domingo, 26 de diciembre de 2010

ME DISUELVO EN TÍ

Como hace en la lava el fuego,
volanta de su ardentía

Como lluvia en el océano,
absorbida en su descenso.

Como la voz en el verso
que la plasma e ilumina

Así en ti, gemela esencia
Así en ti yo me disuelvo

Me ensarto en ti y soy tú
Tu la diosa; yo, el devoto
Yo, pequeño; tú tan grande
que represento bien poco
al licuarme en tu luz.

Mas qué feliz soy disuelto
en tu núcleo dominante,
no somos dos, somos uno,
y tu sangre es ya mi sangre,
lava, lluvia, esencia… Cielo.

jueves, 9 de diciembre de 2010

EL PROFESOR Y ELLA

Ella
           La única clase que nunca se perdía ella era la de Derecho Procesal Civil, no ya tanto porque le apasionara la materia, que no era así especialmente, sino por escuchar al profesor, cuyas palabras, al fluir de su boca, se le antojaban melodía interpretada por un virtuoso músico.

           Se colocaba siempre en la primera fila, allí donde la distancia al estrado apenas si superaba el par de metros, y desde tan ventajosa ubicación elevaba la cabeza para mirarle y escucharle arrobada, sin una táctica definida, salvo si acaso la de cruzar con voluptuosidad sus piernas, esas que asomaban bajo el tejido de minifaldas exiguas, justo cuando creía que él había posado sus ojos en ella. No quería, pese a todo, engañarse, concebir unas esperanzas de antemano condenadas a perderse en el limbo de lo quimérico, de modo que la razón, acallando con su voz estentórea la de los sentidos, no cesaba de avisarle que poco o nada era lo que podía ella significar a ojos del experimentado erudito, un bulto más entre todos los que componían el auditorio de alumnos; de hecho, su memoria no guardaba siquiera una mirada suya que, aun perdida, hubiera recalado de lleno en ella; ni una sola vez, que supiera, fue su cuerpo reclamo sensual para los ojos de él. Estaba convencida que de toparse ambos frente a frente por la calle, él pasaría de largo sin haberla siquiera reconocido. A fin de cuentas, ella no era gran cosa, estatura mediana, pelo castaño, ojos marrones…, corrientes rasgos en definitiva, nada en su anatomía que al primer vistazo pudiera de por sí enervar la sugestión masculina, menos aún tratándose de un hombre como el profesor, quien en su madurez conservaba todavía un nítido atractivo: alto, apuesto, mirada penetrante, pómulos salientes, y, sobre todo, con un timbre de voz, grave y varonil, que a ella volvía loca.

           En clase simulaba prestar atención al temario impartido, pero ni siquiera era capaz de tomar un solo apunte medianamente coherente. En realidad, su mente volaba más allá del ámbito donde su orgánica materia permanecía, ubicándoles a ambos, el profesor y ella, muy lejos de allí, desnudos, enredados sus cuerpos como dos hiedras tortuosas, las manos de él engarzadas alrededor de su cuello, desde donde lentamente se iban deslizando a lo largo del tobogán de su espalda hasta llegar a las torneados colinas que ponían fin a aquélla, manos fuertes como tenazas, manos al propio tiempo suaves como el satén, manos que subían luego de nuevo para con delicadeza rozar sus pechos y endurecer sus pezones al primer contacto, provocándole un gemido que quedaba, no obstante, ahogado cuando la lengua de él, potente y briosa, perforaba las defensas de su boca y entraba en ella cual conquistadora irreprimible. Y en el imaginativo vuelo de la mente era luego ella quien, tras abandonar su inicial papel pasivo, pasaba a la acción para responder de un modo frenético a los besos y caricias recibidos, ubicándose a su espalda tras un airoso giro y ser entonces sus propias manos las que se dedicaran a medir el cuerpo masculino, primero sumiendo los livianos dedos en la rizosa selva del vello pectoral, cuyos mechones estiraban hasta casi arrancarlos, tanteando luego el abdomen, donde esos mismos dedos se abrían al máximo y entre sí se enlazaban por el delirio que la cercanía del objeto anhelado provocaba, y por fin, tras descender algún palmo más, palpando lujuriosos el izado mástil donde la masculinidad adquiría inequívoco reflejo. Y él equilibraba tales estímulos volviéndose de nuevo para llevar su boca hasta el cuello de ella y morderlo con incoercible deseo, delicado y grácil cuello que moría anticipando el escote, carnal heraldo éste de las divinas majestades que eran los pechos, curvilíneos y mórbidos, donde la misma boca sedienta se complacía en succionar ambas cumbres violáceas que de corona allí ejercían. La espalda de ella se arqueaba entonces de puro goce, mientras él proseguía con su lengua el itinerario que marcándole iba el deseo, y le lamía el ombligo, carnoso timbre del vientre, alrededor del cual culebreaba con salacidad el apéndice turbulento, para seguir luego bajando cual explorador ávido de paisajes inverosímiles, remontando así en su chupadora tarea el venusino monte, para llegar finalmente al clítoris, dúctil y acuoso, donde sus movimientos se acentuaban de manera delirante hasta conseguir que ella, entre convulsiones, perdiera toda noción del tiempo y del espacio. Dentro de la cada vez más caldeada fantasía que el cerebro de la estudiante recreaba, proseguía su ciclo el juego amatorio, encauzándose el soberbio falo del profesor hacia la cavernosa gruta que anhelante lo aguardaba, cuyo interior, de esponjosos y húmedos pliegues forrado, franqueaba cual avezado colono, dando así inicio a la candente danza que, acelerando progresivamente sus movimientos, habría de conducir ambos cuerpos hasta las verdes frondas del éxtasis.

           De estas lúbricas ensoñaciones despertaba invariablemente cuando él daba por concluida la clase y se despedía hasta la siguiente. Entonces volvía a la realidad y se percataba de que tenía las bragas completamente empapadas por la infiltración que de su sexo, abierto y mojado al máximo, provenía, circunstancia ésta que le originaba una sensación de pudor intenso, puesto que le hacía sentirse el blanco de las miradas de toda el aula.

           Por estos imaginativos derroteros iba desarrollándose su platónica gravitación en torno al profesor, cuando cierta tarde, cansada de seguir supeditando el empuje de los sentidos a la férrea defensa de la razón y de ese modo limitando sus rijosas ansias al terreno de la fantasía, se armó de valor y decidió concertar con él una cita bajo el pretexto de despejar ciertas dudas sobre la tramitación especial de los procedimientos relativos a división de patrimonios. Era cierto, por otro lado, que esa concreta especialidad procesal se escapaba en demasía a su entendimiento, como en general se le escapaba el resto de la asignatura, habida cuenta lo raras que resultaban las veces que, evadida de su habitual trance hipnótico, atendía realmente a las explicaciones ofrecidas en la clase; pero en todo caso no radicaban desde luego en esa puntual nesciencia los verdaderos motivos de la consulta instada.

           Accediendo a la solicitud, el profesor la recibió en su despacho, una cuadriforme estancia de paredes de estuco en la que descollaban decenas de estanterías atestadas de textos legales y manuales jurídicos. Se puso para la ocasión una camiseta celeste, bastante ceñida y con escote de pico, cuyo algodón sucumbía poco antes de llegar al ombligo, permitiendo de ese modo apreciar el sensual piercing que prendía en éste; una falda corta tableada que se comprimía alrededor de su talle mediante un cinturón ancho de color rojo, algo hippie, y en los pies unas sandalias abiertas con finas tiras laterales que iban desde los dedos hasta el tobillo. Informal indumentaria que le hacía sentirse juvenil y provocativa a un mismo tiempo, miscelánea que, pensaba ella, podría significar un primer ariete con el que acometer las defensas del reflexivo caballero.

           ¿Y bien, señorita?


           Se quedó muda, presa de un marasmo tal, que el profesor se vio obligado a carraspear y, mientras con los dedos tamborileaba sobre la madera de su escritorio, repetir de nuevo el interrogante que sobre las razones de la femenil presencia en aquel despacho inquiría. Reaccionó ella ante este segundo reclamo y, haciendo un supremo esfuerzo para parecer natural y desenvuelta, procuró enfocar la conversación hacia el apócrifo señuelo que, en calidad de alumna, lanzara para conseguir aquella cita.

           Debe ser que soy un poco dura de mollera, pero por más que usted lo ha explicado repetidamente en clase, sigo teniendo muchas dudas y lagunas sobre las especialidades que definen a este procedimiento.

           No se zahiera a sí misma, señorita –la aplacó su mentor, regalándole una sonrisa ante cuya luminosidad estuvo a punto de claudicar derretida–. No es usted la única a la que asaltan tales dudas y lagunas. Convengo en que la materia es algo árida, si bien sólo hasta que se consigue captar el núcleo esencial sobre el que toda ella orbita... Pero, en fin, lo mejor será que vayamos punto por punto para intentar poner algo de luz entre tanta tiniebla.

           Sobre aquel improvisado escenario, fue ella interpretando el papel que durante la víspera había estado ensayando en casa, una martingala que, enfocada en última instancia a la conquista del humano baluarte que espoleaba su deseo, partía de esas supuestas carencias cognitivas que sobre la especialidad académica de aquél afirmaba abrigar, y, así, los interrogantes iban emergiendo de su boca ornamentados con las sonrisas, visajes y demás gestos y giros anfibológicos que escogiera como municiones para contender en los fragosos arcabucos de la seducción. Desde que concertara la entrevista, se había dedicado, por lo demás, a estudiar a fondo la “árida materia” que se suponía venía a tratar, ello con el único objeto de poder disimular así su ignorancia con mayor pericia. Sin embargo, el ardid no parecía funcionar en el sentido deseado, pues ni su papel de aplicada alumna ávida de conocimientos, ni su encarecida simpatía, parecían despertar interés alguno, más allá del meramente académico, en el maduro catedrático, quien se limitaba a aclarar las cuestiones planteadas con adustez y rigor profesional, sin ni siquiera responder a las constantes muestras afectuosas que de ella iba recibiendo con un mínimo gesto que denotara afabilidad o dulzura. La verdad era que más allá de aquella primera y única sonrisa con la que a punto estuvo de desarmarla, el semblante del profesor no había vuelto a dibujar ninguna expresión amable durante todo el transcurso de la reunión. Serio, siempre serio y, aun en todo momento educado, ceñudo y hermético en el plano personal.

           Espero haber conseguido despejar al menos parte de sus dudas –comentó una vez dada por finalizada la audiencia.

           Ella asintió con la cabeza, aderezando al propio tiempo ese gesto con una sonrisa tímida, casi de circunstancias, que servía asimismo como despedida. Y ya se levantaba de la silla, dispuesta a abandonar aquellas cuatro paredes con un acerbo sabor de boca, resignada al fracaso de esa primera tentativa de acercamiento al hombre de sus sueños, cuando justo en ese instante se sintió espoleada por una audacia que, cual repentino turbión, se precipitara de lleno sobre su voluntad, hasta el punto que, casi de manera mecánica, brotaron de su garganta las palabras que proponían al veterano dómine salir juntos a tomar un café. Él se desprendió de las gafas para observarla de arriba abajo. Era aquella una mirada donde la curiosidad y la sorpresa se mezclaban a partes casi iguales. En cualquier caso, descarada o no, esa mirada venía a suponer, a juicio de ella, el primer contacto verdadero que los ojos del hombre mantenían con su cuerpo. Seguro.

           ¿Un café dice? ¿Con usted?
           Ante la palmaria perplejidad con que fuera formulado aquel doble interrogante, notó ella que se ponía colorada, y retomando la razón el dominio que por un momento cediera al empuje del instinto, se dijo que posiblemente aquella propuesta no había sido una buena idea. ¡Dios Santo, qué vergüenza! ¿Qué opinión tendría ahora el profesor de ella, salvo que era una descarada? Pese a todo, y ya que había sido la osadía la impulsora de aquel paso, pensó que lo mejor era ya persistir en dejarse arrastrar por ésta hasta culminarlo del todo, en lo que venía a ser una clara huida hacia delante. A fin de cuentas, ¿qué podía ya perder?

           Claro, ¿por qué no? No veo nada malo en ello. ¿O sí lo hay? –añadió, dando a la pregunta un deje de picardía.
           No considero demasiado apropiado que profesores y alumnos intimen en exceso. Eso es todo.
           Vamos, profesor, ¿no me dirá que compartir un café es intimar?      

