lunes, 27 de julio de 2009

AMO, LUEGO EXISTO

           Últimamente no albergo duda alguna sobre mi existencia, todo lo contrario: sé que existo, ¡existo y me siento vivo!, más vivo que nunca, y eso es así porque amo, porque dentro de mi pecho se despliega cada día, cada noche, cada instante, un carrusel de emociones que convergen en lo que a todas luces es un amor sin fisuras, libre de temores y limpio de cualquier tipo de mácula. ¿No constituye acaso el amor la principal espoleta de la vida? Amo, luego existo. Prefiero desde luego esta máxima de certidumbre a aquella otra cartesiana que nos dejara el célebre filósofo, no en vano la entiendo más certera y conforme a la peculiar naturaleza del ser humano. Y yo amo. Amo a un ser maravilloso, único, un ser que reúne las cualidades más excelsas que imaginar pudiera, un ser ideal. Hace tiempo que lo amo. Y soy feliz por amarlo…

           Ahora bien, todo lo ideal tiende por su propia esencia a eludir la realidad física, temeroso de ser contaminado al contacto con un ámbito que entiende ruin, un entorno de ordinario percudido por toda clase de escoria, enclave de un ejército en el que impera el egoísmo y la avidez desaforada, un mundo imperfecto en el que difícilmente puede hallar encaje algo que aglutina en su naturaleza la perfección más exquisita, y mi ser ideal también participa, por supuesto, de esa repulsa, no iba a ser en ese sentido una excepción, y se resiste a materializarse en el plano real, en ese mismo en el que yo, sin embargo, me veo impelido a desenvolverme, dicotomía espacial que obstruye nuestra convergencia, limitándola al terreno de la fantasía, siempre fértil no obstante, a ese extraordinario orbe donde no hay fronteras, donde los sueños despliegan su férula y de la esperanza hacen su divisa. Porque sólo en ese universo puede mi amada expandir su verdadera substancia, sólo en él tener cabida sus sinuosas formas de sirena, su mirífica morfología de hada con alas traslúcidas y ojos de luz. Sólo allí puede ser ella. Ella, conmovedora criatura que, fiel a su esencia mágica, no puede existir dentro de las coordenadas que definen mi prosaica línea de espacio tiempo.

           Habitamos, pues, planos distintos, pero no por ello insalvables, ya que el amor los conecta a través de puentes que construye mediante esos asombrosos materiales que la imaginación le proporciona. Y a fe que mi imaginación es en ese sentido profusa, no escatima utillaje, y, al igual que mi hada, cuenta con alas, sus propias alas, que despliega con entusiasmo para conducirme a la prodigiosa esfera donde, radiante, me aguarda ella.

           De entelequia tildarán muchos este amor mío, así lo harán sin duda los más racionalistas, los inficionados por esta fiebre de lo material tan extendida hoy en día, aquellos que, envueltos en su manto de oropel, bramarán envalentonados que no es más que una quimera, el sueño de una noche de verano, algo de todo punto irreal. Pero ¿por qué? ¿Acaso la realidad ha de circunscribirse por fuerza a lo que nos transmiten los sentidos? ¿Eso es lo que piensan? Pobres, son ciegos, no son capaces de ver más allá de lo que le transmiten sus ojos, son ciegos del espíritu y jamás podrán, por tanto, escapar de la cárcel en que por su minusvalía están confinados. Conforme a su limitado razonamiento, el mío es un amor imposible. Y sí, puede que lo sea dentro de los angostos límites que marcan los sentidos, lo admito, pero más allá de ese reducido perímetro puedo asegurar que no lo es. En términos absolutos fulge, por el contrario, como un Amor con mayúscula, nutrido de todo el deseo, el anhelo y la pasión que a tan sublime sentimiento resultan propios, un amor vehemente, arrebatado, fogoso, capaz de hacer bullir la sangre dentro de las venas y acelerar el corazón con el ímpetu de mil potros desbocados, porque, fuera de esa falta de convergencia en el plano físico, me basta cerrar los ojos para crear un universo paralelo en el que cogerla de la mano, besar sus labios, reír a su lado, viajar con ella a través de paraísos perdidos, sentir su piel enardecerse ante mis caricias y su carne estallar de puro placer al tiempo que lo hace la mía… ¿Un amor imposible? ¿Irreal? Tal vez, pero yo he sabido crear la dimensión donde hacerlo posible y real, una dimensión que está dentro de mi cerebro y que, si a sensaciones se circunscribe, es tan auténtica o más que la que forman las coordenadas espacio temporales de este Universo.

