sábado, 14 de noviembre de 2009

LA MUCHACHA QUE QUERÍA TOCAR LAS ESTRELLAS


           Realidad y fantasía, fantasía y realidad imbricaban, cuales inseparables teselas de un sugestivo mosaico, en Maite sus esencias, y lo hacían hasta un extremo tal que, confundidas ambas en simbiótico abrazo dentro de las cavernas de su razón, ni ella misma lograba a veces discernir entre lo que era o había sido real y lo que tan sólo constituía el fruto de su imaginación peregrina. ¡De tal calibre venía a ser el orbe de fábula al que se había dejado conducir por su romántico genio! Mas por encima de esa ambigua amalgama, por encima de todo lo vivido y de lo sólo concebido, quizá fruto de esa misma naturaleza profusamente imaginativa en cuyo molde se había ido configurando, un sueño bullía en su interior, enraizado con fuerza en las incorpóreas células donde todos los sueños se forjan: llegar a tocar las estrellas o, lo que en definitiva venía para Maite a significar aquella alegoría, alcanzar las sublimes cotas de la felicidad y el placer y conjugarlas para siempre en un único verbo, la hechicera piedra filosofal del más puro espíritu hedonista. Ese era el sueño de Maite, el empíreo anhelo al que consagraba sus pensamientos más profundos, la utopía de su existencia. De ahí tal vez su inaudita pasión por la Astronomía, a la que, aun de modo diletante, quiso aplicar parte de su tiempo, incorporándose para ello a una señera asociación de astrónomos en cuyas clases llegó a participar con frenético entusiasmo, si bien, todo hay que decirlo, sin asimilar en exceso las científicas enseñanzas que en ellas recibía sobre los misterios del cosmos y sus ubérrimas constelaciones.

           A esta persona tan especial, tan colmada de sueños y quiméricas ilusiones, tan influenciada en suma por la obsesiva búsqueda de su particular Eldorado, va pues dedicado este escueto relato, el cual, como toda narración que se precie, demanda un principio que de coherencia y textura comience a revestirlo, y ese principio exige en este caso remontarse a los mismos orígenes de su protagonista.

           Del anómalo cóctel que por quién sabe qué insondable albur conformaron un padre ingenuo y bonachón, llano campesino de una pequeña aldea próxima a Bilbao, y una madre artera, displicente y, por qué callarlo, bastante rijosa y pelandusca, vino al mundo Maite, donde creció en el amor ilimitado a aquél e, ironías de la vida, la enfermiza admiración por aquella; amor a la sencillez y ternura del padre, admiración por la pujanza de la madre, por su fuerza, por su desbordante vitalidad y, sobre todo, lo que extrañamente siempre más le fascinó –tal vez envidió– de ella, por su natural predisposición al vicio y al desenfreno, tan natural (en el estricto sentido que suscita este adjetivo), tan pueril hasta cierto punto, que en aquella mujer esa inclinación no parecía incluso resultar indecorosa.

           Dos almas tan dispares como las de aquella extraña pareja no podían, obviamente, permanecer demasiado tiempo juntas, máxime cuando en su unión apenas si habían intervenido en calidad de anzuelos el amor, la pasión o tan siquiera el deseo, sino más bien al contrario la necesidad impuesta por determinadas circunstancias cuyos cimientos…, pero no, no creo que merezca la pena reproducir en estas páginas los sinuosos dédalos que configuraron tan estrambótica miscelánea, si acaso en un futuro relato, el suyo propio. Su matrimonio, en definitiva, había sido algo postizo y, como todo aquello que de artificialidad adolece, abocado a derrumbarse cual lábil castillo de naipes, lo que en efecto sucedió al poco de nacer Maitetxu. Esta quedó desde entonces al cuidado del dócil aldeano, quien se vio de este modo impelido a ejecutar en su hija el doble papel de padre y madre, volcando en la pequeña todo el cariño de que fue capaz y forjando lo que en ella habría de ser una constante: el apego hacia las gentes sencillas, hacia la candidez y la inocencia; en tanto la verdadera madre –con quien nunca llegaron a perder, no obstante, del todo el contacto– se zambullía en las tibias aguas de la dolce vita, ese voluptuoso mundo de vino y rosas en el que tan a sus anchas sabía desenvolverse, incitando, aun en la distancia, la irresistible atracción que Maite siempre habría de sentir hacia lo prohibido.