           Eso depende siempre del café –bromeó el profesor, por más que, a tenor de su tono circunspecto, no lo pareciera–. En todo caso, la cafetería de la facultad suele estar siempre demasiado concurrida y no me gustaría ser blanco de miradas indiscretas, sobre todo si éstas pertenecen a colegas. 
           ¿Sus colegas le reprobarían algo tan inocente? No lo creo.
           A tanto como reprobarme dudo que se atrevieran, pero seguro que murmurarían a espaldas mías, y, créame, no me gusta ser tema de mentideros.

           Una mirada vulpina despegó de los ojos de ella, mirada que penetró en los del profesor como centelleante destello de luz, aturdiendo su visión durante un breve pero intensísimo lapso temporal.

           Tampoco nuestro café tiene por qué ser degustado en la cafetería de la facultad. Podríamos acercarnos a Moncloa –fue la invitación que de los labios de ella brotó tras que de sus ojos lo hiciera aquella luminosa mirada–. Por allí conozco algunos sitios interesantes…. Ni tampoco tiene por qué ser un café, o sólo un café, lo que compartamos.

           Un incitante guiño de ojo sirvió de semiótico colofón a aquella sugerencia. Se sentía sorprendida de su propia audacia, ya que en general no acostumbraba a ser tan atrevida en sus flirteos. Sin embargo, ya puestos, resultaba apasionante jugárselo todo a una carta. Si él rehuía el cebo, se daría por vencida y no insistiría más; pero si, por el contrario, lo mordía, habría dado un paso definitivo hacia su final objetivo.


El profesor

           Venía reparando desde hacía algunas semanas en la chica de pelo trigueño que se sentaba siempre en la primera fila. No podía negar que le llamaba poderosamente la atención, pese a que, por supuesto, se abstenía de fijar en ella miradas directas que, como tales, resultasen indiscretas, lo que no era óbice para que posara de vez en cuando los ojos con disimulo sobre su morfología. Por lo que advertía, ella era de las alumnas que con más interés seguía sus clases, siempre muy atenta a las explicaciones, sin perder al parecer detalle de cuanto él iba diciendo. Al principio la había observado de forma distante y desapegada, insensible a su propio examen, tan displicente como el científico que indaga sobre los aspectos más superficiales del conejillo de indias que sirve de base a un experimento. Sin embargo, con el paso del tiempo se había ido acentuando su interés, desplazándose éste desde un plano impersonal a otro más subjetivo, hasta el punto que comenzaba a experimentar ante aquella joven una atracción que excedía en mucho el ámbito académico. Le gustaba, sin duda. Su libido, curtida ya en mil lúbricas contiendas, proclive se antojaba a dejarse excitar por aquellas formas sinuosas. Hechizado le tenía sin duda el indolente y, al propio tiempo, provocativo cruce y descruce que de cuando en cuando le ofrecían las generosas piernas de la efeba, así como cautivado aquellos ojos vivos, profundos como abismos, ojos que clavarse en él parecían con embeleso. ¿Sería eso cierto? ¿Le lanzaba ella miradas insinuantes o no se trataba más que de imaginaciones suyas propiciadas por la fascinación que le producía la muchacha? El undoso movimiento de su cabello al girar la cabeza de lado a lado le provocaba una sensación de frescura, como si un céfiro acariciante circulara de súbito alrededor de la tarima desde donde impartía la clase. Los senos, esos dos turgentes relieves que se aventuraban tras la variedad de camisetas, suéteres o blusas encargadas de velar su jugosa materia, le tenían encandilado; anzuelos se le antojaban para sus manos, con frecuencia resguardadas en los bolsillos de la chaqueta para que sus indiscretas sacudidas nerviosas no delataran la atracción que les provocaba aquel par de seductores imanes. Desde luego, la veía bonita, la más bonita de todas sus alumnas.

           La curiosidad, pues, había traído en pos suya al deseo, y éste, tentador como la edénica sierpe, incitaba su lujuria mediante sugestivos ensueños donde aquella joven alumna se le aparecía desnuda y entregada a él por entero, siendo así que de la mano de tan incontinente deseo percibía el profesor cómo comenzaba ya a traspasar los umbrales que a la obsesión conducían. Y en ese tránsito andaba, incapaz de quitársela de la cabeza, cuando se vio sorprendido por la inesperada solicitud de audiencia que ella le hizo, alegando para ello que necesitaba aclarar ciertas dudas relacionadas con la asignatura que él impartía. Tuvo que esforzarse para disimular la turbación que tal instancia le produjo. Por supuesto, aceptó de inmediato, sin poner impedimento alguno a la entrevista pretendida. En realidad, hubiese recibido a cualquier otro alumno que con justa causa lo hubiese demandado, no en vano su responsabilidad como profesor así lo exigía. En este caso, no obstante, se daba la circunstancia que también el placer jugaba en el mismo equipo que la obligación.

           La idea de estar a solas con ella, aunque fuese dentro del angosto y nada coqueto habitáculo que circunscribían las cuatro paredes de su despacho, se convirtió durante los días previos a su específica culminación en monopolio obsesivo para la mente del profesor, elucubradora al respecto de las más sugestivas posibilidades. La víspera al día prefijado, mientras se encontraba tendido en la cama, fantaseó una vez más con ese esperado momento, imaginándosela aplicada a una sensorial danza en la que, mientras caderas y vientre se debatían en ondulantes movimientos, iba desembarazándose una por una de todas sus prendas, hasta quedar frente a él completamente desnuda, para luego, sin más abrigo ya que su propia piel, ir a sentarse sobre su regazo. La joven le mordía entonces con impudicia el lóbulo de la oreja, al tiempo que sus manos iban aflojando la corbata y le desabrochaban los botones de la camisa y el pantalón. Desatada por entero su lujuria, la izaba él con sus brazos para depositarla luego sobre la mesa del despacho, no sin antes barrer de un manotazo cuantos papeles atiborraban ésta. La mesa se convertía así en un improvisado altar erigido a las deidades del placer, tendida sobre el cual, sicalíptica y tentadora, se encontraba una singular Afrodita que con su cuerpo ardiente le invitaba a convertirse en su entregado sacerdote, y él, obediente, separaba sus piernas para adentrarse gozoso en la hendidura que entre ellas se abría, palpitante acceso de la arcana espelunca que era su sexo franco. Ella gemía, gemidos que se iban acentuando al ritmo de su propio empuje, hasta convertirse en gritos de gozo que desembocaban en un último estallido, justo cuando ambos, sacerdote y diosa, se derramaban el uno en el otro. La ilusoria escena convergía en este preciso instante con la que en el plano real también se desarrollaba, donde una profusa eyaculación ponía punto y final al masturbatorio acto con que el dómine había acompañado a su calenturienta imaginación. Un charco de semen dejaba tangible testimonio sobre las sábanas.

           A la mañana siguiente tuvo lugar la anhelada cita. Como no podía ser de otra forma, la realidad de los hechos desbarató todas estas lúbricas entelequias que los días previos modelara la imaginación del insigne catedrático, de manera que el encuentro se circunscribió desde un principio al concreto propósito que lo motivaba, esto es, arrojar luz sobre las tinieblas que en la fragosa selva del derecho procesal parecían envolver a su alumna. Se sintió, no obstante, embebecido por la sonrisa que ella le dedicó en un momento dado, por más que de inmediato descartase la posibilidad de que correspondiera a un intento de flirteo por su parte, tildándola al contrario como mero gesto de cortesía, la típica sonrisa condescendiente. Lo cierto era que por más que las fuerzas aliadas de su instinto y su deseo lo espoleasen a la aventura, las circunstancias no resultaban propicias para ésta, resultando en este sentido vano pretender burlar con falsos espejismos una evidencia que se presentaba como muro infranqueable, cual era la diferencia tremenda tanto de edad como de circunstancias que entrambos mediaba. Ante esa evidencia de nada servía engañarse. Él era demasiado mayor para ella, además de pertenecer a otro mundo muy distinto al suyo. Divorciado por dos veces, acababa de cumplir cincuenta años, en tanto que su joven pupila apenas si acarrearía en el serón la mitad de ellos; ni tampoco, por descontado, compartirían aficiones, gustos o inclinaciones de cualquier género. No, ninguna ilusión podía hacerse respecto a que entre ellos pudiera prender cualquier chispa más allá de la estricta relación profesor alumna.

           Y sin embargo, cuando ya había dado por terminadas todas sus explicaciones y el punto final era lo único que restaba para poner colofón a aquella audiencia, ella le propuso inopinadamente ir a tomar juntos un café, y más adelante, después de un sugestivo tira y afloja, que ese café, o lo que fuera, lo tomasen más allá de los muros del paraninfo. El profesor no podía creerlo. De repente, aquel encuentro parecía dar un giro de ciento ochenta grados y abría nuevos horizontes en un camino que momentos antes se le antojara por entero vedado.


El profesor y ella
           El Mercedes del profesor les condujo a la Castellana, concretamente a la zona de Cuzco, en uno de cuyos pubs tomaron acomodo para pedir un par de copas, whisky de malta él, rebajado con un chorrito de soda, ella un Baileys con mucho hielo. Recostados sobre los confortables sillones del local, iban sus cuerpos ganando en distensión al mismo ritmo que en vivacidad lo hacían sus lenguas, lo que condujo la plática a abandonar el encorsetado ámbito limitado por sus respectivos roles de profesor y alumna, para aventurarse hacia campos mucho más heterodoxos. Pasó así ella de expresar su admiración por los amplios conocimientos procesales de su mentor a hacer extensiva la laudatoria a su propia persona, en tanto que él, más recatado por naturaleza en lo que a despliegues efusivos se refería, sonreía sin disimular su complacencia, al tiempo que prodigaba a su interlocutora un cada vez mayor número de insinuaciones sutiles. Consumidas las dos bebidas iniciales, otras dos nuevas vinieron a ocupar rápidamente el lugar de las primeras. La ingesta de alcohol desataba aún más las lenguas de ambos, de por sí proclives esa tarde a la libre expansión. Las continuas bromas y muestras de ingenio de que hacía gala el maduro caballero eran aplaudidas por risas cada vez más desinhibidas de la joven muchacha. No había duda que profesor y alumna estaban disfrutando de su mutua compañía, descubriendo facetas el uno en el otro que hasta entonces permanecieran embozadas a sus respectivos ojos bajo el siempre tupido velo de las apariencias. Proclive de este modo el espíritu a dejarse arrastrar por la laxitud, ningún reparo tuvo ella en descargar sus ansias confesando a su acompañante lo mucho que le gustaba, confidencia que su boca dejó escapar entre risas, como algo natural que ningún misterio encerrara, por más que la revelación diese a tales risas un sutil toque nervioso que en el fondo delataba su verdadera trascendencia. Confesión por confesión, el profesor no dudó tampoco en admitir que asimismo se sentía muy atraído por ella. Minutos más tarde, ya con las terceras copas sobre la mesa, llegarían los besos, tumultuosos y apasionados como estallidos de volcanes.

