martes, 13 de octubre de 2009

VACÍO


           Los dedos de la aurora me acariciaron la cara con suavidad sérica, como una geisha solícita que buscara complacer a su amante; luego fue el sol quien a través de sus primeros rayos matutinos hirió mis ojos. Había pasado la noche a la intemperie, tirado en un banco de madera sobre el que, doloridos los huesos y el alma rota, me sorprendió también el amanecer. Apenas si había dormido nada durante toda la noche, como sospechaba tampoco iba a hacerlo en las semanas venideras, como quizá ya no durmiera bien el resto de mi vida, o a lo mejor, quién sabe, decidía acortar ese resto y afrontaba de una vez por todas el sueño eterno. Tenía una sensación extraña, mezcla de abandono, pereza y agotamiento; pero no sentía dolor; tampoco ira, ni siquiera tristeza. No sentía nada, como si en vez de un ser vivo fuese algo inanimado, una parte más de ese banco de madera sobre el que yacía. El sol me arañaba el rostro y un escalofrío atravesaba mi espina dorsal, pero en el fondo yo estaba insensible y yermo.

           Vacío de emociones, así había amanecido yo. Ella se había ido y en mi fuero interno comprendía que también yo debía marcharme, quizá para siempre. Elevé la mirada a un cielo que desplegaba un tono tan azul como la alegría y sentí que los ojos de mi alma no pudieran sino verlo de un triste color ceniza. Vacío me levanté. Vació extendí mis brazos para desentumecerlos. Vacío miré en derredor. Vacío eché a andar a lo largo del camino ocre y polvoriento. Vacío fui más consciente que nunca de esa levedad de la existencia a la que con tanta angustia aluden los poetas.

           No había dormido, pero no tenía sueño; tampoco tenía esperanza. Ella se había ido. Yo enfilaría ahora hacia casa, compondría un pequeño atillo con mis cosas y también me iría.