sábado, 14 de noviembre de 2009

LA MUCHACHA QUE QUERÍA TOCAR LAS ESTRELLAS


           Realidad y fantasía, fantasía y realidad imbricaban, cuales inseparables teselas de un sugestivo mosaico, en Maite sus esencias, y lo hacían hasta un extremo tal que, confundidas ambas en simbiótico abrazo dentro de las cavernas de su razón, ni ella misma lograba a veces discernir entre lo que era o había sido real y lo que tan sólo constituía el fruto de su imaginación peregrina. ¡De tal calibre venía a ser el orbe de fábula al que se había dejado conducir por su romántico genio! Mas por encima de esa ambigua amalgama, por encima de todo lo vivido y de lo sólo concebido, quizá fruto de esa misma naturaleza profusamente imaginativa en cuyo molde se había ido configurando, un sueño bullía en su interior, enraizado con fuerza en las incorpóreas células donde todos los sueños se forjan: llegar a tocar las estrellas o, lo que en definitiva venía para Maite a significar aquella alegoría, alcanzar las sublimes cotas de la felicidad y el placer y conjugarlas para siempre en un único verbo, la hechicera piedra filosofal del más puro espíritu hedonista. Ese era el sueño de Maite, el empíreo anhelo al que consagraba sus pensamientos más profundos, la utopía de su existencia. De ahí tal vez su inaudita pasión por la Astronomía, a la que, aun de modo diletante, quiso aplicar parte de su tiempo, incorporándose para ello a una señera asociación de astrónomos en cuyas clases llegó a participar con frenético entusiasmo, si bien, todo hay que decirlo, sin asimilar en exceso las científicas enseñanzas que en ellas recibía sobre los misterios del cosmos y sus ubérrimas constelaciones.

           A esta persona tan especial, tan colmada de sueños y quiméricas ilusiones, tan influenciada en suma por la obsesiva búsqueda de su particular Eldorado, va pues dedicado este escueto relato, el cual, como toda narración que se precie, demanda un principio que de coherencia y textura comience a revestirlo, y ese principio exige en este caso remontarse a los mismos orígenes de su protagonista.

           Del anómalo cóctel que por quién sabe qué insondable albur conformaron un padre ingenuo y bonachón, llano campesino de una pequeña aldea próxima a Bilbao, y una madre artera, displicente y, por qué callarlo, bastante rijosa y pelandusca, vino al mundo Maite, donde creció en el amor ilimitado a aquél e, ironías de la vida, la enfermiza admiración por aquella; amor a la sencillez y ternura del padre, admiración por la pujanza de la madre, por su fuerza, por su desbordante vitalidad y, sobre todo, lo que extrañamente siempre más le fascinó –tal vez envidió– de ella, por su natural predisposición al vicio y al desenfreno, tan natural (en el estricto sentido que suscita este adjetivo), tan pueril hasta cierto punto, que en aquella mujer esa inclinación no parecía incluso resultar indecorosa.

           Dos almas tan dispares como las de aquella extraña pareja no podían, obviamente, permanecer demasiado tiempo juntas, máxime cuando en su unión apenas si habían intervenido en calidad de anzuelos el amor, la pasión o tan siquiera el deseo, sino más bien al contrario la necesidad impuesta por determinadas circunstancias cuyos cimientos…, pero no, no creo que merezca la pena reproducir en estas páginas los sinuosos dédalos que configuraron tan estrambótica miscelánea, si acaso en un futuro relato, el suyo propio. Su matrimonio, en definitiva, había sido algo postizo y, como todo aquello que de artificialidad adolece, abocado a derrumbarse cual lábil castillo de naipes, lo que en efecto sucedió al poco de nacer Maitetxu. Esta quedó desde entonces al cuidado del dócil aldeano, quien se vio de este modo impelido a ejecutar en su hija el doble papel de padre y madre, volcando en la pequeña todo el cariño de que fue capaz y forjando lo que en ella habría de ser una constante: el apego hacia las gentes sencillas, hacia la candidez y la inocencia; en tanto la verdadera madre –con quien nunca llegaron a perder, no obstante, del todo el contacto– se zambullía en las tibias aguas de la dolce vita, ese voluptuoso mundo de vino y rosas en el que tan a sus anchas sabía desenvolverse, incitando, aun en la distancia, la irresistible atracción que Maite siempre habría de sentir hacia lo prohibido.

           Ya desde la niñez, allá en su Bilbao natal, fue urdiéndose la mentalidad soñadora y romántica de Maite, en disputada riña con una naturaleza –genes maternos, por supuesto– bastante propensa a lo licencioso. En esa su más tierna infancia adquirió ya el gusto por inventar, por engendrar historias que después iría almacenando en su cerebro hasta llegar a sentirlas como reales, y reales eran en cierto modo, pues ¿quién puede atreverse a negar veracidad a aquello que con pasión se siente?, siendo en ese sentido imposible experimentar las cosas con mayor fervor que como lo hacía ella. Por lo demás, en el colegio de monjas donde fue instruida apenas si llegó a encajar mínimamente; reacia a tolerar los convencionalismos ordinarios y el fariseísmo que un burdo sistema educativo imponía a toda costa; prefería aceptar cuantos castigos y admoniciones le llegasen que agachar la cerviz y claudicar ante quienes no consideraba más que pomposas y fútiles marionetas tan sólo por los hilos de la falacia y la hipocresía movidas.

           En Bilbao residió Maite hasta la edad de dieciocho años. La adolescencia reveló en ella a una hermosa muchacha de piel alba como el resplandor del plenilunio, largos cabellos que semejaban el color de la miel recién extraída de la colmena y ojos de un enigmático verde claro, un ser capaz de seducir al más hierático de los mortales mediante la irresistible combinación de su candorosa mirada de niña melancólica y su aterciopelada voz de sirena; pero sobre todo confirmó a la empedernida soñadora, a la Maite idealista y novelesca dotada de un halo especial para trocar el mundo con tan sólo cerrar los ojos e imaginarlo en un nuevo y personal diseño, a su antojo, a su libre albedrío, como una diosa, siendo así como la incombustible apetencia de tocar las estrellas comenzó a cobrar forma en ella.

           No tardó en degustar los manjares del amor, ese perenne e indispensable alimento sin cuya energía se vería el hombre por completo incapaz de soportar el mundano tránsito, tan dulce a veces su sabor, como la dulce miel, mas, ay, tan cruelmente amargo otras, como la amarga hiel. Fue Alfonso, su amigo desde el final de la puericia, el más entrañable para ella de cuantos componían su pandilla, quien mereció el honor de encabezar el catálogo de sus amantes. Ocurrió lo que acostumbra a suceder en tales casos, que la amistad que les unía derivó poco a poco en amor, platónico en un principio, casto tras la primera declaración, fincado en caricias y besos que con el tiempo fueron rebasando su prístino recato para descubrir en ellos los primeros vergeles de la pasión, en la que ese amor germinal terminó por sumergirse, siendo de este modo él, afortunado entre los mortales, quien conquistara al fin la flor de su virginidad, una flor que, dicho sea de paso, conviene ofrendar cuanto antes para evitar el peligro de que se marchite.

           Los dos adolescentes iniciaron así un romance que, entre altibajos, habría de prolongarse durante muchos años. Junto a Alfonso llegó Maite a conquistar elevadas cotas de excelsitud y delirio, pero no alcanzó nunca las estrellas. Él fue siempre demasiado perfecto, tan obsesionado estaba por conseguir sus materiales objetivos que a menudo se olvidaba de atender los intangibles, y eso, sin darse cuenta, le hacía perder gran parte de la carga pasional que ella necesitaba. Número uno de todas sus promociones, Alfonso se graduó como economista y llegó a obtener una beca en una prestigiosa universidad norteamericana. Allí, en Boston, empezó a modelar lo que debería ser un futuro brillante, pero al propio tiempo comenzó también a perder a Maite; a medida que Alfonso progresaba en la consecución de sus metas académicas, en análogo ritmo iba deteriorándose el vínculo que a Maite le unía, y ésta terminó por comprender que aquel hombre no era lo que ella buscaba. Demasiado recto, demasiado cabal, demasiado serio, demasiado seguro de sí mismo, demasiado intachable su comportamiento, demasiado introducido en su mundo meramente científico, demasiados “demasiados” que postergaban a Maite a un segundo plano y que, en consecuencia, la llevaban a sentirse disminuida como persona, y al propio tiempo, demasiado poco romántico, demasiado poco divertido, demasiado poco soñador, demasiado poco sutil, demasiados “pocos demasiados” que la conducían a una situación de insoportable tedio y de enorme frustración. A su lado comenzó ella a considerarse como algo accesorio y secundario, un mero objeto decorativo que únicamente servía de paramento, de ornato para mayor lucimiento del inefable Alfonso. Comprender que él sólo podría ofrecerle una vida que, bajo la égida baladí del dinero, sería tan acomodada como absurda y vacía fue un descubrimiento muy doloroso para Maite, pero más habría de serlo, sin duda, seguir ligada a él asumiendo esas inaceptables condiciones, mucho más. Mejor cortar por lo sano que resignarse a tan sombrías perspectivas. ¿Puede acaso quien tanto ama la libertad vivir dentro de una jaula, aunque sea ésta de oro? La respuesta sólo podía ser negativa. Junto a Alfonso no podría ser nunca ella feliz, a lo sumo lograría conquistar minúsculas y aisladas gotas de dicha que no servirían sino para acentuar una cada vez mayor soledad y amargura. La decepción que siguió a tan áspero silogismo fue en verdad terrible. Habían sido muchos los años compartidos con él, demasiados como para no padecer ante la ineluctable necesidad de abandonarlo definitivamente. Pero tenía que hacerlo y lo hizo. Maite dejó a Alfonso, dejó atrás una relación que ya no le satisfacía y de la que, emocionalmente hablando, nunca podría obtener ya nada positivo. Había sufrido un gran desencanto, sin duda que sí, pero se sobrepondría a ello, Maite no iba a desalentarse; Maitetxu, la infatigable, nunca se desalentaba. No ocurriría, por el contrario, lo mismo con Alfonso, quien –por desagracia ya tarde para él– al fin comprendió que todos sus “demasiados” convergían en última instancia en uno solo: demasiado estúpido.

