lunes, 15 de junio de 2009

LA SONRISA

           Él estaba de espaldas. Ella llegó con su tradicional traje negro y extendió sus manos alargadas para apoyarlas con firmeza sobre los varoniles hombros; luego, aproximando la boca a su oído, le dijo en lo que apenas era un susurro:

           - Ya estoy aquí. Ven conmigo.

           Él sintió el aliento cálido derramarse por su cuello y entibiecer toda su piel. Un estremecimiento voluptuoso lo envolvió de arriba abajo, como una descarga eléctrica que sacudiera su espina dorsal. Se volvió para mirar su rostro. Los labios de ella dibujaban una sonrisa tenue.

            - Que ironía -pensó él-, siempre me vanaglorié de lo mucho que me sonreía la vida, y hete aquí ahora sonriéndome a la muerte.

lunes, 8 de junio de 2009

UNA CANASTA CRUCIAL

           El estadio estaba atiborrado de una muchedumbre bulliciosa. No era para menos, los dos equipos llegaban por vez primera a la final de los campeonatos nacionales; uno de ellos, pues, engalanaría con el preciado galardón su sala de trofeos. Las coruscantes luces rojas del cronómetro ubicado en los videomarcadores anunciaban el último minuto del encuentro, daba así comienzo la cuenta atrás que, segundo a segundo, iría menguando los sesenta guarismos hasta desembocar en el concluyente cero. Fue justo en ese instante cuando se lesionó el alero, la estrella del equipo local. Tiempo muerto, se apresuró a pedir el entrenador. “¡Por tu padre, Reverte, échale huevos; sólo queda un puto minuto para acabar! ¡No puedes dejarnos tirados ahora!”. Pero Reverte estaba fuera de combate: cojeaba ostensiblemente y apenas si podía sostenerse en píe. “Imposible, mister, –anunció entre muecas de dolor–, esto es serio; creo que me he jodido bien jodido”. El entrenador se mesó repetidamente los cabellos con desesperación; luego, crispado el rostro, elevó los ojos al cielo, como deprecando un milagro que de antemano sabía no iba a suceder, y, finalmente, resignado a tener que jugar ese último minuto sin su mejor hombre, comunicó a Gamboa, no sin antes componer un último gesto de fastidio, que se preparara, que tenía que salir a la cancha en sustitución del renco. “Y si tienes que jugártela, te la juegas; confío en tu mano”, mintió para darle ánimos. Lo cierto era, sin embargo, que tampoco las condiciones del sustituto invitaban al optimismo, cosa que no sólo sabía el entrenador, sino, por supuesto, el propio interesado y el resto del equipo; llevaba de hecho toda la temporada arrastrando una lesión grave que venía ya de la anterior, tan grave que casi seguro tendría que retirarse una vez concluida la presente campaña: su maltrecha rodilla, sometida a tantas operaciones, ya no daba para más. Pero en ese preciso momento no había ningún otro suplente a quien recurrir, habida cuenta que los otros dos escoltas fueron ya expulsados con cinco personales cada uno. Gamboa tenía pues que unirse a sus otros cuatro compañeros de reparto para protagonizar sobre la cancha esos últimos sesenta segundos de partido.

           El marcador señalaba para entonces un emocionante empate a 85 puntos. La tensión flotaba en la cargada atmósfera, generada por dos aficiones que sabían que únicamente un angosto pasadizo les separaba de la gloria o la desventura, de la explosión en desmedido júbilo o del llanto más amargo. Algunos gritaban desgañitados; otros preferían taparse la cara para no mirar; los había que se mordían las uñas con impaciencia; otros, en fin, que no pudiendo permanecer sentados, brincaban sobre el cemento como endemoniados títeres. Nadie, en cualquier caso, podría ya nunca decir que no mereció la pena haber pagado la entrada. Años más tarde, en las tertulias de taberna, con los amigos, frente a los hijos, con independencia de la alegría o el pesar que hubiera generado el resultado definitivo, podrían presumir diciendo: “yo estuve allí esa tarde”.

