sábado, 13 de febrero de 2010

BESOS


Embriagarme quisiera
hoy yo de besos,
de tus besos
Peregrino en el desierto
Sediento
Postemas supurantes
ávidos de besos,
de tus besos,
son mis labios
Abiertos
Dos llagas ardientes
que aguardan los tuyos.
Los esperan
Ya los sienten
Se aproximan…
Vano espejismo de nuevo

Embriagarme quisiera
hoy yo de besos,
de tus besos
Falto de ellos
soy como el huérfano
Hijo de la nada
Solo
Ente vacío
que deambula entre el misterio
de un mundo oscuro,
hundido,
falto de besos
de tus besos.
Se abren mis labios
Anhelantes pliegues de carne
de úlceras invadidos.
Buscan los tuyos,
Capaz de su alivio
el único bálsamo...
Mas no, de nuevo ausencia
De nuevo en vano

Embriagarme quisiera
hoy yo de besos,
de tus besos.

lunes, 1 de febrero de 2010

VISTO PARA SENTENCIA


            - Visto para sentencia.

           La voz del juez estalló en la sala de vistas como el rugido de un trueno. Rigurosa, hierática, sin inflexiones, una voz que al desvestirse de toda modulación emotiva pretendía resultar ecuánime, pero que justamente por eso sonaba aterradora, al menos para Gerardo, en cuyos oídos atronó como el tañido de las trompetas del Apocalipsis. Visto para sentencia. Tres palabras que venían a anunciarle que la suerte estaba echada y que tan sólo restaba aguardar un veredicto que, a tenor del peso de las pruebas, no podía ser otro que el de culpable.

           Los abogados y procuradores se levantaron entre rumores de folios trasegados y carpetas a las que se echaba el cierre. Tras fatigosas horas repartidas en dos sesiones, el juicio había por fin acabado. Gerardo no se movió, permanecía sentado en el banquillo, como ausente, escoltado por los dos guardias civiles que le custodiaban desde el inicio de la vista. Estaba anonadado, no sentía nada, ni temor, ni pena, ni aflicción ni tristeza, nada, ni siquiera sentía la opresión de las esposas sobre sus muñecas. Apenas reparó en su abogado cuando se acercó a él y, dándole un par de golpecitos en el hombro, vino a ofrecerle una sonrisa de circunstancias.

           -Todo irá bien -trató de animarle, pese a intuir que con toda seguridad sería condenado.

           El abogado le había aconsejado que se declarara culpable y aceptase la acusación del Ministerio Fiscal, lo que, de acuerdo con las leyes penales, le hubiera supuesto una sustanciosa rebaja en los años de condena. Pero él rehusó el ofrecimiento: era inocente y no podía dar su conformidad a un crimen que no había cometido, por más que en la fragosa selva de las componendas jurídicas le pudiera resultar beneficioso. Si la ley caía sobre él con todo su peso, que cayese, sería otra marioneta más rota por un destino caprichoso y cruel, pero no asumiría algo que no era cierto, jamás confesaría haber matado a su mejor amigo, a su hermano del alma.

           Así solían de hecho llamarse el uno al otro, hermano, y a fe que en el plano afectivo nadie podría negar que lo fueran, tanto o más en cualquier caso como pudieran serlo aquellos otros a los que ligaba un vínculo de sanguínea índole. Su último abrazo como tales había tenido lugar aquel mismo día aciago en que la muerte previera rendirles visita en forma de afilado cuchillo. Acababan de salir del metro, improvisado escenario donde minutos antes llevaron a cabo una delirante función ante un público viajero que, ajeno al carácter apócrifo de ésta, la había contemplado extasiado y atónito. La representación había sido apoteósica, hasta el punto que todos se tragaron la farsa como si de incuestionable realidad se tratara, lo que daba fe de la maestría de ambos en el arte escénico, y por más que no hubiese habido caída de telón ni salva de aplausos como colofón final, el indiscutible éxito les hizo sentirse eufóricos, rebosantes de una satisfacción y un júbilo que de manera espontánea llevó a que se fundieran en el que habría de ser su postrero abrazo. Comenzaban ya a esa hora a perfilarse, en forma de sombras y penumbras, las primeras avanzadillas de la noche, prestas a dar pronto buena cuenta de lo que había sido un rutilante día de verano.