           Ya desde la niñez, allá en su Bilbao natal, fue urdiéndose la mentalidad soñadora y romántica de Maite, en disputada riña con una naturaleza –genes maternos, por supuesto– bastante propensa a lo licencioso. En esa su más tierna infancia adquirió ya el gusto por inventar, por engendrar historias que después iría almacenando en su cerebro hasta llegar a sentirlas como reales, y reales eran en cierto modo, pues ¿quién puede atreverse a negar veracidad a aquello que con pasión se siente?, siendo en ese sentido imposible experimentar las cosas con mayor fervor que como lo hacía ella. Por lo demás, en el colegio de monjas donde fue instruida apenas si llegó a encajar mínimamente; reacia a tolerar los convencionalismos ordinarios y el fariseísmo que un burdo sistema educativo imponía a toda costa; prefería aceptar cuantos castigos y admoniciones le llegasen que agachar la cerviz y claudicar ante quienes no consideraba más que pomposas y fútiles marionetas tan sólo por los hilos de la falacia y la hipocresía movidas.

           En Bilbao residió Maite hasta la edad de dieciocho años. La adolescencia reveló en ella a una hermosa muchacha de piel alba como el resplandor del plenilunio, largos cabellos que semejaban el color de la miel recién extraída de la colmena y ojos de un enigmático verde claro, un ser capaz de seducir al más hierático de los mortales mediante la irresistible combinación de su candorosa mirada de niña melancólica y su aterciopelada voz de sirena; pero sobre todo confirmó a la empedernida soñadora, a la Maite idealista y novelesca dotada de un halo especial para trocar el mundo con tan sólo cerrar los ojos e imaginarlo en un nuevo y personal diseño, a su antojo, a su libre albedrío, como una diosa, siendo así como la incombustible apetencia de tocar las estrellas comenzó a cobrar forma en ella.

           No tardó en degustar los manjares del amor, ese perenne e indispensable alimento sin cuya energía se vería el hombre por completo incapaz de soportar el mundano tránsito, tan dulce a veces su sabor, como la dulce miel, mas, ay, tan cruelmente amargo otras, como la amarga hiel. Fue Alfonso, su amigo desde el final de la puericia, el más entrañable para ella de cuantos componían su pandilla, quien mereció el honor de encabezar el catálogo de sus amantes. Ocurrió lo que acostumbra a suceder en tales casos, que la amistad que les unía derivó poco a poco en amor, platónico en un principio, casto tras la primera declaración, fincado en caricias y besos que con el tiempo fueron rebasando su prístino recato para descubrir en ellos los primeros vergeles de la pasión, en la que ese amor germinal terminó por sumergirse, siendo de este modo él, afortunado entre los mortales, quien conquistara al fin la flor de su virginidad, una flor que, dicho sea de paso, conviene ofrendar cuanto antes para evitar el peligro de que se marchite.