           No monopolizó Alfonso, pese a todo, el bagaje sentimental de Maite durante el tiempo en que su relación se dilató. La concupiscente naturaleza de ella no podía afianzar una fidelidad libre de fisuras, de manera que sus fogosos deseos acostumbraban a imponerse con elevada frecuencia a su inoperante, en tales casos, voluntad. Ella era como era, un ser habituado a actuar movido por impulsos y, entre éstos, los emotivos no podía decirse que fueran los menos vigorosos. Pese a que su idilio duró casi diez años, la proximidad física de la pareja, como ya se dijo, distó mucho de ser una constante, y no sólo ya debido a las reseñadas ausencias de él por motivos académicos, sino también porque las circunstancias y el espíritu aventurero de Maite la llevaron siempre a ir de acá para allá, de trabajo en trabajo, por toda España. Así, tras abandonar definitivamente los estudios –nunca, la verdad, fue muy brillante en ellos– y trabajar durante escasos meses en una empresa bilbaína, marchó a Barcelona, donde estuvo trabajando algunos años como empleada en una gestoría, y de allí a Mallorca, y de allí a… qué importa. Lo verdaderamente importante es que entre tanto periplo, entre tanta ausencia separada de Alfonso, Maite fue conociendo a muchos otros hombres, veintitrés novios solía ella referir sin tapujos –de precipitada lengua, no le costaba excesivo esfuerzo hablar sobre ella misma –, aunque quizá también ese número fuese una fatuidad producto de su imaginación soñadora y romántica, quién sabe. Lo cierto es que, entre reales y fingidos, fueron bastantes los agraciados con el preciado don de recibir las caricias de sus delicadas manos, los que vibraron entre sus brazos, los que aspiraron su aroma de mujer, los que se sumergieron en el edén de sus besos, los que en su cama disfrutaron de un fastuoso placer. Quien los goces de su tálamo descubría quedaba de manera ineluctable atrapado en una feroz adicción para la que ya no existía desenganche posible; nadie, absolutamente nadie que por su cama pasara podía aceptar el hecho de hacerlo por una sola noche, siempre se quería más, repetir del divino manjar que sólo de su ardiente cuerpo podía obtenerse y del que resultaba imposible quedar ahíto, participar de nuevo, una y otra vez, en la catarsis que ella proporcionaba, acendrarse con el desenfrenado ritual de los sentidos en el que ella ejercía de suprema sacerdotisa y, en ofrenda a los dioses de la carne, revelaba los arcanos de su candente sexo, y así hasta que ella se cansara, pues siempre era ella quien, hastiada al fin de una determinada relación, terminaba por zanjarla, sin que nunca sufriese en ese sentido el amargo trance de ser abandonada por alguien, ¿quién, bien pensado, iba a ser tan insensato como para voluntariamente desistir de los deleites ofrecidos en tamaño santuario del placer?

           Los veintiocho años la sorprendieron en Madrid, trabajando como secretaria en una editorial de escaso renombre. Fue a esa edad y en esa ciudad cuando decidió profundizar en su gozosa astronomía y a tal efecto se inscribió en la asociación de la que al principio se hizo referencia; muchas fueron a la sazón las noches que, pegada a la lente del telescopio, le sorprendió la aurora sin que el sueño hubiera osado asaltarla, absorbida como estaba por el fascinante carrusel estelar que ante sus ojos iba desfilando con su fúlgido atavío de fuego y luces; qué inmensamente lejos estaban aquellos luminares y qué cerca, en cambio, parecían estarlo desde allí, casi podían tocarse con las manos, ¡tocar las estrellas!, su sueño de siempre; explorar de aquel modo el universo la ensimismaba hasta el extremo de que se sentía transportada a otra dimensión, a un remanso de paz y armonía en el que todo podía ser posible, un prodigioso mundo que la colmaba de relajación, sosiego y dicha espiritual, atrapándola en sus redes como el frágil pajarillo lo es en la mirada de la hipnotizadora sierpe.

           Su afición por sondear el lejano firmamento era, por lo demás, compaginada con el ejercicio de otras más prosaicas, como pudieran ser la danza y el aprendizaje de idiomas, actividades a las que también se dedicó con entusiasmo, aunque con desiguales logros en cada caso, habida cuenta las dispares aptitudes con que contaba para afrontar ambas empresas. Bailar había sido desde siempre uno de sus pasatiempos favoritos, podía pasarse horas y horas dejando conducir su grácil cuerpo por el ritmo que la música iba marcándole, y su elasticidad innata coadyuvaba a resaltar la elegante cadencia de sus movimientos; de modo que se apuntó a una prestigiosa escuela de danza moderna, a la que tres tardes por semana acudía con el propósito de pulir esa natural destreza suya. En lo que respecta a los idiomas, decir que se matriculó asimismo en una academia de inglés con la intención de profundizar en los secretos de la lengua de Shakespeare, si bien, las cosas como son, en esta faceta nunca consiguió descollar como a ella le hubiera gustado, la gramática anglófona se le atragantaba en demasía y su pronunciación resultaba en verdad cacofónica, en fin, un verdadero desastre.

           De este modo, entre astronomía, danza e inglés quedaba colmado buena parte del tiempo libre de Maite, mas sin que ello empeciera el que a su vez dedicaba a la fiesta y la jarana, para las que siempre había hueco en su agenda, siendo profusas en ese sentido las noches que escapaba a zambullirse en las fragosas, fumígenas y etílicas aguas que bañaban las alborozadas vigilias madrileñas, hasta el extremo de convertirse en asidua visitante de los más variopintos garitos de la bulliciosa zona en que residía. En una de estas numerosas salidas nocturnas quiso el destino que conociera a Jose Antonio, fotógrafo de un reputado periódico deportivo, con quien dio comienzo un impetuoso idilio. Poco les bastó a ambos para cerciorarse de que la suya no iba a ser, ni mucho menos, una mera aventura esporádica y circunstancial; la salvaje atracción que sentían el uno hacia el otro remontaba unos grados de vehemencia demasiado prominentes como para saciarla con tan sólo algunas noches de arrebatada pasión, de forma que pocos meses después de iniciada su andadura amorosa decidieron dar un significativo paso adelante y acordaron vivir juntos en el apartamento que él tenía arrendado. Para aquel entonces Maite ya había roto definitivamente con Alfonso.

           En breve tiempo Maite descubrió la fuerza con que había quedado atrapada, dichosamente atrapada, bajo el potente campo gravitacional que circundaba a su nuevo novio; tan seducida estaba por los encantos y atributos de Jose Antonio, que se le hacía imposible no rendirse a ellos de incondicional manera, claudicando así en lo que venía a ser una entrega total, una entrega de esas que llaman en cuerpo y alma. Este segundo componente de su sumisión, sin embargo, la entrega del alma, le henchía de una incómoda angustia, más aún, llegaba a provocarle verdadero pánico, toda vez que, en clara antítesis con los ancestrales dictados de su idiosincrasia, se complacía y disfrutaba con ella, lo que le hacía temer acabar convirtiéndose en esclava de su propio amor, con la consecuente pérdida de libertad personal que ello podría suponerle. Maite siempre había querido ser una mujer autónoma, un ser libre de toda atadura y prejuicio, y en tal querencia sentía una fobia especial por todas las prisiones y servidumbres, incluidas las del amor, no tolerando ser cautiva de sentimiento alguno que pudiera llegar a atrofiar su libre albedrío hasta el extremo de hacerle perder la independencia necesaria para que fuese su propio arbitrio el que decidiera qué hacer en cada momento. Pero, así estaban las cosas, ante Jose Antonio no podía evitar sentirse presa de un febril apego que nunca antes había experimentado, ni alcanzado a imaginar siquiera. Él era el mejor amante posible, el mejor amigo posible, el mejor compañero posible, con él podía tanto cabalgar sobre un torbellino de desenfrenada lujuria –sobresalía ahí el amante–, como mantener una conversación profunda sobre cualquier materia interesante –el compañero surgía entonces–, como descargar sobre su regazo todas sus preocupaciones y ansiedades –brillaba aquí el amigo–. Era además tan divertido, estaba tan lleno de vitalidad y optimismo. Por primera vez notó que su sueño estaba cerca, que junto a Jose Antonio llegaría a alcanzar las estrellas y, con ellas, la felicidad eterna. Enamorada a muerte de su amante, no dudaba en confesarle sus más románticos anhelos; quería, y así se lo hacía saber a él en la turbulencia de su frenesí, navegar en el mar de sus secretos, permanecer para siempre en las sombras de sus pupilas, penetrar en su cerebro y borrar de él todos los pensamientos a ella no destinados, sin poder reprimir en este aspecto unos ciertos visos de acaparador egoísmo.

           Sin embargo, quiso también ese mismo y caprichoso destino que por aquel entonces conociese Maite a un escritor treintañero que andaba dando sus primeros pasos en el intrincado mundillo literario. Éste había acudido con uno de sus manuscritos a la editorial donde ella trabajaba, con la esperanza puesta en que, interesándose por él, pudieran llegar a publicárselo, y si bien no pudo ver satisfecho tal objetivo, sí que consiguió en poco tiempo entablar una profunda amistad con Maite. El escritor, bajo el pretexto de ofrecer a la editorial sus novelas, aprovechaba cualquier ocasión para acudir a visitar a su bella musa de ojos verdes y pasarse las horas enteras hablando con ella. Se convirtió de este modo en su confidente, aquél a quien ella confiaba todos sus secretos, hasta los a priori inconfesables, aquellos que constituyen patrimonio de las parcelas más recónditas e inaccesibles de uno mismo, y todo ello pese a no recibir en contrapartida casi ninguno de él, ¡tan infranqueable resultaba su intimidad tras el acorazado pavés con que la protegía!; pero a Maite no le importaban en exceso aquellas reservas de su nuevo amigo, le encantaba estar con él, escuchar su voz, leer sus relatos, hacerle partícipe de sus cosas, de sus problemas, de sus alegrías, de sus sueños; junto a él el tiempo parecía detenerse de un modo similar a como lo hacía en esas mágicas noches de insomnio durante las que con fruición se dedicaba a contemplar el opulento universo… Entre ambos se fue poco a poco fraguando un poderoso sortilegio cuya existencia a ninguno de los dos podía pasar desapercibida, un hechizo que amenazaba con trasladar su relación desde los serenos lagos de la amistad a los procelosos océanos del amor. Poco importaba en ese sentido que él fuese casado y ella viviera maritalmente con otro hombre, a la postre no eran ésas sino circunstancias convencionales de las que, llegado el caso, podía prescindirse sin excesivas vacilaciones. Así al menos lo creían ellos en su fuero interno por aquel entonces, incapaces de detenerse a reflexionar sobre lo complicadas, incómodas y entorpecedoras que pueden llegar a resultar dichas circunstancias. No podían, empero, columbrar tales dificultades, no mientras ambos disfrutaran de esa complicidad mágica, de esa mutua veneración que sentían el uno hacia el otro, de esa convergencia imperiosa que con indomable fuerza tiraba de ellos hasta aproximarlos a flor de piel.

           El escritor fue quedando de este modo, a medida que el tiempo transcurría y se acrecentaba el contacto entre ellos, prendado de su pupila. ¡Cómo no, por otro lado, iba a ser así, cuando ella era tan atractiva, tan amable, tan perspicaz, tan cordial y atenta, tan radiante y alegre…!