           Poco después recalaba la pareja en el hogar del profesor, una amplia casa de tres alturas ubicada a las afueras de la metrópoli. La feroz ardentía que en ambos rezumaba a través de todos y cada uno de los poros de su piel no podía aguardar más tiempo para ser sofocada, de manera que apenas cerrada a sus espaldas la puerta de acceso a la vivienda, ya estaban sus cuerpos entrelazados sobre la pared del hall, debatiéndose el uno contra el otro como dos posesos; cada boca buscaba la contraria y en el encuentro se enredaban sus lenguas como dos serpientes en celo, un solo beso, eterno, violento, febril, cavernas enlazadas que componían un alambique donde los líquidos salivares eran mezclados entre remolinos de pasión. En paralelo a este beso infinito, se afanaban también sus manos en una exploración frenética, presurosas por recorrer los ocultos paraísos de la carne, empeño en el que no tardaron las de él en desabrochar el cinturón que ceñía la escueta minifalda, que se precipitó hacia el suelo formando un burujo. Liberada de este modo de su prenda inferior, estiró ella los brazos con voluptuosidad y molicie, reclamando con tal gesto ser despojada asimismo de la que recubría su tronco; él no se hizo de rogar y extrajo por arriba la celeste camiseta, que se atascó un poco a la altura de la cabeza, si bien, un enérgico movimiento de ésta de lado a lado terminó por liberarla. Despejado el camino de molestos obstáculos, las manos de él se apresuraron a deslizarse bajo la batista de las bragas, apretando y acariciando las dos esferas que componían el empinado culo, y desde allí reptaron luego sus dedos hasta alcanzar los ardientes pliegues vaginales, rebosantes ya de fluidos, cuyos labios desplegaron con cuidado para un par de ellos, los más audaces, introducirse en las profundidades cavernosas, provocando como respuesta en su destinataria un tembloroso respingo, al que siguieron entrecortados jadeos que, evacuados con el aliento, humedecieron el cuello masculino como si de tibio rocío se tratara. Recuperando entonces ella la iniciativa, se agachó y desabotonó con furia los pantalones del profesor, liberando de sus telas el fuste cuya dureza, junto a las perlas transparentes que asomaban por su hendido extremo, testimonio venían a dar de la lasciva excitación que embargaba a su maduro propietario. Los gráciles dedos se retorcieron sobre el falo, enhiesto éste, palpitante de lujuria, en tanto los labios se relamían rijosos, como saboreando de antemano el fruto apetecido, prestos a colmarse de su néctar. Sin dejar de abandonarse a las delicias de esta masturbación, aprovechaba él para evacuar de su cuerpo chaqueta, corbata y camisa, fastidiosos atavíos cuyo sofoco le resultaba a esas alturas incompatible con el proveniente de su líbido sulfurada, y justo cuando la blanca camisa volaba por los aires, un espasmo de placer hizo que de su garganta escapara un prolongado aullido: su pene acababa de ser aprisionado dentro de la boca tibia y húmeda de la muchacha, quien comenzaba a lamerlo con irrefrenable concupiscencia. Poderosas corrientes iban galvanizando al profesor mientras su miembro erecto profanaba una y otra vez la boca de su compañera, en ocasiones hasta la mismísima garganta. Sacudido por la electricidad de sus propios sentidos, a cuyo empuje apenas si su voluntad podía oponer resistencia alguna, se sentía impelido a descargar su simiente dentro de aquel salivoso cubil; no obstante, en un sumo esfuerzo de continencia, compelió a su carcelera a una liberación que previniese la eyaculación precipitada, y ya emancipado de la boca insaciable, levantó a la joven para con un rápido giro volverla de cara a la pared. De pie y con las manos apoyadas contra el muro, ella arqueó la espalda y separó sus piernas, haciendo que el culo sobresaliese lo más posible y quedase enteramente a merced del amante, quien en esos mismos momentos terminaba de quitarle la ropa interior. El recio miembro viril se aproximó entonces a la rosada embocadura y penetró en ella con facilidad, hasta el fondo, no en vano los chorreantes jugos femeninos habían lubricado plenamente las vaginales paredes. Ella emitió un tenue chillido. A veces sosegado y calmo, otras presuroso y salvaje, iba variando el profesor el ritmo de sus acometidas, entrando y saliendo de la humedecida cueva sin más gobierno que el que sobre su voluntad ejercía la lascivia desatada, al tiempo que una de sus manos se desplazaba en movimientos circulares alrededor de la doble luna que componía el pecho de ella, friccionando los pezones endurecidos, en tanto la otra masajeaba el clítoris con pericia. Ella notaba el movimiento del pene en su interior como el de una alocada serpiente que no cesase de reptar; gritaba de placer, entregada a los escalofríos y espasmos que recorrían su cuerpo de arriba abajo. Tuvo dos orgasmos casi consecutivos, el último de ellos coincidente con el momento preciso en que él se derramaba en su interior tras un ronco bramido. Se volvió entonces con una sonrisa de satisfacción y le besó en los labios, para acto seguido agacharse y cerrar de nuevo la boca alrededor de su pene, que empezaba a perder su dureza, a fin de succionar las gotas de semen que aún rezumaban en la punta. Había concluido el primer asalto.

          Alimentado el fuego de la pasión, decidieron colmar también el que en sus tripas tenía cobijo, que no por más prosaico merecía menos miramientos, de manera que el anfitrión se dispuso a preparar algo de cena, para lo cual envolvió su desnudez únicamente con un mandil y un gorro de cocinero, indumentaria que levantó sonoras carcajadas en su acompañante.

           Estás para hacerte una foto y distribuirla luego por toda la facultad.


           La disparatada idea hizo que también la risa brotase espontánea de la garganta de él.

           Mira por donde, quizá fuese un buen medio para que mi reputación ganase algunos enteros.      
            Claro, sobre todo entre las féminas.
            Seguro. Me convertiría ante sus ojos en todo un sex symbol.
           Sí, el sex symbol del mandil… Anda, bobo, ve a preparar esa cena, que tengo hambre. 

            De acuerdo, pero te confieso que no tengo mucho apaño en casa, ya que generalmente ceno fuera…. Mmmmm –el profesor frunció el ceño e hizo gesto de ponerse a pensar– Ya está –exclamó tras un par de segundos, haciendo chasquear los dedos–, te prepararé unos deliciosos spaghetti al ajillo. Te aseguro que me salen de miedo. Ya verás como te chupas los dedos.
           Quizá prefiera chupar otra cosa –replicó ella con picardía.
          

           Él aplaudió el provocativo retruécano mediante una nueva risotada y marchó después a la cocina.
          

           Ponte cómoda y sírvete una copa mientras cocino la pasta. Ahí en el mueble bar tienes bebidas.

           Sin cubrir con nada su desnudez, y mientras su anfitrión se debatía entre los fogones, permaneció ella en el salón principal de la vivienda. Tras echar un ligero vistazo, se dijo que estaba decorado con gusto, una mezcla de estilos, algunos clásicos, otros más modernos, que en conjunto armonizaban elegancia y comodidad en una simbiosis compacta. Le llamaron especialmente la atención las ventanas, dotadas de unos pesados parteluces, a través de los cuales se filtraba una luz tenue, luz de luna, que fucilaba con un tinte espectral. La chimenea, hecha de mármol veteado, albergaba un fuego tenue, cuyas lenguas formaban al brincar extraños arabescos. Permaneció un buen rato a su calor, embebecida frente al retozar de las llamas, dejando que su imaginación volase sobre la grupa del fuego hacia ignotos territorios plagados de misterio y aventura. Tales ensoñaciones fueron interrumpidas por la llegada de su anfitrión, quien tras aplicar la badila para remover la lumbre e intensificar su ígneo poder flamígero, se volvió hacia ella para engarzar su cuerpo en un voluptuoso abrazo y propinarle un liviano mordisco sobre los pezones, que se vigorizaron al instante.

           Vaya, parece que mi guapo cocinero tiene hambre, aunque no precisamente de spaghetti. Quizá sea que no le salieron tan deliciosos como él aseguraba.
           Digamos mejor que lo que se ofrece ahora a su vista le resulta mucho más apetecible.
           

           Sin mediar más palabra, cubrió el profesor la boca de su invitada con un beso húmedo y prolongado, al ritmo del cual la fue arrastrando hacia el suelo, hasta quedar ambos tendidos con molicie sobre la espesa alfombra que copaba buena parte del pavimento. Mientras lo acariciaba, el profesor iba deleitándose en la contemplación del cuerpo desnudo de su amante, que se le antojaba una excelencia de fisuras y pliegues, todo un jardín de las delicias. Con los dedos corazón e índice de su mano derecha circunvaló el escualo que llevaba ella tatuado en la parte posterior del hombro, pese a que sus preferencias estéticas se inclinaban más bien hacia el que lucía en los bajos de su espalda, una miscelánea de runas orientales entretejidas en forma de “V” cuyo vértice, cual celoso guardián de un fastuoso tesoro, se correspondía con el inicio del raíl que dividía ambos glúteos. Esos mismos dedos, retozones e inquietos, se complacían poco después en hurgar alrededor del sensual ombligo, jugando con el piercing que engalanaba éste, desde donde descendieron para acariciar el pubis, que ella lucía enteramente rasurado, lo que permitía apreciar en todo su esplendor la tentadora vulva, con sus rosados labios menores plegándose sobre la vertical hendidura que encerraba el paraíso de los gozos. Los pezones, aureolados por una corona de tonalidad cárdena, como sendos pétalos de trinitaria, sobresalían erectos al ser estimulados por la experta lengua masculina, dos puntas de lanza desafiantes, dos polos eléctricos prestos a recibir continuas descargas de placer, un placer que invadía todo el sistema nervioso de la joven estudiante, testimoniado en los gemidos que brotaban de sus labios entreabiertos al sentir aquella lengua glotona afanarse en sus pechos y aquellos dedos, largos y osados, palpando el interior de sus muslos, táctil reclamo que ella atendía instintivamente separando sus piernas algunos centímetros, los justos para que alcanzaran la encrucijada donde la carne se abría para permitir el acceso a las oscuras profundidades intestinas. Tras cumplir los dedos con su cometido, fueron reemplazados por la boca, presta a enaltecer mediante ligeros mordiscos y vehementes lametones el santuario vaginal que a ella se ofrecía, por cuya puerta expedita introdujo su punta el salivoso apéndice para, resbalando entre sinuosidades impregnadas de jugos, moverse de lado a lado, hacia adentro y hacia fuera, en movimientos circulares…, hasta arrastrar a su sacerdotisa en un remolino de éxtasis incontenible. En medio del delirio, urgida por las voces del deseo, levantó ella las rodillas hasta que éstas vinieron a rozar casi su barbilla, tácita convocatoria para que la grieta abierta en la intersección de sus muslos fuese enfoscada por la carne enhiesta del amante. Él aceptó el envite e hizo deslizar su falo entre las carnosas paredes vaginales, penetración que obtuvo como respuesta un grito agudo que atravesó la garganta de ella cual relámpago sonoro. Para sofocar sus fragores, taponó el profesor la boca de su alumna con la suya, enzarzándose ambas lenguas en una frenética pugna donde no había vencedores ni vencidos. Alcanzaron de este modo el clímax al unísono, como dos relojes sincronizados, y sus respectivos cuerpos se convulsionaron en repetidos espasmos.

           Los spaghetti estaban ya casi fríos cuando, allí mismo, sobre esa misma alfombra donde acababan de hacer el amor, dieron cuenta de ellos. Era ése, en cualquier caso, un detalle que apenas si merecía un solo comentario, tras haber transitado por las viñas del placer para saciar con sus frutos otro tipo de apetito.

           Tras la frugal ingesta, se dirigieron al dormitorio principal, donde entre sábanas de seda volvieron a sumergirse en las procelosas aguas del sexo. Ella estaba más que sorprendida por la inaudita virilidad que evidenciaba su amante, teniendo en cuenta que, lejos de ser un adolescente, se movía ya en los confines de la cincuentena; y en análoga concomitancia, le asombraba también su cuerpo, toda vez que había esperado toparse con un organismo invadido por carnes flojas y estriadas, acorde con la avanzada edad, y en cambio a sus ojos se ofrecía un torso musculoso, colmado de un vello ya cano, sí, pero nada flácido, con abdominales todavía marcadas y, en general, carnes prietas. No pudo evitar preguntarle, con morbosa curiosidad, si tomaba algún tipo de anabolizante o de productos estimulantes para la líbido, tan en boga últimamente. Esta pregunta se la hizo al propio tiempo que masajeaba su falo, de nuevo duro como una roca, aunque sedoso al tacto, por el que los delicados dedos subían y bajaban a ritmo suave.

           Ante la pregunta sobre el posible consumo de artículos vivificantes, él esbozó una sonrisa enigmática, pero se abstuvo de satisfacer su curiosidad, limitándose a izarla por el culo con un movimiento enérgico y compelerla a que se sentase sobre su erecta verga. Las manos de ella asieron entonces el pene y enfocaron su punta hacia la enrojecida y palpitante vulva que lo aguardaba, y tras ajustarlo en la entrada, fue bajando poco a poco hasta hundirse por completo en él, dejando escapar al hacerlo un grito gutural, para luego, una vez convenientemente acoplada, comenzar a mover sus caderas en círculos lascivos, rotaciones que de vez en cuando interrumpía al objeto de alzar las nalgas sobre el carnoso y resbaladizo mástil que la penetraba, dejando asomar en estas subidas la base del glande, y acto seguido, antes de que su presa pudiese escapar por entero, dejarlas caer otra vez para empalarse nuevamente. Prolongaron durante algunos minutos este juego de contorneos, subidas y bajadas; luego él la abrazó y obligó a que girara, de manera que quedase debajo suyo. Ella gozaba al verse aplastada bajo el musculoso cuerpo, enredándose con él hasta formar un ovillo de piernas, brazos y sexos, dos cuerpos imbricados que componían uno solo, de manera que ambas pelvis se unían y desunían en un baile cuya cadencia variaba paulatinamente de ritmo, unas veces lenta, otras desenfrenada, melodía de formas que hallaba sonoro aditamento en el festival de gemidos cuyo volumen no dejaba de subir. Los ojos de la muchacha aparecían empañados por la lujuria, nunca antes había alcanzado cotas tan elevadas de placer carnal, y en sus entrañas el deseo se fraguaba en una sucesión de oleadas apremiantes e irresistibles, todo un tsunami de sensaciones, tan poderosas que su corazón se disparaba en un frenético ciclo de sístoles y diástoles. En medio de este huracán de gritos ahogados, sofocos y palpitaciones, pudo percibir cómo el temblor de sus caderas y piernas iba ganando en intensidad, signo inequívoco de que se aproximaba un nuevo momento álgido, aquel en el que se produciría la apoteósica erupción de los jugos que en su interior pugnaban por estallar, un estallido que ella se esforzaba todavía en contener, para lo que arañaba con violencia la espalda de quien con sus embestidas estaba a punto de provocarlo, hasta que las fibras nerviosas, desbordadas por tantas y tan continuas sacudidas mayestáticas, sucumbieron al fin a esa irreprimible estampida de los sentidos que se ha dado en llamar orgasmo, furiosa explosión que de energía descontrolada colma el aparato genital para desde allí proyectarse, cual relámpago vertiginoso, en todas direcciones, hasta cubrir el último milímetro del cuerpo sometido. Justo también en ese instante, como relojes sincronizados, él se derramaba por entero en la profundidad de su vientre, emitiendo al hacerlo un alarido animal que se propagó por todo el dormitorio.

