miércoles, 18 de febrero de 2009

CARTA A UNA BRUJA (2)


           Las jornadas se suceden en mi vida como las de la mayoría de los mortales, sin que la del hoy se distinga mucho en lo sustancial de la del ayer y, me temo, tampoco en exceso de la que me aguarde mañana. Por las mañanas me embuto en la puñetera toga que me reviste de esa falsa autoridad que se esconde bajo el suntuoso escudo y su negro cachemir y procuro ventilar el trabajo de la manera más digna posible. Se trata ni más ni menos que de la tediosa rutina que en mayor o menor medida nos embarga a todos. Terminado el trabajo, en el tiempo libre procuro, con más o menos éxito, buscar diversiones y esparcimientos que me alejen del aburrimiento: escribir, hacer deporte, salir con amigos, ver películas... Nada fuera de lo común, ya ves. Buscando y procurando capturar mis momentos, como todos.

            Ah, brujita, pero eso no es todo, porque hoy, como ayer, como seguro que también mañana, estoy pensando en ti, y mis ojos se introducen en el pensamiento para poder verte, y tu imagen aparece allí ocupándolo todo, la plenitud de ambos hemisferios cerebrales; no sólo eso, sino que también mis oídos, a pesar del silencio imperante, escuchan tu voz, esa voz melodiosa y dulce que los dioses tuvieron a bien concederte. Es cierto, te llevo en mi mente…. Fíjate, mientras escribía esta frase me vino a la cabeza la famosa canción de Pet Shop Boys, “you’re always on my mind”. ¿La conoces? Imagino que sí. Es una de mis preferidas de los ochenta. Pues eso, que también tú estás siempre en mi mente. Y mi mente se recrea en tu boca, esa que cuando sonríe hace despuntar el alba, y en el paroxismo del deseo la invado, tomo posesión de ella utilizando como armas mis besos, pugnaces invasores que disfrutan del botín tomado, cubil donde se guarece la lengua ávida y parlanchina.

           ¡Cómo me gustaría sentir tu cabeza cual joyel adornando mi regazo, sobre él apoyada, mientras me sonríes con tu mirada traviesa y juguetona! ¡Cómo verla luego izarse para susurrarme al oído frases subidas de tono! ¡Cómo que aprovecharas esa misma coyuntura para, como una diablilla retozona, morderme el lóbulo de la oreja! La imaginación no cobra peaje, de modo que al menos puedo recrear ésas y otras muchas escenas de variopinto contenido dentro de la mía, que afortunadamente siempre ha sido fértil, y ni que decir tiene que en tales escenas solamente pueden tener cabida dos únicos protagonistas: tú y yo.

           Imaginar e inventar cosas para ti. Ese es hoy por hoy mi principal pasatiempo, aquel al que con más fruición dedico el no poco tiempo libre y el sí escaso talento que poseo.

           Y como el compositor que crea su aria con la mente puesta por entero en la diva que habrá de interpretarla sobre el proscenio del teatro, también yo escribo últimamente mis pobres textos con la visión de antemano puesta en ti como la heroína elegida para resplandecer en ellos.

           Y como el inventor que para complacencia suya concibe toda clase de originales entelequias, también yo invento para deleite de mis manos nuevas caricias con las que soñar estremecer tu piel.

           Y te comería a besos y recorrería tu cuerpo con tales caricias, así hasta que del lienzo de tu piel no quedara ni un solo hueco, por nimio que resultara, que no hubiesen besado mis labios ni acariciado mis manos.

           Y…. bueno, mejor paro ya por hoy. Que espero verte pronto, nada más. Entretanto, no sé si sonreír porque somos amigos o llorar por ser precisamente únicamente amigos.

           Tuyo siempre
C

domingo, 1 de febrero de 2009

NIEVA EN LA CIUDAD

           Nieva. Como una nacarada legión de insectos suicidas, miles de copos afloran de un cielo ceniciento y sombrío para morir sobre un asfalto que los acoge indolente, que absorbe su humedad y se convierte en su improvisada tumba. Albos, seductores, desordenados, van cayendo uno a uno, falange kamikaze que en febril holocausto ofrece su sangre como sacrificio, una sangre que va tiñendo de blanco suelo, tejados y árboles.

           Nieva. Y cada copo porta una dosis de tristeza que se hinca en el alma como un dardo envenenado, un tósigo que te alcanza y se va filtrando por tus venas sin que apenas te apercibas, aunque ni siquiera uno solo de ellos haya llegado en ningún momento a rozar tu piel desnuda. No, no precisa de contacto físico su veneno, bastan los ojos para absorberlo, esos ojos que, hipnotizados por la nívea estampa, lo conducen hasta lo más recóndito de tu ser, esos ojos que a través del cristal de una ventana contemplan embebidos el blanco desplome de la nieve sobre el asfalto.

           Nieva. Cielo y suelo mezclan sus colores, gris el de aquél, blanco el de éste, y componen un paisaje que seduce y adormece, que invita a la nostalgia, que atrae fantasmas que parecían olvidados, que hace que en tus oídos resuenen lejanos ecos con notas de violín y órgano.

           Nieva. La belleza del nevado paisaje nos envuelve, cautiva a nuestros ojos con su fulgente apariencia, invitándolos a la contemplación extática, y embriaga de languidez nuestro ánimo, que zangolotea dentro de una volanta que va y viene entre meandros de melancolía. Cada copo es una palabra que cobra vida y ante cuyo empuje capitula la voluntad y la razón se desarma.

           Nieva. La ciudad se tiñe de blanco y lágrimas de alabastro humedecen mis ojos embebecidos.