jueves, 2 de abril de 2009

GIMNASIO Y SAUNA

           Más de una hora llevaba en el gimnasio; la camiseta la tenía completamente empapada de sudor y el corazón me latía acelerado, recuperándose aún del esfuerzo previo realizado sobre la cinta de correr. Ahora, no obstante, me debatía en un ejercicio mucho más suave, mis piernas se movían rítmicamente sobre los apoyos de la bicicleta estática, siguiendo una cadencia de pedaleo sostenida, aunque dentro siempre de unos parámetros no demasiado exigentes, lo necesario para quemar unas ochenta calorías en los diez minutos que pensaba permanecer sobre su grupa.

           Fue ya casi al final de este ejercicio, al levantar por un momento la vista del manillar, donde hacía rato la tenía anclada, cuando vi a la chica. Galopaba justamente sobre la misma cinta deslizante que poco antes yo utilizara. Era rubia, muy alta, de rasgos que denotaban su posible procedencia de algún país del Este de Europa, rusa quizá, o tal vez ucraniana, y en su cara destacaban dos enormes ojos verdes que, aun desde la distancia a que me hallaba, se me antojaron sendas esmeraldas. Pero más allá de esta agraciada fisonomía, lo que en aquellos momentos más poderosamente me llamó la atención fue el bamboleo de las dos exquisitas turgencias que se adivinaban bajo la camiseta blanca que ceñía su tronco, y más aún que éstas, los dos puntiagudos pezones que se marcaban a través de la tela. No llevaba sujetador, eso era evidente, y a medida que la camiseta se le iba humedeciendo, la huella de los enhiestos pezones se hacía cada vez más visible, generando dos compactos círculos brunos justo en la superficie textil que de frontera hacía con la carne. Yo seguía pedaleando, incluso con más fuerza que antes, supongo que trataba de acompasar el ritmo de mis piernas al acelerón que la hembra había impuesto al propiamente cardiaco, pero lo hacía más que nada por inercia, pues ni la concentración la tenía puesta ya en el movimiento de mis extremidades ni, mucho menos, mis ojos volvieron al manillar, clavados que habían quedado en esas dos sombras redondas que parecían querer perforar el algodón que los contenía. Tras las tetas, los ojos me llevaron también a recrearme en sus espléndidos muslos, ceñidos por unos escuetos shorts que morían al poco de perfilarse éstos y bajo cuya textura permanecía velada la espelunca custodia del placer carnal, insinuando no obstante, cual vulpino señuelo, la vertical hendidura que servía de acceso a sus preseas.

           Terminó la efeba su carrera y se alejó de esa zona del gimnasio. Poco después consumábase asimismo el tiempo que yo marcara en el cronómetro del velocípedo, tras lo que me dispuse a proseguir mi particular entrenamiento con unas cuantas series de abdominales, al compás de las cuales fue poco a poco esfumándose de mi cabeza la imagen de la rusa, o ucraniana, o de donde diablos fuera.

           Un rato más tarde daba por concluida la labor y, tras desvestirme en los vestuarios, me dispuse a entrar en la sauna, la cual, junto con la ducha final, constituía el colofón ordinario a mis cotidianas sesiones calisténicas.

           Esbocé un gesto de fastidio cuando comprobé que la sauna se encontraba más concurrida de lo que era habitual, sobre todo porque, en lugar de tenderme con indolencia a mis anchas sobre la madera, que era lo que a mí más me complacía, tuve que acoplarme en el estrecho espacio que dejaban libre dos hercúleos mancebos, junto a los que completé un trío que como tal igualaba en número al que cohabitaba en la banqueta de enfrente. En todo caso, los noventa grados de la sauna siempre me conducían, como primer efecto, a una sensación de absoluto relax; sentarme (tumbarme aún mejor, claro) sobre el banco con listones de madera y que mi mente comenzara a divagar, totalmente abstraída, era una sola cosa. Y así sucedió también en esta ocasión, que me abstraje por entero de cuanto me rodeaba, cobrando los recovecos más furtivos de mi mente plena independencia de cualquier posible voluntad controladora. El problema fue que, lejos de abrigar una apariencia abstrusa, esta vez las divagaciones tuvieron como meta algo muy concreto, dirigiéndose de inmediato a evocar la imagen de la joven muchacha que poco antes observara en la cinta de correr, de la que, todo sea dicho, mi cerebro no tardó en bajarla para ubicar sus sugerentes formas sobre un redondo lecho al que cubrían sábanas de color amaranto, marco más acorde con mis encendidos antojos, y allí, al abrigo de las llamas que brincaban dentro de una marmórea chimenea (supongo que este detalle concreto no era sino obligado corolario del intensísimo calor que sofocaba mi cuerpo dentro de la sauna), hice que fuera adoptando todas las posturas sicalípticas que me venían en mente, que eran muchas y variadas; luego, una vez bien definida su sensual imagen dentro de mi caletre, hizo éste que entrara también a escena mi propia persona, convertido a la sazón en un experto amante que lamía sus bermejos pezones, libres en la imagen onírica de la camiseta que los retuviera oprimidos en la real, al tiempo que mis manos subían por sus muslos hasta hallar acomodo en la gruta, limpia de cualquier rastro de vello púbico, donde aquéllos convergían.