           Tras la sensorial deflagración, permanecieron ensamblados durante algunos minutos, exhaustos, sudorosos, contemplándose el uno al otro con miradas de agradecimiento y ternura. Luego él se incorporó de la cama y extrajo de la cómoda un pequeño envoltorio, parte de cuyo contenido mezcló con tabaco y enrolló con papel de fumar.

           Esto es lo más estimulante que tomo –comentó con una sonrisa, al tiempo que encendía el porro que acababa de liarse, respondiendo así a la pregunta que ella le hiciera en los prolegómenos de su último polvo.

           Aquel hombre se estaba revelando toda una caja de sorpresas, a cual más fascinante. No podía ella creer que la persona seria y morigerada que impartía clases en la universidad, modelo de formalidad y corrección, siempre impoluto tras su traje y corbata oscuras, fuese la misma con la que acababa de follar tres veces prácticamente seguidas de forma salvaje, la misma que fumaba hachís con delectación y pasaba ahora el porro a sus labios tras depositar sobre ellos un tierno beso, la misma que aplaudía como de buen gusto los tatuajes y piercings que ornamentaban su cuerpo. La verdad era que, pese a lo mucho que había fantaseado con él, nunca se le pasó realmente por la imaginación que su idolatrado profesor pudiera tener una mentalidad tan abierta y libre de prejuicios. Aquella noche estaba siendo memorable, y ya no sólo por el componente sexual que la presidía, sino también por todo aquel carrusel de descubrimientos que se iban sucediendo.

           Es asombroso, los jóvenes creéis que habéis inventado el mundo –retomó de nuevo él la palabra–, pero éste no hace otra cosa que girar y girar hasta volver siempre sobre sí mismo en un continuo eterno retorno. Lo único que nos distingue a los de mi generación de los de la tuya es en todo caso que somos si acaso más discretos, fruto imagino que de la mayor experiencia, pero en el fondo tenemos idénticos vicios y similares tentaciones, no en vano estamos hechos de la misma carne y por nuestras venas corre la misma sangre, una sangre que también hierve y entra en ebullición ante determinados estímulos…. A fin de cuentas, el instinto obedece a esos dos componentes básicos: carne y sangre. No hay edad que valga.

           Hablaba con la mirada puesta en el techo, como si lo hiciera para sí mismo. El cabello enmarañado y la luminosidad de sus ojos, fruto sin duda esto último de la ingestión de hachís, le conferían una expresión alucinada. Calló luego y el silencio se apoderó del dormitorio, tan sólo interrumpido por la cadencia rítmica que producían ambas respiraciones. Pasados unos segundos, ella se alzó sobre el colchón y dio una última calada al porro, que inhaló profundamente, antes de apagar el pucho sobre el cenicero que había en la cómoda. Desde arriba miró a su amante, que reposaba con las manos detrás de la nuca, los ojos aún en el techo, y tuvo la impresión de estar viéndolo como a través de una calima. Lo miraba con renacida lujuria. Pensó que su organismo estaría aún recuperándose de la última batalla amatoria, buscando amortizar con el reposo parte de las energías sacrificadas; pero no quiso darle tregua y, agachándose sobre él, comenzó a besar su miembro flácido.

           El profesor suspiró. Pronto notó cómo su pene dormido vibraba ante aquellos besos y suaves lametones, presto a recibir otro turbión de sangre que lo hiciera de nuevo despertar para atender a los edictos del sexo. Entrecerró los ojos y colocó sobre la castaña melena ambas manos, presionando con ellas la cabeza para indicar que deseaba que su boca engullera el falo. Ella no opuso resistencia; guiada por el empuje de sus manos, empezó a subir y bajar la testa ingiriendo su presa en cada acometida, notando cómo dentro de su boca despertaba ésta de su momentáneo sopor para volver a endurecerse. Chupaba con veneración, como una sacerdotisa que rindiera pleitesía a su deidad mediante sacras genuflexiones; tan profundos resultaban a veces los descensos de su cabeza, que su nariz chocaba contra los testículos, donde permanecía algunos segundos, aspirando su acerbo aroma, llena su boca de él, saboreando la polla entera, cuyo grueso extremo se le pegaba a las paredes de la garganta, para volver luego a dejarla emerger entre espasmos de asfixia. Aparcando luego la felación por un momento, se dedicó a morder con delicadeza el largo tallo, primero en la base, donde al propio tiempo aprovechaba para lamerle con voluptuosidad los huevos, repartiendo después los mordiscos por todo el conducto vigoroso, y finalmente en la bellota roja que lo culminaba, volviendo luego desde allí a recorrerlo todo con la lengua, de arriba abajo, de abajo arriba, a veces con movimientos circulares sobre el glande, otras succionando como una bomba hidráulica. El profesor se dejaba hacer, cerrados los ojos hacia un paraíso interno donde quería permanecer para siempre, la boca entreabierta, resquicio por el que no cesaban de escapar tenues suspiros, y todo su sistema nervioso a punto de estallar de puro placer, estallido que se produjo al cabo mediante una nueva eyaculación apoteósica, descarga salvaje que regó la boca de su sacerdotisa con el glutinoso líquido de la vida.

           Aquello era un desenfreno de lujuria. La casa del profesor se había convertido en improvisado escenario donde una tras otra iban sucediéndose representaciones de un renovado kamasutra. Todo tipo de posturas y todo género de experimentaciones fueron llevados a escena durante esa larga noche de sexo sin límite. En uno de esos lances amatorios cubrió ella su cuerpo de nata para que él lo lamiese hasta dejarlo limpio; otra vez, en cambio, fue él quien se untó la punta del pene con miel y se lo dio a probar a ella, quien lo relamió con suprema delectación; a veces él se recreaba azotando los redondos glúteos de su compañera hasta arrancarle aullidos donde dolor y placer componían una danza lúbrica; otras veces la penetraba por el ano, práctica que ella jamás antes hiciera y que abrió sus sentidos a un nuevo universo de goces ignotos; en otra ocasión ató sus manos a la cabecera de la cama y cubrió sus ojos con el cinturón de un albornoz para, privándole de tacto y visión, incrementar sus sensaciones mientras le chupaba el clítoris y se hundía luego de nuevo en el interior de su abierta anatomía. Como no podía ser de otro modo, todos y cada uno de estos juegos tenían siempre como desenlace la fulgurante estampida multicolor en la que ambos, a veces simultáneamente, otras de manera sucesiva, tocaban con sus dedos el cielo a través de un nuevo orgasmo.

           Tras varias horas de protagonizar una sexualidad exenta de tabúes y prejuicios, cayeron finalmente exhaustos, derrengados tras haber llevado a cabo las más ardorosas batallas carnales que sus encendidas imaginaciones pudieran concebir. Durante largo rato permanecieron abrazados y medio adormecidos, ufanos de haber alcanzado juntos tan reavivantes clímax, de haber viajado hasta el Nirvana y gozado en él de sus afrodisíacos manjares hasta quedar enteramente ahítos. Finalmente, un dulce sueño los venció a ambos.

           Fue él quien a la mañana siguiente despertó primero, poco después que los rosados dedos del alba descorrieran la cortina escarchada con que la noche oculta al día. Miró su reloj para comprobar, no sin cierta sensación de destemplanza, que ni siquiera habían sido cuatro las horas que estuvo en brazos de Morfeo. Con cuidado de no despertar a su circunstancial amante, destapó las sábanas para poder contemplar al detalle el cuerpo desnudo de ésta. Una sonrisa iluminó sus labios, y se dijo que había merecido la pena robarle tiempo al sueño con tal de gozar de tan deliciosa anatomía. Con ese pensamiento en mientes, se puso a trazar con sus dedos círculos alrededor de los cárdenos pezones, que se endurecieron casi al instante, para luego, muy despacio, ir llenando toda su geografía de dulces besos, comenzando precisamente por esos mismos pezones que acababa de delinear, desde cuyas cimas fue descendiendo hasta concluir en el rasurado sexo, cuyo aroma le resultó embriagador, néctar para su boca anhelante, que se entreabrió para saborearlo con la lengua, húmeda y elástica, que desde ese mismo momento se afanó, cual furtiva áspid, en zigzaguear a través del clítoris. Ella despertó estimulada por aquella lamida. Las cenizas del sueño sofocado conferían a sus facciones un aire perezoso. De sus labios escapó un susurro tenue, como el ronroneo de un pequeño felino, y se dijo que era imposible amanecer de un modo más placentero. El profesor continuó trabajando a lo largo y ancho de todo el consulado genital, sin que su lengua ávida dejara un solo resquicio por explorar y lamer, hasta que incapaz de seguir conteniendo sus ansias, optó porque el falo reemplazara en su tarea a aquélla, introduciéndolo por la hendidura completamente empapada de jugos.

           Tras este despertar henchido de sexo, él anunció que tenía que irse, ya que su primera clase estaba señalada para las diez en punto, si bien, ella podía quedarse en su casa todo el tiempo que quisiera. Se duchó en apenas cinco minutos y regresó a la habitación para vestirse. Mientras se ajustaba la corbata, su joven amante le pidió que se quedase con ella.

           ¿Estás loca? ¡Jamás he faltado a una sola clase! –objetó el con displicencia.

           Ella arrugó el entrecejo y, simulando compunción, plegó los labios para forjar con ellos toda una sucesión de lánguidos pucheros. Tan cómica resultaba su estampa en tales visajes de niña chica, que el profesor no pudo reprimir una sonora carcajada.

           Mira que eres boba.
           Hazlo por mí, anda –insistió ella, componiendo con su voz idéntico tono mimoso al de sus gestos–. Me apetece estar un ratito más contigo. No hace falta que hagamos de nuevo el amor. Lo único que quiero es sentir el calor de tu cuerpo pegado al mío.

           El se acercó a la cama y, poseído por una súbita ternura, depositó un dulce beso sobre sus labios.

           ¿No ves, pequeña, que no puede ser? Se me ocurre una idea: tú me esperas aquí, toda mi casa queda a tu entera disposición, puedes escuchar música, ver la tele, leer, curiosear por ahí…, lo que más te apetezca en cada momento, y luego, a mi regreso, vamos juntos a comer a un restaurante estupendo que conozco.
           La idea me atrae… Pero justo en este momento lo que más me apetece es precisamente continuar gozando de tu compañía.


           El profesor la miró fijamente. El relieve de sus formas femeninas se perfilaba en las sábanas que cubrían su desnudez, como un mapa recorrido por sugerentes anfractuosidades. En aquellos momentos se le antojó una nereida surgida del profundo mar de sus deseos más íntimos, el ser más hermoso que la génesis creadora de cualquier demiurgo hubiera llegado a componer. Dudó durante un par de segundos, hipnotizado por esa imagen mitológica, pero no obstante terminó de nuevo por rehusar:
           Lo siento, no puedo. Sería sentar un precedente negativo. Te repito que jamás he dejado de dar una clase.
           Siempre hay una primera vez para todo –rearguyó ella–. Tampoco yo me había acostado nunca antes con un profesor.

           Aquella original refutación de sus argumentos provocó nuevas risas en el profesor, quien movió varias veces la cabeza de lado a lado, como intuyendo lo inútil de cualquier disputa, antes de terminar rendido ante la hechicera tozudez de su acompañante.

           Eres un caso –dijo, mientras volvía a desnudarse para meterse otra vez en la cama–. Un verdadero caso.

