domingo, 24 de mayo de 2009

¡BÉSAME, BOBA!

             - Bésame, boba

           Pero ella porfiaba en su negativa a no besarle en los labios; en la mejilla cuantos besos quisiera, pero en los labios ni uno solo. Ante esta obcecación, él argüía que ya el hielo de los besos lo rompieron pocos soles ha, pareciéndole ridículo toparse ahora frente a un recio “no” cuando días antes el acceso a su boca fuérale franqueado por un dadivoso ”sí”, por más que éste sólo hubiese sido proferido de manera tácita, en cuanto no encontraron sus labios resistencia alguna tras lanzarse al abordaje de los femeninos, lo cual constituía un asentimiento tan válido al fin y al cabo como el expreso. Por este motivo, que su mente cartesiana amparaba dentro de la más pura de las lógicas, insistía él en sus pretensiones. Sin embargo, ella rehuía su actual acoso objetando que aquella otra vez se habían bebido entre ambos casi una botella entera de ron, ingesta que embotó su cerebro haciendo que no atendiera a razones, salvo si acaso las pregonadas por la hechicera voz de los sentidos, raramente juiciosas, de forma que bastante era que en tales circunstancias todo hubiese quedado en sólo unos besos. Y él, recordando aquellos momentos pretéritos, se decía que fue un tanto estúpido al no haber esgrimido su destreza persuasiva para, aprovechando precisamente esa excitación adicional que procuraba el alcohol, abatir por entero las febles defensas que entonces le fueran opuestas, ¡tan antagónicas estas a los sólidos baluartes contra los que ahora se estaba viendo obligado a acometer! No obstante, puestos a ser sinceros, no podía sino admitir que fue justamente esa descompensación en el peso de las voluntades lo que lo detuvo entonces, habida cuenta la mucha mayor pujanza embriagadora con que al parecer el alcohol incidía en la sangre de ella, lo que a su vez le ubicaba a él en una situación de superioridad cuyo aprovechamiento hubiera resultado cuando menos mezquino. En todo caso, justo era decir también que esa inopinada mesura fincó asimismo, aparte de en el respeto y la caballerosidad, en la absoluta certidumbre de que rendida quedaba la plaza, por lo que cualquier otro día consumarían sin más contratiempo la historia ya empezada. Nada se perdía por esperar un poco más; todo lo contrario, más delicioso sabría después el plato. Pero, ja, contrariamente a tan optimistas previsiones, ese cualquier otro día no terminaba de llegar, resistiéndose ella no ya sólo al abrazo carnal de los cuerpos, sino a un simple y pueril beso en los labios.

            - En la mejilla cuantos quieras –volvía ella a perseverar, como en una letanía, cada vez que él aproximaba su boca ávida.
            -Pero ¿por qué?            -Porque los amigos no se besan en los labios.            -Ya, pero resulta que yo te quiero y deseo ser algo más que amigo tuyo.

           Pero ella que no, que sólo amigos, terca como una mula.