           - Has estado realmente genial -resonaron de nuevo en sus oídos las palabras que en aquellos momentos de pujante alegría pronunciara Miguel-. Eres un actor cojonudo, Gerardo, el mejor de todos.
           - Los mejores -había puntualizado él-, pluraliza, que también tú eres un actor cojonudo, hermano.

           Ambos estudiaban en la Escuela de Arte Dramático de su ciudad, donde llevaban ya dos años matriculados, si bien, se conocían desde mucho antes, casi podía decirse que desde su nacimiento, pues no en vano habían venido al mundo con apenas un mes de diferencia y siendo además sus padres vecinos del mismo inmueble. Compartieron de este modo infancia, barrio, colegio, amigos y, sobre todo, ilusiones y sueños, volcados estos últimos especialmente en esa común vocación de escena que desde temprana edad habría de instalarse en sus respectivos corazones y que al llegar la adolescencia se hizo del todo incontenible, lo que les llevó a dar juntos ese paso de inscribirse en la Escuela de Arte Dramático.

           - Cuando dijiste aquello de "te mataré antes de consentir que sigas engañándome con Elena", sonó tan convincente que realmente pensé que me matarías. Fue increíble cómo te metiste en el papel. ¡Tus ojos despedían sangre! Ni el propio Brando lo habría hecho mejor.

           Paradójicamente, dentro de su cabeza esas palabras de Miguel, como una burla de la providencia, se enredaban ahora, mientras los guardias le levantaban del banquillo, con las que apenas una hora antes, en aquella misma sala de vistas, había pronunciado la propia Elena al ser interrogada por el Fiscal:

           - Sí, es cierto -había ella admitido entre balbuceos y sollozos-. Miguel y yo éramos amantes. Llevábamos tiempo intentando decírselo a Gerardo... Yo... yo quería cortar con él... Pero no encontrábamos el momento, nos daba miedo, no queríamos perderlo como amigo. Gerardo y Miguel eran los mejores amigos del mundo.

           Los labios de Gerardo se torcieron en una mueca amarga. ¡Los mejores amigos del mundo! ¡Qué ironía! La amistad y la infidencia cautivas la una de la otra, atadas por el destino como lo estaban ahora sus manos por los grilletes que las sometían. Los mejores amigos del mundo: uno de ellos yaciendo en una sepultura a varios metros bajo tierra y el otro, él mismo, condenado en breve a un montón de años de prisión. Esa era la amarga realidad que en el fondo encerraba el testimonio de Elena: una muerte y una condena, crimen y castigo. Ella había sido, por lo demás, testigo de cargo decisiva, hasta el punto que tras su contundente testimonio difícil resultaba ya albergar cualquier duda razonable sobre que, en efecto, fuera él culpable de haber matado a Miguel, a su mejor amigo, a su hermano. Su declaración avalaba el móvil: los celos: lo había hecho porque estaba celoso, porque había descubierto que era el amante de su novia. Él mismo, a voz en grito, lo había anunciado en el vagón del metro. Muchos lo habían oído, algunos de ellos incluso habían testificado ante el tribunal en ese sentido.

           - Tienes que admitir tu culpabilidad -le había vuelto aconsejar el abogado durante un receso que concedió el tribunal al término de los interrogatorios de varios de esos testigos-. Todas las pruebas apuntan en tu contra. ¡Incluso tus huellas están en el arma del crimen! ¡Venga, Gerardo, por Dios, todo te incrimina!

           En efecto, existía un móvil, un arma, unas huellas, unos testigos convincentes... ¿Qué más podían necesitar para condenarlo?

           - Premeditación y alevosía -había puntualizado el fiscal en sus conclusiones definitivas al calificar el hecho de asesinato.

           - Y el acusado, ¿cómo se declara? -le había preguntado el Magistrado que presidía el Tribunal.
           - Inocente -no había dudado él en su respuesta.