           Por primera vez en su larga carrera como docente iba el profesor a faltar a una clase. Tenía cosas más importantes que hacer.

sábado, 20 de noviembre de 2010

COBARDÍA PARA DECIR ADIÓS

           A Emma no dejaba de sorprenderle que su mejor amiga, su alma gemela, como a ella gustaba llamarle, fuese precisamente una alumna suya de la facultad.

           Los inicios de su labor como docente en la Escuela Superior de Gestión Comercial y Marketing se remontaban a varios años atrás, justo tras aprobar unas oposiciones a las que había dedicado una ingente cantidad de tiempo y esfuerzo, periplo opositor durante el cual estuvo no pocas veces tentada de arrojar la toalla, resignada a proseguir toda su vida laboral como interina, saltando de instituto en instituto, con cortas recaladas en alguna que otra universidad privada. Al final, empero, ese tiempo y esfuerzo obtuvieron la recompensa anhelada y pudo conseguir una plaza fija en la facultad donde desde entonces impartía su magisterio.

            Fue a los tres años de iniciada esta nueva andadura profesional cuando conoció a Sonia, quien asistía a sus clases de mañana tras haberse matriculado en primer curso de carrera. Lo cierto es que supo congeniar con ella desde un principio; la espontaneidad manifiesta de la muchacha, su talante franco y comunicativo, libre de cualquier género de convencionalismos, la perenne sonrisa que adornaba su boca, constituían en sí mismos poderosos hechizos con los que atraer afectos, y Emma fue desde luego víctima de ese fascinante sortilegio que emanaba de su joven alumna. Era ésta trece años menor que ella, pero ni tal diferencia de edad, ni la circunstancia de estar situadas cada una a diferente nivel en el estrado académico, impidieron que se compenetrasen a la perfección, como si se conocieran de toda la vida, y que este natural entendimiento mutuo fuera dando sus frutos en forma de relación cada vez más profunda, aupada ésta desde unos primeros escalones afianzados en la recíproca simpatía hasta elevados barandales cuyos soportes fueron los de un genuino cariño.

           El origen exacto de esta sólida amistad se remontaba a cierta mañana en que, tras finalizar su clase, Emma fue abordada por Sonia, quien le solicitó una audiencia personal para aclarar determinadas dudas que tenía sobre la materia que estaba impartiendo. Emma accedió gustosa a la postulación, reuniéndose ambas con tal fin al día siguiente en su despacho. Esa misma tarde, una vez dilucidadas las dudas expuestas, profesora y alumna prolongaron el encuentro merendando unos perritos calientes en una hamburguesería próxima a la facultad. Pocos días después, tras un nuevo cruce docente, concertaban una cita para comer juntas, cita que fue el preludio de otras muchas, cada vez menos espaciadas en el tiempo, y que fueron abarcando la práctica totalidad de la oferta lúdica que una gran ciudad puede llegar a ofrecer: cines, teatros, restaurantes, espectáculos, discotecas…, convertidas de este modo en asiduas compañeras de esparcimiento y diversión. Como era de esperar, dada la natural afinidad de caracteres que a ambas vinculaba, esta concomitancia externa no tardó en abrirse paso hasta alcanzar asimismo sus respectivos universos interiores, donde perfilaron igualmente una estrecha conexión que hizo de ellas cómplices y confidentes la una de la otra, verdaderas uña y carne, intimidad que a su vez las volvió aún más asiduas, hasta el punto de llegar a compartir incluso sus periodos de asueto y vacación, que aprovechaban para juntas enfrascarse en todo tipo de viajes y actividades diversas. Casi sin darse cuenta, ambas mujeres habían establecido entre ellas una franca alianza apuntalada sobre el mutuo afecto.

           Como todo aquello que implica a la materia emocional, también la amistad entre Emma y Sonia tuvo en su órbita una serie de elementos que, de un modo u otro, venían a significar perturbaciones nacidas en el seno de esa misma materia. Javier fue quizá la mayor de esas perturbaciones. Sonia coincidió con él en el curso siguiente. Venía trasladado de otra universidad y desde el comienzo de las clases se sentó a su lado en el aula; el primer día por pura casualidad, porque allí había un sitio libre y punto; los siguientes por la inercia de la costumbre, ¿para qué buscar otro emplazamiento si ese estaba bien?; finalmente, por verdadera afinidad entre ambos. Era alto y bien parecido, su mirada lánguida y distante configuraban una apariencia introvertida que compaginaba con su naturaleza tímida, pese a no constituir ésta en sí misma más que un primer muro de contención, como una defensa ante lo desconocido, ya que una vez ganaba la necesaria confianza, esa timidez se transformaba fácilmente en desenvoltura.

           Así las cosas, pocas semanas después de iniciado el curso, Sonia y Javier habían alcanzado tal grado de conjunción, que podía decirse que entre ambos se había ya instituido una leal camaradería, traducida esta en permanentes intercambios de apuntes, prestación recíproca de libros, trabajos en común, desayunos y almuerzos en la cafetería de la facultad, bromas de todo género…, en fin, cimientos de un apego que, dentro de lo que era el estricto ámbito universitario, les convirtió poco menos que en inseparables. Era evidente que habían sabido conectar a la perfección, como dos teselas de un mismo mosaico.

           Este acercamiento, ubicado en un principio dentro sobre todo de lo que era el orbe estudiantil, fue ganando paulatinamente en intensidad y bifurcándose hacia otros derroteros, de tal manera que sus encuentros allende el perímetro universitario se hicieron cada vez más repetidos, amparándose su frecuencia en todo tipo de excusas, por peregrinas que fuesen, al tiempo que las bromas entre ellos comenzaban a condimentarse con la especia de la insinuación, los roces a perder su carácter fortuito y las miradas a configurar un nimbo ciertamente hechicero. No es de extrañar, por tanto, que cierta tarde de invierno, una de esas donde la lluvia gélida y el cielo gris y pesado componen la estampa de un paisaje gótico, Sonia hiciese saber a Emma, tras sutiles circunloquios, que creía despertar en Javier un interés que iba más allá de la mera relación de compañerismo que podía darse entre dos alumnos bien avenidos, más allá incluso de la amistad, así como, también rodeada su confidencia de variopintos ambages, que ese interés era recíproco, que también ella sentía un extraño cosquilleo en la boca del estómago cuando estaba a su lado.

           Se diría que nada anómalo, al menos a primera vista, encerraban los lindes de esta mutua atracción, nada en cualquier caso que justificara tanto subterfugio a la hora incluso de confesarla, no en vano resultaba muy acorde con la edad y con la sangre, con esa natural tendencia que tiene ésta a hervir cuando estimulada resulta por la secreción de determinadas hormonas, de tal forma que, más que inquietud, se supondría que debía ser ilusión lo que ante todo suscitase en sus protagonistas. Y así en efecto habría sido, al menos en lo que respectaba a Sonia, de no haberse dado la circunstancia de tener ésta un novio allá en su pueblo, en Sanlúcar de Barrameda, con el que llevaba saliendo ya más de tres años. Esta ligadura emocional, que ya en su momento refiriese al propio Javier, la tenía sumida en un mar de dudas, magnetizada dentro de una especie de perspectiva en claroscuro frente a la que no acertaba a distinguir bien dónde se encontraban las sombras y dónde la luz, la clásica pugna entre deber y deseo, y pese a ser la infidelidad algo que por naturaleza aborrecía, sospechaba que sólo era cuestión de tiempo su caída en brazos de quien tanta atracción ejercía sobre ella, puesto que no se veía con fuerzas para colocar barrera alguna en caso de que él abordara sus defensas, contingencia esta que, al tiempo que la tenía completamente embebecida dentro de un ensueño cromático, la asustaba como si de un negro abismo se tratase.

           El consejo que la confidencia de su amiga halló en Emma fue el que le incitaba a confrontar los ecos de aquellas dos voces discordantes que gritaban dentro de sus entrañas, la de los sentimientos y la de la razón, la primera anhelante de aventura, la segunda abogada de la prudencia, promiscua la primera, pacata la segunda. Emma, no obstante, se posicionó al cabo para asegurar que, de ser ella la afectada, no dudaría en decantarse por las voces que emitían sus sentimientos, desatendiendo las de la razón en caso de oposición entre ambas, pues no obstante resultar más sensatas y juiciosas estas últimas, solían las primeras traer consigo presentes más placenteros; si bien, se trataba en todo caso de una decisión que, dada su delicada índole, tenía que tomar ella misma atendiendo a sus propias convicciones, así como afrontar luego con rigor las consecuencias derivadas. También le dijo, entre bromas y guiños de complicidad, que Javier le parecía un chico estupendo y que conformaban una bonita pareja.

           Como quien avanza por un camino que de pronto se bifurca en dos, obligando al viajero a decidirse por uno u otro, así sentía Sonia el rumbo de sus pasos en lo que a su relación con Javier se refería, y en la tesitura de elegir se hallaba, bien optando por continuar en la misma dirección despejada y pacífica por la que hasta entonces se moviera, bien decantándose por tomar el sugestivo desvío, aun a sabiendas que éste la adentraría en parajes mucho más fragosos, cuando el propio afectado vino a desbaratar la disyuntiva al anunciar que se veía obligado a interrumpir el curso y regresar a su ciudad de origen, pues a su madre le habían detectado un cáncer y, como hijo único que era, debía acudir a su lado para ocuparse de ella, de tal forma que, muy a su pesar, no le sería ya posible seguir asistiendo a clase, ignorando cuándo podría reanudarlas, si bien, el curso actual ya lo daba en cualquier caso por perdido.

           Así desapareció Javier, de la noche a la mañana, casi sin tiempo para despedidas. Sonia le echó mucho de menos, tanto que durante bastantes semanas anduvo cubierta por un halo lóbrego que percudía en su espíritu para, carcomiendo la ilusión, llenarla de lastimoso vacío, hasta el punto que por momentos se vio sumida en una preocupante situación de apatía y desidia. Durante aquel periodo de añoranza, Emma constituyó su principal punto de apoyo, fortaleciéndose aún más la amistad entre ambas mujeres; su sincero afecto, sus incesantes atenciones, su cariñoso aliento, supusieron para Sonia una inestimable ayuda, gracias a la cual pudo superar la crisis sin más secuela que un resabio acerbo que le quedó en el alma como lejano eco de lo que pudo haber sido y no fue.

           Truncada quedaba con la marcha de Javier una relación incipiente que quién sabe por qué derroteros habría podido culminar de haber seguido adelante; si bien, por otra parte, superadas esas primeras semanas de melancólica nostalgia, Sonia casi podía decir que se alegraba de su partida, al considerar que, lejos la tentación, al menos había evitado la caída, que hubiese sido más que segura, de manera que en cierto modo quedaban con su marcha aplacados los ardores que por dentro la abrasaban y, desde luego, sorteada la difícil decisión que, en consecuencia, tarde o temprano se habría visto obligada a tomar. Su vida continuó, por tanto, ajustada a los mismos pacíficos patrones que la gobernaran antes de conocer a Javier: sus estudios universitarios, su novio gaditano y su cada vez más entrañable amiga y maestra Emma.

           Javier no volvió a dar señales de vida hasta más de dos años después. Lo hizo en Septiembre de 1998, cuando de análoga forma intempestiva a como en su día se marchara, apareció de nuevo para matricularse en el mismo curso que dos años atrás tan bruscamente interrumpiera. Anunció que su madre había logrado recuperarse de su enfermedad y estaba ya a salvo, lo que, unido al hecho de carecer de halagüeñas perspectivas laborales en su ciudad de residencia, le había animado a reiniciar su andadura universitaria. Este inesperado retorno vino a suscitar en Sonia emociones discordantes, por un lado una efusividad contenida, propiciada por la satisfacción de tener nuevamente cerca a quien fuera antiguo compañero de fatigas, pero al propio tiempo una cierta turbación en presencia suya, un azoramiento que se traducía en pudorosa timidez, a veces casi tirante, como si tensaran su piel con una cuerda, y cuya causa había que buscar en el renacer de un fuego que quizá nunca había llegado a apagarse del todo. Resultaba además que la reaparición de Javier venía a coincidir en el tiempo con una etapa de su vida en la que su relación de pareja atravesaba una profunda crisis. Hacía ya algunos meses que su novio se había trasladado desde su Sanlúcar natal para cohabitar con ella en un pequeño apartamento próximo a la facultad, y esa convivencia, lejos de estrechar los lazos que les ligaban, había inficionado su relación con diversos virus, en especial el de la rutina, poderosa enemiga que, a falta de un verdadero amor que la mantenga a raya o cuando menos en equilibrio llevadero, suele terminar por hacer estragos en toda pareja, como de hecho sucedió en la que conformaban Sonia y su novio, que tan sólo sobre la base de una respetuosa tolerancia y condescendencia mutua se mantenía aún en pie, cimientos en exceso lábiles para que pudiera permanecer incólume durante demasiado tiempo más, de hecho bastaba un pequeño soplo para que el edificio terminara sucumbiendo, y en lugar de un soplo fue todo un huracán el que se precipitó sobre él, un huracán que respondía al nombre propio de Javier.