           Los visitantes sacaron de banda e hilvanaron una rápida jugada de ataque. Gamboa intentó frenar la entrada del base contrario, pero éste era muy escurridizo y salvó el bloqueo con facilidad, dando una asistencia a la torre del equipo, un pívot de 2,17 que, bajo el aro, anotó fácilmente canasta. 85-87.

           Sólo quedaban diez segundos y, dado que ya estaban los tiempos muertos agotados, serían, esta vez sí, los últimos del choque. El balón, luego de conducirlo el base hasta el campo contrario, llegó a Gamboa, quien, dentro de la zona, echó un rápido vistazo a la canasta. Necesitaban un triple para ganar; meter una canasta de dos puntos para forzar la prórroga, teniendo en cuenta lo mermado que estaba el equipo, equivalía en buena medida a perder. Imprescindible, por tanto, arriesgar el último tiro –porque sólo habría ya un último tiro– intentando un triple, pensamiento con el que en mientes botó el balón y salió más allá de la línea de seis veinticinco. Volvió a mirar a canasta y acto seguido a su alrededor. Los pívots estaban muy marcados, imposible entregarles la bola; además, desde su posición sólo podrían aspirar en el mejor de los casos a una canasta simple, de dos puntos, que no valía. Tenía, pues, que tirar. Sus ojos volaron fugazmente hacia el electrónico. Cinco segundos. Había tiempo.

           De pronto atronó sobre sus oídos la voz del base reclamando que le pasara la pelota. Gamboa dudaba. Fue en esos momentos de incertidumbre cuando, como un relámpago, pasó por su mente, en décimas de segundo, toda su carrera como profesional del baloncesto. Había sido uno de los jugadores más prometedores de su generación, quizá el que más, y habría llegado muchísimo más lejos de no haberse topado con la mezquindad de su actual equipo, que no permitió la rescisión de su contrato para que pudiera quedar libre y fichar por el de la liga norteamericana que le eligiera en el draft de la NBA. Los contratos son para cumplirlos, le dijeron, y tú te quedas aquí hasta que concluya el tuyo dentro de dos años. Su sueño de alcanzar el estrellato en la liga más importante del mundo quedaba así frustrado, postergado al menos hasta que expirase ese aborrecible contrato; poco después la fatalidad se encargaría de relegarlo ya para siempre. Había perdido su gran oportunidad. ¡Y todo por culpa de este maldito equipo al que ahora, ironías de la vida, podía conducir a ganar el primer gran título de su historia!

           Fue justo al año siguiente de que su club le vedara la salida, cuando se destrozó por vez primera los ligamentos de la rodilla. Quirófano. Recaída. Otra vez al quirófano. Tras varias operaciones e interminables sesiones de rehabilitación, los médicos terminaron por arrojar la toalla, dando su caso por imposible: con cierta intermitencia podría, mal que bien, seguir jugando, pero siempre a un nivel discreto, mermado de facultades, con el riesgo de lesión planeando de continuo sobre su cabeza como una espada de Damocles; desde luego, nunca más volvería a ser el que había sido antes.

           Esta que ahora finalizaba era la campaña posterior a la de su calvario, otro año nefasto, ya no tanto por la continuidad de las lesiones, sino porque lo había pasado relegado al banquillo, apenas una media de siete minutos jugados por encuentro, siempre amenazando su rodilla de cristal con quebrarse de nuevo. Era además el año en que se extinguía su contrato y el club ya le había anunciado que no se lo iba a renovar, ni siquiera a la baja, alegando al respecto que él ya no rendía lo suficiente para jugar en un club de ese nivel. Era al fin y al cabo la ley del deporte. Dado su maltrecho físico, resultaba más que probable que ningún otro equipo de primera división le fichara, lo que, habida cuenta que él tampoco estaba dispuesto a militar a esas alturas de su carrera en las categorías inferiores, le dejaba como única opción válida la retirada definitiva. Estaba, pues, jugando sus últimos segundos como profesional del básquet.