           Salí del trance erótico por exigencia de mis pulmones, que constataban ya a esas alturas cierta dificultad en la respiración como consecuencia del exceso continuado de calor. Por todos los poros de mi piel fluía el sudor, especialmente por los de la frente, cuello y torso, desde donde goteaba hasta el suelo como agua de estalactitas. No podía ser de otro modo, dada la infernal temperatura ambiente que hacía de tan angosto habitáculo una especie de sublimatorio. Lo que, sin embargo, ya no resultaba tan acorde con el lugar y que, pese a ello, se había en esos momentos convertido, junto al chorreante sudor, en nota destacada de mi anatomía, era la formidable erección que, a modo de visión faunesca, exhibía mi viril miembro, enarbolado cual trinquete de carabela, el cual, duro como el turrón (del duro), no pareciera sino tener vida propia, habida cuenta el enérgico brío que, insolente él, exteriorizaba sin recato alguno, como si fuera un orgulloso estandarte en medio del campo de batalla, ejemplo en todo caso de poderío frente al resto de mis carnes, apocadas éstas bajo la untuosa sudoración. Ni que decir tiene que yo noté la anomalía en el momento mismo en que, tras el férvido buceo en las aguas de la fantasía erótica, reaparecí sobre la superficie de la realidad, descendiendo mis ojos, repentinamente abiertos como platos, hacia ese indiscreto pene que, al socaire de dicha fantasía, blasonaba ahora de plenitud, grande y grueso como un blandón, con el glande dando cabezadas a la altura del ombligo. Nunca en mi vida pasé tanto bochorno como en esos momentos.

           En los rostros de mis circunstanciales acompañantes pude leer todo tipo de mensajes, en un espectro semiótico que iba desde la burla hasta el enojo. La enorme turbación no me permitía, empero, sostener sus miradas, y sí, en cambio, que mis mejillas se arrebolaran hasta casi parecer que iban a estallar en sangre, tan rojo era el color que habían de repente adquirido. Atenazado por el sofoco, lo único que acerté a hacer fue salir a toda leche de la sauna, sin ni siquiera decir adiós, tapándome con la toalla el miembro cuya inaudita preponderancia ya comenzaba, efecto de la vergüenza, por fortuna a languidecer.

           Mientras cerraba la puerta tras de mí, todavía llegó a mis oídos el comentario jocoso de uno de los que quedaban dentro:

           - Joder con estos gays, la verdad es que últimamente no se cortan un pelo.

           Al que replicó otra voz, creo que perteneciente a uno de los que me habían mirado con el rostro ceñudo:

           - Ya ves ¡Pues no se ha puesto cachondo ni na el capullo al vernos a los demás en pelotas! Ya no va a poder darse uno ni una sauna a gusto. ¡Será posible!

           Me dieron ganas de regresar para aclarar el malentendido, pero comprendí que, dadas las circunstancias, lo más conveniente era dejar las cosas tal y como estaban.

2 comentarios:

María (Muriel) dijo...

¡¡qué bueno!! ¡¡jajaja!!! ¿seguro que esto no te ha ocurrido???

Cavaradossi dijo...

Jajajaja. Pues no en su literalidad. Pero sí que se me ocurrió la historia mientras estaba en el gimnasio