           No sé, quizá algún día se produzca una colisión de electrones que genere un vuelco en los elementos y haga posible que ella, mi sirena, tenga acceso a la realidad física donde yo habito, o quizá la ignota materia oscura que puebla el cosmos provoque el necesario desajuste espacio temporal para que ambas realidades se fundan en una sola, en cuyo caso yo ya podría, además de con mi mente, tocarla con mis manos, mirarla con mis ojos, olerla con mi olfato, besarla con mis labios. Si así llegara a suceder, será como si siempre hubiese estado a mi lado, porque de hecho siempre lo ha estado, y ya no nos separaríamos jamás, ligados ambos tanto en cuerpo como en alma, orbitando en la eternidad el uno alrededor del otro como dos planetas afines.

           Entretanto me quiebro cada día en mil pedazos, fugitivo huyendo de una existencia en la que las emociones se ven compelidas a soportar el opresivo peso del deber, de lo conveniente, de lo que hay que hacer. Pero cada noche ese amor ideal obra el prodigio de reconstruirme a partir de mis propios escombros…. Y sé por ello que existo.

domingo, 12 de julio de 2009

EL JAMÓN Y LA MOLINERA

- I -

           En su manta de lana arrebujado, abandonado el gobierno del feble cuerpo al suave balanceo de la mecedora, contempla con fruición el viejo el retrato que sobre la recientemente enjalbegada pared del lar pendía; tantos eran ya sus años –los del viejo–, que muchos hacía que perdiera su cuenta, demasiado larga ésta para continuar recreándose en la suma, ¿para qué, sin con sólo examinar en el espejo el marchito rostro, de profundas arrugas surcado, bastaba para traslucir una vida que ya hacía tiempo transitaba en el ocaso? A su lado, una mujer, asimismo muy anciana, de cerúleos ojos apagados por la presbicia y frágiles carnes bajo un negro vestido de cretona ocultas, amasa pan en la artesa. Ella es la mujer del viejo, la misma cuya imagen lozana de juventud, ¡cuántos lustros atrás!, aparece reflejada, junto a un formidable y suculento jamón, en el retrato que aquél observa. Curiosa estampa la de ese retrato: la mujer y el jamón, una al lado del otro, sin más, vertical el jamón, yerto, apenas sujeto por la mano de la hembra apoyada en la pezuña, y ella erguida, digna, desafiante, aunque traicionada en el último momento por el brote en sus labios de una leve y enigmática sonrisa que encerrar pareciera algún ignoto secreto. ¡Cuánto significado el de ese retrato para el viejo!

           Los dos ancianos son felices, lo han sido en realidad desde aquel lejano día en que la veleidosa Fortuna decidiera cruzar sus caminos y acoplarlos para siempre en uno común, por el que desde entonces han transitado juntos sin interrupción y al que ya sólo la muerte, cruel carroñera, podrá truncar.

           En la misma pieza otra mujer, de unos cincuenta años, piel morena y negra guedeja cayendo sobre su espalda, extrae aceite de una alcuza. Se trata de la hija de la anciana pareja, una de las tres –todas hembras– que al mundo trajeron, la mayor, la única que ha permanecido y permanecerá soltera (la edad núbil hace tiempo en todo caso que la abandonó) y aún habita junto a ellos en el pueblo; las otras dos marcharon a la gran ciudad al casarse.

           La lumbre proyecta sus flamígeras extremidades sobre las fuliginosas paredes de la chimenea. El viejo estira las piernas, quebradizas piernas antaño ágiles como las de los gamos, se reafirma bajo la ajada manta y entorna luego los ojos. Parece dormirse; pero no, una sonrisa descubre el engaño, cómplice sonrisa de la nostalgia de quien a través del recuerdo revive momentos pretéritos. No, el viejo no duerme, tan sólo hurga en el tiempo, viaja con la mente al pasado, a un pasado que se remonta más de cincuenta años atrás.
 