           Los dos adolescentes iniciaron así un romance que, entre altibajos, habría de prolongarse durante muchos años. Junto a Alfonso llegó Maite a conquistar elevadas cotas de excelsitud y delirio, pero no alcanzó nunca las estrellas. Él fue siempre demasiado perfecto, tan obsesionado estaba por conseguir sus materiales objetivos que a menudo se olvidaba de atender los intangibles, y eso, sin darse cuenta, le hacía perder gran parte de la carga pasional que ella necesitaba. Número uno de todas sus promociones, Alfonso se graduó como economista y llegó a obtener una beca en una prestigiosa universidad norteamericana. Allí, en Boston, empezó a modelar lo que debería ser un futuro brillante, pero al propio tiempo comenzó también a perder a Maite; a medida que Alfonso progresaba en la consecución de sus metas académicas, en análogo ritmo iba deteriorándose el vínculo que a Maite le unía, y ésta terminó por comprender que aquel hombre no era lo que ella buscaba. Demasiado recto, demasiado cabal, demasiado serio, demasiado seguro de sí mismo, demasiado intachable su comportamiento, demasiado introducido en su mundo meramente científico, demasiados “demasiados” que postergaban a Maite a un segundo plano y que, en consecuencia, la llevaban a sentirse disminuida como persona, y al propio tiempo, demasiado poco romántico, demasiado poco divertido, demasiado poco soñador, demasiado poco sutil, demasiados “pocos demasiados” que la conducían a una situación de insoportable tedio y de enorme frustración. A su lado comenzó ella a considerarse como algo accesorio y secundario, un mero objeto decorativo que únicamente servía de paramento, de ornato para mayor lucimiento del inefable Alfonso. Comprender que él sólo podría ofrecerle una vida que, bajo la égida baladí del dinero, sería tan acomodada como absurda y vacía fue un descubrimiento muy doloroso para Maite, pero más habría de serlo, sin duda, seguir ligada a él asumiendo esas inaceptables condiciones, mucho más. Mejor cortar por lo sano que resignarse a tan sombrías perspectivas. ¿Puede acaso quien tanto ama la libertad vivir dentro de una jaula, aunque sea ésta de oro? La respuesta sólo podía ser negativa. Junto a Alfonso no podría ser nunca ella feliz, a lo sumo lograría conquistar minúsculas y aisladas gotas de dicha que no servirían sino para acentuar una cada vez mayor soledad y amargura. La decepción que siguió a tan áspero silogismo fue en verdad terrible. Habían sido muchos los años compartidos con él, demasiados como para no padecer ante la ineluctable necesidad de abandonarlo definitivamente. Pero tenía que hacerlo y lo hizo. Maite dejó a Alfonso, dejó atrás una relación que ya no le satisfacía y de la que, emocionalmente hablando, nunca podría obtener ya nada positivo. Había sufrido un gran desencanto, sin duda que sí, pero se sobrepondría a ello, Maite no iba a desalentarse; Maitetxu, la infatigable, nunca se desalentaba. No ocurriría, por el contrario, lo mismo con Alfonso, quien –por desagracia ya tarde para él– al fin comprendió que todos sus “demasiados” convergían en última instancia en uno solo: demasiado estúpido.

           No monopolizó Alfonso, pese a todo, el bagaje sentimental de Maite durante el tiempo en que su relación se dilató. La concupiscente naturaleza de ella no podía afianzar una fidelidad libre de fisuras, de manera que sus fogosos deseos acostumbraban a imponerse con elevada frecuencia a su inoperante, en tales casos, voluntad. Ella era como era, un ser habituado a actuar movido por impulsos y, entre éstos, los emotivos no podía decirse que fueran los menos vigorosos. Pese a que su idilio duró casi diez años, la proximidad física de la pareja, como ya se dijo, distó mucho de ser una constante, y no sólo ya debido a las reseñadas ausencias de él por motivos académicos, sino también porque las circunstancias y el espíritu aventurero de Maite la llevaron siempre a ir de acá para allá, de trabajo en trabajo, por toda España. Así, tras abandonar definitivamente los estudios –nunca, la verdad, fue muy brillante en ellos– y trabajar durante escasos meses en una empresa bilbaína, marchó a Barcelona, donde estuvo trabajando algunos años como empleada en una gestoría, y de allí a Mallorca, y de allí a… qué importa. Lo verdaderamente importante es que entre tanto periplo, entre tanta ausencia separada de Alfonso, Maite fue conociendo a muchos otros hombres, veintitrés novios solía ella referir sin tapujos –de precipitada lengua, no le costaba excesivo esfuerzo hablar sobre ella misma –, aunque quizá también ese número fuese una fatuidad producto de su imaginación soñadora y romántica, quién sabe. Lo cierto es que, entre reales y fingidos, fueron bastantes los agraciados con el preciado don de recibir las caricias de sus delicadas manos, los que vibraron entre sus brazos, los que aspiraron su aroma de mujer, los que se sumergieron en el edén de sus besos, los que en su cama disfrutaron de un fastuoso placer. Quien los goces de su tálamo descubría quedaba de manera ineluctable atrapado en una feroz adicción para la que ya no existía desenganche posible; nadie, absolutamente nadie que por su cama pasara podía aceptar el hecho de hacerlo por una sola noche, siempre se quería más, repetir del divino manjar que sólo de su ardiente cuerpo podía obtenerse y del que resultaba imposible quedar ahíto, participar de nuevo, una y otra vez, en la catarsis que ella proporcionaba, acendrarse con el desenfrenado ritual de los sentidos en el que ella ejercía de suprema sacerdotisa y, en ofrenda a los dioses de la carne, revelaba los arcanos de su candente sexo, y así hasta que ella se cansara, pues siempre era ella quien, hastiada al fin de una determinada relación, terminaba por zanjarla, sin que nunca sufriese en ese sentido el amargo trance de ser abandonada por alguien, ¿quién, bien pensado, iba a ser tan insensato como para voluntariamente desistir de los deleites ofrecidos en tamaño santuario del placer?

