jueves, 17 de septiembre de 2009

CARTA A UNA BRUJA (5)

           A menudo me asalta la inspiración en los momentos más inesperados, a veces basta una simple mirada, otras un sonido lejano filtrado desde cualquier rincón, a menudo ni siquiera nada de eso, sino solo la magia del momento, de esos momentos únicos que son como chispazos que de repente iluminasen el cerebro con su inesperado relámpago. Lo cierto es que hay momentos que en sí mismos constituyen todo un acontecimiento, momentos en que una mirada puede reconciliarte con el universo, en que una simple palabra puede convertirse en la más bella melodía y la brisa del aire en una sérica caricia. Durante tales momentos nos sentimos en paz con nosotros mismos, en completa armonía, y paladeamos la vida como un manjar que se ofrece a nuestro ávido apetito, saboreando el tiempo, cuya existencia, paradójicamente, olvidamos por entero, al hacer del presente una eternidad con aroma de celindas. Y soñamos con la utopía y no pareciera sino que confundiésemos voz y eco, presencia y lejanía, estar y ser.

           La luna me inspira especialmente. ¡Ah, la luna! ¿No te dice nada esa luna bajo cuya luz tan gratos paseos hemos dado? Ayer mismo hablé con ella y le pregunté cómo podría hacerte sentir niña y mujer entre mis brazos. Me sonrió. Ya conoces su sonrisa. Es vertical, y en su trasfondo hay algo lúbrico, algo que enciende los deseos más dormidos. Luego pasaron unas nubes negras y ensombrecieron esa sonrisa. Y nuestra luna no me habló. La verdad es que no me habla tanto como yo quisiera. Es evidente que a ti te quiere más, brujita, lo cual no me extraña, a fin de cuentas no hay nada que la engalane más que tu silueta sobre su nacarada efigie recortada mientras surcas los cielos a lomo de tu voladora escoba.

           De todas formas, reconozco que me invadió el pánico ante ese silencio que ayer me dispensara la luna, y para mitigarlo no tuve otro remedio que gritar. No sé qué tendrán los gritos que constituyen tan buen lenitivo para los dolores del alma. Pero así es; doy fe de su efectividad. Ahora bien, de vez en cuando sobrevienen momentos en que ni los más estentóreos alaridos resultan suficientes para expeler el dolor que atenacea nuestro espíritu, momentos en que la melancolía ya es parte de nosotros mismos, como unos alicates que se aferraran con sevicia a nuestras fibras más sensibles para hacerlas pedazos, momentos en que el pozo de la tristeza no permite que nada salga afuera y, sin embargo, sigue admitiendo entradas. ¡Líbrennos los dioses de tales momentos! Sí, líbrennos, pues cuando acaecen, sientes que ya no te restan fuerzas ni siquiera para gritar, ni ácidas lágrimas que enjugar, ni arrestos para seguir luchando, hasta el punto que piensas que prácticamente nada merece ya la pena.

           En suma, hay momentos que estimulan la inspiración, pero también los hay que de congoja llenan el alma; momentos mágicos y momentos hórridos; momentos dulces como la melaza y momentos amargos como la bilis; momentos que acarician tus sentidos y momentos que no son sino afiladas espinas que se te clavan hasta lo más hondo del corazón; momentos suaves y momentos ásperos como la lija. Dura vita, sed vita. La vida es dura, pero es la vida. Y, sí, integrantes de esta dura vida son tanto los buenos como los malos momentos. Te confieso, no obstante, que en mi caso estos últimos tienden generalmente a sucumbir en su pulso contra los primeros; ganan los buenos y pierden los malos, como en las películas, y tan halagüeño resultado obedece en gran parte al hecho de saber que te tengo a ti, brujita, y que ocupas un lugar importante en mi pirámide afectiva.

           En fin, espero quedar pronto contigo para hablar los dos juntos con la luna, con nuestra luna; seguro que estando tú presente, ella se digna atenderme; y si por cualquier motivo no entiendo lo que me dice, ahí estarás tú para hacerme de intérprete.

           Pienso en lo romántico que resultaría besarte bajo la luz de la luna. Cierto que ya te he dado algún que otro beso al socaire de su influjo, pero no han sido todo lo apasionados que a mí me hubiese gustado, meros encuentros donde apenas si los labios se rozaban en una fugaz aproximación, inocentes como la mirada de un niño. Quizá la próxima vez…. Por ahora, no obstante, esos besos te los envío a través de las palabras, esperanzado en que tú sepas percibir la magia que éstas encierran.

C

4 comentarios:

escritores negros dijo...

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Un saludo.

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María (Muriel) dijo...

La vida son momentos entre intervalos de nada.
Envidio sanamente a tu brujita.

Cavaradossi dijo...

Es todo un lujo para este mar contar con alguien como tú, María. Un besazo