           Y llegó el día en que, reacios a continuar embozados tras engañosas carátulas, se amotinaron sus sentimientos y, como a fin de cuentas parecía estar escrito, cayeron el uno en brazos del otro. No pudieron evitarlo. Aquella noche se habían citado para cenar juntos, como dos buenos amigos; tras la cena, acudieron a un pub para tomar una copa, también como dos buenos amigos, y luego…, luego se levantó el telón, retiróse del proscenio la amistad y entró en escena el juego de la pasión. Bastó un lugar en penumbras, algo de alcohol, varias miradas sugerentes y… sus labios, como sacudidos por un magnetismo incoercible, se fundieron en prolongados y voluptuosos besos pasionales; aquel soberbio fuego, hasta aquella noche ocioso bajo un mero estado latente, a duras penas contenido por el recato y la compostura, prendido había por fin con una vehemencia inusitada, abrasando ahora sus ígneas llamas todos los poros de sus respectivas pieles y advirtiéndoles al propio tiempo sobre la imposibilidad de ser ya sofocado.

           Sumergidos por completo en esa fase de desaforado arrebato en la que ya ninguna fuerza resta a la razón para poder hacer frente e imponerse al deseo, él, presa de un calenturiento afán por poseer enteramente a aquella admirable ninfa, le propuso marchar a un hotel donde hacer el amor. No podía presumirse, por otra parte, ningún colofón distinto que pudiera clausurar aquella noche mágica con la digna brillantez que requería… Mas he ahí que justo en ese crucial instante, menguó el fuego en su ímpetu y Maite, sobreponiéndose a duras penas al deseo y desoyendo los gemidos de sus propias apetencias, cercenó el paso a ese mayestático colofón, rechazando la propuesta que el otro le hacía. Se negó en definitiva a acostarse aquella noche con su escritor, aun consciente de que al negarse estaba vedando la posibilidad de que sus cuerpos se fundieran en uno solo hasta encumbrarse en su fusión a destacadas cimas del placer… No le fue en todo caso nada fácil asumir esta resolución a Maite. Tuvo, por el contrario, que desplegar para ello toda la fuerza volitiva de que aún disponía, obligándose con denodado esfuerzo a desatender las cálidas insinuaciones de su libido y escuchar, mal que le pesara, los fríos decretos de su cabeza; pero el caso fue que se negó a hacerlo, concluyendo aquella velada, ya menos mágica, con tan sólo nuevos y ardientes besos, nada más. Él perseveró todavía en su empeño, procurando hacer entender a ella lo inútil que resultaba resistirse, dando por sentado que aunque tal vez lograran dominar sus impulsos en esa precisa ocasión, de ningún modo podrían castrarlos para siempre, que tarde o temprano sucumbirían a la tentación que fluía de sus cuerpos, siendo en cualquier caso mejor rendirse a ella temprano que tarde, que no merecía en suma la pena oponerse a una fuerza contra la que no les sería posible luchar eternamente, una fuerza que, siendo muy superior a la de sus respectivas voluntades, tendía sin remedio a unirles. Todo eso le aseguró él en un desesperado intento por hacer tambalear sus defensas y que su ánimo flaqueara y cediese en su insegura determinación, convencido, sí, de sus palabras –jamás hubiera recurrido, aun disponiendo de pericia para hacerlo, a sucios embustes o artificiosas celadas para complacer su anhelo–, aunque temeroso en el fondo de que aquel rechazo fuese definitivo y, lo que era peor, que la hubiese perdido para siempre, que hubiese arruinado esa complicidad, ese halo mágico que les había envuelto desde el día en que se conocieron. No aceptó, empero, ella el envite –tal vez tampoco estuviese él lo bastante persuasivo– y aquella noche se despidieron con un último y acalorado beso, su último beso.

           Durante los dos días que siguieron a aquel sensual encuentro, la zozobra y los remordimientos acosaron de manera infatigable a Maite, quien no cesó un segundo de sublevarse ante la perspectiva de emprender una nueva relación sentimental con otro hombre. ¿Por qué, si ella se sentía feliz al lado de Jose Antonio? Esa se antojaba, sin duda, la pregunta clave; si bien no era la única, ya que miríadas de cuestiones, a cual más tortuosa y acerba, se sucedían y amontonaban en sus mientes como los cadáveres en el campo de batalla. ¿Qué podía haber visto en ese escritorzuelo de tres al cuarto para hacerle perder de un modo tan radical los estribos?, ¿tanto le gustaba?, pero si así era, como así parecía ser, ¿cuál era en tal caso su hechizo?, ¿dónde residía?, ¿qué acicate encontraba en él que la llevaba a enturbiar su relación de pareja con Jose Antonio y la inducía, en consecuencia, a arriesgar lo mucho que al lado de éste había conseguido?, y más aún: de asumir tal riesgo, ¿qué podía el otro ofrecerle a cambio, sino esporádicos encuentros a hurtadillas que sumida la tuvieran en un estado de perpetua frustración?, ¿podrían acaso esos fugaces encuentros, por muy maravillosos que resultaran, compensar tamaña sensación de pesadumbre?, ¿serían tan intensos como para equilibrar el peligro de exponer a una suerte incierta la plena estabilidad y armonía que había logrado adquirir junto a Jose Antonio? No podía soportar la idea de haberle engañado; ella, que no toleraba ser engañada, había sin embargo sido infiel al hombre que amaba, al compañero, al amigo, y tal infidelidad resultaba de todo punto imperdonable, máxime cuando afectaba a alguien que como él siempre la había tratado de un modo exquisito. En un prolijo intento por cohonestar su desliz, no cesó de hacer suposiciones que lo justificaran y de razonable lo diesen visos, pero unas y otras fracasaban de modo invariable en su objetivo, sin que en ningún momento llegara a toparse con razón convincente alguna. Se dijo, por otro lado, que su orgullo no podía consentir el hecho de ser la querida de nadie, la segunda mujer de otro, por muy eximio que éste fuera, que ella siempre había detestado los rollos con hombres casados, que su relación sería tortuosa para ambos y desembocaría sin remedio en un lacerante apocalipsis, y que además, y eso era lo que más le dolía, estaba demasiado enamorada de Jose Antonio como para perseverar durante mucho tiempo en aquella adúltera relación. Llegó a atribuir su ligereza al miedo que le causaba la absoluta entrega que de sí misma hiciera a su novio, de tal suerte que el maduro escritor no habría sido sino el antídoto al veneno de sus aprensiones, una especie de experimento para, reverdeciendo pretéritos laureles, demostrarse a sí misma que aún tenía la suficiente volición como para romper cualquier red que pugnara por retenerla.

           Y así estuvo día y noche fabricando cábalas con las que combatir su desazón, hasta que de pronto, como iluminada por una revelación instantánea, comprendió dónde residía la verdadera fuente de su desasosiego, oculta que había permanecido hasta entonces bajo el tapujo de todas aquellas excusas baladíes, y esa auténtica razón de ser no era otra sino que amaba a Jose Antonio muchísimo más de lo que creía haber supuesto, que sin él no era nadie, que la sola idea de poder perderlo se le antojaba de por sí insufrible. Y al comprender todo esto, comprendió también que el sueño de toda su vida se había ya hace tiempo hecho realidad, sin que ella apenas se hubiese percatado de su consumación, pues de la mano de Jose Antonio había por fin acariciado las estrellas, conduciéndoles su mutuo amor a franquear las puertas del mismísimo Paraíso…; mientras que con su escritor, en cambio, tan sólo había sido víctima de un pasajero espejismo, una alucinación momentánea de la que no tardaría, seguro, en reponerse, y en definitiva aquella aventura no había a la postre significado para ella más que un simple devaneo producto de su peculiar romanticismo.

           Así se lo hizo saber a su malogrado opositor a amante, haciendo a la sazón uso, con vistas a no herir demasiado sus sentimientos, de las más delicadas reservas de que pudo hacer acopio. A éste no le quedó otro remedio que aceptar la derrota que sus explicaciones conllevaban, allanado a sufrir el meteórico anochecer de aquel fulgor que, aun por efímero lapso de tiempo, se dignara iluminar su monótona y tediosamente maquinal existencia; tampoco, por otra parte, podía decirse que le hubiera pillado por sorpresa, ya que en su fuero interno más de una vez vaticinó aquel rápido crepúsculo y andaba medianamente presto para sufrirlo, si bien no por esperado se hacía menos amargo el desencanto, puntual en todo caso había sido, como las mareas, doloroso también cual la picadura del alacrán. De todas formas, podía a fin de cuentas entenderla y, quizás en base a esa comprensión, se sintió en cierto modo también feliz, feliz de que ella lo fuera, de que hubiese hecho realidad el sueño de tocar las estrellas. Él seguiría aguardando su oportunidad.

           Si acaso, una sombra de duda quedó entre ellos: ¿qué hubiera sucedido si…? Pero por otro lado mejor no haberlo descubierto, los enigmas suelen perder su encanto cuando dejan de serlo y, por lo que a ambos concernía, a veces hasta los más sublimes sueños podían llegar a desvanecerse. Lo que sí se esfumó en gran parte fue, como él ya lo temiese, la magia que les envolviera, aquella exquisita comunión con la que juntos habían comulgado de continuo. Fue el precio que debieron pagar por, dejándose arrastrar por exacerbados sentimientos, haber osado trasponer los límites de la amistad. Un alto precio, sin duda.

           No era éste, desde luego, el fin con el que había soñado el escritor para esta historia, incluso de vez en cuando se aventura todavía a proyectar otro distinto, conjurando a la propia Fortuna para que a ejecutar se avenga un postrero giro de su eterna rueda, y es que horrores le cuesta doblegarse a su suerte y tener con ella que retornar a los páramos de la rutina tras haber sido invitados sus sentidos a hollar descalzos sobre los tupidos vergeles del Olimpo. Como en cierta ocasión escribiera William Golding, aquel tránsito había chirriado en su sensibilidad como una bisagra herrumbrosa.

martes, 1 de septiembre de 2009

BESAR TUS LABIOS

Estás tumbada, perdida la soñadora mirada en un cielo horro de nubes, tu cabeza descansa sobre mis muslos y tus piernas forman un puente sobre la hierba. Yo acaricio las áureas hebras que componen tu cabello, hilos de seda entre los que mis dedos se deslizan sinuosos, y, aunque los tienes entornados, sigo hipnotizado por el brillo de esos ojos tuyos, azul y verdes como el Danubio. Tus labios se entreabren para decir algo; dicen algo, sí, aunque no capto qué, todo mi interés está centrado en volver a besarlos.

jueves, 27 de agosto de 2009

TU AUSENCIA


Olas que se mueren en playas vacías,
tristeza alimentada de recuerdos,
añoranzas,
utopía hecha trizas,
naufragio de esperanzas y de sueños.
Esa es tu ausencia,
niña,
la que cual saeta traspasa mi alma,
la que con veneno envuelve mis noches
y de amarga hiel reviste mis días.