- II -

           En opinión de Saturnino, los pobres no deberían casarse, el matrimonio viene a ser para ellos una fatídica puerta que la entrada franquea a una miríada de complicaciones, muchas de ellas insolubles; y los muy pobres, ¡qué decir!, para esos habría de promulgarse una ley que les vedara sin más el acceso a tan siniestra puerta. Él se consideraba de estos últimos, de los muy muy pobres, de los condenados a vivir una perenne carestía. Por no tener, había días que no tenía ni siquiera un mísero plato caliente que llevarse a la boca; su sustento solía limitarse a lo que le proporcionaba la tierra, y eso, la verdad, era bien poco; ¿cómo, si ya resultaba en extremo arduo obtener la pitanza para él solo, iba a alimentar otra boca? Una esposa era, sin duda alguna, lo que en aquellos momentos menos necesitaba.

           Sin embargo, esa misma tarde tenía Saturnino que desposarse con Perpetua, la del tío Genaro, su novia de toda la vida, casi desde la puericia.

           Con este pensamiento en mientes, Saturnino no rebosaba, a pocas horas de su boda, lo que se dice de dicha. En realidad, él no era de por sí de jovial naturaleza, más bien todo lo contrario: poseía, haciendo precisamente honor a su nombre de pila, un carácter asaz triste y melancólico. Tampoco, eso era cierto, había tenido nunca excesivos motivos para sentirse feliz; ya desde muy pequeño adquirió plena conciencia de que el mundo no iba a ser para él un camino alfombrado de rosas: su padre, un jayán borracho y bruto que trabajaba en las canteras, solía zurrarle de lo lindo cada vez que en mala gana le venía, contase para ello o no con algún pretexto real, y sólo cesaron los golpes cuando aquella bestia, sin dejar la menor huella, se marchó para siempre de casa, dejándoles a él (que apenas si contaba diez años por entonces) y a su madre en la estacada, abandonados al lábil socaire de un patrimonio exiguo que a duras penas podía contener los procelosos vientos de la indigencia, un patrimonio cuyos únicos activos consistían en una huerta pequeña, casi yerma, entre unas breñas ubicada, algunas gallinas, poco más de meda docena de conejos y un verraco enfermo que, sin hembras con las que procrear, dejaría poco después su vida en la pocilga. Su madre murió también, de ello haría ahora unos dos años, consumida por la tisis. Habían sido, por tanto, las de Saturnino unas condiciones poco favorables para que la felicidad pudiese germinar.

            Saturnino, aparte de procurar extraer el mayor rendimiento posible a la huerta, trabajaba también de vez en cuando, cuando lo llamaban, en las canteras de un pueblo propincuo al suyo, las mismas justamente en que lo hiciera su padre antes de dar la espantada. De este modo, entre una cosa y otra iba tirando, mal que bien podía mantenerse a sí mismo…, pero, claro, tener que sustentar también a la Perpetua, eso ya eran palabras mayores…, porque él tendría que mantenerla, ¿quién si no, cuando venía incluso sin dote?; bastante tenía en cualquier caso el tío Genaro con arrostrar su propia cruz: su otro hijo, el Marcelo, era retrasado, el tonto del pueblo, y constituía de por sí una carga muy pesada de llevar para el buen labriego, máxime cuando también éste era de aquellos a los que conceptuaba Saturnino como muy pobres; en general, toda la aldea, habida cuenta lo nada feraz de su acervo agrario, podía ser catalogada como mísera. ¿Que la Perpetua podría ayudarle con la huerta? ¡Para la poca faena que podía hacerse en ella, igual daban en definitiva dos que cuatro manos!

           Para el tío Genaro, razonaba Saturnino, tuvo que haber sido una bendición enterarse de que la Perpetua, preñada, tenía que casarse, ¡a otro arriero con esa carga!, debió de pensar al llegar a sus oídos la noticia. ¡Qué mala cabeza la suya!, mira que no haber sido capaz de controlar sus fogosos ímpetus; pero, ¡ay!, la pasión ciega al hombre, y él era hombre, demasiado hombre para su pesar, unos minutos de placer y, ¡zas!, la Perpetua en estado de buena esperanza, qué desastre. Ahora, cuatro meses después de aquello, comenzaba ya el abdomen femenino a mostrar la natural turgencia de la gravidez, y él, pobre pero honrado, no tenía otro remedio que asumir su responsabilidad y casarse con ella.

