del tiempo consiguió mitigar en parte su dolor, aunque fuera a base de mantenerle anestesiada el alma, sumido en una existencia plana donde los días eran siempre grises, sin apenas alicientes, horro de sonrisas que hicieran volar sus labios y sin luz alguna que brillase a través de sus ojos; pero ahora, al verla de nuevo, el efecto de esta anestesia quedó de golpe disipado para darse cuenta de lo mucho que aún la quería.
 
           Tras este primero, ajustaron nuevos encuentros, muy espaciados al principio en el tiempo, luego cada vez más frecuentes. Quedaban para ir al cine, para dar un paseo por el parque, para almorzar juntos, para tomar algo en un bar o una cafetería..., cualquier motivo era válido para justificar estas escapadas que tan bien les hacían sentirse y en las que aprovechaban para hablar de sus cosas como dos buenos amigos. Se desarrolló de hecho entre ellos una relación de amistad tan fuerte, que ni siquiera durante el período en que habían sido amantes llegó a alcanzar tales grados de pujanza. Esta amistad no era óbice, sin embargo, para que él siguiera amándola y deseándola, pues la amaba y deseaba más que nunca, pero temía confesárselo por temor a asustarla y que eso la llevara a retroceder y alejarse de nuevo de su vida. Le horrorizaba la posibilidad de malograr estos encuentros. No quería en ese sentido precipitarse, así que se confiaba al tiempo, en espera de que con su paso en el corazón de ella pudieran florecer sentimientos análogos a los suyos. Estaba convencido de que en ese corazón no sólo habían quedado cenizas del amor que en su momento por él albergara, sino que aún subsistían ascuas que tarde o temprano prenderían para hacerlo renacer de nuevo. Sólo era cuestión de tener paciencia y esperar el arribo de la llama encargada de avivarlas.

           A pesar de que las palabras no fueran emisarias de este profundo afecto, ella no podía dejar de ser consciente de su existencia, lo constataba en su mirada, en sus gestos, en el modo peculiar que tenía él de tocarla, no había que ser ningún lince para darse cuenta de ello, y aunque faltara entre ambos la necesaria confluencia afectiva, no podía negar lo mucho que la halagaba ser querida de esa incondicional manera, sobre todo cuando, con el tiempo, comenzó a sentirse decepcionada por el hombre con quien estaba compartiendo su vida. En efecto, aquel hombre que tan galante, cariñoso y atento se mostrara con ella durante las primeras fases de su romance, fue luego, poco a poco, desvelando las verdaderas facetas de su personalidad, que en gran medida venían a ser antagónicas a las en principio exhibidas, revelándose así como un ser egoísta y seco, desdeñoso y ruin, además de un mujeriego que no perdía la menor oportunidad que se le presentaba para engrosar el catálogo de sus conquistas; toda esa amabilidad y miramientos previos no habían sido en el fondo más que una fachada con la que enamorarla, luego de lo cual la cortina se había descorrido para descubrir a la persona mediocre y superficial que en realidad era. Esta paulatina metamorfosis del hombre con el que convivía la afligió muchísimo, y no ya sólo por las fallas descubiertas en su temperamento, sino por no haberlas sabido ver desde un principio y haberse dejado engatusar como una estúpida. Quizá por ello se sintió sobre todo molesta consigo misma, al menos al principio, hasta que cayó en la cuenta de que su ceguera había obedecido a causas más profundas de las sospechadas, causas que venían a derivar de la proyección instintiva que en este segundo amante hiciera del primero, de aquel que para ella nunca, pese a la brusca ruptura, había dejado de representar el ideal romántico por excelencia, hasta el punto que, naufraga todavía del amor perdido, en el subconsciente suyo había emergido la necesidad de recuperarlo, necesidad que provocó, al aparecer en su vida un hombre en apariencia encantador, que el proceso se desarrollase por sí solo, automáticamente, sin que ella estuviera en realidad al tanto del mismo.
 
           Pero ahora ese hombre se desvanecía ante sus ojos y, por más que fuera consciente de su condición de espejismo, no podía dejar de sentirse frustrada y perdida, como una isla en medio del piélago brumoso. Y fue entonces cuando de nuevo volvió sus ojos hacia él, hacia él que siempre había representado ese ideal buscado en vano en el otro. Él se desvivía por ella, él la trataba como a una princesa, él la hacía reír, él conseguía que se sintiera siempre a gusto..., él la amaba. Pero ¿y ella?, ¿qué sentía en realidad ella? Se despojó de toda defensa y desnuda frente al espejo del alma se hizo esa pregunta. La respuesta que obtuvo la inquietó y complació al propio tiempo: había también comenzado de nuevo a amarlo.