Lágrimas que brotan de marchitos ojos,
momentos eternos en un limbo oscuro,
nostalgia,
despojos de risas,
lamentos que se estrellan contra un recio muro.
Eso es tu ausencia,
lloro,
lo que me envenena, ensombrece y mata,
lo que me clausura en mi angosto encierro
y entre multitudes me hace sentir solo.

Espiral infame de deseos quiméricos,
cruento vacío que todo lo llena,
insania,
un cuerpo sin vida,
luces que se apagan tras un fin de fiesta.
Así quedo yo,
ciego,
luego de perder lo que me avivaba,
luego de perderte, de perder mi cielo
y sufrir mis carnes tan cruel tormento.


Profunda como un lago
siento tu ausencia.
Sanguinaria y feroz es mi condena.
Eterna ésta
si eterna aquélla.

miércoles, 5 de agosto de 2009

DESCENSO A LOS INFIERNOS

           Eres joven y bulle dentro de ti un ímpetu frenético que apenas te resulta posible apaciguar, un dinamismo que exige de ti más acción, más brío, más cantidad de aventura, mayores y más seductoras experiencias cada día. Eres joven, delirantemente joven. La euforia es tu aliada, el cansancio un pariente lejano que rara vez te rinde visita, la confianza tu bandera, la pasión tu brújula, gozar tu principal objetivo. Eres joven. La energía fluye por tus venas como la lava lo hace a través de un volcán. Te sientes poderoso, forjado en fuego y acero. Y también eres insaciable, todo lo quieres ceñir con tus brazos, todo probar, todo sentir. Estás convencido de que eres capaz de todo y que nada puede hacerte daño. Tienes sueños, y esos sueños lo son de grandeza y poder. Un nuevo sendero se perfila entonces a tus ojos. Lo contemplas y notas que te atrae, más aún, te sientes hipnotizado ante su deslumbradora exuberancia. Voces difusas en derredor tuyo te advierten de los peligros que encierra esa nueva senda, te avisan que no es conveniente adentrarse entre su nutrida hojarasca, que toda su luminosidad no es más que una añagaza que conduce a una trampa horrenda. Pero tú eres joven y nada te amilana, decides no escuchar tales voces, piensas que no son sino sermones de cobardes a los que debes hacer oídos sordos, porque tú lo puedes todo y nada ni nadie puede lastimarte. Y te adentras en el sendero, primero de un modo titubeante, luego con pasos ya más decididos, y al poco constatas que tú tenías razón y no, por el contrario, quienes trataban de amedrentarte con sus timoratas prevenciones. El sendero es pródigo y feraz, avanza en línea recta bordeado por una flora frondosa sobre la que reverbera la luz descubriendo infinitas tonalidades y matices. Es maravilloso. El sol descuella sobre su atalaya azul y su calor se filtra por todos los poros de tu piel. Sientes más que nunca que eres capaz de cualquier cosa, el rey del mundo, que ningún muro podrá detener jamás tu avance, el mañana lo ves lejos y favorable, en tanto que el presente lo conforman pasión, aventura y deseo. Nada te detiene.
 
           Pero quien no se detiene es, empero, el tiempo, un tiempo cuyo avance no se acomoda al de tus pasos, de tal forma que poco a poco vas viendo que tus sueños no se cumplen en la medida que pensabas, que los goces resultan cada vez menores, que las expectativas se pierden una tras otra en los constantes meandros por los que el verde sendero comienza a curvarse. Algo sucede, algo que notas cómo poco a poco escapa a tu control. Las frondas van perdiendo su prístina exuberancia, se vuelve más rala, los colores poseen un tono cada vez más deslucido, amarillea el paisaje y se empobrece el resplandor del sol, que se oculta cada vez con más frecuencia entre amenazadoras nubes plomizas.
 
           Y así hasta que en algún momento que no aciertas bien a definir te apercibes que el sendero se ha metamorfoseado en un retorcido laberinto, tan lúgubre y ceniciento como los mismísimos corredores del Hades. Ya no se ofrece a la vista frondoso follaje. Ya no aparece un sol esplendoroso para procurarte calor. Ya no hay colores. Ahora el paisaje es baldío y gris, y hace frío, mucho frío, cada vez más frío. Tampoco tú eres ya el que eras. Ya no te sientes invencible, sino lábil como un gorrión aterido. Ya no son fuego y acero los elementos que fraguan tu organismo, sino lastimada materia en descomposición. Te sientes perdido, extraviado dentro de una tóxica niebla cuya espesura apenas si te permite ver donde te llevará el siguiente paso. Ya no buscas acción ni aventura, sino tan sólo paz, sosegar esa angustia que te llena de desazón y que sólo logras aplacar adentrándote todavía más en el laberinto, aun a sabiendas que a cada paso que des más extraviado estarás aún.
 
           Vuelves la vista atrás y te preguntas dónde quedaron aquellos sueños de grandeza, dónde se evaporó tu energía, dónde empezó a languidecer tu poderoso empuje. Lo sabes. Sí, lo sabes, por más que porfíes aún en negarlo. Lo sabes y llenas el vacío con un espeluznante grito que alberga un por qué henchido de desesperanza, un por qué que, como tú mismo, se pierde igualmente en ese páramo estéril por el que transitas mediante pasos que hace ya mucho dejaran de ser airosos y desafiantes.
 
           Todavía, no obstante, el laberinto te sigue prometiendo evasiones, ilusorios momentos de euforia, apócrifas esperanzas, sueños cada vez más adulterados. Pero sus ofrecimientos no son ni mucho menos gratis, algo que a estas alturas conoces tú ya demasiado bien, porque el maldito laberinto nada regala, dispone un infernal comercio donde nada se dispensa gratis, de tal guisa que esas evasiones fútiles, esa euforia falaz, esa esperanza sin fundamento, esos sueños estériles, sólo te serán concedidos a cambio de una prostitución cada vez mayor de tu cuerpo y de tu alma. Y el precio pagado hizo que tus ojos perdieran su brillo, que se volviese cetrina tu piel, temblorosas tus manos, gangosa tu voz, convertidos tu mente y tu cuerpo en despojos encadenados a una adicción feroz. El laberinto te está haciendo pedazos. Lo sabes, sí, pero aun así continúas avanzando entre sus dédalos, ya tanto por inercia como por necesidad, porque el propio laberinto te impele a ello, porque estás tan unido a él que forma ya parte de tu propia esencia. Y allí estás tú, en medio de la vaporosa penumbra, sabedor de que el laberinto se halla cada vez más pútrido y degradado, como lo estás tú mismo, que encubre trampas y asesta puñaladas traicioneras, y que el peaje que exige resulta cada vez oneroso.
 
           Hace tiempo que fuiste por todos abandonado y te engulle una tétrica oscuridad. Estás solo y te sientes atrapado en una pesadilla de la que sabes que no despertarás jamás. Pero ya ni siquiera eso te importa demasiado. Tu cuerpo y tu alma parecen insensibles, como si estuviesen anestesiados. Y estás también ciego, tan ciego que ni siquiera alcanzas ya a ver aquellos sueños que un lejano día tuviste. Hay fugaces instantes donde todavía alguna lágrima resbala por tus mejillas e intentas levantarte y oponer algo de resistencia a tu infausta suerte. Pero es inútil, no puedes, tus brazos están caídos y sin fuerzas para cualquier tipo de lucha, eres un cadáver andante que a cada nuevo paso se hunde más y más en el universo alucinógeno donde una vez un joven bizarro buscó una felicidad que le fue esquiva.
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P.D.: Pido perdón por la crudeza de este texto, que dedico a todos aquellos que se ahogaron en el pútrido albañal al que acostumbra a conducir la adicción a las drogas.

lunes, 27 de julio de 2009

AMO, LUEGO EXISTO

           Últimamente no albergo duda alguna sobre mi existencia, todo lo contrario: sé que existo, ¡existo y me siento vivo!, más vivo que nunca, y eso es así porque amo, porque dentro de mi pecho se despliega cada día, cada noche, cada instante, un carrusel de emociones que convergen en lo que a todas luces es un amor sin fisuras, libre de temores y limpio de cualquier tipo de mácula. ¿No constituye acaso el amor la principal espoleta de la vida? Amo, luego existo. Prefiero desde luego esta máxima de certidumbre a aquella otra cartesiana que nos dejara el célebre filósofo, no en vano la entiendo más certera y conforme a la peculiar naturaleza del ser humano. Y yo amo. Amo a un ser maravilloso, único, un ser que reúne las cualidades más excelsas que imaginar pudiera, un ser ideal. Hace tiempo que lo amo. Y soy feliz por amarlo…

           Ahora bien, todo lo ideal tiende por su propia esencia a eludir la realidad física, temeroso de ser contaminado al contacto con un ámbito que entiende ruin, un entorno de ordinario percudido por toda clase de escoria, enclave de un ejército en el que impera el egoísmo y la avidez desaforada, un mundo imperfecto en el que difícilmente puede hallar encaje algo que aglutina en su naturaleza la perfección más exquisita, y mi ser ideal también participa, por supuesto, de esa repulsa, no iba a ser en ese sentido una excepción, y se resiste a materializarse en el plano real, en ese mismo en el que yo, sin embargo, me veo impelido a desenvolverme, dicotomía espacial que obstruye nuestra convergencia, limitándola al terreno de la fantasía, siempre fértil no obstante, a ese extraordinario orbe donde no hay fronteras, donde los sueños despliegan su férula y de la esperanza hacen su divisa. Porque sólo en ese universo puede mi amada expandir su verdadera substancia, sólo en él tener cabida sus sinuosas formas de sirena, su mirífica morfología de hada con alas traslúcidas y ojos de luz. Sólo allí puede ser ella. Ella, conmovedora criatura que, fiel a su esencia mágica, no puede existir dentro de las coordenadas que definen mi prosaica línea de espacio tiempo.

           Habitamos, pues, planos distintos, pero no por ello insalvables, ya que el amor los conecta a través de puentes que construye mediante esos asombrosos materiales que la imaginación le proporciona. Y a fe que mi imaginación es en ese sentido profusa, no escatima utillaje, y, al igual que mi hada, cuenta con alas, sus propias alas, que despliega con entusiasmo para conducirme a la prodigiosa esfera donde, radiante, me aguarda ella.