           Los veintiocho años la sorprendieron en Madrid, trabajando como secretaria en una editorial de escaso renombre. Fue a esa edad y en esa ciudad cuando decidió profundizar en su gozosa astronomía y a tal efecto se inscribió en la asociación de la que al principio se hizo referencia; muchas fueron a la sazón las noches que, pegada a la lente del telescopio, le sorprendió la aurora sin que el sueño hubiera osado asaltarla, absorbida como estaba por el fascinante carrusel estelar que ante sus ojos iba desfilando con su fúlgido atavío de fuego y luces; qué inmensamente lejos estaban aquellos luminares y qué cerca, en cambio, parecían estarlo desde allí, casi podían tocarse con las manos, ¡tocar las estrellas!, su sueño de siempre; explorar de aquel modo el universo la ensimismaba hasta el extremo de que se sentía transportada a otra dimensión, a un remanso de paz y armonía en el que todo podía ser posible, un prodigioso mundo que la colmaba de relajación, sosiego y dicha espiritual, atrapándola en sus redes como el frágil pajarillo lo es en la mirada de la hipnotizadora sierpe.

           Su afición por sondear el lejano firmamento era, por lo demás, compaginada con el ejercicio de otras más prosaicas, como pudieran ser la danza y el aprendizaje de idiomas, actividades a las que también se dedicó con entusiasmo, aunque con desiguales logros en cada caso, habida cuenta las dispares aptitudes con que contaba para afrontar ambas empresas. Bailar había sido desde siempre uno de sus pasatiempos favoritos, podía pasarse horas y horas dejando conducir su grácil cuerpo por el ritmo que la música iba marcándole, y su elasticidad innata coadyuvaba a resaltar la elegante cadencia de sus movimientos; de modo que se apuntó a una prestigiosa escuela de danza moderna, a la que tres tardes por semana acudía con el propósito de pulir esa natural destreza suya. En lo que respecta a los idiomas, decir que se matriculó asimismo en una academia de inglés con la intención de profundizar en los secretos de la lengua de Shakespeare, si bien, las cosas como son, en esta faceta nunca consiguió descollar como a ella le hubiera gustado, la gramática anglófona se le atragantaba en demasía y su pronunciación resultaba en verdad cacofónica, en fin, un verdadero desastre.

