miércoles, 9 de diciembre de 2009

CARTA A UNA BRUJA (6)

           Déjame acurrucarme a tu lado y ser contigo uno solo, un solo cuerpo, una sola alma, un solo corazón, soñar juntos, deslizarme entre tu cuerpo con la vivacidad de la voluptuosa sierpe y, al propio tiempo, con la dulzura de una algodonosa cobaya. Eso es precisamente lo que pretendo ser para ti: la febril serpiente que de su veneno inficione tu sangre y la entregada cobaya con la que experimentar puedas a tu antojo. Dispuesto estoy a desempeñar ante tus cálidos ojos el papel que en cada momento más te complazca, ya el confidente, ya el amigo, ya el cómplice, ya el amante; tu cobijo y tu evasiva, tu disculpa y tu pretexto, tu ansia y tu sosiego. Permite que sean los míos esos brazos en los que te recojas cuando lo precises, cuando necesites sentirte protegida, cuando quieras descansar, cuando te sientas frágil; mi pecho, la almohada donde repose tu cabeza con molicie, y mis manos la herramienta que de caricias recubra hasta el último de los rincones de tu piel. Déjame envolverte y transmitirte toda la energía, la fogosidad y el deseo de que sea capaz. El resto lo hará el fruto de mis labios, esos besos que distribuiré por todo tu cuerpo hasta que te sientas ahíta de ellos.

           Déjame vaciar en tus oídos un torrente de palabras dulces que te enamoren y hagan soñar. Déjame seducirte bailando. ¿Te apetece? ¿Sí? Relájate entonces y déjate guiar. Ya escapan del tocadiscos las primeras notas. ¿Oyes la música? Es un tango. Bailémoslo. Pero huyamos de lo mecánico, de los cánones de escuela, y dejemos que a nuestros pasos los guíe el instinto, sin artificios aprendidos, sin movimientos mecánicos, desplegando toda nuestra pasión en este baile, el más sensual de todos los bailes. Escucha. El bandoneón ya se despereza y los violines dan inicio a su lamento. Anda, acércate, deja que mi mano derecha se enrosque alrededor de tu talle para iniciar la danza. Así. Perfecto. Nuestros pasos ya se acoplaron al compás y siguen con desenvoltura el ritmo que va marcando la melodía. Mi mirada está ahora fija en la tuya, a escasos centímetros mi boca de tu boca, mis ojos de tus ojos, luego una separación fugaz, como de descuido, e inmediato reencuentro, ósmosis de la carne, dos cuerpos férvidos que se interconectan para formar una unidad de funcionamiento. Progresamos con la destreza y nitidez precisas, la música muestra el camino, un sinuoso trayecto que se tuerce y retuerce como surco de reptil y por el que nuestros pies se arrastran, movimientos cruzados que van ganando en voluptuosidad, al tiempo que mi mano, traviesa, se desliza por esa “V” que descubre el tobogán de tu espalda. Es el código del tango, ese que regula lo femenino y lo masculino en un equilibrado juego de poderes que conduce a la más sutil de las armonías. Y cuando la música cesa, exhaustos tras la danza, se reposan los cuerpos, nuestros sofocados cuerpos, en un postrer abrazo, abandonados con molicie a la magia que flota en la atmósfera. Te beso, he perdido todo recato y te beso, el cuello, los ojos entornados, la barbilla, los labios palpitantes; te beso, y mientras lo hago, aprovechándose de tu ardentía, aflojan sin mayor contratiempo mis manos las sujeciones de tu vestido escarlata, que se desliza hasta el suelo como fruta madura. Apareces entonces en todo tu esplendor, Venus emergiendo de un mar en calma, única, perfecta, arrebatadora, sensual, exquisita forma divina. Mi amante, transparente a mis ojos; mi amante, que enerva mis sentidos; mi amante, miel y fuego a un mismo tiempo; mi amante, de séricos cabellos y tierno vientre; mi amante, profundo océano donde mi pasión se sumerge. Mi brujita amante, perversa como una legión de demonios, deliciosa como un bombón de chocolate.

           Deja volar tu imaginación y abandónate a mí sin reservas, sin miedos, sabedora que la vida es un instante y que la felicidad apenas un sorbo de ese instante, un sorbo que hay que beber justo en el momento en que la copa que lo contiene roza nuestros labios sedientos, pues ¡quién sabe cuándo volverá en su incesante rotar esa copa a aproximársenos! Soy exigente. Lo sé. Como sé asimismo que yo apenas si te ofrezco nada en contrapartida. Que seas, como dije, mi amante. Esa es mi oferta. ¿Puede acaso ser eso suficiente para alguien que atesora tantas y tan arrebatadoras cualidades como lo eres tú? No lo sé. A menudo barrunto que no, que no puede serlo, menos aún teniendo en cuenta el cúmulo de imperfecciones que me adornan. Pero, en cambio, otras veces pienso que es justamente ahí donde radica la magia del amor, no en haber encontrado a la persona perfecta, pues ésta no existe, sino en haber sabido ver la perfección en una persona imperfecta o, dicho de otro modo, en haber sabido amar sus imperfecciones. Por lo demás, en mi particular diccionario ninguna acepción peyorativa desluce a la palabra amante, habida cuenta que para mí la amante no es sino la primera, la dueña, la poseedora de ese músculo palpitante que es el corazón de quien ama... Y así te veo, como mi maravillosa amante, aquella con quien vivir un amor exento de cánones y medidas, a veces salvaje, ígneo como un volcán en erupción, otras en cambio enmarcado dentro de un acoplamiento sereno durante el que susurrarte al oído tibias palabras brotadas de mis labios.

           Déjame ser tu paladín, el caballero que prendida en su lanza lleve tu divisa. A fin de cuentas, tú representas para mí el ideal romántico, ese que, entre otras cosas, sirve para depurar de grises el cielo opaco que con frecuencia se dibuja allá arriba, por encima de nuestras frágiles cabezas, y aunque a menudo tienda dicho ideal a convertirse en cenizas, mero producto de una imaginación encendida, no por ello incumple su cometido de liberarnos, aunque sólo sea durante fugaces intervalos, de un racionalismo en sí mismo opresivo. Es por ello por lo que con rotundidad afirmo que cerrar las puertas al amor es de insensatos, un suicidio en vida, por más que se hayan vivido una, dos o mil experiencias desagradables en su nombre. El amor lo es todo, querida mía, sin él nos moveríamos sin rumbo, atravesando vericuetos que a ningún lugar conducirían, ciegos e inanes, perdidos en un yermo páramo sin otra compañía que la grotesca sombra que sobre el suelo compusiera nuestra propia soledad.

           Sí, mi niña, déjame acurrucarme a tu lado y ser contigo uno solo, un solo cuerpo, una sola alma, un solo corazón…
C

2 comentarios:

María (Muriel) dijo...

Qué entrega más bonita...
Me quedo, de todos modos, con ésto, ¿puedo?:
"Pero, en cambio, otras veces pienso que es justamente ahí donde radica la magia del amor, no en haber encontrado a la persona perfecta, pues ésta no existe, sino en haber sabido ver la perfección en una persona imperfecta o, dicho de otro modo, en haber sabido amar sus imperfecciones."

Siempre he pensado que la verdadera madurez emocional de la persona sucede cuando se encuentra encanto en la imperfección ajena.
Me gustó. Un beso.

Cavaradossi dijo...

Gracias María. Por supuesto que puedes quedarte con esa parte. También yo opino lo mismo.
Un beso