           En efecto, a pesar de sufrir los helados rigores del tiempo y la distancia, aquel novicio fuego que en su día comenzara a ceñir los corazones de Sonia y Javier no llegó a consumirse plenamente, permaneciendo rescoldos activos que, aun sin ellos advertirlo, lo alimentaron durante la ausencia e impidieron de este modo su extinción, siendo así que, tras la ablación del espacio físico que los mantenía separados, apenas si una ligera brisa fue suficiente para que tales rescoldos se avivaran y forjasen nuevas llamas con las que no ya sólo revivir el fuego inicial en su prístino esplendor, sino extenderlo en calor, color, amplitud e intensidad. Aquella brisa comenzaría a soplar desde el instante mismo del reencuentro, suave y delicada en un principio, como caracteriza a toda brisa, para ir poco a poco ganando en ímpetu hasta terminar convertida en tifón

           Sucedió en tal sentido que, pese a estar matriculados en diferentes cursos académicos y, por tanto, no compartir ya clases y horarios, restablecieron los restantes hábitos que dos años atrás les hicieran asiduos, de nuevo los largos paseos a la salida de la facultad, de nuevo las quedadas para ir al cine o a tomar algo, otra vez los roces furtivos, las confidencias entre susurros, las miradas cargadas de significado…. Durante los primeros días de aquel retorno Sonia había notado cierta tristeza ensombreciendo el semblante de su amigo, algo que achacó a los duros momentos que sin duda había atravesado durante la enfermedad de su madre; pero pronto eso cambió y de nuevo la alegría se convirtió en el principal reflejo que del rostro de Javier emanara. En su mutua compañía, los que pudieran ser enojosos apremios del día a día parecían transformarse de súbito en atractivos requerimientos, como si en un vertiginoso giro de ciento ochenta grados quedasen trastocadas las sombras en luces y el frío en calor, como si en definitiva una aureola mágica los circundase cuando estaban juntos. Y en esta progresión extendida, donde cada día, cada noche, cada instante, venía a significar con relación al precedente una escalada de sensaciones y un anticipo de otras nuevas y más sutiles respecto al que en el tiempo le seguía, acaeció que una tarde de finales de octubre, mientras paseaban por un parque, guiados sus pies con indolencia sobre una alfombra de serojas ocres, ese fuego latente que no dejara un momento de conducir sus pasos culminó al fin en una apoteósica ignición, justo cuando la frase que de los labios de ella había empezado a brotar quedó truncada en su avance por el intrépido beso que esos mismos labios recibieron de pronto, como el ataque repentino a un baluarte que ante el descuido de sus valedores hubiera quedado por un momento desamparado, un beso vehemente, arrollador, impulsivo, todo un asalto ante el que las defensas se rindieron al instante, sin oponer resistencia alguna, no sólo eso, sino que facilitaron además la acometida, gozando de la excitación del asaltante y haciéndola suya, con fruición, entreabriendo la boca para que la de él, la invasora, entrase y sus lenguas se enredaran en una succión delirante.

           En lo que resultaba un desenlace a todas luces previsible, la deflagración había tenido lugar, dando paso a un impetuoso carrusel de llamas ondulantes, las llamas de la pasión, que habrían de abrasar sus almas y cuerpos.

           A partir de ese momento pasaron ambos a protagonizar una historia donde, como en toda aquella que tiene al amor como principal componente de la trama, el mundo alteró su naturaleza real para frente a ellos redefinirse dentro de unas dimensiones empíreas, ciñéndoles en el seno de coordenadas quiméricas donde tiempo y espacio perdieron sus acostumbradas magnitudes y todo adquirió un asombroso tinte mágico. En ese nuevo mundo forjado al capricho de dos imaginaciones alborotadas vivieron asimismo una metamorfosis funcional, de tal modo que sus labios pasaron a tener como ocupación primordial la de besar, sus manos la de resbalar en caricias por la piel amada, susurrantes se hicieron sus voces, e instrumento de placer fue para cada uno de ellos la carne férvida del otro. Besos, caricias, mimos, palabras entrecortadas, sexo sin límite ni barreras… Estos vinieron a ser los ingredientes de la receta en cuya degustación se afanaban día a día, cada instante que pasaban juntos, en un festival extático donde los sentidos se vestían con alas para elevarlos más allá de cualquier frontera física, hasta hacerles tocar el cielo con las yemas de los dedos. Anhelantes de esos momentos sobrenaturales, procuraban reducir al mínimo aquellos otros que no pasaban juntos, durante los que la distancia se hacía ilimitada y el tiempo una eternidad, pese a que buena parte de ellos los paliaban mediante interminables llamadas telefónicas en las que sus ansias y su anhelo les llevaban a conseguir, no obstante, tocarse y acariciarse mediante la voz, que giraba entre los cables para, undosa, llegar a sus oídos liviana y dulce.

           A los ojos de Sonia, y por más que calibrase que su visión debía andar distorsionada en gran medida por las chiribitas del amor, Javier era un ciclón incontenible, una especie de arrollador torbellino que entre remolinos de vértigo envolvía tanto su cuerpo como su espíritu. A su juicio no existía apartado alguno, al menos dentro de los que entendía realmente importantes, en el que no descollara. Él era el amante fogoso que satisfacía plenamente las exigencias de su carne, la persona afable que con exquisita dulzura prodigaba sobre ella toda clase de mimos y atenciones, el romántico empedernido que a todas horas vertía en sus oídos frases cargadas de sentimiento, el detallista caballero que sin cesar la colmaba de regalos… En relación con esta última faceta, la emoción llegó a desbordar su pecho cuando él, en un arranque de tierna generosidad, le regaló el medallón de plata que con sumo celo escondía entre sus más preciadas pertenencias, al que otorgaba un valor sentimental inconmensurable, en cuanto que había pertenecido a la persona que más quería en este mundo y que estuvo a punto de perder, cual era su propia madre, de tal modo que, más que un objeto, le estaba obsequiando con una parte de sí mismo, como pudiera serlo su carne o su sangre. Sí, tal vez el amor deformaba su enfoque al cubrir la realidad con un manto vaporoso, una calígine que alteraba formas y fondos a capricho, pero no le importaba en absoluto, ella era feliz, se sentía plena de entusiasmo, henchida de vitalidad, como si flotase sobre una nube, y esa era a fin de cuentas, trastocada o no, la única realidad que en esos momentos le interesaba, aquella que le transmitían unos sentidos deliciosamente enervados.

           Como no podía ser de otro modo, Sonia dio por terminada su anterior relación sentimental para entregarse en pleno a la que ahora colmaba por entero su existencia. Javier y ella pasaban juntos prácticamente las veinticuatro horas del día, haciendo de su romance el epicentro alrededor del cual basculaban todos los demás engranajes motrices de sus vidas. Dentro de este rumbo común emprendido, hicieron planes para irse a vivir juntos, si bien tal posibilidad la iban siempre relegando para un indefinido momento ulterior, y ello pese a ser conscientes que compartir apartamento les supondría además como valor añadido un significativo ahorro en lo económico; ambos lo deseaban, o así lo decían al menos, pero no terminaban de llevar a la práctica dicho deseo, alegando como pretexto que no convenía precipitar las cosas y sí, en cambio, esperar un poco más, mantener todavía durante algún tiempo un cierto grado de independencia que no hiciera opresiva su relación, temerosos quizá también de los peligros que acarrea la convivencia, como en sus propias carnes la misma Sonia había tenido ocasión de experimentar durante su malograda relación anterior. Transcurrieron así un invierno y una primavera cargados de hechizo, sucediéndose los meses en el calendario con la rapidez del rayo y la intensidad del fuego, como si en vez de meses fueran en realidad días y los días a horas quedasen reducidos, plena evidencia de la paradoja del tiempo, que aun siendo en sí mismo algo objetivo, su paso se percibe siempre de manera enteramente subjetiva, muy lento para aquéllos que sufren e intolerablemente veloz para los que, como ellos, saboreaban a cada instante el preciado néctar de la felicidad, hasta que cierta tarde de finales de abril, justo cuando de nuevo hacían planes de inmediata vida en común, Javier le comunicó que debía ausentarse durante algunos días para ir a su ciudad natal a solucionar ciertos asuntos familiares, farragosos papeleos que no podía seguir demorando por más tiempo, pero que regresaría el fin de semana, a lo más tardar el domingo, y que entonces ultimarían todos los detalles relativos a esa futura convivencia.

           Sonia era feliz. Sentía la felicidad navegar por sus venas, desparramarse sobre todos sus órganos, rebosar como un fluido a través de los poros de su piel. Durante aquellos días en que Javier estuvo ausente, habló a menudo con Emma, cuya amistad seguía tan sólida como siempre, y le hizo participe de esta felicidad plena que la embargaba, explicándole cómo su nuevo chico le había devuelto el entusiasmo y las ganas de vivir. Emma la escuchaba complacida, con condescendencia, dibujada en sus labios una sonrisa de connivencia, alegre por la alegría que del rostro de la amiga escapaba y que no había más que mirar a sus ojos, brillantes como dos luminares, para que se contagiase de inmediato.

           Sucedió sin embargo que transcurrido el fin de semana convenido Javier no regresó como había anticipado que haría. El domingo expiró en la medianoche y engendró un lunes en el que tampoco habría de dar señales de vida. La preocupación empezó a enseñorearse de Sonia. Sabía que él no era en general una persona negligente, sino más bien todo lo contrario, circunstancia esta que hacía aún más insólita la situación, y no ya tanto debido al retraso en sí, que podría obedecer a multitud de factores, como por la falta absoluta de noticias que lo envolvía, por el hecho de que ni siquiera hubiese telefoneado para anunciar que demoraba su vuelta. Esta carencia de noticias la llenaba de impotencia y frustración, teniéndola desquiciada, sin saber bien qué hacer, casi todo el día pegada al teléfono, alrededor del cual se movía a menudo en círculos, como una leona enjaulada que buscara una salida imposible. Lamentaba no haber sido lo suficientemente perspicaz como para prever una contingencia de este tipo, previsión que a buen seguro la habría llevado a apuntar el número de teléfono y las señas de la madre de Javier, con lo que hubiera podido fácilmente localizarle, pero lo cierto es que en ningún momento pasó por su cabeza que pudiera suceder algo así, de modo que ni se planteó dicho apunte, y ahora, sin posibilidad de tomar la iniciativa, no podía hacer otra cosa salvo esperar. Pero por encima incluso de esa falta de previsión, lamentaba no haber sabido ser en su momento más persuasiva a la hora de socavar el rechazo de su novio hacia la posesión de un teléfono móvil. Varias fueron las conversaciones que al respecto mantuvieron, rayanas algunas incluso en la discusión, pero todas infructuosas. Ella había tratado en tales ocasiones de convencerle sobre las evidentes bondades del móvil, tanto en lo referente a las útiles ventajas que ofrecía como a lo cómodo que en sí mismo resultaba, pero a sus razonamientos replicaba siempre él arguyendo que no se trataba más que de un invento sibarita cuyo único mérito era el de haber creado una necesidad donde antes no la había y, sobre esa premisa, se negaba con tozudez a adquirir uno, ni siquiera aunque se lo regalasen, toda vez que, según decía, no iba con él eso de engrosar las huestes de un rebaño del que, lamentablemente, iban uno tras otro formando todos parte. “Seré el último de Filipinas”, solía decir para rematar con socarronería su oposición. ¡Cabezota! Esa rebeldía mal enfocada era la causa de que ahora no pudiese comunicar con él, y aun no siendo cuestión de lamentarse por lo que ya no tenía remedio, Sonia no podía evitar que en los angustiosos momentos que estaba viviendo un coraje incontenible la asaltase al rememorar aquella controversia.

           Los días siguieron pasando sin que ni se produjera el anhelado regreso de Javier ni éste ofreciese, vía telefónica o telegráfica, aviso explicativo de su demora. Era como si se lo hubiese tragado la tierra. Sonia comenzó a asustarse de veras, pues no acertaba a encontrar justificación alguna que motivara tan anómalo silencio. Para aplacar sus miedos buscó refugio en su gran amiga, en Emma, quien trató de tranquilizarla sosteniendo que Javier no tardaría en aparecer y que, seguro, ofrecería entonces una explicación razonable sobre su comportamiento.