           Fiel a la verdad y a su propia conciencia, no podía declararse de otro modo: él era inocente, por más que todos los albures nefastos se hubiesen conjurado en su contra para conducirle a aquel banquillo.

           Elena lo había mirado con lágrimas en los ojos. Vio en esa mirada conmiseración y pena, mucha pena, pero al menos no vio odio, ausencia que tuvo para él un efecto balsámico. No hubiese podido soportar su odio. Él seguía amándola por encima de todo. La había amado desde el mismo día en que la conoció, de ello hacía ya dos años, cuando apenas ambos contaban con dieciocho, y desde entonces no había dejado de sentir por ella un amor ciego, tan ciego que en ningún momento llegó siquiera a sospechar que el corazón de Elena, sin embargo, había dejado hace tiempo de ocuparlo él para pasar a hacerlo su mejor amigo.

           De haber albergado siquiera la más ligera sospecha, los acontecimientos habrían seguido un rumbo distinto, un rumbo que, salvo que el destino viniese ya marcado de antemano, no habría conducido a Miguel hasta su última morada. Para empezar, jamás le habría propuesto llevar a cabo aquella farsa en el metro. La idea, en realidad, le había venido de repente, justo tras ver como un grupo de comediantes callejeros representaban una parodia precisamente en el vagón donde ambos viajaban. A la sazón, le había comentado a Miguel:

           - Nosotros somos mucho mejores que esos, ¿no te parece, hermano?- Ni lo dudes, dónde va a parar.

           Y fue entonces cuando acudió a su mente la idea:

           - Oye, y si nos apeamos en la próxima estación, tomamos otra línea y montamos luego nuestra propia representación.
           - ¿Lo dices en serio?
           - Sí, ¿por qué no? Nos servirá de ensayo.
          - Estás como una cabra -había reído Miguel- ¿Y qué se te ocurre que podamos representar? ¿Alguna escena en concreto? ¿Algo clásico? ¿Moderno?


           Recuerda que dudó. Pese a su entusiasmo a la hora de lanzar al aire la propuesta, no terminaban de convencerle las opciones que a priori se barajaban para su ulterior puesta en práctica. Todo aquello de hacer interpretaciones en el interior del metro empezaba a estar ya demasiado manido, la mayoría de los supuestos espectadores no prestaban la más mínima atención, a muchos incluso les molestaba ver de ese modo alterado su itinerario. Mejor hacer algo novedoso, algo que captara de lleno la atención de ese improvisado público plácidamente instalado en el vagón, sorprenderlo, perturbarlo, mantenerlo en vilo durante todo el tiempo que durase la figuración, y para conseguir ese efecto nada más adecuado que preservar su consciencia ajena al carácter ficticio de aquélla, esto es, engañar al público de tal modo que pensara que lo que allí estaba viendo era algo real, no una mera ficción escénica.

           Miles de veces lamentaría Gerardo durante los días posteriores haber discurrido semejante idea, llamada a derivar en la más funesta y cruel de las tragedias.

           - Escúchame, interpretaremos una discusión entre dos personas que se conocen, tú y yo, una discusión que irá ganando en intensidad a medida que avanza y que terminará entre gritos y amenazas de muerte.
           - Pero bueno, ¿qué se cuece en tu cabeza?
           - Fácil, mira: yo te recriminaré a ti que te estás ventilando a mi novia; tú al principio lo negarás y me dirás que deliro, que veo fantasmas, pero yo insistiré, diré que tengo pruebas, que os han visto. Tú entonces te pondrás chulito y admitirás que sí, que es cierto y que qué pasa, que os queréis.