           De entelequia tildarán muchos este amor mío, así lo harán sin duda los más racionalistas, los inficionados por esta fiebre de lo material tan extendida hoy en día, aquellos que, envueltos en su manto de oropel, bramarán envalentonados que no es más que una quimera, el sueño de una noche de verano, algo de todo punto irreal. Pero ¿por qué? ¿Acaso la realidad ha de circunscribirse por fuerza a lo que nos transmiten los sentidos? ¿Eso es lo que piensan? Pobres, son ciegos, no son capaces de ver más allá de lo que le transmiten sus ojos, son ciegos del espíritu y jamás podrán, por tanto, escapar de la cárcel en que por su minusvalía están confinados. Conforme a su limitado razonamiento, el mío es un amor imposible. Y sí, puede que lo sea dentro de los angostos límites que marcan los sentidos, lo admito, pero más allá de ese reducido perímetro puedo asegurar que no lo es. En términos absolutos fulge, por el contrario, como un Amor con mayúscula, nutrido de todo el deseo, el anhelo y la pasión que a tan sublime sentimiento resultan propios, un amor vehemente, arrebatado, fogoso, capaz de hacer bullir la sangre dentro de las venas y acelerar el corazón con el ímpetu de mil potros desbocados, porque, fuera de esa falta de convergencia en el plano físico, me basta cerrar los ojos para crear un universo paralelo en el que cogerla de la mano, besar sus labios, reír a su lado, viajar con ella a través de paraísos perdidos, sentir su piel enardecerse ante mis caricias y su carne estallar de puro placer al tiempo que lo hace la mía… ¿Un amor imposible? ¿Irreal? Tal vez, pero yo he sabido crear la dimensión donde hacerlo posible y real, una dimensión que está dentro de mi cerebro y que, si a sensaciones se circunscribe, es tan auténtica o más que la que forman las coordenadas espacio temporales de este Universo.

           No sé, quizá algún día se produzca una colisión de electrones que genere un vuelco en los elementos y haga posible que ella, mi sirena, tenga acceso a la realidad física donde yo habito, o quizá la ignota materia oscura que puebla el cosmos provoque el necesario desajuste espacio temporal para que ambas realidades se fundan en una sola, en cuyo caso yo ya podría, además de con mi mente, tocarla con mis manos, mirarla con mis ojos, olerla con mi olfato, besarla con mis labios. Si así llegara a suceder, será como si siempre hubiese estado a mi lado, porque de hecho siempre lo ha estado, y ya no nos separaríamos jamás, ligados ambos tanto en cuerpo como en alma, orbitando en la eternidad el uno alrededor del otro como dos planetas afines.

           Entretanto me quiebro cada día en mil pedazos, fugitivo huyendo de una existencia en la que las emociones se ven compelidas a soportar el opresivo peso del deber, de lo conveniente, de lo que hay que hacer. Pero cada noche ese amor ideal obra el prodigio de reconstruirme a partir de mis propios escombros…. Y sé por ello que existo.

domingo, 12 de julio de 2009

EL JAMÓN Y LA MOLINERA

- I -

           En su manta de lana arrebujado, abandonado el gobierno del feble cuerpo al suave balanceo de la mecedora, contempla con fruición el viejo el retrato que sobre la recientemente enjalbegada pared del lar pendía; tantos eran ya sus años –los del viejo–, que muchos hacía que perdiera su cuenta, demasiado larga ésta para continuar recreándose en la suma, ¿para qué, sin con sólo examinar en el espejo el marchito rostro, de profundas arrugas surcado, bastaba para traslucir una vida que ya hacía tiempo transitaba en el ocaso? A su lado, una mujer, asimismo muy anciana, de cerúleos ojos apagados por la presbicia y frágiles carnes bajo un negro vestido de cretona ocultas, amasa pan en la artesa. Ella es la mujer del viejo, la misma cuya imagen lozana de juventud, ¡cuántos lustros atrás!, aparece reflejada, junto a un formidable y suculento jamón, en el retrato que aquél observa. Curiosa estampa la de ese retrato: la mujer y el jamón, una al lado del otro, sin más, vertical el jamón, yerto, apenas sujeto por la mano de la hembra apoyada en la pezuña, y ella erguida, digna, desafiante, aunque traicionada en el último momento por el brote en sus labios de una leve y enigmática sonrisa que encerrar pareciera algún ignoto secreto. ¡Cuánto significado el de ese retrato para el viejo!

           Los dos ancianos son felices, lo han sido en realidad desde aquel lejano día en que la veleidosa Fortuna decidiera cruzar sus caminos y acoplarlos para siempre en uno común, por el que desde entonces han transitado juntos sin interrupción y al que ya sólo la muerte, cruel carroñera, podrá truncar.

           En la misma pieza otra mujer, de unos cincuenta años, piel morena y negra guedeja cayendo sobre su espalda, extrae aceite de una alcuza. Se trata de la hija de la anciana pareja, una de las tres –todas hembras– que al mundo trajeron, la mayor, la única que ha permanecido y permanecerá soltera (la edad núbil hace tiempo en todo caso que la abandonó) y aún habita junto a ellos en el pueblo; las otras dos marcharon a la gran ciudad al casarse.

           La lumbre proyecta sus flamígeras extremidades sobre las fuliginosas paredes de la chimenea. El viejo estira las piernas, quebradizas piernas antaño ágiles como las de los gamos, se reafirma bajo la ajada manta y entorna luego los ojos. Parece dormirse; pero no, una sonrisa descubre el engaño, cómplice sonrisa de la nostalgia de quien a través del recuerdo revive momentos pretéritos. No, el viejo no duerme, tan sólo hurga en el tiempo, viaja con la mente al pasado, a un pasado que se remonta más de cincuenta años atrás.
 

- II -

           En opinión de Saturnino, los pobres no deberían casarse, el matrimonio viene a ser para ellos una fatídica puerta que la entrada franquea a una miríada de complicaciones, muchas de ellas insolubles; y los muy pobres, ¡qué decir!, para esos habría de promulgarse una ley que les vedara sin más el acceso a tan siniestra puerta. Él se consideraba de estos últimos, de los muy muy pobres, de los condenados a vivir una perenne carestía. Por no tener, había días que no tenía ni siquiera un mísero plato caliente que llevarse a la boca; su sustento solía limitarse a lo que le proporcionaba la tierra, y eso, la verdad, era bien poco; ¿cómo, si ya resultaba en extremo arduo obtener la pitanza para él solo, iba a alimentar otra boca? Una esposa era, sin duda alguna, lo que en aquellos momentos menos necesitaba.

           Sin embargo, esa misma tarde tenía Saturnino que desposarse con Perpetua, la del tío Genaro, su novia de toda la vida, casi desde la puericia.

           Con este pensamiento en mientes, Saturnino no rebosaba, a pocas horas de su boda, lo que se dice de dicha. En realidad, él no era de por sí de jovial naturaleza, más bien todo lo contrario: poseía, haciendo precisamente honor a su nombre de pila, un carácter asaz triste y melancólico. Tampoco, eso era cierto, había tenido nunca excesivos motivos para sentirse feliz; ya desde muy pequeño adquirió plena conciencia de que el mundo no iba a ser para él un camino alfombrado de rosas: su padre, un jayán borracho y bruto que trabajaba en las canteras, solía zurrarle de lo lindo cada vez que en mala gana le venía, contase para ello o no con algún pretexto real, y sólo cesaron los golpes cuando aquella bestia, sin dejar la menor huella, se marchó para siempre de casa, dejándoles a él (que apenas si contaba diez años por entonces) y a su madre en la estacada, abandonados al lábil socaire de un patrimonio exiguo que a duras penas podía contener los procelosos vientos de la indigencia, un patrimonio cuyos únicos activos consistían en una huerta pequeña, casi yerma, entre unas breñas ubicada, algunas gallinas, poco más de meda docena de conejos y un verraco enfermo que, sin hembras con las que procrear, dejaría poco después su vida en la pocilga. Su madre murió también, de ello haría ahora unos dos años, consumida por la tisis. Habían sido, por tanto, las de Saturnino unas condiciones poco favorables para que la felicidad pudiese germinar.

            Saturnino, aparte de procurar extraer el mayor rendimiento posible a la huerta, trabajaba también de vez en cuando, cuando lo llamaban, en las canteras de un pueblo propincuo al suyo, las mismas justamente en que lo hiciera su padre antes de dar la espantada. De este modo, entre una cosa y otra iba tirando, mal que bien podía mantenerse a sí mismo…, pero, claro, tener que sustentar también a la Perpetua, eso ya eran palabras mayores…, porque él tendría que mantenerla, ¿quién si no, cuando venía incluso sin dote?; bastante tenía en cualquier caso el tío Genaro con arrostrar su propia cruz: su otro hijo, el Marcelo, era retrasado, el tonto del pueblo, y constituía de por sí una carga muy pesada de llevar para el buen labriego, máxime cuando también éste era de aquellos a los que conceptuaba Saturnino como muy pobres; en general, toda la aldea, habida cuenta lo nada feraz de su acervo agrario, podía ser catalogada como mísera. ¿Que la Perpetua podría ayudarle con la huerta? ¡Para la poca faena que podía hacerse en ella, igual daban en definitiva dos que cuatro manos!

           Para el tío Genaro, razonaba Saturnino, tuvo que haber sido una bendición enterarse de que la Perpetua, preñada, tenía que casarse, ¡a otro arriero con esa carga!, debió de pensar al llegar a sus oídos la noticia. ¡Qué mala cabeza la suya!, mira que no haber sido capaz de controlar sus fogosos ímpetus; pero, ¡ay!, la pasión ciega al hombre, y él era hombre, demasiado hombre para su pesar, unos minutos de placer y, ¡zas!, la Perpetua en estado de buena esperanza, qué desastre. Ahora, cuatro meses después de aquello, comenzaba ya el abdomen femenino a mostrar la natural turgencia de la gravidez, y él, pobre pero honrado, no tenía otro remedio que asumir su responsabilidad y casarse con ella.

           Lo que más encocoraba a Saturnino, pese a todo, era el hecho de no poder agasajar como Dios mandaba a sus vecinos. Una boda sin ulterior convite no era una verdadera boda, sino algo patético, insultante, algo ignominioso para el novio. En la aldea habitaban pocos, apenas treinta o cuarenta, y de ellos, los íntimos, aquellos a quienes la cortesía obligaba a invitar, apenas una docena, contando además entre éstos a sus futuros suegros y al subnormal de su cuñado; pero con las cuatro perras de que disponía, ¿cómo diablos iba a costearse una digna cena de esponsales?, ¿sería acaso tan zafio como para obsequiarles con unas insulsas gachas o unos solitarios garbanzos, habituales viandas de las que él se servía para matar al hambre? No es que fuera su intención ofrecer un pantagruélico festín a base de exquisitas gollerías, pero qué menos que unos suculentos bocados de jamón y queso regados con un buen morapio, ¡qué menos!, y sin embargo ni aun eso podía permitirse. En cualquier caso, mejor nada que bazofias, todavía le quedaban restos de amor propio que defender.