           Una y otra vez se estrellaban las palabras contra el muro que ella levantase para contener sus acometidas. No había forma de vencer tan obstinada resistencia. Llegó incluso, sirviéndose de su talento natural para la fabulación, a escribirle variopintas historias, ficciones de todo tipo en las que ella era siempre la protagonista, la indiscutible diva, ya fuera dibujada como una llana campesina que conquistaba el corazón del hijo de un rico hacendado, ya como la estudiante que seducía a su maduro profesor con guiños de complicidad, ya como una matrera espía ante la que rendido caía el comandante en jefe de las fuerzas enemigas, ya como la altiva princesa que rechazaba desdeñosa al pobre juglar enamorado, distintos personajes para idéntica personalidad, todos ellos confeccionados a la medida de aquella mujer de pequeña estatura, ojos oscuros, carnosos labios y sonrisa embaucadora, la joven de la que, ironías del destino, se había enamorado con la pasión propia de un adolescente. Pero ella, pese a devorar tales historias con fruición, no caía en la trampa, rendida tal vez a su faceta como escritor, admirándole cada vez más en esa concreta esfera, seducida por su talento, maravillada con su ingenio, pero tan distante o más si acaso respecto a su individualidad en cuanto hombre, muy lejos en todo caso de esa connivencia amorosa que él procuraba por todos los medios, intransigente a las pasionales demandas. Sólo amigos. Y él le rogaba, le imploraba, desplegaba sobre ella todo su arsenal dialéctico, las frases más hermosas que se le ocurrían, las más tentadoras proposiciones. Nada. Vana elocuencia frente a impávidos oídos. Sólo amigos. Oídos que, inconmovibles, declinaban las propuestas y reinterpretaban las frases a su manera, quizá recelosos del posible embuste, que no lo había, precavidos tal vez ante la celada, que ni mucho menos era tal, en busca probablemente de una intención espuria que desde luego no encerraban. Sólo amigos. Su acentuada fama de mujeriego constituía un handicap que en ese sentido jugaba en su contra, de lo que él era consciente, pese a entenderla bastante exagerada y, a mayor abundamiento, ya enteramente empalidecida a esas alturas de su vida, algo absurdo, una reputación cuyos ecos, aun persiguiéndole todavía, se generaron mucho tiempo atrás, cuando de la seducción hiciera él su pasatiempo favorito, el que mayor regocijo imprimiese sobre un ánimo siempre sediento de emociones intensas, aunque ejercido con suerte desigual. Sin embargo, ahora todo era distinto, estaba realmente enamorado, el nombre y la imagen de ella se habían grabado dentro de su cerebro justo en el rincón reservado a las más excelsas maravillas, y al recrearse en la fisonomía amada no podía sino pensar que esculpida había sido por un orífice divino, el mejor, el más reputado, no en vano oro puro eran para él tales rasgos, hasta sus imperfecciones lo eran, imperfecciones que al quedar plasmadas dentro de aquella divina faz perdían por completo todo posible contenido peyorativo para adquirir de inmediato el rango de joyas dignas de admiración, de tal manera que los restos de acné próximos a su barbilla se transfiguraban a sus ojos en resplandecientes cornalinas, la aguileña nariz en el palatino cetro de una reina, el que le confería un porte olímpico, la grandeza de una diosa inasequible a los simples mortales que tenían la dicha de poder contemplarla; diamantinas ramblas las pequeñas arrugas que se formaban al reír junto a sus ojos; argénteo coral la ósea protuberancia que como secuela de un intempestivo batacazo le quedase en el lado izquierdo de su frente. Todo, todo en ella le parecía admirable. De la noche a la mañana se había convertido en la única inquilina de su corazón y, avarienta en la conquista, apenas si dejaba hueco para cualquier otro afecto, ni siquiera para el hasta entonces reservado a su esposa; había entrado allí liderando las impetuosas huestes del amor y éstas no compartían espacio, lo copaban todo, sus dos aurículas y sus dos ventrículos, que hacían latir en impetuosas sístoles y diástoles, y también todas sus venas y arterias, en las que se zambullían para bucear cual etéreas vampiresas sedientas de sangre, de su sangre. Sin embargo, ella, la conquistadora, la nueva dueña de su voluntad, parecía ver las cosas de otro modo, siendo que una y otra vez repetía la consabida cantilena:

           - Sólo amigos.

           En vista de que no conseguía abrir brecha alguna en sus entretelas, ni siquiera un mínimo resquicio por donde insertar los humores que brotaban de ese enfebrecido aljibe en que se habían transformado sus sentimientos, hizo firme propósito de olvidarla, desterrarla para siempre de su mente, cercenar de ésta su estampa como si de un malévolo cáncer se tratara, y para ello no dudó en transmutar el ideal que su intelecto fabricara de ella en una completa antítesis del mismo, un engendro tosco e infame, antagónica figuración de lo que fuera un ángel empíreo, figurándosela entonces como la más perversa de las hembras, una Hidra de siete cabezas devoradora de hombres, una Medusa con el cabello lleno de cerastas que en pétreo serpentino trocaba el corazón de quien tenía la desdicha de padecer su cruel mirada, una hórrida tarasca con forma de dragón cuyo sulfuroso hálito carbonizaba el alma de sus víctimas. Ahora bien, engañarse uno mismo, lejos de ser tarea fácil, requería una suprema fuerza de voluntad que no siempre era factible mantener incólume, de modo que, al menor descuido, la mixtificación se derrumbaba como si de un castillo de naipes se tratase, siendo así que el pensamiento se desprendía a la menor oportunidad de las falsas cadenas que lo sujetaban y, recobrando el dominio de la situación, volvía una y otra vez a reconstruirla con la forma de ese ángel que como ideal concibiera.