           Lo que más encocoraba a Saturnino, pese a todo, era el hecho de no poder agasajar como Dios mandaba a sus vecinos. Una boda sin ulterior convite no era una verdadera boda, sino algo patético, insultante, algo ignominioso para el novio. En la aldea habitaban pocos, apenas treinta o cuarenta, y de ellos, los íntimos, aquellos a quienes la cortesía obligaba a invitar, apenas una docena, contando además entre éstos a sus futuros suegros y al subnormal de su cuñado; pero con las cuatro perras de que disponía, ¿cómo diablos iba a costearse una digna cena de esponsales?, ¿sería acaso tan zafio como para obsequiarles con unas insulsas gachas o unos solitarios garbanzos, habituales viandas de las que él se servía para matar al hambre? No es que fuera su intención ofrecer un pantagruélico festín a base de exquisitas gollerías, pero qué menos que unos suculentos bocados de jamón y queso regados con un buen morapio, ¡qué menos!, y sin embargo ni aun eso podía permitirse. En cualquier caso, mejor nada que bazofias, todavía le quedaban restos de amor propio que defender.

           Más que por cualquier otro, le pesaba por el señor cura; no poder convidar a los demás era vergonzoso, vaya si lo era, pero no poder tampoco hacerlo al señor cura, eso sí que ya no tenía nombre, ¿qué iba a pensar el buen sacerdote de tamaña indelicadeza?, ¿qué, cuando encima había accedido, con toda su buena voluntad, a casarles por la tarde, habida cuenta que tenía por la mañana que dar misa en otros pueblos?



- III -

           A cuestas con su bochorno, se dirigió Saturnino a la huerta, convencido de que un poco de faena le iría bien para combatir sus tribulaciones y arrumbarlas, al menos durante unas horas, en lo más recóndito del cerebro. Tenía tiempo de sobra, la ceremonia nupcial estaba fijada a las siete de la tarde y los pocos preparativos que para ella tenía que ultimar no le llevarían más de una hora; era mejor entretanto dedicar el tiempo a algo productivo que desperdiciarlo en tormentosas reflexiones sobre insolubles problemas.

           Se entretuvo recogiendo algunos tomates y calabacines con los que al día siguiente –no iba a haber, por supuesto, viaje de novios– preparar un buen pisto para el almuerzo. Al poco más de hora y media enfilaba, cansado y sudoroso, el camino de vuelta, puesta de nuevo la mente en el enlace que se avecinaba y las dificultades que éste habría de traerle.

           En estas cavilaciones andaba cuando, sentado al borde del camino reordenando su pléyade de baratijas, se topó con un buhonero. Nada más verle supo Saturnino, asaltado por un agudo presentimiento, que algo importante estaba a punto de acaecerle.

           - Buenos días.
           - Buenos se los dé a usted Dios.

           Y fue entonces cuando se percató de la presencia del jamón. Se encontraba junto al carro del buhonero, apoyado sobre una de las ruedas traseras; un jamón soberbio, descomunal, apetitoso, una formidable pieza de museo. Saturnino nunca había visto un jamón como aquel, con sólo mirarlo se le hacía la boca agua. Tan poderosa fue la sensación que le asaltó, que desde un primer momento tuvo plena conciencia de que no iba a ser capaz de resistir su enérgico envite; aquella maravilla tenía que ser suya, la necesitaba, era el remedio soñado para eludir el oprobio que supondría no poder celebrar su boda, ¡cómo agradecerían sus invitados tan insuperable presente gastronómico!, y qué ufano se sentiría él de poder brindárselo. No había más que decir, robaría –pese a ir el robo contra sus más sagrados principios– el jamón, su decisión era firme y nada ni nadie le haría dar marcha atrás; Dios sabría perdonarle, más aún, si se profundizaba en el asunto, podría suponerse que había sido el propio Dios quien colocara aquel manjar en su camino para que él lo tomase, con lo que no se trataría sino de una dádiva divina en atención a sus últimas jaculatorias, y ¿quién era él para rechazar lo que Dios, en su infinita generosidad, le ofrecía?

           El buhonero era un hombre mayor, de unos sesenta años, estevado y, en general, dotado de una complexión física más bien enteca; exiguas en este sentido las posibilidades de atajar el hurto. Si Saturnino obraba con diligencia, aprehendiendo con rapidez el botín y echando a correr con él, jamás podría ser alcanzado por el viejo; y si llegaba a hacerse necesario tirar las alforjas para aligerar el peso, se desprendería de ellas sin pesar alguno, tomates y calabacines había muchos, pero jamones como aquél, ninguno.

           - Hace calor, ¿eh? –comentó el viejo desperezándose con indolencia, ajeno por entero a las aviesas intenciones de Saturnino, quien en esos mismos momentos se abalanzaba ya sobre el jamón y, una vez éste en su poder, salía disparado camino abajo como alma que lleva el diablo.