           Más que por cualquier otro, le pesaba por el señor cura; no poder convidar a los demás era vergonzoso, vaya si lo era, pero no poder tampoco hacerlo al señor cura, eso sí que ya no tenía nombre, ¿qué iba a pensar el buen sacerdote de tamaña indelicadeza?, ¿qué, cuando encima había accedido, con toda su buena voluntad, a casarles por la tarde, habida cuenta que tenía por la mañana que dar misa en otros pueblos?



- III -

           A cuestas con su bochorno, se dirigió Saturnino a la huerta, convencido de que un poco de faena le iría bien para combatir sus tribulaciones y arrumbarlas, al menos durante unas horas, en lo más recóndito del cerebro. Tenía tiempo de sobra, la ceremonia nupcial estaba fijada a las siete de la tarde y los pocos preparativos que para ella tenía que ultimar no le llevarían más de una hora; era mejor entretanto dedicar el tiempo a algo productivo que desperdiciarlo en tormentosas reflexiones sobre insolubles problemas.

           Se entretuvo recogiendo algunos tomates y calabacines con los que al día siguiente –no iba a haber, por supuesto, viaje de novios– preparar un buen pisto para el almuerzo. Al poco más de hora y media enfilaba, cansado y sudoroso, el camino de vuelta, puesta de nuevo la mente en el enlace que se avecinaba y las dificultades que éste habría de traerle.

           En estas cavilaciones andaba cuando, sentado al borde del camino reordenando su pléyade de baratijas, se topó con un buhonero. Nada más verle supo Saturnino, asaltado por un agudo presentimiento, que algo importante estaba a punto de acaecerle.

           - Buenos días.
           - Buenos se los dé a usted Dios.

           Y fue entonces cuando se percató de la presencia del jamón. Se encontraba junto al carro del buhonero, apoyado sobre una de las ruedas traseras; un jamón soberbio, descomunal, apetitoso, una formidable pieza de museo. Saturnino nunca había visto un jamón como aquel, con sólo mirarlo se le hacía la boca agua. Tan poderosa fue la sensación que le asaltó, que desde un primer momento tuvo plena conciencia de que no iba a ser capaz de resistir su enérgico envite; aquella maravilla tenía que ser suya, la necesitaba, era el remedio soñado para eludir el oprobio que supondría no poder celebrar su boda, ¡cómo agradecerían sus invitados tan insuperable presente gastronómico!, y qué ufano se sentiría él de poder brindárselo. No había más que decir, robaría –pese a ir el robo contra sus más sagrados principios– el jamón, su decisión era firme y nada ni nadie le haría dar marcha atrás; Dios sabría perdonarle, más aún, si se profundizaba en el asunto, podría suponerse que había sido el propio Dios quien colocara aquel manjar en su camino para que él lo tomase, con lo que no se trataría sino de una dádiva divina en atención a sus últimas jaculatorias, y ¿quién era él para rechazar lo que Dios, en su infinita generosidad, le ofrecía?

           El buhonero era un hombre mayor, de unos sesenta años, estevado y, en general, dotado de una complexión física más bien enteca; exiguas en este sentido las posibilidades de atajar el hurto. Si Saturnino obraba con diligencia, aprehendiendo con rapidez el botín y echando a correr con él, jamás podría ser alcanzado por el viejo; y si llegaba a hacerse necesario tirar las alforjas para aligerar el peso, se desprendería de ellas sin pesar alguno, tomates y calabacines había muchos, pero jamones como aquél, ninguno.

           - Hace calor, ¿eh? –comentó el viejo desperezándose con indolencia, ajeno por entero a las aviesas intenciones de Saturnino, quien en esos mismos momentos se abalanzaba ya sobre el jamón y, una vez éste en su poder, salía disparado camino abajo como alma que lleva el diablo.

           - ¡Detente, ladrón! Vuelve acá ahora mismo… ¡Bandido, a por él!

           Poco tiempo necesitó Saturnino, aun concentrado como estaba en su presurosa huida, para percatarse de que si bien lo de ladrón sí que parecía por entero referido a su persona, lo de bandido tenía en cambio un destinatario bien distinto. Los terroríficos ladridos que escuchó a su espalda daban buena fe de ello. Un breve giro de cuello fue suficiente para que también su vista participara del mensaje recibido vía oído: estaba siendo perseguido por un perro enorme, un mastín de descomunal tamaño y aspecto amenazadoramente torvo. En plena carrera y pese al pánico que de repente le invadió, tuvo no obstante Saturnino tiempo de colegir que su fiero hostigador debió de haber permanecido oculto en la parte posterior del carro, dormitando posiblemente, durante el tiempo en que él estuvo junto al buhonero, razón ésta por la que en su momento no se había percatado de su presencia; en cualquier caso, aquello no excusaba su absoluta estupidez, ya que debía haber previsto que alguien de la escasa enjundia de aquel viejo poseería a buen seguro algún que otro medio de defensa con el que repeler posibles agresiones.

           Aceleró su carrera todo cuanto pudo, dejando caer, como de antemano previera, las repletas alforjas, amparado ya únicamente en la posibilidad de que el maldito perro se cansara y terminase por desistir de su cometido, que no era por cierto el de obsequiarle con lúdicos lametones. Sin embargo y para su desgracia, el obstinado can no parecía ceder un ápice en su empeño y, mucho más veloz por naturaleza que él, era presumible que en pocos segundos le diese alcance.

           Para colmo de su mala suerte, tropezó Saturnino con una laja que sobresalía en uno de los laterales del camino y, como consecuencia, vino a darse de bruces contra el suelo. Instantes después tenía sobre su persona al enfurecido animal, rabioso y anhelante de someter las carnes de su víctima al desgarrador bocado de sus poderosos dientes.

           Desde la inferioridad de condiciones en que se encontraba, procuró Saturnino con denuedo preservar su garganta –principal objetivo al parecer de la bestia– de los afilados colmillos, aun teniendo para ello que introducir peligrosamente uno de sus antebrazos en las babeantes fauces. Con el brazo que permanecía todavía libre pugnaba mientras tanto por clavar algún dedo en los ojos del mastín, única esperanza que entendía viable para poder desembarazarse de su ataque; pero aquél se retorcía febrilmente y con ahínco y saña hería una y otra vez al angustiado aldeano.

           Cuando a punto estaba Saturnino de sucumbir en la desigual batalla, resignado a dejar no ya sólo el jamón, sino posiblemente también la vida ante aquel furibundo adversario, algo –Saturnino, semiinconsciente, sólo acertó en principio a entrever un par de botas negras– golpeó repetidamente y con fuerza sobre el lomo de la fiera, obligando a ésta a soltar su presa y retirarse entre lastimosos gañidos.

           - ¡Arriba! –bramó una voz ronca y desagradable.

           A pesar de su aturdimiento, Saturnino pudo inferior que dicha voz no se correspondía con la del viejo buhonero, detalle que pudo ratificar cuando al levantar la vista observó, entre la calígine que aún anegaba sus ojos, a la pareja de la Guardia Civil que con sus escopetas lo encañonaba. “Salir de Málaga para entrar en Malagón”, pensó Saturnino, maldiciendo su perra –y nunca mejor dicho– suerte.

           - ¡Y las manos por detrás de la nuca! –añadió con soberbia el mismo guardia de la voz ronca, sobre cuyo tricornio de charol reverberaba la fulgente luz de un sol espléndido– ¿Qué coño es lo que pasa aquí?

           - Pues que este sinvergüenza quería robarme el jamón –clamó, adelantándose a la posible intervención de Saturnino, el buhonero, quien en esos momentos, renqueando, acababa de llegar a la altura de los guardias– ¡Quieto, Bandido! –ordenó a su perro al comprobar que éste, ya recuperado al parecer de las patadas, volvía a emitir amenazadores gruñidos; y luego, dirigiéndose de nuevo a los beneméritos: –Me refiero a ese jamón, el que está en el suelo; tenía pensado ofrecerlo como premio mayor en la rifa que esta tarde iba a hacer en Cantalejo, a la entrada de los toros, ya saben; pero este desgraciado pretendía birlármelo. ¡Hijo de la gran…! Menos mal que contaba con Bandido –agregó, tras reprimir el baldón, señalando al feroz mastín que le servía, el cual llevaba colocada en torno al cuello una carlanca con puntas de hierro.

           En tanto tales explicaciones iba dando el buhonero, Saturnino se había incorporado y hecho un breve balance de su situación física. Comprobó que no estaba tan malparado como en principio supusiera: su brazo derecho estaba cubierto de sangre, pero no le dolía en exceso.

           - ¿Es cierto lo que dice este hombre? –le preguntó el otro de los uniformados, clavando en sus ojos una mirada hostil.

           Saturnino se limitó a bajar la cabeza en señal de sumisión, consciente de lo que vano que resultaría cualquier intento de cohonestar su acción ante aquellos hombres. Había perdido la partida y llegaba la hora de afrontar las consecuencias.



- IV -

           Los del tricornio esposaron a Saturnino y, sin contemplación alguna, lo condujeron a su cuartel. Vanas resultaron sus imploraciones, infructuosas las encendidas súplicas que caído de hinojos y a lágrima viva, alegando su inminente boda, ofreció a sus captores; hieráticos éstos, sordos sus oídos e inmisericordes sus corazones, no sólo no atendían a tales requerimientos, sino que con brutales amenazas e intimidaciones le conminaban a que callase, lo que prudentemente terminó por hacer Saturnino, rehusando a proferir nuevas jeremiadas y aceptando como consumado el hecho de que ya no se casaría aquella tarde. El buhonero hubo también de acompañarles, pese a sus airadas protestas por lo que consideraba un perjuicio irreparable para la buena marcha de sus negocios, en calidad de denunciante.

           Una vez dentro del cuartel de la Benemérita, se procedió a abrir el correspondiente atestado y recibir presta declaración a los que habían intervenido en los hechos. Cuando le tocó el turno a Saturnino, sus interrogadores se mostraron especialmente rudos, no dudando en golpearle con sevicia cada vez que, a su entender, dudaba en sus respuestas o las emitía con evasivas, y eso pese a que desde el primer momento admitió sin fisuras su culpabilidad.

           Concluidos los trámites en el cuartel, trasladaron a Saturnino a Segovia, a los Juzgados de Instrucción, en cuyos inhóspitos calabozos fue retenido un par de días antes de declarar ante el juez. Allí no le pegaron, pero la espera en sí resultó mucho más dolorosa que los golpes que recibiera en el cuartelillo.

           Tras la declaración ante el juez, fue puesto en libertad, no sin antes advertírsele que en breve sería citado para comparecer a juicio.