           Paradojas de la vida, a ese mismo club que tan vilmente se había portado con él, negándole primero la marcha, despidiéndole luego sin miramientos, Gamboa podía proporcionar ahora, si la precisión guiaba su mano en el ángulo exacto, su primer gran triunfo histórico. Volvió a mirar el reloj. Ya sólo quedaban dos segundos. El base ya no le pedía la bola, tan sólo gritaba que tirase a canasta. Y sí, eso es lo que haría, se jugaría él mismo el último lanzamiento, tal y como desde un principio fue su intención, como el propio mister le dijo que hiciera si la ocasión se volvía propicia; pero contrariamente a lo que todos imaginaban, no apuntaría con ánimo de encestar, sino con el opuesto, esto es, el de errar ese último disparo, privando de este modo del título al club que arruinara su carrera deportiva.

           Estaba decidido, nunca de hecho había tenido algo tan claro como en esos cruciales momentos: tiraría a fallar. Atinar con el aro tenía su dificultad, cómo no, máxime a esa distancia, pero no tanta pifiar el tiro sin que se notara, sus expertas manos tenían en ese sentido la suficiente precisión como para simular un fallo sin que nadie se percatara de que había sido adrede. El balón tocaría la parte exterior del anillo y saldría lanzado a un rebote que tal vez cogiera alguno de los suyos, pero ya en todo caso demasiado tarde, pues la fatídica bocina habría para entonces sonado. Final del partido. ¡Qué lástima! La gran oportunidad perdida, y todo por culpa suya, del malhadado Ernesto Gamboa Serrano. ¡Ojo por ojo!

           Frente a él, agitando los brazos en alto como si fuesen dos aspas, procuraba un defensa dificultar su lanzamiento. Gamboa cintó para esquivar esa muralla humana, saltó luego en suspensión y, con los ojos cerrados, dejó que la pelota escapase suavemente de sus manos, dando al giro de su muñeca ese sutil movimiento que haría que aquélla quedase corta y no penetrara por tanto en el aro. Durante el infinitesimal intervalo en que se prolongó el recorrido aéreo de la esfera, dibujando ésta un arco invisible que rasgaba la atmósfera del recinto, saboreó en su interior ese fallo que todos, menos él, llorarían. Y cerrados seguían sus ojos cuando el estentóreo sonido de la bocina atronó en el pabellón.

           De pronto miles de gritos, en su cadencia asociados como si de una única garganta hubieran surgido, inundaron el estadio. Gamboa notó un turbión de brazos y piernas echándosele encima, cuerpos sudorosos que, abalanzándose sobre él, le hicieron caer de bruces al suelo, aplastado por una montaña de músculo y huesos. Desconcertado, intentó abrirse camino entre la turbamulta que tenía encima; lo más que consiguió, no obstante, fue levantar unos centímetros la cabeza y conseguir elevar la vista desde el parquet hasta el electrónico. Una especie de calígine nublaba sus ojos, si bien, pudo pese a ello vislumbrar el marcador final que las fúlgidas luces rojas señalaban: 88 – 87. No podía creerlo. Era de locos. Pero estaba claro, tales dígitos no eran sino la confirmación gráfica del único significado que podía tener aquella eclosión festiva de los aficionados y la efusividad de sus compañeros: un triple. ¡Había errado el tiro que pretendía y, al hacerlo, introducido el balón en el aro! ¡Un triple! ¿Podía haber mayor desventura que la de fallar acertando cuando lo que se quería era acertar fallando? Su equipo era campeón de liga, y él…, él era campeón de la desgracia. Su equipo, victorioso; él un fracasado. Las lágrimas se agolparon en sus ojos. Al día siguiente leyó en los periódicos que lloraba de alegría. ¡Cretinos!