            Tuvo razón Emma en la primera de sus hipótesis, toda vez que Javier telefoneó al domingo siguiente, justo una semana después de la fecha de retorno en principio fijada, para comunicar su inminente regreso, anunciando que estaba en la estación de tren y que viajaba en el que partía en apenas quince minutos, con lo que en poco más de tres horas estaría ya de vuelta. Pero el otro pronóstico de Emma, el relativo a la explicación razonable que Javier habría de dar, no resultó en cambio tan certero, no al menos en la amplitud que esperaba Sonia, quien tan sólo advirtió en el pliego de descargo que por aquél le fuera ofrecido un batiburrillo inconexo de peregrinas excusas. Primeramente, amparado en las prisas propiciadas por la inmediata salida del tren, se dispensó de ofrecer aclaración alguna por teléfono, demorando las justificaciones oportunas para exponerlas con más calma cuando ya estuvieran juntos, momento que una vez llegado, luego de los abrazos, besos y demás muestras cariñosas de rigor que mutuamente se prodigaron, tampoco arrojó demasiada luz sobre las precedentes sombras, pues no en vano tales justificaciones resultaron, a juicio de Sonia, de lo más pueriles e inconsistentes, que si tuvo que componer un sinfín de trámites administrativos relacionados con una herencia de su padre, que si no paró de visitar despachos de abogados, notarías, oficinas registrales y demás templetes del culto burocrático, que si hubo de firmar escrituras, apoderamientos y protocolos de toda índole, que si aquellos papeleos se le hicieron interminables, que si tal y que si cual. Sonia asentía, pero continuaba sin entender por qué, pese a todo, no la había llamado para avisar de que tales gestiones demorarían su retorno. Javier se limitaba entonces a encogerse de hombros y disculparse diciendo que estuvo tan ocupado y sometido a un estrés tan terrible que ni cayó en la cuenta, que lo sentía muchísimo y que, por favor, perdonase su descuido. Sonia arrugaba la nariz, recelosa, resistiéndose a admitir como válida una eximente que su intelecto tachaba de inverosímil e inaceptable, algo que en buena parte escapaba a la lógica de la razón, si bien, ese mismo intelecto era incapaz, sin embargo, de resistir a su vez las acometidas de su propio corazón enamorado, de manera que, pese a todo, concluyó por rechazar tales recelos como si de ilusorios fantasmas se tratase, prevaleciendo a la postre sobre ellos la desbordante alegría que con su retorno le había devuelto la persona amada, a la que no sólo perdonaba por tanto, sino que agradecía que con su sola presencia la hiciera de nuevo sentirse dichosa, plenamente feliz, como así testimoniaba la pletórica sonrisa que volvía a ocupar su rostro de oreja a oreja.

           Sin embargo, a partir de aquel domingo las cosas ya no volvieron a ser como antes. El arrebatado romance que hasta entonces mantuvieran fue poco a poco languideciendo, no tanto en su plástica externa, que mantuvo el original diseño a base de, en apariencia, equivalentes besos, caricias similares o semejantes noches de sudor y lava, como más bien en su aspecto intrínseco, que denotaba unos besos menos entusiastas, caricias más convencionales, sexo menos eléctrico. Algo pasaba. Javier estaba cambiado, más apático, menos cariñoso, más frío y distante, y no se trataba de algo puntual, sino de una metamorfosis que parecía avanzar día a día y que se evidenciaba tanto en carácter como en gestos. Seguía respondiendo a los estímulos con que Sonia lo espoleaba, pero ya no lo hacía con el mismo entusiasmo febril de antes, sino más bien con desgana, casi por compromiso. Incluso la pasión en la cama parecía decrecer a alarmante ritmo, hasta el punto que Sonia comenzó a sospechar que fingía en buena medida, o al menos que la actividad sexual común ya no le resultaba tan satisfactoria como al principio. Trataba no obstante ella de alejar de su mente estas dudas, tildándolas de paranoias suyas, pero la realidad se le echaba encima y multitud de gestos y detalles dibujaban un panorama que, día tras día, venía a confirmar que Javier ya no era la misma persona romántica y apasionada de la que en su momento se enamoró.

           En este enrarecido estado de cosas llegaron los exámenes de fin de curso, a cuyo término sobrevino una segunda gran espantada de Javier, en esta ocasión sin ningún tipo de preaviso. El origen de este nuevo episodio tuvo lugar cierta mañana en que, contrariamente a como convinieran la noche previa, él no se presentó en casa de Sonia, sin que tampoco telefoneara para dar cuenta de que no lo haría. Aquel plantón se le antojó a ésta una muestra más del anómalo comportamiento que su novio exhibiera desde bastantes semanas atrás, del mismo modo que anómala le había parecido su renuencia a quedarse a pasar con ella la noche anterior alegando que le dolía la cabeza y que prefería dormir solo en su buhardilla. Ella había insistido a base de carantoñas y reclamos de variopinta índole, pero no logró persuadirle, tan sólo obtener de él la promesa de que por la mañana temprano, a eso de las nueve, iría a buscarla para desayunar juntos en su apartamento. Evidentemente, tal promesa había resultado incumplida. Disgustada por este nuevo percance, decidió acercarse ella a casa de Javier, donde esperaba sorprenderlo dormido o remoloneando aún entre las sábanas y de ahí sacarlo con un merecido sofión. Sin embargo, no pudo pasar más allá de la puerta, habida cuenta que del otro lado nadie acudió a abrirle ni respondió a sus llamadas. Aquel inopinado contratiempo tiñó de extrañeza el semblante de Sonia, que no acertaba en principio a entrever los motivos que lo explicaran, si bien, no sospechando nada que de lo ordinario pudiera salirse, su desconcierto no iba por el momento acompañado de inquietud. Lo más probable, pensó, era que su ausencia obedeciese a algún asunto concerniente a la facultad, quizá una notificación de última hora para que acudiese a alguna de las revisiones de exámenes que tenía solicitadas. Sí, eso debía ser, y como él últimamente parecía estar siempre en la luna, ni siquiera se había acordado de prevenirla. Concibió en colación con esa hipótesis la idea de acercarse también ella al campus para ver si lo encontraba por allí, pero la desechó finalmente, optando por regresar a casa, enojada ante lo que entendía era una desconsideración en toda regla, a la espera de unas noticias que, sin embargo, no se produjeron. Javier no apareció en todo el día. Tampoco telefoneó ni descolgó el teléfono en las numerosas ocasiones que ella lo llamó a su domicilio. Poco a poco el enfado fue reemplazado en el ánimo de Sonia por la alarma, sentimiento que la llevó a pasar una interminable noche en vela, abrumada por la agitación y el desasosiego, y al día siguiente, con el insomnio reflejado en unas nítidas ojeras, lo primero que hizo fue acudir de nuevo al apartamento de Javier, sin que tampoco en esta ocasión lo encontrara allí.

           Al cabo de varios días de repetirse esta historia de visitas, esperas, silencios y ansiedades, Sonia terminó por convencerse de que Javier había abandonado la que hasta entonces fuera su residencia habitual, así como que al propio tiempo la había también abandonado a ella. Siguió no obstante esperando una llamada explicativa, aferrada a la esperanza de alguna razón ignota que al final lo aclarase todo y echara por tierra, en consecuencia, ese terrible segundo silogismo. Pero tal llamada no se producía, y la espera iba acompañada de zozobra, de angustiosos ataques, de dudas, de desconfianza, de preocupaciones y congojas. Momentos también hubo en que llegó a preguntarse, terriblemente asustada, si no le habría sucedido algo malo, incluso barajó la posibilidad de que hubiese sido asesinado y su cuerpo hecho desaparecer. Era un disparate, sí, pero no hallando en la lógica razones válidas que justificasen tan repentina ausencia, echaba mano de las más extravagantes conjeturas para buscarlas. Sin embargo, todas estas suposiciones vinieron al traste cuando, tras indagar a través de la guía telefónica, logró ponerse en contacto con el dueño del apartamento que su novio tenía alquilado y éste le dijo que Javier resolvió el contrato de arrendamiento días atrás y había dejado el piso. Ya no había dudas, todo estaba claro como el agua, por más que Sonia fuese aún incapaz de asumirlo, incapaz de creer que Javier la hubiese abandonado de ese modo tan drástico, sin un motivo aparente, sin explicación alguna, sin siquiera una mera palabra de despedida. Sintió que el dolor la desgarraba por dentro, un dolor demoníaco que a duras penas lograba exorcizar mediante los ríos de lágrimas que no cesaban de precipitarse desde los dos veneros en que se habían convertido sus ojos.

           Fueron pasando los días, las semanas de un verano que para Sonia se convirtió en el más amargo de su vida, y el tiempo, lejos de obrar con su paso el eficaz remedio que habitúa, iba haciendo la herida cada vez más profunda, como un comején insaciable que hurgara y ahondase con sevicia en las entrañas de su víctima para devorarlo todo, haciendo que ésta percibiese el vacío cada vez con mayor pujanza, ese vacío que con su súbita partida dejara Javier en su pecho. La ausencia dolía, en el aire flotaban los ecos de su voz y el aroma de su piel, cada recuerdo era una punzada, cada sueño una pesadilla, cada suspiro un quebranto.

           Emma no encontraba el modo de consolarla. Pasaba todo el tiempo que le era posible a su lado, confortándola, mimándola, colmándola de toda clase de atenciones, sin escatimar abrazos ni besos a la hora de enjugar con ellos las lágrimas rebeldes de su amiga, a quien reiteraba una y otra vez que no merecía la pena sufrir de ese modo por alguien que había demostrado ser todo un cretino y un miserable. A menudo la arrastraba consigo a lugares de esparcimiento y diversión que sirvieran para alejar de su mente, aunque sólo fuese durante unas horas, los pensamientos negativos. Pero Sonia no hallaba consuelo alguno, ni en las palabras, ni en los abrazos, ni en las salidas lúdicas, en nada, porque nada conseguía que reprimiese la pena y el dolor causados por esos malditos demonios que se le habían instalado en el alma. Y Emma se desesperaba de impotencia, y a menudo también de rabia, porque le encorajinaba la actitud pasiva que mostraba Sonia, quien no parecía sino que se complaciese en su aflicción y no quisiera ponerle remedio, como si ya nada importante hubiese en su vida. Ese dejarse ir, ese abandonarse al sufrimiento, esa languidez extrema, esa astenia de su amiga, llenaban de reconcomio y frustración a Emma, que no podía soportar que una persona dotada de tan excelsas cualidades y virtudes se viniera de ese modo abajo ante el revés causado por otra que, en su opinión, no le llegaba ni a la altura del tobillo. El colmo de su irritación tuvo lugar cuando Sonia, con un tono de voz mustio acorde con el abatimiento que la embargaba, vino a decirle que no se consideraba digna de conservar en su poder el medallón de plata que Javier le regalara y que había pertenecido a su madre, que le gustaría devolvérselo, habida cuenta la gran relevancia y significado que para él tenía, y que, dado que ya no estaban juntos, consideraba absurdo seguir siendo ella su poseedora. De buena gana Emma la hubiese abofeteado en aquellos momentos, simplemente por boba, para espabilarla, para que abriese los ojos y de una puñetera vez los volviera hacia sí misma, para insuflarle ese amor propio que tan preciso le era recuperar cuanto antes. Pero en lugar de dicha bofetada, volvió sin embargo a estrecharla con fuerza entre sus brazos y mezclar con las suyas sus propias lágrimas.

           De este modo la desdicha se convirtió en un parásito acomodado en el interior de Sonia, aferrado a sus vísceras, alimentándose de su ánimo del mismo modo que una voraz sanguijuela lo haría de su sangre. Tan infeliz llegó a sentirse, que buscaba en el recuerdo cualquier cosa que la redimiese de su actual existencia, plana y gris, pero éste, lejos de devolverle algo de bienestar, le acarreaba todavía más amargura, la crueldad del presente era más enérgica que el posible lenitivo que reportase la evocación de momentos pretéritos más felices, de tal modo que sólo encontraba retales deslavazados, inconexos, trozos de vida que no encajaban entre sí y que en ningún modo podían compensar su dolor por la ausencia del hombre al que amaba. Los días y las noches se sucedían al mismo ritmo que ella se apagaba, sin encontrar alivio alguno, como una luz de gas.

