lunes, 17 de mayo de 2010

LA PROFESORA DE MATEMÁTICAS

           Mañana plomiza. Luz mortecina que apenas si consigue filtrarse a través de los ventanales del aula. Típica luz invernal, feble, grisácea, velada por fantasmas invisibles. Gotas de lluvia que caen con pereza y se estrellan contra los cristales, compitiendo sus ecos con el rasguear de la tiza sobre la pizarra. Clase de matemáticas. En condiciones normales, la alianza entre esa asignatura y la triste mañana de invierno me hubiese a buen seguro provocado una modorra tal, que habría terminado dando con mi cabeza sobre el pupitre en un sueño irrefrenable; pero las condiciones distan mucho de ser normales, un fascinante conjuro impregna el aula, el que proviene de la divina bruja que, esgrimiendo la tiza como si fuese una varita mágica, esparce encantamientos al compás de las fórmulas y ecuaciones que va plasmando en el encerado, una seductora hechicera cuyos sortilegios convierten en dulce lo amargo, en asombroso lo prosaico, en vivificante lo soporífero.

           Sí, en otras condiciones, en la clase de filosofía de don Severo, por ejemplo, ese rechoncho y aburrido petulante que pronuncia algo así como "Descárt" cuando quiere hacer referencia a "Descartes", me hubiese a buen seguro quedado frito, pero con aquella divinidad copando mi ángulo de visión, en lugar de dormir, lo que hago es soñar. Soñar despierto con esas nalgas esféricas en las que el número pi conduce, como experto cicerone, a las más tentadoras áreas y volúmenes, nalgas que, ampulosas bajo la ceñida falda, dibujan lúbricas elipses al adaptarse con su movimiento al del resto del cuerpo, todo él guiado por esa mano que contra la pizarra se debate en el trazo de exóticos enigmas trigonométricos. Y qué decir cuando, luego de la maestranza escrita, gira sobre sí misma para situarse frente a mis embebecidos ojos, frota sus manos manchadas de tiza en la falda, estira sus deliciosas formas de sirena y rasga el silencio con una melodía de cosenos y senos al cuadrado que, hermenéuticos de vaya usted a saber qué mística composición, surgen, sensuales y cautivadores, de entre sus labios carnosos. Me sumerjo yo entonces en una espiral hipnótica donde mi mente, como si fuera un crisol de alquimista, viene a transmutar esos trigonométricos senos en los otros carnales que se adivinan tras el escote de infarto que luce la diosa, los únicos para los que yo en realidad tengo ojos y entendimiento, senos cuya firmeza bajo la blusa escarlata parecen desafiar a la propia ley de la gravedad.

           Lo confieso: nunca antes los conceptos matemáticos me provocaron semejante conmoción perturbadora. Si habla ella de Pitágoras y sus teoremas, imagino yo instintivamente su lengua trazando salaces hipotenusas y catetos sobre todos los rincones de mi geografía. Si refiere ecuaciones de tercer grado, en tales grados y muchos más se eleva la temperatura de mi cuerpo, sabedor de que sólo a través del fuego de la carne podrán sus incógnitas ser despejadas. Los logaritmos neperianos se convierten en ignotos cofrades a quienes yo depreco coligarme para a través de ellos acceder a los más codiciados arcanos, los que debe esconder su sexo palpitante y húmedo. La geometría no son ya prismas ni poliedros, sino las armoniosas curvas y rectas que, adoptando en todo momento la áurea proporción, conforman su perfecta anatomía. Las raíces cuadradas son grilletes que a su boca de almíbar me encadenan. Las tangentes, roces que erizan mi piel. Las derivadas e integrales, sutiles métodos de aproximación a sus femeninos encantos. Los polinomios, escaleras que me suben al cielo de sus ojos esmeralda. Las matrices, estuches que contienen el elixir que a mi olfato trae su fragancia de rosa...Y toda ella en conjunto viene a ser el máximo común múltiplo de la sensualidad, el deseo hecho carne. No podría yo concebir mayor goce que el de explorar su morfología mientras en mis oídos va derramando ella toda una retahíla de secretos algoritmos, muy despacio, apenas susurros, conductores capaces de llevar el placer hasta un límite que en este caso sí que tendería a infinito.

          Pero suena el timbre. Hora de salir. La clase ha expirado y con ella la fantasía y el sueño. El patio del recreo aguarda con su suelo de arena duro y escarchado. Yo sigo pegado a la silla. ¡Ay, la profesora de matemáticas!

2 comentarios:

María (Muriel) dijo...

Ahora entiendo por qué escogiste letras...

Cavaradossi dijo...

Exacto, María, he ahí la clave: no podía con las Matemáticas. Jajajaja