           - ¡Detente, ladrón! Vuelve acá ahora mismo… ¡Bandido, a por él!

           Poco tiempo necesitó Saturnino, aun concentrado como estaba en su presurosa huida, para percatarse de que si bien lo de ladrón sí que parecía por entero referido a su persona, lo de bandido tenía en cambio un destinatario bien distinto. Los terroríficos ladridos que escuchó a su espalda daban buena fe de ello. Un breve giro de cuello fue suficiente para que también su vista participara del mensaje recibido vía oído: estaba siendo perseguido por un perro enorme, un mastín de descomunal tamaño y aspecto amenazadoramente torvo. En plena carrera y pese al pánico que de repente le invadió, tuvo no obstante Saturnino tiempo de colegir que su fiero hostigador debió de haber permanecido oculto en la parte posterior del carro, dormitando posiblemente, durante el tiempo en que él estuvo junto al buhonero, razón ésta por la que en su momento no se había percatado de su presencia; en cualquier caso, aquello no excusaba su absoluta estupidez, ya que debía haber previsto que alguien de la escasa enjundia de aquel viejo poseería a buen seguro algún que otro medio de defensa con el que repeler posibles agresiones.

           Aceleró su carrera todo cuanto pudo, dejando caer, como de antemano previera, las repletas alforjas, amparado ya únicamente en la posibilidad de que el maldito perro se cansara y terminase por desistir de su cometido, que no era por cierto el de obsequiarle con lúdicos lametones. Sin embargo y para su desgracia, el obstinado can no parecía ceder un ápice en su empeño y, mucho más veloz por naturaleza que él, era presumible que en pocos segundos le diese alcance.

           Para colmo de su mala suerte, tropezó Saturnino con una laja que sobresalía en uno de los laterales del camino y, como consecuencia, vino a darse de bruces contra el suelo. Instantes después tenía sobre su persona al enfurecido animal, rabioso y anhelante de someter las carnes de su víctima al desgarrador bocado de sus poderosos dientes.

           Desde la inferioridad de condiciones en que se encontraba, procuró Saturnino con denuedo preservar su garganta –principal objetivo al parecer de la bestia– de los afilados colmillos, aun teniendo para ello que introducir peligrosamente uno de sus antebrazos en las babeantes fauces. Con el brazo que permanecía todavía libre pugnaba mientras tanto por clavar algún dedo en los ojos del mastín, única esperanza que entendía viable para poder desembarazarse de su ataque; pero aquél se retorcía febrilmente y con ahínco y saña hería una y otra vez al angustiado aldeano.

           Cuando a punto estaba Saturnino de sucumbir en la desigual batalla, resignado a dejar no ya sólo el jamón, sino posiblemente también la vida ante aquel furibundo adversario, algo –Saturnino, semiinconsciente, sólo acertó en principio a entrever un par de botas negras– golpeó repetidamente y con fuerza sobre el lomo de la fiera, obligando a ésta a soltar su presa y retirarse entre lastimosos gañidos.

           - ¡Arriba! –bramó una voz ronca y desagradable.

           A pesar de su aturdimiento, Saturnino pudo inferior que dicha voz no se correspondía con la del viejo buhonero, detalle que pudo ratificar cuando al levantar la vista observó, entre la calígine que aún anegaba sus ojos, a la pareja de la Guardia Civil que con sus escopetas lo encañonaba. “Salir de Málaga para entrar en Malagón”, pensó Saturnino, maldiciendo su perra –y nunca mejor dicho– suerte.

           - ¡Y las manos por detrás de la nuca! –añadió con soberbia el mismo guardia de la voz ronca, sobre cuyo tricornio de charol reverberaba la fulgente luz de un sol espléndido– ¿Qué coño es lo que pasa aquí?

           - Pues que este sinvergüenza quería robarme el jamón –clamó, adelantándose a la posible intervención de Saturnino, el buhonero, quien en esos momentos, renqueando, acababa de llegar a la altura de los guardias– ¡Quieto, Bandido! –ordenó a su perro al comprobar que éste, ya recuperado al parecer de las patadas, volvía a emitir amenazadores gruñidos; y luego, dirigiéndose de nuevo a los beneméritos: –Me refiero a ese jamón, el que está en el suelo; tenía pensado ofrecerlo como premio mayor en la rifa que esta tarde iba a hacer en Cantalejo, a la entrada de los toros, ya saben; pero este desgraciado pretendía birlármelo. ¡Hijo de la gran…! Menos mal que contaba con Bandido –agregó, tras reprimir el baldón, señalando al feroz mastín que le servía, el cual llevaba colocada en torno al cuello una carlanca con puntas de hierro.

