jueves, 27 de agosto de 2009

TU AUSENCIA


Olas que se mueren en playas vacías,
tristeza alimentada de recuerdos,
añoranzas,
utopía hecha trizas,
naufragio de esperanzas y de sueños.
Esa es tu ausencia,
niña,
la que cual saeta traspasa mi alma,
la que con veneno envuelve mis noches
y de amarga hiel reviste mis días.


Lágrimas que brotan de marchitos ojos,
momentos eternos en un limbo oscuro,
nostalgia,
despojos de risas,
lamentos que se estrellan contra un recio muro.
Eso es tu ausencia,
lloro,
lo que me envenena, ensombrece y mata,
lo que me clausura en mi angosto encierro
y entre multitudes me hace sentir solo.

Espiral infame de deseos quiméricos,
cruento vacío que todo lo llena,
insania,
un cuerpo sin vida,
luces que se apagan tras un fin de fiesta.
Así quedo yo,
ciego,
luego de perder lo que me avivaba,
luego de perderte, de perder mi cielo
y sufrir mis carnes tan cruel tormento.


Profunda como un lago
siento tu ausencia.
Sanguinaria y feroz es mi condena.
Eterna ésta
si eterna aquélla.

miércoles, 5 de agosto de 2009

DESCENSO A LOS INFIERNOS

           Eres joven y bulle dentro de ti un ímpetu frenético que apenas te resulta posible apaciguar, un dinamismo que exige de ti más acción, más brío, más cantidad de aventura, mayores y más seductoras experiencias cada día. Eres joven, delirantemente joven. La euforia es tu aliada, el cansancio un pariente lejano que rara vez te rinde visita, la confianza tu bandera, la pasión tu brújula, gozar tu principal objetivo. Eres joven. La energía fluye por tus venas como la lava lo hace a través de un volcán. Te sientes poderoso, forjado en fuego y acero. Y también eres insaciable, todo lo quieres ceñir con tus brazos, todo probar, todo sentir. Estás convencido de que eres capaz de todo y que nada puede hacerte daño. Tienes sueños, y esos sueños lo son de grandeza y poder. Un nuevo sendero se perfila entonces a tus ojos. Lo contemplas y notas que te atrae, más aún, te sientes hipnotizado ante su deslumbradora exuberancia. Voces difusas en derredor tuyo te advierten de los peligros que encierra esa nueva senda, te avisan que no es conveniente adentrarse entre su nutrida hojarasca, que toda su luminosidad no es más que una añagaza que conduce a una trampa horrenda. Pero tú eres joven y nada te amilana, decides no escuchar tales voces, piensas que no son sino sermones de cobardes a los que debes hacer oídos sordos, porque tú lo puedes todo y nada ni nadie puede lastimarte. Y te adentras en el sendero, primero de un modo titubeante, luego con pasos ya más decididos, y al poco constatas que tú tenías razón y no, por el contrario, quienes trataban de amedrentarte con sus timoratas prevenciones. El sendero es pródigo y feraz, avanza en línea recta bordeado por una flora frondosa sobre la que reverbera la luz descubriendo infinitas tonalidades y matices. Es maravilloso. El sol descuella sobre su atalaya azul y su calor se filtra por todos los poros de tu piel. Sientes más que nunca que eres capaz de cualquier cosa, el rey del mundo, que ningún muro podrá detener jamás tu avance, el mañana lo ves lejos y favorable, en tanto que el presente lo conforman pasión, aventura y deseo. Nada te detiene.
 
           Pero quien no se detiene es, empero, el tiempo, un tiempo cuyo avance no se acomoda al de tus pasos, de tal forma que poco a poco vas viendo que tus sueños no se cumplen en la medida que pensabas, que los goces resultan cada vez menores, que las expectativas se pierden una tras otra en los constantes meandros por los que el verde sendero comienza a curvarse. Algo sucede, algo que notas cómo poco a poco escapa a tu control. Las frondas van perdiendo su prístina exuberancia, se vuelve más rala, los colores poseen un tono cada vez más deslucido, amarillea el paisaje y se empobrece el resplandor del sol, que se oculta cada vez con más frecuencia entre amenazadoras nubes plomizas.
 