           Tuvieron que pasar varios meses más de esta guisa hasta que por parte de Sonia se produjera una reacción. Para entonces la depresión la tenía prácticamente todo el día postrada, bien en el lecho, bien en cualquier sillón de su casa, sin fuerzas para nada que no fuese lamentarse y sollozar. Un día se miró en el espejo y éste le devolvió la imagen de un ser ojeroso, demacrado, con la piel mortecina y sin brillo alguno en los ojos; aquella imagen le asustó, no se reconocía a sí misma en ella, era un rostro extraño el que allí se dibujaba, pálido, sin apenas vida, el rostro de una enferma. Esa visión fue el estímulo que necesitaba para rebelarse contra la fatalidad. Tan grande fue la conmoción que le produjo, que ese mismo día se hizo la promesa de salir de aquel pozo donde se hundía sin remedio, consciente de que se estaba de algún modo suicidando. No podía continuar escondiéndose, viviendo y muriendo a base de recuerdos que caían sobre su alma como hojas secas, por lo que, extrayendo de los últimos reductos de su voluntad el ánimo preciso, puso todo su brío en localizar a Javier, buscarle para, una vez frente a él, cara a cara, exigirle la explicación que merecía y, en atención a lo que de ésta resultase, decirle todo cuanto pensaba, sin rodeos, sin callarse nada, para a través de las palabras expulsar de su cuerpo todos aquellos demonios que la poseían. Esta búsqueda no debía entrañarle en principio excesiva dificultad, puesto que, escarmentada por lo sucedido la vez anterior y previendo que pudiera repetirse un episodio parecido, tuvo el buen criterio de pedirle el teléfono de su madre. Así que a la mañana siguiente, tras reafirmar su decisión durante una noche de insomnio, llamó al número que como perteneciente a aquélla tenía anotado. La sorpresa sobrevino cuando del otro lado le llegó una voz rauca que aseguraba no conocer a ningún Javier. Insistió ella recalcando nombre y apellidos, para de nuevo escuchar la desagradable voz que, ya con palmaria aspereza, persistía en su desconocimiento. Las manos le temblaban cuando colgó el teléfono; en su cara, el asombro dibujó trazos oblicuos que, a modo de cuerdas de titiritero, parecían tenerla suspendida de la nada. Una nueva mentira. Un nuevo golpe. Pese a todo, no se dio por vencida y, dejando en cada paso la huella de una férrea determinación, siguió buscando el modo de localizarle, lo que al fin consiguió gracias a la ayuda que de nuevo le brindara Emma, quien valiéndose de su posición como docente se puso a indagar en los archivos de la Escuela, descubriendo en ellos las señas que Javier facilitase el primer año de su matriculación, que se correspondían con una dirección en su ciudad de origen. Conocido de este modo el domicilio, no fue ya difícil, a través de las correspondientes guías, conseguir asimismo el número de teléfono a aquél asociado. Curiosamente, se trataba del mismo número que ella tenía apuntado en su agenda, con la salvedad del tercer dígito, que era un 3 en lugar del 6 que él le facilitara. Sonia pensó con amargura que muy posiblemente se tratara de una argucia suya para, en caso de haber sido descubierto el engaño mientras aún seguían juntos, salir del paso con el pretexto de que fue ella quien se equivocó al escribir el número. Ahora se daba cuenta de lo mentiroso que era Javier. Pero ¿por qué?, se preguntaba todavía. ¿Por qué tanto engaño y tanta falsedad?

           Llena de desencanto, marcó uno tras otro los nueve dígitos correctos. Uno, dos, tres avisos sonaron antes de que una voz femenina se dejara oír del otro lado de la línea, una voz que, esta vez sí, respuesta afirmativa vino a dar a su demanda. De hecho, la voz dijo pertenecer a la madre de aquel por quien se preguntaba. Sonia siempre fue una persona comunicativa y abierta, dotada de una naturaleza extrovertida en la que como cualidad más señera despuntaba la sinceridad, y en esta ocasión, al advertir que la persona con la que hablaba, aun sorprendida de recibir la llamada de una desconocida que afirmaba haber sido la novia de su hijo, se mostraba receptiva y afable, le contó todo lo concerniente a su relación con Javier, desde el principio hasta el abrupto final, sin omitir apenas nada, con absoluta franqueza, incluido el apuro que le causaba poseer todavía la reliquia que con tanta galanura él le ofreciera en su día, ese medallón que había pertenecido precisamente a ella, a su madre, a la mujer que tenía justo en ese instante al teléfono, y a la que por tal motivo querría cuanto antes devolvérselo.

           La madre, conmovida ante aquella historia de embustes y dobleces interpretada por su hijo, respondió con idéntica sinceridad. Por lo visto, los viajes de Javier, en especial aquel que a la postre se alargara mucho más de lo previsto, no obedecían a las razones de antemano aducidas por su protagonista, siendo falsa la existencia de cuestiones administrativas que reclamasen su presencia, como falsos eran aquellos apremios de abogados, notarios o registradores de que hablaba, como asimismo falsas las supuestas complicaciones sobrevenidas, todo falso de cabo a rabo, meras excusas y martingalas con las que ocultar la verdadera razón que motivaba su ausencia, que no era otra que la de estar con su verdadera novia, una vecina de la comarca que respondía al nombre de Belén.

           Sonia no terminaba de dar crédito a lo que oía. Aquella conversación telefónica le estaba desvelando la doble vida que de un tiempo a esta parte había llevado Javier, sin que ella, implicada directamente en el juego, se hubiese percatado de nada. Al parecer, el hombre al que había amado, al que todavía a su pesar amaba, la estuvo engañando durante prácticamente todo el tiempo que duró su relación sentimental. De las palabras de la madre fue obteniendo Sonia la información precisa para atar gran parte de los cabos. Supo así que la razón que propiciara el regreso de Javier diez meses atrás no fue básicamente la de proseguir sus interrumpidos estudios universitarios, sino la de alejarse de Belén, con la que había roto un noviazgo que iniciara precisamente durante aquel periodo anterior en que hubo de atender a su madre enferma. Trató, pues, de olvidarla poniendo kilómetros de por medio, o cuando menos de buscar en la distancia refugio a sus congojas, y en esa huida se topó con Sonia, su antigua compañera de clase y entrañable amiga, cuya compañía vino a servirle de bálsamo con el que apaciguar su desazón. Junto a ella volvió a sonreír, se sintió de nuevo animado, renacido en su espíritu el optimismo perdido. Pero a pesar de esta confianza y camaradería, jamás le habló de su relación truncada con Belén, cuestión sobre la que habría de guardar siempre una reserva absoluta, propiciada probablemente por el hecho de amarla todavía y concebir aún la esperanza de una reconciliación, esperanza que no fue óbice, sin embargo, para que pese a todo terminara liándose con Sonia, tal vez inducido, más que por un verdadero sentimiento, por ese afán de olvidar a la otra. No obstante, dicho olvido nunca terminó de producirse; es más, por las revelaciones que estaba obteniendo de su madre, Sonia supo que Javier no renunció en ningún momento a la comunicación con su ex novia, a la que siguió escribiendo y telefoneando a menudo, todo en secreto, por supuesto, al menos en lo que respectaba a Sonia, quien ahora veía en esa correspondencia a escondidas la razón principal de que él siempre pusiera pegas cuando trataban el tema de irse a vivir juntos: estaba claro que quería mantener a toda costa su parcela de intimidad incólume, para de ese modo proseguir el contacto con Belén sin correr el riesgo de ser en algún momento descubierto o importunado. Los sentimientos de Javier compusieron así una especie de péndulo cuya masa oscilante iba desplazándose de una a otra de las dos mujeres que lo polarizaban, Sonia y Belén, Belén y Sonia. Pero el tiempo terminaría al fin por decantar la oscilación del lado de Belén, a cuya búsqueda no dudó en acudir una vez constatada la posibilidad de un arreglo real entre ellos. No fueron, por consiguiente, cuestiones burocráticas las que determinaron aquel viaje de Javier a su ciudad, sino el deseo de reiniciar un romance que en su momento creyera frustrado para siempre; marchó por tanto con el ánimo puesto en reconquistar un corazón para cuyos latidos quería de nuevo ser él la principal espoleta, reconquista que cuajó a la postre, logrando su propósito de formar por segunda vez pareja con Belén. Rendida y asegurada la plaza, retornó el conquistador a la capital para terminar el curso académico, del que apenas restaban unos meses y al que por lo tanto merecía la pena dedicar un último esfuerzo, si bien, no se atrevió, o no quiso, revelar a Sonia ni sus planes de futuro ni nada de cuanto en las semanas previas realmente le aconteciera, limitándose ante ella a suscribir una mentira con la que seguir sosteniendo una relación que en su fuero interno sabía que ya no era sino una farsa. Ahora entendía Sonia por qué cada vez lo notaba más distante, cada vez más retraído, cada vez más seco: él estaba a su lado sólo en cuerpo, pero su espíritu se movía lejos de ella. Y en ese doble cauce prosiguió Javier desenvolviéndose, aun con desgana e impericia, hasta que, acabado el curso, hizo equipaje y retornó a su ciudad, al lado de Belén, dando definitivo carpetazo a su aventura con Sonia, a la que ni siquiera se dignó en conceder la más mínima explicación, ni una sola palabra de despedida, evidenciando de este modo que hasta para decir adiós era cobarde.

           Una vez más hizo la madre hincapié en lo mucho que lamentaba tener que ser ella la transmisora de tan amargas noticias, añadiendo que no entendía cómo su unigénito, al que por otro lado adoraba, había sido capaz de jugar de una manera tan cruel y abyecta con los sentimientos de otro ser humano, y pese a no pretender disculpar en modo alguno su indigno comportamiento, deprecaba el perdón de Sonia, aduciendo que en el fondo Javier era un buen muchacho, sólo que las circunstancias en esta ocasión le habían podido y no tuvo la determinación ni el coraje precisos para afrontarlas con la honestidad requerida. No estaba, por supuesto, excusando su conducta, vergonzosa e injustificable a todas luces, sino que se limitaba a señalar la única razón que a su juicio podía explicarla. Por lo demás, aconsejaba a Sonia pasar página y olvidarse definitivamente de él, puesto que, por lo que había podido advertir durante estas últimas semanas, Javier tenía muy claro que amaba a Belén y no parecía dispuesto a volver a perderla; de hecho, se pasaba todo el día con ella, sin dejarla ni a sol ni a sombra. Por último, le dijo que no se preocupara por el medallón, pues nada le agradaría más que Sonia siguiera conservándolo en su poder, aunque sólo fuera como resarcimiento a lo mucho que su hijo le había hecho sufrir, a ese enorme daño que le había causado.

           Con aquella conversación telefónica terminó también un importante ciclo en la vida de Sonia, el punto y final de un encuentro, de un bello sueño que se transformó en pesadilla, de un caudaloso río cuyas aguas, nutridas de miríficas sensaciones, vinieron a desembocar en un umbrío delta de dolor; el final en definitiva de una etapa que había sido opima en emociones de toda índole. Una historia acabada, aunque huera en este caso de ese feliz colofón que por lo visto tan sólo está reservado a los cuentos de hadas y princesas. Se imponía ahora exiliarla cuanto antes de su mente, enterrarla en los abismos del olvido para así poder ella emerger de esos otros donde la depresión la tenía sumergida, tarea en la que, pese a ser consciente de su dificultad, Sonia hizo propósito de no escatimar ningún esfuerzo, y si ese olvido devenía imposible por el exceso de sentimiento supurado, que al menos llegara el día en que la evocación ya no le causase padecimiento alguno, salvo a lo sumo un etéreo hilo de melancolía. Con esa aspiración en mientes, reprimió como primer paso el deseo de contactar de nuevo con Javier, quien de este modo se convertía a todos los efectos en pasado, un tránsito fenecido que, dado que a ningún puerto válido había arribado, ninguna vista atrás merecía. Nunca más de hecho volvió a tener noticia alguna de él, desaparecido así para siempre de su existencia.

           Con la ayuda de su alma gemela, Emma, cuya generosidad y entrega resultaron ser el mejor de los antidepresivos, y del tiempo, que es sin duda el cauterizador de heridas más eficaz que existe, Sonia fue poco a poco recobrando el ánimo y recuperándose de aquella traumática experiencia, y si bien la cicatriz que le quedó como secuela la tendría siempre palpable por debajo de la piel, consiguió su propósito de convertir aquella historia en el vago recuerdo de algo lejano, un eco aislado, una sombra. Luego vendrían otros hombres, nuevas alegrías, nuevas penas, más risas y más lágrimas…, otras historias en suma, porque a fin de cuentas la vida sigue siempre su curso sin detenerse.