           En tanto tales explicaciones iba dando el buhonero, Saturnino se había incorporado y hecho un breve balance de su situación física. Comprobó que no estaba tan malparado como en principio supusiera: su brazo derecho estaba cubierto de sangre, pero no le dolía en exceso.

           - ¿Es cierto lo que dice este hombre? –le preguntó el otro de los uniformados, clavando en sus ojos una mirada hostil.

           Saturnino se limitó a bajar la cabeza en señal de sumisión, consciente de lo que vano que resultaría cualquier intento de cohonestar su acción ante aquellos hombres. Había perdido la partida y llegaba la hora de afrontar las consecuencias.



- IV -

           Los del tricornio esposaron a Saturnino y, sin contemplación alguna, lo condujeron a su cuartel. Vanas resultaron sus imploraciones, infructuosas las encendidas súplicas que caído de hinojos y a lágrima viva, alegando su inminente boda, ofreció a sus captores; hieráticos éstos, sordos sus oídos e inmisericordes sus corazones, no sólo no atendían a tales requerimientos, sino que con brutales amenazas e intimidaciones le conminaban a que callase, lo que prudentemente terminó por hacer Saturnino, rehusando a proferir nuevas jeremiadas y aceptando como consumado el hecho de que ya no se casaría aquella tarde. El buhonero hubo también de acompañarles, pese a sus airadas protestas por lo que consideraba un perjuicio irreparable para la buena marcha de sus negocios, en calidad de denunciante.

           Una vez dentro del cuartel de la Benemérita, se procedió a abrir el correspondiente atestado y recibir presta declaración a los que habían intervenido en los hechos. Cuando le tocó el turno a Saturnino, sus interrogadores se mostraron especialmente rudos, no dudando en golpearle con sevicia cada vez que, a su entender, dudaba en sus respuestas o las emitía con evasivas, y eso pese a que desde el primer momento admitió sin fisuras su culpabilidad.

           Concluidos los trámites en el cuartel, trasladaron a Saturnino a Segovia, a los Juzgados de Instrucción, en cuyos inhóspitos calabozos fue retenido un par de días antes de declarar ante el juez. Allí no le pegaron, pero la espera en sí resultó mucho más dolorosa que los golpes que recibiera en el cuartelillo.

           Tras la declaración ante el juez, fue puesto en libertad, no sin antes advertírsele que en breve sería citado para comparecer a juicio.

           Desde la puerta del juzgado, reconcomido por la humillación y sin un miserable duro en los bolsillos, no tuvo otro remedio que emprender la marcha a pie hasta su aldea, de la que le separaban más de diez leguas. Durante esta larga y penosa travesía tuvo sobrado tiempo para reflexionar sobre las consecuencias de su malhadada acción; trató en este sentido de imaginar los pesares que debieron acometer a su Perpetua mientras en vano aguardaba a las venerables puertas de la parroquia, ¡cuánto debió de sufrir la pobrecilla!, angustiada ante el paso veloz de los minutos, de las horas, sin ver aparecer junto a ella la trajeada figura del novio; imaginó su desolación, su abatimiento al sentirse el blanco de las miradas de todos los allí congregados, algunos refocilándose en su fuero interno, poseídos del enfermizo deleite que el mal ajeno proporciona en las naturalezas mezquinas, otros, los más, compadeciéndola por el plantón recibido; ¿cuánto esperaría?, ¿cuánto, hasta que, despechada, herida en su amor propio, optase, entre lágrimas de impotencia y de dolor, por regresar a su casa, todavía soltera y con su incipiente barriga de preñada a cuestas?; a buen seguro que atribuyó la ausencia a un postrer arrepentimiento del voluble novio en su decisión de casarse, máxime cuando después se constatara que había desaparecido de la aldea sin dejar rastro ni aviso alguno. Pensó también en la indignación del tío Genaro, quien sin duda habría jurado ante todos y ante el mismo Dios vengar la afrenta pegando al miserable un tiro en la sesera en cuanto se topara con él.