           Desde la puerta del juzgado, reconcomido por la humillación y sin un miserable duro en los bolsillos, no tuvo otro remedio que emprender la marcha a pie hasta su aldea, de la que le separaban más de diez leguas. Durante esta larga y penosa travesía tuvo sobrado tiempo para reflexionar sobre las consecuencias de su malhadada acción; trató en este sentido de imaginar los pesares que debieron acometer a su Perpetua mientras en vano aguardaba a las venerables puertas de la parroquia, ¡cuánto debió de sufrir la pobrecilla!, angustiada ante el paso veloz de los minutos, de las horas, sin ver aparecer junto a ella la trajeada figura del novio; imaginó su desolación, su abatimiento al sentirse el blanco de las miradas de todos los allí congregados, algunos refocilándose en su fuero interno, poseídos del enfermizo deleite que el mal ajeno proporciona en las naturalezas mezquinas, otros, los más, compadeciéndola por el plantón recibido; ¿cuánto esperaría?, ¿cuánto, hasta que, despechada, herida en su amor propio, optase, entre lágrimas de impotencia y de dolor, por regresar a su casa, todavía soltera y con su incipiente barriga de preñada a cuestas?; a buen seguro que atribuyó la ausencia a un postrer arrepentimiento del voluble novio en su decisión de casarse, máxime cuando después se constatara que había desaparecido de la aldea sin dejar rastro ni aviso alguno. Pensó también en la indignación del tío Genaro, quien sin duda habría jurado ante todos y ante el mismo Dios vengar la afrenta pegando al miserable un tiro en la sesera en cuanto se topara con él.

           La sola idea de tener que presentarse ante ellos y ofrecerles las oportunas explicaciones le provocaba unos escalofríos de espanto. ¿Qué les iba a decir? ¿La verdad? Resultaba una verdad ominosa, de las que hacen que la cara se caiga de vergüenza, y era además más que probable que nadie le creyera, no por lo menos hasta recibir la prometida citación del juzgado. Le tildarían de embustero; igual que lo hacía su padre, previamente a la cotidiana tralla, cuando a los argumentos que a bien tenía brindar a sus inculpaciones replicaba diciéndole que mentía, arguyendo como irrefutable prueba de tal acusación las manchas blancas que exhibían sus uñas. Ya no padecía, por supuesto, esa selenosis, pero asimismo nadie habría de creerle, y todos calificarían su conducta de imperdonable, despreciándole como a un réprobo. Y si, por casualidad, le creyeran, ¿qué pensarían de él?, ¿qué, sino que era un ladrón y un malnacido? Quizá fuera mejor inventar una falacia que frente a los suyos no le dejase tan malparado, pero ¿qué mentira inventar? Mil y una vez maldijo el infausto momento en que se topó con aquel buhonero y su endiablado jamón, tan tentador y dañino había resultado éste para él como la ínclita manzana del Génesis lo fuera para la desdichada Eva. ¡Si hubiese prestado más atención al presentimiento que le vino entonces!

           En estas meditaciones andaba, cuando al cabo de unos diez o doce kilómetros de marcha observó lo que de lejos parecía y de cerca resultó ser un molino. Tenía Saturnino hambre y se notaba muy sucio. De hecho, su aspecto no podía ser más astroso: un moratón circundaba su ojo izquierdo, manchas de sangre y de mugre salpicaban su piel de cabo a rabo, percudiendo por todos sus poros, los hirsutos cabellos se le arremolinaban salvajes y desordenados sobre la testa, y toda la ropa la tenía apelmazada por efecto del sudor reseco. Desprendía además un hedor nauseabundo, a conservas podridas olía. Pensó que tal vez el molinero, apiadándose de él, le permitiría lavarse y adecentarse algo (presentarse en tan lamentable estado en el pueblo no haría sino incrementar su ignominia), y hasta era posible que le obsequiara con un pedazo de pan con cebollas para mitigar el hambre. ¡Cómo se lo agradecería!

           Saturnino respiró profundamente y encaminó sus pasos hacia el molino; se notaba de repente invadido por una extraña sensación de bienestar que por momentos conjuraba su astenia, como si ya anticipara las dádivas que había supuesto obtener del molinero. A su izquierda corrió un lebrato propinando pequeños corcovos; a su derecha, una bandada de palomas zuranas despegó de las ramas de un olmo; bogaban en el cielo los arreboles. Campos de Segovia.
 

- V -

           Resultó que el amo del molino no era molinero, sino molinera, una espléndida moza de azules ojos y cabello oscuro que no vaciló un ápice, tras advertir el caótico estado que su visitante portaba, en complacer las demandas de éste, sobrepasando además al hacerlo las más optimistas expectativas que Saturnino llegara a concebir, tanto en lo referente a la liberalidad mostrada, muy por encima de la acaso exigida por las consuetudinarias normas de la caridad y la cortesía, como al singular agrado y cordialidad de que en todo momento hizo gala en su trato; un trato exquisito que casi como inmediata consecuencia hizo que Saturnino empezase a quedar prendado de su bella y gentil anfitriona.

           La molinera calentó agua y llenó con ella un espacioso tonel de madera, exhortando a Saturnino a darse en su interior un reconfortante baño. Puso al mismo tiempo a lavar su ropa sucia, y luego, mientras ésta se secaba, tuvo la deferencia de proporcionarle unas mudas que habían pertenecido a su difunto padre y que todavía conservaba. Le invitó asimismo, tras el saponáceo remojón, a que asperjase su piel con fragante agua de colonia.

           Compartieron acto seguido una profusa comida a base de alubias con chorizo y tocino, en la que no faltó tampoco, para facilitar su ingestión, el buen vino de la tierra. A Saturnino, tal vez por el mucho apetito que traía, aquel plato se le antojó, pese a su sencillez, el más delicioso que jamás probara, y desde ese momento otorgó en su fuero interno a la molinera el preciado galardón (en su particular escala de valores) de ser la mejor cocinera que había conocido.

           Durante la comida y acabada ésta anduvieron conversando largo y tendido. Supo así Saturnino que su anfitriona era de Sepúlveda, que tenía veintidós años y que había vivido con su padre hasta que éste, haría un año de ello, entregó su cuerpo al definitivo abrazo de la tierra, encargándose desde entonces ella de atender personalmente el molino. Tenía también un hermano de quince años, quien se ocupaba del rebaño de ovejas que, junto a aquél, componía el modesto pero suficiente patrimonio familiar. Todo esto y mucho más le contó la molinera, que parecía ir ganando en confianza hacia su desconocido invitado a medida que iba tratándole, sin mostrar rechazo ni pudor alguno a la hora de referirle aspectos personales de su vida. Saturnino la observaba medio embobado mientras con fruición atendía a su plática, recreándose en sus labios carnosos, sonrosados como granadas maduras, en sus empíreos ojos de azul cielo, en su piel mórbida y alba como el eburno, en sus manos robustas pero femeninas, en su exuberante cuerpo de mujer; excelsas cualidades físicas que resultaban aún si cabe más potenciadas por la bondad, delicadeza, dulzura y simpatía que a cada instante la joven mostraba. Le pareció estar ante una especie de hada, una maravillosa sílfide que de un ignoto mundo de fantasía hubiese saltado a la realidad, a su realidad. Se trataba de un sueño del que de ningún modo toleraría ser despertado.

           También ella se sentía atraída hacia Saturnino; era como si una especie de halo mágico les fuera envolviendo y creciese en torno a ellos a medida que intimaban cada vez más, y ambos eran conscientes de esa magia, de que el destino, por alguna insondable y quizás caprichosa razón, había imbricado sus pasos con el firme propósito de que ya no se separaran y circulasen juntos por una misma senda. No se resistieron a ese capricho, las palabras ganaron en ternura y fueron dejando paso a los besos y caricias, en frenético aluvión precipitados por la integridad de sus encendidos cuerpos, y la noche sorprendió a ambos sobre el suave tálamo, unidos ya para siempre.


- VI -

           Nunca más volvió Saturnino a pisar su aldea; pese a que en varias ocasiones el deseo le impulsara a hacerlo, su voluntad de no ir se impuso siempre a la postre, recalcitrante negativa que no tenía en el miedo su verdadera razón de ser, sino en la superstición pura y llana: la aldea había significado de continuo para él una aciaga fuente de desdichas y calamidades, así lo fue desde ese primer vagido que lanzara al mundo al nacer, y sólo había sido realmente feliz tras abandonarla de una manera definitiva, de modo que toda sus existencia podía dividirse en dos partes bien diferenciadas, un antes de y un después de, y en esta dicotomía juzgaba de locos tentar a la suerte regresando a aquel lugar de infortunio; el quebrando de su minúscula hacienda carecía en este sentido de importancia alguna. Varios años después de instalarse con su amada molinera, supo que Perpetua había dado en su día a luz una niña, su hija, que se fugó más tarde con un feriante y que con éste, pese a no irle demasiado bien, había tenido varios hijos más, aunque ya no residía en la aldea, sino que sobre una carreta pasaba la vida recorriendo de feria en feria toda la geografía nacional. Supo también que el tío Genaro había muerto de viruela.

           De todo cuanto le ligaba a ese infausto pasado se desconectó por completo Saturnino, sin que por ello sufriera pesar ni remordimiento alguno, excepción hecha de por no haber podido conocer a su hija, ésa era su singular aflicción, lo único que echaba en falta, ya que aunque sólo hubiese sido una vez, le hubiera gustado poder estrecharla entre sus brazos. Lo demás poco o nada importaba, con la molinera había encontrado la felicidad y eso era lo verdaderamente importante.

           Hoy, cincuenta años después, continúan siendo una pareja afortunada, han compartido toda una vida juntos, tienen tres hijos y el destino les ha colmado de parabienes, ¿qué más podrían pedir? Y toda esa inmarcesible dicha gracias en definitiva a aquel jamón.

           Saturnino enciende su pipa y observa, entre volutas de humo que le adormecen, el viejo retrato. Recuerda que mandó precisamente hacerlo por gratitud hacia ese generoso destino, por superstición si cabe, por ese creer en presentimientos y augurios que tanto le iba; por eso compró el jamón, el más parecido que encontró a aquel otro, rogando a su compañera que posase junto a él. Ahora lo contempla satisfecho, el jamón y la molinera; ya no maldice la hora en que se topó con el buhonero, no en vano constituyó el punto de partida de su buena ventura.

lunes, 15 de junio de 2009

LA SONRISA

           Él estaba de espaldas. Ella llegó con su tradicional traje negro y extendió sus manos alargadas para apoyarlas con firmeza sobre los varoniles hombros; luego, aproximando la boca a su oído, le dijo en lo que apenas era un susurro:

           - Ya estoy aquí. Ven conmigo.

           Él sintió el aliento cálido derramarse por su cuello y entibiecer toda su piel. Un estremecimiento voluptuoso lo envolvió de arriba abajo, como una descarga eléctrica que sacudiera su espina dorsal. Se volvió para mirar su rostro. Los labios de ella dibujaban una sonrisa tenue.

