sábado, 20 de junio de 2009

CARTA A UNA BRUJA (4)

           No sé cómo ni sé exactamente el itinerario real por el que evolucionó el nexo que a ti me une, fincado como no podía ser de otra manera en el sublime universo que acotado queda a las almas más sensibles, aquel donde sólo impera lo extraordinario, lo prodigioso. Ya digo, no lo sé; pero sí sé que dicho vínculo se ha ido dilatando con el paso del tiempo y me ha aproximado cada vez más a ti, engarzando mi pensamiento en el tuyo hasta hacerlos confluir como dos teselas de un mismo mosaico, siendo de ese modo así que hoy en día te siento como algo mío, algo que me transmite las más placenteras sensaciones, algo que nace y muere en ti misma y que te transfigura a mis ojos como un maravilloso ser con quien me une una complicidad exquisita.

           ¿Sabes? Consigues a menudo extraer de mí lo mejor, sacar al exterior tanto al individuo romántico, soñador, lleno de ilusiones, idealista y fantasioso que se esconde dentro de mí, como a ese otro desvergonzado, atrevido, jocoso, insolente, alguien que no se cansa de difundir guiños mordaces y subidos de tono, que también forma parte de mi personalidad. Tú haces que ambos personajes se fundan y conformen juntos un sello del que me siento muy ufano.

           Lo cierto es que disfruto mucho estando contigo. Me imagino cómo sería mi vida a tu lado y estoy convencido de que cuando menos los días no serían para nada monótonos; todo lo contrario, supondrían brisa fresca en el desierto, color entre la invariabilidad del blanco y negro, alimento para la hambruna, fría escarcha con la que apaciguar la sed. No me cabe duda de que a tu lado sería feliz. ¿Durante cuánto tiempo? ¡Quién puede saber eso! A fin de cuentas, el tiempo es algo evanescente cuya estabilidad depende de quien lo sufre, de la percepción que sobre su paso nos transmitan en cada momento nuestras propias emociones, hasta el punto que un mismo intervalo temporal puede suponer, según sean las circunstancias particulares del sujeto pasivo que lo esté atravesando, una eternidad o, por el contrario, un mero suspiro. En ese sentido, no me importa en absoluto dejarme arrastrar por esos vórtices que tiran de mí, despojarme de toda defensa y reventar al mismo tiempo cuantos muros se opongan a mi progreso, ya que sólo así tendré la posibilidad de gozar de aquello que se esconde más allá de lo visible. Nunca reprimiré mis sentimientos, mi pequeña bruji, pues eso es como suicidarse, como yacer muerto en vida, y eso no va conmigo, no es algo que pueda corresponderse con alguien que siempre ha pretendido saborear la vida en toda su plenitud. ¡Vivir!, eso es lo que yo quiero, no sólo permanecer vivo, siendo imposible vivir sin sentir.

           Y no temas que pueda llegar a aburrirme de ti. Todos tenemos defectos e imperfecciones; también tú, por supuesto, pese a que apenas si yo los perciba; pero incluso estos nos elevan aún más si cabe sobre nosotros mismos. La verdad es que quien pretenda hallar amigos sin defectos, jamás hallará amigos. Eso es un hecho. Además, como dejara ver en su día Tagore, el bosque sería muy triste si sólo cantasen los pájaros que mejor saben hacerlo. ¿Por qué no íbamos a poder cantar tú y yo, brujita, y, sobre todo, por qué me iba a cansar yo de escuchar la armoniosa melodía que constantemente brota de tu garganta? Me considero un tipo suertudo por el mero hecho de haberte encontrado en mi camino, así que me importan un bledo los presuntos defectos de que adolezcas, defectos que yo, ciego ante su presencia, ni siquiera encima veo; ni tampoco me importa que puedas tener otros sueños diferentes a los míos. Te quiero tal y como eres. Eso me basta. Y quiero que te sientas siempre dichosa, pues cuando realmente se quiere a alguien, como yo a ti, lo único que se desea es que sea feliz, incluso aunque uno no pueda proporcionarle esa felicidad.

           Amarte me da fuerzas, aun intuyendo que quizá tú no me ames del mismo modo. Esa posible falta de paralelismo no constituye, por otro lado, algo tan importante como la mayoría de la gente piensa, ya que el auténtico amor está al margen del objeto amoroso, al margen por consiguiente de si se es correspondido o no. Al fin y al cabo, el amor no ha de implicar un contrato de usufructo corporal, no necesita de una concreta relación con otra persona para justificarse, sino que su valor está en sí mismo, tasado por la capacidad que cada uno tenga de entregarse. Y, créeme, mi capacidad es infinita, ergo mi amor también lo es.

           En todo caso, la complejidad de lo que llamamos amor es demasiado grande como para pretender abarcarla sólo con palabras, ¿no te parece, bruji?, y dado que precisamente en lo único donde yo, si acaso, puedo considerarme experto es en hilvanar palabras, mejor será que me calle. Por el momento me sirve con que no pongas en duda la veracidad de las que de mis labios brotan cuando se entreabren para afirmar quererte, por más que mi reputación, de sobra conocida por ti, pueda inducirte a someter tal afirmación al tamiz de la duda. Pero es así, pequeña, tú has conseguido aproximar hasta mis labios el envenenado y al propio tiempo dulce cáliz del amor. Y, créeme, te lo agradezco de veras, pues amarte me proporciona una fuerza y unas ganas de vivir de las que antes carecía.

           Vaya, creo que al final me puse en exceso sentimental y esta carta se alargó mucho más de lo que yo pensaba. Tendré que controlar un poco más mi verborrea, so pena de llegar a aburrirte en demasía.

           Recibe como recompensa el beso que de mis labios brota ahora y que sólo en los tuyos podría encontrar su natural desembocadura.

C

3 comentarios:

María (Muriel) dijo...

"cuando realmente se quiere a alguien, como yo a ti, lo único que se desea es que sea feliz, incluso aunque uno no pueda proporcionarle esa felicidad."

Eso es el amor, y ¡¡¡cuánto tiempo se tarda en descubrir!!

Cavaradossi dijo...

A veces se tarda tanto que cuando se descubre puede incluso que sea demasiado tarde.

María (Muriel) dijo...

No. Nunca es tarde, hasta amar lleva su aprendizaje y su proceso.