           La sola idea de tener que presentarse ante ellos y ofrecerles las oportunas explicaciones le provocaba unos escalofríos de espanto. ¿Qué les iba a decir? ¿La verdad? Resultaba una verdad ominosa, de las que hacen que la cara se caiga de vergüenza, y era además más que probable que nadie le creyera, no por lo menos hasta recibir la prometida citación del juzgado. Le tildarían de embustero; igual que lo hacía su padre, previamente a la cotidiana tralla, cuando a los argumentos que a bien tenía brindar a sus inculpaciones replicaba diciéndole que mentía, arguyendo como irrefutable prueba de tal acusación las manchas blancas que exhibían sus uñas. Ya no padecía, por supuesto, esa selenosis, pero asimismo nadie habría de creerle, y todos calificarían su conducta de imperdonable, despreciándole como a un réprobo. Y si, por casualidad, le creyeran, ¿qué pensarían de él?, ¿qué, sino que era un ladrón y un malnacido? Quizá fuera mejor inventar una falacia que frente a los suyos no le dejase tan malparado, pero ¿qué mentira inventar? Mil y una vez maldijo el infausto momento en que se topó con aquel buhonero y su endiablado jamón, tan tentador y dañino había resultado éste para él como la ínclita manzana del Génesis lo fuera para la desdichada Eva. ¡Si hubiese prestado más atención al presentimiento que le vino entonces!

           En estas meditaciones andaba, cuando al cabo de unos diez o doce kilómetros de marcha observó lo que de lejos parecía y de cerca resultó ser un molino. Tenía Saturnino hambre y se notaba muy sucio. De hecho, su aspecto no podía ser más astroso: un moratón circundaba su ojo izquierdo, manchas de sangre y de mugre salpicaban su piel de cabo a rabo, percudiendo por todos sus poros, los hirsutos cabellos se le arremolinaban salvajes y desordenados sobre la testa, y toda la ropa la tenía apelmazada por efecto del sudor reseco. Desprendía además un hedor nauseabundo, a conservas podridas olía. Pensó que tal vez el molinero, apiadándose de él, le permitiría lavarse y adecentarse algo (presentarse en tan lamentable estado en el pueblo no haría sino incrementar su ignominia), y hasta era posible que le obsequiara con un pedazo de pan con cebollas para mitigar el hambre. ¡Cómo se lo agradecería!

           Saturnino respiró profundamente y encaminó sus pasos hacia el molino; se notaba de repente invadido por una extraña sensación de bienestar que por momentos conjuraba su astenia, como si ya anticipara las dádivas que había supuesto obtener del molinero. A su izquierda corrió un lebrato propinando pequeños corcovos; a su derecha, una bandada de palomas zuranas despegó de las ramas de un olmo; bogaban en el cielo los arreboles. Campos de Segovia.
 

- V -

           Resultó que el amo del molino no era molinero, sino molinera, una espléndida moza de azules ojos y cabello oscuro que no vaciló un ápice, tras advertir el caótico estado que su visitante portaba, en complacer las demandas de éste, sobrepasando además al hacerlo las más optimistas expectativas que Saturnino llegara a concebir, tanto en lo referente a la liberalidad mostrada, muy por encima de la acaso exigida por las consuetudinarias normas de la caridad y la cortesía, como al singular agrado y cordialidad de que en todo momento hizo gala en su trato; un trato exquisito que casi como inmediata consecuencia hizo que Saturnino empezase a quedar prendado de su bella y gentil anfitriona.

           La molinera calentó agua y llenó con ella un espacioso tonel de madera, exhortando a Saturnino a darse en su interior un reconfortante baño. Puso al mismo tiempo a lavar su ropa sucia, y luego, mientras ésta se secaba, tuvo la deferencia de proporcionarle unas mudas que habían pertenecido a su difunto padre y que todavía conservaba. Le invitó asimismo, tras el saponáceo remojón, a que asperjase su piel con fragante agua de colonia.

           Compartieron acto seguido una profusa comida a base de alubias con chorizo y tocino, en la que no faltó tampoco, para facilitar su ingestión, el buen vino de la tierra. A Saturnino, tal vez por el mucho apetito que traía, aquel plato se le antojó, pese a su sencillez, el más delicioso que jamás probara, y desde ese momento otorgó en su fuero interno a la molinera el preciado galardón (en su particular escala de valores) de ser la mejor cocinera que había conocido.