           Los dos guardias civiles encargados de su custodia le condujeron hacia el furgón que habría de trasladarlo de nuevo a la cárcel. Gerardo se dejó llevar con la docilidad propia de quien en el fondo está ausente y se mueve sólo mediante impulsos mecánicos, como un autómata, desconectados su cuerpo y su mente, centrada aún ésta en la reproducción de aquel fatídico parlamento donde Miguel y él ultimaban su subterránea puesta en escena, si bien, concediendo ahora la verdadera dimensión que tenían a detalles que en su momento le pasaron casi desapercibidos. Veía así de nuevo, mientras continuaba evocando aquel preliminar diálogo, los cambios operados en el semblante de Miguel a medida que le iba contando los distintos pormenores de su plan, su mirada huidiza, sus gestos titubeantes, su creciente inquietud, sólo que ahora los veía con unos ojos que en aquel momento, sin embargo, no supieron captar su auténtico significado. No, no dio entonces importancia a estos detalles, los atribuyó al nerviosismo propio de quien se dispone a llevar a cabo algo novedoso, algo que no había hecho nunca antes. Quizá si él mismo no hubiese estado a su vez tan excitado y metido en el papel que ambicionaba representar, habría traducido de otro modo las mudas señales que le transmitía su amigo; pero no fue así, en ningún momento se le pasó por la cabeza la posibilidad de anomalía alguna.

           - No creo que sea ese el argumento más apropiado para desarrollar en un vagón del metro -llegó incluso a objetar Miguel.
           - Sí, hombre, sí, déjame acabar.... Cuando tú me confirmes que me estás poniendo los cuernos, yo me pondré como loco, te diré que te voy a matar, te zarandearé, te.... En fin, te diré que la dejes o te mato. Tú me enfrentarás y me dirás que no tienes intención alguna de dejarla, que la quieres. Mi furia aumentará entonces y mis palabras escupirán veneno: te echaré en cara que eres un traidor, un miserable, un hijo de puta.... Finalmente, te pediré que bajemos y nos enfrentemos en la calle.
           - No sé, Gerardo -titubeó Miguel-, me parece demasiado histriónico... Además, necesitaríamos un guión que...- ¿Un guión? -le cortó Gerardo- ¿Desde cuando precisamos tú y yo de guiones? No me seas cagón, hermano. ¡Improvisaremos!
           Ante el entusiasmo de su amigo, Miguel terminó finalmente por claudicar:
           - Está bien, hermanito. Dejémosles a todos con la boca abierta.

           La espontánea representación les salió bordada, ganándose desde el primer momento al embaído público, cuya creciente expectación se veía patente en sus ojos, que reflejaban todo tipo de sensaciones, en especial sorpresa, miedo y morbo. Al compás del zangoloteo del vagón en su recorrido, Miguel y Gerardo fueron dando rienda suelta a su apócrifo altercado, que fue ganando en tensión a medida que pasaba el tiempo, encendidos sus rostros por el fuego de la ira, palpitantes sus labios al dejar escapar el veneno de esas palabras que, aun fingidas, prendían directamente en el pecho, encareciendo la disputa mediante insultos y amenazas que tenían a la muerte como último escalón. Algunos pasajeros habían tratado de frenar la tensa discusión y calmar los ánimos, pero se habían topado con un Gerardo alterado que les había desafiado y hecho callar mediante la exhibición de unos puños crispados.


           Abandonaron el vagón entre mutuos empujones y zarandeos, fricciones con las que acentuar todavía más la violencia de la verbal refriega. Algunos viajeros se apearon en la misma estación que ellos con el único afán de seguirlos, espoleados por el morbo de ver en directo una pelea a puñetazos, colofón que, dados los antecedentes, tendría sin duda alguna la reyerta una vez sus dos contendientes estuvieran en plena calle. Para despistar a estos curiosos, Gerardo y Miguel habían convenido que este último echaría a correr nada más salir al exterior y que Gerardo galoparía a su vez tras él, recreando ambos una veloz persecución con la que, a base de zigzagueos y constantes cambios de sentido, poner tierra de por medio entre ellos y su obstinado público. Así lo hicieron y minutos después, ya seguros de que no había moros en la costa, ponían punto y final a la pantomima con ese abrazo fraternal tras el que, emocionados y exultantes, se habían mutuamente felicitado por su genial actuación.

           - Bueno, ¿y dónde coño estamos ahora? -había preguntado Miguel luego de las recíprocas loas.

