domingo, 1 de febrero de 2009

NIEVA EN LA CIUDAD

           Nieva. Como una nacarada legión de insectos suicidas, miles de copos afloran de un cielo ceniciento y sombrío para morir sobre un asfalto que los acoge indolente, que absorbe su humedad y se convierte en su improvisada tumba. Albos, seductores, desordenados, van cayendo uno a uno, falange kamikaze que en febril holocausto ofrece su sangre como sacrificio, una sangre que va tiñendo de blanco suelo, tejados y árboles.

           Nieva. Y cada copo porta una dosis de tristeza que se hinca en el alma como un dardo envenenado, un tósigo que te alcanza y se va filtrando por tus venas sin que apenas te apercibas, aunque ni siquiera uno solo de ellos haya llegado en ningún momento a rozar tu piel desnuda. No, no precisa de contacto físico su veneno, bastan los ojos para absorberlo, esos ojos que, hipnotizados por la nívea estampa, lo conducen hasta lo más recóndito de tu ser, esos ojos que a través del cristal de una ventana contemplan embebidos el blanco desplome de la nieve sobre el asfalto.

           Nieva. Cielo y suelo mezclan sus colores, gris el de aquél, blanco el de éste, y componen un paisaje que seduce y adormece, que invita a la nostalgia, que atrae fantasmas que parecían olvidados, que hace que en tus oídos resuenen lejanos ecos con notas de violín y órgano.

           Nieva. La belleza del nevado paisaje nos envuelve, cautiva a nuestros ojos con su fulgente apariencia, invitándolos a la contemplación extática, y embriaga de languidez nuestro ánimo, que zangolotea dentro de una volanta que va y viene entre meandros de melancolía. Cada copo es una palabra que cobra vida y ante cuyo empuje capitula la voluntad y la razón se desarma.

           Nieva. La ciudad se tiñe de blanco y lágrimas de alabastro humedecen mis ojos embebecidos.

1 comentario:

María (Muriel) dijo...

¡¡Ummmmh!!! eres poeta, solo que aún no lo sabes...