           Poco después rompía definitivamente con su pareja, la comunión entre ambos adolecía ya a esas alturas de demasiadas grietas como para seguir retardando el forzoso derrumbe, y eso propició un mayor acercamiento a él, que ahí estaba para ofrecerle consuelo y prodigarle todo tipo de atenciones y mimos. Tan solícito y afectuoso se mostró, que poco tiempo precisó ella para claudicar y, rendida ante su empuje, caer de nuevo en sus brazos, rubricando con un beso apasionado esta nueva coyuntura que para ambos se ofrecía. Inflamada otra vez la hoguera, reconstruyeron con su fuego el edificio destinado a albergar el redivivo amor que de nuevo los había unido, haciendo de la sinceridad y la mutua confianza los pilares encargados de fortalecerlo día a día. Las heridas que todavía pudieran subsistir de antaño fueron cerrándose poco a poco, cicatrizadas por un entusiasmo renovado que les permitía mirar al futuro con ilusión y optimismo.
 
           Consolidaron de este modo un firme sentimiento que, bien cimentado como estaba, fue ganando con los años en avenencia, serenidad, entendimiento y concordia, y sin que ello supusiera merma alguna en lo que a pasión respectaba, con lo que su vínculo se hizo cada vez más sólido y estrecho, más aún tras el nacimiento de su primer y único retoño. Todo parecía ir viento en popa para ellos: tenían estabilidad, amor, un hijo maravilloso... No podían pedirle nada más a la vida. Eran felices. Pero la adversidad, que siempre está al acecho y tiene una cierta propensión a aparecer de improviso, incluso cuando ningún signo externo hiciera presagiar su llegada, se presentó otra vez en sus vidas para hacer pedazos la situación de bienestar que a éstas abrigaba, y lo hizo de nuevo a través de la enfermedad del alma, esa que ella traía escrita en sus cromosomas, anexa a su organismo como pudieran estarlo sus manos o sus ojos y cuyo estallido, por lo tanto, escapaba a toda posibilidad de control, como un volcán dormido que de súbito despertara y comenzase a expulsar con saña toda la deletérea lava que albergaba en sus entrañas de fuego. Así, sin ningún motivo aparente, justo cuando su felicidad era mayor, volvió la depresión a lanzar contra ella su poderosa embestida, imposible de dominar, imprevista, feroz, una recaída brutal que desató de nuevo la tempestad en el seno de la pareja.
 
           Esta vez la crisis fue todavía más grave que la anterior, en cuanto que la enfermedad la doblegó por entero, dejándola totalmente lasa, sin fuerzas para nada, presa de una astenia que día a día la iba hundiendo más y más en un abismo negro del que ni siquiera los potentes medicamentos que la recetó el psiquiatra eran capaces de liberarla. Junto con las fuerzas, perdió también la ilusión por todo, nada la satisfacía, nada captaba su interés, ni siquiera los requerimientos y el afecto de su propio hijo; lo único que deseaba era estar sola, recluirse en la cárcel que ella misma había creado dentro de sí y arrojar la llave lo más lejos posible, fuera del alcance de todos. Se sentía por lo demás tan vacía, que dudaba que dentro de ella quedase ningún resto de amor; es más, su desesperanza era tal, que pensaba que jamás volvería a cobijar sentimiento afectivo alguno hacia nadie. Esta falta de amor y el hecho de considerar que su desarreglo psíquico hacía de ella un pesado lastre para quienes la rodeaban hicieron que tomase finalmente la decisión de abandonar a su pareja e hijo y largarse de casa. Era consciente de que se alejaba de lo único bueno que había en su vida, de las dos únicas personas que había verdaderamente amado y que la amaban: su hijo, quien a su todavía corta edad continuaba estrechamente vinculado a ella y para el que a buen seguro este distanciamiento materno iba a resultar traumático, y él, el hombre más comprensivo, honesto y generoso que había conocido hasta entonces, el único además que la había amado sin fisuras de ningún género; pero aun así no podía evitarlo, no se sentía capaz de retribuir su afecto con el suyo, no al menos con el que pensaba que ellos merecían, por lo que creyó que apartarse de sus vidas era la mejor solución para todos.
 
           Y se fue.
 
           Durante algo más de un año vivió recluida en un diminuto apartamento que alquiló al efecto, donde en soledad fue mascando día a día ese dolor del alma que tanto la mortificaba. Apenas si pisaba la calle. Su contacto con el exterior se limitaba a lo mínimo indispensable para subsistir, no tenía fuerzas para más, la tarea más liviana le exigía un esfuerzo titánico, incluso el mismo aliento parecía pesarle como si de plomo estuviera hecho. No perdía, pese a todo, la esperanza y confiaba en que el tiempo, con la ayuda de los medicamentos que tomaba, la devolviese otra vez el ánimo que le había sido arrebatado.

