miércoles, 18 de marzo de 2009

EL CAMINO

           Entre aromas de lavanda, hipnotizado por un turbión de sensaciones dispares que en cascada se precipitan sobre mí, avanzando me hallo hacia un horizonte que desconozco, impreciso horizonte, sin contrastes definidos, oculto tras una boira espesa que lo atenúa a mis ojos. Voy caminando, y cuanto a ambos márgenes me ofrece la polvorienta senda, todo, los espinosos nopales, los enhiestos eucaliptos, la descarnada retama, los abiertos cañamares, eres tú, y la brisa de poniente me trae tus ojos, flavos como la miel, y suena tu voz. ¿Dónde? Me vuelvo y te busco, no te veo, pero sé que estás ahí, tú eres todo cuanto me rodea, tiras de mi mano y sigo caminando en pos tuyo, tropezando, zangoloteando de un lado a otro, con la torpeza del que no ve, asmático en el esfuerzo de seguirte y no perderte, y tanteo con mis manos mis labios, esos labios que tantas veces te besaron, y busco los restos de ti que todavía subsisten en ellos, con avidez, como el sediento que estruja la esponja marchita en el desesperado intento por exprimir unas postreras gotas que en sus recovecos aún pudieran permanecer, y mi boca se abre, pero no para beber, sino para gritar, para gritar tu nombre, ese nombre que se me fuga cual enclave exonerado de mi férula.

           Me detengo y respiro, los recuerdos me asaltan con una cadencia arbitraria, superponiéndose unos a otros en una miscelánea aturdidora, unos recuerdos cuyo embriagador aroma me absorbe hasta que de nuevo retornan al recipiente que los contiene en su eterno destierro como heraldos del pasado, y cuando el torbellino de recuerdos pasa de largo, vuelvo en mi paréntesis presente a buscarte y otra vez mis ojos te ven por todos lados, en las ramas que cabecean como homogéneos danzantes, en las nubes que se arremolinan en un albo abrazo para plantar cara al sol, en la salceda que allá lejos, a la izquierda del camino, despunta, y me agarro a todo ello, aun sabiendo que no es más que un truco de la razón, una engañifa que me sirve de consuelo, el saliente al que me aferro para no precipitarme en el abismo de la soledad. Y suena otra vez tu voz. ¿Dónde? Allí mismo, en el agua que se estrella contra la rocas, en el viento que silba entre los macizos multicolores, en los iterativos trinos de los gorriones. Y esa voz, que es la tuya, comprime mis pensamientos, propulsados por el deseo como maleza que una impetuosa corriente arrastrara río abajo.

           Ya, ya sé que tengo que olvidarte, que no puedo continuar toda mi vida en pos de un fantasma, pero la cuestión sigue siendo cómo reconciliar esa imperiosa necesidad de relegarte de mi pensamiento con el incoercible deseo de no hacerlo jamás. La esperanza de conservarte se me escapa entre los dedos agarrotados, como las volutas de humo de un cigarrillo interminable, sin que el deleite que me provoca tu ubicuidad panteística, esa que mi imaginación ha forjado, consiga neutralizar el dolor que dicha fuga me suscita.

           El horizonte sigue vago, envuelto en una calígine que impide apreciar las formas que recubre, pero aun pareciéndolo, no es un espejismo, sino que es real, se trata ni más ni menos que de la envoltura de ese futuro que me aguarda al otro lado, un futuro que se acerca veloz e irremediable, con el que no tardaré en tomar contacto y por el que me dejaré devorar como víctima que voluntariamente se ofrece al holocausto. Sé, sin embargo, que no será el último horizonte, que tras ese que ahora se acerca se abrirá otro nuevo, igual de impreciso y borroso que el previo. Y entre horizonte y horizonte irán desapareciendo los instantes en el incansable fluir del tiempo.

           Y tengo miedo, estoy asustando como un niño al que le acecharan sanguinolentos monstruos más allá del amparo de las sábanas bajo las que se acurruca, y yo también me encojo dentro de mis sábanas, porque mis monstruos son precisamente tu ausencia, porque soy consciente de que en ese futuro que me aguarda no estarás tú. Y tan agudo temor me lleva a posar de nuevo los ojos en el paisaje que a ambos lados del camino se va desplazando, resbalando mi mirada sobre la esencia esquiva de las cosas.

           Pero sigo caminando, no sé bien con qué propósito, por pura inercia tal vez, porque tiras de mi mano… Porque sé que si me detengo, será posiblemente ya para siempre.