           De este modo, entre astronomía, danza e inglés quedaba colmado buena parte del tiempo libre de Maite, mas sin que ello empeciera el que a su vez dedicaba a la fiesta y la jarana, para las que siempre había hueco en su agenda, siendo profusas en ese sentido las noches que escapaba a zambullirse en las fragosas, fumígenas y etílicas aguas que bañaban las alborozadas vigilias madrileñas, hasta el extremo de convertirse en asidua visitante de los más variopintos garitos de la bulliciosa zona en que residía. En una de estas numerosas salidas nocturnas quiso el destino que conociera a Jose Antonio, fotógrafo de un reputado periódico deportivo, con quien dio comienzo un impetuoso idilio. Poco les bastó a ambos para cerciorarse de que la suya no iba a ser, ni mucho menos, una mera aventura esporádica y circunstancial; la salvaje atracción que sentían el uno hacia el otro remontaba unos grados de vehemencia demasiado prominentes como para saciarla con tan sólo algunas noches de arrebatada pasión, de forma que pocos meses después de iniciada su andadura amorosa decidieron dar un significativo paso adelante y acordaron vivir juntos en el apartamento que él tenía arrendado. Para aquel entonces Maite ya había roto definitivamente con Alfonso.

           En breve tiempo Maite descubrió la fuerza con que había quedado atrapada, dichosamente atrapada, bajo el potente campo gravitacional que circundaba a su nuevo novio; tan seducida estaba por los encantos y atributos de Jose Antonio, que se le hacía imposible no rendirse a ellos de incondicional manera, claudicando así en lo que venía a ser una entrega total, una entrega de esas que llaman en cuerpo y alma. Este segundo componente de su sumisión, sin embargo, la entrega del alma, le henchía de una incómoda angustia, más aún, llegaba a provocarle verdadero pánico, toda vez que, en clara antítesis con los ancestrales dictados de su idiosincrasia, se complacía y disfrutaba con ella, lo que le hacía temer acabar convirtiéndose en esclava de su propio amor, con la consecuente pérdida de libertad personal que ello podría suponerle. Maite siempre había querido ser una mujer autónoma, un ser libre de toda atadura y prejuicio, y en tal querencia sentía una fobia especial por todas las prisiones y servidumbres, incluidas las del amor, no tolerando ser cautiva de sentimiento alguno que pudiera llegar a atrofiar su libre albedrío hasta el extremo de hacerle perder la independencia necesaria para que fuese su propio arbitrio el que decidiera qué hacer en cada momento. Pero, así estaban las cosas, ante Jose Antonio no podía evitar sentirse presa de un febril apego que nunca antes había experimentado, ni alcanzado a imaginar siquiera. Él era el mejor amante posible, el mejor amigo posible, el mejor compañero posible, con él podía tanto cabalgar sobre un torbellino de desenfrenada lujuria –sobresalía ahí el amante–, como mantener una conversación profunda sobre cualquier materia interesante –el compañero surgía entonces–, como descargar sobre su regazo todas sus preocupaciones y ansiedades –brillaba aquí el amigo–. Era además tan divertido, estaba tan lleno de vitalidad y optimismo. Por primera vez notó que su sueño estaba cerca, que junto a Jose Antonio llegaría a alcanzar las estrellas y, con ellas, la felicidad eterna. Enamorada a muerte de su amante, no dudaba en confesarle sus más románticos anhelos; quería, y así se lo hacía saber a él en la turbulencia de su frenesí, navegar en el mar de sus secretos, permanecer para siempre en las sombras de sus pupilas, penetrar en su cerebro y borrar de él todos los pensamientos a ella no destinados, sin poder reprimir en este aspecto unos ciertos visos de acaparador egoísmo.