            Lo cierto era que su ciega galopada les había conducido hacia un barrio de calles estrechas y poco concurridas, calles que no conocían demasiado bien y que además, sobre todo a esas horas en que la noche empezaba a extender sobre la urbe sus negros tentáculos, no ofrecían demasiadas garantías de seguridad, lo que habría hecho prudente sortearlas cuanto antes. Pero se sentían tan entusiasmados por lo acontecido que, pese a este circunstancial extravío, ningún recelo ni temor les asaltaba, y no era desde luego la prudencia la principal virtud que adornara su temple en aquellos momentos de euforia. Ya les conducirían por sí solos sus pasos a buen puerto.

           Tales pasos, sin embargo, donde de momento les llevaron fue a enfilar un callejón angosto y apenas iluminado por la triste luz de una farola. Entraron en él agarrados por los hombros, como dos buenos camaradas, sudorosos y felices por el éxito cosechado. Tan abstraídos iban, que no vieron venir al grupo de cuatro chavales que frente a ellos se aproximaba, de cuya presencia sólo se percataron cuando ya estaban a su altura y el acero de sus navajas resplandecía en medio de la noche.

           - Venga, dadnos cuanto llevéis encima.
           - No tenemos nada -anunció Miguel con aire desafiante una vez repuesto del susto.

           Apenas si eran unos chiquillos, no tendrían de hecho más de quince años. Uno de ellos, evidenciando un nerviosismo que posiblemente derivara, a tenor de las dilatadas pupilas que exhibía, de la ingesta de alguna droga, se abalanzó hacia él. Llevaba una cazadora negra con el cierre abierto y sendas calaveras de hierro adosadas a las hombreras.

           - Está bien -procuró tranquilizarlo Gerardo-, os daremos lo que tenemos, aunque no sea mucho.

           Les dio lo poco que llevaba en la billetera. Luego Miguel hizo lo propio. Sin embargo, a sus asaltantes no les pareció suficiente.

            - Más, queremos más. ¡Esto es una puta mierda!
          - Pues esta puta mierda es todo lo que hay -replicó un indignado Miguel, enfrentándose de nuevo a ellos con arrogancia.

           Grabados a fuego quedaron en la mente de Gerardo los ojos del chaval de la cazadora negra, negros también, como esa misma noche sin luna que invadía el cielo, ojos cegados por la rabia, inyectados en sangre, ojos de loco. Sabe que nunca podrá ya sacar esos ojos de su cabeza, ojos sin luz, un alambique oscuro donde hervía el odio, ese odio brutal que, a modo de corriente eléctrica, inició un fulminante recorrido que, a través de venas y arterias, accionó la mano que, milésimas de segundo después, incrustaba en el pecho de Miguel la navaja asesina. Tres veces fue luego extraída y otras tantas hincada de nuevo en el destazado pecho. Cuatro puñaladas, una vida.


           Grabado a fuego tiene también el momento en que tomó entre sus brazos el cuerpo profanado. Los atracadores habían huido a plena carrera, percatados de la gravedad de su acción y temerosos de sus consecuencias. Miguel respiraba con suma dificultad, entrecortadamente, los ojos pugnaban por escapar de sus órbitas, le temblaban los labios en convulsiones incontrolables, la sangre rezumaba del pecho abierto y dibujaba rosas rojas sobre la camisa blanca. Las manos del moribundo se aferraron a él como garras, como buscando los últimos brotes de esa vida que se le escapaba. Gerardo extrajo el cuchillo del pecho y la sangre salió a borbollones de la herida. La sangre quemaba.

           - Te quiero, hermano -fueron las últimas palabras de Miguel antes de exhalar su último aliento.

           Tenía todavía el cuchillo en la mano y lloraba a lágrima viva cuando se acercaron unos paseantes. Pero él no los vio, no veía en realidad nada, la negrura lo inundaba todo a su alrededor. Él lloraba, sólo lloraba, mientras sostenía el cadáver del amigo, que exánime reposaba con la cabeza sobre su regazo. Así los encontró la ambulancia y la policía cuando, avisados por los nuevos concurrentes, se personaron en el lugar de los hechos. Gerardo seguía ido, abrazado a Miguel, ni siquiera oyó el comentario que uno de los testigos hacía a los uniformados agentes sobre la discusión que poco antes había presenciado entre ambos en el metro.

           Y el caso quedaba ahora visto para sentencia.