           Durante la comida y acabada ésta anduvieron conversando largo y tendido. Supo así Saturnino que su anfitriona era de Sepúlveda, que tenía veintidós años y que había vivido con su padre hasta que éste, haría un año de ello, entregó su cuerpo al definitivo abrazo de la tierra, encargándose desde entonces ella de atender personalmente el molino. Tenía también un hermano de quince años, quien se ocupaba del rebaño de ovejas que, junto a aquél, componía el modesto pero suficiente patrimonio familiar. Todo esto y mucho más le contó la molinera, que parecía ir ganando en confianza hacia su desconocido invitado a medida que iba tratándole, sin mostrar rechazo ni pudor alguno a la hora de referirle aspectos personales de su vida. Saturnino la observaba medio embobado mientras con fruición atendía a su plática, recreándose en sus labios carnosos, sonrosados como granadas maduras, en sus empíreos ojos de azul cielo, en su piel mórbida y alba como el eburno, en sus manos robustas pero femeninas, en su exuberante cuerpo de mujer; excelsas cualidades físicas que resultaban aún si cabe más potenciadas por la bondad, delicadeza, dulzura y simpatía que a cada instante la joven mostraba. Le pareció estar ante una especie de hada, una maravillosa sílfide que de un ignoto mundo de fantasía hubiese saltado a la realidad, a su realidad. Se trataba de un sueño del que de ningún modo toleraría ser despertado.

           También ella se sentía atraída hacia Saturnino; era como si una especie de halo mágico les fuera envolviendo y creciese en torno a ellos a medida que intimaban cada vez más, y ambos eran conscientes de esa magia, de que el destino, por alguna insondable y quizás caprichosa razón, había imbricado sus pasos con el firme propósito de que ya no se separaran y circulasen juntos por una misma senda. No se resistieron a ese capricho, las palabras ganaron en ternura y fueron dejando paso a los besos y caricias, en frenético aluvión precipitados por la integridad de sus encendidos cuerpos, y la noche sorprendió a ambos sobre el suave tálamo, unidos ya para siempre.


- VI -

           Nunca más volvió Saturnino a pisar su aldea; pese a que en varias ocasiones el deseo le impulsara a hacerlo, su voluntad de no ir se impuso siempre a la postre, recalcitrante negativa que no tenía en el miedo su verdadera razón de ser, sino en la superstición pura y llana: la aldea había significado de continuo para él una aciaga fuente de desdichas y calamidades, así lo fue desde ese primer vagido que lanzara al mundo al nacer, y sólo había sido realmente feliz tras abandonarla de una manera definitiva, de modo que toda sus existencia podía dividirse en dos partes bien diferenciadas, un antes de y un después de, y en esta dicotomía juzgaba de locos tentar a la suerte regresando a aquel lugar de infortunio; el quebrando de su minúscula hacienda carecía en este sentido de importancia alguna. Varios años después de instalarse con su amada molinera, supo que Perpetua había dado en su día a luz una niña, su hija, que se fugó más tarde con un feriante y que con éste, pese a no irle demasiado bien, había tenido varios hijos más, aunque ya no residía en la aldea, sino que sobre una carreta pasaba la vida recorriendo de feria en feria toda la geografía nacional. Supo también que el tío Genaro había muerto de viruela.

           De todo cuanto le ligaba a ese infausto pasado se desconectó por completo Saturnino, sin que por ello sufriera pesar ni remordimiento alguno, excepción hecha de por no haber podido conocer a su hija, ésa era su singular aflicción, lo único que echaba en falta, ya que aunque sólo hubiese sido una vez, le hubiera gustado poder estrecharla entre sus brazos. Lo demás poco o nada importaba, con la molinera había encontrado la felicidad y eso era lo verdaderamente importante.

           Hoy, cincuenta años después, continúan siendo una pareja afortunada, han compartido toda una vida juntos, tienen tres hijos y el destino les ha colmado de parabienes, ¿qué más podrían pedir? Y toda esa inmarcesible dicha gracias en definitiva a aquel jamón.

           Saturnino enciende su pipa y observa, entre volutas de humo que le adormecen, el viejo retrato. Recuerda que mandó precisamente hacerlo por gratitud hacia ese generoso destino, por superstición si cabe, por ese creer en presentimientos y augurios que tanto le iba; por eso compró el jamón, el más parecido que encontró a aquel otro, rogando a su compañera que posase junto a él. Ahora lo contempla satisfecho, el jamón y la molinera; ya no maldice la hora en que se topó con el buhonero, no en vano constituyó el punto de partida de su buena ventura.