           Sin embargo, quiso también ese mismo y caprichoso destino que por aquel entonces conociese Maite a un escritor treintañero que andaba dando sus primeros pasos en el intrincado mundillo literario. Éste había acudido con uno de sus manuscritos a la editorial donde ella trabajaba, con la esperanza puesta en que, interesándose por él, pudieran llegar a publicárselo, y si bien no pudo ver satisfecho tal objetivo, sí que consiguió en poco tiempo entablar una profunda amistad con Maite. El escritor, bajo el pretexto de ofrecer a la editorial sus novelas, aprovechaba cualquier ocasión para acudir a visitar a su bella musa de ojos verdes y pasarse las horas enteras hablando con ella. Se convirtió de este modo en su confidente, aquél a quien ella confiaba todos sus secretos, hasta los a priori inconfesables, aquellos que constituyen patrimonio de las parcelas más recónditas e inaccesibles de uno mismo, y todo ello pese a no recibir en contrapartida casi ninguno de él, ¡tan infranqueable resultaba su intimidad tras el acorazado pavés con que la protegía!; pero a Maite no le importaban en exceso aquellas reservas de su nuevo amigo, le encantaba estar con él, escuchar su voz, leer sus relatos, hacerle partícipe de sus cosas, de sus problemas, de sus alegrías, de sus sueños; junto a él el tiempo parecía detenerse de un modo similar a como lo hacía en esas mágicas noches de insomnio durante las que con fruición se dedicaba a contemplar el opulento universo… Entre ambos se fue poco a poco fraguando un poderoso sortilegio cuya existencia a ninguno de los dos podía pasar desapercibida, un hechizo que amenazaba con trasladar su relación desde los serenos lagos de la amistad a los procelosos océanos del amor. Poco importaba en ese sentido que él fuese casado y ella viviera maritalmente con otro hombre, a la postre no eran ésas sino circunstancias convencionales de las que, llegado el caso, podía prescindirse sin excesivas vacilaciones. Así al menos lo creían ellos en su fuero interno por aquel entonces, incapaces de detenerse a reflexionar sobre lo complicadas, incómodas y entorpecedoras que pueden llegar a resultar dichas circunstancias. No podían, empero, columbrar tales dificultades, no mientras ambos disfrutaran de esa complicidad mágica, de esa mutua veneración que sentían el uno hacia el otro, de esa convergencia imperiosa que con indomable fuerza tiraba de ellos hasta aproximarlos a flor de piel.

           El escritor fue quedando de este modo, a medida que el tiempo transcurría y se acrecentaba el contacto entre ellos, prendado de su pupila. ¡Cómo no, por otro lado, iba a ser así, cuando ella era tan atractiva, tan amable, tan perspicaz, tan cordial y atenta, tan radiante y alegre…!

           Y llegó el día en que, reacios a continuar embozados tras engañosas carátulas, se amotinaron sus sentimientos y, como a fin de cuentas parecía estar escrito, cayeron el uno en brazos del otro. No pudieron evitarlo. Aquella noche se habían citado para cenar juntos, como dos buenos amigos; tras la cena, acudieron a un pub para tomar una copa, también como dos buenos amigos, y luego…, luego se levantó el telón, retiróse del proscenio la amistad y entró en escena el juego de la pasión. Bastó un lugar en penumbras, algo de alcohol, varias miradas sugerentes y… sus labios, como sacudidos por un magnetismo incoercible, se fundieron en prolongados y voluptuosos besos pasionales; aquel soberbio fuego, hasta aquella noche ocioso bajo un mero estado latente, a duras penas contenido por el recato y la compostura, prendido había por fin con una vehemencia inusitada, abrasando ahora sus ígneas llamas todos los poros de sus respectivas pieles y advirtiéndoles al propio tiempo sobre la imposibilidad de ser ya sofocado.