           Inopinadamente, ella se presentó una mañana en su oficina para sugerirle comer juntos ese mismo día. La propuesta le causó extrañeza, más que nada porque solía ser casi siempre él quien tomara la iniciativa en lo que a ofrecimientos para llevar a cabo cosas en común se refería. Lo cierto fue que estuvo tentado de declinar la invitación, inducido a ello por el acicate que le suponía la idea de que en carne propia evaluara ella lo mal que sentaban los rechazos ajenos, aunque fuese algo tan baladí como una invitación a comer. La verdad era que para entonces él ya había logrado, mediante un ciclópeo esfuerzo, enfriar un tanto la lava que derramara el volcán de su pasión, si bien no aún del todo, ya que el vínculo emocional que le ligaba a aquella beldad morena de nívea piel seguía siendo bastante sólido, tan sólido que fue del todo incapaz de rechazar la proposición, por más que su razón se desgañitara voceando que debía hacerlo si no quería sufrir una recaída.

           La comida resultó muy entretenida. Durante su transcurso, además de conversar sobre variados temas, ya relacionados con la literatura, el cine o, entre otros, sus respectivas miras laborales, repasaron con buen humor los episodios vividos desde el día en que se conocieran por primera vez, coincidiendo ambos en que lo habían pasado estupendamente durante todas y cada una de las ocasiones que decidieron salir juntos. Como si de un acuerdo tácito se tratara, quedó al margen el asunto relacionado con la atracción que en su día él declarara sentir hacia ella. Fueron de esta guisa dando cuenta del primer y del segundo plato, hasta llegar a los postres, momento que ella aprovechó para sorprenderle con un:

           - Feliz cumpleaños
           - ¿Feliz cumpleaños? –replicó él– Hoy no es mi cumpleaños.
           - Ya lo sé, bobo, es pasado mañana; pero pasado mañana es domingo y yo no te veré ya como mucho hasta el lunes, así que quise adelantar mi felicitación a hoy.

           Él recordó que de pasada habían hablado en cierta ocasión sobre sus respectivos aniversarios, pero no suponía que ella tuviese tan buena memoria como para retener la fecha exacta del suyo.

           - Vaya, pues muchas gracias.
           - Y tengo un regalo para ti.
           - ¿Un regalo? ¡Qué amable! No debiste haberte molestado.
           - ¿Cuál sería tu mayor deseo?
          

          Sorprendido por aquella inesperada pregunta, el interpelado no pudo evitar una mirada recelosa.

           - ¿Mi mayor deseo? Hmmmm. No puedo decírtelo. Dicen que los deseos, si se revelan, ya no se cumplen.

           Ella arqueó sus labios para fabricar esa sonrisa suya que no era sino un puñal etéreo que, de manera invariable, siempre terminaba por perforar las entrañas de él, incrustándosele en lo más profundo del alma, allí donde los sentimientos tienen su perenne guarida, al tiempo que aproximaba varias pulgadas su rostro hasta casi rozar el del compañero de mesa.

            Encandilado, él le devolvió la sonrisa, algo más artificiosa no obstante que la recibida, tal vez fruto de la desconfianza que, por lo inesperado del mismo, ese súbito acercamiento le producía. Estuvieron así unos segundos, contemplándose en silencio, los semblantes muy cerca el uno del otro, hasta que ella, con voz insinuante, rompió el mutismo:

           - Bésame, bobo.

            Y sus labios se fundieron al fin en un largo y ardoroso beso.


P.D.: Cuando un deseo se hace realidad, en absoluto me extrañaría que, cumplida ya su sideral misión, se fundiese alguna estrella de las cientos de miles que componen el firmamento.

2 comentarios:

María (Muriel) dijo...

¡¡¡jajaja!!! ¡¡seguro que se funden!!!. ¡¡Qué gracia me ha hecho, Carava!! ¡¡Qué manera más simpática de describir la decepción y el revés hormonal!!! Y al final, como no podrías hacer de otra manera... la ternura. ¡Qué buen saborcito deja!

Cavaradossi dijo...

Me alegra que te gustara, María :-)