           Y así hasta que en algún momento que no aciertas bien a definir te apercibes que el sendero se ha metamorfoseado en un retorcido laberinto, tan lúgubre y ceniciento como los mismísimos corredores del Hades. Ya no se ofrece a la vista frondoso follaje. Ya no aparece un sol esplendoroso para procurarte calor. Ya no hay colores. Ahora el paisaje es baldío y gris, y hace frío, mucho frío, cada vez más frío. Tampoco tú eres ya el que eras. Ya no te sientes invencible, sino lábil como un gorrión aterido. Ya no son fuego y acero los elementos que fraguan tu organismo, sino lastimada materia en descomposición. Te sientes perdido, extraviado dentro de una tóxica niebla cuya espesura apenas si te permite ver donde te llevará el siguiente paso. Ya no buscas acción ni aventura, sino tan sólo paz, sosegar esa angustia que te llena de desazón y que sólo logras aplacar adentrándote todavía más en el laberinto, aun a sabiendas que a cada paso que des más extraviado estarás aún.
 
           Vuelves la vista atrás y te preguntas dónde quedaron aquellos sueños de grandeza, dónde se evaporó tu energía, dónde empezó a languidecer tu poderoso empuje. Lo sabes. Sí, lo sabes, por más que porfíes aún en negarlo. Lo sabes y llenas el vacío con un espeluznante grito que alberga un por qué henchido de desesperanza, un por qué que, como tú mismo, se pierde igualmente en ese páramo estéril por el que transitas mediante pasos que hace ya mucho dejaran de ser airosos y desafiantes.
 
           Todavía, no obstante, el laberinto te sigue prometiendo evasiones, ilusorios momentos de euforia, apócrifas esperanzas, sueños cada vez más adulterados. Pero sus ofrecimientos no son ni mucho menos gratis, algo que a estas alturas conoces tú ya demasiado bien, porque el maldito laberinto nada regala, dispone un infernal comercio donde nada se dispensa gratis, de tal guisa que esas evasiones fútiles, esa euforia falaz, esa esperanza sin fundamento, esos sueños estériles, sólo te serán concedidos a cambio de una prostitución cada vez mayor de tu cuerpo y de tu alma. Y el precio pagado hizo que tus ojos perdieran su brillo, que se volviese cetrina tu piel, temblorosas tus manos, gangosa tu voz, convertidos tu mente y tu cuerpo en despojos encadenados a una adicción feroz. El laberinto te está haciendo pedazos. Lo sabes, sí, pero aun así continúas avanzando entre sus dédalos, ya tanto por inercia como por necesidad, porque el propio laberinto te impele a ello, porque estás tan unido a él que forma ya parte de tu propia esencia. Y allí estás tú, en medio de la vaporosa penumbra, sabedor de que el laberinto se halla cada vez más pútrido y degradado, como lo estás tú mismo, que encubre trampas y asesta puñaladas traicioneras, y que el peaje que exige resulta cada vez oneroso.
 
           Hace tiempo que fuiste por todos abandonado y te engulle una tétrica oscuridad. Estás solo y te sientes atrapado en una pesadilla de la que sabes que no despertarás jamás. Pero ya ni siquiera eso te importa demasiado. Tu cuerpo y tu alma parecen insensibles, como si estuviesen anestesiados. Y estás también ciego, tan ciego que ni siquiera alcanzas ya a ver aquellos sueños que un lejano día tuviste. Hay fugaces instantes donde todavía alguna lágrima resbala por tus mejillas e intentas levantarte y oponer algo de resistencia a tu infausta suerte. Pero es inútil, no puedes, tus brazos están caídos y sin fuerzas para cualquier tipo de lucha, eres un cadáver andante que a cada nuevo paso se hunde más y más en el universo alucinógeno donde una vez un joven bizarro buscó una felicidad que le fue esquiva.
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P.D.: Pido perdón por la crudeza de este texto, que dedico a todos aquellos que se ahogaron en el pútrido albañal al que acostumbra a conducir la adicción a las drogas.