           Sumergidos por completo en esa fase de desaforado arrebato en la que ya ninguna fuerza resta a la razón para poder hacer frente e imponerse al deseo, él, presa de un calenturiento afán por poseer enteramente a aquella admirable ninfa, le propuso marchar a un hotel donde hacer el amor. No podía presumirse, por otra parte, ningún colofón distinto que pudiera clausurar aquella noche mágica con la digna brillantez que requería… Mas he ahí que justo en ese crucial instante, menguó el fuego en su ímpetu y Maite, sobreponiéndose a duras penas al deseo y desoyendo los gemidos de sus propias apetencias, cercenó el paso a ese mayestático colofón, rechazando la propuesta que el otro le hacía. Se negó en definitiva a acostarse aquella noche con su escritor, aun consciente de que al negarse estaba vedando la posibilidad de que sus cuerpos se fundieran en uno solo hasta encumbrarse en su fusión a destacadas cimas del placer… No le fue en todo caso nada fácil asumir esta resolución a Maite. Tuvo, por el contrario, que desplegar para ello toda la fuerza volitiva de que aún disponía, obligándose con denodado esfuerzo a desatender las cálidas insinuaciones de su libido y escuchar, mal que le pesara, los fríos decretos de su cabeza; pero el caso fue que se negó a hacerlo, concluyendo aquella velada, ya menos mágica, con tan sólo nuevos y ardientes besos, nada más. Él perseveró todavía en su empeño, procurando hacer entender a ella lo inútil que resultaba resistirse, dando por sentado que aunque tal vez lograran dominar sus impulsos en esa precisa ocasión, de ningún modo podrían castrarlos para siempre, que tarde o temprano sucumbirían a la tentación que fluía de sus cuerpos, siendo en cualquier caso mejor rendirse a ella temprano que tarde, que no merecía en suma la pena oponerse a una fuerza contra la que no les sería posible luchar eternamente, una fuerza que, siendo muy superior a la de sus respectivas voluntades, tendía sin remedio a unirles. Todo eso le aseguró él en un desesperado intento por hacer tambalear sus defensas y que su ánimo flaqueara y cediese en su insegura determinación, convencido, sí, de sus palabras –jamás hubiera recurrido, aun disponiendo de pericia para hacerlo, a sucios embustes o artificiosas celadas para complacer su anhelo–, aunque temeroso en el fondo de que aquel rechazo fuese definitivo y, lo que era peor, que la hubiese perdido para siempre, que hubiese arruinado esa complicidad, ese halo mágico que les había envuelto desde el día en que se conocieron. No aceptó, empero, ella el envite –tal vez tampoco estuviese él lo bastante persuasivo– y aquella noche se despidieron con un último y acalorado beso, su último beso.

           Durante los dos días que siguieron a aquel sensual encuentro, la zozobra y los remordimientos acosaron de manera infatigable a Maite, quien no cesó un segundo de sublevarse ante la perspectiva de emprender una nueva relación sentimental con otro hombre. ¿Por qué, si ella se sentía feliz al lado de Jose Antonio? Esa se antojaba, sin duda, la pregunta clave; si bien no era la única, ya que miríadas de cuestiones, a cual más tortuosa y acerba, se sucedían y amontonaban en sus mientes como los cadáveres en el campo de batalla. ¿Qué podía haber visto en ese escritorzuelo de tres al cuarto para hacerle perder de un modo tan radical los estribos?, ¿tanto le gustaba?, pero si así era, como así parecía ser, ¿cuál era en tal caso su hechizo?, ¿dónde residía?, ¿qué acicate encontraba en él que la llevaba a enturbiar su relación de pareja con Jose Antonio y la inducía, en consecuencia, a arriesgar lo mucho que al lado de éste había conseguido?, y más aún: de asumir tal riesgo, ¿qué podía el otro ofrecerle a cambio, sino esporádicos encuentros a hurtadillas que sumida la tuvieran en un estado de perpetua frustración?, ¿podrían acaso esos fugaces encuentros, por muy maravillosos que resultaran, compensar tamaña sensación de pesadumbre?, ¿serían tan intensos como para equilibrar el peligro de exponer a una suerte incierta la plena estabilidad y armonía que había logrado adquirir junto a Jose Antonio? No podía soportar la idea de haberle engañado; ella, que no toleraba ser engañada, había sin embargo sido infiel al hombre que amaba, al compañero, al amigo, y tal infidelidad resultaba de todo punto imperdonable, máxime cuando afectaba a alguien que como él siempre la había tratado de un modo exquisito. En un prolijo intento por cohonestar su desliz, no cesó de hacer suposiciones que lo justificaran y de razonable lo diesen visos, pero unas y otras fracasaban de modo invariable en su objetivo, sin que en ningún momento llegara a toparse con razón convincente alguna. Se dijo, por otro lado, que su orgullo no podía consentir el hecho de ser la querida de nadie, la segunda mujer de otro, por muy eximio que éste fuera, que ella siempre había detestado los rollos con hombres casados, que su relación sería tortuosa para ambos y desembocaría sin remedio en un lacerante apocalipsis, y que además, y eso era lo que más le dolía, estaba demasiado enamorada de Jose Antonio como para perseverar durante mucho tiempo en aquella adúltera relación. Llegó a atribuir su ligereza al miedo que le causaba la absoluta entrega que de sí misma hiciera a su novio, de tal suerte que el maduro escritor no habría sido sino el antídoto al veneno de sus aprensiones, una especie de experimento para, reverdeciendo pretéritos laureles, demostrarse a sí misma que aún tenía la suficiente volición como para romper cualquier red que pugnara por retenerla.

