viernes, 19 de marzo de 2010

DESPERTARES

           Me gustaba ser el primero de los dos en despertar, abrir los ojos y, una vez rendidas las últimas falanges del sueño, observarla mientras ella seguía durmiendo, ajena a mi escrutinio, retorcido su cuerpo con voluptuosidad bajo el suave cendal que transparentaba su desnudez. Me gustaba que fuera así siempre, pero sobre todo en verano, en el curso de esas mañanas azules en las que uno tiende a amanecer empapado en sudor y pleno de deseo. Solía entonces permanecer un buen rato mirándola, embebecido con el rumor de su respiración suave, absorto en sus muslos blancos, desafiantes, sólidos, y en aquellos hombros que emergían del camisón, uno de ellos casi siempre redimido por el deslizamiento hacia abajo de la fina tira que lo custodiaba.

           Con tal de seguir deleitándome en la geometría que conformaba su cuerpo de amazona, plácidamente mecido por los espíritus del sueño, y dibujar con la vista el relieve que componían bajo la tela sus senos de nácar y, más arriba, el contorno de ese rostro insinuado entre la maraña de pelo negro revuelto que en parte lo cubría, aplacaba cuanto me era posible la tentación de invadirla, dejando así que el apetito de la carne fuese creciendo dentro de mí, cada vez más abrumador, hasta que el hambre llegaba al extremo de hacer inútil toda resistencia, y sólo entonces, cuando mi voluntad se estremecía y claudicaba, cedían los ojos el protagonismo a las manos, a esas manos mías que, espoleadas por el deseo, empezaban a tantear sus provocativas formas de Venus durmiente, suavemente, apenas un roce en el que las yemas de los dedos planeaban sobre la piel desnuda, poco a poco, muy poco a poco. Me excitaba comprobar cómo, aun todavía dormida, su cuerpo respondía a mis caricias y se empezaba a erizar al paso de mi táctil cortejo, cuyo recorrido, aun cauteloso, se iba extendiendo a los más recónditos rincones de su geografía.

           El guante del sensual asalto lo recogían luego mis labios, que avecinaba yo hasta los suyos para, al tiempo que los humedecían, recibir su cálido aliento. No cesaban pese a ello los dedos en su labor, sino que, en perfecta alianza con aquéllos, seguían su camino abriéndose paso entre la seda del camisón, que con suavidad hacían ascender varios centímetros, los necesarios para explorar el delta donde convergían los celestiales muslos. Sin ropa interior que de embozo hiciera al delicioso edén que allí florecía, los invasores alcanzaban fácilmente su objetivo, el suave, terso, sutil valle que contenía la entrada al Paraíso, donde fustigados por una avidez incoercible perdían ya todo recato, tanteando con felina destreza los pliegues y hendiduras del depilado sexo que, excitado por el contacto, comenzaba a dejar fluir sus adherentes caldos. Todo se volvía entonces humedad y calor, y ella, rendida a mis besos y caricias, empezaba a despertar con ronroneos de gata en celo.

           Me escurría yo acto seguido entre las sábanas y, separando sus muslos, la sujetaba por los glúteos para hundir mi lengua en ese sexo húmedo y palpitante cuyos cálidos flujos me eran ofrecidos. Respondía ella retorciéndose en estremecimientos de puro goce, al tiempo que mi nombre escapaba de su boca escoltado por una legión de estertores y gemidos.

           Poco después, ya del todo despierta, tomaba ella la iniciativa para, tirando de mí hasta emplazarme a su altura, asir con sus brazos mi cuello y fundir nuestras bocas en un beso febril donde, presas del paroxismo más salvaje, se entrelazaban mi lengua y la suya en una lúbrica danza plena de zigzagueos y succiones. Sólo la perentoria necesidad de recobrar el aliento podía poner fin a esa bucal unión, tras lo cual ella, clavándome unos ojos encendidos de lujuria, me hacía girar con un movimiento brusco, como si de una llave de judo se tratara, para tenderme de espaldas en el tálamo y con una maniobra de fiera hambrienta que busca someter a su presa subírseme encima a horcajadas e iniciar sobre mí una cabalgada delirante.

           Suaves al principio, cada uno de los descensos lo remataba con el movimiento que componían sus caderas al rotar en derredor del eje erigido por mi verga, lúbricos círculos que como un poseso me hacían aullar de dicha; iban paulatinamente luego cobrando intensidad sus arremetidas, cada una de las cuales me transportaba a las profundidades de su vientre, en un viaje de aceleraciones y desaceleraciones que sacudía los cuerpos con eléctricos espasmos y que, siguiendo el compás marcado por guturales jadeos, conducía al Nirvana de los sentidos, allí donde éstos terminaban por desbordarse en el paroxismo del orgasmo. Llegaba de este modo el definitivo frenesí, la apoteosis final en que, entre convulsiones, arqueaba ella hacia atrás la espalda para en sus entrañas recibir mi esencia, el glutinoso néctar vital en que yo me derramaba con plena fruición.

           Tras la explosión de placer, desuníamos nuestros cuerpos y, exhaustos, quedábamos tendidos el uno junto al otro, agarrados de la mano y perdida la vista en el enjalbegado techo de la habitación. Ninguno decíamos nada, roto tan sólo el silencio por las entrecortadas respiraciones a través de las que iban reponiéndose nuestros pulmones del previo derroche de oxígeno.

           Minutos después la voz de ella me devolvía a la realidad: tenía que irse. Si todo iba bien, podríamos volver a pasar una noche juntos dentro de algunas semanas, cuando el gilipollas de su marido tuviera que salir de nuevo en viaje de negocios.

            Confiaba ser de nuevo yo entonces el primero en despertar.