            - Que ironía -pensó él-, siempre me vanaglorié de lo mucho que me sonreía la vida, y hete aquí ahora sonriéndome a la muerte.

lunes, 8 de junio de 2009

UNA CANASTA CRUCIAL

           El estadio estaba atiborrado de una muchedumbre bulliciosa. No era para menos, los dos equipos llegaban por vez primera a la final de los campeonatos nacionales; uno de ellos, pues, engalanaría con el preciado galardón su sala de trofeos. Las coruscantes luces rojas del cronómetro ubicado en los videomarcadores anunciaban el último minuto del encuentro, daba así comienzo la cuenta atrás que, segundo a segundo, iría menguando los sesenta guarismos hasta desembocar en el concluyente cero. Fue justo en ese instante cuando se lesionó el alero, la estrella del equipo local. Tiempo muerto, se apresuró a pedir el entrenador. “¡Por tu padre, Reverte, échale huevos; sólo queda un puto minuto para acabar! ¡No puedes dejarnos tirados ahora!”. Pero Reverte estaba fuera de combate: cojeaba ostensiblemente y apenas si podía sostenerse en píe. “Imposible, mister, –anunció entre muecas de dolor–, esto es serio; creo que me he jodido bien jodido”. El entrenador se mesó repetidamente los cabellos con desesperación; luego, crispado el rostro, elevó los ojos al cielo, como deprecando un milagro que de antemano sabía no iba a suceder, y, finalmente, resignado a tener que jugar ese último minuto sin su mejor hombre, comunicó a Gamboa, no sin antes componer un último gesto de fastidio, que se preparara, que tenía que salir a la cancha en sustitución del renco. “Y si tienes que jugártela, te la juegas; confío en tu mano”, mintió para darle ánimos. Lo cierto era, sin embargo, que tampoco las condiciones del sustituto invitaban al optimismo, cosa que no sólo sabía el entrenador, sino, por supuesto, el propio interesado y el resto del equipo; llevaba de hecho toda la temporada arrastrando una lesión grave que venía ya de la anterior, tan grave que casi seguro tendría que retirarse una vez concluida la presente campaña: su maltrecha rodilla, sometida a tantas operaciones, ya no daba para más. Pero en ese preciso momento no había ningún otro suplente a quien recurrir, habida cuenta que los otros dos escoltas fueron ya expulsados con cinco personales cada uno. Gamboa tenía pues que unirse a sus otros cuatro compañeros de reparto para protagonizar sobre la cancha esos últimos sesenta segundos de partido.

           El marcador señalaba para entonces un emocionante empate a 85 puntos. La tensión flotaba en la cargada atmósfera, generada por dos aficiones que sabían que únicamente un angosto pasadizo les separaba de la gloria o la desventura, de la explosión en desmedido júbilo o del llanto más amargo. Algunos gritaban desgañitados; otros preferían taparse la cara para no mirar; los había que se mordían las uñas con impaciencia; otros, en fin, que no pudiendo permanecer sentados, brincaban sobre el cemento como endemoniados títeres. Nadie, en cualquier caso, podría ya nunca decir que no mereció la pena haber pagado la entrada. Años más tarde, en las tertulias de taberna, con los amigos, frente a los hijos, con independencia de la alegría o el pesar que hubiera generado el resultado definitivo, podrían presumir diciendo: “yo estuve allí esa tarde”.

           Los visitantes sacaron de banda e hilvanaron una rápida jugada de ataque. Gamboa intentó frenar la entrada del base contrario, pero éste era muy escurridizo y salvó el bloqueo con facilidad, dando una asistencia a la torre del equipo, un pívot de 2,17 que, bajo el aro, anotó fácilmente canasta. 85-87.

           Sólo quedaban diez segundos y, dado que ya estaban los tiempos muertos agotados, serían, esta vez sí, los últimos del choque. El balón, luego de conducirlo el base hasta el campo contrario, llegó a Gamboa, quien, dentro de la zona, echó un rápido vistazo a la canasta. Necesitaban un triple para ganar; meter una canasta de dos puntos para forzar la prórroga, teniendo en cuenta lo mermado que estaba el equipo, equivalía en buena medida a perder. Imprescindible, por tanto, arriesgar el último tiro –porque sólo habría ya un último tiro– intentando un triple, pensamiento con el que en mientes botó el balón y salió más allá de la línea de seis veinticinco. Volvió a mirar a canasta y acto seguido a su alrededor. Los pívots estaban muy marcados, imposible entregarles la bola; además, desde su posición sólo podrían aspirar en el mejor de los casos a una canasta simple, de dos puntos, que no valía. Tenía, pues, que tirar. Sus ojos volaron fugazmente hacia el electrónico. Cinco segundos. Había tiempo.

           De pronto atronó sobre sus oídos la voz del base reclamando que le pasara la pelota. Gamboa dudaba. Fue en esos momentos de incertidumbre cuando, como un relámpago, pasó por su mente, en décimas de segundo, toda su carrera como profesional del baloncesto. Había sido uno de los jugadores más prometedores de su generación, quizá el que más, y habría llegado muchísimo más lejos de no haberse topado con la mezquindad de su actual equipo, que no permitió la rescisión de su contrato para que pudiera quedar libre y fichar por el de la liga norteamericana que le eligiera en el draft de la NBA. Los contratos son para cumplirlos, le dijeron, y tú te quedas aquí hasta que concluya el tuyo dentro de dos años. Su sueño de alcanzar el estrellato en la liga más importante del mundo quedaba así frustrado, postergado al menos hasta que expirase ese aborrecible contrato; poco después la fatalidad se encargaría de relegarlo ya para siempre. Había perdido su gran oportunidad. ¡Y todo por culpa de este maldito equipo al que ahora, ironías de la vida, podía conducir a ganar el primer gran título de su historia!

           Fue justo al año siguiente de que su club le vedara la salida, cuando se destrozó por vez primera los ligamentos de la rodilla. Quirófano. Recaída. Otra vez al quirófano. Tras varias operaciones e interminables sesiones de rehabilitación, los médicos terminaron por arrojar la toalla, dando su caso por imposible: con cierta intermitencia podría, mal que bien, seguir jugando, pero siempre a un nivel discreto, mermado de facultades, con el riesgo de lesión planeando de continuo sobre su cabeza como una espada de Damocles; desde luego, nunca más volvería a ser el que había sido antes.

           Esta que ahora finalizaba era la campaña posterior a la de su calvario, otro año nefasto, ya no tanto por la continuidad de las lesiones, sino porque lo había pasado relegado al banquillo, apenas una media de siete minutos jugados por encuentro, siempre amenazando su rodilla de cristal con quebrarse de nuevo. Era además el año en que se extinguía su contrato y el club ya le había anunciado que no se lo iba a renovar, ni siquiera a la baja, alegando al respecto que él ya no rendía lo suficiente para jugar en un club de ese nivel. Era al fin y al cabo la ley del deporte. Dado su maltrecho físico, resultaba más que probable que ningún otro equipo de primera división le fichara, lo que, habida cuenta que él tampoco estaba dispuesto a militar a esas alturas de su carrera en las categorías inferiores, le dejaba como única opción válida la retirada definitiva. Estaba, pues, jugando sus últimos segundos como profesional del básquet.

           Paradojas de la vida, a ese mismo club que tan vilmente se había portado con él, negándole primero la marcha, despidiéndole luego sin miramientos, Gamboa podía proporcionar ahora, si la precisión guiaba su mano en el ángulo exacto, su primer gran triunfo histórico. Volvió a mirar el reloj. Ya sólo quedaban dos segundos. El base ya no le pedía la bola, tan sólo gritaba que tirase a canasta. Y sí, eso es lo que haría, se jugaría él mismo el último lanzamiento, tal y como desde un principio fue su intención, como el propio mister le dijo que hiciera si la ocasión se volvía propicia; pero contrariamente a lo que todos imaginaban, no apuntaría con ánimo de encestar, sino con el opuesto, esto es, el de errar ese último disparo, privando de este modo del título al club que arruinara su carrera deportiva.

           Estaba decidido, nunca de hecho había tenido algo tan claro como en esos cruciales momentos: tiraría a fallar. Atinar con el aro tenía su dificultad, cómo no, máxime a esa distancia, pero no tanta pifiar el tiro sin que se notara, sus expertas manos tenían en ese sentido la suficiente precisión como para simular un fallo sin que nadie se percatara de que había sido adrede. El balón tocaría la parte exterior del anillo y saldría lanzado a un rebote que tal vez cogiera alguno de los suyos, pero ya en todo caso demasiado tarde, pues la fatídica bocina habría para entonces sonado. Final del partido. ¡Qué lástima! La gran oportunidad perdida, y todo por culpa suya, del malhadado Ernesto Gamboa Serrano. ¡Ojo por ojo!

           Frente a él, agitando los brazos en alto como si fuesen dos aspas, procuraba un defensa dificultar su lanzamiento. Gamboa cintó para esquivar esa muralla humana, saltó luego en suspensión y, con los ojos cerrados, dejó que la pelota escapase suavemente de sus manos, dando al giro de su muñeca ese sutil movimiento que haría que aquélla quedase corta y no penetrara por tanto en el aro. Durante el infinitesimal intervalo en que se prolongó el recorrido aéreo de la esfera, dibujando ésta un arco invisible que rasgaba la atmósfera del recinto, saboreó en su interior ese fallo que todos, menos él, llorarían. Y cerrados seguían sus ojos cuando el estentóreo sonido de la bocina atronó en el pabellón.

           De pronto miles de gritos, en su cadencia asociados como si de una única garganta hubieran surgido, inundaron el estadio. Gamboa notó un turbión de brazos y piernas echándosele encima, cuerpos sudorosos que, abalanzándose sobre él, le hicieron caer de bruces al suelo, aplastado por una montaña de músculo y huesos. Desconcertado, intentó abrirse camino entre la turbamulta que tenía encima; lo más que consiguió, no obstante, fue levantar unos centímetros la cabeza y conseguir elevar la vista desde el parquet hasta el electrónico. Una especie de calígine nublaba sus ojos, si bien, pudo pese a ello vislumbrar el marcador final que las fúlgidas luces rojas señalaban: 88 – 87. No podía creerlo. Era de locos. Pero estaba claro, tales dígitos no eran sino la confirmación gráfica del único significado que podía tener aquella eclosión festiva de los aficionados y la efusividad de sus compañeros: un triple. ¡Había errado el tiro que pretendía y, al hacerlo, introducido el balón en el aro! ¡Un triple! ¿Podía haber mayor desventura que la de fallar acertando cuando lo que se quería era acertar fallando? Su equipo era campeón de liga, y él…, él era campeón de la desgracia. Su equipo, victorioso; él un fracasado. Las lágrimas se agolparon en sus ojos. Al día siguiente leyó en los periódicos que lloraba de alegría. ¡Cretinos!