           En cuanto a él, pese a que comprendía que este anómalo comportamiento de la mujer que amaba obedecía sobre todo al terrible trastorno psíquico que padecía, cuyos devastadores efectos de sobra le habían sido ya dados a conocer, se tomó muy mal el hecho de ser de nuevo dejado en la estacada. Le costaba aceptar que, en vez de haberse acogido a su ayuda para juntos combatir la terrible enfermedad, ella hubiese optado de nuevo por darle la espalda y huir, que le hubiese abandonado de un modo tan drástico, y no ya sólo a él, sino también a su propio hijo, al ser que ella misma había traído al mundo desde sus entrañas. Por segunda vez era traicionado por la persona a quien dedicara gran parte de su vida, por ella, a la que se había entregado en cuerpo y alma, por ella, a la que había amado más allá de todo lo razonable; roto había sido por segunda vez su corazón, en tantos pedazos esta vez que dudaba mucho que pudiera volver algún día a recomponerse. Supo entonces que jamás podría ya perdonarla y la tildó de ingrata, de mala persona, de egoísta y de otros muchos calificativos surgidos de la hiel con que cubiertas habían quedado sus entrañas, una amargura que a poco se tradujo en resentimiento y que finalmente provocó que dentro de su pecho germinase un nuevo sentimiento presto a reemplazar al amor que hasta entonces lo colmara, un sentimiento que, aun tan poderoso como el otro, venía a ser de índole totalmente opuesta, un sentimiento que le hacía sufrir, que le provocaba dolor y tristeza, pero que aun así no podía evitar percibir. El odio era esa nueva emoción que, como un cáncer, estaba invadiendo su cuerpo, un odio irreprimible que lo consumía por dentro y que, con toda su carga de ponzoña, proyectó hacia ella, hacia quien hasta entonces había amado con locura. Curiosamente, había sufrido idéntico proceso al que ella experimentó cuando se supo rechazada por él, quedando así patente que la funesta alquimia por la que el amor se transforma en odio suele de ordinario servirse de un mismo y repetido alambique.

           El tiempo siguió su curso y luego de ese largo año de reclusión y abandono, cuando el invierno oscuro instalado en su ánimo tuvo a bien dejar entrever algunos claros, se aventuró ella a retomar el contacto con su hijo. Era difícil. La vergüenza y los remordimientos la paralizaban, pues por más que supiera que no fue la falta de cariño, sino las tenazas de la depresión las que doblegaron su voluntad, no podía dejar de sentirse culpable por esta prolongada ausencia. Por fortuna, el niño era aún muy pequeño y su inocencia, por tanto, hasta cierto punto impermeable a las acometidas del resentimiento, de modo que no fue demasiado difícil para ella granjearse de nuevo su confianza y afecto y recuperar poco a poco el tiempo perdido entre ambos, amortizando así el infausto intervalo de alejamiento sin que del mismo resultasen secuelas indelebles.

           En cambio, su relación de pareja estaba ya a esas alturas demasiado dañada como para pensar en posibilidad alguna de reparación. Advertir el odio de él supuso probablemente la sensación más horrible experimentada por ella hasta entonces, y ese odio le gritaba que cualquier intento de arreglo entre ellos estaba de antemano condenado al fracaso. Era el precio que tenía que pagar por haberle fallado, por no haber podido capear de otro modo las cornadas de la depresión, y estaba, ¡qué remedio!, dispuesta a pagarlo. Prefirió por lo demás que el hijo común siguiese habitando con él, habida cuenta su mayor estabilidad emocional, si bien, procuraba no dejar transcurrir un solo día sin verlo, aunque fuesen sólo unos minutos, para oír al menos su voz, para gozar con su risa, para sentir el cálido contacto de las pequeñas manos cuando se engarzaban alrededor de su cuello. Era consciente de sus limitaciones y de cómo su enfermedad la había destrozado, pero quería pese a todo poner todo el empeño posible en ser una buena madre y que cuando menos su hijo se sintiese orgulloso de ella.
 
           Y son precisamente estos los derroteros por los que a día de hoy continúa transcurriendo esta historia. Él prosigue con su vida, una vida como la de cualquier otro, con su particular sucesión de rutinas, congojas y alegrías, odiándola aún a veces, amándola aún a veces, confuso en cualquier caso. Ella lo comprende y, pese a ser consciente de la manifiesta imposibilidad de una reconciliación entre ambos, mantiene vive la esperanza de que llegue el momento en que él la deje de odiar y puedan cuando menos volver a sonreír juntos en un nuevo encuentro. Los dos hubiesen querido otro final, qué duda cabe, un final feliz, pero está claro que en la vida real los finales felices se cotizan alto, mucho más alto que en el cine o la literatura.