           Y así estuvo día y noche fabricando cábalas con las que combatir su desazón, hasta que de pronto, como iluminada por una revelación instantánea, comprendió dónde residía la verdadera fuente de su desasosiego, oculta que había permanecido hasta entonces bajo el tapujo de todas aquellas excusas baladíes, y esa auténtica razón de ser no era otra sino que amaba a Jose Antonio muchísimo más de lo que creía haber supuesto, que sin él no era nadie, que la sola idea de poder perderlo se le antojaba de por sí insufrible. Y al comprender todo esto, comprendió también que el sueño de toda su vida se había ya hace tiempo hecho realidad, sin que ella apenas se hubiese percatado de su consumación, pues de la mano de Jose Antonio había por fin acariciado las estrellas, conduciéndoles su mutuo amor a franquear las puertas del mismísimo Paraíso…; mientras que con su escritor, en cambio, tan sólo había sido víctima de un pasajero espejismo, una alucinación momentánea de la que no tardaría, seguro, en reponerse, y en definitiva aquella aventura no había a la postre significado para ella más que un simple devaneo producto de su peculiar romanticismo.

           Así se lo hizo saber a su malogrado opositor a amante, haciendo a la sazón uso, con vistas a no herir demasiado sus sentimientos, de las más delicadas reservas de que pudo hacer acopio. A éste no le quedó otro remedio que aceptar la derrota que sus explicaciones conllevaban, allanado a sufrir el meteórico anochecer de aquel fulgor que, aun por efímero lapso de tiempo, se dignara iluminar su monótona y tediosamente maquinal existencia; tampoco, por otra parte, podía decirse que le hubiera pillado por sorpresa, ya que en su fuero interno más de una vez vaticinó aquel rápido crepúsculo y andaba medianamente presto para sufrirlo, si bien no por esperado se hacía menos amargo el desencanto, puntual en todo caso había sido, como las mareas, doloroso también cual la picadura del alacrán. De todas formas, podía a fin de cuentas entenderla y, quizás en base a esa comprensión, se sintió en cierto modo también feliz, feliz de que ella lo fuera, de que hubiese hecho realidad el sueño de tocar las estrellas. Él seguiría aguardando su oportunidad.

           Si acaso, una sombra de duda quedó entre ellos: ¿qué hubiera sucedido si…? Pero por otro lado mejor no haberlo descubierto, los enigmas suelen perder su encanto cuando dejan de serlo y, por lo que a ambos concernía, a veces hasta los más sublimes sueños podían llegar a desvanecerse. Lo que sí se esfumó en gran parte fue, como él ya lo temiese, la magia que les envolviera, aquella exquisita comunión con la que juntos habían comulgado de continuo. Fue el precio que debieron pagar por, dejándose arrastrar por exacerbados sentimientos, haber osado trasponer los límites de la amistad. Un alto precio, sin duda.

           No era éste, desde luego, el fin con el que había soñado el escritor para esta historia, incluso de vez en cuando se aventura todavía a proyectar otro distinto, conjurando a la propia Fortuna para que a ejecutar se avenga un postrero giro de su eterna rueda, y es que horrores le cuesta doblegarse a su suerte y tener con ella que retornar a los páramos de la rutina tras haber sido invitados sus sentidos a hollar descalzos sobre los tupidos vergeles del Olimpo. Como en cierta ocasión escribiera William Golding, aquel tránsito había chirriado en su sensibilidad como una bisagra herrumbrosa.